El daño del patrimonio natural es irreparable

¿Cuándo será el día que la clase dirigente discuta y debata con los vecinos aquellos proyectos con los cuales sueñan con cambiarles la vida? ¿Se darán cuenta de que ahorrarán dinero y esfuerzo si los cambios trascendentales para la vida cotidiana se realizan con un relativo consenso social? Obviamente que nunca va a haber un 100% de acuerdo. No vivimos en el mundo ideal, pero cuando de proyectos ambientales y sustentables se trata, una de las variabales a tener en cuenta es el factor social en el que se desarrollan.

Hay veces que hasta parece una torpeza el modo en que se presentan trabajos y obras que cambiarán paisajes y formas de moverse. Un caso para analizar en estos días es el de la transformación que se piensa (y se ejecuta) para la 9 de Julio, en Buenos Aires. La instalación de un metrobús requiere el trasplante de 277 árboles con una edad promedio de 40 años. ¿Era necesario hacerlo? ¿Dónde serán relocalizados? ¿Por qué se traza un medio de transporte en superficie cuando corre por debajo de la avenida más ancha del mundo un subte que hace el mismo recorrido? Ya que se va a hacer semejante obra ¿por qué no se instala un tranvía eléctrico que genera menos emisiones y siempre contaminará menos que los colectivos?

Todas estas preguntas son las que los gobernantes y proyectistas deberían explicar a los vecinos. Sumadas, obviamente, al cuidado y el destino de los cientos de palos borracho, tipas y ceibos que se están corriendo de lugar.

¿Qué pasa que los vecinos sólo se enteran de lo que está pasando cuando salen a la noche y ven cómo empezaron a podar y trasplantar los árboles? ¿No es la ciudad de Buenos Aires uno de los distritos del país que ha instrumentado un proceso de descentralización? ¿Dónde están los gobiernos comunales discutiendo con los vecinos iniciativas de esta envergadura? ¿No es necesario una audiencia pública? ¿A cuántos expertos se consultó?

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