La casa flotante de Oliveira Cézar

La costa de Vicente López y San Isidro siempre fue un remanso para los pudientes porteños. La posibilidad de salir de la ciudad para respirar aire puro en espacios perfumados por sabrosos frutales era un privilegio que sólo podían darse algunos. Recordemos que durante la Semana de Mayo de 1810 hubo que esperar el regreso de Cornelio Saavedra, quien precisamente había ido a descansar a una de esas quintas. Belgrano, San Martín, Pueyrredon, Guido o Mariquita Sánchez, entre tantos otros, también disfrutaron de aquellos apacibles paisajes.

Más adelante, la llegada del ferrocarril generó un intercambio mucho más activo. A partir de 1865, las locomotoras arribaban a la estación de Tigre y la zona se convirtió en un destino accesible para nuevos pobladores. La cruel fiebre amarilla que devastó a Buenos Aires durante el primer semestre de 1871 fue otro de los factores que colaboró en el desplazamiento de las familias hacia el norte. El broche de oro fue la inauguración del Tigre Hotel en 1890.

Los cambios urbanos dieron buen trabajo a los arquitectos. Hacia 1907, contar con una casa en el Tigre no era tan peculiar, especialmente para una persona distinguida como el teniente de navío Daniel Oliveira Cézar. Pero él fue por más: se hizo construir una casa flotante. En diciembre de 1906, el inmueble -mejor dicho, el mueble- salió de un astillero de la Boca del Riachuelo y navegó aguas arriba hasta su destino. A comienzos de 1907, el marino y su familia -Pastora Castagnino e hijos- la estrenaron. Fue la novedad en el verano de Tigre.

La casa, que apenas calaba 75 centímetros para facilitar su desplazamiento por las aguas del Delta del Paraná, se encontraba amarrada en el río Luján. Fue bautizada con el nombre de La Cautiva. Contaba con un gran comedor y cuatro camarotes (tres en la planta baja, el restante en la parte superior), además de un cómodo cuarto de baño. También, un salón con capacidad para veinte personas y un espacio, denominado sala de música, donde se instaló un piano rectangular. En un pañol se guardaban armas curiosas y municiones de caza que el propietario atesoraba con entusiasmo de coleccionista.

A 110 años de los actuales countries náuticos que revolucionaron la zona de Tigre y San Fernando, Oliveira Cézar fue un excéntrico pionero.

Buenos Aires en 1954

El proyecto Prisma rescata archivos audiovisuales y sonoros, principalmente de Radio Nacional y de Canal 7. Gracias a la atenta búsqueda de Eloy Martin y de Abel Alexander (de la Sociedad Iberoamericana de Historia de la Fotografía), ha llegado a nuestro conocimiento “Buenos Aires en relieve” que nos permite pasear por la ciudad hace 62 años. Dirigida por los hermanos Jorge y Luis Napoléon “Don Napy” Duclout (hijos del ingeniero que gestionó la visita de Einstein a la Argentina), la vista cuenta con la locución del legendario Jaime Font Saravia.

La filmación tiene enorme valor documental. Pero, a su vez, la locución permite recordar de qué manera se subrayaba el peso político del Poder Ejecutivo, a través del sistema denominado propaganda. Bienvenidos a este viaje porteño de 1954.

 

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Orígenes del zoo porteño

En terrenos del barrio de Palermo que pertenecieron a Juan Manuel Rosas se estableció en 1875 el Parque 3 de Febrero, un pulmón para la ciudad donde además se proyectarían dos jardines, el Botánico y el Zoológico.

El de los animales tuvo como antecedente algunos corrales con ejemplares en la actual avenida del Libertador y Casares, hacia el río. Luego se mudó al espacio que ha venido ocupando hasta ahora. Se inauguró el 30 de octubre de 1888 y su primer director fue Eduardo Ladislao Holmberg.

Durante su gestión, con los escombros de la casona que perteneció a Rosas se construyeron los principales pabellones. Su segundo director, el romano Clemente Onelli, vivía en el propio Zoológico: su casa estaba en Acevedo (hoy República de la India) y Cerviño, pero del lado de adentro del Jardín.

Onelli fue muy popular. Se lo encontraba recorriendo las instalaciones, controlando las actividades, regalando golosinas a los chicos y dando instrucciones a los cuidadores. Decía que los animales eran pensionistas y que era su responsabilidad que la estadía de las bestias fuera adecuada. En la imagen lo vemos alimentando a una jirafa. Entre los muchos textos que ha escrito sobre los animales que cuidaba, se destaca una triste despedida a un oso que partió cargado de años. Este hombre, que una vez trajo una jirafa desde el puerto, atada con una correa como si fuera un perro, convirtió al Jardín Zoológico en una de los principales atractivos de Buenos Aires.

Fue nutriéndose con ejemplares comprados al exterior más donaciones de los locales. Todo aquel que encontrara un reptil, ave, simio o felino curiosos en sus campos, lo llevaba a Onelli como donación para el paseo.

Para quien llegaba a la ciudad, el Zoo de Palermo era una de las visitas imperdibles. El príncipe de Gales (futuro Eduardo VIII que luego abdicaría a la corona británica) lo conoció, pero hubo otro caso que mantuvo a los porteños en vilo. En 1924, el príncipe Humberto de Saboya desapareció durante horas ante la preocupación general. Al final se supo que había ido a recorrer el Jardín Zoológico con su compatriota Onelli.

Otro caso destacable fue el del bailarín ruso Vaslav Nijinsky quien, luego de haber contraído matrimonio en la iglesia de San Miguel, concurrió a pasear al Zoo junto con su flamante esposa. Solía observar los zancudos con el fin de imitar sus movimientos.

A medida que fue creciendo la ciudad, el Jardín Zoológico fue encerrándose y perdió su privilegiado espacio abierto.

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Los 100 años de la Torre porteña

El 6 de mayo de 1910, cuando la comitiva británica se aprestaba para viajar a la Argentina con motivo del centenario de la Revolución de Mayo, murió el rey Eduardo VII. Por el luto, la nación inglesa no participó de las actividades en Buenos Aires. Hubo que suspender uno de los principales actos: el 24 de mayo iba a colocarse frente a la estación Retiro la piedra fundamental del monumento que nos regalaba la colectividad inglesa en el país, una columna conmemorativa.

La ceremonia suspendida tuvo lugar a fines de 1910. A esa altura, la columna había quedado en el camino porque en el concurso de maquetas se eligió el proyecto del arquitecto sir Ambrose Macdonald Poynter: una magnífica torre con un reloj que replicaba, a menor escala, el del Big Ben de Londres.

La construcción se retrasó debido a la Primera Guerra Mundial. Se completó a comienzos de 1916 y se resolvió inaugurarla el 24 de mayo, día en que los británicos festejaban el Empire Day (Día del Imperio). Lo celebraron con un almuerzo en el Plaza Hotel, en Plaza San Martín. A las tres de la tarde, encabezados por el ministro plenipotenciario Reginald Tower -curiosamente su apellido significa “torre” en inglés-, bajaron la barranca y acudieron a la Plaza Britania (recibió ese nombre en 1914), donde los aguardaban el vicepresidente (en ejercicio de la presidencia) Victorino de la Plaza y el intendente Arturo Gramajo. Los discursos fueron en el interior de la torre.

Durante veinte años, hasta que se construyó el obelisco, la Torre de los Ingleses fue el símbolo de Buenos Aires. Incluso sus agujas marcaron durante un tiempo la hora oficial de la ciudad.

Como curiosidad agregamos que durante la convalecencia del presidente Roberto M. Ortiz, cuya residencia se encontraba en Suipacha y Santa Fe, a pocas cuadras de la torre, se resolvió que un empleado concurriera por la noche para impedir que las campanas sonaran y de esta manera permitir que el presidente descansara mejor.

Durante el conflicto de Malvinas, precisamente el 24 de mayo de 1982 (es decir, en el día de su aniversario), se decretó que la plaza pasara a llamarse Fuerza Aérea Argentina. En cuanto a la torre, recibió la denominación de Monumental. Poco tiempo después, sufrió un atentado. Los destrozos continúan siendo restaurados mientras la centenaria torre se mantiene en pie marcándole, con ritmo pausado, las horas a su ciudad.

El obelisco cumple 80 años

Aquí, un video con la historia del origen del obelisco de Buenos Aires, inaugurado el 23 de mayo de 1936.

El Palacio que no es Pizzurno

Petronila Rodríguez tenía 20 años en 1835 cuando su padre mató al vecino. Aquella dramática noche, los Rodríguez dormían en su quinta porteña que ocupaba cuatro manzanas en las avenidas Callao y Córdoba, cuando Juan Antonio Rodríguez sintió ruidos en la huerta donde plantaba bergamotas. Con su escopeta disparó a la distancia. Cesaron los ruidos y recién al día siguiente se descubrió que un vecino había muerto por el disparo.

En el juicio fue absuelto porque era común que aparecieran ladrones en las quintas y todos hubieran hecho lo mismo que Rodríguez: disparar al bulto sin advertencia alguna. La Justicia no lo condenó, pero su conciencia lo atormentaba. Resolvió construir una capillita en los terrenos de donde tuvo lugar la tragedia y dar misas por la memoria del difunto.

En 1882, consciente de que estaba en sus últimos días, Petronila, la hija de Rodríguez, donó las cuatro manzanas de su quinta, más algunas propiedades en el centro. En su testamento explicó que hacía tiempo venía evaluando construir una iglesia donde estaba la capilla que había hecho su padre; junto a la iglesia, un colegio; y enfrente, según la cláusula nro. 15, un terreno para la instalación de un a escuela. Minutos antes de morir, le indicó a su gran amiga y albacea, Juana Bosch, que vendiera algunas de las propiedades que dejaba y que tomara cien mil pesos para “los niños que quieran educarse”.

Cumpliendo con parte del legado, se construyeron la Iglesia Nuestra Señora del Carmen en el espacio que ocupaba la capilla, en Rodríguez Peña y Paraguay, más el colegio parroquial a su lado.

En octubre de 1886, Juana Bosch entregó el dinero recaudado al Consejo Nacional de Educación. Emocionados por la donación, la institución resolvió que levantarían la escuela y le pondrían el nombre de la benefactora, Petronila Rodríguez. Incluso le pidieron a Juana un retrato de Petronila. Fue imposible conseguirlo: jamás quiso retratarse.

El sueño de la escuela con capacidad para setecientas alumnas,  quedó en manos del genial arquitecto Carlos Altgelt. El edificio se inauguró en 1886. Pero en 1888 se resolvió instalar juzgados, de manera provisoria, hasta que se construyera un Palacio de Tribunales. Por ese motivo mudaron a las alumnas a Junín y Vicente López, donde comenzó a funcionar la escuela con el mismo nombre de la benefactora.

Regresaron al gran edificio en 1894. Pero en 1903, volvieron a mudarse porque el Consejo Nacional resolvió que allí funcionaría la sede del Ministerio de Educación. La denominación Petronila Rodríguez desapareció de la nomenclatura escolar.

En 1932, por iniciativa de Juan Benjamín Terán, presidente del Consejo Nacional de Educación, se le dio el nombre de la benefactora a una escuela en Parque Chas. Mientras que el espléndido solar donado por Petronila fue bautizado Palacio Sarmiento. A la calle que pasaba por la puerta se la llamó Pizzurno, en honor de tres hermanos maestros con ese apellido: Pablo, Carlos y Juan.

Por lo tanto, el Ministerio de Educación debería ser una escuela. Y el edificio, al que todos conocen como el Palacio Pizzurno, es el Palacio Sarmiento –sobre la calle Pizzurno–, que debería llamarse Petronila Rodríguez: nombre de la filántropa hija del hombre que mató a su vecino por error en 1835.

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¿Adónde va a dormir Obama?

En 1910, el presidente electo Roque Sáenz Peña le ofreció ocupar el cargo de Ministro de Relaciones Exteriores a Ernesto Mauricio Carlos del Corazón de Jesús Bosch Peña, quien ocupaba un cargo diplomático en París. El hombre aceptó y regresó a Buenos Aires con su mujer, Elisa de Alvear.

Juntos concibieron la idea de construirse una mansión que les recordara su vida parisina. Resolvieron que fuera en la zona de Palermo (en las actuales Libertador y Kennedy), frente al Parque 3 de Febrero, donde ya estaban el Jardín Zoológico, el Jardín Botánico, la Rural, el futuro campo de Polo (en ese entonces era un club deportivo de diversas actividades) y el Hipódromo. La zona tenía mucha actividad social, pero casi no había residencias.

Contrató los servicios del arquitecto de moda, el exquisito francés René Sergent, quien terminaría ocupándose de los palacios de otros Alvear: además del Bosch, el Errázuriz (de Matías Errázuriz y Josefina Alvear) y el Sans Souci (de Elvira Alvear). Con la ejecución de arquitectos argentinos, Sergent ideó todo esto sin moverse de Europa.

La construcción del Palacio Bosch se inició en 1911 y su inauguración oficial se realizó el 6 de septiembre de 1918, durante el baile de presentación en sociedad de María Elisa Bosch Alvear, hija mayor del matrimonio. Fue la introducción en sociedad de Elisita, pero también fue la presentación del palacio. Era la primera vez que en una mansión se encargaba la construcción de un salón adaptado a las necesidades de los bailarines. Dijo La Nación: “Destinada especialmente para el baile, la sala no ostenta otro adorno que largas banquetas y taburetes tapizados en brocatos ‘vieux rose’ y oro y un gran piano de cola”.

A partir de la construcción del Palacio Bosch, Palermo comenzó a transformarse en uno de los lugares más exclusivos de Buenos Aires.

En la mansión de Elisa Alvear y Ernesto Bosch se hicieron grandes fiestas, para agasajar a extranjeros, para presentar en sociedad a otras dos hijas –Teodolina y Teresa– y para convidar a los amigos y parientes que luego de dar unas vueltitas por el parque de Palermo y el Rosedal, paraban a tomar un copetín antes de emprender el regreso al centro.

Elisa de Alvear estaba encantada con su espléndida casa. Pero apareció en escena  Robert Woods Bliss, embajador de Estados Unidos. Acotemos que Bliss, junto con su mujer, Mildred Barnes, establecieron el Instituto Cultural Argentino Norteamericano (ICANA), entre muchas otras iniciativas.

En 1928, visitó la Argentina el presidente electo de Estados Unidos, Herbert Hoover. Por falta de una residencia propia, Hoover fue alojado en el Palacio Noel (Suipacha y Libertador, actual sede del Museo de Arte Hispanoamericano Isaac Fernández Blanco). Luego de la visita, el gobierno norteamericano le encomendó a míster Bliss la misión de comprar una casa para que fuera la residencia de los embajadores de su país.

En varias oportunidades, el señor Bliss le manifestó a Ernesto Bosch su interés por el palacio, pero el argentino no tenía ninguna intención de desprenderse de él. Ante la insistencia de Bliss, Bosch le dijo que se la vendía por algo más de dos millones de pesos, un valor que excedía en más de un millón cualquier tasación seria. Para Bosch, esa era una manera elegante de dar por terminado el asunto. No esperaba que un par de semanas después, Bliss le comunicara que aceptaban la oferta.

Contrariado, pero dispuesto a mantener su palabra, Bosch anunció en su casa que se mudaría. Elisa estaba furiosa. El matrimonio se mudó a un palacio en Montevideo y Quintana (Recoleta). Con todas las comodidades, por supuesto. Pero no era lo mismo.

Desde 1929, el palacio Bosch es la residencia de los embajadores de los Estados Unidos.

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La Quinta de Olivos

Antonio Olaguer, solterón y ciego, había heredado una importante chacra en la zona denominada de los Olivos, en el camino a San Isidro. La obtuvo luego de una fuerte disputa con sus tres hermanas mayores: Ana, Manuela y la paquetísima María. La quinta de la discordia era histórica, ya que ahí había muerto Azcuénaga en 1833.

En sus últimos días, Antonio legó la quinta a un sobrino, Carlos José Villate Olaguer Feliú (hijo de María y, además, bisnieto del virrey Olaguer y del miembro de la Primera Junta Miguel de Azcuénaga). El nuevo propietario fue uno de los jóvenes codiciados de su época, pero no nació la mujer que lograra atraparlo. Buen mozo y refinado, viajaba en forma continua a París. Cuando visitaba Buenos Aires, anclaba su lujoso yacht en el puerto de Olivos y pasaba temporadas de fiestas donde tiraban la casa –o la quinta– por las ventanas. Y decimos por las ventanas porque tenía muchísimas. La había diseñado Prilidiano Pueyrredon, el hijo del Director Supremo. La casa de los ventanales de Olivos era conocida como “la pajarera de Pueyrredon”.

Tantas noches de fiesta, tabaco y alcohol parecen no haberle hecho bien a la salud del millonario. Carlos Villate murió en 1918, a los 46 años, y en su testamento cedió el terreno y la casona con el exclusivo fin de que fuera residencia de los presidentes argentinos. La donación fue aceptada por Hipólito Yrigoyen, pero nunca la utilizó. Apenas la visitó una vez. El primer presidente que se instaló una temporada corta allí fue Agustín Pedro Justo, en 1932. Al año siguiente,se instaló una colonia de vacaciones en su extenso terreno. Miles de niños han disfrutado de sus vacaciones en la quinta de Olivos. También se usó para albergar a los chicos que padecieron inundaciones.

Al igual que Azcuénaga, Juan Domingo Perón murió en ese lugar.

Dentro de la célebre quinta presidencial hay una estatua del benefactor. Y la calle lateral a la residencia, en su costado norte, tiene nombre de playboy: se llama Carlos Villate.

Carlos también, se unió en matrimonio a María de Olaguer Feliú y Azcuénaga, nieta del virrey Olaguer y del brigadier patriota –miembro de la Primera Junta– Miguel de Azcuénaga.

El secreto de la punta del obelisco (1936)

El 3 de febrero de 1936, cuando se cumplían cuatrocientos años del arribo de Pedro de Mendoza a Buenos Aires, el intendente Mariano de Vedia y Mitre encargó al arquitecto Alberto Prebisch un monumento en la Plaza de la República (un espacio generado por el cruce de la avenida Diagonal Norte con el ensanchamiento de Corrientes y las demoliciones por la creación de la avenida 9 de julio), para rendirle un homenaje a la ciudad. Prebisch resolvió que montaría un obelisco.

La obra comenzó el 19 de marzo. Participaron 157 obreros que trabajaron con prisa, empleando cemento de endurecimiento rápido, porque el objetivo era terminarlo antes del 25 de mayo. Lo lograron. La inauguración tuvo lugar el 15 de mayo. Esa noche, las autoridades y los referentes de la cultura porteña agasajaron a Prebisch en el Hotel Alvear.

Los críticos advirtieron que podía desplomarse con la primera sudestada. Antes de que pudiera verificarse la solidez del monumento frente al potente viento, la obra fue puesta a prueba: el 21 de mayo, Buenos Aires padeció un pequeño movimiento sísmico. Los porteños corrieron al centro para ver si el obelisco, que había costado cerca de doscientos mil pesos, se había caído. Pero se mantenía en pie. Firme, junto al pueblo. Como hasta hoy.

La punta del obelisco tiene su propia historia. Temeroso de que alguna vez se destruyera su obra, el jefe de máquinas de la empresa constructora Siemens Bauunion colocó una foto matrimonial y una carta en una caja de hierro con un mensaje para los demoledores. La dejó empotrada en la punta del obelisco. ¿Seguirá allí?

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En tren, como en avión

En 1896, cuando la creciente Buenos Aires se planteó contar con transporte subterráneo, Juan Lacaze le propuso a la Municipalidad y al Concejo Deliberante construir un tranvía eléctrico (hasta ese momento eran de tracción a sangre). Pero no subterráneo, sino elevado. Se había inspirado en el sistema de transporte de Nueva York (que era a vapor), en funcionamiento desde finales de 1860. Lacaze rechazaba la idea de un “subterráneo”, al estilo del de Londres. Lo consideraba costoso, además de no contar con una vista agradable, y peligroso por la supuesta falta de aire.

El tranvía de Lacaze viajaría por vías ubicadas a unos 5,5 metros de altura. Para facilitar los accesos, la mayoría de las estaciones (plataformas entre las dos vías, escaleras y los novedosos ascensores eléctricos) se construirían en plazas o parques. Para aquellos casos en que la calle fuera demasiado angosta y resultara imposible la construcción de una estación, Lacaze proponía acceder a los vagones desde el pulmón de manzana de propiedades particulares.

¿Qué pidió para llevar a cabo su proyecto? Que le otorgaran la concesión por cincuenta años, libre de impuestos.

¿Cuáles sería las líneas y sus recorridos? Tres líneas, una al sur, otra al oeste y la restante al norte.

- La del Oeste (o Central): Partiría de Plaza Victoria (actual plaza de Mayo) por Avenida de Mayo hasta Plaza Lorea y luego por avenida Rivadavia hasta Plaza Flores.

- La del Norte (o de Belgrano): Desde Plaza Lorea, por Paraná hasta la actual Plaza Vicente López, luego por Juncal hasta Malabia, Las Heras y Plaza Italia. De ahí, un ramal iría por Santa Fe y la actual Cabildo hasta Juramento. Mientras que el otro bajaría por avenida Sarmiento, tomaría Libertador (que se llamaba Alvear) y terminaría el recorrido en el Hipódromo de Palermo.

- La del Sur (o de Barracas): Desde Plaza Lorea, por Avenida de Mayo hasta Buen Orden (actual Bernardo de Irigoyen), Independencia, Lima, Plaza Constitución, General Hornos, plaza Herrera, calle Herrera, hasta el Riachuelo.

Como parte de la prestación, Lacaze ponía a disposición del gobierno porteño el tendido eléctrico que instalaría para sus coches. Era una atractiva propuesta porque colaboraría con la extensión de la iluminación eléctrica en las calles, que recién se iniciaba.

A pesar de las ventajas, el proyecto fue rechazado. El cuerpo legislativo fue terminante: “Hay más carencia de explicaciones y planos que en un permiso para edificar un simple galpón o caballeriza”. Sin embargo, sirvió para apuntalar el debate sobre la conveniencia de un sistema de vías subterráneas o elevadas.

Entonces, Lacaze dejó de lado sus prejuicios y propuso construir vías subterráneas en la zona céntrica. Una vez alejados del núcleo de la ciudad, un sistema eléctrico que armaría iba a elevar el vagón, con pasajeros incluidos, para continuar su recorrido por las alturas. Esta variante, tampoco fue tenida en cuenta.

Al año siguiente, en 1897, comenzó a experimentarse con tranvías eléctricos, pero a ras del piso. En 1909 se aprobó el contrato con la Compañía de Tranvías Anglo Argentina (CTAA) para que construyera y explotara tres líneas subterráneas. En 1913 se inauguró la Línea A, la primera de América Latina y del hemisferio sur. El tranvía eléctrico elevado nunca circuló por Buenos Aires.

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