El amplificador

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Y cuando estábamos con las distorsiones al palo y los pelos bien largos y gritábamos bien fuerte nuestro descontento (o estábamos con el pelito taza bailando en las discos inglesas) aparece este güero del desierto, un cowboy del hip-hop, un tipo con un gorrito de esos con los que ibas a Bariloche (con pompón y todo) que revisa los discos viejos y los mete en un lavarropas, que saca de una tienda de empeño instrumentos (reales y virtuales) ajenos al rock y que toma prestados sonidos de todos lados para un todo novedoso. Trancurre 1994 y un pibe de 23 años patea el tablero con un disco debut notable llamado Mellow Gold, y un video en el que dice “Soy un perdedor, nena, ¿por qué no me matás?” Y uno se convence de que hay otra cosa en el mundo del rock, un lugar al que este pibe llegó y que resume un montón de cosas que teníamos a mano y no nos dábamos cuenta. Loser es la canción que sintetizaba todo ello, una mezcla de hip-hop y aires de blues rural que irrumpió con todo gracias a un video de bajo costo realizado por Steve Hanft.



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Esta es una sección que trataremos de alimentar semanalmente, por lo que también espero vuestras sugerencias, hermanos míos. Para comenzar, elegí una balada que afirmó definitivamente como compositor a Lionel Richie y le dio un empujón para despegar e iniciar una carrera solista. Richie era uno de los integrantes de The Commodores, una de las exitosas agrupaciones de música soul surgidas de las entrañas del sello Motown a finales de los 60. Oriundos de Alabama, The Commodores ya eran altamente reconocidos cuando utilizan, en 1977, la canción Easy como single para su quinto álbum de estudio, una historia de ruptura de pareja en la voz de un hombre dolido. Enteramente compuesta por Richie, el tema se transforma inmediatamente en un éxito rotundo.

Una década y media más tarde, Faith No More grabó la canción durante la realización del disco Angel Dust (1992). Easy fue también lanzado como single, con el recordado video de los travestis. Y, por supuesto, también fue un éxito insoslayable. La canción sólo fue  incluida en la edición europea de Angel Dust y en compilados posteriores.

Faith No More respetó casi a rajatabla la versión original, tanto en la tonalidad como en las intensidades y las sutilezas. Apenas omite unos ornamentaciones de viento y el salto de un semitono, ambas sobre el final de la canción original, lo que además hace que la grabada por FNM dure un minuto menos.

En este caso, la canción de los Commodores que les dejo es una versión acortada por un fade, que utilizaron posteriormente para sucesivos greatest hits. Aquí están. Comparen y disfruten:




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Más allá de la inmediata comparación con los White Stripes o la Jon Spencer Blues Explosion, por formato y hasta por un asociación sónica (el culto a lo valvular, por ejemplo), The Black Keys utiliza todas las herramientas a su alcance de tanto haber bebido las aguas de Motown, del catálogo de Chess y de la psicodelia del amanecer sesentista. Brothers, el último disco del dúo, lanzado el año último, pero de reciente edición local, tiene una paleta de colores e influencias tan rica que escucharlo una y otra vez sirve como ejercicio para la memoria auditiva. De hecho, recurrieron a los célebres estudios Muscle Shoals, en Alabama, donde desde fines de los 60 en adelante grabaron las más grandes celebridades del rock, el folk y el soul.

En Everlasting Light, el primer tema, por ejemplo, lo valvular y lo comprimido son gran contraste para un falsete encantador. Más percusivo que melódico, es un comienzo alentador. En Next Girl se encuentran esos giros vocales heredados de la música negra y amplificados en su momento, por ejemplo, por Dave Mason en Traffic. Eso me viene a la mente al escuchar esta pieza densa y humeante.

Tigthen Up consta de tres partes diferenciadas: la canción, en sí misma, es un paraíso de dolor soul que se corta con un riff festivo que sirve de estribillo. Sobre el final, es como si la pieza se traspolara unas décadas más adelante. Gran acierto. She’s Long Gone parece construida alrededor de un riff de corte zeppeliniano, con la densidad de la tracción a sangre.

Black Mud es un furioso cóctel de psicodelia y garage instrumental, zapada ciento por ciento. The Only One es tan meloso como atrapante, tal vez por el efecto circular del órgano y una guitarra en disonancia que te baja a tierra. Too Afraid To Love You te transporta a las cicatrices del soul, al James Brown de los primeros discos. Aquel de Out Of Sight o Raw Soul. Ten Cent Pistol escupe un blues de infidelidad y Sinister Kid te remonta al Sticky Fingers de los Stones (el de Can You Hear Me Knocking, por ejemplo). ¿Querés más evidencia de su amor por el soul? Hay una versión tan fidedigna de Never Gonna Give You Up, de Jerry Butler, que te obliga a mirar el reproductor en busca de la púa sobre el vinilo. Unknown Brother es otro hito que le hubiese gustado cantar al Jagger de los comienzos.

El sonido del pasado y el presente. Eso es The Black Keys. Tipos que parecen reducir la tecnología disponible hasta dejar desnudo un soul que te parte el ídem.

 



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The Verve Pipe es una banda de Michigan, noventosa por donde se la mire, con la impronta de los que se entusiasmaron con el verano grunge, pero llegaron tarde. Liderada por el cantante y guitarrista Brian Vander Ark, se formaron en 1992 y aún siguen en la ruta, aunque de la formación original, además del mencionado, sólo continúa el baterista Dan Brown. Con su disco debut, Pop Smear (1993), generaron cierto entusiasmo, por lo que firmaron con el sello RCA para sacar su siguiente álbum, Villains (1995). A fines de la década publicaron un trabajo titulado The Verve Pipe, pero el panorama ya había cambiado y ya sonaban un tanto repetitivos. Es justamente este último disco, de 1999, donde apunta mi capricho noventoso de hoy. El tema elegido es Hero, que tiene todos los condimentos para ser un gran hit, aunque el video es bastante ramplón.



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En estos días estuve leyendo Vida, las memorias de Keith Richards que publicó en español la editorial Global Rhythm y hace poco llegó a las librerías de nuestro país. Por supuesto que es apasionante, tanto como la que escribió Ron Wood no hace mucho. Todo lo que se imaginen está contado con lujo de detalles. Lo que más me llamó la atención fue la frialdad y el desprecio con el que se refiere a Brian Jones, con quien compartía una relación de amor-odio (aunque al final, sólo fue lo segundo). La pintura que hace Richards de su colega, cofundador de los Rolling Stones y miembro estable durante los primeros siete años de vida, es implacable: lo describe como un tipo con ínfulas de divo, ventajero, colgado, violento e insoportable.

“Lo que resultaba cómico de él eran sus delirios de grandeza, incluso antes de hacerse famoso. Por alguna extraña razón creía que los Stones era su banda. La primera muestra de las aspiraciones de Brian fue descubrir en nuestra primera gira que sacaba cinco libras más a la semana que el resto porque había logrado convencer a Eric Easton de que él era nuestro [líder], cuando nosotros funcionábamos sobre la base de que todo se repartía en partes iguales (…)”

“Nunca he conocido a nadie a quien la fama lo afectara tanto: en cuanto tuvimos un par de éxitos, ¡zas, se creyó que era Venus y Júpiter todo en uno! Tenía un complejo de inferioridad tremendo en el que ninguno había reparado.”

“(…) a lo largo de los siguientes tres o cuatro años de partirnos los cuernos en la carretera, a mediados de los sesenta, no pudimos contar con él para nada: siempre estaba completamente ido, y eso que era un intelectual, un filósofo místico. (…) y se convirtió en un verdadero tormento, ago así como un apéndice podrido. Cuando tienes que pasarte 350 día al año en la carretera, si encima vas arrastrando un peso muerto, al final la cosa se pone bastante fea.”

“Seguramente lo que sacó de quicio a Brian fue que Mick y yo empezáramos a escribir canciones: perdió primero el estatus y luego el interés. Venir al estudio a aprenderse una canción que habíamos escrito Mick y yo lo deprimía; para Brian era una herida abierta (…)”

Estos son algunos de los pasajes en los que Richards se refiere despiadadamente a Jones. Por supuesto, también cuenta con pelos y señales cómo fue que le quitó a Jones a su novia, Anita Pallenberg. Con ella, Richards terminó teniendo un romance de años (con hijos incluidos), un vínculo que también se hizo profundo por el enganche de ambos con la heroína.

El caso, tan sinceramente brutal como realista, me recuerda al de Pink Floyd con Syd Barrett, narrado por el baterista Nick Mason en su fantástica autobiografía. En el caso de Waters, Gilmour y compañía, la desvinculación de Barrett se dio de manera espontánea una tarde en la que debían pasarlo a buscar para ir a tocar. Ya hartos de Barrett y sus demonios, los otros Pink Floyd decidieron obviar esa parada rumbo al concierto. Barrett nunca más volvió. Según cuenta Richards, ya estaban probando a Mick Taylor como su sustituto cuando decidieron con Jagger ir a enfrentar la situación: “La cosa había llegado a un punto en que era imposible seguir así, con lo cual Mick y yo nos fuimos para la casa de Brian. Nos apetecía un carajo aquel encuentro, pero agarramos el coche, nos plantamos allí y le dijimos: Oye, Brian, se acabó.

Tres semanas más tarde estaban grabando con Taylor en el estudio. “Nos llamaron por teléfono: hay una grabación de un minuto y treinta segundos de I Don’t Know Why, una canción de Stevie Wonder, que se corta porque sonó el teléfono y nos dijeron que Brian había muerto.”

Los dejo con Ruby Tuesday, una canción que Richards dice que escribió para Linda Keith, “la primera chica que me rompió el corazón”. En el video, de 1967, de El Show de Ed Sullivan, Richards y Jones están juntos y la frescura de la banda es palpable, casi tanto como los gritos de las chicas.



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Aquí vuelvo con algunos de los últimos lanzamientos interesantes que pueden conseguirse en las cada vez menor cantidad de disquerías que nos quedan, arrrrrgentinos.

Bob Marley and The Wailers – Live Forever – Universal

El 23 de septiembre de 1980 el reggae ya había trascendido todas las fronteras y Bob Marley era su principal estandarte. Ese día, junto con los Wailers, llevó sus canciones al Stanley Theatre, en Pittsburgh, donde realizó un concierto memorable: sería el último show. Marley sabía desde hacía unos años que el cáncer que tenía era incurable. Así y todo siguió adelante dejando una obra inolvidable. En ese momento, estaba fresco el lanzamiento de Uprising, que sería su último trabajo de estudio (Marley moriría el 11 de mayo de 1981). En este álbum doble hay tres canciones de Uprising: dos hitos como Redemption Song y Coming In From The Cold y uno con menos difusión, como Work. Después, los clásicos de siempre. Un show impecable pese a que en los días previos su deteriorada salud puso en duda la actuación. Marley puso su fe y su fortaleza por encima de todo. Y el resultado, por suerte, quedó registrado en esta obra.

Morcheeba – Blood Like Lemonade – Random Records

Los hermanos Godfrey recuperaron a su perla, Skye Edwards. Después de intentar con Daisey Martey (Antidote, 2005) y con un surtido de vocalistas (Dive Deep, 2008), reconquistaron a su viejo amor. Ya el espíritu soul y downtempo de Crimson, el primer tema, te lleva a otra dimensión. O el narcotrip instrumental de Mandala. O el acústico I Am The Spring. Este álbum los muestra como si nada de agua hubiera corrido bajo el puente. Fuertes en su fórmula de claves menores y bases virales. Morcheeba está de vuelta, con formación completa. Siempre es una apuesta segura.

Mike + The Mechanics – The Road – Sony Music

Mike Rutherford inició este camino a mediados de los 80, cuando Phil Collins frizó Genesis para seguir un camino en solitario. Mike convocó a un grupo de mecánicos ingleses: el tecladista y cantante Paul Carrack (ex Ace y Squeeze), el cantante Paul Young (ex Sad Cafe), el tecladista Adrian Lee (hoy es productor y compositor de soundtracks) y el baterista Peter van Hooke (ex acompañante de Van Morrison). Siempre a bordo de un rock suave, propicio para esas FM soft (inolvidable el tema Silent Running, que aquí sirvió como música para la publicidad de Multimint). Hoy, varios discos después, en una carrera intermitente, Rutherford es el único que sigue en pie con el proyecto que decidió reactivar (Young murió en 2000). Se rodeó de jóvenes entusiastas y editó The Road, que va por la misma línea de rock/pop de sintetizadores y obsesivos arreglos. Lo acompañan el guitarrista Anthony Drennan (colaborador con Genesis), el baterista Gary Wallis (giró con el Pink Floyd post Waters), el tecladista Luke Juby (tocó con Mika) y los cantantes Andrew Roachford y Tim Hower. El tema clave: Heaven Doesn’t Care.

 



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En 1994 David Byrne ya era un señor del rock y del pop. Incluso más allá de Talking Heads. Sus trabajos solistas venía muy bien, con Rei Momo se había dedicado a explorar los ritmos latinos, algo que nunca abandonó. El capricho de hoy es para reivindicar a su disco de 1994, titulado simplemente David Byrne, un trabajo castigado y tildado de desparejo. Tal vez lo sea, pero siempre tuve gran aprecio por este álbum, incluso en detrimento de aquellos en los que jugaba más con otros ritmos. Siempre me gustó más Byrne cuando experimentó con ritmos que enriquecían su visión del rock y no cuando directamente se dedicó a hacer, por ejemplo, música latina. Pues bien, este disco de tapa negra, con su figura pelilarga en la portada, producido por Arto Lindsay, significó otra ruta que se abría en el camino de un rock dominado por el grunge de un lado y el brit pop del otro.

En esta canción que les dejo, Nothing At All, había algo irónico, algo sofisticado y algo desquiciado en Byrne que siempre me produjo un gran magnetismo. Los silencios, esos silencios en los que los acordes un tanto distantes se cortaban y entraban con un jugueteo encantador. Y es la parte final, respaldada en acordes sucios, en el teclado de John Medeski y en un solo de guitarra enloquecido que la canción cobra real dimensión. Aquí va mi capricho noventoso de hoy…



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Mi primera mirada hacia el disco, sin abrirlo ni tener una mísera referencia, fue de desconfianza, aunque cuando vi el sello de Ultrapop, entendí que era aval suficiente para tener esperanzas de un buen álbum. Y The Fitzcarraldo Sessions superó todas las expectativas hasta convertirse en uno de los discos que más escuché en lo que va del año. Los hermanos franceses Arnaud y Thierry Mazurel formaron, a mediados de los 90, Jack The Ripper, una banda oscura en consonancia con su musa inspiradora: Nick Cave. Si bien el grupo discontinuó su funcionamiento, algunos de sus miembros empujaron un proyecto de una gran ambición artística: convocaron timbres, voces y colores tan diversos (al igual que los lugares de grabación, como París, Bruselas, Arizona o Grecia) que encontraron un cobijo musical maravilloso. El resultado fue We Hear Voices!, un álbum al que se puede ingresar desde diferentes ángulos, todos ellos de una riqueza irrefutable.

La sencillez de la mandolina, el ukelele y la armónica oficia de anfitrión en Alice & Lewis (soon will come too soon), donde los integrantes del multicultural grupo Moriarty brindan el sello de una superbanda acústica.

Les Méfiants posee la delicada elegancia de Stuart Staples, de la banda británica Tindersticks. Un sombrío romanticismo en el que la voz oscila entre la sofisticación de Cohen y la elegancia de Bowie y las guitarras manejan una opresiva belleza (es loco, pero algo me lleva a la oscuridad de los uruguayos Buenos Muchachos).

The Gambler (nada que ver con el clásico de Kenny Rogers) está al borde del scat, aunque las palabras de Phoebe Killdeer (vocalista de los Short Straws) son clarísimas cuando hablar de arder. El contrabajo lleva la batuta hasta convertirlo en un infernal viaje, como si el LSD hubiera entrado en los bares sórdidos de la Norteamérica de los años 30.

Dominique A irrumpe en L’Inestable con el primer aroma francés: la melancolía de esos acordes menores empujados por un violín criminal.

Una mandolina es preludio para la voz del cantante francés Syd Matters (su canto es en inglés y su registro está entre Tom Chaplin y Matthew Bellamy). Waves es un viaje sin percusiones, enteramente de cuerdas, con la sola irrupción de una mansa trompeta.

Lips Of Oblivion tiene una intro en la que trompeta y trombón (by Kropol, de Mano Negra) interactúan con un toque casi étnico. Hasta que Blaine Reininger, de Tuxedomoon, pone su timbre barítono al servicio de una pieza ciento por ciento Nick Cave (y que nos recuerda, por qué no, a nuestros talentosos y añorados Reincidentes), uno de los puntos más altos del disco.

As You Sleep Away (holding pattern), con Joey Burns, de Calexico, y una pieza cuyo crescendo le brinda una épica distintiva al trabajo global. I, Ignorist es otro de los mojones indispensables del trabajo. Los coros y ecos, el trabajo vocal del inglés Paul Carter (de Flotation Toy Warning), casi una pieza gregoriana. Animosity vuelve a virar hacia el pop británico, con la colaboración del cantante irlandés Craig Walker. Drawing Down The Water es la delicadeza que aporta el grupo francés 21 Love Hotel y un  e-bow, un theremín y una trompeta como leves elementos de ruptura. All The Mirrors Are Covered By Snow es un cierre delicioso y tenebroso, donde vuelve el espíritu de Cave (y algo de Tom Waits, por qué no) de la mano del español Abel Hernández.

The Fitzcarraldo Sessions es un proyecto sorprendentemente bello, con un seleccionado de músicos que rara vez están en la superficie. Y que por suerte se ha editado en la Argentina.

 

 



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PJ Harvey maravilla porque llega a estados donde todo se reduce a ruido y la furia. Allí donde otros agregan capas y capas, la Harvey las quita cual cebolla hasta dejar la canción en carne viva. Y entonces surgen discos como Let England Shake, que, como los anteriores, son disparadores de conmoción. Apenas rodeada por un puñadito de colegas habituales, como John Parish, Mick Harvey (de los Bad Seeds de Nick Cave) y el baterista francés Jean-Marc Butty (de la banda belga Venus), PJ produjo un álbum desgarrador, una observación dolorosamente crítica de su país, Inglaterra, una pintura antibelicista que se dirige puntualmente a la Primera Guerra Mundial, pero que sirve de metáfora de la actualidad. Aquí, algunos apuntes tema por tema.

Let England Shake: tiene algo desesperado en la voz, con un el xilofón que escala y guía. El estribillo tiene algo desolador con el apoyo de un lejano saxofón.

The Last Living Rose: esa guitarra limpita y cercana con aires a Off He Goes, de Pearl Jam. Y otra vez el saxofón, que aquí se pone al frente. Y la bruma que llega desde las montañas.

The Glorious Land: los bajos de un Rhodes, los cornetines que indican el avance de la tropa, una guitarra que arremete empujada por un ritmo que marca que Inglaterra no fue arado por máquinas agrícolas sino por tanques, que no fue sembrado con trigo y maíz, y cuyo fruto son niños huérfanos y deformes.

The Words That Maketh Murder: tiene un ritmo cuya percusión maneja el contagio. Arroja sobre el tapete las palabras que describen a un asesino. Los coros de Parish y Harvey, al natural, son clave.

All And Everyone: una pieza sombríamente bella sobre la muerte, en la que no habría estado de más Lou Reed y sus guitarras sangrantes.

On Battleship Hill: tiene algo de guitarras gitanas, tiene algo de ceremonia ancestral (con PJ estirando su registro hasta el cielo) y tiene unos sutiles movimientos de piano de Mick Harvey (pequeños, casi al pasar) que te elevan.

England: tan brutalmente sincero como su nombre, es casi un confesional y descarnado y desgarrado vínculo personal con su país.

In The Dark Places: es un baldazo de rutinas con un estribillo maravilloso apuntalado por un saxofón.

Bitter Branches: esencia punk en la onda Patti Smith, pero con batería soft, casi de escobillas.

Hanging In The Wire: un dueto vocal con Harvey varón y el piano marca el ritmo de la suavidad con que los acantilados reciben el zumbido de los disparos.

Written On The Forehead: las invasiones por el petróleo y la codicia, en esos países donde la mayoría pobre tiene el destino escrito en la frente. El groove apura un coro que insta: Let it Burn!, con un oportuno sampleo de Blood & Fire, del jamaiquino Niney The Observer.

The Colour Of The Earth: destinado a villancico tradicional, recuerdos de trinchera. Y el horror… ahí nomás en una canción.

“Gran parte de mi trabajo se ha referido a lo interior, lo emocional, lo que pasa dentro de uno. Esta vez he mirado hacia afuera. No sólo a lo que sucede en Inglaterra, sino al mundo y los asuntos que ocurren día a día. Pero siempre desde el punto de vista del ser humano, porque no me siento calificada para cantar desde un lugar político”, le explicó hace poco a la BBC.

La geografía, la historia, las miserias y los olores de Inglaterra pintados sobre un lienzo severo, dramático y poético. PJ Harvey lo logró. Otra vez.

 

 



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nikitanipone Nikita Nipone es una banda entrañable, hilarante, potente, sardónica y… oscura, bien oscurita cuando quiere, como en El extranjero, el notable nuevo disco de estos parias del rock argentino, que no están en ninguna vidriera de las que exhiben los modelitos nuevos y clásicos del género.

Va queriendo tiene yeites de guitarra y un organillo bien sixty, un clima que continúa en No me importa el qué dirán, con arreglos beat y la voz de De Caro. El lóbrego Apagar el motor, con un bajo que gruñe como en un shuffle bien british. Tiene esa oscuridad que en la voz de De Caro se emparenta, por ejemplo, a piezas de culto de La Doblada. Apagar el motor es uno de los caballitos de batalla del álbum, una historia tramada en una habitación de ventanas cerradas, mientras afuera la claridad espera para asfixiarte. Dime lo que hiciste es un slow tempo de guitarras flotantes y con un verso impactante: “En la lucha entre el amor y el poder/ ya sabés quién va a perder”. Analía es otro capítulo entre las tinieblas de una relación noctámbula y sin paz.

Si Opciones sube el tiempo y pone en la palestra la historia de un tilingo, Año febril es una psicodélica pieza que expone pensamientos urbanos… digamos… poco optimistas. La canción que da nombre al disco es un onírico recuento de los obstáculos idiomáticos del turista, y un botón más de muestra del interesantísimo y sutil entretejido de guitarras que gobierna el disco (más un arreglo coral de Onda Vaga).

Manchando mi nombre es un distorsionado vals y Otra mujer loca es un zeppeliniano trompazo de riffs donde el órgano tiene su merecido lugar en el frente de batalla, en el que las palabras tienen la musicalidad que la canción pide. El punto más furibundo abre paso a un final más amable (Mi territorio), con unos arreglos de voces que tan bien logran.

El extranjero muestra cómo Nikita Nipone puede conducir su cinismo y su morbosidad hacia sitios donde la complacencia no existe. Y suenan muy muy bien. Degustemos algunas canciones…