El gran Pabellón Argentino

En 1888, el escritor Eugenio Cambaceres fue el encargado de resolver una misión complicada en París. Al año siguiente se llevaría a cabo la Exposición Universal conmemorativa del centenario de la Revolución Francesa. Cambaceres se entrevistó con la autoridades de ese país y logró convencerlos de que la Argentina armara un pabellón (hoy se vulgarizó la palabra stand) independiente del resto de las naciones latinoamericanas. Y no sólo eso: también consiguió que fuera instalado al pie de la flamante torre Eiffel, majestuoso símbolo de la exposición.

Se presentaron veintisiete diseños que debían cumplir con un requisito fundamental: que la obra fuera desmontable para que pudiera ser llevada a Buenos Aires, una vez finalizada la exhibición. El arquitecto francés Albert Ballu fue el ganador del concurso, con el proyecto de una mole de hierro y vidrio que alcanzaba los veintitrés metros de altura, exhibía cinco cúpulas y presentaba cuatro figuras aladas que coronaban las torres de sus vértices. Los elogios al Pabellón Argentino se propagaron desde el 6 de mayo, día en que se inauguró la mega exposición. El presidente francés, Sadi Carnot, lo visitó el 25 de mayo. Su anfitrión fue el vicepresidente de la Nación, Carlos Pellegrini.

El transporte a Buenos Aires, luego de la muestra, fue traumático. Una tormenta obligó a deshacerse de lastre y la cuarta parte del pabellón fue devorada por el Atlántico. El resto fue ubicado en la Sociedad Rural de Palermo (en 1891), hasta que se decidió su emplazamiento en Plaza San Martín de Retiro, sobre una calle hoy inexistente: Arenales, entre Maipú y Florida. Se completó el armado en 1894, aunque todavía no se le había encontrado una función específica. Recién en 1898, cuando esa plaza fue escenario de una gran exposición nacional, se consideró convertir al pabellón en teatro. La idea quedó a mitad de camino y en 1910, el año del Centenario, fue la sede de la magnífica Exposición de Bellas Artes. Su éxito fue tal, que la estructura parisina fue convertida formalmente en el Museo Nacional de Bellas Artes.

El histórico edificio vivió su época dorada durante unos 20 años, pero a comienzos de los años 30 se mostraba bastante deteriorado. Fue desarmado en 1933, cuando se resolvió la ampliación de la plaza. Los vitraux, las mayólicas y las estructuras metálicas fueron a parar a un depósito municipal. Las figuras aladas adornaron cuatro rincones de Buenos Aires. En la década siguiente, parte del esqueleto se vendió como chatarra. Hace quince años, la historiadora Josefina del Solar contó que se había topado con fragmentos en el fondo de una casa de Mataderos.

¡Qué hubiera sido de la torre Eiffel si nos la hubieran enviado!

San Martín en la Casa Blanca

Cuando Perón asumió la presidencia en 1946, destinó al doctor Oscar Ivanissevich como representante argentino en Estados Unidos. Aclaremos que eran tiempos de gran ebullición en las relaciones internacionales en todo el planeta: el fin de la Guerra Mundial obligaba a una reorganización de las piezas. Washington y Moscú eran los ejes del conflicto. Los dos querían acumular aliados. La política exterior de esos meses fue muy activa y vertiginosa.

El 29 de octubre, el flamante embajador fue recibido por el presidente Harry S. Truman. El argentino –prestigioso cirujano, elegante en toda ocasión–, llevó presentes para el mandatario estadounidense: un ejemplar de “Capitán de los Andes”, de Margaret Harrison; un folleto titulado: “Teoría y doctrinas del general Perón” y la reproducción de un retrato al óleo del general San Martín. Nos referimos a uno de los cuadros más conocidos del prócer. Se trata del San Martín abanderado, obra anónima que se realizó en Bruselas, en 1829. Se cree que pudo haber sido pintada por la maestra de dibujo de Merceditas San Martín. El Libertador lo contaba entre sus preferidos. Hoy, el cuadro original se conserva en el Museo Histórico Nacional, en Parque Lezama.

Ivanissevich se ocupó de aclarar antes los periodistas que semanas antes le había prometido a Truman el óleo del Libertador y que esta era una demostración de confiabilidad: “Cumplimos nuestras promesas”, subrayó. La noticia se reprodujo en los diarios locales.

¿Adónde fue a parar el cuadro regalado? Un par de semanas después, el presidente de los Estados Unidos lo ubicó en su despacho, en el célebre Salón Oval de la Casa Blanca, según vemos en las imágenes, a la izquierda de la chimenea, encima de la figura ecuestre de Andrew Jackson, séptimo presidente del país del norte y figura destacada en los billetes de veinte dólares. El prócer argentino reemplazó un retrato del presidente Franco Delano Roosevelt. Encima de la chimenea se colocó un cuadro de George Washington y del lado derecho se ubicó a Simón Bolívar.

Los obsequios sanmartinianos continuaron. En 1948, Truman recibió una réplica del Monumento a San Martín que también pasó al Salón Oval, pero del otro lado, junto al televisor del mandatario.

No hemos logrado establecer cuándo se retiró el cuadro del despacho del presidente. Truman lo tuvo durante su mandato y se sabe que Eisenhower lo mantuvo al menos un tiempo. El último registro oficial que hemos encontrado del cuadro en el Salón Oval corresponde a septiembre de 1957.

La Biblioteca y Museo Truman, que se encuentra en Missouri, contiene una réplica del despacho presidencial. Allí se encuentran el cuadro y el bronce del Libertador.

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Una reina, una Primera Dama y una trabajadora

A comienzos de noviembre de 1965, la Argentina recibió la visita de los reyes de Bélgica, Balduino y Fabiola, quienes se habían casado en 1960. Sus anfitriones fueron el presidente de la Nación, doctor Illia, y la Primera Dama, Silvia Martorell. La pareja real vivió en la sede de la embajada de su país, una magnífica mansión ubicada en Rufino de Elizalde 2830, en la zona más exclusiva de Palermo, frente a la réplica de la casa de Grand Bourg –sede del Instituto Nacional Sanmartiniano– donde vivió San Martín en Francia.

Balduino y Fabiola recibieron las llaves de la ciudad y realizaron infinidad de actividades, muchas de ellas benéficas en distintos puntos del país. En algunos casos, la reina y la Primera Dama abandonaron a los maridos. Por ejemplo, cuando tomaron el té en la Quinta de Olivos o cuando fueron a inaugurar la muestra de arte en el Palacio Errázuriz, sede del Museo Nacional de Arte Decorativo, a dos cuadras de la embajada.

El 4 de noviembre, los reyes inauguraron la Plaza Bélgica, en Aguado y Mariscal Ramón Castilla, a pocos metros de la embajada. El acto fue muy concurrido. En esa ocasión, también se inauguró la escultura que se destaca en la plaza. Se trata de “Afanes hogareños”, creada en 1913 por belga Rik Wouters. Es considerada la obra maestra de Wouters y una de las más exquisitas de la ciudad Buenos Aires. Representa a una trabajadora, de brazos cruzados, en actitud de reposo. Tiempo después, para destacarla aún más, fue cambiada de posición.

Balduino terminó su breve discurso, diciendo en español: “Permitidme sellar este acontecimiento con las palabras de ¡Viva la Argentina! ¡Viva Bélgica!”. Luego, las autoridades caminaron hasta la embajada donde se sirvió un refrigerio.

El año que viene la plaza cumplirá cincuenta años. La trabajadora sigue de brazos cruzados, esperando que la visitemos.

Monumento de los Españoles

La política inmigratoria permitió que la Argentina se poblara con ciudadanos de todo el mundo, sobre todo de Europa y Asia. Se formaron las asociaciones de colectividades solventadas con aportes de cada asociado, en especial, de los inmigrantes que se habían enriquecido en el país. Las comunidades se sumaron a los festejos por el Centenario de la Revolución de Mayo de 1810. Resolvieron obsequiarle monumentos.

Previsores, los residentes españoles iniciaron la empresa en 1908, luego de una formidable reunión en el Club Español donde, entre otras cosas, planearon visitar al presidente José Figueroa Alcorta para anunciarle el regalo. A las pocas semanas analizaron los antecedentes artísticos de los treinta postulantes a realizar la obra y determinaron que el escultor español Agustín Querol reunía las condiciones para llevar a cabo la tarea. También solicitaron un espacio público para emplazar el monumento. El 28 de noviembre de 1908, la Municipalidad de Buenos Aires les otorgó la vistosa esquina de las avenidas Alvear (hoy Libertador) y Sarmiento, en Palermo.

Antes de que comenzara a correr el celebrado 1910, Querol ponía manos a la obra en su taller de Barcelona. Más que a la obra, a la maqueta, que fue hasta donde él llegó: murió el 14 de diciembre de 1909. El monumental obsequio para la Argentina quedó a medio hacer y la colectividad española no lo tuvo a tiempo. Por ese motivo, para los festejos del Centenario (el 26 de mayo de 1910), sólo pudo realizarse un acto –muy imponente, por cierto– en donde se colocó la piedra basal del monumento. Esta piedra se tomó de la construcción del hospital de Temperley. La infanta de Borbón (representante de España, tía del rey Alfonso XIII) fue la madrina del suceso, acompañando al padrino y presidente de la Nación, José Figueroa Alcorta.

Tras la muerte de Querol, la obra quedó en manos de uno de sus discípulos, un asturiano que no se llamaba Flojeras, como indica el legajo de la Municipalidad, sino Folgueras, Cipriano Folgueras. ¿Le hizo honor a su apellido mal registrado? No, al contrario, trabajó mucho en la obra. Pero, a decir verdad, le prestó un poco más de atención a la Columna del Centenario de la Independencia de Guayaquil. Se podría decir que daba tres pasos por la Columna y un paso por el monumento de los argentinos. Hasta que tuvo la mala suerte de dar el paso final y acompañar a Querol en el más allá, a comienzos de 1911. Mientras tanto, en Buenos Aires, los residentes españoles seguían aguardando la llegada de la obra.

Para fortuna de los esperanzados inmigrantes, dos discípulos de Querol y Folgueras tomaron la posta: Víctor Cerveto más un artista apellidado Boni. Y ya nadie habría de morirse, aunque los problemas continuaron. En mayo de 1913, una extensa huelga de los obreros de la ciudad de Carrara –célebre por sus canteras de mármol– demoró siete meses la entrega del material y retrasó los trabajos en el taller.

Por fin algunas partes que debían ensamblarse en Buenos Aires arribaron al Río de la Plata. El embalaje permaneció bamboleándose en la bodega del barco por un tiempo, y luego pasó a arrumbarse en un depósito terrestre, mientras se tramitaba la “exoneración de los derechos de Aduana”, previo informe de la Procuración del Tesoro. Además, cada paso que se daba debía ser informado a los herederos de Querol, con quienes era obligación negociar, ya que podían vetar cualquier decisión sobre la obra de su finado pariente.

La figura principal del monumento se colocó -con acto, discurso del intendente Joaquín de Anchorena y copita de champán en el espacio donde se gestaba el Rosedal de Palermo, el 21 de mayo de 1914. Una tormenta, el 20 de septiembre, le amputó el brazo izquierdo a la dama de mármol y hubo que reinsertárselo.

Al año siguiente, en Barcelona, un acreedor del finado Querol embargó los bronces de las figuras alegóricas que se ubicarían en los vértices del conjunto escultórico cuando estaban a punto de enviarse a Buenos Aires.

Representantes de la comunidad española en la Argentina concurrieron a entrevistarse con el acreedor y llegaron a un acuerdo que liberó del embargo a las obras de arte. Poco tiempo después, el barco Príncipe de Asturias viajaba desde Barcelona hasta Buenos Aires, con escala en Santos, Brasil, y traía en su cubierta cuatro inmensas figuras de bronce del monumento de los españoles. Las imágenes fueron el deleite de los seiscientos pasajeros que viajaban en ese barco. El domingo 5 de marzo de 1916, el Príncipe de Asturias se fue a pique frente a las costas de Santos, luego de impactar con una roca. Tardó cinco minutos en hundirse. Se ahogaron 450 personas y se suicidó el capitán. Por supuesto, si no fue posible salvar a los pasajeros, menos aún, a los cuatro bronces del monumental obsequio.

A seis años del Centenario, Buenos Aires no había recibido su regalo en forma completa. Ni siquiera estaba cerca de hacerlo. Los bronces que reemplazarían a los perdidos arribaron sanos y salvos en 1919, sin embargo, faltaban los piletones, el sistema de cañerías y otras figuras menores. Año 1926: todo listo, es inminente la inauguración. Bueno, no todo: la municipalidad porteña debía hacer la vereda y fallaba el sistema de iluminación acuática.

El 25 de mayo de 1927, cuando Marcelo de Alvear ocupaba la presidencia y el centenario ya había quedado a diecisiete años de distancia, se inauguró en Avenida del Libertador y Sarmiento el Monumento de la Carta Magna y las Cuatro Regiones Argentinas, al que todos llamamos “Monumento de los Españoles”.

El monumento a Colón

En tiempos del Centenario de la Revolución de Mayo, las naciones y las comunidades extranjeras en el país decidieron sumarse a los festejos a través de regalos monumentales: la Torre de los Ingleses (hoy “Torre Monumental”) ofrecida por los residentes británicos, el Monumento “Francia la Argentina” ubicado en Plaza Francia; el de O’Higgins, regalo de Chile; la Fuente “La riqueza agrícola argentina”, de Plaza Alemania; el de los Españoles, cuyo nombre oficial es “Monumento a la Carta Magna y las cuatro regiones argentinas”, “Los residentes sirios a la Nación Argentina en el Centenario”, que en un principio estuvo sobre una plazoleta en la avenida Alem y la actual Rojas (frente al hotel Sheraton), el “George Washington” que nos obsequiaron los estadounidenses arribados al país, el que donara la colectividad suiza, encabezada por la familia Soldati, que se denomina: “Argentina y Suiza unidas sobre el mundo” y el monumento de la colectividad austro-húngara, la magnífica “Torre Meteorológica” que ahora está en el Jardín Botánico, en Palermo. También se hicieron presente los italianos, quienes nos regalaron el monumento a Cristóbal Colón.

La colocación de la piedra fundamental de este monumento tuvo lugar en la mañana del 24 de mayo de 1910, es decir, en la jornada previa al día D de los festejos. El mencionado acto, que fue el más importante de los que organizó la comunidad italiana, se demoró porque el presidente José Figueroa Alcorta llegó tarde. Las autoridades del país europeo lo aguardaron sentados en sobrios sillones tapizados que se colocaron en el palco.

¿Quiénes financiaron la obra? Los mismos residentes italianos que había en todo el país. El mayor aporte lo hizo Antonio Devoto, exitoso comerciante que urbanizó tierras al oeste de la capital y bautizó con el nombre de Villa Devoto.

En ese tiempo, la monumental figura ya estaba siendo moldeada en Roma por el escultor florentino Arnoldo Zocchi, contratado por la comunidad italiana. Por cuestiones artísticas, económicas y burocráticas, la llegada del regalo demoró un tiempo. Recién en abril de 1921 arribaron al puerto de Buenos Aires los fragmentos. Zocchi (es quien vemos con lentes en el centro de la foto) viajó para dirigir el personalmente el montaje de las 40 toneladas de mármol.

En junio de 1921 se inauguró la obra, con la presencia del presidente, Hipólito Yrigoyen. El discurso central estuvo a cargo de Honorio Pueyrredon, el ministro de Relaciones Exteriores. Una multitud que acudió al acto. Recordemos que muchos de ellos hicieron un aporte en dinero, desde los potentados comerciantes hasta los más humildes inmigrantes. Al finalizar la inauguración, las autoridades marcharon a pie hasta la Casa Rosada. Pero la masa no pudo ser contenida por el cordón policial. Yrigoyen y sus ministros se vieron mezclados con la muchedumbre y tardaron media hora en llegar a la Casa de Gobierno.

Las semanas siguientes, la visita al monumento a Cristóbal Colón se convirtió en uno de los paseos preferidos de los porteños.

El galán, la suegra y el perro

Uno de los grandes recopiladores de la poesía oral en la Argentina fue Juan Alfonso Carrizo (1895-1957). De su extensa obra tomamos una del Cancionero de Salta (de 1933) en la que se menciona al grillo con su nombre norteño (chilicote). Es la historia de un galán desafortunado debe enfrentarse a una suegra que no lo quiere y a un perro cabrero que lo muerde. De paso, aprovechamos para ilustrar los versos con un fragmento de “Un alto en el campo”, de Prilidiano Pueyrredon (1861).

YO TE QUISIERA QUERER
Yo te quisiera querer,
Y tu madre no me deja;
el demonio de la vieja
en todo se ha de meter,

Donde canta el chilicote,
Te estaba esperando yo,
De allá tu madre salió,
Del corral con un garrote;
De allí que me saca al trote,
Tanto que me hace correr,
Pero siempre he de volver
Aunque el corazón me late,
Y aún cuando a palos me mate,
Yo te quisiera querer.

Un perro bayo amarillo,
Pegó un brinco y me agarró,
Me rompió los calzoncillos,
Dentro del barro me voltio,
Mira, cómo, me arrastró,
Más humilde que una oveja,
No tengo a quien dar mi queja,
Si tan sólo a mí me toca,
¡Agua se me hace la boca,
Y tu madre no me deja!

Voy a buscar mis calzones,
Por la noche en el chiquero
De allí me saca el cabrero,
Las nalgas a mordizcones.
Que corran bien mis talones,
Se enredan como madeja;
En tierra tan despareja,
Larga se me hace la playa,
Y me sirve de muralla
La demonia de la vieja.

La vida, prometo el dar,
Pero ha de ser si te gozo,
Pero primero en el pozo,
A la vieja la he de echar;
Al cabrero lo he de ahorcar,
Todos han de perecer,
El perro amarillo ha i ser,
Partido como un teja,
¡Ahíjuna pu.., la vieja;
Que en todo se ha de meter!

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La futura Buenos Aires de 1913

Aquí, un video que muestra la puntillosa proyección de Cándido Villalobos.

Honorarios por duelos

E del CampoEn el pasado era común contratar a los abogados para resolver duelos.

Estanislao del Campo (1834-1880) dejó una sabrosa poesía en la que sitúa a Héctor Florencio Varela (hijo de Florencio Varela) reclamándole honorarios al propio poeta (a quien por su tez, los amigos llamaban Pardo del Campo).

Honorario por duelos – Don Héctor F. Varela al Pardo del Campo

Por evitarle el mal rato                                     Debe:
de ir a responder al reto
que le dirigió el mulato
llamado Benito Neto.
Lance en que pudo sacar,
sino molidos los huesos,
algún chichón que curar…………………………….125 $
Por ahorrarle otra función
de empuñadura o gatillo
con Gómez, el mulatillo
que escribía en La Nación;
grave, peligroso asunto,
y siempre sostendré yo
que si en él no hubo difunto,
fue… porque nadie murió.
Trabajé como un Rodin:
Si lo dudan, ahi están
Delfín Huergo, Carlos Keen,
y el mulatón de Galván.
Sostuve la discusión
con el doctor Delfín Huergo,
que soltaba ergo tras ergo,
deducción tras deducción.
Si al fin se desató el nudo,
yo fui el inventor del modo,
porque, como Keen es mudo,
tuve yo que hablarlo todo.
Hubo planes sanguinarios
y se habló de volar sesos,
por eso estos honorarios
los taso en…………………………………………… 200 $
Por arreglar la “Cuestión
Ramírez” (otro mulato),
que es la horma de su zapato
(al menos, es mi opinión).
Grande, tremendo pastel,
en que apurados nos vimos,
pues nos echó de padrinos
a un doctor y un coronel.
En este arreglo sufrí
un tormento del infierno…
¡Qué disputar tan eterno!
¡Qué discursos los que oí!
Mi colega (otro doctor)
Lo nombraré: fué Quintana,
a las tres de la mañana
se encontraba en lo mejor.
Con Juan Carlos se trenzaron,
y allí, con la boca seca,
a vomitar empezaron
cada uno su biblioteca.
¡Qué de citas tan al pelo
se hicieron aquellos dos,
apropósito del duelo
llamado el juicio de Dios!
Puedo ser un animal,
pero hicieron esos dos,
más bien que un juicio de Dios,
un juicio… un juicio final.
¡Nunca olvidaré esa noche!
Citas vienen, citas van.
“apropósito de un coche
que atropello á un sacristán”
Allí, las Leyes de Toro,
allí, las de Justiniano,
allí . . . hasta el Catón Cristiano
y las prácticas del foro
Dele espiche, tras espiche
y éste es un juicio arbitral
porque el Código Rural
dice lo mismo que Escriche.
Y más leyes consumidas,
sacaban otro montón:
Salió la del Aluvión,
en ancas de las Partidas.
Y el Código Criminal,
y a más, las Recopiladas
y diez ó quince acordadas
del Superior Tribunal.
Ya con el gañote seco
y a las tres de la mañana,
desfallecido Quintana,
dice al coronel Pacheco:
No está el señor coronel
de acuerdo con mis teorías?
Diga usted galimatías.
¡Esto ha sido una Babel!
¡Al fin, al fin conseguimos
dejar á los dos ilesos.
¡Qué talento de padrinos!
Son………………………………………………………. 75 $
Interés del 2 por ciento
de las cifras anteriores ,
algunos gastos menores,
según mi libro de asiento.
Como ser: habanos buenos,
té, coñac y bizcochuelos,
(en toda clase de duelos
los “duelos” con pan, son menos).
Por el coche requerido
para llamar la atención,
gastos de publicación
del pastelón convenido.
Por el alquiler de un par
de pistolones de Arzón,
(tomados á condición
de volverlos sin usar).
Por exhumar unos huesos
(preparando enterratorio)
y artículos de escritorio,
por todo………………………………………………. 300 $
Reasumiendo: Por tres duelos
que le evité en esta vida,
sin exponerlo a una herida
ni que arranquen los pelos;
ahorrándole el ser actor
en sanguinarios excesos,
por mal entendido honor
Total…………………………………………………… 700 $