Los nombres de nuestras playas

Miramar, Ostende, Santa Clara del Mar, Claromecó. ¿De dónde surgen los nombres de nuestras playas? Aquí, un breve repaso.

San Bernardo era el nombre de la estancia de Enrique Duhau, propietario de aquellas tierras.

Santa Teresita: Enrique Duhau casó con Teresa Lacroze, sobrina de Federico y Julio (propulsores del tranvía en la ciudad de Buenos Aires). En el límite de la estancia San Bernardo existía un almacén bautizado Santa Teresa en honor a la señora de Duhau. Luego, al crearse un nuevo balneario, los fundadores pensaron llamarlo como al almacén, pero optaron por el diminutivo, Santa Teresita.

La Lucila del Mar: Suele repetirse que su nombre se debe a Lucila, hija de Andrés Zapateiro, quien compró una parte del campo a Duhau. Sin embargo, el lucilense Carlos Abruzzese ha refutado la historia con un argumento simple: Lucila Zapateiro nació unos diez años después que surgiera el balneario. El nombre de La Lucila proviene de la localidad homónima, en el partido de Vicente López, de donde provenían compradores de los primeros lotes. El “del Mar” se agregó más adelante. ¿Y aquella Lucila que inspiró a la localidad en Olivos? Era la propietaria de las tierras y de una espléndida casona: Lucila Anchorena de Urquiza.

Mar del Plata: Si bien es evidente que no evoca a ninguna personalidad, es curioso anotar que fue sugerido por su fundador, Patricio Peralta Ramos. Pero en el debate parlamentario en que se trataba la fundación, el senador bonaerense Carlos Ortiz de Rozas manifestó que le parecía ridículo que una porción de tierra llevara la palabra Mar en su nombre.

Miramar: A través de un telegrama, José María Dupuy le propuso a su cuñado Fortunato de la Plaza, propietario de las tierras que se lotearían, el nombre Mira Mar. En el mismo mensaje daba las opciones de Rómulo Otamendi, asociado al emprendimiento. Las sugerencias de Otamendi eran Trouville o Gijón. De la Plaza optó por Mira Mar.

Santa Clara del Mar: Recibió el nombre por Clara Anchorena de Uribelarrea, quien fuera titular del campo de cuatrocientas hectáreas que contenía esas playas.

Pinamar: Cuando Valeria Guerrero y Jorge Bunge resolvieron asociarse en el proyecto del balneario lo llamaron Pinamar por la abundancia de coníferas junto a la playa. Pero nunca se aclaró quién de los dos creó el nombre.

Ostende: Fue fundado por el francés Jean Marie Boure y los belgas Fernando Robette y Agustín Poli, quienes lo bautizaron con el nombre del balneario homónimo en Bélgica.

Valeria del Mar: Lo propuso la mencionada Valeria Guerrero, tía de la célebre Felicitas. Pero no por ella, sino por su abuela homónima, Valeria Cueto de Cárdenas.

Cariló: Mantuvo la denominación mapuche. Significa “médano verde”.

Villa Gesell: La historia del balneario parte del impulso de Carlos Gesell, lo que despeja cualquier duda. Pero no está de más agregar que el emprendedor se llamaba Carlos Idaho Gesell. El extraño segundo nombre se lo pusieron por un tío que, en vez de probar suerte en nuestra tierra, se dirigió al norte, a los Estados Unidos, y se instaló en el estado de Idaho.

Claromecó, el balneario vecino a la ciudad de Tres Arroyos, también lleva nombre mapuche. Su significado, sobre el cual los especialistas aún no han arribado a un acuerdo, es “tres arroyos” o “tres arroyos con junquillos”.

San Clemente del Tuyú forma parte de una combinación. Su historia se relaciona con la expedición al sur que en 1604 llevó adelante el gobernador de Buenos Aires, Hernando Arias de Saavedra, más conocido como Hernandarias. El grupo de guaraníes que lo acompañó denominaba a estas playas Tuyú, que en su lengua significa barro o charco (ajó es un término emparentado, ya que define a lo blando). Pasaron ciento cuarenta años. En 1744, el misionero jesuita José Cardiel partió a recorrer la Patagonia. A punto de ahogarse en la zona del Tuyú, imploró a San Clemente (cuyo martirio consistió en ser arrojado al mar atado a un ancla). Salvó su vida porque un baqueano lo rescató. Agradecido -al santo- bautizó las aguas con el nombre del mártir.

Sarmiento no se llamaba Domingo

Paula Zoila Albarracín visitaba a una amiga en las afueras de San Juan, cuando sintió las contracciones. José Clemente Cecilio Quiroga Sarmiento corrió a buscarla, la subió en las ancas y galopó de regreso a la ciudad. Apenas tuvieron tiempo de llegar a su casa (debieron detenerse más de una vez porque la madre sentía que estaba a punto de parir), donde Paula dio a luz al varoncito, antes de que llegara la partera. Era la tarde del jueves 14 de febrero de 1811.

Al día siguiente lo bautizaron. Por haber nacido el 14, día de San Valentín (patrono de los enamorados), y ser bautizado el 15, día de San Faustino (patrono de los solteros), recibió los nombres de Faustino Valentín.

Aquí, la partida de bautismo donde se ve al comienzo del quinto renglón el nombre que le dieron:

Esta es la transcripción de la partida asentada: “En el año del Señor de mil ochocientos once, en quince días del mes de Febrero, en esta Iglesia Matriz de San Juan de la Frontera, y parroquia de San José, yo el teniente de cura, puse óleo y crisma a Faustino Valentín, de un día, legítimo de don José Clemente Sarmiento, y doña Paula Albarracín. Bautizolo el otro teniente, fray Francisco Albarracín. Padrinos don José Tomás Albarracín y doña Paula Oro, a quienes advertí el parentesco espiritual y para que conste lo firmamos – José María de Castro”.

Aquí, un acercamiento del texto, en donde subrayamos el nombre del recién nacido:

Esos fueron sus nombres. Sin embargo, era habitual que en su casa lo llamaran Domingo, debido a que doña Paula era devota de Santo Domingo.

Domingo Fidel -el hijo del prócer-, más conocido como Dominguito (que moriría muy joven en la Guerra del Paraguay), también tiene una historia relacionada con su nombre. Nunca existieron dudas respecto de quién era su madre: Benita Martínez Pastoriza. Pero la paternidad es discutible. Cuando el niño nació en Chile, Benita estaba casada con Domingo Castro. Luego ella enviudó y se unió a Sarmiento, a quien ya conocía demasiado.

¿Dominguito habrá sido hijo del marido Castro o del amante Sarmiento? Según las hermanas del sanjuanino, era un calco de Sarmiento, tanto en su niñez como durante la adolescencia. Pero lo que queríamos resaltar es que al nacer, llevó el apellido del marido de Benita. Por lo tanto, Domingo Fidel Sarmiento se llamó, en un principio, Domingo Fidel Castro.

La reconstrucción del rostro de Güemes

Martín Miguel Juan de la Mata de Güemes Montero Goyechea y la Corte nunca fue retratado. La prematura muerte del prócer salteño, a los 36 años, nos privó de contar con una imagen real para la posteridad.

Entonces, ¿de dónde provienen los retratos que conocemos? Derivan de las narraciones más o menos imprecisas de los contemporáneos del héroe. Bernardo Frias, primer biógrafo de Güemes, recaudó información consultando a compañeros y amigos. Así pudo saber que cuando era niño cayó del caballo y el golpe le dejó una cicatriz en el párpado derecho. Por su`parte, Dionisio Puch, cuñado del general muerto en acción en tiempos de la Guerra por la independencia nacional, dijo que “su mirada expresaba la firmeza del guerrero y la benevolencia del filósofo”.

Gracias a las descripciones, puede concluirse que Güemes era alto, superando el metro ochenta, de cabellera abundante y ondulada, frente espaciosa y nariz recta, perfil delicado, ojos almendrados y una barba abundante que cuadraba con el rostro.

Pero cuando se decidió contar con una imagen oficial, lo que definió el enigma fue un daguerrotipo de su hijo, Martín del Milagro Güemes Puch (a quien vemos en el óleo de la derecha). Su mujer -y además prima-, Adela Güemes Nadal aseguraba que su marido era muy parecido a su suegro. Algunos paisanos que conocieron al caudillo confirmaron su versión.

La imagen del patriota, casi de cuerpo entero, fue realizada por Eduardo Schiaffino en el año 1902, ochenta y un años después de su muerte. Schiaffino compuso el rostro basándose en los relatos recopilados por Frías y en la imagen del hijo parecido. Pero además reunió a tres nietos del héroe gaucho quienes posaron para el artista. De cada nieto tomó un detalle: la frente de uno, la nariz y boca del siguiente, y la barbilla y orejas del otro.

Este retrato del caudillo se encuentra en el Museo de Bellas Artes de la provincia de Salta.

Brown y el entierro de dinero en 1812

En el desolado camino –hoy avenida Quintana– que unía la Recoleta con la parte poblada de la ciudad de Buenos Aires, en la noche del 14 de abril de 1812, una partida celadora comandada por el capitán Juan José Ferrer detuvo a tres sujetos que evidenciaban conductas sospechosas. El trío estaba conformado por:

Un inglés alto y pelirrojo, ataviado con un poncho pampa, un joven criollo de condición humilde y un moreno aún más pobre.

Nada inocente podría estar haciendo el grupo en la Calle Larga (Quintana, de 400 metros, iba desde las actuales Libertad hasta Callao sin ser cruzada por ninguna otra calle) a partir de las ocho, cuando el sol se había puesto y la oscuridad ofrecía amparo.

La partida celadora los detuvo. El inglés del poncho protestó por dos motivos: era súbdito británico y, además, no había hecho nada malo. Sin embargo, su inocencia estaba muy en duda. En cuanto al criollito y al negro, su único delito era haber obedecido a su amo. ¿Qué habían hecho estos tres hombres? Sepultar un tesoro junto a unos sauces.

Tanto los empleados como el inglés – Irlandés en realidad – fueron alojados en el Cuartel del Regimiento de Patricios, en la Manzana de la Luces. El enigmático sepulturero era Guillermo Brown, de 25 años, comerciante en ese entonces, y futuro almirante y prócer de las fuerzas navales de la Patria.

Todo el día 15 estuvo en la prisión del cuartel. El 16 le escribió al cónsul. capitán británico Peter Green: “Como vasallo de Su Majestad Británica me tomo la libertad de dar parte a usted que entre las 7 y 8 de la tarde del 14 del corriente, estando en el camino que tira de la Recoleta a la ciudad, sin armas ni nada con que defenderme, un oficial con su partida me hicieron prisionero y me condujeron a la cárcel de donde escribo ésta (…). El motivo que me instaba pasar por este destino era el entierro de unos quinientos pesos, que había mandado por mi criado y un negro, y que iba a efectuar en algún lugar seguro de la playa por el camino de San Isidro, para quedar allí hasta que se me presentara la oportunidad de un buque mercante que los condujera a mi mujer y familia en Inglaterra, a fin de que participara conmigo una parte de lo que con tanto trabajo he ganado”.

¿Era delito sepultar dinero? No. Hasta era habitual hacerlo: la gente no guardaba sus valores en el colchón, sino que los enterraba. Pero se presumía que quién lo hacía en la costa quedaba a la espera de una noche propicia para embarcarlo. Cuando las condiciones del tiempo lo permitieran (baja visibilidad y aguas calmas) era desenterrado y cargado a un bote que lo transportara hasta un buque, salteando los controles de la Aduana.

Cabe preguntarse por qué no guardaba uno el dinero en su casa y lo transportaba al bote en la noche ideal. Eran varios los motivos. Uno de ellos, la seguridad. Brown había terminado un negocio nada fuera de lo común (llevaba mercadería a Chile en un barco que se averió y terminó cruzando los Andes con mulas cargadas). A Buenos Aires regresó con buena cantidad de dinero. Él no vivía en una casa propia, sino en la Fonda de los Tres Reyes. Estaba muy expuesto a que le robaran la recaudación. Debe notarse qué, según declaró, él no llevaba el dinero, sino que lo había pasado al criado y al negro para que lo transportaran. Era una manera de proteger sus ahorros, porque si lo asaltaban en el camino, sólo a él lo revisarían.

Ese tipo de depósito era común y se denominaba entierro o tapado.

El capitán Green logró convencer a las autoridades de que el irlandés había actuado con desconocimiento de las normas aduaneras y que en todo caso su idea era pagar el viaje a su familia para que se radicaran en Buenos Aires. Fue liberado bajo promesa de que no volvería a hacerlo.

¿Adónde va a dormir Obama?

En 1910, el presidente electo Roque Sáenz Peña le ofreció ocupar el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores a Ernesto Mauricio Carlos del Corazón de Jesús Bosch Peña, quien ocupaba un cargo diplomático en París. El hombre aceptó y regresó a Buenos Aires con su mujer, Elisa de Alvear.

Juntos concibieron la idea de construirse una mansión que les recordara su vida parisina. Resolvieron que fuera en la zona de Palermo (en las actuales Libertador y Kennedy), frente al Parque 3 de Febrero, donde ya estaban el Jardín Zoológico, el Jardín Botánico, la Rural, el futuro campo de Polo (en ese entonces era un club deportivo de diversas actividades) y el Hipódromo. La zona tenía mucha actividad social, pero casi no había residencias.

Contrató los servicios del arquitecto de moda, el exquisito francés René Sergent, quien terminaría ocupándose de los palacios de otros Alvear: además del Bosch, el Errázuriz (de Matías Errázuriz y Josefina Alvear) y el Sans Souci (de Elvira Alvear). Con la ejecución de arquitectos argentinos, Sergent ideó todo esto sin moverse de Europa.

La construcción del Palacio Bosch se inició en 1911 y su inauguración oficial se realizó el 6 de septiembre de 1918, durante el baile de presentación en sociedad de María Elisa Bosch Alvear, hija mayor del matrimonio. Fue la introducción en sociedad de Elisita, pero también fue la presentación del palacio. Era la primera vez que en una mansión se encargaba la construcción de un salón adaptado a las necesidades de los bailarines. Dijo La Nación: “Destinada especialmente para el baile, la sala no ostenta otro adorno que largas banquetas y taburetes tapizados en brocatos ‘vieux rose’ y oro y un gran piano de cola”.

A partir de la construcción del Palacio Bosch, Palermo comenzó a transformarse en uno de los lugares más exclusivos de Buenos Aires.

En la mansión de Elisa Alvear y Ernesto Bosch se hicieron grandes fiestas, para agasajar a extranjeros, para presentar en sociedad a otras dos hijas –Teodolina y Teresa– y para convidar a los amigos y parientes que luego de dar unas vueltitas por el parque de Palermo y el Rosedal, paraban a tomar un copetín antes de emprender el regreso al centro.

Elisa de Alvear estaba encantada con su espléndida casa. Pero apareció en escena  Robert Woods Bliss, embajador de Estados Unidos. Acotemos que Bliss, junto con su mujer, Mildred Barnes, establecieron el Instituto Cultural Argentino Norteamericano (ICANA), entre muchas otras iniciativas.

En 1928, visitó la Argentina el presidente electo de Estados Unidos, Herbert Hoover. Por falta de una residencia propia, Hoover fue alojado en el Palacio Noel (Suipacha y Libertador, actual sede del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco). Luego de la visita, el gobierno norteamericano le encomendó a míster Bliss la misión de comprar una casa para que fuera la residencia de los embajadores de su país.

En varias oportunidades, el señor Bliss le manifestó a Ernesto Bosch su interés por el palacio, pero el argentino no tenía ninguna intención de desprenderse de él. Ante la insistencia de Bliss, Bosch le dijo que se la vendía por algo más de dos millones de pesos, un valor que excedía en más de un millón cualquier tasación seria. Para Bosch, esa era una manera elegante de dar por terminado el asunto. No esperaba que un par de semanas después, Bliss le comunicara que aceptaban la oferta.

Contrariado, pero dispuesto a mantener su palabra, Bosch anunció en su casa que se mudaría. Elisa estaba furiosa. El matrimonio se mudó a un palacio en Montevideo y Quintana (Recoleta). Con todas las comodidades, por supuesto. Pero no era lo mismo.

Desde 1929, el palacio Bosch es la residencia de los embajadores de los Estados Unidos.

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San Patricio en Buenos Aires

En la década de 1810, la colectividad irlandesa de Buenos Aires estaba integrada por inmigrantes que habían llegado al Río de la Plata para establecer comercios y por aquellos que desertaron de las filas británicas durante las Invasiones Inglesas y formaron familias en la ciudad que habían invadido. Por lo tanto, en esa época comenzaron a celebrar la fiesta de su patrono, San Patricio, cada 17 de marzo.

A las nueve de la noche se reunían en casas particulares, como por ejemplo, la del fabricante de chimeneas Michael Welsh (en las actuales Cerrito y Viamonte) o en almacenes, como el de Patrick Fleming (Viamonte y 25 de Mayo). Los irlandeses participaban de un nutrido banquete donde además cantaban, realizaban varios brindis y bailaban. La celebración terminaba tarde, en la madrugada. Incluso hubo casos en que se extendió hasta el amanecer.

Si bien el resto de la población no participaba, y en esto incluimos a los otros británicos (los escoceses celebraban el 30 de noviembre, festividad de San Andrés, y los ingleses el 23 de abril, día de San Jorge), la fecha no pasaba desapercibida porque los negocios irlandeses colocaban sus banderas en los frentes de los negocios que atendían, lo mismo que hacían los barcos británicos anclados en el puerto. Además, existen registros (en la década de 1840) de bandas militares que recorrían la ciudad interpretando God Save the Queen (Dios salve a la Reina).

Entre los irlandeses que han escritos páginas de nuestra historia, debemos mencionar al almirante Guillermo Brown, al oficial del Ejército de los Andes Juan O’Brien y al padre Anthony Fahy, verdadero líder comunitario de los hijos de Irlanda y sus descendientes. También sumamos a Edward Casey, fundador de Venado Tuerto, y a las familias Duggan, Murphy, Kavanagh, Donnelly, McCormack, McCormickDonovan, Armstrong, Mulhall, Lynch, Walsh, O’Donnell y O’Gorman. Todos han participado de los festejos por su santo patrono en aquellos lejanos 17 de marzo, como también los hicieron las siguientes generaciones, como el grupo de la fotografía que se reunió en 1921 para bailar, beber y celebrar.

El día que Olazábal y Melián se pelearon

En 1812, el capitán José de San Martín esperaba que los hijos de las principales familias de Buenos Aires dieran el ejemplo y se incorporaran al Cuerpo de Granaderos a Caballo que formaba junto con sus compañeros de armas, José Zapiola y Carlos de Alvear.

Entre los muchos jóvenes que se sumaron, mencionamos a los cuñados del jefe, Manuel y Mariano de Escalada, también a Juan Galo de Lavalle, Mariano Necochea y a Manuel de Olazábal (a la derecha, su retrato), quien ingresó como cadete el 7 de enero de 1813, una semana después de haber cumplido los 13 años.

En diciembre, Olazábal participó de la campaña a la Banda Oriental. El joven fue nombrado jefe de la escolta de Alvear y tuvo acciones destacadas, sobre todo, cuando en una retirada del campo de batalla, Zapiola rodó y surgieron cuatro enemigos para capturarlo. Olazábal y dos hombres se lanzaron de sus caballos para pelear cuerpo a cuerpo y rescatar con éxito a su comandante. A comienzos de 1815, con flamantes 15 años, regresó a Buenos Aires ascendido a teniente.

Luego partió a incorporarse al Ejército Libertador que San Martín organizaba en Mendoza. La relación entre el jefe y el subordinado trascendió los límites del campamento de Plumerillo. San Martín cuidaba a Olazábal como a un hijo.

Un día el joven teniente chocó con la arrogancia del capitán José Melián, quien ya sumaba una buena cantidad de años de experiencia militar y venía destacándose por su valentía desde la invasión inglesa de 1806, cuando Olazábal tenía apenas cinco años.

En medio de una discusión, Melián insultó a Olazábal y el joven lo retó a duelo. San Martín se enteró lo que estaba por ocurrir y mandó llamar al joven teniente. En su tienda de campaña le preguntó si conocía cuál era el castigo que recibiría aquel que se enfrentara a duelo con un camarada. El oficial, lejos de ponerse a la defensiva, respondió: “El teniente Olazábal sabrá cumplir la pena que su General le imponga. Pero nadie ha de faltarle al honor de un soldado del General San Martín”. El Libertador se puso de pie y despidió al teniente, evitando mostrar la satisfacción que le había provocado la respuesta.

¿Hubo duelo? Sí. El bravo Melián asestó un sablazo en la rodilla de Olazábal, quien tuvo que pasar días en cama.

En cierta oportunidad, San Martín llegó cabalgando al campamento y vio a Olázabal caminando con una muleta y le preguntó qué le había pasado. El joven respondió que apenas había sido una rodada. San Martín lo miró fijo y en tono paternal le advirtió: “Tenga usted muchos cuidado con las rodadas”.

Esa noche, junto con la comida, el convaleciente recibió una onza de oro, sin remitente. Podía ser anónima, sin embargo, todos sabían que la había enviado su orgulloso jefe.

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Cayastá: historia y misterio

La ciudad santafesina de Cayastá alcanzó notoriedad por cuestiones policiales. Sin embargo, ya tenía una rica historia detrás. Aquí, los principales puntos referidos a su pasado:

1) El nombre se lo dieron los nativos. Si bien fue tierra de mocoretás y calchines, la denominación es quechua. Cayastak significa: “Ahí está el fin”. Así le decían porque ese era el límite infranqueable (el río Carcarañá, en realidad) de sus incursiones.

2) En las barrancas de Cayastá, el 15 de noviembre de 1573, el capitán Juan de Garay fundó la ciudad de Santa Fe. Por ese motivo, también se la conoce como “Santa Fe, la vieja”. El propio Garay determinó que el patrono de la ciudad fuera San Jerónimo. Fue la primera ciudad argentina en cuya fundación participaron criollos. En este caso el grupo de jóvenes (todos alrededor de los veinte años), que acompañaron al vasco.

3) En 1580, allí se detuvo la expedición que partió de Asunción para fundar Buenos Aires. Se sumaron hombres a la aventura. Pero, una vez resuelta la fundación de Buenos Aires, algunos pobladores resolvieron regresar a Cayastá (Santa Fe) porque consideraron que era mejor lugar que la costa porteña. Otros fundadores provenientes de Asunción también resolvieron abandonar Buenos Aires e instalarse en Cayastá.

4) La principal estancia de Cayastá perteneció a Garay. En 1634, a los 74 años, allí murió  Hernando Arias de Saavedra (Hernandarias) –casado con la hija de Garay, Jerónima Contreras–, quien fuera tres veces gobernador de Buenos Aires, tres veces gobernador de Asunción, una vez gobernador de Corrientes y otra, de Santa Fe.

5) Durante años, la población se sintió hostilizada por los calchaquíes, aliados con los mocovíes. Además, padecía inundaciones. En 1652 se resolvió mudar la ciudad de Santa Fe (a su actual emplazamiento, distante a unos 80 kilómetros hacia el sur). En 1660 se completó el traslado de los vecinos y la zona de Cayastá fue abandonada.

6) La región mantuvo el nombre indígena. El próximo hito en su historia fue el combate que protagonizaron federales y unitarios el 26 de marzo de 1840. Venció el federal Juan Pablo López. En el enfrentamiento murió el comandante unitario Mariano Vera, quien había sido gobernador de Santa Fe en 1818. También murió, ahogado, Francisco Reynafé. Era hermano de los que habían sido ejecutados tres años antes por el asesinato de Quiroga.

7) Nicasio Oroño, gobernador de la provincia desde 1864 (durante la presidencia de Mitre) le otorgó tierras al inmigrante francés Juan Bautista León, conde de Tessieres, para que instalara una colonia (lo hizo a dos kilómetros del emplazamiento original). El patriarca llegó, ya viudo, con su hijo Edmundo y 44 familias pobladoras. Ejerció la medicina y fue muy apreciado por todos. Murió a los diez años.

8) Su heredero, Edmundo Tessieres, tuvo la misma aceptación del pueblo de Cayastá. Un vecino de su confianza le encomendó el cuidado de sus hijos porque debía viajar. Edmundo no lo dudó. De un día para el otro se convirtió en padre adoptivo y tutor de nueve chicos: Martina (21 años), Luis (20), María (17), Adela (15), Antonio (13), Luisa (12), Anita (10), Antonieta (7) y Filomena (5). Los trató como si fueran hijos propios.

9) La noche de 7 de agosto de 1882, cuatro paisanos (dos eran hermanos) entraron para robarles. Mataron al conde y luego atacaron a los chicos. Algunos se salvaron: Luis no se encontraba en la casa. Adela se desmayó y la dieron por muerta (increíblemente, al huir fue confundida con un ladrón y la mató un vecino que además era su padrino). Martina, la mayor, tenía una grave herida, pero sobrevivió. Antonio pudo escapar por una ventana y corrió en busca de ayuda. Dos de los cuatro asesinos del mayor crimen de la historia de Cayastá –Gaspar Lemos y Rafael Sequeira– fueron atrapados y recibieron cadena perpetua.

10) Pocos días antes de que se cometieran los crímenes, María y Adela conversaban mientras se acercaba a la distancia Edmundo Tessieres. María, espantada, juró que ella estaba viendo que el conde no tenía la cabeza y que su cuerpo se movía solo. Adela no vio lo mismo que María. Pero si vio a María caminar sin su cabeza. Las chicas corrieron a contarle al conde sus extrañas visiones. Edmundo les dijo que eran tonterías.

Antonio, el chico de 13 años que escapó por la ventana con una reja, experimentó una sensación desagradable cuando al día siguiente quiso atravesar la misma ventana para explicar a las autoridades cómo había huido. Se dedujo que era el único lugar por donde podría haber salido y que no mentía. Pero el espacio era demasiado pequeño. Cómo fue que su cuerpo pasó por allí, aún es un misterio.

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Prohibido bañarse desnudo

Fue la Meca del vacaciones del siglo XX. Pero como todo gran emprendimiento, tuvo sus primeros paso. La ciudad de Mar del Plata se fundó en 1874. Su popularidad y el intenso tráfico de turistas en sus playas hizo necesario dictar normas de conducta. Por encargo del presidente Miguel Juárez Celman, en enero de 1888 se estableció el “Reglamento de baños para el Puerto de Mar del Plata”:

Artículo 1º-Es prohibido bañarse desnudo.

Artículo 2º-El traje de baño admitido por este reglamento es todo aquel que cubra el cuerpo desde el cuello hasta la rodilla.

Artículo 3º-En las tres playas conocidas por del Puerto, de la Iglesia y de la Gruta no podrán bañarse los hombres mezclados con las señoras a no ser que tuvieran familia y lo hicieran acompañando a ella.

Artículo 4º-Es prohibido a los hombres solos aproximarse durante el baño a las señoras que estuvieren en él, debiendo mantenerse por lo menos a una distancia de 30 metros.
Las primeras bañistas

Artículo 5º-Se prohíbe en las horas del baño el uso de anteojos de teatro u otro instrumento de larga vista, así como situarse en la orilla cuando se bañen señoras.

Artículo 6º-Es prohibido bañar animales en las playas destinadas para el baño de familias.

Artículo 7º-Es igualmente prohibido el uso de palabras o acciones deshonestas o contrarias al decoro.

El próximo artículo trata de las penas: multas de dos a cinco pesos o arresto de 24 a 48 horas. Reincidentes: 5 a 10 pesos o arresto de 48 a 96 horas. Una nueva falta le provocaría al infractor la expulsión de la playa durante un mes.

Hubo multas, detenciones y expulsiones. Pero tal vez el caso más comentado fue el del hombre que en el verano de 1901 se disfrazó de mujer y se metió al agua en la Bristol, en la zona de damas.

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“No seas cruel, mi cielo”

Además de ser el día de los Santos Inocentes, el 28 de diciembre (de 1786) nació uno de los dieciséis descendientes del virrey del Pino: Juana. Unos veinte años después, durante una misa, la señorita se sintió perforada por la mirada de Bernardino Rivadavia.

El 14 de agosto de 1809, en la iglesia de la Merced se celebró el matrimonio de Juana (22 años) y Bernardino (28). En 1814, el gobierno resolvió enviar a Bernardino, junto a Manuel Belgrano, en misión especial a Brasil y Europa.

Además de ser el día de los Santos Inocentes, el 28 de diciembre de 1814 a las 6.45 de la tarde partía la corbeta Zefir que transportaba a los dos embajadores. Ese día en que Juana cumplía los 28 años, su marido se le iba rumbo a Río de Janeiro, Londres y Madrid. Tres semanas antes de la partida, el Director Supremo Gervasio Antonio de Posadas dispuso una asignación de dos mil pesos anuales para Juana que incluía una cláusula de viudedad, “en el caso que [Rivadavia] fenezca en el servicio de dicha Comisión”.

No hizo falta echar mano a la cláusula, pero sí a la paciencia. Bernardino regresó siete años después. En el medio, Juana le rogó de mil maneras que abandonara las cuestiones de Estado y regresara. También le reclamó al Director Supremo Pueyrredon en 1816 que le devolviera el marido o le financiara el viaje a ella y sus hijos.

La correspondencia de Juana demuestra que no estaba acostumbrada a bajar los brazos y que amaba a su marido. Hay un texto imperdible de 1819, que vale la pena compartir:

“Bernardino de mi alma; antes de ésta te despaché una… nada tengo que agregar; y sólo te pongo estas cuatro letras para que no te suceda lo que a mí: al llegar una porción de buques y no tener carta ninguna, ni aún noticias, que muchas veces creo desesperarme… Lo que te pido, repito en todas, aunque sepa que te incomodas es que tomes un medio para que nos unamos, mira que esto no se puede tolerar, no seas cruel, mi cielo, que cinco años para una persona que aún no es vieja y que te adora es demasiado. ¡Ay, hijito! Estas separaciones que tantos matrimonios han hecho desgraciados en nuestro país se ven bastantes en el día; yo estoy muy distante de pensar que a nosotros nos suceda lo mismo, pero unámonos, mi Dictateur, y sigamos siendo tan felices como hasta aquí”.

El “hijito”, el “Dictateur”, el “Bernardino de su alma”, regresó por fin en 1821. Juana, la empecinada, recuperó a su marido.

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