Lectura recomendada: Vidas en suspenso, jóvenes y violencia institucional

Nuestra lectura recomendada de hoy es Vidas en suspenso: jóvenes y violencia institucional, libro escrito por la periodista María Florencia Alcaraz. El libro cuenta las historias de Luciano Arruga, Kevin, Iván, Bruno, y muchos otros jóvenes víctimas de violaciones a los Derechos Humanos cometidas por efectivos de las distintas fuerzas de seguridad.

El objetivo que se propuso la autora es escribir para no olvidar”, contarnos quiénes eran estos chicos que sufrieron apremios, torturas, fueron desaparecidos y asesinados.

“Vidas en suspenso pretende poner la lupa sobre una escena opaca: la violación a los derechos humanos por parte de distintos actores del sistema penal”, explica en la introducción.

Sobre la autora: María Florencia Alcaraz es Licenciada en Comunicación Social por la Universidad Nacional de La Matanza. Trabajó en Infojus Noticias. Es especialista en temas vinculados a la violencia de género, la violencia institucional y temas policiales desde una perspectiva de derechos humanos. Recibió el premio Lola Mora de la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires por su labor en medios digitales.

 

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Lectura recomendada: El Clan Puccio, de Rodolfo Palacios

“Me gusta preguntarle a la gente si me tiene miedo. Por todas las boludeces que se dijeron de mí. Ando por la calle y los encaro. Muchos se cagan de risa. Señora, ¿sabe quién soy? Pibito ¿sabe quién soy? Carnicero ¿me tiene visto de algún lado? Amigo ¿nunca vio una foto mía en los diarios? Señorita ¿le han hablado de mí? Y cuando les digo quién soy, muchos se caen de culo. Otros ni me conocen. Pero todos ven algo: soy inofensivo. Un viejo choto de 82 años”

Las palabras pertenecen a Arquímedes Puccio y son parte de una entrevista que le realizó Rodolfo Palacios, autor de El Clan Puccio (Planeta). Este es el libro que recomendamos esta semana.

El libro de Palacios cuenta en detalle todo lo que se supo sobre los secuestros llevados a cabo por el Clan. Estas historias van intercalándose con fragmentos de los diferentes encuentros que el autor tuvo con Arquímedes, un personaje siniestro que murió en 2013 sin haber admitido culpa sobre ninguno de los delitos que se le imputaron.

Sobre el autor: Rodolfo Palacios nació el 22 octubre de 1977 en Mar del Plata. Es periodista desde 1995. Trabajó en el diario La Razón y en las secciones policiales de los diarios El Atlántico de Mar del Plata, Perfil y Crítica de la Argentina. Colaboró en La Maga, Playboy, Caras y Caretas, Brando, Ñ, Muy Interesante, 7 Días, Orsai y en la revista Society de París. Fue subeditor de Información General de la revista Noticias y secretario de Redacción de la revista El Guardián. En la beca Clarín se desempeñó en Policiales. Realizó la investigación periodística para la serie Historia de un clan y formó parte del equipo autoral. Además escribió los libros El Ángel Negro, vida de Robledo Puch, asesino serial; Pasiones que matan, 13 crímenes argentinos, Adorables criaturas, crónicas grotescas de ladrones y asesinos; Conchita, el hombre que no amaba a las mujeres y Sin armas ni rencores, el robo al banco Río contado por sus autores. También es autor de dos biografías de la colección 200 argentinos, vida, pasión y muerte (1810-2010), dirigida por Jorge Lanata para la revista Veintitrés. Trabajó como editor en los libros Paracaídas & Vueltas, de Andrés Calamaro, y Senderos extraviados, de Enrique Symns.

 Hoy también se estrena la película de Pablo Trapero sobre esta familia que en la década del 80 secuestró y asesinó a varias personas. No se la pierdan! 

 

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Gatillo Fácil: una novela gráfica sobre el caso de Fernando Carrera

En nuestra sección de lectura recomendada, les sugerimos hoy Gatillo Fácil, una novela gráfica que cuenta como relato non fiction el caso de Fernando Carrera, un hombre que fue condenado a 30 años de prisión por una causa que luego se denunció que fue armada por la policía.

El libro Gatillo Fácil , que ya puede conseguirse en librerías, combina dibujos, texto y material de la causa judicial y de la investigación periodística. Sus autores son Pablo Galfré, Karin Lisnovetzki y Sergio Ibáñez.

Los hechos por los cuales Carrera fue acusado ocurrieron el 25 de enero de 2005 en lo que se conoció como la Masacre de Pompeya. A las 13.50, tres peatones que cruzaban la avenida Sáenz, en el semáforo de Esquiú, en Pompeya, murieron al ser atropellados por el automóvil que manejaba Fernando Carrera cuando huía de la policía .

Según lo que contó Carrera, la policía lo confundió con un ladrón al que estaban buscando. Un grupo de efectivos policiales vestidos de civil que manejaba un Peugeot 504 negro sin ningún tipo de identificación policial intentó detenerlo realizando disparos, ocho de los cuales lo hirieron.

Con esas heridas, Carrera realizó tres cuadras en contramando en una avenida del barrio de Pompeya, atropellando a tres personas que fallecieron. Carrera asegura que el disparo le hizo perder el control de su auto, por lo que luego chocó contra otro vehículo y fue nuevamente baleado por la policía.

La versión de los hechos que mantuvo la policía fue otra: se habló de un tiroteo entre ambos autos y no hubo acuerdo sobre si Carrera estaba “inconsciente, consciente, semiconsciente” luego de los primeros disparos de la policía.

El caso de Carrera fue utilizado para la realización del documental “El Rati Horror Show”, de Enrique Piñeyro. Allí se presentaron las denuncias de irregularidades en la investigación que terminó condenando a Carrera por un hecho del que él siempre aseguró ser inocente.

 

 

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Error de cálculo: nueva novela policial del forense Gastón Intelisano

Una familia aparece asesinada en su propia casa. Hay puñaladas, hay disparos, hay cuerpos carbonizados. La intimidad de un hogar se ha vuelto pública: se ha transformado en una escena del crimen, en el espacio en el que los especialistas que comanda Santiago Soler buscarán huellas, rastros, indicios que permitan configurar quién llevó a cabo el asesinato y cómo lo hizo. El crimen, sin embargo, no parece simple de resolver: las víctimas no tenían enemigos aparentes, sino, por el contrario, una reputación intachable, el respeto y la consideración de sus allegados. Además, comienzan a sucederse una serie de secuestros relacionados con el caso, lo que hace que la resolución se vuelva urgente, imperiosa, necesaria: los secuestradores se regodean enviando videos snuff en los que se ve con claridad cómo matan a las mujeres que tienen cautivas. En medio de esta vertiginosa sucesión de acontecimientos, Santiago Soler deberá unir la meticulosidad y la calma de la ciencia forense con la acción de quien no tiene tiempo de medir consecuencias. El análisis de rastros y las autopsias con las persecuciones y los disparos. El otro extremo de la piel se llevó hacia atrás, como cuando se da vuelta una media, y entonces apareció el cráneo de un blanco amarillento. Luego, encendieron la sierra eléctrica circular, que emitió un sonido mezcla de torno y taladro. Cuando los dientes de la máquina tocaron el hueso craneal, una nube de polvo blanco flotó en el aire de la sala.
Gastón Intelisano, a través Santiago Soler, personaje y álter ego, con la minuciosidad y precisión de las descripciones, con la inquietante acción a cada página, ha inaugurado un nuevo territorio a explorar en el policial argentino: el cuerpo.

Gastón Intelisano es licenciado en Criminalística, técnico radiólogo y oficial del Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires. Trabaja como técnico forense en la morgue de Lomas de ZAmora y es parte del Servicio de Anatomía Patológica del Hosptila Municipal de Vicente López. Error de Cálculo (Ed. Vestales) es su tercera novela y ya puede conseguirse en librerías.

En Crónicas del Crimen entrevistamos a Intelisano cuando publicó su primera novela. Si querés leer esa entrevista, hacé click acá.

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El Petiso Orejudo: nuevas teorías sobre el mítico personaje del crimen argentino

Cayetano Santos Godino, más conocido como el Petiso Orejudo, se convirtió en un personaje mítico en la historia criminal argentina tras su detención en el año 1912. A él se le adjudican cuatro homicidios de niños y siete tentativas. El niño de orejas aladas pasó a ser el “monstruo” cuya figura usaban los padres para asustar a sus hijos a la hora de comer.

Pero para el historiador Leonel Contreras, no todos los crímenes que se le atribuyeron fueron cometidos por él. Contreras sostiene en especial que el crimen de Arturo Laurora, pariente lejano del historiador, habría sido cometido por una banda de pedófilos.

Esta hipótesis es la que investigó en su nuevo libro El Petiso Orejudo, documento final. El crimen de Arturo Laurora y el origen de la leyenda (Editorial Dunken).

A continuación, una breve entrevista con el autor:

¿Cómo surge la idea de escribir un nuevo libro sobre el Petiso Orejudo?

Leonel Contreras: Yo me crié en el barrio de Parque Patricios, escuchando las historias del Petiso Orejudo de boca de mi abuela, con el agregado importante de que encima una de sus víctimas, Arturo Laurora había sido familiar nuestro. Durante mucho tiempo, distintos autores hicieron mención al crimen de Laurora como “extraño” al menos y como muy dudosa la autoría del Petiso en el mismo. Por ese motivo, sentí que debía investigar sobre mi vínculo con Arturo y la posibilidad concreta de que el Petiso no hubiese sido el autor de su muerte: “Petiso Orejudo: documento final” es por eso un libro en parte autobiográfico.

¿De dónde sale la hipótesis de que el homicidio de Arturo Laurora no haya sido cometido por él?

L.C: Existen muchos datos que indican que el Petiso Orejudo no mató a Laurora: dos hombres de clase alta claramente identificados investigaban acerca de locales y casas para alquilar. Estos hombres abordaban a Laurora. ¿Con qué fin? Eran delincuentes (uno de ellos entrega incluso una dirección falsa), aunque no sabemos con exactitud en que constituía el delito que pretendían cometer. Ellos le ofrecen una propuesta a Laurora (a cambio de dinero) y éste primero no acepta. Sin embargo, cuando Arturo aparece muerto tenía la plata en el bolsillo del pantalón, o sea que “el negocio” se había concretado. Todo esto está confirmado, sumado a que Godino durante mucho tiempo se desligó de ese crimen que él mismo se había adjudicado en un primer momento. Pienso que de saber en que consistía la “propuesta” (Laurora decía que solo le ofrecían dinero para que los acompañara a X calle), calculo que estaríamos resolviendo buena parte del misterio.

¿Creés que alrededor de Cayetano Santos Godino se construyó una especie de mito? ¿Por qué?

L.C: A pesar de que la vida de Godino y sus delitos están en buena parte bien documentados, posteriormente a su detención se creó en torno a su figura la leyenda del “gran asesino serial argentino”. Fue tan terrible el crimen cometido contra el menor Jesualdo Giordano (estrangulado y con un clavo en su cabeza) y este impactó en tal manera en la sociedad porteña, que poco bastó para convertirlo al Petiso en el monstruo gótico que necesitaba Buenos Aires. Su figura se utilizó durante años por los padres porteños para asustar a los chicos a la hora de comer. Esto era lo que había vivido mi abuela, que nació en 1919, siete años después de la detención del Petiso y que sin embargo, lo sentía como contemporáneo.

¿Qué descubriste durante tu investigación? ¿Cómo es investigar una serie de crímenes de hace 100 años? ¿Con qué herramientas trabajaste?

L.C: Al terminar mi investigación llegué a la conclusión de que Laurora fue asesinado por una banda vinculada a la pedofilia y que quizás el Petiso sintió cierta “atracción” por este crimen y por ese motivo a fines de 1912 comenzó a operar con el modus operandi de estrangulamiento con un piolín (nos referimos a las tentativas contra Russo, Ghittoni y Neolener y el asesinato de Jesualdo Giordano entre noviembre y diciembre del ‘12). Esa es mi hipótesis. Además, en lo personal descubrí que mi parentezco con Laurora era mucho más cercano de lo que yo pensaba, ya que al momento del crimen mi bisabuelo vivía en la misma casa que el hermano de Margarita Rossi, la mamá de Laurora. O sea que esto debe haber impactado de sobremanera en la familia. Por eso mi abuela siempre lo tenía tan presente. Es muy difícil investigar sobre un tema policial ocurrido hace más de 100 años. A uno siempre le gustaría tener más herramientas. Por suerte existe el legajo del Archivo General de Tribunales, donde está todo lo relativo a la causa y hay un cuerpo que se constituyó especialmente con el asesinato de Laurora.

 

La presentación del libro es el sábado 18 en la Sede del Distrito del Polo Tecnológico de la CABA, ex Confitería del Jardín Zoo del Sur (dentro del Parque de los Patricios), entrada por Av. Caseros 3250 y Almafuerte.

A las 18 hs. hay una charla del Lic. Luis Disanto: “El Petiso Orejudo y otros homicidas seriales ‘avant la lettre’”. A las 19 hs. el relanzamiento de “La leyenda del Petiso Orejudo” (Ladevi Ediciones) y la presentación de “Petiso Orejudo: documento final” (Editorial Dunken). El evento es organizado por el Ateneo de Estudios Históricos de Parque de los Patricios.

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Selva Almada: “Las mujeres tenemos que dejar de criar misóginos y de tolerar el sistema patriarcal”

Andrea Danne, 19 años, asesinada en su casa en Entre Ríos en 1986.

María Luisa Quevedo, 15 años, asesinada en Chaco en 1983.

Sarita Mundín, asesinada en Córdoba en 1988.

Tres mujeres jóvenes asesinadas mucho antes de que usáramos la palabra femicidio para este tipo de crímenes. Tres muertes producto de una violencia de la que no se hablaba casi nada, esa violencia puntual que se ejerce contra las mujeres. Tres crímenes impunes.

A Selva Almada estos casos, que conoció en su adolescencia, le quedaron resonando en la cabeza. Por eso decidió plasmarlos en su libro Chicas muertas (Literatura Random House).

“Cuando empecé a pensar en el libro, quería rescatar estos tres casos, creo que mi idea iba más por el lado de la crónica policial. Pero a medida que me fui metiendo en la escritura me fui dando cuenta de que no iba por ahí, de que lo que quería contar era otra cosa, más íntima, y era mi relación con la violencia contra las mujeres, mi propia experiencia siendo una mujer joven, de clase media baja, en la provincia”, explica la autora.

Pasaron muchos años y cientos de mujeres fueron asesinadas. Muchos de esos crímenes no fueron resueltos, incluso aquellos que tuvieron mucha difusión en los medios. ¿Cambió el panorama de la década del ochenta a hoy? Tal vez haya más consciencia de lo que es la violencia de género, pero para Selva Almada, todavía hay mucho por hacer.

“La educación en la familia y en la escuela desde la infancia es fundamental: las mujeres tenemos que dejar de criar misóginos y de tolerar el sistema patriarcal”, dice la escritora.

-¿Cómo surge la idea de escribir este libro?

-Uno de los casos, el de Andrea, ocurrió en un pueblo vecino al mío. Recuerdo que causó mucha conmoción, yo me sentí particularmente impactada. Con los años, supe que lo mismo les había pasado a otras mujeres de mi generación: sin saberlo o sin terminar de comprenderlo, muchas de nosotras nos estábamos desayunando de que existía un tipo de violencia puntual, la que se ejerce sobre las mujeres, y nos estábamos enterando de la manera más brutal, es decir el asesinato de una chica más o menos de nuestra edad. Así que la historia de Andrea estuvo siempre presente. Y cuando empecé a escribir, esa historia aparecía, incluso la abordo en forma de relato y ficcionada en un libro de cuentos. En algún momento empecé a pensar que tenía que escribirla pero ya no desde la ficción, que esa historia tenía que circular, tenía que conocerse, que era lo único que yo podía hacer para que no se perdiera la memoria de esta chica asesinada. Entonces me enteré del caso de María Luisa, más o menos de la misma época, y después del de Sarita. Todos en los años ochenta, todas adolescentes. Ahí me di cuenta de que tenía un corpus, que podía armar un proyecto y lo hice y lo presenté al Fondo de la Artes y me dieron una beca con la que pude hacer parte del trabajo de campo. A partir de ese material podía empezar a escribir un libro.

-¿Por qué elegiste particularmente estos tres casos?

-Los elegí porque ocurrieron en los años ochenta, en el interior del país; porque los tres quedaron impunes; porque nunca saltaron a la primera plana nacional. Eran casos desconocidos fuera de las provincias donde ocurrieron, no fueron casos mediáticos. Ellas eran adolescentes cuando las mataron y yo era adolescente en la misma época.

-Estos tres casos ocurrieron en un contexto en el cual no se conocía la palabra “femicidio” y poco –o nada- se hablaba de violencia de género ¿Es lo que quisiste manifestar al escribir estas historias?

-No, no se hablaba de violencia de género, mucho menos de femicidio. De hecho, no hace muchos años que los medios de comunicación incorporaron esta palabra a su vocabulario: todavía se decía “crimen pasional” en estos casos. No se hablaba del tema, pero obviamente existía. Y no se hablaba de esto porque estaba tan naturalizado que parecía parte de la cotidiana de ser una mujer. Cuando empecé a pensar en el libro, quería rescatar estos tres casos, creo que mi idea iba más por el lado de la crónica policial. Pero a medida que me fui metiendo en la escritura me fui dando cuenta de que no iba por ahí, de que el libro no pretendía ser un policial ni un ensayo sobre violencia de género ni una investigación periodística. Que lo que quería contar era otra cosa, más íntima, si querés, y era mi relación con la violencia contra las mujeres, mi propia experiencia siendo una mujer joven, de clase media baja, en la provincia. Y cómo, en cierto modo y aunque terminara de darme cuenta muchísimos años después, el asesinato de Andrea había sido una suerte de revelación de esa trama para mí.

-¿Cuáles son los puntos en común de estos tres casos, más allá de tratarse de tres mujeres asesinadas?

-Bueno, como te decía: mujeres muy jóvenes, de clase baja o media baja, de la misma generación, provincianas y con el mismo tremendo destino: la muerte y la impunidad, la falta de justicia. Contar sus historias es también contar una época, la manera muy precaria en la que se investigaba, la poca importancia que se le daban a estas muertes porque antes que nada se sospechaba de la propia víctima: era liberal, era una chinita que andaba con varios, la habrá matado un noviecito, era una puta.

-¿Pensás que si esos crímenes hubieran ocurrido en los años recientes se habría detenido a los asesinos, o al menos las investigaciones hubieran sido más minuciosas?

-No lo sé. Lamentablemente tenemos una mirada desconfiada de la justicia que está avalada por los hechos. Después de Andrea, María Luisa y Sarita fueron asesinadas cientos de otras mujeres y probablemente muchos de estos casos no se resolvieron, siguen impunes. Incluso hay muchos casos que han sido muy mediáticos como el de Nora Dalmasso, por ejemplo, que también sigue impune. Es decir que la denuncia, que estas historias capten el interés de los medios y de los ciudadanos tampoco es garantía de que vayan a encontrar justicia.

-¿Cómo fue el proceso de investigación? ¿Hubo obstáculos?

-No, no hubo obstáculos. Los familiares que colaboraron con el libro tuvieron la mejor predisposición y a los que no quisieron colaborar los respeté en su decisión, por supuesto. Los jueces también accedieron a darme entrevistas, a facilitarme el acceso a los expedientes. No, en ese sentido no tuve ningún problema.

-A la hora de pensar el título del libro ¿Cómo fue que decidiste llamarlo “Chicas muertas”?

Al principio era un título en la intimidad, nombrar el proyecto así para mí y para los amigos: sí, estoy laburando en el libro de las chicas muertas. Después empecé a pensar que el título era ese. A veces dudaba porque me parecía demasiado fuerte, demasiado directo. Finalmente cuando lo hablé con mi editora ella estuvo de acuerdo. Nos pareció que de este modo el libro iba directamente al grano desde la primera frase que es el título: era como decir: están matando mujeres, esto está lleno de muertas, hagámonos cargo.

-¿Creés que hoy hay mayor conciencia de lo que es la violencia de género? ¿Creés que se avanzó en ese sentido, que la situación de las mujeres mejoró?

-Hoy existen organismos que se ocupan de atender las denuncias, hay campañas que alertan contra la violencia de género, se habla un poco más del tema, hay leyes que castigan con más dureza a un femicida… pero todavía las mujeres estamos a la intemperie. Creo que la educación en la familia y en la escuela desde la infancia es fundamental: las mujeres tenemos que dejar de criar misóginos y de tolerar el sistema patriarcal.

Sobre la autora:  nació en Entre Ríos en 1973. Además de Chicas muertas, Selva Almada publicó El viento que arrasa (2012) ,el e-book Intemec (2012) Una chica de provincia (2007), Niños (2005) Mal de muñecas (2003).

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Lectura recomendada: Ángeles, mujeres jóvenes víctimas de la violencia

Seis periodistas jóvenes reconstruyeron ocho casos de crímenes cuyas víctimas fueron mujeres jóvenes. El resultado fue el libro Ángeles, mujeres jóvenes víctimas de la violencia. Los autores: Javier Sinay, Claudio Marazzita, María Helena Ripetta, Cecilia Di Lodovico, Federico Fahsbender y Sol Amaya.

El libro reúne casos que tuvieron un fuerte impacto en la sociedad y en su mayoría no fueron resueltos. Los crímenes que forman parte de este libro son el de Ángeles Rawson, Solange Grabenheimer, Paulina Lebbos, María Soledad Morales, Natalia Melmann, Marianela Rago, Candela Sol Rodríguez y Lucila Yaconis.

¿Qué paso con estas jóvenes mujeres? ¿En qué estado están las investigaciones? ¿Se pudo hacer justicia? ¿Cómo sobrellevan las familias estas trágicas pérdidas?

Las respuestas a estos interrogantes fueron plasmadas en este libro, que estará disponible en librerías la semana próxima. El próximo sábado 22 de febrero se presentará en Espacio Clarín en Mar del Plata, a las 19 horas. 

Aquí, un fragmento del caso Ángeles Rawson:

(Autor: Federico Fahsbender)

Ángeles Rawson fue la adolescente más tristemente célebre de 2013: ningún noticiero habló de otra cosa en las semanas que siguieron a su muerte. El 10 de junio de ese año, su familia, encabezada por su abuela, María Inés Castelli, había enfrentado a las cámaras para pedir ayuda tras su desaparición. Su foto, un perfil sonriente, empezaba a multiplicarse a través de las redes sociales. Era una cara atractiva, fácil de recordar. (…) La chica -el mejor promedio en el cuarto año del Instituto Virgen del Valle, un colegio católico de Belgrano- había ido ese lunes por la mañana a su clase de gimnasia en el campo de deportes de su escuela, junto a la planta procesadora del CEAMSE en Colegiales. Tras esa clase, Ángeles no volvió a entrar a su departamento en la planta baja de la calle Ravignani 2360, en el barrio de Palermo. Alguien se interpuso en el camino.
Hija de padres divorciados, convivía con una familia ensamblada: su madre, María Elena Aduriz, empleada administrativa en la empresa de fumigaciones de su hermano; su hermano mayor, Juan Cruz Rawson, estudiante; su padrastro, Sergio Opatowski, un pescador profesional que había sido despedido de su trabajo el año anterior y vivía de rentas de dos departamentos y Axel, hijo de Sergio de un matrimonio anterior, de 17 años. Jerónimo Villafañe, hijo de una relación previa de María Elena, cajero del Banco Galicia, había dejado la casa dos años antes. Franklin, su padre, ingeniero, había vuelto a formar pareja. En la tarde de ese día, la ausencia de Ángeles -que no respondía a llamados en su celular, que no había sido vista por nadie se había vuelto evidente.

(…) El Virgen del Valle -un colegio chico, tradicional de la clase media de Belgrano y Palermo- cerró dos días por duelo. Ángeles tenía el mejor promedio en toda la institución, un nueve, pero no era su rendimiento académico lo que la destacaba. “Tenía una voz muy suave, delicada. Cantó en varios actos”, recuerda una directiva del lugar. Juan Cruz, en un momento, mostró a un periodista una cartuchera de CDs de su hermana, con bandas como Linkin Park y Evanescence, sus preferidas. “¿Vos tenés forma de llegar a los grupos? Quiero grabar un video homenaje con la música de ellos, ella los amaba, estudiaba canto con una profesora acá cerca. Mumi quería ser cantante y soñaba con eso”, dijo.

(…) Las declaraciones testimoniales de Juan Cruz y Jerónimo ante la fiscal Asaro fueron quizás el mejor retrato de la joven. Jerónimo, tras dejar la casa familiar, volvía de visita una vez por semana.

Describió a su hermanastra como “una persona bastante introvertida fuera de su familia y sus amigos, aunque dentro de su entorno era muy contenedora, divina, divertida, despierta, responsable.  Si Ángeles tenía que ponerse firme en su postura alguna diferencia o conflicto, lo hacía, no era sumisa”. Dijo que jamás la vio confrontar con Opatowski, y que si discutía con su mamá, no la contradecía ni intentaba imponerse: apenas se ponía a llorar.

Juan Cruz, según Jerónimo, era mucho más temperamental, capaz de golpear con el puño la pared de su casa tras discutir con su madre, aunque jamás fue violento con su familia. Y el hermano mayor también era un pilar en su casa: se vistió más de una vez con saco y corbata para oficiar de promotor en el lanzamiento de un microemprendimiento de Maria Elena que no prosperó. También hacía su propia historieta al estilo japonés en su notebook. El día del funeral de Ángeles, usó un saco negro de poliéster con una remera de dos dragones rodeando el símbolo del ying-yang. Y fue él quien introdujoa Ángeles y Axel en el cosplay, en el juego de disfrazarse como héroes de los dibujos animados de Oriente, la mayor afición de la chica. “Team Saint Seiya”, se hacían llamar con Ángeles y Axel junto a otros amigos, en honor a Los Caballeros del Zodíaco, su serie favorita, para llenar de amigos el living del departamento en Ravignani los fines de semana. Ahí, confeccionaban trajes elaborados y armaduras, pelucas, un juego infantil e inofensivo. No era una rareza lo que hacían: el cosplay y el animé están entre los cultos adolescentes más visibles en Buenos Aires, con convenciones masivas frecuentes y reuniones en el Jardín Japonés. En esa escena, Ángeles era una suerte de celebridad.

(…) Lucas Eliel Sosa, un ex novio de Ángeles de 26 años, no estuvo en la mira de la Justicia. Había salido con él por pocas semanas en noviembre de 2012, “para probar”, como declararon sus hermanos.

María Elena no se había espantado tampoco de que su hija adolescente saliese con un hombre diez años mayor. Empleado en la fumigadora familiar, Lucas era un atleta eximio. La madre de la chica, ávida nadadora, charlaba sobre deporte con él con frecuencia.
Ángeles misma terminó la relación, no estaba convencida. Tiempo después, comenzó a salir con un chico del Virgen del Valle, Nahuel, dos años mayor. Los dos corrieron a Ravignani tras enterarse de la desaparición.
Hubo otro chico, el último amor de Ángeles, un chico de catorce años llamado Magno, que apenas había comenzado a conocer. Magno tampoco estuvo bajo sospecha.

(…) Los hermanos Rawson crecieron bajo un régimen judicial, el esquema de visitas acordado tras la separación de sus padres, una ruptura que fue en buenos términos. (…) Y lo que rodea a Franklin Justo Rawson y su impronta indican una vida y un pensamiento típicos de la clase patricia porteña: ingeniero con credenciales educativas como la Universidad Católica Argentina según su currículum online, tuvo cargos jerárquicos en empresas como Roche y Techint. Aficionado al rugby –fue capitán en el equipo de veteranos del exclusivo club La Salle- y a los desfiles militares; hasta tuvo un sitio de venta de vinos de pequeñas bodegas por Internet. Algunos lo describen como una figura seca, severa y a la vez tranquila en la vida de sus hijos. Antes de separarse, la familia había vivido en un departamento de Belgrano, cerca del ex Instituto Geográfico Militar.

(…) Detenido automáticamente tras su declaración testimonial el 14 de junio, su aparición marcó un giro dramático en la causa. Mangeri había visto desde la vereda, con gesto casual, cómo la Policía irrumpía dentro del departamento de los Rawson para allanarlo la misma noche del funeral. Nunca se había llevado mal con la familia, realmente. En su declaración, Juan Cruz lo describió como alguien “macanudo”, siempre servicial, que hasta tuvo una llave del departamento de la familia antes de que cambiaran la cerradura en 2012. (…) En su cuadra de la calle Ravignani, nadie tenía nada excepcional que decir sobre él tampoco.

Todos describían a un portero que lavaba obsesivamente su Renault Megane los fines de semana, que hacía trabajos de albañilería para sus vecinos y piropeaba chicas desde la vereda de vez en cuando. Pero el viernes 14 mismo, Diana Saettone recibió un llamado desconcertante.
Jorge García -un portero amigo de su marido, a cargo de un edificio en Barrio Norte- le comentó que Mangeri lo había visitado “hecho una piltrafa”, llorando sin parar. Algo no estaba bien.

(…) Al portero Mangeri, lo mejor que le pasó en su vida fue ser portero. Había llegado a Ravignani doce años atrás, a través de un familiar lejano de su mujer que administraba el edificio. Nunca fue parte de la vida política del SUTERH, del poderoso sindicato de porteros al que pertenecía, de sus elecciones internas, pero le gustaba disfrutar de sus beneficios. Nunca faltaba a la cena masiva que ofrecía el gremio a sus afiliados para fin de año. El sindicato le proveyó casa, una cobertura de salud, y hasta la chance de viajar a los centros vacacionales del sindicato en provincias como San Luis. Era un cambio: hasta ese entonces, Mangeri jamás había ido más allá de la provincia de Buenos Aires. Venía del barrio Muñiz en San Miguel; ahí se crió en una casa con pasillo al fondo junto a dos hermanos, hijo de Antonio, un albañil y Norma, ama de casa.

(…) Nunca terminó la secundaria. Toda su vida se dedicó a trabajar: de adolescente, como asistente en una panadería; más tarde, en una tornería. Su padre, Antonio, albañil, murió por problemas cardíacos luego de una vida de cigarrillos y esfuerzo físico. “Le explotó el corazón”, relatan en San Miguel. Sus padres se separaron cuando tenía 25 años. El portero le recriminó durante años a su mamá el hecho de que dejase morir a Antonio sin compañía, en una relación que se volvió fría con los años. Al morir Ángeles Rawson, Norma seguía ahí, en la casa al fondo del pasillo.

(…) Diana recuerda la relación de su marido con su sobrino Lorenzo, una suerte de hijo para ellos, que compartía fines de semana enteros y hasta dormía entre ella y Mangeri.
Lorenzo era celíaco: frente a él, el portero nunca se atrevió a comer una factura o un pan. Y el chico resumía todas las esperanzas de la pareja, en cierta forma: nunca pudieron tener hijos, debido a un problema congénito en Diana, que fue diagnosticada hace cinco años de un cáncer de tiroides, algo que eliminó cualquier chance de quedar embarazada. Intentaron con tratamientos, que no funcionaron.

Al momento del crimen, Diana y el portero no habían resignado el deseo de ser padres: ya habían comenzado a informarse para el largo trámite de adoptar un hijo. “Hay una burocracia terrible. No es que vas y listo. Pero sí, estábamos con eso, teníamos esa ilusión”, dice Saettone.

(…) Mangeri se había instalado en Los Troncos poco después de la separación de sus padres para trabajar con un tío diariero como canillita. Diana ya tenía un kiosco-almacén. Mangeri la visitaba ahí, intentando cortejarla. Cuando llegaba y veía que ella no estaba, compraba un sobrecito de champú para disimular. No le servía de mucho; ya en ese entonces se había quedado calvo. El cortejo resultó: ya portero en Ravignani, se casó en el 2003 con Diana en la parroquia Purísima Concepción de Pacheco. Carlos y la madre de Diana, Salvadora, fueron los padrinos. Norma, la madre de Mangeri, no estuvo en la ceremonia. Hasta el momento del crimen, los padres de Diana no la habían conocido. La distancia se mantenía. Y con su mujer, era protector al extremo, algo que se volvió más notorio tras el diagnóstico de cáncer. Salvadora cuenta: “A veces no la deja ir sola a hacer los mandados por miedo a que se caiga o le pase algo”. Para Diana, eso es un ejemplo de la caballerosidad de su marido: “Todavía en la cárcel me corre la silla cuando me siento”.

(…) El portero panzón de camisa y pantalones Ombú, calvo y buenote, el mismo que abrazaba a sus sobrinos en fotos íntimas y videos extraídos de Facebook y reproducidos en cada revista y noticiero, ya no existe: Mangeri perdió veinte kilos en sus primeros seis meses de cárcel. Bajo un régimen de resguardo impuesto judicialmente, no puede transitar solo los pasillos cuando va a sus tratamientos bisemanales de contención con una psicóloga -jamás había hecho terapia antes en su vida-, o cuando va a las salas de visitas para encontrarse con su mujer y llorarle en el hombro. (…) Comparte su encierro con presos famosos como José Ángel Pedraza, alojado en Ezeiza por la muerte del militante socialista Mariano Ferreyra, y Eduardo Vázquez, ex baterista de Callejeros, condenado por la muerte de 194 personas en la masacre de Cromañón y por incendiar a su propia esposa, Wanda Taddei. Pedraza y Vázquez lo apoyan, lo animan, lo tratan con afecto, le piden que coma, que le va a hacer bien, lo alientan para que no pierda el ánimo. En el pabellón, el portero les retribuye cocinando pizza de vez en cuando.

(…) En octubre del 2013, Diana todavía vivía en el departamento del octavo piso en el edificio de Ravignani, reservado al portero. Las aberturas fueron renovadas por Mangeri poco antes del crimen, las paredes repintadas, los escalones rotos reparados con cemento. Diana, acompañada de su hermana Susana, casi idéntica a ella, pasaba tardes encendiéndole velas a la Virgen de San Nicolás, jugando con sus sobrinos que la visitaban. La temperatura mediática del caso había bajado; ya no era invitada con tanta frecuencia a defender a su marido en los programas de televisión. Ya no trabajaba en ese entonces, gozaba de una licencia: Diana limpiaba pisos en el Instituto de Menores Manuel Rocca. Dice que los chicos detenidos siempre la trataron con respeto, que el miedo que experimentó al comenzar a trabajar ahí no le duró demasiado. Durante los últimos 5 años, mantuvo a raya a su cáncer de tiroides, del cual no está completamente curada. La medicación del tratamiento le provocó una arritmia cardíaca. Su fragilidad física fue siempre la debilidad de su marido.

Mangeri, en sus pocas entrevistas a la prensa, negó una y otra vez que fuese culpable, aún con las pruebas apiladas en su contra. Hay voces ligadas al expediente que dicen que, si es en verdad culpable, solo confesará el día que muera su mujer.

(…) (Ricardo) Canaletti reconoce: “Una noche a la salida del canal me suena el celular y escucho: ‘Soy Berni, quiero hablar con vos.

Dijiste en Telenoche una cosa que no es así. Diste a entender que nosotros tenemos una inclinación para ocultar a la familia’.Yo le digo: ‘Pagaste el entierro’. Él responde: Sí, pero se lo hacemos a mucha gente. Me dijo que le pagó un alojamiento porque les había allanado la casa. Y me pregunta: “Che, ¿qué onda esta mujer que apareció?” Ese, para mí, era el verdadero sentido de la llamada”.
Esa mujer a la que refiere Canaletti, que llamaba desde del sur del país, fue el centro de una polémica que terminó en un fiasco judicial.

La mujer contactó a los estudios de TN, luego a una productora de Canaletti, para revelar que habría visto a Opatowski teniendo una sugestiva y airada discusión con Ángeles en el edificio. Desde el canal, no quisieron arriesgarse a lanzar el testimonio al aire. Enviárselo al abogado Lanusse fue el paso siguiente. Este testimonio motivó que, en plena noche, todos los ocupantes del edificio de Ravignani, ancianos incluidos, fuesen cargados en combi en plena noche para declarar en Tribunales. Tampoco sirvió de nada. Nadie reconoció haber visto una discusión así. La mujer fue imputada por falso testimonio, el equivalente procesal de una torta en la cara.

(ver publicación original en diario Perfil)

 

Lectura recomendada: La misa del diablo, de Miguel Prenz

Hoy tengo el gusto de recomendarles un libro policial sobre un caso real que tiene todos los condimentos: crimen, misterio, magia negra, sectas. El libro se llama La misa del diablo y cuenta los detalles del homicidio de Ramoncito, un nene de 12 en Mercedes, Corrientes. El hecho ocurrió en octubre de 2006 y dejó aterrorizada a toda la ciudad. Miguel Prenz, periodista y escritor, viajó allá y reunió muchos interesantes testimonios que permiten reconstruir el cruel asesinato.

Aquí, una breve entrevista al autor:

-¿Cómo fue que te enteraste del caso?

-Miguel Prenz (MP): Mi primer contacto con el caso Ramoncito fue la noticia del hallazgo del cadáver decapitado del chico en Mercedes, publicada en octubre de 2006 en los diarios de Corrientes y en algunos nacionales. En ese momento, intuí que detrás de un crimen con semejante nivel de violencia había algo más grande. Durante los dos años y medio que seguí el tema a través de los medios, antes de viajar por primera vez a Corrientes, vi que casi todas las notas hablaban del homicidio y de sus características particulares, de su carácter ritual. Pero en casi ninguna nota se abría el juego a las causas, a la cuestión de fondo. Hasta que la monja Martha Pelloni, que vive hace años en Corrientes y lidera una red de lucha contra la trata de personas, empezó a decir que detrás del crimen había trata de personas, narcotráfico y otras cuestiones que usaban lo religioso como pantalla. Las palabras de Pelloni empezaron a confirmarme que la historia era mucho más grande, y ahí me dispuse a hacer el primero de seis viajes a lo largo de unos tres años.

-¿Por qué elegiste este hecho para investigar?

-MP: En principio, aclaro que no me considero un investigador ni un autor de investigaciones periodísticas. Concibo a la investigación, básicamente, como parte necesaria de la escritura de cualquier historia, ya sea policial, familiar, política. Para escribir sobre cualquier mundo, quien escribe está obligado a investigarlo, a sumergirse en él. Entonces, lo que me atrapó de entrada fue ese crimen como disparador de una historia más grande que lo causa y lo comprende, ese crimen como el chispazo que llama la atención sobre una realidad compleja. Cuando empecé a bucear y me encontré con los personajes, sus historias y los hilos conductores que planteaban cada uno y entre todos, quedé enredado y quise contar esa historia.

-¿Cuáles fueron los momentos más difíciles de tu investigación?

-MP: Lo más difícil fue procesar las declaraciones judiciales de Ramonita, la adolescente que fue testigo del crimen. Es un relato crudo, de una honestidad y una sinceridad que movilizan a cualquier lector. Creo que nadie puede seguir como si nada después de leer las cosas que ella cuenta. Por eso tomé la decisión narrativa de que ella fuera una voz presente a lo largo de la historia. Desde su punto de vista, infantil pero complejo, Ramonita cuenta la sangre. Y de ese modo, con sus certezas, sus contradicciones, su incapacidad de poner en palabras algunas cosas que vio y el lector solo puede imaginar, se construye como personaje.

-Por lo tenebroso del relato, y el medio que demuestran muchos de los personajes, había como una fuerte creencia en la magia negra y esas cuestiones ¿En algún punto te dio miedo? ¿Creés en la posibilidad de que alguien pueda hacerte daño mediante hechizos y ritos?

-MP: Me interesan la riqueza mitológica de las religiones y los sistemas de creencias en general, y el contexto sociocultural en que nacen y se desarrollan, pero desde un punto de vista ciento por ciento antropológico. No creo en la existencia de entidades superiores ni energías sobrehumanas que motiven a una persona a actuar bien o mal.

-Por lo que pudiste averiguar ¿cuáles fueron las principales dificultades de la investigación judicial? (tengo entendido que fue el primer juicio que investigó un crimen ritual)

-MP: Hubo una dificultad inicial que tuvo que ver con entender qué es lo que había pasado. Ahí fue clave la intervención de José Miceli, un antropólogo correntino que aparece como personaje en el libro. Miceli es un profesional muy capaz y respetado que aportó una mirada lúcida para entender qué es un crimen ritual y con qué cuestiones sociales se relaciona. La otra dificultad es estructural. Las condiciones socioeconómicas que causaron este crimen siguen vigentes, y no solo en Corrientes sino en todo el mundo. El Poder Judicial, como herramienta creada por el propio sistema para resolver ciertas cuestiones, no puede perseguir y condenar al propio sistema para resolver así la cuestión de fondo: la injusticia social es el tablero ideal para que los poderosos impongan su juego a los demás y puedan someterlos. Esa es LA DIFICULTAD, con mayúsculas, que el propio sistema genera conscientemente y, por supuesto, no puede ni quiere resolver.

-¿Sabés qué pasó después con Ramonita? ¿A dónde está hoy?

-MP: Ramonita está tratando de rehacer su vida. Por respeto y cuidado hacia ella, decidí no conocerla ni saber el lugar exacto donde vive. Además, como ya conté antes, su personaje se construye en el libro desde un lugar que me parece más interesante.

-Tres libros policiales que recomendarías:

-MP: Extraña confesión, de Anton Chejov; Operación masacre, de Rodolfo Walsh, y Cosecha roja, de Dashiell Hammett. Son fabulosos porque rompen los límites del género y cuentan otra cosa. El género, el que sea (policial, western, terror), tiene que ser la puerta de entrada para hablar de algo más, de algo que lo trascienda. De lo contrario, es un rejunte de lugares comunes que te puede hacer divertir un rato y no mucho más.

                                              ***

Sobre el libro:

El domingo 8 de octubre de 2006 apareció, a dos cuadras de la terminal de ómnibus de la ciudad de Mercedes, Corrientes, el cadáver decapitado de un chico de doce años. La cabeza estaba apoyada junto a su cuerpo semidesnudo. La víctima, se llamaba Ramón González –Ramoncito-. Las investigaciones develaron que se trataba un crimen ligado a un ritual, durante el que había sido violado y torturado. El periodista Miguel Prenz llegó a Mercedes dos años y medio después del asesinato y antes de que comenzara el juicio (el primero relacionado con un crimen ritual en América Latina), y encontró una trama en la que se mezclaban los rumores de una secta espeluznante, la pobreza casi terminal de la familia de Ramoncito, la esquiva figura de un empresario, una curiosa mujer policía que es mae de santo de una religión afrobrasileña, y una adolescente –Ramonita, testigo del crimen- cuyas declaraciones resultaron tan escalofriantes como la revelación de que las paredes de la casa donde había vivido, estaban pintadas con sangre humana. En medio de las más verdes inocencias de la pampa gringa, Prenz encontró esta historia que hunde sus bordes en las zonas más siniestras de la ferocidad humana. En octubre de 2006 apareció, en la ciudad de Mercedes, Corrientes, el cadáver decapitado de un chico de doce años. La cabeza estaba apoyada junto a su cuerpo semidesnudo. La víctima, se llamaba Ramón González –Ramoncito-. Las investigaciones develaron que se trataba un crimen ligado a un ritual, durante el que había sido violado y torturado. El periodista Miguel Prenz encontró una trama en la que se mezclaban los rumores de una secta espeluznante y la pobreza. Una historia que hunde sus bordes en las zonas más siniestras de la ferocidad humana.

Sobre el autor: 

Miguel Prenz (Argentina, 1979) Periodista, autor del libro El Heredero del General (2011), crónica sobre el destino de los bienes de Juan Domingo Perón. Fue editor de la revista Soy Rock. Publicó crónicas y perfiles en las revistas Soho, C (del diario Crítica de la Argentina) y Maxim. En 2010 fue seleccionado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, presidida por Gabriel García Márquez, para participar del taller de reportajes dictado por el periodista estadounidense Jon Lee Anderson. Actualmente trabaja en editorial Televisa Argentina. Desde 2007 es docente en la escuela de periodismo TEA.

 

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Lectura recomendada: “Los crímenes de Moisés Ville”, de Javier Sinay

Hola a todos! Qué tal el fin de semana? Arrancamos la semana con una recomendación de lectura, un libro del periodista y escritor Javier Sinay, que ya nos ha fascinado con Sangre Joven (Tusquets) y a quien podemos leer todos los días en el sitio de cultura negra El Identikit.

Aquí, el propio Sinay nos cuenta de que se trata su nuevo libro:

Los crímenes de Moisés Ville

Por Javier Sinay

El IWO -el Instituto Judío de Investigaciones o, en ídish, Idisher Visnshaftlejer Institut- publicaba en la década de 1940 (y no dejó de hacerlo en los años siguientes) una serie de anuarios, los Argentiner IWO Shriftn, que contenían largos artículos y estudios históricos, sociológicos y literarios escritos en ídish: cualquier cosa que tuviera que ver con la vida judía en la Argentina era digna de ser analizada y presentada. En esa serie, en el cuarto de los Argentiner IWO Shriftn (de 1947), Mijl Hacohen Sinay escribió un texto de 27 páginas titulado “Di ershte idishe korbones in Moises Ville” –en español, “Las primeras víctimas judías en Moisés Ville”. Era un relato vibrante y terrible, donde se contaban 22 homicidios cometidos entre 1889 y 1906 en Moisés Ville, una colonia agrícola de la provincia de Santa Fe que hoy es un pueblo de dos mil quinientas personas.

Algunos años después –62 años después: ahora viajamos en el tiempo hacia 2009- mi padre encontró por casualidad la traducción de aquel artículo en Internet. “El autor, Mijl Hacohen Sinay, es tu bisabuelo”, me contó en un mail. “Lo acabo de encontrar y, además de todo lo emotivo e histórico que significa para nosotros, tiene un tinte de crónica policial”. Y vaya si lo tenía: a mí, un periodista que trabaja con las noticias policiales calientes, su lectura me resultó irresistible.

Y pensé: ¿qué pasaría si, a diferencia de lo que hago todos los días, esta vez investigo una serie de asesinatos cometidos hace 120 años? En su texto, mi bisabuelo explicaba que él mismo había vivido en Moisés Ville a fines del siglo XIX y yo presentía que, durante mi pesquisa, podría descubrir también algo sobre mi familia.

Lo que no esperaba era que además descubriría algo sobre los inicios de la comunidad judeoargentina, sobre la llegada de miles de inmigrantes, sobre los conflictos sociales de una época y su lenta resolución, sobre la formación de nuevas subjetividades; en fin, sobre la edificación de una Argentina moderna.

No esperaba descubrir, en esa serie de 22 homicidios rurales, un secreto que refiriera a nuestra identidad actual y al legado moral en la transmisión de conocimiento entre las generaciones, algo que en ídish se dice “di goldene keit” y en español, “la cadena de oro”.

La investigación no fue sencilla: si el crimen actual pide un trabajo fuerte y consecuente sobre las personas que lo protagonizan, el crimen antiguo demanda, en cambio, una tarea sostenida en el rastreo de viejos expedientes judiciales, de artículos de prensa, de bibliografía, de memoria oral, de memoria familiar. Y el ídish, aquella lengua en la que estaba escrito el artículo que disparó mi investigación pero también en la que estaban escritas muchas de mis fuentes bibliográficas, fue un desafío que tuve que superar trabajando con una traductora y anotándome en el IWO para tomar lecciones.

Después de viajar varias veces a Moisés Ville (y también a Rosario, a la ciudad de Santa Fe y a Santiago de Chile), después de recorrer los pasillos de las instituciones judías en la Argentina y los de los archivos santafesinos (entre ellos, los del Poder Judicial de la provincia), después de encontrar a los descendientes de las víctimas y a los últimos testigos vivos de una época que todavía tenía algo que ver con aquellos días terribles, después de escribir y rescribir el texto bajo la edición afinada de Leila Guerriero, el trabajo estuvo listo. Habían pasado cuatro años desde que mi padre me había enviado aquel mail. Sesenta y seis desde que el texto de mi bisabuelo se había publicado en un Argentiner IWO Shriftn. Y 124 desde que el primer puñal se hundió en el estómago de uno de los fundadores de la colonia de Moisés Ville. Y había ocurrido algo: la significación histórica de estos asesinatos iluminaba, ahora y desde la tragedia, nuestro presente.

Para más información, hacer click acá

———————————————————————————————————–Sobre el autor:

Javier Sinay. FOTO: Paula Salischiker

Javier Sinay (Buenos Aires, 1980) es periodista. Además de Los crímenes de Moisés Ville, publicó los libros Sangre joven. Matar y morir antes de la adultez (Tusquets, 2009), que mereció el Premio Rodolfo Walsh en la XXIII Semana Negra de Gijón, dirigida por el escritor Paco Ignacio Taibo II; 100 crímenes resonantes que conmovieron a la sociedad argentina (Planeta, 2010, en coautoría con Norberto Chab); y la nouvelle El que a hierro mata (sigueleyendo.es, 2011).

Lleva adelante el sitio de cultura negra elidentikit.com.

Sus textos han aparecido en los diarios Clarín y Crítica de la Argentina, y en las revistas Rolling Stone, Ñ, Orsai, El Guardián, Hombre, TXT, Gatopardo y Zona de Obras, entre otras; e integró los equipos de producción de los programas de televisión “Forenses”, “Fiscales” y “Ser Urbano”.

Ganó un Premio TEA, un premio del Fondo Nacional de las Artes (compartido con Julián Gorodischer, por la revista Estrella de la Argentina) y tres Premios Perfil a la Excelencia Periodística. Llevó adelante con el historiador Diego Galeano el Coloquio sobre Delito, “Memoria Urbana y Escritura en la Argentina: a 100 años de los crímenes del Petiso Orejudo“, en el Museo del Libro y de la Lengua de la Biblioteca Nacional.

Estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires.

 

 

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En el cielo nos vemos: las dos desapariciones de Jorge Julio López

El 18 de septiembre se cumplen 7 años de la desaparición de Jorge Julio López. Son 7 años en realidad desde su segunda desaparición.

En ese contexto, recomiendo la lectura de En el cielo nos vemos (Ediciones Continente), un libro de Miguel Graziano, que cuenta la historia de este hombre condenado a sufrir la misma situación dos veces. Una en plena dictadura, y otra en plena democracia.

A la desaparición forzada, el horror y la cárcel le sigue la historia de la impunidad, en un largo camino que va desde la ley de autoamnistía dictada por los militares en 1983 hasta la derogación de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, en 2005. Y una vez que López pudo dar testimonio en el juicio a Miguel Etchecolatz, cuando faltaban apenas unas horas para que se conociera la primera condena por crímenes cometidos en el marco de un genocidio, otra vez la ausencia, la desaparición. De eso también da cuenta En el cielo nos vemos, el desconcierto y la impotencia de los funcionarios, las piezas del rompecabezas que no encajan en la investigación, las pistas disparatadas e interesadas, los rastrillajes indiscriminados y los misterios teñidos de mensajes mafiosos en un caso aún impune.

Un adelanto:

La boina azul, la campera bordó y los mismos zapatos que usó en cada una de las audiencias del juicio, sin importar si hiciera frío o calor, estaban en el living, preparados sobre una silla. Gustavo pensó que su papá se había quedado dormido y se metió en su habitación. Su lado de la cama estaba abierto. Fue hasta el baño. No estaba ahí. Irene recién se despertaba.

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