El Pensador porteño

La escultura original de “El Pensador” del artista parisino Auguste Rodin (1840-1917) fue creada en 1880 y formó parte de un encargo realizado por el estado francés. Querían puertas alusivas en el museo de las Artes Decorativas de París que estaba proyectándose.

La pieza medía 70 centímetros y formaba parte de “La puerta del Infierno” que vemos en la imagen. Se encuentra en el sector superior, al centro, y representa a Dante Alighieri, autor de “La Divina Comedia, inclinado hacia adelante observando todo lo que se encuentra en el infierno mientras medita su obra. Al exponer la figura en forma separada de su conjunto, Rodin incrementó su tamaño (hizo una figura de 1,90 metros) y la rebautizó “El Pensador”. En 1906, fue colocada en la entrada del majestuoso Panteón de París.

Algunos críticos se preguntaban si no era una contradicción que un musculoso pensase. El autor respondió que esa era la síntesis del hombre, ya que realiza trabajos físicos, pero también reflexiona.

En Buenos Aires, el primer director del Museo Nacional de Bellas Artes Eduardo Schiaffino, encargó al escultor francés un Pensador para colocarlo en la escalinata del palacio del Congreso, siguiendo el ejemplo del original que se encontraba en el Panteón. La obra llegó a nuestro país en 1907. Se trata de un ejemplar fundido del molde original y cuenta con su firma. Además del original que abandonó su lugar de privilegio en el Panteón para pasar al Museo Rodin (también en París), obras similares se enviaron a Filadelfia (Estados Unidos), Berlín y Estocolmo.

La culminación del actual edificio del Congreso Nacional estaba demorada. La escultura se instaló a unos doscientos metros, en la Plaza Lorea, aguardando a que el Palacio Legislativo se completara y la recibiera.

En 1927, Schiaffino escribía: “Han pasado veinte años y todavía la obra maestra continúa sacrificada. En esa plaza inmensa, parece una mosca en un billar”.

A finales de la década de 1960, la actual avenida de Mayo pasó a ser mano única y se unió a la avenida Rivadavia a través de una curva que dividió a la plaza Lorea en norte y sur. “El Pensador” quedó en el sector sur, renombrado como plaza Mariano Moreno.

Desde hace algunos años se discute si “El Pensador” debe ser llevado a la escalinata del monumental edificio o no. A pesar del deseo de algunos legisladores, este Dante reflexivo, atlético y protegido por un blíndex (desde 2013), continúa dándole la espalda al Congreso de la Nación Argentina.

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Carnaval de 1936 en la Costanera

El centro de diversiones del carnaval de 1936, a fines de febrero, fue la Costanera Sur. A partir de las cuatro de la tarde, los porteños acudían a la cita alrededor de las Nereidas de Lola Mora provistos de serpentinas, papel picado, pitos y matracas. Pero, sin dudas, la novedad de ese carnaval fue que se autorizó el uso de pomos de agua en la Costanera.

Fue hace ochenta años. La Municipalidad colocó altoparlantes y la música invitaba a bailar. Debido a la enorme cantidad de autos estacionados, el paso lento alrededor de la fuente de la artista tucumana fue aprovechado por los que jugaban al carnaval con mayor entusiasmo. Como los pasajeros también estaban bien provistos, se hizo común el enfrentamiento de peatones contra motorizados.

La genial escultora que moldeó las Nereidas murió a mediados de ese año.

Mick Jagger y Urquiza

El lugar que eligió Mick Jagger para tomarse una foto en Palermo fue el terreno donde estuvo la casona de Juan Manuel de Rosas. Detrás del músico se observa la silueta del monumento a Urquiza, quien venció a Rosas en la batalla de Caseros.

La propuesta de rendirle un homenaje al entrerriano en Buenos Aires surgió en 1934. Se consideró ubicarlo en la intersección de las dos avenidas que se estaban proyectando: Corrientes y 9 de Julio. Cuando se resolvió que allí estaría el obelisco, se estableció un nuevo emplazamiento, en Costanera Sur.

El proyecto se adjudicó al escultor florentino Renzo Baldi, quien finalizó la obra ecuestre en 1942, junto con La República (la dama que vemos en el frente del monumento en posición de estar rompiendo las cadenas de la opresión) y los bajorrelieves de la batalla de Caseros y de la Asamblea Constituyente de 1853. Pero la Guerra Mundial imposibilitó el traslado y el artista murió antes de poder viajar a Buenos Aires con su obra. Una vez en el país, la misma fue completada por el escultor argentino Héctor Rocha.

Aquí vemos la construcción del basamento, a comienzos de 1958. Para tomar idea de la dimensión, el cerco tiene un altura de dos metros.

La inauguración del monumento propuesto en 1934 se realizó el 11 de abril de 1958, día en que se conmemoraron 88 años del asesinato del entrerriano. Asistieron al acto el presidente Pedro Eugenio Aramburu, el vicepresidente Isaac Francisco Rojas y el presidente electo, Arturo Frondizi. Dos meses después, Jagger cumplía 15 años. En 1962, nacieron los Rolling Stones.

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El secreto de la punta del obelisco (1936)

El 3 de febrero de 1936, cuando se cumplían cuatrocientos años del arribo de Pedro de Mendoza a Buenos Aires, el intendente Mariano de Vedia y Mitre encargó al arquitecto Alberto Prebisch un monumento en la Plaza de la República (un espacio generado por el cruce de la avenida Diagonal Norte con el ensanchamiento de Corrientes y las demoliciones por la creación de la avenida 9 de julio), para rendirle un homenaje a la ciudad. Prebisch resolvió que montaría un obelisco.

La obra comenzó el 19 de marzo. Participaron 157 obreros que trabajaron con prisa, empleando cemento de endurecimiento rápido, porque el objetivo era terminarlo antes del 25 de mayo. Lo lograron. La inauguración tuvo lugar el 15 de mayo. Esa noche, las autoridades y los referentes de la cultura porteña agasajaron a Prebisch en el Hotel Alvear.

Los críticos advirtieron que podía desplomarse con la primera sudestada. Antes de que pudiera verificarse la solidez del monumento frente al potente viento, la obra fue puesta a prueba: el 21 de mayo, Buenos Aires padeció un pequeño movimiento sísmico. Los porteños corrieron al centro para ver si el obelisco, que había costado cerca de doscientos mil pesos, se había caído. Pero se mantenía en pie. Firme, junto al pueblo. Como hasta hoy.

La punta del obelisco tiene su propia historia. Temeroso de que alguna vez se destruyera su obra, el jefe de máquinas de la empresa constructora Siemens Bauunion colocó una foto matrimonial y una carta en una caja de hierro con un mensaje para los demoledores. La dejó empotrada en la punta del obelisco. ¿Seguirá allí?

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Cementerio de mármol y bronce

El vandalismo, las palomas y el tiempo son los principales enemigos de los monumentos. Poco podemos agregar acerca de la acción dañina de las palomas, ya que para ellas el mundo entero es un baño.

Curioso resulta asumir que el mármol y el bronce (elegidos para rendir homenajes por ser materiales de muy larga duración), terminan perdiendo la batalla del tiempo.

Y eso no es todo. Lo más triste es admitir que muchos vecinos de Buenos Aires roban, dañan y estropean nuestro patrimonio escultórico.

¿Y ahora quién podrá ayudarlos? En el Parque 3 de Febrero se encuentra el departamento de Monumentos y Obras de Arte de la Ciudad de Buenos Aires. Ocupa un espacio vecino al Jardín Japonés, donde Juan Manuel de Rosas tuvo las caballerizas durante los últimos catorce años de su mandato.

Los restauradores se encargan de reconstruir placas, limpiar obras del patrimonio de la ciudad (mediante hidrolavado y otras técnicas), repararlas y, en algunos casos, de crear  con otros materiales réplicas que terminan reemplazando a las originales.

Un ejemplo de reparación es el Monumento a España que estuvo emplazado en Costanera Sur desde 1936. fue uno de los peor maltratados, sobre todo, por las personas. Ha sido llevado al hospital de los monumentos y un equipo de especialistas trabaja para que vuelva a su esplendor.

En la imagen, vemos una de las tantas figuras del conjunto. Se tata de Cristóbal Colón, quien ocupa el centro de la escena, inclinado ante la reina Isabel de Castilla. Están reconstruyéndole el pie derecho, que le fue quitado.

Fernando de Aragón, Solís, Magallanes, Pedro de Mendoza, Garay, Cabeza de Vaca, Gaboto y Elcano también están representados, junto a otras figuras de la historia hispanoamericana. Todos serán sometidos a una renovación. Incluso, podría llegara a cambiarse el lugar del emplazamiento, una vez que se complete la restauración.

El busto de Belgrano, que coronaba una columna en las Barrancas del barrio homónimo, no ha sobrevivido al embate del tiempo. Por ese motivo, se hizo una réplica, que es la que, en la foto, vemos montada en la columna.

Mientras tanto, el Belgrano original (acostado en un carro) aguarda su redención, junto con otras valiosas piezas. Circula la idea de crear un museo de las obras originales, aquellas que, como Belgrano, han cedido su espacio (no se asuste: no es el espacio cedido blablablá de las campañas electorales) a las réplicas que se hacen en la ex caballeriza de Rosas.

Por lo tanto, llegará el día en que las “ruinas de Buenos Aires” formarán parte de la actividad turística de la ciudad.

Destino Barolo

Ya hace tiempo que un grupo de hermanos vienen organizando interesantes visitas guiadas a uno de los edificios emblemáticos de Buenos Aires, el Palacio Barolo, situado en Avenida de Mayo 1370. Habrá que agradecerle por siempre al empresario agropecuario piamontés Luis Barolo el hecho de haber convocado al arquitecto milanés Mario Palanti (coincidieron en Buenos Aires, en 1910) para llevar adelante el proyecto de un edificio que rindiera homenaje a Dante Alighieri y su consagrada Divina Comedia.

El Barolo, de veinticuatro plantas (contando los dos subsuelos) en cien metros de altura, fue el edificio más alto de Buenos Aires durante doce años (1923-1935). Sin embargo, su mentor, no pudo disfrutarlo. El empresario piamontés murió en 1922, el año previo a que se inaugurara. La idea original, que había sido conversada con el arquitecto, era trasladar los restos de Dante Alighieri desde Italia para preservarlos en la Argentina, más precisamente al centro del Palacio.

Las referencias a la Divina Comedia son numerosas (a medida que transcurre la visita, da la impresión de que aún quedan varias por descubrir), como así también la simbología masónica y la numerología. Si bien los recorridos diurnos aportan una serie de condimentos interesantes, la noche posee el atractivo del faro encendido en su cúpula (en algún momento, con “bati-señal” incluida). Allí, la ausencia de edificaciones vecinas altas, nos permite percibir que todos los escenarios se subordinan a la majestuosidad del Barolo.

Los jóvenes hermanos Thärigen, con Miqueas a la cabeza, se muestran tan entusiasmados en sus explicaciones, que da la sensación de que habitan el edificio desde los años 20. Esto logra entenderse, cuando durante la visita a una oficina típica de los primeros años, exhiben orgullosos el diploma de su bisabuelo que sí ocupó un escritorio en el singular edificio.

Es muy probable que al recorrer los pisos, surja un violinista interpretando un minué de Bach; o, tal vez, un dúo violoncellos, dándole un marco musical a la vista. Incluso, es posible toparse con el Dante, imperturbable, leyendo párrafos de su obra.

Una medida muy efectiva para preservar los edificios emblemáticos y monumentos es conocer sus orígenes, sus historias. En ese sentido, el Barolo está logrando inmunizarse y se encamina, plagado de misterios y curiosidades, hacia su centenario.

El abrazo de San Martín y O’Higgins

O’Higgins murió en 1842. San Martín, en 1850. Sin embargo, Pedro Subercaseaux Errázuriz, nacido en 1880, sentía que los había conocido personalmente. Fue lo que aseguró en 1908 cuando pintaba este cuadro denominado El abrazo de Maipú. El mismo recrea la tarde del 5 de abril de 1818, en el instante en que O’Higgins, con un cabrestillo en su brazo derecho por la herida sufrida en Cancha Rayada, acudió al campo de batalla para saludar a San Martín, una vez que la victoria estaba definida.

¿Qué ocurrió aquella tarde? El libertador chileno abrazó al argentino mientras le decía: “¡Glorias al salvador de Chile!”. San Martín le respondió: “General: Chile no olvidará jamás el nombre del ilustre inválido que el día de hoy se presentó herido en el campo de batalla”. Esa fue la escena que coronó la jornada de la liberación definitiva de la nación trasandina.

Por gestión del embajador chileno en la Argentina, El abrazo de Maipú fue expuesto en la sede del Jockey Club porteño, en noviembre de 1908. de inmediato lo adquirió el gobierno argentino, junto con La batalla de Chacabuco y La batalla de Maipú (un óleo que había realizado en 1904). Para completar la venta, Subercasseaux viajó a Buenos Aires y, durante su estadía, Adolfo P. Carranza, el director del Museo Nacional (el mismo que gestionó en 1897 el regreso del sable corvo de San Martín) lo contrató para que realizara otras pinturas, aprovechando la generosa ola evocativa del Centenario.

Con fondos disponibles para celebrar la fecha emblemática de la historia argentina, le encargó tres cuadros: el Cabildo Abierto del 22 de Mayo, la Reunión en casa de Mariquita Sánchez de Thompson cuando se cantó por primera vez el Himno Nacional y también un retrato de Mariano Moreno. Se sabe que por el del Cabildo Abierto se pagaron quince mil pesos, un monto similar por el de la casa de Mariquita y tres mil pesos por el de Moreno.

Todos esos cuadros, incluidos La batalla de Maipú, La batalla de Chacabuco y El abrazo de Maipú, forman parte del patrimonio del Museo Histórica Nacional, ubicado en Parque Lezama.

La Loba Romana

Loba Romana o Loba Capitolina es una obra que regaló el rey de Italia Víctor Manuel a la Nación Argentina el 25 de mayo de 1910 y que mandó entregar al presidente electo, Roque Sáenz Peña (Rocco le decían los italianos), que asumiría el 12 de octubre de 1910 sucediendo a Figueroa Alcorta.

Sáenz Peña recibió en nombre de la Nación la escultura, que era una copia de una loba hecha por los etruscos, expertos en el tratamiento del bronce, a la cual dos hermanos escultores romanos del siglo XV le agregaron los gemelos Rómulo y Remo.

Roque, Rómulo, Remo y la loba arribaron en septiembre cuando Sáenz Peña regresó para asumir la presidencia. El lugar elegido para emplazar el regalo del rey de Italia fue la esquina de Florida y Bartolomé Mitre, en un alto pedestal de mármol (curiosamente, ahora está allí el monumento a Sáenz Peña). Allí permaneció la loba de bronce durante algún tiempo y después la pasaron al Jardín Botánico de Palermo. Luego se realizó una copia, es decir, la copia argentina de la copia italiana del original etrusco. La copia argentina fue a parar al Botánico (la vemos en la foto), en trueque por la auténtica que se mantuvo unos años en el hall del Palacio Municipal hasta que fue trasladada al Parque Lezama.

Quienes recorren el país saben que ahora hay muchas más lobas romanas. Resistencia y San Rafael (Mendoza), son dos ejemplos. Pero hay que aclarar que esa lobomanía arrancó con la que trajo a estas tierras el presidente electo de 1910.

En septiembre de 2007 se robaron a Rómulo y Remo originales de Parque Lezama. Fueron reemplazados y hoy, según las noticias, robaron los reemplazos. En el Botánico todavía están las copias.

La peluca de Sarmiento

La nada disimulable calvicie de Sarmiento fue motivo de cientos de caricaturas. Cuesta imaginarlo con pelo. Sin embargo, un retrato nos lo muestra de una manera distinta. La historia de aquella pintura es la siguiente:

En 1845, Sarmiento tenía 34 años y vivía en Chile. Ese año nació Dominguito, hijo de Benita Martínez Pastoriza y Domingo Castro. Es necesario aclarar que, luego de enviudar, Benita se casaría con Sarmiento (en 1848) y Dominguito se convertiría en hijo adoptivo del sanjuanino. Sin embargo, parece que fue más que eso. Porque la tradición familiar sostiene que el hijo de Benita era un calco de Sarmiento cuando era chico.

De regreso a 1845, Domingo Faustino concurrió al atelier de su amigo, el joven pintor Benjamín Franklin Rawson. Sarmiento quería ser retratado para la posteridad. La fotografía, más precisamente el daguerrotipo, recién desembarcaba en el Río de la Plata. En 1845, la forma de perpetuarse en imágenes, en Santiago de Chile, era a través del retrato (como el que vemos, que pertenece a la colección del Museo Sarmiento, ubicado en el barrio de Belgrano).

Pero hubo un problema. En esos días, Sarmiento había padecido una fiebre que lo tuvo a maltraer, al punto de que deliraba. Y perdió el pelo. La calvicie no se contaba entre los atributos que deseaba exhibir. Por lo tanto, se puso una peluca. Y el resultado está a la vista.

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Otra injuria a Manuel Belgrano

El 28 de mayo de 1899 se inauguró la columna de homenaje a Manuel Belgrano, en 11 de septiembre y Echeverría, junto a las Barrancas de Belgrano. Fue donación de la familia Santa María, propietarios de la casa que se ve detrás de la columna. La imagen pertenece a la Fototeca del Archivo General de la Nación y la he publicado en Buenos Aires en la mira, un libro con imágenes antiguas de la ciudad. Cuando en abril salió el libro, aún estaba el monumento. Ya no está más.

Aquí podemos ver otras fotos del archivo del diario La Nación. Desde ya, era un símbolo del barrio que evoca la figura del gran prócer argentino.

Como podemos testimoniar en la próxima imagen que fue tomada el 28 de agosto, Belgrano ya no está en Belgrano. Lo robaron. O tal vez fue retirado, sin que se comunicara como corresponde.

Belgrano, el héroe que pudo llevar una vida sin apremios dedicándose a la economía; que ofrendó sus últimos 10 años de vida a la causa de la libertad; que no tenía dinero para pagarle al médico que lo atendió y, asimismo, su familia tuvo que tomar el mármol de una cómoda para hacerle una lápida; que fue centro de un escándalo cuando exhumaron su cadáver porque dos ministros tomaron sus dientes; que fue noticia policial hace algunos años porque se robaron del Museo Histórico el reloj con que había pagado al médico. Belgrano vuelve a ser víctima de una afrenta. Con los valores por el piso y con las instituciones menospreciadas, no podía esperarse nada mejor.