Rodrigo Guerra fue parte de ese viaje fundamental para la música argentina que fue la Pequeña Orquesta Reincidentes. Desarmado aquel proyecto, motorizó La Quimera del Tango, un trío guitarrero que entró en el dos por cuatro por el costado más sardónico. Ahora, este trovador encara la senda del rock más crudo y salvaje en formato de desnudo trío (con Rafa Franceschelli en bajo y Lautaro Cottet en batería), Guerra y todo, un vendaval de canciones secas y furibundas que remiten al rock argentino fines 80/principios 90, con claras influencias del post-punk revitalizado por Don Cornelio y la Zona y hasta por los primeros y entrañables momentos de vida de Las Pelotas. La poética y las melodías se toman de la mano y cierran los ojos para zambullirse en aguas oscuras y densas. Abre con Abismo, un reggae sucio que muta en un viaje a cientos de kilómetros por hora (hay algo del primigenio Todos Tus Muertos aquí). Mil pesos muertos apura una base rapidita que inspira a moverse hacia un lado y a otro y donde la guitarra despide furia en el estribillo y cierto desencanto el resto de la canción.
Un tono agresivo empuja desde Borrega, un rock de los cojones que crece en intensidad cuando el solo de Guerra pide pista como una navaja. Girasoles trae cierta calma, como si uno anduviera caminando por montes, hasta que esa guitarra vuelve a cortar el aire de manera desoladora. Los negros de los paraguas es una advertencia cuasi murguera (“Con los negros de los paraguas no hay que joder/son más pobres que nosotros, andá a saber”) y le abre paso a Mariposa en el radiador, un reggae con la cadencia de Cristóforo Cacarnú, de Divididos (ese delay…). Un anciano estibador se convierte en un apacible y minimalista relato de soledad. Así se desmorona mi fe es dominado por el instinto del reggae en la base y unas guitarras que entran y salen creando un clima de dura melancolía. Los vuelos de la muerte (título tristemente célebre en este país) es un virulento y estremecedor rock que te emociona sin necesidad de, líricamente, caer en clisés o golpes bajos. Una muestra contundente y con altura de abordar la crueldad humana. Hay una entrañable zamba, Palomar, y otro de esos rocks rígidos penumbrosos como Ruta del hambre. El final es salvaje y distorsionado: Silencio estruendo.
Hay algo clave (más allá de la poética, que ya se conoce de las anteriores aventuras de Guerra) para que Guerra y todo funcione y se distinga de las miles de propuestas rockeras que andan dando vuelta. Como trío sin más aditivos que sus propios tres integrantes (guitarra, bajo, batería), la gran diferencia la marca la versatilidad del propio Guerra en la guitarra, la capacidad de inventar acordes y arreglos que suenan a dolor nocturno, a madrugada de miradas que te acuchillan, al rugido que sólo oyen los que están por vaciar su copa y ven que el sol, ese maldito cobarde, vuelve a convertir tu carroza en calabaza.
15.09.2010
12:39 am
Qué buen Disco!!!!!!!!!!
Y excelente nota!!!!!!!!
16.09.2010
8:35 am
Soy un gran fan de P.O.R. y sigo a sus integrantes en cada proyecto. Este en particular no fui a verlo todavia, pero me dieron muchas ganas, el proyecto tanguero estaba muy bueno. Otra banda para recomendar es Acorazado Potentnik (o algo asi) que es la banda del guitarrista de POR. muy power trio.