Cuando los olores ayudan a esclarecer crímenes

 

Observar en detalle una escena del crimen, levantar todos los indicios posibles, realizar mediciones, todo sirve para reconstruir el hecho. Pero de lo que poco se sabe aunque aporta mucho es de la posibilidad de resolver crímenes a partir de los olores en el lugar de los hechos.

La ciencia que trabaja con este sentido es la odorología forense, que se sirve de perros para detectar los olores que pueden llegar a dar con el culpable, por ejemplo, de un homicidio.

Esta semana el médico Mario Rosillo, único especialista en esta técnica en la Argentina, recibió en el Senado el premio Domingo Faustino Sarmiento por su aporte a las Ciencias Forenses.

Rosillo explicó en una entrevista con la agencia Télam que la práctica es utilizada por el FBI y por algunas policías europeas, y aclaró que en el país está siendo desarrollada en las provincias de Río Negro y Corrientes.

“El olor humano es único en cada persona, como el ADN y las huellas dactilares, y cada persona nace con un determinado número de bacterias que se juntan con las escamaciones epiteliales que tiene cada uno”, explicó Rosillo.

¿Cómo se hace el peritaje?

La pericia consiste en levantar el olor con gasas calientes (a no más de 72 horas de ocurrido un hecho), de los lugares u objetos que se crea que puedan haber sido utilizados por el autor del crimen. Luego se ponen en frascos esterilizados de vidrio y se depositan en un banco de olor.


Cuando aparece un sospechoso, el cotejo es similar a una ronda de reconocimiento: se ubican cinco frascos en una sala determinada con olores testigos que se sacan de las manos y el del acusado.
El perro tiene que oler primero el olor de la escena del crimen. Después pasa a oler los otros frascos y cuando encuentra el que coincide con el de la escena del crimen, se sienta en el frasco. La prueba se hace con tres perros y el procedimiento se repite cambiando el orden de los frascos. La pericia se considera completa cuando la elección del frasco se confirma tres veces.