De menor a mayor: Woody Allen

*Figura del día: Woody Allen

*Una cita memorable: “Most of us…need the eggs” (Annie Hall)

*El podcast express de mañana será sobre: The Visit

*Post del lunes: De cómo las películas nos recuerdan a alguien por Verónica Stewart

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*DE REGALO: 20 AFICHES ALTERNATIVOS DE PELÍCULAS DE WOODY:

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Una imagen…

Hoy en Cinescalas escribe: José Tripodero

Hace unos días falleció Gordon Willis, el célebre director de fotografía de icónicas películas de la década del 70. Como sucede con aquellos que dejan este mundo para pasar otro estadio (vaya uno a saber cuál), a mí lo que me gusta hacer es recordar su obra, en un sentido pragmático bien alejado del duelo de viuda llorona. En el caso de Willis es muy sencillo implementar esta estrategia del homenaje, porque su trabajo nos deja ver antes que leer o escuchar; sin embargo, previo a sumergirme en el meollo de este texto, quería desmitificar ciertas convenciones sociales. Una de ellas es la “ver para creer”. El cine como ensamble de otros lenguajes paradójicamente ha servido para crear mentiras que disfrutamos siempre (of course). El cine como (re) construcción de un acontecimiento o directamente como materialización de un invento no alcanzado, un estatuto impoluto en la dualidad binaria de mentira y verdad o – en un tono más riguroso – de realismo y ficción. Si algo nos han demostrado los Antonioni, los De Palma y muchos otros es que una imagen nos miente tanto o más que un relato oral. Me detengo en otra frase usada hasta el hartazgo: “una imagen vale más que mil palabras”. Yo la reformularía como “una imagen vale mil imágenes” y eso me eyecta al centro de la cuestión (ya que estamos con frases hechas). Si vemos la imagen en blanco y negro de Manhattan, la de los dos protagonistas sentados frente al puente de Brooklyn, no sólo inmediatamente identificamos el film, sino que también es posible que se nos venga a la cabeza gran parte del resto de la película, es decir, una imagen puede operar simbólicamente y sí, ahí darle cierta practicidad a esa frase de “una imagen vale mil imágenes”.

El disparador mental se lanza a transitar los recovecos de la mente al visualizar una imagen, en especial aquellas que simbolizan diferentes temas y que por diversas razones tienen esa producción de sentido, relacionadas con lo simbólico. Así me sucedió cuando por las redes sociales se subían “still shots” (fotos fijas) de películas fotografiadas por Willis, el día que se conoció su muerte. Además de la mencionada Manhattan, la trilogía de El padrino se ubicaba entre las más buscadas para extraer esa suerte de unidad mínima del lenguaje cinematográfico, en “modo homenaje”. Yo me quedo con esa imagen del niño Vito Corleone (en El padrino: parte II) que llegado de Italia mira por la ventanita de su habitación a la Estatua de la Libertad, reflejada en un costado de la imagen. En este caso, el recuerdo juega también con los sonidos, en esa escena el niño (que hasta ese momento del film no había pronunciado palabra) canta la canción de la trilogía, le da letra a esa música de Nino Rota que ya la teníamos tatuada desde la película anterior y que en la tercera película el hijo de Michael la ofrendaría en una reunión familiar. Así es como esa mera fotografía me retrotrae a tres películas, además de la película a la que pertenece. Se repite la operación matemática de una imagen = mil imágenes. Otra es la de Jeff Daniels vestido de explorador en blanco y negro, contemplado por Mia Farrow a color dentro de un cine. Estamos en el mundo de La rosa púrpura del Cairo, el mundo de cómo el cine se nos mete en nuestra vida a través de la fantasía o de cómo nosotros podemos subirnos a esa pantalla más grande que la vida misma. El trabajo de Willis marca esa diferencia entre el color y el blanco y negro para dividir los dos mundos. Mi link mental redirige esa imagen a lo sensorial, a ese ritual de entrar a una sala de cine: buscar dubitativamente una butaca, sentarse, mirar la hora, acomodarse, mirar a los costados y esperar a que las luces se apaguen completamente. Si bien este ritual lo repito cada vez menos, le entrego toda mi atención y mi quietud para asombrarme o decepcionarme pero siempre con la misma expectativa que el personaje de Mia Farrow. Es paradójico que muchos optemos por ver un film en una sala, que como acto comprende ciertas restricciones (como las nombradas en mi ritual) por encima de la comodidad de un hogar, y claro está que muchos prefieren esta opción, solventada también por la mediocre oferta de películas en pantalla grande.

Recuerdo muchas otras “still shots” de películas. Pienso en el plano de una joven parada con sus hombros al descubierto, casi en actitud provocadora e intimidatoria (al espectador más que nada) con sus ojos cerrados hacia el sol, pienso en Un verano con Mónica de Ingmar Bergman. Esa imagen más que operar, como en los casos anteriores, bajo un efecto de simple recuerdo, me invita a subirme al Delorean hipotético de cómo se recibió tal osadía, de mostrar un cuerpo femenino en una situación tan erotizante como interpeladora, es la soberanía de un cuerpo moderno por sobre unas convenciones sociales conservadoras. La interpelación también aparece en esa imagen de Mónica fumando y conectando sus ojos con el espectador; el cine nos mira, hay una dialéctica generada por el poder de las imágenes. Como se ve en las mismas, éstas tienen diversos vectores que se cristalizan bajo una operación simbólica.

Las imágenes suelen aferrarse a la piel de nuestra vida, para bien o para mal. Aquí lejos de regodearme en la nostalgia o en la melancolía (dos estados inevitables, al parecer, cuando recordamos), lo que intento demostrar es que una imagen no vale más que mil palabras, su valor está en la posibilidad de multiplicar el poder de sus cualidades sin la necesidad de una “intervención divina” de otro lenguaje. En estos tiempos (tan digitales), en los que las imágenes son tan efímeras como las palabras que se dicen, las primeras pueden descender al nivel del carácter perecedero que tiene la oralidad. La preservación de nuestros recuerdos parece (de)pender de la unidad mínima del medio audiovisual, la imagen capaz de atravesar esa dualidad espacio-tiempo, de detenernos en un momento exacto y/o de transportarnos a lugares conocidos o desconocidos. En el cine (como también en su madre, la fotografía) la imagen representa la preservación de la memoria, un bien intangible y preciado que no puede entregarse a ningún progreso tecnológico.

Me quedo con dos temas: el poder de la imagen y el poder de la mirada, a partir de esa interpelación de Mónica ya descrita. Para otros momento quedará hablar de la “edad de la imagen”, de su nacimiento en la pintura, su transformación con la fotografía y, a su vez, de ésta como antecedente del cine y… del futuro. No quería alejarme de los despertares sensoriales y reconstructores de las “still shots”, en un sentido más bien subjetivo y estrictamente personal del asunto. Las imágenes son perfectas excusas para un repaso, para un recorrido hacia atrás en la memoria, una invitación al redescubrimiento (¿por qué no?) de uno mismo.

Por José Tripodero

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¡BUEN COMIENZO DE SEMANA PARA TODOS! En el día de hoy, con José les dejamos una única consigna: que mencionen otras famosas “still shots”/fotos fijas del cine; es decir, esas imágenes que se asocian irremisiblemente a una determinada película (a no confundir con secuencias completas, que de eso hablaremos el miércoles en esta suerte de semana temática); yo voy con la bicicleta de E.T. ;) ¡que tengan un excelente lunes, nos reencontramos mañana!

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—> La última vez escribió María Agustina Schirripa sobre… CLOSER

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Blue Jasmine: Cuando la canción deja de sonar

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

“Acabo de conocer a un hombre maravilloso. Es de ficción, pero no se puede tener todo”. Eso dice Cecilia (Mia Farrow) en una de las películas más románticas de Woody Allen – si por romanticismo entendemos no sólo una nostalgia por el pasado sino también una relación de amor con el cine -, la brillante La rosa púrpura del Cairo. Con Medianoche en Paris, el director habría de construir una relectura de aquella obra de 1985, ahondando nuevamente en ese concepto de la nostalgia legislada, la cual postula que es efectivamente posible entristecerse por no haber formado parte de una determinada época. Con ambas películas, Allen habla sobre la necesidad de escape que aprisiona a sus personajes (o los libera, dependiendo de cómo lo veamos) y, al mismo tiempo, está hablando del Séptimo Arte. Está trazando un marcado paralelismo entre cómo los viajes al pasado son igual de románticos que los viajes que uno hace cuando va al cine. Todo vendría a confluir en un mismo punto: aquello que no podemos asir nos resulta, en ciertas ocasiones, absolutamente fascinante. Por lo tanto, la frase de Cecilia alude a ese hombre que escapa de la pantalla pero también toca otro eje más sensible: ¿qué hacer cuando se quiere poseer lo inaprensible? En su estudio crítico sobre Allen, Miguel Fernández Labayen focaliza en Hannah y sus hermanas (para quien les escribe, la mejor película del director) para dar cuenta de cómo el dolor existencial de los personajes de ese film se hace extensivo a gran parte de la obra de Allen, y cómo es ese dolor el que les impide anclarse en una cotidianeidad que no parece satisfacerlos. Por el contrario, para Labayen, la mirada parece estar, en reiteradas oportunidades, en una falsa concepción de paraíso: “Todo se reduce a la necesidad de vivir según unas reglas de comportamiento que nadie sabe muy bien cuáles son (…) el dolor existencial se reconoce a través de un idealismo nostálgico”.

Esa nostalgia, a su vez, coloca a los personajes de cara a sus propias frustraciones, incluso a personajes que se reconocen (o que se muestran) incapacitados para pensar en la muerte como algo inevitable. Por el contrario, ese pensamiento sobre la muerte – o sobre las pérdidas – los ubica en un sitial donde predominan los nervios, ansiedades y neurosis. “La obra de Allen bascula alrededor de la afirmación del individuo contra todas las presiones que intentan constreñirlo” escribe Labayen, remitiendo a quienes, al no disfrutar la vida, terminan invadidos por una melancolía difícil de erradicar. Blue Jasmine es la síntesis más cruda de los tópicos mencionados previamente. El “no se puede tener todo” de Cecilia es equivalente al comportamiento general de Jasmine (Cate Blanchett) – quien no logra aceptar su verdadera identidad y por eso modifica su nombre -, una mujer de la aristocracia neoyorkina que cae en desgracia por el proceder fraudulento de su marido. Su negación de la realidad es tan rotunda que, incluso no teniendo demasiado dinero a su disposición, viaja en primera clase a San Francisco, ante el asombro de su hermana Ginger (Sally Hawkins), quien no duda en recibirla. Lo que hace Allen para abrir su película es magistral: delinea a la mujer central de su obra ya con las dos primeras escenas. Pero acaso se pueda hilar un poco más fino. Su maestría para la simpleza bien entendida también se pone sobre la mesa con las primeras palabras de Jasmine al evocar el encuentro iniciático con su esposo: “’Blue Moon’ was playing, you know the song ‘Blue Moon’?”. Esa pregunta retórica de Jasmine ante una desconcertada compañera de vuelo – en una de esas dos secuencias a las que aludí anteriormente – saca a relucir los ejes temáticos de la historia con una elegancia en el vocabulario que opera como una de las improntas de Allen. Los ejes van desde el juego con los dos significados de “blue”, pasando por el “was playing” (es decir, la película comienza con el pasado como foco temporal predominante) hasta la notoria significancia que tiene el hecho de rememorar un episodio a través de una canción. De una canción que ya no suena. De un momento que ya no está.

El principal conflicto que acarrea Jasmine se centra, como en otros de los personajes de Allen que se corren de lo autorreferencial, en la falta de herramientas para confrontar la sociedad. También por esto la segunda secuencia donde Jasmine espera las valijas es crucial. Allen la presenta como una mujer con la visión incuestionablemente desenfocada, quien habla independientemente de su interlocutora porque, como la desoladora secuencia final nos va a mostrar (la película, además, tiene una estructura cíclica perfecta), Jasmine en realidad se está hablando siempre a sí misma. Se está engañando a sí misma. Está escuchando “Blue Moon” en loop, sin poder salir de allí. Pero el pasado (y lo que uno decide hacer con él) no solo está representado por ella sino también por otros personajes que sufrieron el coletazo de acciones propias y ajenas. El suicidio de su marido Hal (Alec Baldwin) es expuesto por Jasmine de modo conciso y brutal, sin darnos tiempo de reacción, no sólo para mostrar otra clase de respuesta ante lo desesperante, sino también para fijar esa acción como algo de lo que hay que hablar escuetamente, como si no hubiese sucedido. Asimismo, Allen decide poner en boca de Augie, el ex esposo de Ginger, la descripción de la difícil tarea de hacer las paces con el pasado y seguir viviendo aceptando las consecuencias. Él confronta a Jasmine desde una posición que podría tomarse como inferior, como quien debe trabajar en Alaska porque no le quedó más remedio. Sin embargo, esa posición, para Allen, no es tan unívoca. Aún a esa vida no del todo satisfactoria Augie la sabe reconocer por lo que es. Jasmine, en cambio, mira anillos de compromiso en una vidriera, y huye de la realidad repitiendo el ciclo (volvemos a la estructura cíclica) con un nuevo marido en escena, hasta que la abrupta mención del hijo de Hal es lo que la trae al aquí y ahora, poniéndole stop a la canción.

Lo apabullante de Blue Jasmine es su oscilar entre pasado y presente – toda la película se estructura mediante un ir y venir cargado de revelaciones, de disparadores, de frases que activan recuerdos – y cómo ambos chocan de modo inevitable, provocando dos clases de efectos dominó. Para Jasmine, ese choque es invisible, ella sigue viviendo como si fuera factible recuperar lo perdido o, peor aún, como si nunca lo hubiese perdido en un principio. Para Ginger, sin embargo, la llegada de su hermana (quien vendría a representar otra vida, pero también un pasado negativo) le crea la falsa ilusión de que no es feliz con lo que tiene y comienza a eludir su propio presente en busca de espejitos de colores en los que antes ni hubiese reparado. Si bien Allen retoma su muestreo de miserias humanas y conflictos morales de sendas películas de su obra – desde Crímenes y pecados hasta El sueño de Casandra -, jamás castiga. Jamás, en ese juego especular, en esa colisión de una hermana con otra, en ese final donde Ginger vuelve a la vida que quería y Jasmine persiste en refugiarse en la vida que pereció, decide cargar las tintas sobre la culpabilidad de una u otra o sobre la lógica de un desenlace por sobre el otro. Por el contrario, el realizador retoma las palabras de Jasmine (“anxiety, nightmares and a nervous breakdown…there’s only so many traumas a person can withstand until they take to the streets and start screaming”) para observarla en el banco de un parque como lo hacía en ese avión. De cerca. Inquietando. Diciéndonos que no es necesario empezar a gritar como única forma de canalizar lo que implica el ver a un sueño hecho añicos. A veces, en lo más imperceptible se encuentra lo más aterrador (no es casual que Chili, el novio de Ginger, reaccione a los gritos ante un desengaño, mientras que en la vida de Jasmine todo se tape, se mire de reojo, se apacigüe con pastillas); a veces, el hablar en soledad es lo más pesadillesco de todo, el momento de mayor peligro, en el que uno puede autoconvencerse de cualquier cosa por un factor insoslayable: nadie puede escucharte, nadie puede contradecirte.

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Mucho se ha escrito sobre el paralelismo entre Blanche DuBois y Jasmine y lo cierto es que hay una innegable simetría entre el film de Allen y Un tranvía llamado deseo. Sin embargo, el director también se nutre de su fascinación por la estructura narrativa de su querido León Tolstói: “me gustan esas novelas, como Anna Karenina, en las que tenés un trocito de la historia de alguien y otro trocito de la historia de otra persona y luego de otra. Me gusta ese formato de conjunto” expresó una vez el director. Blue Jasmine se sostiene tanto por ese vaivén temporal como por ese conglomerado de trozos, de voces que se posicionan en dos veredas opuestas cuando se produce una caída. Y si hablamos de caída, el deterioro paulatino de Jasmine está puesto de manifiesto en la enorme actuación de Cate Blanchett, quien se compromete con cada situación emocional de su personaje (desde la negación mediante una sonrisa eterna hasta el quiebre en la descomunal secuencia del llamado telefónico) y quien, con un caminar errático o en estado de constante agitación, va mostrando cómo Jasmine no está por desmoronarse: ya se desmoronó hace tiempo. “’Blue Moon’ was playing, you know the song ‘Blue Moon’?” vuelve a preguntar(se), ahora no con los pies en el aire sino sobre la tierra (nada es arbitrario en el binomio apertura-cierre de esta gran obra melancólica); ahora no acompañada sino sola; ahora no prolijamente vestida sino visiblemente desarreglada. De todos modos, la prueba de que proseguirá moviéndose en círculos está justamente en eso: las circunstancias pudieron haberse alterado y la canción pudo haberse detenido, pero ella, así y todo, va a creer que nunca dejó de sonar. 

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► [ESCENA] Les dejo este gran momento de Cate en Blue Jasmine:

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► [GALERÍA] Actores que enaltecieron determinadas películas:

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¡Buen miércoles! Dos consignas para este día: 1. ¿Vieron Blue Jasmine? ¿Qué les pareció? Dejen sus apreciaciones así la debatimos entre todos 2. Teniendo en cuenta el descomunal trabajo de Cate Blanchett en la película de Woody, me gustaría que sumemos otras interpretaciones que “hacen” un film, es decir, esas películas que son enaltecidas por el trabajo de un solo actor; la idea es reunir todos los aportes en una galería; como siempre muchachada, los leo; ¡que tengan un excelente miércoles!

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Composición: Tema libre (segunda entrega)

Bueno muchachada, me esperan los últimos días de terminar con los detalles del libro. No solo la edición y corrección final, los intercambios con la editorial y cosas por el estilo, sino también lo que se viene después (a saber: la presentación y toda la energía organizativa que eso implica y para lo cual, y gracias a este blog, he recibido mucha ayuda). Conclusión: para que todo salga perfecto, la atención tiene que estar puesta ahí. Lo mismo el tiempo. Por ende, se me complica mucho actualizar el blog miércoles, jueves y viernes. El sábado regresamos con una canción y yo respiraré tranquila y todo volverá a la normalidad. Les confío nuevamente el espacio y (nuevamente también) les agradezco la paciencia. Divaguen a lo loco, yo les tiro el primer punto de partida (¿vieron el documental de Woody que se estrenó?) y ustedes hagan el resto. Nos vemos pronto (con un festejo y dos concursos). 

Nunca veríamos a Woody Allen filmando una catástrofe

Si bien el famoso “nunca digas nunca” es también aplicable al mundo cinematográfico (como lo vimos en este post, donde muchos nos enteramos de que Roland Emmerich había realizado una biopic sobre William Shakespeare), también es cierto que hay sucesos que son, cuanto menos, improbables. La idea para hoy es hacer una suerte de reverso del post de las marcas autorales, mencionando todos esos hechos que están lejos de llevarse a cabo. Como ejemplo para ilustrar la consigna me fui bien a los extremos y elegí a Woody Allen y la certeza de que nunca va a filmar una película como las de, curiosamente, Roland Emmerich. Pero no nos limitemos solo a directores. Podemos también hacer mención de actores que nunca incursionarían en un determinado género o que nunca se convertirían en fetiches de algún realizador (como lo escribió Nati en el adelanto en Facebook: ¿lo imaginan a Vin Diesel en un film de Richard Linklater? Mmm…mejor no). De eso se trata. De enunciar los “nunca jamás” del mundo del cine, para quizás releerlos algún día y ver si uno de ellos, contra todos los pronósticos, se terminó haciendo realidad. ♦

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En este miércoles, una consigna más lúdica: Así como yo hice con el ejemplo de Woody, me gustaría que enuncien sus “nunca veríamos a x filmando x cosa” o “nunca veríamos a x actuando en tal otra”; usen su imaginación y dejen sus comentarios, así nos divertimos un rato; ¡hasta mañana, muchachada! ¡gracias por estar como siempre!

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