El tiempo del que escribe

how-to-write-ebookEl tiempo del que escribe, música o palabras, no se parece a ningún otro. Es el tiempo sin tiempo de la disponibilidad. Es probable incluso que el tiempo sea aquello que distingue distintas maneras de escribir. Por ejemplo, lo que caracteriza a la escritura periodística es, como dijo alguien una vez, la falta de tiempo. Pero los tiempos de escrituras menos impelidas por la perentoriedad de los cierres pertenecen a otra dimensión.

En el librito colectivo El efecto Libertella, recopilado por Marcelo Damiani y recién publicado por la editorial Beatriz Viterbo, hay un texto de César Aira sobre Héctor Libertella, pero lo más interesante no es allí lo que anota sobre él sino sobre esa extraña temporalidad:

“Nuestro oficio, eso lo sabemos bien, consume tiempo más que cualquier otra cosa. Pero no mero tiempo lineal y utilitario, como el que llevaría hacer casas o arar el campo, sino un tiempo de formas raras, retorcido, vuelto sobre sí mismo, perdido, recuperado, un tiempo que asoma sus puntas en rincones inesperados, y se curva, o se ahueca, o se diluye. Tan imprevisible se vuelve su formato que nunca podríamos saber qué parte es importante: de ahí que lo necesitemos todo, para que sea él, no nosotros, quien decida.”

El escritor que vale más que sus libros

CopiA fin de mes, se distribuye en Argentina el primer tomo (la tapa es la imagen) de la obra de Copi, pseudónimo de Raúl Damonte. En 1992, en un artículo sobre Marcelo Cohen recopilado en Los libros de la guerra, Fogwill había diseñado ya un canon que persiste: Alberto Laiseca, Néstor Perlongher, César Aira, Lamborgini (entiendo que hablaba de Osvaldo, pero habría que  incluir también a Leónidas), Copi y Héctor Viel Temperley. También Fogwill había imaginado una vez un libro hecho de todos los fragmentos de los libros de Aira que hacen explícita una poética. Si alguien se ocupara alguna de hacer ese volumen, muchos, muchísimos de los fragmentos saldrían justamente de su libro Copi, hecho de unas conferencias que dio en 1988.

Escribe allí Aira: “Copi tenía algo de escritor no profesional, no fatal. Podría no haber escrito, podría haber desplegado su genio, el mismo genio que tuvo, en otras cosas, y de hecho lo hizo. Eso lo hace tanto más escritor. Sus libros se nos aparecen como emanaciones de un sistema más amplio.” Una página más adelante: “Copi es tan valioso para nosotros porque su estilo es el de un apartamiento del texto en sí, en dirección al hombre hecho mundo. Es un gran escritor porque en él la literatura se disuelve, es decir, llega a una culminación, que no es una realización. Su obra, valiosa como lo es en sí misma, vale menos que él; o que esa forma de su persona que es su trabajo. Su apelación a distintos géneros, su minimalismo, su recurso a los géneros menores, todo coincide en hacerlo un artista en acción, menos una obra que un artista. Esa es la ascética de Copi, y de la literatura”.

El Martín Fierro en orden alfabético, ¿un experimento inútil?

El último número de la revista Otra parte incluye un ensayo de César Aira dedicado a examinar el libro El Martín Fierro ordenado alfabéticamente (IAP) de Pablo Katchadjian. Ya hace un tiempo había salido una entrevista al autor sobre ese mismo libro en La Tercera.

Pocas veces un título fue más literal. El libro no es más que eso: los versos del poema de José Hernández dispuestos en ese orden, o como dice Aira: “Los 2316 versos [de la primera parte] sin cambiarles una palabra, ni una sílaba ni una coma”.

Por ejemplo:

“a andar con los avestruces:

a andar declamando sueldos.

a ayudarles a los piones

A bailar un pericón

a bramar como una loba.

a buscar almas más tiernas

a buscar una tapera,

a cada alma dolorida…” (Sigue aquí)

O leído por el autor:

Claro que cualquiera podría haber armado esto pero, como respondió una vez John Cage sobre alguna de sus piezas, nadie lo hizo antes. Es un gesto estético, una provocación, y como todo gesto estético provocador, algo muy cercano a la tontería, con ciertas derivaciones en el terreno de la estética. ¿Debería interesarnos? Depende. Materiales ajenos e intactos más abandono a un sistema (el alfabeto) resulta, en términos de subjetividad, una suma cero. No hay intenciones en el poema de Katchadjian, y por otro lado se priva de toda intención al original de Hernández. Aira encuentra allí un “formalismo” cercano a la abstracción de la música, o al efecto de colgar un cuadro al revés (“prueba extrema de formalismo”). El orden alfabético desmonta la rima, y el progreso de los versos se vuelve entonces imprevisible. Por eso parece nuevo. Allí se revela alguna originalidad, aunque no la del poeta Katchadjian (la palabra misma poeta es absurda en la medida en que él no hace nada; está lejos de esa función de “operador” que se atribuía Leónidas Lamborghini en sus reescrituras), sino la de Hernández por intermedio de Katchadjian. Quizás Aira se equivoque cuando lo compara con el cuadro al revés: lo primero que pierde aquí el Martín Fierro es justamente la forma. Lo que queda es la ideología del poema; aquella parte de la ideología del poema que se sustrae a la forma.

Katchadjian es autor también de El Aleph engordado. Pero su vínculo con Borges tendría otras derivaciones. Por su Martín Fierro ordenado alfabéticamente ya tiene ganado un merecido y ambiguo lugar al lado de César Paladión, Ramón Bonavena y algún otro.

Se busca traductor de Aira

A propósito de la nota ya publicada en la que se contaba que el pianista Cecil Taylor quería leer el cuento de César Aira que lo tiene como personaje, se reciben aquí las propuestas de quienes, desinteresadamente, estén dispuestos a traducir ese texto al inglés. Para los que nunca escucharon tocar a Taylor, aquí un video (parte de un documental) de 1981.

El llanto y su precursor

La primera persona domina las que, probablemente, hayan sido las novelas más notables de 2007 (todas aparecieron durante el último tercio del año): Historia del llanto, de Alan Pauls, Era el cielo, de Sergio Bizzio, Derrumbe, de Daniel Guebel. Notablemente, por detrás de la ilusión autobiográfica, hay en cada una de esas novelas una teoría del llanto, como imposibilidad o padecimiento. De algún modo, con inflexiones enteramente idiosincrásicas, todos rinden tributo a El llanto (1992) de César Aira.

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