Lectura recomendada: El Clan Puccio, de Rodolfo Palacios

“Me gusta preguntarle a la gente si me tiene miedo. Por todas las boludeces que se dijeron de mí. Ando por la calle y los encaro. Muchos se cagan de risa. Señora, ¿sabe quién soy? Pibito ¿sabe quién soy? Carnicero ¿me tiene visto de algún lado? Amigo ¿nunca vio una foto mía en los diarios? Señorita ¿le han hablado de mí? Y cuando les digo quién soy, muchos se caen de culo. Otros ni me conocen. Pero todos ven algo: soy inofensivo. Un viejo choto de 82 años”

Las palabras pertenecen a Arquímedes Puccio y son parte de una entrevista que le realizó Rodolfo Palacios, autor de El Clan Puccio (Planeta). Este es el libro que recomendamos esta semana.

El libro de Palacios cuenta en detalle todo lo que se supo sobre los secuestros llevados a cabo por el Clan. Estas historias van intercalándose con fragmentos de los diferentes encuentros que el autor tuvo con Arquímedes, un personaje siniestro que murió en 2013 sin haber admitido culpa sobre ninguno de los delitos que se le imputaron.

Sobre el autor: Rodolfo Palacios nació el 22 octubre de 1977 en Mar del Plata. Es periodista desde 1995. Trabajó en el diario La Razón y en las secciones policiales de los diarios El Atlántico de Mar del Plata, Perfil y Crítica de la Argentina. Colaboró en La Maga, Playboy, Caras y Caretas, Brando, Ñ, Muy Interesante, 7 Días, Orsai y en la revista Society de París. Fue subeditor de Información General de la revista Noticias y secretario de Redacción de la revista El Guardián. En la beca Clarín se desempeñó en Policiales. Realizó la investigación periodística para la serie Historia de un clan y formó parte del equipo autoral. Además escribió los libros El Ángel Negro, vida de Robledo Puch, asesino serial; Pasiones que matan, 13 crímenes argentinos, Adorables criaturas, crónicas grotescas de ladrones y asesinos; Conchita, el hombre que no amaba a las mujeres y Sin armas ni rencores, el robo al banco Río contado por sus autores. También es autor de dos biografías de la colección 200 argentinos, vida, pasión y muerte (1810-2010), dirigida por Jorge Lanata para la revista Veintitrés. Trabajó como editor en los libros Paracaídas & Vueltas, de Andrés Calamaro, y Senderos extraviados, de Enrique Symns.

 Hoy también se estrena la película de Pablo Trapero sobre esta familia que en la década del 80 secuestró y asesinó a varias personas. No se la pierdan! 

 

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Gatillo Fácil: una novela gráfica sobre el caso de Fernando Carrera

En nuestra sección de lectura recomendada, les sugerimos hoy Gatillo Fácil, una novela gráfica que cuenta como relato non fiction el caso de Fernando Carrera, un hombre que fue condenado a 30 años de prisión por una causa que luego se denunció que fue armada por la policía.

El libro Gatillo Fácil , que ya puede conseguirse en librerías, combina dibujos, texto y material de la causa judicial y de la investigación periodística. Sus autores son Pablo Galfré, Karin Lisnovetzki y Sergio Ibáñez.

Los hechos por los cuales Carrera fue acusado ocurrieron el 25 de enero de 2005 en lo que se conoció como la Masacre de Pompeya. A las 13.50, tres peatones que cruzaban la avenida Sáenz, en el semáforo de Esquiú, en Pompeya, murieron al ser atropellados por el automóvil que manejaba Fernando Carrera cuando huía de la policía .

Según lo que contó Carrera, la policía lo confundió con un ladrón al que estaban buscando. Un grupo de efectivos policiales vestidos de civil que manejaba un Peugeot 504 negro sin ningún tipo de identificación policial intentó detenerlo realizando disparos, ocho de los cuales lo hirieron.

Con esas heridas, Carrera realizó tres cuadras en contramando en una avenida del barrio de Pompeya, atropellando a tres personas que fallecieron. Carrera asegura que el disparo le hizo perder el control de su auto, por lo que luego chocó contra otro vehículo y fue nuevamente baleado por la policía.

La versión de los hechos que mantuvo la policía fue otra: se habló de un tiroteo entre ambos autos y no hubo acuerdo sobre si Carrera estaba “inconsciente, consciente, semiconsciente” luego de los primeros disparos de la policía.

El caso de Carrera fue utilizado para la realización del documental “El Rati Horror Show”, de Enrique Piñeyro. Allí se presentaron las denuncias de irregularidades en la investigación que terminó condenando a Carrera por un hecho del que él siempre aseguró ser inocente.

 

 

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Ángeles Rawson: comenzó el juicio

Ayer comenzó el juicio por el crimen de Ángeles Rawson, la adolescente de 16 años que fue asesinada en junio de 2013. Les comparto una cronología de los hechos.

Sobre este tipo de crímenes, junto con Javier Sinay, María Helena Ripetta, Cecilicia Di Lodovico, Claudio Marazzita, y Federico Fahsbender publicamos hace un año el libro Ángeles: mujeres jóvenes víctimas de la violencia (Editorial Del Empedrado). Allí Fahsbender cuenta detalles del caso de la joven Rawson, muy interesante para ponerse al día con la información ahora que comenzó el debate oral que tiene como único acusado al portero Jorge Mangeri.

Si quieren saber más sobre este libro, pueden hacer click acá y de paso leer un fragmento del capítulo sobre Ángeles.

 

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Error de cálculo: nueva novela policial del forense Gastón Intelisano

Una familia aparece asesinada en su propia casa. Hay puñaladas, hay disparos, hay cuerpos carbonizados. La intimidad de un hogar se ha vuelto pública: se ha transformado en una escena del crimen, en el espacio en el que los especialistas que comanda Santiago Soler buscarán huellas, rastros, indicios que permitan configurar quién llevó a cabo el asesinato y cómo lo hizo. El crimen, sin embargo, no parece simple de resolver: las víctimas no tenían enemigos aparentes, sino, por el contrario, una reputación intachable, el respeto y la consideración de sus allegados. Además, comienzan a sucederse una serie de secuestros relacionados con el caso, lo que hace que la resolución se vuelva urgente, imperiosa, necesaria: los secuestradores se regodean enviando videos snuff en los que se ve con claridad cómo matan a las mujeres que tienen cautivas. En medio de esta vertiginosa sucesión de acontecimientos, Santiago Soler deberá unir la meticulosidad y la calma de la ciencia forense con la acción de quien no tiene tiempo de medir consecuencias. El análisis de rastros y las autopsias con las persecuciones y los disparos. El otro extremo de la piel se llevó hacia atrás, como cuando se da vuelta una media, y entonces apareció el cráneo de un blanco amarillento. Luego, encendieron la sierra eléctrica circular, que emitió un sonido mezcla de torno y taladro. Cuando los dientes de la máquina tocaron el hueso craneal, una nube de polvo blanco flotó en el aire de la sala.
Gastón Intelisano, a través Santiago Soler, personaje y álter ego, con la minuciosidad y precisión de las descripciones, con la inquietante acción a cada página, ha inaugurado un nuevo territorio a explorar en el policial argentino: el cuerpo.

Gastón Intelisano es licenciado en Criminalística, técnico radiólogo y oficial del Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires. Trabaja como técnico forense en la morgue de Lomas de ZAmora y es parte del Servicio de Anatomía Patológica del Hosptila Municipal de Vicente López. Error de Cálculo (Ed. Vestales) es su tercera novela y ya puede conseguirse en librerías.

En Crónicas del Crimen entrevistamos a Intelisano cuando publicó su primera novela. Si querés leer esa entrevista, hacé click acá.

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El Petiso Orejudo: nuevas teorías sobre el mítico personaje del crimen argentino

Cayetano Santos Godino, más conocido como el Petiso Orejudo, se convirtió en un personaje mítico en la historia criminal argentina tras su detención en el año 1912. A él se le adjudican cuatro homicidios de niños y siete tentativas. El niño de orejas aladas pasó a ser el “monstruo” cuya figura usaban los padres para asustar a sus hijos a la hora de comer.

Pero para el historiador Leonel Contreras, no todos los crímenes que se le atribuyeron fueron cometidos por él. Contreras sostiene en especial que el crimen de Arturo Laurora, pariente lejano del historiador, habría sido cometido por una banda de pedófilos.

Esta hipótesis es la que investigó en su nuevo libro El Petiso Orejudo, documento final. El crimen de Arturo Laurora y el origen de la leyenda (Editorial Dunken).

A continuación, una breve entrevista con el autor:

¿Cómo surge la idea de escribir un nuevo libro sobre el Petiso Orejudo?

Leonel Contreras: Yo me crié en el barrio de Parque Patricios, escuchando las historias del Petiso Orejudo de boca de mi abuela, con el agregado importante de que encima una de sus víctimas, Arturo Laurora había sido familiar nuestro. Durante mucho tiempo, distintos autores hicieron mención al crimen de Laurora como “extraño” al menos y como muy dudosa la autoría del Petiso en el mismo. Por ese motivo, sentí que debía investigar sobre mi vínculo con Arturo y la posibilidad concreta de que el Petiso no hubiese sido el autor de su muerte: “Petiso Orejudo: documento final” es por eso un libro en parte autobiográfico.

¿De dónde sale la hipótesis de que el homicidio de Arturo Laurora no haya sido cometido por él?

L.C: Existen muchos datos que indican que el Petiso Orejudo no mató a Laurora: dos hombres de clase alta claramente identificados investigaban acerca de locales y casas para alquilar. Estos hombres abordaban a Laurora. ¿Con qué fin? Eran delincuentes (uno de ellos entrega incluso una dirección falsa), aunque no sabemos con exactitud en que constituía el delito que pretendían cometer. Ellos le ofrecen una propuesta a Laurora (a cambio de dinero) y éste primero no acepta. Sin embargo, cuando Arturo aparece muerto tenía la plata en el bolsillo del pantalón, o sea que “el negocio” se había concretado. Todo esto está confirmado, sumado a que Godino durante mucho tiempo se desligó de ese crimen que él mismo se había adjudicado en un primer momento. Pienso que de saber en que consistía la “propuesta” (Laurora decía que solo le ofrecían dinero para que los acompañara a X calle), calculo que estaríamos resolviendo buena parte del misterio.

¿Creés que alrededor de Cayetano Santos Godino se construyó una especie de mito? ¿Por qué?

L.C: A pesar de que la vida de Godino y sus delitos están en buena parte bien documentados, posteriormente a su detención se creó en torno a su figura la leyenda del “gran asesino serial argentino”. Fue tan terrible el crimen cometido contra el menor Jesualdo Giordano (estrangulado y con un clavo en su cabeza) y este impactó en tal manera en la sociedad porteña, que poco bastó para convertirlo al Petiso en el monstruo gótico que necesitaba Buenos Aires. Su figura se utilizó durante años por los padres porteños para asustar a los chicos a la hora de comer. Esto era lo que había vivido mi abuela, que nació en 1919, siete años después de la detención del Petiso y que sin embargo, lo sentía como contemporáneo.

¿Qué descubriste durante tu investigación? ¿Cómo es investigar una serie de crímenes de hace 100 años? ¿Con qué herramientas trabajaste?

L.C: Al terminar mi investigación llegué a la conclusión de que Laurora fue asesinado por una banda vinculada a la pedofilia y que quizás el Petiso sintió cierta “atracción” por este crimen y por ese motivo a fines de 1912 comenzó a operar con el modus operandi de estrangulamiento con un piolín (nos referimos a las tentativas contra Russo, Ghittoni y Neolener y el asesinato de Jesualdo Giordano entre noviembre y diciembre del ‘12). Esa es mi hipótesis. Además, en lo personal descubrí que mi parentezco con Laurora era mucho más cercano de lo que yo pensaba, ya que al momento del crimen mi bisabuelo vivía en la misma casa que el hermano de Margarita Rossi, la mamá de Laurora. O sea que esto debe haber impactado de sobremanera en la familia. Por eso mi abuela siempre lo tenía tan presente. Es muy difícil investigar sobre un tema policial ocurrido hace más de 100 años. A uno siempre le gustaría tener más herramientas. Por suerte existe el legajo del Archivo General de Tribunales, donde está todo lo relativo a la causa y hay un cuerpo que se constituyó especialmente con el asesinato de Laurora.

 

La presentación del libro es el sábado 18 en la Sede del Distrito del Polo Tecnológico de la CABA, ex Confitería del Jardín Zoo del Sur (dentro del Parque de los Patricios), entrada por Av. Caseros 3250 y Almafuerte.

A las 18 hs. hay una charla del Lic. Luis Disanto: “El Petiso Orejudo y otros homicidas seriales ‘avant la lettre’”. A las 19 hs. el relanzamiento de “La leyenda del Petiso Orejudo” (Ladevi Ediciones) y la presentación de “Petiso Orejudo: documento final” (Editorial Dunken). El evento es organizado por el Ateneo de Estudios Históricos de Parque de los Patricios.

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Presentan Juniors, la historia silenciada del autor de la primera masacre escolar de Latinoamérica

Hoy a las 21.30 en El Quetzal, Guatemala 4516, en Palermo, presentan el libro Juniors, la historia silenciada del autor de la primera masacre escolar de Latinoamérica (Ed. Letras del Sur). A 10 años del caso conocido como la Masacre de Patagones, en donde un joven de 15 años mató a tres compañeros de la escuela e hirió a otros cinco, Pablo Morosi y Miguel Braillard cuentan en su libro detalles de este hecho que conmocionó a todo el país.

Los autores trabajaron con los expedientes judiciales y entrevistas a víctimas, familiares, testigos, docentes, profesionales y funcionarios.

“Este trabajo no sólo tiene la intención de repasar las circunstancias que llevaron al protagonista a cometer el múltiple crimen, sino que también se propone como material de estudio para diversas disciplinas interesadas en este tipo de sucesos como: Pedagogía, Psicología, Derecho, Comunicación y Trabajo social, entre otras. El acontecimiento relatado atravesó todas las clases sociales e involucró a gran parte de la comunidad teniendo como eje un flagelo que a todos nos preocupa y ocupa: la violencia social que padecemos”

Más información sobre el evento: hacé click acá.

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Ángeles, mujeres jóvenes víctimas de la violencia, en el BAN!

El libro “Angeles – Mujeres jóvenes víctimas de la violencia” (Ediciones Del Empedrado) será el eje de una mesa redonda con debate posterior que se llevará a cabo el sábado 2 de agosto a las 16, en el marco del Festival Buenos Aires Negra 2014 (BAN!), con entrada libre y gratuita.

La charla-debate, presentada como “Angeles y otros femicidios” estará a cargo de los coautores María Helena Ripetta y Javier Sinay y del editor Norberto Chab.

El Festival Internacional de Novela Policial se llevará a cabo entre el 1 y el 9 de agosto, en el Centro Cultural Gral. San Martín, con la presencia de escritores extranjeros como Petros Markaris (Grecia), Fernando Marías (España) y Cecilia González (México) y argentinos como Alvaro Abós, Horacio Convertini, Juan Sasturain, Eduardo Sacheri, Luisa Valenzuela y Ernesto Mallo, entre otros.

“Angeles – Mujeres jóvenes víctimas de la violencia” es un libro surgido a partir del crimen de la adolescente Angeles Rawson, en el que seis periodistas reconstruyen los crímenes de ocho mujeres jóvenes, entre ellos el de Ángeles Rawson, la adolescente asesinada el año pasado.

Los casos abordados son: Candela Sol Rodríguez (por Cecilia Di Lodovico), Lucila Yaconis (por María Helena Ripetta), María Soledad Morales (entrevistas a cargo de Claudio Marazzita), Marianela Rago (por Federico Fahsbender), Natalia Melmann (por Federico Fahsbender), Paulina Lebbos (por Sol Amaya) y Solange Grabenheimer (por Javier Sinay), además de Angeles Rawson (por Federico Fahsbender), el crimen que mantiene una infortunada actualidad por sus implicancias judiciales.

Más información sobre el Festival Buenos Aires Negra 2014: hacé click acá

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Selva Almada: “Las mujeres tenemos que dejar de criar misóginos y de tolerar el sistema patriarcal”

Andrea Danne, 19 años, asesinada en su casa en Entre Ríos en 1986.

María Luisa Quevedo, 15 años, asesinada en Chaco en 1983.

Sarita Mundín, asesinada en Córdoba en 1988.

Tres mujeres jóvenes asesinadas mucho antes de que usáramos la palabra femicidio para este tipo de crímenes. Tres muertes producto de una violencia de la que no se hablaba casi nada, esa violencia puntual que se ejerce contra las mujeres. Tres crímenes impunes.

A Selva Almada estos casos, que conoció en su adolescencia, le quedaron resonando en la cabeza. Por eso decidió plasmarlos en su libro Chicas muertas (Literatura Random House).

“Cuando empecé a pensar en el libro, quería rescatar estos tres casos, creo que mi idea iba más por el lado de la crónica policial. Pero a medida que me fui metiendo en la escritura me fui dando cuenta de que no iba por ahí, de que lo que quería contar era otra cosa, más íntima, y era mi relación con la violencia contra las mujeres, mi propia experiencia siendo una mujer joven, de clase media baja, en la provincia”, explica la autora.

Pasaron muchos años y cientos de mujeres fueron asesinadas. Muchos de esos crímenes no fueron resueltos, incluso aquellos que tuvieron mucha difusión en los medios. ¿Cambió el panorama de la década del ochenta a hoy? Tal vez haya más consciencia de lo que es la violencia de género, pero para Selva Almada, todavía hay mucho por hacer.

“La educación en la familia y en la escuela desde la infancia es fundamental: las mujeres tenemos que dejar de criar misóginos y de tolerar el sistema patriarcal”, dice la escritora.

-¿Cómo surge la idea de escribir este libro?

-Uno de los casos, el de Andrea, ocurrió en un pueblo vecino al mío. Recuerdo que causó mucha conmoción, yo me sentí particularmente impactada. Con los años, supe que lo mismo les había pasado a otras mujeres de mi generación: sin saberlo o sin terminar de comprenderlo, muchas de nosotras nos estábamos desayunando de que existía un tipo de violencia puntual, la que se ejerce sobre las mujeres, y nos estábamos enterando de la manera más brutal, es decir el asesinato de una chica más o menos de nuestra edad. Así que la historia de Andrea estuvo siempre presente. Y cuando empecé a escribir, esa historia aparecía, incluso la abordo en forma de relato y ficcionada en un libro de cuentos. En algún momento empecé a pensar que tenía que escribirla pero ya no desde la ficción, que esa historia tenía que circular, tenía que conocerse, que era lo único que yo podía hacer para que no se perdiera la memoria de esta chica asesinada. Entonces me enteré del caso de María Luisa, más o menos de la misma época, y después del de Sarita. Todos en los años ochenta, todas adolescentes. Ahí me di cuenta de que tenía un corpus, que podía armar un proyecto y lo hice y lo presenté al Fondo de la Artes y me dieron una beca con la que pude hacer parte del trabajo de campo. A partir de ese material podía empezar a escribir un libro.

-¿Por qué elegiste particularmente estos tres casos?

-Los elegí porque ocurrieron en los años ochenta, en el interior del país; porque los tres quedaron impunes; porque nunca saltaron a la primera plana nacional. Eran casos desconocidos fuera de las provincias donde ocurrieron, no fueron casos mediáticos. Ellas eran adolescentes cuando las mataron y yo era adolescente en la misma época.

-Estos tres casos ocurrieron en un contexto en el cual no se conocía la palabra “femicidio” y poco –o nada- se hablaba de violencia de género ¿Es lo que quisiste manifestar al escribir estas historias?

-No, no se hablaba de violencia de género, mucho menos de femicidio. De hecho, no hace muchos años que los medios de comunicación incorporaron esta palabra a su vocabulario: todavía se decía “crimen pasional” en estos casos. No se hablaba del tema, pero obviamente existía. Y no se hablaba de esto porque estaba tan naturalizado que parecía parte de la cotidiana de ser una mujer. Cuando empecé a pensar en el libro, quería rescatar estos tres casos, creo que mi idea iba más por el lado de la crónica policial. Pero a medida que me fui metiendo en la escritura me fui dando cuenta de que no iba por ahí, de que el libro no pretendía ser un policial ni un ensayo sobre violencia de género ni una investigación periodística. Que lo que quería contar era otra cosa, más íntima, si querés, y era mi relación con la violencia contra las mujeres, mi propia experiencia siendo una mujer joven, de clase media baja, en la provincia. Y cómo, en cierto modo y aunque terminara de darme cuenta muchísimos años después, el asesinato de Andrea había sido una suerte de revelación de esa trama para mí.

-¿Cuáles son los puntos en común de estos tres casos, más allá de tratarse de tres mujeres asesinadas?

-Bueno, como te decía: mujeres muy jóvenes, de clase baja o media baja, de la misma generación, provincianas y con el mismo tremendo destino: la muerte y la impunidad, la falta de justicia. Contar sus historias es también contar una época, la manera muy precaria en la que se investigaba, la poca importancia que se le daban a estas muertes porque antes que nada se sospechaba de la propia víctima: era liberal, era una chinita que andaba con varios, la habrá matado un noviecito, era una puta.

-¿Pensás que si esos crímenes hubieran ocurrido en los años recientes se habría detenido a los asesinos, o al menos las investigaciones hubieran sido más minuciosas?

-No lo sé. Lamentablemente tenemos una mirada desconfiada de la justicia que está avalada por los hechos. Después de Andrea, María Luisa y Sarita fueron asesinadas cientos de otras mujeres y probablemente muchos de estos casos no se resolvieron, siguen impunes. Incluso hay muchos casos que han sido muy mediáticos como el de Nora Dalmasso, por ejemplo, que también sigue impune. Es decir que la denuncia, que estas historias capten el interés de los medios y de los ciudadanos tampoco es garantía de que vayan a encontrar justicia.

-¿Cómo fue el proceso de investigación? ¿Hubo obstáculos?

-No, no hubo obstáculos. Los familiares que colaboraron con el libro tuvieron la mejor predisposición y a los que no quisieron colaborar los respeté en su decisión, por supuesto. Los jueces también accedieron a darme entrevistas, a facilitarme el acceso a los expedientes. No, en ese sentido no tuve ningún problema.

-A la hora de pensar el título del libro ¿Cómo fue que decidiste llamarlo “Chicas muertas”?

Al principio era un título en la intimidad, nombrar el proyecto así para mí y para los amigos: sí, estoy laburando en el libro de las chicas muertas. Después empecé a pensar que el título era ese. A veces dudaba porque me parecía demasiado fuerte, demasiado directo. Finalmente cuando lo hablé con mi editora ella estuvo de acuerdo. Nos pareció que de este modo el libro iba directamente al grano desde la primera frase que es el título: era como decir: están matando mujeres, esto está lleno de muertas, hagámonos cargo.

-¿Creés que hoy hay mayor conciencia de lo que es la violencia de género? ¿Creés que se avanzó en ese sentido, que la situación de las mujeres mejoró?

-Hoy existen organismos que se ocupan de atender las denuncias, hay campañas que alertan contra la violencia de género, se habla un poco más del tema, hay leyes que castigan con más dureza a un femicida… pero todavía las mujeres estamos a la intemperie. Creo que la educación en la familia y en la escuela desde la infancia es fundamental: las mujeres tenemos que dejar de criar misóginos y de tolerar el sistema patriarcal.

Sobre la autora:  nació en Entre Ríos en 1973. Además de Chicas muertas, Selva Almada publicó El viento que arrasa (2012) ,el e-book Intemec (2012) Una chica de provincia (2007), Niños (2005) Mal de muñecas (2003).

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Lectura recomendada: Ángeles, mujeres jóvenes víctimas de la violencia

Seis periodistas jóvenes reconstruyeron ocho casos de crímenes cuyas víctimas fueron mujeres jóvenes. El resultado fue el libro Ángeles, mujeres jóvenes víctimas de la violencia. Los autores: Javier Sinay, Claudio Marazzita, María Helena Ripetta, Cecilia Di Lodovico, Federico Fahsbender y Sol Amaya.

El libro reúne casos que tuvieron un fuerte impacto en la sociedad y en su mayoría no fueron resueltos. Los crímenes que forman parte de este libro son el de Ángeles Rawson, Solange Grabenheimer, Paulina Lebbos, María Soledad Morales, Natalia Melmann, Marianela Rago, Candela Sol Rodríguez y Lucila Yaconis.

¿Qué paso con estas jóvenes mujeres? ¿En qué estado están las investigaciones? ¿Se pudo hacer justicia? ¿Cómo sobrellevan las familias estas trágicas pérdidas?

Las respuestas a estos interrogantes fueron plasmadas en este libro, que estará disponible en librerías la semana próxima. El próximo sábado 22 de febrero se presentará en Espacio Clarín en Mar del Plata, a las 19 horas. 

Aquí, un fragmento del caso Ángeles Rawson:

(Autor: Federico Fahsbender)

Ángeles Rawson fue la adolescente más tristemente célebre de 2013: ningún noticiero habló de otra cosa en las semanas que siguieron a su muerte. El 10 de junio de ese año, su familia, encabezada por su abuela, María Inés Castelli, había enfrentado a las cámaras para pedir ayuda tras su desaparición. Su foto, un perfil sonriente, empezaba a multiplicarse a través de las redes sociales. Era una cara atractiva, fácil de recordar. (…) La chica -el mejor promedio en el cuarto año del Instituto Virgen del Valle, un colegio católico de Belgrano- había ido ese lunes por la mañana a su clase de gimnasia en el campo de deportes de su escuela, junto a la planta procesadora del CEAMSE en Colegiales. Tras esa clase, Ángeles no volvió a entrar a su departamento en la planta baja de la calle Ravignani 2360, en el barrio de Palermo. Alguien se interpuso en el camino.
Hija de padres divorciados, convivía con una familia ensamblada: su madre, María Elena Aduriz, empleada administrativa en la empresa de fumigaciones de su hermano; su hermano mayor, Juan Cruz Rawson, estudiante; su padrastro, Sergio Opatowski, un pescador profesional que había sido despedido de su trabajo el año anterior y vivía de rentas de dos departamentos y Axel, hijo de Sergio de un matrimonio anterior, de 17 años. Jerónimo Villafañe, hijo de una relación previa de María Elena, cajero del Banco Galicia, había dejado la casa dos años antes. Franklin, su padre, ingeniero, había vuelto a formar pareja. En la tarde de ese día, la ausencia de Ángeles -que no respondía a llamados en su celular, que no había sido vista por nadie se había vuelto evidente.

(…) El Virgen del Valle -un colegio chico, tradicional de la clase media de Belgrano y Palermo- cerró dos días por duelo. Ángeles tenía el mejor promedio en toda la institución, un nueve, pero no era su rendimiento académico lo que la destacaba. “Tenía una voz muy suave, delicada. Cantó en varios actos”, recuerda una directiva del lugar. Juan Cruz, en un momento, mostró a un periodista una cartuchera de CDs de su hermana, con bandas como Linkin Park y Evanescence, sus preferidas. “¿Vos tenés forma de llegar a los grupos? Quiero grabar un video homenaje con la música de ellos, ella los amaba, estudiaba canto con una profesora acá cerca. Mumi quería ser cantante y soñaba con eso”, dijo.

(…) Las declaraciones testimoniales de Juan Cruz y Jerónimo ante la fiscal Asaro fueron quizás el mejor retrato de la joven. Jerónimo, tras dejar la casa familiar, volvía de visita una vez por semana.

Describió a su hermanastra como “una persona bastante introvertida fuera de su familia y sus amigos, aunque dentro de su entorno era muy contenedora, divina, divertida, despierta, responsable.  Si Ángeles tenía que ponerse firme en su postura alguna diferencia o conflicto, lo hacía, no era sumisa”. Dijo que jamás la vio confrontar con Opatowski, y que si discutía con su mamá, no la contradecía ni intentaba imponerse: apenas se ponía a llorar.

Juan Cruz, según Jerónimo, era mucho más temperamental, capaz de golpear con el puño la pared de su casa tras discutir con su madre, aunque jamás fue violento con su familia. Y el hermano mayor también era un pilar en su casa: se vistió más de una vez con saco y corbata para oficiar de promotor en el lanzamiento de un microemprendimiento de Maria Elena que no prosperó. También hacía su propia historieta al estilo japonés en su notebook. El día del funeral de Ángeles, usó un saco negro de poliéster con una remera de dos dragones rodeando el símbolo del ying-yang. Y fue él quien introdujoa Ángeles y Axel en el cosplay, en el juego de disfrazarse como héroes de los dibujos animados de Oriente, la mayor afición de la chica. “Team Saint Seiya”, se hacían llamar con Ángeles y Axel junto a otros amigos, en honor a Los Caballeros del Zodíaco, su serie favorita, para llenar de amigos el living del departamento en Ravignani los fines de semana. Ahí, confeccionaban trajes elaborados y armaduras, pelucas, un juego infantil e inofensivo. No era una rareza lo que hacían: el cosplay y el animé están entre los cultos adolescentes más visibles en Buenos Aires, con convenciones masivas frecuentes y reuniones en el Jardín Japonés. En esa escena, Ángeles era una suerte de celebridad.

(…) Lucas Eliel Sosa, un ex novio de Ángeles de 26 años, no estuvo en la mira de la Justicia. Había salido con él por pocas semanas en noviembre de 2012, “para probar”, como declararon sus hermanos.

María Elena no se había espantado tampoco de que su hija adolescente saliese con un hombre diez años mayor. Empleado en la fumigadora familiar, Lucas era un atleta eximio. La madre de la chica, ávida nadadora, charlaba sobre deporte con él con frecuencia.
Ángeles misma terminó la relación, no estaba convencida. Tiempo después, comenzó a salir con un chico del Virgen del Valle, Nahuel, dos años mayor. Los dos corrieron a Ravignani tras enterarse de la desaparición.
Hubo otro chico, el último amor de Ángeles, un chico de catorce años llamado Magno, que apenas había comenzado a conocer. Magno tampoco estuvo bajo sospecha.

(…) Los hermanos Rawson crecieron bajo un régimen judicial, el esquema de visitas acordado tras la separación de sus padres, una ruptura que fue en buenos términos. (…) Y lo que rodea a Franklin Justo Rawson y su impronta indican una vida y un pensamiento típicos de la clase patricia porteña: ingeniero con credenciales educativas como la Universidad Católica Argentina según su currículum online, tuvo cargos jerárquicos en empresas como Roche y Techint. Aficionado al rugby –fue capitán en el equipo de veteranos del exclusivo club La Salle- y a los desfiles militares; hasta tuvo un sitio de venta de vinos de pequeñas bodegas por Internet. Algunos lo describen como una figura seca, severa y a la vez tranquila en la vida de sus hijos. Antes de separarse, la familia había vivido en un departamento de Belgrano, cerca del ex Instituto Geográfico Militar.

(…) Detenido automáticamente tras su declaración testimonial el 14 de junio, su aparición marcó un giro dramático en la causa. Mangeri había visto desde la vereda, con gesto casual, cómo la Policía irrumpía dentro del departamento de los Rawson para allanarlo la misma noche del funeral. Nunca se había llevado mal con la familia, realmente. En su declaración, Juan Cruz lo describió como alguien “macanudo”, siempre servicial, que hasta tuvo una llave del departamento de la familia antes de que cambiaran la cerradura en 2012. (…) En su cuadra de la calle Ravignani, nadie tenía nada excepcional que decir sobre él tampoco.

Todos describían a un portero que lavaba obsesivamente su Renault Megane los fines de semana, que hacía trabajos de albañilería para sus vecinos y piropeaba chicas desde la vereda de vez en cuando. Pero el viernes 14 mismo, Diana Saettone recibió un llamado desconcertante.
Jorge García -un portero amigo de su marido, a cargo de un edificio en Barrio Norte- le comentó que Mangeri lo había visitado “hecho una piltrafa”, llorando sin parar. Algo no estaba bien.

(…) Al portero Mangeri, lo mejor que le pasó en su vida fue ser portero. Había llegado a Ravignani doce años atrás, a través de un familiar lejano de su mujer que administraba el edificio. Nunca fue parte de la vida política del SUTERH, del poderoso sindicato de porteros al que pertenecía, de sus elecciones internas, pero le gustaba disfrutar de sus beneficios. Nunca faltaba a la cena masiva que ofrecía el gremio a sus afiliados para fin de año. El sindicato le proveyó casa, una cobertura de salud, y hasta la chance de viajar a los centros vacacionales del sindicato en provincias como San Luis. Era un cambio: hasta ese entonces, Mangeri jamás había ido más allá de la provincia de Buenos Aires. Venía del barrio Muñiz en San Miguel; ahí se crió en una casa con pasillo al fondo junto a dos hermanos, hijo de Antonio, un albañil y Norma, ama de casa.

(…) Nunca terminó la secundaria. Toda su vida se dedicó a trabajar: de adolescente, como asistente en una panadería; más tarde, en una tornería. Su padre, Antonio, albañil, murió por problemas cardíacos luego de una vida de cigarrillos y esfuerzo físico. “Le explotó el corazón”, relatan en San Miguel. Sus padres se separaron cuando tenía 25 años. El portero le recriminó durante años a su mamá el hecho de que dejase morir a Antonio sin compañía, en una relación que se volvió fría con los años. Al morir Ángeles Rawson, Norma seguía ahí, en la casa al fondo del pasillo.

(…) Diana recuerda la relación de su marido con su sobrino Lorenzo, una suerte de hijo para ellos, que compartía fines de semana enteros y hasta dormía entre ella y Mangeri.
Lorenzo era celíaco: frente a él, el portero nunca se atrevió a comer una factura o un pan. Y el chico resumía todas las esperanzas de la pareja, en cierta forma: nunca pudieron tener hijos, debido a un problema congénito en Diana, que fue diagnosticada hace cinco años de un cáncer de tiroides, algo que eliminó cualquier chance de quedar embarazada. Intentaron con tratamientos, que no funcionaron.

Al momento del crimen, Diana y el portero no habían resignado el deseo de ser padres: ya habían comenzado a informarse para el largo trámite de adoptar un hijo. “Hay una burocracia terrible. No es que vas y listo. Pero sí, estábamos con eso, teníamos esa ilusión”, dice Saettone.

(…) Mangeri se había instalado en Los Troncos poco después de la separación de sus padres para trabajar con un tío diariero como canillita. Diana ya tenía un kiosco-almacén. Mangeri la visitaba ahí, intentando cortejarla. Cuando llegaba y veía que ella no estaba, compraba un sobrecito de champú para disimular. No le servía de mucho; ya en ese entonces se había quedado calvo. El cortejo resultó: ya portero en Ravignani, se casó en el 2003 con Diana en la parroquia Purísima Concepción de Pacheco. Carlos y la madre de Diana, Salvadora, fueron los padrinos. Norma, la madre de Mangeri, no estuvo en la ceremonia. Hasta el momento del crimen, los padres de Diana no la habían conocido. La distancia se mantenía. Y con su mujer, era protector al extremo, algo que se volvió más notorio tras el diagnóstico de cáncer. Salvadora cuenta: “A veces no la deja ir sola a hacer los mandados por miedo a que se caiga o le pase algo”. Para Diana, eso es un ejemplo de la caballerosidad de su marido: “Todavía en la cárcel me corre la silla cuando me siento”.

(…) El portero panzón de camisa y pantalones Ombú, calvo y buenote, el mismo que abrazaba a sus sobrinos en fotos íntimas y videos extraídos de Facebook y reproducidos en cada revista y noticiero, ya no existe: Mangeri perdió veinte kilos en sus primeros seis meses de cárcel. Bajo un régimen de resguardo impuesto judicialmente, no puede transitar solo los pasillos cuando va a sus tratamientos bisemanales de contención con una psicóloga -jamás había hecho terapia antes en su vida-, o cuando va a las salas de visitas para encontrarse con su mujer y llorarle en el hombro. (…) Comparte su encierro con presos famosos como José Ángel Pedraza, alojado en Ezeiza por la muerte del militante socialista Mariano Ferreyra, y Eduardo Vázquez, ex baterista de Callejeros, condenado por la muerte de 194 personas en la masacre de Cromañón y por incendiar a su propia esposa, Wanda Taddei. Pedraza y Vázquez lo apoyan, lo animan, lo tratan con afecto, le piden que coma, que le va a hacer bien, lo alientan para que no pierda el ánimo. En el pabellón, el portero les retribuye cocinando pizza de vez en cuando.

(…) En octubre del 2013, Diana todavía vivía en el departamento del octavo piso en el edificio de Ravignani, reservado al portero. Las aberturas fueron renovadas por Mangeri poco antes del crimen, las paredes repintadas, los escalones rotos reparados con cemento. Diana, acompañada de su hermana Susana, casi idéntica a ella, pasaba tardes encendiéndole velas a la Virgen de San Nicolás, jugando con sus sobrinos que la visitaban. La temperatura mediática del caso había bajado; ya no era invitada con tanta frecuencia a defender a su marido en los programas de televisión. Ya no trabajaba en ese entonces, gozaba de una licencia: Diana limpiaba pisos en el Instituto de Menores Manuel Rocca. Dice que los chicos detenidos siempre la trataron con respeto, que el miedo que experimentó al comenzar a trabajar ahí no le duró demasiado. Durante los últimos 5 años, mantuvo a raya a su cáncer de tiroides, del cual no está completamente curada. La medicación del tratamiento le provocó una arritmia cardíaca. Su fragilidad física fue siempre la debilidad de su marido.

Mangeri, en sus pocas entrevistas a la prensa, negó una y otra vez que fuese culpable, aún con las pruebas apiladas en su contra. Hay voces ligadas al expediente que dicen que, si es en verdad culpable, solo confesará el día que muera su mujer.

(…) (Ricardo) Canaletti reconoce: “Una noche a la salida del canal me suena el celular y escucho: ‘Soy Berni, quiero hablar con vos.

Dijiste en Telenoche una cosa que no es así. Diste a entender que nosotros tenemos una inclinación para ocultar a la familia’.Yo le digo: ‘Pagaste el entierro’. Él responde: Sí, pero se lo hacemos a mucha gente. Me dijo que le pagó un alojamiento porque les había allanado la casa. Y me pregunta: “Che, ¿qué onda esta mujer que apareció?” Ese, para mí, era el verdadero sentido de la llamada”.
Esa mujer a la que refiere Canaletti, que llamaba desde del sur del país, fue el centro de una polémica que terminó en un fiasco judicial.

La mujer contactó a los estudios de TN, luego a una productora de Canaletti, para revelar que habría visto a Opatowski teniendo una sugestiva y airada discusión con Ángeles en el edificio. Desde el canal, no quisieron arriesgarse a lanzar el testimonio al aire. Enviárselo al abogado Lanusse fue el paso siguiente. Este testimonio motivó que, en plena noche, todos los ocupantes del edificio de Ravignani, ancianos incluidos, fuesen cargados en combi en plena noche para declarar en Tribunales. Tampoco sirvió de nada. Nadie reconoció haber visto una discusión así. La mujer fue imputada por falso testimonio, el equivalente procesal de una torta en la cara.

(ver publicación original en diario Perfil)

 

Concurso literario para el Festival Azabache 2014

El momento más esperado del año para todos los fanáticos de la literatura y el periodismo policial llegará en mayo. Del 16 al 19 se llevará a cabo en Mar del Plata la 4ta edición del Festival Azabache. Por eso, ya se lanzó el concurso literario del que pueden participar autores de cualquier nacionalidad con novelas originales e inéditas, escritas en castellano que no hayan sido premiadas anteriormente.

El jurado estará integrado por Guillermo Martínez, Fernanda García Lao y Mariano Quiroz (ganador del Concurso Azabache de Novela 2013), quienes recibirán las novelas seleccionadas por el Prejurado dirigido por Mauro De Ángelis y Jorge Chiesa.
El plazo de admisión de originales finalizará el día 21 de marzo y el material debe ser enviado a “Biblioteca Marechal”, Catamarca y 25 de mayo, (7600) Mar del Plata, Argentina, o entregado en la misma de lunes a viernes de 9 a 21 y sábados de 10 a 16. En el sobre deberá figurar: “PREMIO DE NOVELA FESTIVAL AZABACHE 2014″.
La obra ganadora será publicada por la Editorial EDUVIM, bajo las condiciones y plazos que dicha editorial determine. El jurado se reserva el derecho de sugerir una segunda novela para su publicación.

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