Ayer, o anteayer, terminó de escribirse (el impersonal, como en las viejas leyendas de las imprentas al final de los libros, es engañoso) una de las novelas más ambiciosas de la literatura argentina: El Absoluto, de Daniel Guebel. Lo supe por un mail que, bajo el asunto “Noticias”, decía: “Malas noticias. Terminé El Absoluto”.
Tuve la primera noticia de esa novela -cuyo tema, dicho en poquísimas palabras, es una familia de genios locos- más o menos hacia 2005 ó 2006. De algún modo, es una condensación de uno de los temas predilectos de Guebel: la necesidad mutua entre el misticismo y poder: el poder como variedad del misticismo, y el misticismo como variedad del poder; aunque entiendo que esta explicación es del todo insuficiente y no le hace justicia a la complejidad estructural e intelectual del libro, por lo menos hasta donde lo conozco. No es casual que uno de los núcleos de la novela sea el libro (en el interior del libro mayor) dedicado al compositor Alexander Scriabin (la imagen que acompaña este post es, justamente, el acorde místico de Scriabin). Guebel, sin embargo, había concluido hacía tiempo esa parte. El 3 de noviembre de 2008, recibí un mensaje similar al anterior, con la salvedad de que en este caso en lugar de un mail era un SMS. Decía: “Malas noticias. Acabo de terminar Scriabin”.