Santa Fe y Talcahuano en 1936

En este corto video con audio, repasamos aspectos de la ciudad de Buenos Aires a partir de una foto tomada hace 80 años.

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Cementerio de mármol y bronce

El vandalismo, las palomas y el tiempo son los principales enemigos de los monumentos. Poco podemos agregar acerca de la acción dañina de las palomas, ya que para ellas el mundo entero es un baño.

Curioso resulta asumir que el mármol y el bronce (elegidos para rendir homenajes por ser materiales de muy larga duración), terminan perdiendo la batalla del tiempo.

Y eso no es todo. Lo más triste es admitir que muchos vecinos de Buenos Aires roban, dañan y estropean nuestro patrimonio escultórico.

¿Y ahora quién podrá ayudarlos? En el Parque 3 de Febrero se encuentra el departamento de Monumentos y Obras de Arte de la Ciudad de Buenos Aires. Ocupa un espacio vecino al Jardín Japonés, donde Juan Manuel de Rosas tuvo las caballerizas durante los últimos catorce años de su mandato.

Los restauradores se encargan de reconstruir placas, limpiar obras del patrimonio de la ciudad (mediante hidrolavado y otras técnicas), repararlas y, en algunos casos, de crear  con otros materiales réplicas que terminan reemplazando a las originales.

Un ejemplo de reparación es el Monumento a España que estuvo emplazado en Costanera Sur desde 1936. fue uno de los peor maltratados, sobre todo, por las personas. Ha sido llevado al hospital de los monumentos y un equipo de especialistas trabaja para que vuelva a su esplendor.

En la imagen, vemos una de las tantas figuras del conjunto. Se tata de Cristóbal Colón, quien ocupa el centro de la escena, inclinado ante la reina Isabel de Castilla. Están reconstruyéndole el pie derecho, que le fue quitado.

Fernando de Aragón, Solís, Magallanes, Pedro de Mendoza, Garay, Cabeza de Vaca, Gaboto y Elcano también están representados, junto a otras figuras de la historia hispanoamericana. Todos serán sometidos a una renovación. Incluso, podría llegara a cambiarse el lugar del emplazamiento, una vez que se complete la restauración.

El busto de Belgrano, que coronaba una columna en las Barrancas del barrio homónimo, no ha sobrevivido al embate del tiempo. Por ese motivo, se hizo una réplica, que es la que, en la foto, vemos montada en la columna.

Mientras tanto, el Belgrano original (acostado en un carro) aguarda su redención, junto con otras valiosas piezas. Circula la idea de crear un museo de las obras originales, aquellas que, como Belgrano, han cedido su espacio (no se asuste: no es el espacio cedido blablablá de las campañas electorales) a las réplicas que se hacen en la ex caballeriza de Rosas.

Por lo tanto, llegará el día en que las “ruinas de Buenos Aires” formarán parte de la actividad turística de la ciudad.

Destino Barolo

Ya hace tiempo que un grupo de hermanos vienen organizando interesantes visitas guiadas a uno de los edificios emblemáticos de Buenos Aires, el Palacio Barolo, situado en Avenida de Mayo 1370. Habrá que agradecerle por siempre al empresario agropecuario piamontés Luis Barolo el hecho de haber convocado al arquitecto milanés Mario Palanti (coincidieron en Buenos Aires, en 1910) para llevar adelante el proyecto de un edificio que rindiera homenaje a Dante Alighieri y su consagrada Divina Comedia.

El Barolo, de veinticuatro plantas (contando los dos subsuelos) en cien metros de altura, fue el edificio más alto de Buenos Aires durante doce años (1923-1935). Sin embargo, su mentor, no pudo disfrutarlo. El empresario piamontés murió en 1922, el año previo a que se inaugurara. La idea original, que había sido conversada con el arquitecto, era trasladar los restos de Dante Alighieri desde Italia para preservarlos en la Argentina, más precisamente al centro del Palacio.

Las referencias a la Divina Comedia son numerosas (a medida que transcurre la visita, da la impresión de que aún quedan varias por descubrir), como así también la simbología masónica y la numerología. Si bien los recorridos diurnos aportan una serie de condimentos interesantes, la noche posee el atractivo del faro encendido en su cúpula (en algún momento, con “bati-señal” incluida). Allí, la ausencia de edificaciones vecinas altas, nos permite percibir que todos los escenarios se subordinan a la majestuosidad del Barolo.

Los jóvenes hermanos Thärigen, con Miqueas a la cabeza, se muestran tan entusiasmados en sus explicaciones, que da la sensación de que habitan el edificio desde los años 20. Esto logra entenderse, cuando durante la visita a una oficina típica de los primeros años, exhiben orgullosos el diploma de su bisabuelo que sí ocupó un escritorio en el singular edificio.

Es muy probable que al recorrer los pisos, surja un violinista interpretando un minué de Bach; o, tal vez, un dúo violoncellos, dándole un marco musical a la vista. Incluso, es posible toparse con el Dante, imperturbable, leyendo párrafos de su obra.

Una medida muy efectiva para preservar los edificios emblemáticos y monumentos es conocer sus orígenes, sus historias. En ese sentido, el Barolo está logrando inmunizarse y se encamina, plagado de misterios y curiosidades, hacia su centenario.

El primer intendente

Procedente de Chile, Gabriel Miguel José Antonio Benedicto Ignacio Raimundo de Avilés y Fierro, marqués de Avilés (su imagen a la derecha), asumió como virrey del Río de la Plata en 1799, a los 64 años de edad. No lo acompañó a Buenos Aires su mujer, Mercedes del Risco y Ciudad, quien pasó a Lima, ya que mucho no le entusiasmaba este inmenso baldío con pretensiones de ciudad.

Una de las grandes preocupaciones del virrey era el pésimo estado de las pocas calles (en la zona hoy llamada centro), verdaderos pantanos donde el tránsito era imposible en días de lluvia y en los que a veces se ahogaban los peatones. Dispuesto a encontrar una solución definitiva, resolvió completar las precarias obras de empedrado que se habían hecho hasta entonces.

Avilés convocó a un marino español que llevaba varios años en el Río de la Plata y que había demostrado capacidad para llevar adelante grandes proyectos complicados. Nos referimos a Martín Boneo y Villalonga, cuyo retrato al óleo acompaña este párrafo. Para evitar problemas, el virrey informó al Cabildo (cuerpo colegiado que cumplía funciones legislativas y judiciales) que nombraría a Boneopara que se ocupara del asunto. Sin embargo, el Cabildo tenía otros planes. El alcalde de primer voto, Francisco Antonio de Escalada (tío de Remedios), respondió que no le parecía nada buena la idea que un marino se ocupara del empedrado de la ciudad. Escalada y el Cabildo estaban convencidos de que un ingeniero o de vecinos con algo de experiencia en el área de la construcción podrían llevar adelante la tarea con mejores resultados.

Avilés cortó por lo sano. Creó el cargo de Intendente de Policía (que, a pesar de su nombre, realizaba más tareas vinculadas con la intendencia que con las del campo policial) y puso al frente a Martín Boneo, quien estuvo a la altura de las circunstancias y logró resolver el eterno problema de las calles anegadas.

Hace pocas semanas, se publicó el libro: “El Intendente olvidado de Buenos Aires” (Editorial Letemendía), cuyos autores, Martín Francisco Boneo y Juan Cruz Jaime, recorren la vida y obra (pública) de este funcionario y nos permiten saber que Buenos Aires tuvo su primer intendente porque en 1799 el tránsito era un serio problema, porque el estado de las calles era lamentable y también porque el virrey se llevaba mal con el Cabildo.

Casa Histórica de Tucumán en 10 pasos

1) ¿Por qué en 1816 no se utilizó el edificio del Cabildo tucumano que, por lógica, debía ser el escenario más apropiado para las reuniones de los representantes de las provincias? El motivo es que en esa época estaban refaccionándolo.

2) Hacía bastante tiempo que el gobierno tucumano había alquilado parte de la casa donde se celebraron las reuniones. Pagaba 25 pesos mensuales y allí funcionaba una oficina de la aduana, hasta que fue cedida a los congresales a partir del 24 de marzo de 1816.

3) Esa propiedad integraba la dote que recibió Miguel Laguna cuando se casó con Francisca Bazán. Para 1816, Francisca era una mujer mayor y viuda. Sus hijos se encargaban de la renta de sus propiedades.

4) Los cuartos que daban al frente de la casona, instalada en un terreno de 2.100 metros cuadrados, se empleaban para venta de mercadería. En aquel tiempo era habitual que se alquilaran los ambientes del frente de las propiedades para ser destinados al comercio.

5) Al salón de sesiones se llegaba atravesando un patio interno. Esto significa que las clásicas imágenes de vecinos eufóricos junto a las ventanas de la calle no se corresponden con la realidad.

6) Fue necesario acondicionar el salón donde deliberarían nuestros patriotas: se tiró una pared abajo con el fin de obtener un ambiente de 75 metros cuadrados.

7) En 1869, la casa histórica era una propiedad privada en ruinas que estaba a punto de ser demolida. El diputado tucumano Tiburcio Padilla propuso comprarla y allí se instaló una sucursal del correo.

8) Casualmente, ese mismo año arribó a Tucumán el primer fotógrafo, Ángel Paganelli, quien realizó la única toma que se ha hecho de la casa original (que es la que vemos más arriba).

9) De todas maneras, el frente no se salvó de la piqueta: se tiró abajo en 1903. Se preservó la sala histórica y se construyó un templete que la cubriera. Se veía como en la siguiente imagen:

10) En 1942 se resolvió recrear la propiedad. Con los planos y las fotos de Paganelli, la Casa de Tucumán resurgió de sus escombros, con puertas, ventanas y parte de la herrería originales.

El Palacio del Correo

Aquí, un video con audio que cuenta una breve historia de la construcción del edificio que funcionó hasta septiembre de 2002.

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Las dos Justicias

En julio de 1902 se sancionó la ley que estableció la construcción del Palacio de Justicia. La obra demandó décadas, pero fue habilitándose -inauguraciones mediante- por sectores.

Al comienzo, se determinó que una figura escultórica que representara a la Justicia debía colocarse en el principal ingreso del edificio. Se encargó la misma al artista Rogelio Yrurtia, quien en 1905 diseñó una figura femenina novedosa: sin la cláisca balanza en sus manos ni los ojos vendados. En cambio, estiraba los brazos hacia adelante en forma paralela y colocaba las palmas hacia abajo, dando la sensación de protección y misericordia.

Algo falló. Porque la obra quedó en boceto. Tal vez porque no gustó la innovación, tal vez porque no se destinaron los fondos para que el escultor continuara el proyecto. Tal vez, por ambas cosas. Lo cierto es que la dama de los brazos extendidos quedó varada en el taller de Yrurtia, mientras que un busto de San Martín pasó a ocupar el espacio central del edificio público.

Pasaron tres décadas. En 1938, La Justicia formó parte de la Exposición Nacional de Bellas Artes, en el Palais de Glace, y el doctor Carlos Delcasse (gran amigo del escultor y dueño de la célebre Casa del Ángel, en la calle Cuba del barrio de Belgrano), decidió aprovecharse de la desidia oficial: la compró y le pidió que la la colocara en su bóveda, en el cementerio de Olivos.

Así se hizo. Bajo la supervisión de Yrturtia y del mismísimo Delcasse, se montó la obra en la necrópolis. El propietario murió tres años después y fue a ocupar su lugar predeterminado. Por sucesiones y donaciones hoy es administrada por el Colegio de Escribanos de la Ciudad de Buenos Aires.

En 1959, con la autorización de los herederos del escultor, una copia de La Justicia fue emplazada en la entrada del Palacio, en Tribunales.

La copia terminó ocupando el lugar que cincuenta años atrás había sido destinado para la obra original.

 

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Lucila de Olivos, Lucila del Mar

El 26 de agosto de 1889, el teniente coronel Alfredo Froilán de Urquiza (nieto del vencedor de Caseros) contrajo matrimonio con Lucila Marcelina Anchorena Aguirre, proveniente de una familia emparentada con Rosas (el vencido de Caseros). Entre las propiedades que aportó Lucila se encontraba una importante fracción de tierra en la zona de Olivos que le había cedido su hermano Nicolás. Cuando en 1911 nació Eloísa Josefina Urquiza Anchorena (última hija del matrimonio), Froilán y Lucila decidieron construir allí un vistoso palacio de cuatro plantas y jardines espléndidos. Llamaron a la quinta La Lucila.

La obra de Paul Pater –el mismo que ideó el palacio Ortiz Basualdo, hoy embajada de Francia– se concluyó en 1916 y se inauguró con una fiesta acorde con la suntuosidad de la mansión. En sus salones se celebró el casamiento de la hija mayor del matrimonio, María Lucila Anchorena Urquiza con Vicente Quesada de Pacheco.

Los invitados pudieron admirarse de la calefacción, los ascensores, el sistema de teléfonos internos, las bodegas, el jardín de invierno, la pileta, las esculturas en los jardines y las soberbias terrazas de mármol.

La dueña de casa, madre de doce hijos, no pudo disfrutar mucho de la majestuosa mansión: murió el 20 de junio de 1917, a los cincuenta años de edad. Fue dos días después de que naciera Lucila Quesada Urquiza, la primera nieta.

En 1932, el viudo donó una fracción al ferrocarril para que se instalara una estación que, según pidió, sería un homenaje a su querida mujer. Llamaron a la estación La Lucila y se inauguró el 10 de noviembre de 1933.

Seis años después, murió Alfredo Froilán (Tata Mío, para los nietos). La casona fue demolida en 1942, cando ya todos denominaban La Lucila al pintoresco barrio del partido de Vicente López. Tiempo después, algunos vecinos del lugar resolvieron comprar tierras en la costa atlántica y bautizaron al balneario La Lucila del Mar. El homenaje a la forjadora de la mansión se amplió a un rincón que jamás hubiera imaginado.

La foto que cierra este posteo corresponde al interior de la casa y permite apreciar cómo se veía el magnífico cuadro de Justo José de Urquiza.

Los restos de San Martín

Pocas semanas después de la muerte de José de San Martín en la casa de Boulogne sur Mer que vemos en la imagen (agosto de 1850), las autoridades de la Confederación Argentina dieron instrucciones para que se llevara a cabo la repatriación de sus restos. Esa fue la voluntad póstuma del militar que en su testamento había expresado que quería que su corazón descansara en el de Buenos Aires. Sin embargo, todo fue demorándose. Durante once años, el cuerpo embalsamado del Libertador de América descansó en una de las capillas de Notre-Dame de Boulogne (Nuestra Señora de Boloña).

El primer traslado fue a Brunoy, en las afueras de París. Tuvo lugar en 1861, luego de que la familia Balcarce San Martín se mudara a dicha ciudad y resolviera llevar el cuerpo para que fuera ubicado en la bóveda de la familia, junto a su nieta María Mercedes que había muerto en 1860.

En la Argentina, el tema se reavivó en 1864 –durante la presidencia de Mitre– cuando los diputados nacionales Martín Ruiz Moreno y Adolfo Alsina presentaron un proyecto de Ley para autorizar al Poder Ejecutivo a llevar adelante la repatriación.

Manuel Guerrico gestionó la cesión de un terreno en el cementerio de la Recoleta en 1870, pero seis años después la comisión encargada del traslado se entrevistó con el arzobispo Federico Aneiros con el fin de solicitar un espacio en alguna de las capillas de la Catedral para que se colocara allí un mausoleo. Detrás de toda la empresa se encontraba el presidente de la Nación, Nicolás Avellaneda.

¿Se estaba cumpliendo la voluntad del Libertador al llevarlo a la Catedral? Cuando San Martín dijo: “Desearía que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires”, ¿se refería a que deseaba ser llevado al cementerio, a la Catedral? Aquí cada uno puede tener su propia interpretación. Considero que si nuestro prócer hubiera querido referirse al cementerio de la Recoleta, habría mencionado la tumba de su “esposa y amiga”, Remedios de Escalada. Además, el corazón de Buenos Aires bien puede referirse al centro de la ciudad.

En estos días, un proyecto de traslado de los restos a Yapeyú, a cargo del diputado Adán Gaya, sostiene que, al mencionar Buenos Aires, se refería a la Patria y “sin lugar a dudas”, a Yapeyú. Regresemos a la historia:

El 25 de febrero de 1878, centenario del nacimiento del prócer, se realizó un tedeum en la Catedral que concluyó con la colocación de la piedra fundamental del mausoleo. Avellaneda, Mitre, Quintana y Aneiros, entre otros, participaron en el acto simbólico colocando mezcla en la obra con una cuchara de plata.

El escultor francés Auguste Carrier Belleuse fue el encargado de moldear el mausoleo que envió en partes desde Europa. En Inglaterra había concluido la construcción del buque de guerra Villarino, que había sido encargado por el gobierno argentino. Fue enviado al puerto de El Havre, donde cargaría el féretro. Este fue su derrotero:

-El 21 de abril de 1880, el ataúd fue transportado de Brunoy a París (35 kilómetros), donde se lo cargó en un tren especial rumbo a El Havre. Una vez en la ciudad portuaria, se lo depositó en su Catedral. Luego del acto religioso que incluyo la bendición del féretro, se lo embarcó en el Villarino. El buque soltó amarras el 22 de abril.

-Arribó a Montevideo el 20 de mayo, donde fue recibido con una salva de 21 cañonazos. La recepción fue imponente. Siete barcos argentinos acudieron a recibir al Villarino. Una carroza tirada por seis elegantes caballos llevó el féretro (cubierto por las banderas de Uruguay, Chile, Perú y la Argentina) a la Catedral. Una multitud acompañó los restos, lanzando flores desde la acera y los balcones. La bienvenida de los hermanos uruguayos –asistieron el presidente Francisco Antonio Vidal Silva y todos sus ministros– ha sido considerada uno de los actos más emocionantes que se hayan hecho al Libertador. Cuando partió por la tarde, la banda militar uruguaya ejecutó el Himno Nacional Argentino. Por su parte, desde el barco, la banda argentina interpretó la canción patria de Uruguay.

-Durante una semana, el Villarino se mantuvo en la costa de Catalinas (en esa época, la playa llegaba hasta lo que es hoy la plaza Fuera Aérea, vecina de la estación Retiro), escoltado por decenas de buques de la Armada.

El 28 de mayo tuvo lugar la ceremonia principal. Los integrantes de la Comisión de Repatriación colocaron la bandera del Ejército de los Andes sobre el ataúd, más dos coronas: una con palmas de Yapeyú (ciudad natal del prócer) y otra con gajos de pino de San Lorenzo (bautismo de fuego de los Granaderos a Caballo). El cajón fue depositado en un bote fúnebre que fue remolcado por el Talita, la lancha presidencial.

Se lo desembarcó en las costas de Retiro (durante años se llamó a ese sector vecino a la Plaza San Martín, Playa San Martín). Fue colocado junto al palco oficial, donde el ex presidente Sarmiento dio un discurso de recepción.

Cargado de flores que le lanzaban los argentinos a su Padre de la Patria, el féretro fue escoltado hasta el monumento del Libertador, en la plaza. Un emocionante discurso del presidente Avellaneda complementó las palabras de Sarmiento. El cajón fue colocado en una carroza fúnebre (réplica de la que transportó el cuerpo de Wellington a la Catedral de Londres en 1852). El cortejo marchó por la calle Florida hasta la Plaza de Mayo.

El ataúd fue depositado en la nave central de la Catedral Metropolitana. Durante veinticuatro horas desfiló el pueblo para rendirle tributo. Al día siguiente, a las dos de la tarde, se lo ubicó en el mausoleo. Suele decirse que los restos de San Martín yacen fuera del perímetro de la Catedral, en una capilla construida afuera de la nave central, porque era masón; dando a entender que la Iglesia no aceptaba que descansara bajo su custodia. Raro comentario, si se tiene en cuenta que los despojos del Libertador estuvieron en Notre-Dame de Boulogne, la iglesia parroquial de Brunoy y las catedrales de El Havre, Montevideo y Buenos Aires. Sí, en cambio, resulta curioso la forma en que ha quedado dispuesto el ataúd.

El tamaño del cajón no era el adecuado. Mejor dicho, el del mausoleo. Por ese motivo, el féretro que contiene el cuerpo embalsamado del prócer fue colocado en forma inclinada (la cruz en la lámina publicada por el Instituto Nacional Sanmartiniano marca el lugar exacto). Así permanece desde el 29 de mayo de 1880.

Puerto Madero a todo lujo

La visita del presidente de Brasil, Manuel Campos Salles, fue el acontecimiento del año 1900. Arribó el 24 de octubre con una comitiva de cien personas. El mal tiempo –una lluvia insoportable– obligó a retrasar un día el desembarco. Por fin lo hizo el día 25 a la altura del dique 4 de Puerto Madero. Fue recibido por el presidente Julio A. Roca, acompañado por el ex presidente Bartolomé Mitre, el ministro de Interior Felipe Yofre y el intendente porteño Adolfo Bullrich.

Si bien hay mucho para contar acerca de primera visita protocolar de un mandatario brasileño y la magnífica recepción, deseamos reflejar dos imágenes, de la colección del Archivo General de la Nación, que muestran un Puerto Madero acondicionado para la ocasión. Fue la vez en que las damas acudieron a los depósitos del puerto, terreno exclusivo de los estibadores, para recibir al mandatario (el 25/10) y despedirlo (el 1/11).

Las fotos corresponden al día de la partida del visitante, a bordo del vapor Riachuelo. Como podemos ver, los balcones estaban adornados con banderas argentinas y los paraguas funcionaban como sombrillas.

Durante dos jornadas, las instalaciones del puerto fueron paquetas. Luego volvió a su trajín cotidiano, lejos de modelos exclusivos, las señoritas encantadoras y los elegantes caballeros. Puerto Madero retomó su papel recio y fundamental para el desarrollo de un país que crecía a un ritmo alentador.