Ante esta noticia, repetimos lo dicho hace un tiempo: En una ocurrencia ineficaz, la presidenta Kirchner bautizó la onda expansiva de la crisis financiera de Estados Unidos como efecto jazz.
Rompió así la noble tradición alcohólica de los tequilas y las caipirinhas, lo que es verdaderamente raro teniendo tan a mano el Manhattan. Este tipo frases tienden a buscar un emblema nacional. Claro que, en ese caso, podría haberse hablado de un efecto McDonald´s. Por eso es curioso que para alguien (cabeza de un gobierno que organiza conciertos oficiales en la Casa Rosada en los que jamás se programa esa música) el jazz siga funcionando como emblema de Estados Unidos. Desde ya, yo también creo que el jazz que vale la pena escuchar es el jazz norteamericano. No me refiero al jazz hecho en Estados Unidos, sino al jazz que dialoga con esa tradición. Pero, ¿en qué piensa la presidenta cuando habla de jazz? Seguramente no en Eric Dolphy, ni en Ornette Coleman, ni en Herbie Nichols, ni en Anthony Braxton. Tal vez me equivoque, pero, en sus avatares nacionales, debe estar atada más bien al recuerdo de alguna banda de Dixieland escuchada un tarde de domingo que a Gato Barbieri, Ernesto Jodos o Enrique Norris. Si estuviera un poco más informada, sabría que el efecto jazz llegó hace tiempo a estas costas. Y que sus consecuencias no tienen nada que ver con los vaivenes bursátiles.