El tenis y sus historias

Además de casarse, Enrique VIII tenía otro pasatiempo: el tenis. La palabra tenis -que originalmente fue un juego de la realeza- proviene del grito que se hacía cuando la pelota era lanzada al sacar: “¡Tenez!” (voz de origen francés equivalente a “¡Ahí va!”, “¡Tenga!”). De todas maneras, no se trataba de un grito lanzado por el jugador, sino por el sirviente, quien además tenía que encargarse de lanzar la pelota al campo contrario para iniciar el juego. Ese es el motivo por el cual se le dice “servicio” al saque.

En la Argentina, este deporte empezó a practicarse entre ingleses, en el último cuarto del siglo XIX. La primera referencia corresponde a partidos disputados en el Rosario Cricket Club, en 1877. Cuatro años después, se fundó en Lomas de Zamora (sur del Gran Buenos Aires) el Lomas Cricket and Lawn Tennis Club (lawn significa césped).

En marzo de 1886 se llevó a cabo el primer torneo. Fue en la sede del Buenos Aires Cricket Club (estaba en Palermo, donde hoy se encuentra el Planetario). A esa altura, ya había tenistas en las provincias de Córdoba y Tucumán. En 1889 se creó el Quilmes Lawn Tennis Club. En 1892, fue el turno del Buenos Aires Lawn Tennis, cuyas canchas construyeron en una propiedad de Federico Leloir, ubicada en Vicente López y Ayacucho, en el barrio de Recoleta. En 1911 inició sus actividades el Santa Fe Lawn Tennis Club. En 1912, a veinte años de su fundación, el Buenos Aires Lawn Tennis ya contaba con quinientos socios. Al año siguiente, un nuevo grupo de entusiastas propuso crear un club “criollo” de tenis. Así nació el Argentino Lawn Tennis Club (hoy, Tenis Club Argentino), otra de las instituciones centenarias de nuestro país. También es de 1913 el Olivos Lawn Tennis Club.

En ese tiempo ya contaban con canchas el Hotel Edén, de La Falda, y varios clubes, entre ellos, el Belgrano Athletic Club, el Lawn Tennis Esperanza de Santa Fe, el Villa Devoto Lawn Tennis Club y el Villa Ballester Lawn Tennis Club. Otras de las grandes instituciones surgidas fueron el Mármol Lawn Tennis Club (1914), el Club de Deportes Discóbolo de Haedo (1916) y el Adrogué Tennis Club, que se fundó en 1919.

Aclaramos que la imagen que ilustra este posteo muestra a un grupo de jugadoras en el Buenos Aires Lawn Tennis, en 1930, lo cual nos permite recordar un torneo para damas que se llevó a cabo en 1908, en la Plaza Colón de Mar del Plata, frente a la playa Bristol. Como vemos, desde los comienzos se sumaron las mujeres a la práctica del deporte de las raquetas, que era el preferido de la actriz francesa Sarah Bernhardt.

Sin embargo, una nota publicada por el diario La Razón, en 1921, aseguraba que muchas señoritas se inscribían en los clubes de tenis para conseguir novio. Semejante comentario coincide con el año en que se conformó la Asociación Argentina de Lawn Tennis, entidad que nucleó a los primeros clubes del país.

Nuestro ingreso a la Copa Davis tuvo lugar en 1923, cuando el equipo argentino viajó a Ginebra para enfrentar a Suiza. Sólo conseguimos un punto de los cinco en juego. La primera victoria no se hizo esperar. Pero quien sí se hizo esperar fue uno de sus protagonistas, el tenista Enrique Obarrio. La historia es la siguiente:

Obarrio vivía en un campo en La Pampa y, como no tenía con quién jugar, solía practicar contra un frontón. Descolló en algunos tornos nacionales y fue convocado para la Copa Davis de 1926. Debía viajar en tren desde Metileo (al norte de La Pampa, cerca de General Pico) hasta Buenos Aires para abordar el barco que lo llevaría, junto con sus compañeros de equipo, a Barcelona. Pero un accidente ferroviario demoró su arribo y estuvo a punto de perder el trasatlántico. Gracias al buen ritmo y velocidad de sus piernas (solía correr en el campo para mantenerse en forma), llegó al puerto en el último minuto. Menos mal, porque fue uno de los hacedores del primer triunfo de los argentinos en la Davis. Vencimos a Hungría, 3 a 2. A partir de entonces, nos dedicamos a ganar y perder en el famoso torneo. A perder y ganar. Y ganar y ganar y ganar.

Sin comentarios

Futbolistas en pose

Eran otros tiempos. Entre finales de los años 30 y los 40, los futbolistas, ídolos populares, eran el objetivo de los reporteros gráficos y posaban con un estilo que ha perdido vigencia.

Aquí una galería recopilada en la Fototeca del Archivo General de la Nación que incluye, entre otros, a Vicente de la Mata (Independiente), Agustin R. Cosso (San Lorenzo), Héctor Narvarte (Racing), Eusebio Videla (Tigre) y Eligio Corvalán (River).

También presentamos, en la próxima imagen, a Luis María Rongo con camisa abierta y la pregunta es: ¿qué casaca está utilizando? La ayuda: jugó en River Plate, Argentinos Juniors y Platense.

Otra consulta a los avezados lectores. ¿Quiénes son los jugadores que posan de Boca Juniors (en la imagen inicial), Chacarita y Vélez?

Las respuestas son bienvenidas.

 

Nuestra primera aviadora

Por los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910 llegaron los primeros aviadores al país. Eran franceses e italianos. Si bien los vuelos eran a baja altura (alrededor de 30 metros), muchos entusiastas se anotaron en el curso para obtener la licencia de piloto. Los primeros argentinos en recibirse fueron Florencio Parravicini, Juan Alberto Roth y Jorge Newbery.

Entre las mujeres, la pionera fue Amalia Figueredo, una rosarina que no aspiraba a pasar desapercibida. Estudió obstetricia en la Facultad de Medicina de Buenos Aires y también música en el célebre Conservatorio Fontova. Sin embargo, las demostraciones de los pilotos aéreos la llevaron, primero a realizar algunos vuelos con los especialistas, y luego a inscribirse en la Escuela de Aviación, en mayo de 1914, cuando ya había cumplido los 19 años.

Luego de las prácticas en el aeródromo de Villa Lugano (como la vemos en la nota que dio a Caras y caretas), Amalia se recibió de aviadora en en julio. El segundo domingo de octubre, realizó vuelos en el barrio de Belgrano, ante una numerosa concurrencia que quería ver su destreza. Recordemos que para esa fecha, las mujeres ya tramitaban su licencia de conducir, pero era extraño ver a alguna de ellas manejando por la calle.

En marzo de 1915 decidió salir a volar por el país. Su primer destino fue Rosario, su ciudad natal. Su carrera como aviadora llegó a su fin cuando se casó en 1916 con Alejandro Pietra. Enviudó en 1928, pero no volvió a volar: se dedicó a la crianza de sus hijos. Sí obtuvo premios y distinciones en todo el mundo hasta sus últimos días, en octubre de 1985.

Amalia Figueredo fue la primera aviadora argentina. ¿La segunda? Enriqueta Fruchard.

 

 

Incidentes en el fútbol (1916)

Para los festejos por el Centenario de la Independencia argentina, en 1916 se jugó un Torneo Sudamericano donde participaron Chile, Uruguay, Brasil y la Argentina (país anfitrión). A la final llegaron la Argentina y Uruguay. Pero lo que ocurrió en la tarde del domingo 16 de julio de 1916 llenó más espacios en los periódicos de lo que hubiera ocupado la crónica del partido.

El clásico del Río de la Plata se jugaría en el estadio de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires (GEBA) de Palermo, considerado el mejor de Sudamérica. Es el que vemos en la foto, cuando compitieron chilenos y uruguayos.

El partido comenzaba a las 14:30, pero una gran cantidad de espectadores comenzó a acercarse a Palermo antes del mediodía. La compra de entradas se efectuaba en las boleterías del club y según la crónica periodística, “la gente se apretujó en torno de ellas a partir de las 12:30 en una lucha a codazo limpio para llegar hasta las ventanillas”. Las colas eran inmensas y la concurrencia superaba la capacidad de las tribunas que era de 20.000 espectadores. El público era controlado por once efectivos policiales designados.

“A la 1:10 hubo varios millares que optaron por renunciar a la lucha frente a las boleterías y arremetieron, en cambio, contra los guardianes de las puertas de acceso”, escribió un cronista. Se llevaron puesto a un policía y su caballo, los dos primeros heridos de la jornada. “Una multitud se desparramó por la tribuna oficial, trepando en tropel a las gradas y ocupando los sitios disponibles en los palcos, que a esa hora estaban en su casi totalidad ocupados por familias. Estas pasaron, por cierto, un instante poco agradable”.

Como la cantidad de publico superaba por mucho la capacidad de las tribunas, la propia cancha quedó colmada de gente. Cuando salieron los equipos a disputar el partido y vieron lo que ocurría, regresaron a los vestuarios. Ya se habían cambiado cuando se resolvió que se jugaría el partido, pero no sería el definitorio del torneo, sino un amistoso. Volvieron a cambiarse, salieron a la cancha y ayudaron a la policía en la tarea de sacar a la gente. Los intrusos se ubicaron en un costado, a medio metro de las líneas laterales.

Carlos Fanta, el árbitro chileno, dio comienzo al partido a las 3:30. Antes de los dos minutos se realizó el primer lateral. Con la gente encima, el jugador uruguayo intentó hacer el saque, pero otra vez el campo de juego se vio desbordado y los futbolistas, resignados, se retiraron al vestuario.

Era imposible intentar llevar adelante el partido. Y se desató la furia. Un testigo de los hechos escribió: “Algunos de los manifestantes más audaces se dirigieron a los dos arcos y los arrancaron”. La redes también fueron quitadas. Uno de los arcos fue llevado, como trofeo, delante del palco oficial en donde los directivos de los equipos sudamericanos y el resto de los invitados se mantenían petrificados por el miedo. Incendiaron una de las redes. También, la tribuna popular de madera que daba al río y se prendió fuego.

Los bomberos recién lograron apagar los incendios a las diez de la noche. De las tres tribunas populares no quedó nada. El palco oficial se salvó. Hubo cuatro detenidos. El lunes 17 se jugó el partido final en la cancha de Racing de Avellaneda. Empataron sin goles y Uruguay retuvo el título. Esa vez se vendieron una cantidad específica de entradas y no bien pareció que las tribunas ya estaban bastante llenas, se suspendió la venta.

Cabe preguntarse qué clase de milagro obró para que hubiera apenas contusos en medio de un incendio que tenía 30.000 potenciales víctimas. Sin dudas, la Mano de Dios –mucho menos espectacular, pero a la vez, mucho más admirable– existió setenta años antes del gol a los ingleses.

Sin comentarios

Liniers, Cambiaso y Trotz

El virrey Santiago de Liniers y Ana Perichón de O’Gorman fueron amantes, primero, y parientes políticos, luego: en 1809 una hija de Santiago –María del Carmen– contrajo matrimonio con un hermano de Ana, Juan Bautista. La hija de esta pareja, Rosario Perichon se casó con José Manuel de Estrada.

Son varios los descendientes de Estrada que han adoptado el apellido Liniers como nombre de pila. El más conocido es Ricardo Liniers Siri, autor de la historieta Macanudo que publica el diario La Nación. Su seudónimo es, a la vez, su segundo nombre: Liniers.

Entre los descendientes de los Estrada Liniers mencionamos al marido de Victoria Ocampo (Monaco Estrada), al político Santiago de Estrada, y a los polistas Ernesto Trotz y Adolfo Cambiaso (h). Sin embargo, una investigación llevada a cabo por genealogistas demuestra, con pruebas difíciles de rebatir, que muchos de los descendientes de Estrada nunca tuvieron ni una pizca de sangre de Liniers. Se refieren a la rama de Ángel de Estrada, supuesto hijo mayor de Rosario Perichon Liniers y José Manuel de Estrada.

Diego J. Herrera Vegas y Carlos Jáuregui Rueda cotejaron diversos archivos y arribaron a la conclusión de que sólo seis de los siete hijos del matrimonio fueron auténticos. Hasta hace poco tiempo se pensó que los Estrada Perichon habían sido siete: Ángel, Santiago, José Manuel, Narciso, Juan Bautista, Enrique y Eduardo. Hoy, la legitimidad de Ángel está casi descartada, ya que era hijo del padre, pero no de la madre. Las pruebas que ofrecieron los genealogistas Herrera Vegas y Jáuregui Rueda son:

- En el censo de 1855 realizado en la casa de la familia Estrada Perichon, vivían papá José Manuel (viudo, ya que Rosario había muerto en 1851), la abuela María del Carmen Liniers, los seis varones Estrada –de Santiago a Eduardo–, más un joven mayor que los demás, llamado Ángel pero de apellido Castro.

- En el formulario de la partida de matrimonio de Ángel de Estrada (del año 1867) no está completo el casillero en que debía indicar si era hijo natural o legítimo. Donde debía colocarse el nombre del padre, escribió: José Manuel de Estrada. Donde debía constar el nombre de la madre, dejó el espacio en blanco.

- En la sucesión de bienes de los Sarratea –Rosario Perichon era nieta de Santiago de Liniers y de Martina de Sarratea– del año 1864, José Manuel Estrada figura representando a seis de sus hijos Estrada. Ángel no figura.

- En una escritura de 1866 referida a una operación comercial con Justo José de Urquiza, el padre firma como representante de sus seis hijos. No se menciona a Ángel.

Ángel de Estrada fue director del Banco de la Nación Argentina y fundó la editorial que llevó su propio nombre. La reciente investigación les ha quitado la sangre Liniers a un nutrido grupo de argentinos. Por otra parte, los bisnietos, tataranietos y choznos de los seis hijos restantes, seguirán ostentando el título de descendientes del virrey, sin ningún problema. Entre los polistas, Ernesto Trotz continúa perteneciendo a la estirpe. En cambio, Adolfito Cambiaso mantiene la herencia genética de los Estrada, pero la de Liniers, ya no.

Sin comentarios

Prehistoria del circuito callejero

Tres fotos nos permitirán conocer algo de la historia que hay detrás del circuito callejero del Súper TC2000 que compite en la ciudad de Buenos Aires.

Comenzamos por una toma aérea del archivo del diario La Nación.La imagen -tomada alrededor de los años 70- nos permite ver dos barrios. La zona señalada con la letra A pertenece a Recoleta. El sector correspondiente a Palermo está marcado con la letra B. ¿Qué los divide? La calle Tagle (1).

Por su parte, la avenida del Libertador (2) era doble mano las 24 horas. Había sido ensanchada y pavimentada en 1936. Se había llamado Alvear hasta que en 1950, cuando se cumplió el centenario de la muerte de San Martín, entre los homenajes que recibió el prócer, figuró el bautismo de esta importante avenida en su honor.

Con el número 3 hemos marcado el Palacio Errázuriz, obra del arquitecto francés René Sergent. Fue construido en 1911 para el matrimonio conformado por el diplomático chileno Matías Errázuriz y Josefina de Alvear. En 1937, el Estado compró la mansión que hoy alberga al Museo de Arte Decorativo, a la Academia Nacional de Bellas Artes y la Academia Argentina de Letras.

El número 4 corresponde al edificio del Automóvil Club Argentino, inaugurado en 1942. El monumento al general Mitre (5) fue emplazado en 1927. Mientras que la avenida Figueroa Alcorta (6) surgió en la década de 1910 y en un principio se denominó Centenario. A partir de 1942 pasó a llevar el nombre de José Figueroa Alcorta, el presidente del Centenario.

Por último, el número 7 señala la facultad de Derecho, inaugurada en 1949. Vayamos hasta su escalinata:

Mantenemos los números de la primera fotografía. Estamos parados en la escalinata de la Facultad de Derecho (7), junto a la avenida Figueroa Alcorta (6) y a lo lejos divisamos el edificio de ACA (4). Como vemos, hay árboles muy jóvenes en la vereda de enfrente. Esta imagen es de 1948. Por lo tanto, detrás de nosotros el edificio de la facultad está en plena construcción. Cruzamos la plaza una vez más para tener otra perspectiva:

Esta foto es de 1939. Nos muestra la calle Tagle (1) y las avenidas del Libertador (2) y Figueroa Alcorta (6). Marcamos con el número 8 el terreno que hoy ocupa la confitería Rond Point. Entre el 8 y el 6 está el 7, el canal 7. Por último, las iniciales corresponden a los clubes Independiente (CAI) y River Plate (CARP). Allí estuvieron sus canchas. Independiente jugó en este terreno en 1906. River, un poco más cerca de Libertador, tuvo su estadio desde 1923 hasta 1938, un año antes de que se tomara esta foto. Eran tiempos en que rugían las hinchadas. Ahora rugen los motores.

Maratón en Palermo (1910)

El 24 de mayo de 1910 –en la víspera del día D del Centenario en 1910– ocurrió uno de los hechos más olvidados de la historia del deporte en la Argentina. Se corrió en Palermo un maratón de 42 kilómetros. Fue en la Sociedad Sportiva (donde ahora están las canchas de polo, en Palermo), cuya pista tenía alrededor de mil cien metros. Por lo tanto, los competidores debían dar 37 vueltas y media.

De punta a punta, ganó un corredor italiano que le sacó más de una vuelta al segundo. Podía distinguirse con facilidad porque era el más bajo de todos, era el único que usaba pantalón negro (los de los otros siete eran blancos, como vemos en esta foto de la revista PBT) y en el pecho, adosada a la remera, ostentaba la bandera de Italia. Se llamaba Dorando Pietri y fue el protagonista del momento deportivo más dramático en la historia de los Juegos Olímpicos de la Era Moderna. Conozcamos su historia:

Pietri descubrió su don como fondista mientras trabajaba en una pastelería de Capri, en 1904. En septiembre de aquel año, un grupo de reconocidos deportistas había llegado a la ciudad del sur de Italia para participar en una carrera. Dorando se inscribió en los últimos instantes, sin mucho convencimiento. Corrió vestido con la ropa de trabajo y ganó. A partir de allí se dedicó a la competencia en forma exclusiva. Su momento de gloria tuvo lugar el 24 de julio de 1908, durante los Juegos Olímpicos de Londres.

Hasta ese juego, el maratón no tenía reglas fijas ni era una carrera constante y oficial en las Olimpíadas. Su más entusiasta promotor era el rey Eduardo VII de Inglaterra. Gracias a su voluntad real, sería la primera vez que los atletas recorrerían 42 kilómetros y 195 metros, que no es la distancia que existe entre Atenas y la ciudad de Maratón, como suele decirse, sino que es la que unía el fondo del jardín del castillo de Windsor, punto de partida de la competencia, con el estadio de White City. A partir de aquella competencia, se tomaría como medida oficial.

El maratón se inició a las dos y media de la tarde, ante un calor sofocante que iría diezmando a los 56 competidores. A sólo tres kilómetros del final, Pietri alcanzó la punta luego de realizar un esfuerzo sobrehumano. Extremadamente agotado, ingresó al estadio y recibió la ovación de 75.000 espectadores. Debía correr los metros finales, los más dramáticos que jamás se hayan visto.

Por empezar, en cuanto puso un pie en el estadio, estaba mareado y dobló en forma errónea hacia la derecha; debieron indicarle que era hacia el otro lado. Dio unos pasos en el sentido correcto y cayó desplomado. Desde las tribunas clamaban que lo asistieran. Un médico y un comisario deportivo lo ayudaron a incorporarse. Con el resto de sus fuerzas reinició la marcha, pero volvió a caer.

Esta acción se transformó en una constante: en ese corto trecho caerá de nuevo. Extenuado, empujado por la inercia de un estadio que lo alentaba hasta las lágrimas, Dorando Pietri cruzó la meta y se desmayó. Fue retirado en camilla.

John Hayes, estadounidense, llegó segundo. Los representantes de su país reclamaron que se descalificara al italiano por haber recibido ayuda. Les dieron la razón y Haynes ganó. A pesar de que se actuó de acuerdo con el reglamento, eran muchos los que consideraban que Dorando venció, sino la carrera, al menos sus límites. Por eso, pocos días después la reina le entregó una copa de oro al atleta que volvió a recibir el reconocimiento del estadio.

En este video verán fragmentos de la carrera en Londres. Por favor, presten atención a un par de cosas. En la largada, el único que tiene pantalón negro (va en medio del pelotón) es Pietri. Más adelante podrán ver cómo al ingresar al estadio, dobló hacia el otro lado.

El héroe de 1908 en Londres sería el ganador del maratón corrido en la Argentina, en 1910. Fue la última vez que Pietri –quien llegó a Buenos Aires acompañado por su hermano, Ulpiano– corrió este tipo de carrera. Para muchos porteños pasó desapercibido, ya que ese día Buenos Aires vivía a un ritmo vertiginoso la cuenta regresiva del primer Centenario de la Patria y otras celebraciones eclipsaron la carrera.

Polo: Tacos & Rouge

Por iniciativa de Antonio Maura, el fundador del club Tortugas, se organizó un partido de polo femenino en junio de 1938, en el cual se enfrentaron Las Gacelas y Las Panteras. ¿Fue el primero en el país? No. A mediados de 1927, en el club Los Pingüinos (Merlo, provincia de Buenos Aires), habían jugado Las Pingüinas y Estancia la Josefina. Sin embargo, el partido en Tortugas tuvo una amplia cobertura periodística y por ese motivo algunos lo consideraron el primero.

Las Gacelas (a quienes vemos en la foto) formaron con las hermanas Sara “Nani” y Adela “Nana” Fernández Ocampo (20 y 21 años) como delanteras. De número tres, la profesora de taquigrafía Mabel Aberg Cobo (léase Méibel, por favor) y de back, Rosa María de Bary Tornquist, quien además era la capitana. Las Panteras, por su lado, contaban con Susana Inchauspe, Lucy Wilson Nevares, Ayllen Lacey y Dougall Drysdale, back y capitana, también.

Adela nos contó que aprendió a taquear en Las Higueras, a 15 kilómetros de Ascochinga. La cancha tenía un desnivel clásico en las serranías y pasto alto. Hasta el partido de Tortugas, nunca había taqueado en una cancha cuidada. “No tenía caballos ni equipo ni nada, pero cuando Maura llamó por teléfono para invitarnos a jugar a Sara y a mí, le dije que sí, sin dudarlo. ¿Nos lo íbamos a perder?”. Las Fernández Ocampo conocieron a sus compañeras de equipo esa misma tarde. Mabel (25 años) y Rosa María (28) estaban emparentadas. Al igual que las Ocampo, Mabel Aberg Cobo era muy buena jineta. Además, tenía facilidad para cualquier deporte y era la primera en aceptar un desafío. Mientras que Rosa María de Bary Tornquist comenzó a jugar en el campo y era tan fanática del polo, que se construyó una casa –llamada Santa Bárbara– junto al Tortugas para estar “siempre lista”. María Acuña de Coelho, sobrina de Rosa María, recuerda que tenía un sobrehueso en la nariz, producto de un tacazo.

El domingo 26 de junio de 1938 fue un día de sol pleno y muchos condujeron por la incipiente ruta Panamericana rumbo al club Tortugas. Según el diario La Prensa, “una compacta hilera de automóviles servía de improvisada tribuna a una concurrencia numerosa de familias”. El encuentro no pudo iniciarse en el horario establecido –dos y media de la tarde– porque a último momento se resolvió achicar el tamaño del campo de juego, que pasó a tener una largo de 125 metros de longitud. Es decir que para las chicas, un penal de 60 se tiraría casi desde mitad de cancha.

La reducción del espacio y el traslado de los mimbres fue supervisado por los jueces del partido, Martín Inchauspe y Enrique “Quito” Alberdi, ganador del Abierto Argentino de 1934, jugando para Coronel Suárez. El árbitro del encuentro sería el doctor Alberto León. Un dato más sobre los jueces: Inchauspe y Quito fueron compañeros en el equipo de Tortugas que se adjudicó el Abierto Argentino del año ’35. Ellos mismos les prestaron caballos a las chicas. En cuanto a Maura, le cedió un tobiano –que jugó dos chukkers– a la señorita De Bary, de acuerdo al relato del diario La Nación.

El cronista de La Razón escribió que mientras las competidoras esperaban que se acortara la cancha, algunas mataban el tiempo haciendo un retoque del rouge. Hasta que llegó el momento tan esperado y arrancó el partido que duraría cuatro chukkers. Las primeras maniobras se caracterizaron por el desorden, pero Las Gacelas lograron arrinconar a Las Panteras. “Hubo expectativa al iniciarse las acciones, pero bien pronto un certero shot dirigido por la señorita Aberg Cobo equivalió a una válvula de escape para tanta ansiedad contenida”, comentó el especialista de La Razón. La profesora de taquigrafía abrió el marcador con fina puntería: 1 a 0 para Las Gacelas.

El desarrollo del juego no varió. Las Panteras estaban más preocupadas por defenderse que por atacar. Contaban con la ventaja del saque potente de la señorita Drysdale, quien alejaba la bocha en cada saque. Y no sólo eso: su equipo estuvo a punto de empatar el tanteador mediante un disparo de Ayllen Lacey que se estrelló en el mimbre. “Las jugadoras ensayaron toda suerte de recursos desde el enganche de tacos hasta el pechazo limpio, en el que la señorita De Bary Tornquist llegó a destacarse”, informó una de las crónicas. La campana anunció el final del período.

Las chicas acudieron al palenque a refrescarse. Algunos caballeros –improvisados petiseros– las ayudaron a desmontar. Al iniciarse el nuevo chukker, empataron Las Panteras gracias a un milimétrico golpe de larga distancia que embocó la señorita Drysdale. El swing perfecto, “habrá despertado envidia en más de uno de los musculosos espectadores”, sugirió un periodista preocupado por marcar el contraste de géneros. La alegría del equipo de Drysdale duró poco, ya que en un entrevero, Adela Fernández Ocampo desniveló otra vez; y al rato fue su hermana Sara quien aumentó la diferencia, gracias a un preciso pase de Rosa María De Bary.

El tercer chukker evidenció el cansancio de Las Panteras y sus yerros de taqueo. Fue entonces cuando se hizo valer el aplomo de De Bary y Aberg Cobo quienes llevaron el juego de manera constante hacia el campo rival, hasta que en una corrida, Sara F. O. anotó el cuarto. Del otro lado, “las bellas y mansas panteritas se debatían en medio de una acentuada desorganización”, publicó La Razón.

Así se llegó al chukker final, con una diferencia en tantos que parecía irremontable y un agotamiento que también complicaba. Ya no había entradas vertiginosas y bochas tomadas de punta, como en el primer período. Para colmo, un accidente cortó el desarrollo del juego: el caballo de Adela Fernández Ocampo mordió la mano de Susana Inchauspe. La número uno de Las Panteras le gritó al petiso: “¡Bárbaro, no me muerdas!”. Fue atendida al borde del campo y regresó con todo el entusiasmo a completar el tiempo y tratar de acortar diferencias, según nos reveló la jugadora que montaba al petiso agresor.

En definitiva, “el cuarto chukker –escribió La Nación– no estaba destinado a hacer historia. El cansancio jugó en contra. Pero el orgullo crecía a la par del agotamiento. Fue cuando las chicas, terminado el chukker, decidieron jugar uno más. Aplauso general a estas gladiadoras tan extenuadas como entusiasmadas“.

Sin embargo, el quinto tampoco ofreció grandes instantáneas. La única emoción fue un penal de 40 en manos de la experimentada señorita Drysdale que pasó cerca. No hubo goles y la campana final se confundió con el aplauso de la tribuna. Terminó 4 a 1. Las ganadoras recibieron cuatro copas de plata. Esa misma noche aparecieron en la portada de la sexta edición de La Razón, bajo el título: “La nota deportiva original de hoy: primer partido femenino de polo”. En todo caso, fue el primero que apareció en la tapa de un diario.

Los colores históricos del fútbol

Con mucho entusiasmo un grupo de ingleses organizó el primer partido de fútbol que se jugaría en el territorio argentino. El mismo se llevaría a cabo en el barrio de La Boca el 25 de mayo de 1867. ¿Por qué se tomó ese día? Porque era feriado. Pero la lluvia arruinó el estreno. La próxima fecha disponible era el 20 de junio y además se cambió el escenario. En vez de La Boca con sus problemas de inundación, resolvió utilizarse el terreno del Buenos Aires Cricket Club, en Palermo, donde hoy se encuentra el Planetario.

La convocatoria era para las 12:30. Esta vez el tiempo acompañó; sin embargo, surgió un nuevo inconveniente: varios de los que se habían comprometido a participar abandonaron a último momento debido a la sorpresiva cantidad de público que concurrió a Palermo. Les dio vergüenza ser vistos corriendo una pelota delante de tanta gente. Por lo tanto, en vez de once contra once, hubo ocho jugadores por equipo. Aquel primer encuentro futbolístico duró dos horas y los contrincantes no se diferenciaban por la camisa (a nadie se le hubiera ocurrido usar camisetas en ese tiempo), sino por el color de las boinas: blancas de un lado, rojas del otro.

Ganó el equipo de las boinas coloradas, 4 a 0. Los vencedores fueron Thomas Hogg (capitán), James Hogg, Thomas Barlow Smith, William Forrester, James Wensley Bond, E. S. Smith, Norman Harry Smith y John Ramsbotham.
Los boinas blancas fueron Walter Heald, Herbert Thomas Barge, Thomas Best, Urban Smith, John Harry Wilmott, R. Ramsay, J. Simpson y William Boschetti.

Pasaron 30 años hasta que los ex alumnos del Buenos Aires English High School formaron un equipo al que llamaron Alumni, como solían denominarse las asociaciones de ex alumnos en los Estados Unidos. Es sabido que Alumni (la foto que vemos es de 1902) fue el gran campeón de fútbol en los comienzos del siglo XX y se convirtió en la base de los primeros seleccionados argentinos. Pero el detalle está en los colores que usó. Fueron, justamente, el colorado y el blanco que recordaba a aquellas boinas del primer partido en 1867.

Los colores históricos se mantuvieron en la camiseta del popular club de rugby Alumni. Mientras que en el fútbol fueron los elegidos por un grupo de estudiantes platenses, deportistas cordobeses y también santafesinos que admiraban a sus pares porteños y querían tener sus mismos colores. Nos referimos a Estudiantes de la Plata, Instituto de Córdoba y a Unión de Santa Fe.

River Plate, en cambio, eligió esos colores porque son los de la bandera de Génova, ya que el club se formó en el típico barrio de los genoveses: La Boca, donde estuvo por jugarse el primer partido de nuestra historia, pero se supendió por lluvia.

Sin comentarios

La primera carrera de autos en Buenos Aires

El sábado 16 de noviembre de 1901 se llevó a cabo la primera competencia automovilística del país. Fue en el Hipódromo Argentino situado en el pueblo de Belgrano (en las actuales Libertador y Monroe), a pocos kilómetros del centro de la ciudad de Buenos Aires. Se trataba de una actividad de beneficencia organizada por la Sociedad Damas de Caridad. Parte de lo recaudado iría a parar a las necesitadas arcas del Instituto Siglo XIX, que sostenía un asilo de ancianos.

Los competidores fueron siete: cinco Locomobile, un Rochester y un auto construido en la Argentina por el español Celestino Salgado, mecánico y piloto de su prototipo. ¿Cómo eran aquellos autos? Muy parecidos a las breaks de tracción animal, salvo que sin los caballos. Ni siquiera tenían volante, sino un timón con el que torcían el rumbo de las ruedas.

Los pilotos de los Locomobiles fueron Aarón Anchorena, Juan Abella, Alcorta, Gismondi y un futuro presidente, Marcelo Torcuato de Alvear. Juan Cassoulet (a quien vemos en la foto) condujo el Rochester. Para ser identificados, los corredores llevaban un brazalete con un número en el brazo derecho, el que se veía desde la tribuna. No usaban casco, pero sí llevaban puestos bombines, esos sombreros chaplinescos.

Desde el arranque, Cassoulet y Alvear se distanciaron del resto. El futuro presidente logró establecer una diferencia, pero se le salió una cadena del engranaje. La cigarrera de premio fue para Cassoulet, quien alcanzó los 73 kilómetros por hora promedio para cubrir los mil cien metros y ganar la competencia, ante el aplauso de la tribuna –mucho público femenino– que celebraba el acontecimiento. El victorioso automóvil comenzó a incendiarse en cuanto su piloto lo detuvo. Cassoulet apagó la llave de paso del combustible, retiró los inflamables almohadones de los asientos y procedió a apagar el fuego. “Me ensucié un poco la ropa, pero salvé la galera”, diría después el competidor. La cigarrera se exhibe en el Museo Juan Manuel Fangio, en Balcarce. Fue donada por Federico Kirbus, uno de los principales investigadores de esta historia.

Alvear sintió el rigor de la única curva donde había roto la cadena y llegó tercero y furioso, detrás de Juan Abella y delante de Gismondi. Todos felicitaron al vencedor. Pero los verdaderos ganadores fueron los abuelos de asilo.