El ojo retro

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A pocas horas de cerrar el año, les dejo esta perlita que encontré en YouTube: el arranque del programa “Sábados de la Bondad”, conducido por Leonardo Simmons.

También les dejo un desafío: ¿quién se acuerda de los nombres de los miembros del Club del 9?

Yo arranco con uno, el del corte a lo Carlitos Balá: es Miguel Lorena. ¿Y el resto? A ver si entre todos logramos “etiquetar” a lo Facebook, este video… ¿me dan una mano?

Sí, ya sé… Un párrafo aparte merece todo el despliegue de producción que implicaba hacer un programa en vivo en aquel entonces… El cableado, la superposición del locutor con los cantantes, las tomas amplias… ¡otra era!

Dicho esto, les deseo lo mejor para 2012 y ojalá sigamos, entre todos, rescatando lo mejor de nuestra infancia y nuestra juventud.

¡Feliz año nuevo!

 

 

 



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La semana pasada leía en Twitter que alguien se quejaba de las películas navideñas, considerándolas como lo peor de la Navidad.

No creo que sea para tanto.

Es cierto que, para el entrenado ojo adulto, es difícil no ver la veta marketinera en cualquier producción navideña. Pero con los chicos es otra historia. Este año la novedad se llama “Operación regalo”, así como en otros diciembres fue el turno de “El expreso polar”, “Mi pobre angelito”, o “El grinch”, entre tantas otras.

La pregunta es muy simple: ¿quién no se conmovió alguna vez en su vida con una película navideña? Puede ser que ahora me digan que no, que nada que ver, que eran un embole y cosas por el estilo.  Es respetable, claro. Pero yo sí tuve mi película navideña especial. Y me la banco.

¿Y por qué digo que fue especial? Porque hoy, mirando a la distancia, esa peli trascendió entre las demás. Pero, sobre todo, porque mi desgastado disco rígido recuerda, incluso, su canción pegadiza. A ver si alguien más canta conmigo:

“Santa Claus a todos da

cuanto puede dar,

él es todo generosidaaaaaad”.

 

Sí, me refiero a la película Santa Claus, estrenada acá a mediados de los ochenta; protagonizada por Dudley Moore y John Lithgow, ¿la recuerdan?.

Hace un par de semanas, me crucé con mi amigo Mariano Devés en Facebook y nos sorpendimos tarareándola, mientras compartíamos vivencias navideñas de antaño (aclaro que a Mariano lo conocí, como a tantos otros, a través de este blog, y aunque no nos conocemos personalmente, tenemos en común la nostalgia que nos genera nuestra infancia, lo cual es muchísimo!).

Yo no sé si esta peli fue especial para alguien más. A partir de mi charla con Mariano, descubrí que en YouTube se puede ver completa. Abajo les dejo el arranque.

Y ahora les pregunto: ¿hubo alguna película navideña que haya sido  especial para ustedes?

Nos estamos viendo!

 

 

 




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Reflotamos la sección “Coleccionistas retro” con una historia muy, muy tierna. Su autora es Lucía, hoy una mujer de 26 años, incluso madre, que -afortunadamente- continúa con su niña interior a flor de piel. Ojalá siempre sea así.

Además de compartir su historia con todos, Lucía apela a la ayuda -y la memoria- de los lectores de este blog. ¿Alguien recuerda el nombre de las muñequitas de la foto?

 

La promesa era simple y tentadora a la vez. Con cada visita al dentista (odio ir hoy en día, que tengo 26) mi papá me prometía: ” si te portas bien, te llevo a la juguetería y elegís lo que quieras”.

Una vez llegamos a la juguetería de mi barrio -un local grande y lleno de juguetes, atendido por un señor amoroso, me dejaba tocar todo, absolutamente todo ( no como las jugueterías de hoy)- y entonces las vi: recuerdo que eran tres y se vendían por separado. Yo las llamaba Naranjita, Perita y Manzanita. Jugué un montón con ellas, las llevaba al pediatra conmigo, a los cumpleaños… Incluso, una vez casi me las olvido en un parque:  mi mamá tuvo que ir corriendo y hasta pelearse con una señora que las estaba guardando en su bolso.

Las guardé como tesoros. Hoy tengo una hija que también las adora y las cuida. Son muy tiernas, inclusive tienen la ropa cosida por mi mama, de tanto que las usé  algunas ropitas se rompieron y ella me las remendaba.

Sé que a finales de los 80/ principios de los 90 eran re populares. Pero no sé su nombre exacto. Si alguien recuerda cómo se llaman realmente, sería genial.”

Gracias, Lucía, por compartir tu historia.

Los que quieran compartir historias similares, recuerden que pueden escribir a loliva@lanacion.com.ar

Buen finde!



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A pedido de público, a continuación les dejo más publicidades retro. Todas protagonizadas por gente reconocida que, en la mayoría de los casos, se hizo más reconocida todavía después de ellas.

¿Qué otras publicidades de iguales características recuerdan?

 

Carefree, con Araceli González

 

 

Jordache, con Patricia Sarán

 

 

Criollitas, con Arturo Bonín

 

 

La Malagueña, con Zulma Faiad (la lechuguita)

 

 

 



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Desde que mi hija ingresó al sinuoso territorio de la preadolescencia, me la paso escuchando temas reversionados de mi propia adolescencia e, incluso, de mi infancia. Rafaela Carrá, Flashdance, la lambada y hasta “Ritmo de la Noche” son algunos de los ritmos, temas y artistas con los que uno puede toparse en la radio teen más popular.

Así, de repente y sin aviso, la misma emisora que me acaba de taladrar el cerebro con los Teen Angels, me lleva con su música (que en otros tiempos fue “mi” música) a otros tiempos, y puedo verme mirando por primera vez “Flashdance”, o practicando los pasos de lambada con mis amigas de entonces.

A veces me pregunto si esto de viajar al pasado al ritmo de la música es algo que nos pasa a todos. No lo sé, pero me gustaría saberlo. Así que les propongo que me cuenten qué temas les gustaría volver a escuchar en la radio (y si quieren contarme hacia dónde serían transportados, ¡mucho mejor!).

Yo les dejo, a continuación, algunos de los temas que me gustaría volver a escuchar. Otro día les cuento yo hacia dónde me llevan.

Buen finde!

 

Please don’t go (Double you)

 

 

Marina (Rocco Granata)

 

 

Tú (Ten sharp)

 

 



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Como si la sociedad en la que vivimos no estimulara suficientemente la comodidad en nuestros niñitos, el mercado golosinero local cuenta con un chupetín bebible. Claro, no sea cosa que se les acalambre la lengua entre chupada y chupada.

Golosina insólita como pocas, el chupetín bebible viene, lógicamente, en botellita. Mis hijos ya lo saben: va contra mis principios comprar el chupetín en botellita. Pero lo cierto es  que también nosotros, los niños mayores de treinta, tuvimos nuestras propias golosinas insólitas, aunque lo raro residiera en otros aspectos.

 

 

A continuación, comparto con ustedes mi propia lista de golosinas insólitas. Y los invito, como siempre, a nutrirla con vuestras experiencias.

 

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Perdón por la obviedad que voy a decir, pero este post se me ocurrió comiendo un alfajor. Claro que no CUALQUIER alfajor, sino uno Blanco, de Bagley. Sí, ese que tiene pedacitos de maní pegados en la tapa superior y que mi humilde paladar considera uno de los mejores. En realidad, desde mi modesta óptica, en un hipotético ranking de alfajores, pelea el primer puesto con los de maicena.

 

 

Y eso es lo que quiero proponerles en este comienzo de fin de semana largo: una lista de los mejores alfajores que hayan probado de niños (Así que, excepto que tengan menos de doce o trece años, NO VALE EL CACHAFAZ).

A continuación va el mío. Un listado de mis alfajores favoritos, desde el más hasta el menos. Pero siempre dentro de mis favoritos.

Alfajor de maicena: a veces algo incómodo de comer frente a otros, porque puede desmigajarse con facilidad. También es cierto que la mezcla de maicena y dulce de leche suele pegarse en el paladar. Así y todo, ES MI FAVORITO.

 

Alfajor Blanco de Bagley: como ya dije, pelea el primer puesto de este ranking. Hay quienes sostienen que el Cachafaz Blanco quiso copiarlo. Muy rico tamibién, claro. Pero yo me quedo con el original.

Alfajor Terrabusi: en la variante de chocolate negro, imbatible.

 

 

Alfajor Jorgito Blanco: no sé si es merengue o azúcar impalpable lo que lo recubre. Sólo digo que “eso”, combinado con el dulce de leche y las tapas, lo ubica a la cabeza de toda la línea.

Souchard Mousse: a decir verdad, me quedo toda la vida con el relleno de dulce de leche. Sin embargo, nobleza obliga, era superior a todos los de su tipo. Una lástima que ya no exista.

Dicho todo esto, hago una aclaración: yo crecí en una época en la que tenías que viajar a Mar del Plata para comer alfajores Havanna. Increíbles, por supuesto, pero quiero decir que no formaban parte de la oferta de los kioscos. Por eso no los incluí en el ranking, porque preferí hacer foco en las marcas que nos acompañaron en el día a día y no sólo en las vacaciones.

De todas maneras, es respetable el punto de vista de @mariantv, que me cuenta, justamente, que los Havanna eran sus favoritos. @gcullentw, dice que el Terrabusi blanco era su favorito.  En tanto que @fcoel, en cambio, recuerda con nostalgia a los Souchard Mousse “que el Cachafaz no supo copiarrrrr”, agrega. Ustedes saquen sus conclusiones.

 

Ahora sí: les paso la pelota para que me cuenten ustedes cuál es su ranking de alfajores favoritos.

Buen finde!

 



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Diplodocus, Stigymoloch, Dromeosaurio, Coritosaurio, Espinosaurio, Edmontosaurio…

Sí señores: mi hijo de 5 años quiere ser paleontólogo. Se sabe cualquier cantidad de especies de dinosaurios; las clasifica según el tipo de alimentación; y hasta tiene varias hipótesis acerca de la razón por la que se extinguieron.

Pero no quiero extenderme acerca de las maravillas de mi hijo. De lo que quiero hablarles, en realidad, es de la manera en que eso se conecta con mi propia infancia, con el tiempo en el que fui chiquita y yo también  me proyectaba profesionalmente para cuando fuera grande.

Y sí: créanlo o no, la primer profesión que me atrapó seriamente a mis 7 años fue el periodismo. Eran tiempos en los que la señorita Vicenta nos daba palabras para que armáramos oraciones y yo las conectaba todas en una única historia, tratando de que el tono del relato se pareciera al de las noticias de la televisión. También contaba historias fantásticas, claro. Y leía. Me encantaba leer en voz alta.

Pero por supuesto que la paleontología es la tercer profesión que elige mi hijo. Antes quiso ser colectivero. Y carnicero.

No sé cuántas más vendrán después o si primará alguna de éstas. En cualquier caso, me encanta que en la era de la hiperconectividad a mi hijo lo seduzca la fantasía de descubrir nuevos dinosaurios, o se maraville ante el acto de manejar un colectivo. Y ahora que lo pienso, algo similar le pasa a mi hija mayor que, a pasitos de terminar la primaria, dice que quiere ser maestra.

Lo que quiero decir es que, más allá de que el día de mañana se dediquen a la informática, a la física cuántica o dominen el arte de cortar bifes anchos, es gratificante saber que hoy tienen una buena conexión con el mundo que los rodea: el de la infancia. Ese tiempo en el que el sueño de ser colectivero, bombero, doctor, veterinario o docente sigue cotizando en alza como cuando nosotros éramos chicos. ¿Será que, aunque el mundo cambie, siempre habrá un espacio para que las generaciones que vengan jueguen a la mamá, a la maestra o al colectivero? No sé ustedes, pero yo, obviamente, espero que sí.

Esta semana pregunté en Twitter por las profesiones que elegíamos de chicos. @solo_carito me cuenta que, en su caso, había dicho que quería ser psicóloga o psiquiatra “para ayudar a la gente”. Y que se le cumplió. “Psi soy, si ayudo queda a criterio de los demás”, agrega.

Y ahora les pregunto: ¿qué querían ser cuando fueran grandes?

Buen finde.

PD: Ojalá disfruten los videos que siguen…

 

 

 

 

 

 



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Desde hace bastante tiempo, la nota infaltable del día después del comienzo de la primavera es la de la violencia y el descontrol de los jóvenes en los espacios públicos. Una pena.

La estación “del amor, los pajariiiiiiitos y las florciiiiiiitas”, como diría el humorista Mario Sánchez arranca justito el día en el que también se homenajea a los estudiantes. Y ayer, mientras me informaba sobre el recuento de jóvenes heridos y detenidos durante la jornada anterior, hice toda la memoria que pude, les juro, pero no recordé un solo incidente en los años en los que me tocó festejar el día del estudiante, allá no tan lejos, a principios de los noventa. ¡Qué bien la pasábamos!

No me corresponde a mí ensayar teorías acerca de la degradación social o la pérdida de valores. Sí les propongo, en cambio, que compartamos recuerdos acerca de aquellos festejos. Recordar mis propios picnics de primavera me conectó con una época maravillosa y me dejó una sensación de nostalgia placentera. Ojalá que a ustedes les pase lo mismo.

Esta semana, como ya es costumbre, pregunté en Twitter sobre aquellos festejos de primavera. @solo_carito recordó a sus compañeros de colegio y los picnics en algún pedazo de pasto, excepto por un año en el que, al parecer, fue en el cementerio de la Recoleta. @tatogr1 recuerda que festejaba en el parque Scweld, en El Dorado, Misiones, a orillas del Paraná. “Iban todos los colegios, música, juegos, desfile de carrozas, elección de la reina de la primavera. Para no olvidar jamás. Nada de violencia ni drogas. Todavía mantienen esa tradición.”

Y ustedes: ¿cómo y en dónde recibían a la primavera en sus tiempos de estudiantes?

Ahora me despido, dejándoles un tema que sonaba bastante en aquella época.

Buen finde.

 



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Es probable que si alguno de mis hijos lee este post, se me venga la noche.

Porque yo, la que tiene un NO rotundo para cada vez que me piden una mascota, quiero hablarles de lo feliz que fui con ellas.  Con su compañía. Con su amor incondicional. ¿Cómo no hablarles de mascotas cuando, a lo largo de mi infancia y buena parte de mi adolescencia, compartí mi vida con perros, conejos, pajaritos, codornices, gallinas, peces y hasta un pichón de halcón?

Claro que, de todos ellos, algunos fueron más especiales que otros.

 

 

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