On the Road: ¿un libro imposible de filmar?

Hay un malentendido con la beat generation y, más específicamente, con Jack Kerouac: el vitalismo. Es decir, la idea de que hay que “haberlo vivido” para contarlo, o bien, en el caso de On the Road, haber viajado para escribirlo. Esta novela de Kerouac siempre estuvo servida en bandeja para el cine: nunca un libro pareció estar tan cerca del ideal de la road movie.

Después de haber comprado en 1979 los derechos para la filmación del libro, Francis Ford Coppola contrató finalmente al director Walter Salles, que es el responsable de esta versión (en la que actúan Kisten Stewart, Garrett Hedlund, Sam Riley y Viggo Mortensen) que se estrenará en el Festival de Cannes y de la que puede verse el trailer.

¿Pero es el viaje el verdadero asunto de On the Road? Como escribí una vez, la publicación de En el camino propició el equívoco y adulteró a Kerouac –saturnino, indeciso– y lo convirtió en el ídolo desenfrenado de una morralla de mochileros. Sin embargo, antes que una puesta en ficción de la vida, las travesuras de los pícaros Dean Moriarty y Sal Paradise son la anulación de la vida en la ficción. “Y yo me vuelvo a casa, habiendo perdido su amor. Y escribo este libro”. Así termina su novela Los subterráneos (1953/1958). El modo exhibicionista en que Kerouac desnudó su intimidad, apenas disimulada por la máscara de los alias, opacó el reconocimiento de sus aventuras formales. En Kerouac’s Spontaneous Poetics , uno de los pocos estudios que se desentienden de la biografía y examinan con detenimiento la obra, Regina Weinreich observa: “el único acontecimiento genuino en la literatura de Kerouac es la lengua [... ]. Su escritura tiende al descubrimiento de una forma, no a la imitación de una ya existente”.

Entonces, de nuevo, ¿es el viaje aventurero el asunto de On the Road? En parte, pero sólo en parte, sí. Lo demás, que es lo principal, es la lengua. Quien lo dude, puede escuchar la lectura que el propio Kerouac hace de las páginas finales de la ¿novela?

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De Celan a Bachmann: una lectura

Con el título de Tiempo del Corazón, se publicaron finalmente (la edición alemana es apenas de 2009) las cartas entre Ingeborg Bachmann y Paul Celan. Como se cuenta en la crítica publicada en ADN, la correspondencia entre los dos poetas se inicia, justamente, con un poema que Celan, en 1948, inscribe para ella en un libro de reproducciones de Matisse. Ese poema es “En Egipto”, y aquí se lo puede escuchar leído por el propio Celan.

 

In Ägypten – Paul Celan (HQ 192kb)

 

Esta es la traducción tal como está en la correspondencia publicada por el Fondo de Cultura Económica y, debajo, el original en alemán:

Le dirás al ojo de la extraña: ¡Sé el agua!

Las buscarás, en el ojo de la extraña, a las que sabes en el agua.

Las llamarás para que salgan del agua: ¡Ruth! ¡Noemí! ¡Miriam!

Las adornarás cuando duermas con la extraña.

Las adornarás con el pelo de nubes de la extraña.

Les dirás a Ruth, a Miriam y Noemí:

¡Miren, duermo con ella!

La adornarás más bella que a ninguna, a la extraña que tienes a tu lado.

La adornarás con el dolor por Ruth, por Miriam y Noemí.

 

Le dirás a la extraña:

¡Mira, dormí con ellas!

 

In Aegypten: Du sollst zum Aug der Fremden sagen: Sei das Wasser!/ Du sollst, die dui m Wasser weißt, im Aug der Fremden suchen./ Du sollst sie rufen aus dem Wasser: Ruth! Noemi! Mirjiam!/ Du sollst sie schmücken, wenn du bei der Fremden liegst./ Du sollst sie schmücken mit dem Wolkenhaar der Fremden./ Du sollst zu Ruth, zu Mirjiam und Noemi sagen:/ Seht, ich schlaf bei ihr!/ Du sollst die Fremde neben dir am schönsten schmücken./ Du sollst sie schmücken mit dem Schmerz um Ruth, um Mirjam un Noemi.// Du sollst zur Fremden sagen:/ Sieh, ich schlief bei diesen!

[En la foto de arriba, se ve, a la derecha, a Bachmann y Celan en un encuentro de 1952]

 

Una vieja lección de periodismo

die_fackelHace tiempo que quería traducir para este blog el editorial que Karl Kraus escribió en el número 1 de Die Fackel (La antorcha) la revista que él mismo editada, dirigía y escribía. Y habría querido hacerlo para imponerme la obligación de seguir leyendo a Kraus. Él, como apenas unos pocos más, son escritores que nunca se terminan, que duran toda la vida. La reciente publicación de En esta gran época (Libros del Zorzal), muy bien preparada por Marcelo G. Burello, me exime por desgracia de esa tarea. Algunos fragmentos, agudamente actuales, de ese editorial fechado en abril de 1899:

“En una época en la que Austria amenaza con irse a pique aun antes de la solución para el aburrimiento agudo que desea el ala radical, en días que le han deparado a este país extravíos sociales y políticos de todo tipo, y ante una opinión pública que entre la perseverancia y la apatía halla su sustento lleno de lugares comunes o del todo carente de ideas, el editor de estas páginas –hasta ahora un glosador que se mantuvo en un lugar marginal y poco visible– propone lanzar un llamado a la lucha. Quien osa hacerlo no es, para variar, alguien que se separó de un partido, sino un periodista de opinión que también en cuestiones políticas considera que los ‘salvajes’ son los mejores y que desde sus puntos de observación no se deja seducir por ninguna de las posturas expresadas en el Parlamento. Con alegría lleva en la frente el odio de la falta de ‘convicciones políticas’ que muestra ante los fanáticos del club y los idealistas de facción. […]

La puntillosa tramitación por la que el denominado ‘espíritu de época’ debe pasar para llegar a instancias superiores ha de seguirse en sus sinuosos caminos a cada situación que se presente. En lo que hace al observador desprejuiciado, ha de ocurrir a fin de poder repartir equitativamente la culpa entre el gobierno y los partidos: ministros que no violan una sola y única ley, a saber , la de la desidia, en virtud de la cual este Estado aún se mantiene; diputados cuya conciencia perturba cualquier otra lengua menos la ‘íntima jerga oficial’, y que discuten constantemente por la inscripción en las escupideras fiscales, mientras que el pueblo confía sus necesidades económicas a discretísimos sacerdotes, cual secreto de confesión. Por lo tanto, La antorcha quisiera alumbrar un país en el que –a diferencia del de Carlos V– nunca sale el sol.”

Malos poetas

La reedición de The Stuffed Owl. An Anthology of Bad Verse, volumen editado por D. B. Wyndham Lewis y Charles Lee, sumada a la reciente publicidad de Coca Cola Light en la que el escritor Fogwill lee en off su poema “Llamado por los malos poetas”, abreviado y retocado, me hicieron acordar de un articulito breve del poeta checo Miroslav Holub que traduje hace unos años para Diario de Poesía.

Pero primero Fogwill: la publicidad y una lectura del poema por el autor en el Festival Internacional de Poesía de Rosario 2008 (el poema completo se puede leer aquí).

El ensayo de Holub era en realidad la reseña de un libro muy parecido a The Stuffed Owl titulado Very Bad Poetry (1997), antología preparada por los hermanos Kathryn y Ross Petras, autores también de The 776 Stupidest Things Ever Said. Dice, entre otras cosas, Holub:

“En la práctica cotidiana, la poesía se divide en buena poesía, la escrita por nosotros, y mala poesía, la escrita por otros, sobre todo por aquellos a quienes su filosofía y sus supersticiones o ilusiones convierten en extraños a nosotros mismos, o bien por quienes pertenecen a otro grupo o generación. El umbral objetivo de la calidad o aceptabilidad es, pese a las certezas de los críticos y teóricos, bastante vago […]

¿Cuáles son las características de la mala poesía? Los hermanos Petras observan que existe un talento especial según el cual el anticlímax sobreviene en el momento equivocado, las palabras incurren en una absurda contradicción con el pathos, y se verifica un derroche apasionado de los artificios y recursos literarios. Creo que es posible derivar de aquí una lección general e independiente del tiempo: que la poesía fracasa en la reiteración inexperimentada y obsesiva de verdades ordinarias y en la formulación solemne de seudorreflexiones que no resistirían un contexto ‘no poético’. Para decirlo en otras palabras, el fracaso se debe al remedo burlesco de un poeta que piensa que es una mariposa cuando en realidad es un gorgojo…

Pensemos en esto: la seriedad es uno de los requisitos de la poesía muy mala.”

El té y las mujeres

No es la primera vez que aparecen aquí menciones al poeta en prosa Peter Altenberg. Y probablemente tampoco será la última, considerando mi debilidad por esas estampas fugaces, optimistas pero decadentes. Se trata esta vez de una de sus viñetas (supongo que inédita en español) en que compara las virtudes del té con las mujeres, aunque con una fatal misoginia crepuscular. El texto se llama, simplemente, “Tomo té”: “Son casi las seis de la tarde. Siento que esa hora se acerca. No de manera tan intensa como los chicos sienten que se acerca la Nochebuena. Pero sí, lo siento. A las seis en punto, tomo té, placer solemne sin decepciones para este ser abrumado.” Seguir leyendo

El arte de dirigir

Los símiles entre las orquestas y las microsociedades son a esta altura obvios. Últimamente, el nombre de Mahler viene repitiéndose en el espacio de este blog. Pero lo interesante del siguiente articulito de Hugo von Hofmannsthal (que se titula simplemente “Gustav Mahler” y apareció en 1910) es justamente que, además de hablar de Mahler, propone al compositor y director en una relación de beligerancia no ya con otros músicos sino con el material en bruto; al hacerlo toca algo que podría entenderse también más allá de su pura pertinencia musical. Seguir leyendo

El pasado

El siguiente poema del alemán Hans Magnus Enzensberger pertenece al pasado. En primer lugar, al pasado personal, porque lo traduje, entre varios otros, para un número ya lejano de Diario de Poesía (nº 50, invierno de 1999); pero también, lisa y llanamente, al pasado en cuanto asunto del poema. Hace poco lo encontré reproducido aquí y se me ocurrió que condensa cierto desencanto, recuerdo imperioso, a su vez, del encanto perdido. El poema forma parte del libro Kiosk (Suhrkamp, 1995):

 

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Otro imprescindible

Hace un tiempo, hablamos de las viñetas y estampas de Peter Altenberg. Otro autor de textos inclasificables que leo estos días es Kurt Tucholsky. Menos radioactivo que Karl Kraus, otro que se desangró en las arenas del periodismo, y más agudo que Altenberg, Tucholsky, inhallable en español, merece una relectura. Aquí una muestra brevísima tomada del librito Schnipsel:

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