Martha Argerich retratada por su hija

No es la primera película que se le dedicó a Martha Argerich y, podemos suponer, no será tampoco la última. Bloody Daughter es sin embargo distinta de cualquier documental anterior, ante todo porque lo dirigió su Stephanie, la hija que tuvo con el también pianista Stephen Kovacevich. El documental se estrenó a fin de 2012 en Roma, y su título es ya ambiguo, con su mezcla de lazo de sangre y de crueldad. Este es el trailer, que se explica por sí mismo y, a la vez, deja todo en vilo.

 

Elegía para Carter

Hace una semana, murió Elliott Carter, acaso el compositor más longevo de la historia. Envío a un artículo de Daniel Barenboim, uno de los mayores campeones de su música, como Charles Rosen, y a lo publicado en el diario. Querría detenerme ahora en este video que se presenta como la última entrevista a Carter. En realidad, no es exactamente una entrevista; quien se reúne con él es la cellista Alisa Weilerstein, que, a propósito de un disco que Decca publicó diez días atrás, dicute con el compositor los pormenores de su Concierto para cello, que grabó justamente con Barenboim.

Hay entonces un homenaje a Carter, pero también una preparación de ese registro, que significativamente incluye también el Concierto de Elgar.

Y aquí lo que Weilerstein dice sobre su grabación de la obra de Elgar con Barenboim y de la ineludible referencia a Jacqueline du Pré.

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Instrumentos de protesta

La información llegó por intermedio del crítico inglés Norman Lebrecht, especialista en extravagancias musicales y con un evidente gusto por los escándalos. Pocos conocían hasta hoy al compositor alemán Johannes Kreidler; pero serán muchos los que le presten atención a partir de ahora, aunque no, hay que decirlo, por su música.

El caso es que Kreidler quiso protestar contra la decisión de la SWR de fusionar de su orquesta de Baden-Baden/Freiburg con otra de Freiburg. Optó por hacerlo durante la transmisión en vivo de un concierto en la semana musical de Donaueschingen. Como señala Lebrecht, no es fácil decidir si lo que sucedió estaba preparado, a la manera de un happening, o fue completamente imprevisto. Vean:

El caminante inesperado

Cae un mito. Solemos asociar el registro de contratenor con la música antigua, e incluso, en un amplísimo salto tenporal, con la contemporánea, pero nunca, o muy rara vez, con el romanticismo, y mucho menos con la canción de cámara alemana. Pero, como señala el crítico Gavin Plumley, el disco Wanderer (Decca), del contratenor Andreas Scholl con la pianista Tamara Halperin, destruye esa especie de superstición.

Scholl diseña aquí un viaje (el del caminante, convertido en tema y matriz) que tiene estaciones en lieder de Haydn, Mozart, Schubert, Brahms, aunque no necesariamente en ese orden.

Apenas pude escuchar algunas partes del disco, aparte del video que se puede ver aquí debajo, ambos dirigidos por el propio Scholl (el primer, un testimonio de la grabación; el segundo, la canción “Der Tod und das Mädchen” de Schubert). Pocas novedades de los últimos meses me provocaron sin embargo tanta curiosidad.

 

El arte de la melodía: Jodos y “Light Blue”

Hace unos años, en un artículo que nunca se publicó, escribí que el pianista Ernesto Jodos había dejado, ya en sus primeras composiciones, algunos de los ostinati más productivos del jazz, e incluso había sacado singular provecho de otros encontrados en lugares imprevistos, como la parte para la mano izquierda de la segunda de las piezas para piano opus 11 de Arnold Schönberg. El ostinato podría ser una variedad de lo que en retórica se llama captatio benevolentiae, o bien la estrategia de un encantador de serpientes. Los ostinati de Jodos son tan lúcidos, tan intrincados, que parecen negarse a sí mismos: los placeres del ostinato son inseparables de la continua amenaza de disolución que pesa sobre sus contornos. Así entendido, el ostinato es una reflexión sobre la línea melódica, sobre su consumación y su defección.

Si lo menciono ahora es porque puede servir para empezar a escuchar Light Blue, su nuevo CD en trío (con Jerónimo Carmona y batería y Pepi Taveira en contrabajo) recién editado por el sello Rivo Records. Lo primero que aparecen son las diferencias. En principio, los temas son todos standards, aunque standards (aun en el sentido ampliado de esta palabra) muy poco manoseados. Pensemos solamente en “Fire Waltz” de Mal Waldron, en “Dewey Square” de Charlie Parker o en “Step Tempest” de Herbie Nichols. Aquí no hay ostinati, pero la preocupación por la linea persiste. El asunto no es ahora cómo devanar un ovillo sino qué hacer con el despliegue del hilo en el tiempo. Aunque suelen rondar lo cuatro minutos, no podría decirse que lo temas sean breves; Jodos los hace durar exactamente lo que demanda el material con el que trabaja. Es lo que pasa, por ejemplo, en “Dewey Square”, que puede escucharse debajo.

En las posibilidades de movimiento de la línea está cifrado también el movimiento de una inteligencia musical.

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Cantar a John Cage

Hoy se cumplen 100 años del nacimiento de John Cage. No volveré a escribir lo ya escrito. Pero tampoco quería dejar pasar la fecha simbólica, ni tampoco, una vez más, poner imágenes del propio Cage o música. Este video, grabado en marzo y en inglés sin subtítulos, resulta ideal en ese sentido. Allí aparecen el director y pianista Michael Tilson Thomas y las cantantes Joan La Barbara y Jessye Norman. Hablan sobre Song Books, de Cage, que justamente La Barbara cantará en septiembre en Buenos Aires. Es una brevísima clase sobre qué hacer con una partitura indeterminada y, a su modo, también una especie de homenaje.

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El dúo

Un acontecimiento desafortunado, por no decir trágico, la muerte de la pianista Mihaela Ursuleasa que iba tocar para el Mozarteum Argentino con Sol Gabetta, coincidió casualmente con el anuncio del registro que Gabetta hizo para el sello Deutsche Grammophon con otra pianista, Hélène Grimaud.

Ya hace unos años escribí con cierto entusiasmo una nota sobre Grimaud a mitad de camino entre el perfil y la crítica; desde entonces, sin embargo, mi interés por ella decayó. Pero la presencia de Gabetta, como puede verse en el video (falta todavía para la publicación del CD), lo cambia todo. El programa incluye la Sonata para cello y piano en re menor de Debussy, la Sonata en mi menor, opus 38 de Brahms, la Sonata en re menor, op. 40 de Shostakovich y las Fantasiestücke op. 73 de Schumann.

El encuentro tuvo lugar el verano pasado en el Menuhin Festival de Gstaad. El disco tendrá el único nombre posible: DUO.

La nota blue

Ya se ha dicho casi todo sobre el sello de jazz Blue Note, empezando por esa idea –no por repetida menos cierta– de que no hay en todo su catálogo un solo disco débil. Las causas por las que el sello alcanzó semejante estatuto son diversas pero podrían simplificarse en cuatro factores que corresponden a cuatro nombres propios: la decisiones de Alfred Lion, el arte de tapa del diseñador Reid Miles, las fotos de Francis Wolff, cierta manera de grabar (y sobre todo de grabar el piano) del ingeniero Rudy van Gelder.

La fortaleza de Blue Note vuelve particularmente ardua la decisión de cuáles de sus discos editar y sin duda quienes decidieron en EMI lanzar ahora en Argentina 10 de esos registros habrán dudado bastante. Finalmente, optaron por los dos volúmenes de Miles Davis en el catálogo; Without a Song, disco póstumo de Freddie Hubbard; The Magnificent Thad Jones, de Thad Jones; Memorial Album, de Clifford Brown; Newk’s Time, de Sonny Rollins; Trompeta Toccata, del trompetista Kenny Dorham; Idle Moments, la obra maestra (junto con los registros que hizo con el organista Larry Young) del guitarrista Grant Green ; Adam’s Apple, de Wayne Shorter, que ya había tenido una edición local hace algunos años; y Free Form de otro trompetista, Donald Byrd.

Para ser honestos, mi elección habría tenido algunas diferencias (por ejemplo, la inclusión de Out to Lunch, de Eric Dolphy; de Conquistador, de Cecil Taylor, de cualquiera de Andrew Hill; o, en otro plan, de Search for the New Land, de Lee Morgan, o de Cool Struttin’ de Sonny Clark), pero eso no tiene la menor importancia. Entre los editados, me quedo con el del Dorham y el quinteto que completan Joe Henderson en saxo tenor, Tommy Flanagan en piano, Richard Davis en contrabajo y Albert Heath en batería. De ese disco, el tema “The Fox”:

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[En la foto superior se ve a Dolphy con Dorham en la sesión de grabación de Out to Lunch]

 

Hagith: el rey y la joven

Por su brevedad, Erwartung, de Arnold Schönberg, suele reclamar en los teatros líricos la compañía de otra pieza. Es una exigencia de programación porque sería imposible decir que esa obra sola no se basta a sí misma. Como sea, siempre es difícil encontrar un complemento significativo. Hace unos años, en la Ópera de Hamburgo, se les encargó a otros dos compositores la realización de una ópera protagonizada igualmente por una mujer. El programa triple recibió el nombre de “Trilogie der Frauen” (Trilogía de las mujeres) e incluía Das Gehege, de Wolfgang Rihm, y Le bal, del argentino Oscar Strasnoy.

El Colón decidó acompañar Erwartung (en la que lamentablemente no cantará Evelyn Herlitzius, reemplazada por Elena Nebera) con un título imprevisto: Hagith, del polaco Karol Szymanowski. Es mucho lo que podría decirse de Erwartung, y es probable que cada cosa que se dijera nos situaría a esta altura más lejos de la obra. Hagith es otra cosa. No repetiré lo escrito en otra parte. Pero podríamos preguntarlos cómo habría resultado esta ópera en un acto si el libreto huebiar sido de Szymanowski, escritor él mismo. Pero Szymanowski se consideraba el artista aislado de un arte aislado. Leamos lo que dice en una entrevista que le realizaron en 1932, recogida en sus escritos en inglés reunidos por Alistair Wightman: “La música suele mencionarse en el mismo aliento con el que se mencionan las otras artes, pero ella está completamente asilada en el mar de la emoción.”

Lo más importante: quien no pueda ir al teatro, tiene aquí la ópera completa. Está sin subtítulos, pero acaso Szymanowski confiaría en que, aun en su aislamiento, la música se valga por sí misma.

Klimt, artista moderno

El mundo celebrada hoy, con inusitado énfasis, el 150 aniversario del nacimiento de Gustav Klimt. La influencia de movimiento secessionista, al que él perteneció, y de su filosofía pueden medirse por el alcance de su influencia y por la manera en la que, sin proponérselo acaso, armaban sistema con otras fuerzas de la cultura vienesa de la época. de Schnitzler a Freud, de Bahr a Schönberg. Es difícil a esta altura decir algo nuevo sobre Klimt, y sería absurdo pretender que eso nuevo –en caso de descubrirse– circulara por un blog. Sin embargo, me parece interesante, como modesto homenaje, traducir un pasaje clave para comprender la técnica de Klimt del libro The Age of Insight. The Quest to Understand the Unconscious in Art, Mind, and Brain, publicado en inglés este año e inédito todavía en español, de Eric R. Kandel, Premio Nobel de Fisiología y Medicina. Las líneas se refieren al período más decisivo del artista:

“La evolución del estilo de Klimt entre los años 1898 y 1909 refleja su preocupación por ir debajo de las apariencias… Como primer paso para adentrarse en la profundidad de la conciencia, Klimt comprendió que debía superar las limitaciones inherentes a la pintura sobre lienzo. Freud podía usar metáforas para explicar cómo las fuerzas inconscientes dar forma a la conducta humana, y Schnitzler podía recurrir al monólogo interior para revelar las fuezas que actúan en sus personajes, pero para retratar la hondura de la psiquis humana en una superficie plana, de dos dimensiones, Klimt necesitaba nuevas estrategias artísticas. Para imaginarlas, buscó inspiración en un estilo pictórico mucho más antiguo, el arte bizantino. Como señaló Gombrich, la historia del arte occidental se caracteriza por un progreso sistemático hacia el realismo, la representación de un mundo creíble y tridimensional en una superficie plana y bidimensional. Klimt abandonó la realidad tridimensional por una versión moderna de la representación en dos dimensiones que caracteriza al arte bizantino. Combinó en sus pinturas zonas de figuración tridimensional con grandes áreas de ornamentación plana y dorada lo que creaba un efecto sorprendente y pictóricamente agitado que acrecienta el aura sensual y radiante de la obra.”

[La imagen superior es la sección central del Friso de Beethoven, de 1902, que acompañaba la escultura realizada por Max Klinger ]