Deathmatch: Actores ganadores del Oscar

Si bien no puedo olvidarme que una vez sucedió esto, debo reconocer que me alegró mucho cuando pasó esto otro. Asimismo, recuerdo ese momento agridulce pero necesario, como también aquel que de necesario tuvo poco y nada. Por otro lado, ¿cómo discutir este hecho? Imposible. Por otro lado, ¿cómo no discutir este otro? Bastante posible. Me alegro, a su vez, por muchas cosas. Por esto, esto y esto. Me enojo, sobre todo, por esto, esto y esto. Pero sí sé que nunca me voy a olvidar que una vez se produjo este hecho, que contrarresta cualquier enojo que me pueda generar este otro. ¿Y ustedes? ¿Qué me cuentan?.

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► [UNA BUENA] Tom Hanks gana el Oscar por Philadelphia y da uno de los mejores discursos de aceptación:

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► [UNA MALA] Roberto Beningni gana el Oscar por sobre Ian McKellen, Edward Norton, Nick Nolte y Tom Hanks:

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► [COMPILADOS] Todos los mejores actores que fueron premiados por la Academia, en categoría principal y secundaria:

Academy Awards for Best Actor in a Leading Role (1927/28 - 2012) from Andrés Borja on Vimeo.

Academy Awards for Best Actor in a Supporting Role (1936 - 2012) Longest Video from Andrés Borja on Vimeo.

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¡Hola a todos! Un nuevo jueves, un nuevo Deathmatch: De todas las actuaciones masculinas en ganar un Oscar, ¿cuáles les resultaron las mejores y cuáles las inmerecidas de un premio y/o inexplicables? Tanto en este link como en este otro les dejo los ayuda-memoria; asimismo, recuerden que mañana cierra el concurso de los Oscars, así que los que no participaron tienen dos días más para hacerlo; durante el fin de semana guardaré sus apuestas en un Excel, ya que como ahora se pueden editar los comentarios en cualquier momento, y aunque confío en su honestidad, no voy a permitir que hagan trampa sino que gane el mejor :P ¡Buena suerte!

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DEATHMATCH WINNER… DANIEL DAY LEWIS

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LA ÚLTIMA VEZ ENFRENTAMOS A… TODAS LAS ACTRICES GANADORAS DEL OSCAR

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GIF OBLIGATORIO:

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Cloud Atlas: Todos mis pasados y mis futuros

 “All my lovers were there with me, all my pasts and futures; and we all went to heaven in a little row boat, there was nothing to fear and nothing to doubt”

“Más allá de la aldea india, en una playa desierta, me he topado con una serie de pisadas recientes. A través de aguas podridas, cocos marinos y bambú, las huellas me han llevado hasta su artífice”. Con ese párrafo, David Mitchell abre su novela, Cloud Atlas, y, como a lo largo de los seis episodios que narra, una palabra es lo que marca el rumbo, es lo que pasa a definir la yuxtaposición de todos esos relatos. Dicen que muchas veces, cuando se está leyendo una novela, lo ideal es detenerse en un término que, ante su ausencia, dejaría huérfana a la historia. Lo ideal es, desde lo semántico, determinar la columna vertebral, las intenciones del autor. Y creo que nada mejor para rescatar de ese primer párrafo que el término “huellas”. Cloud Atlas es una novela sobre rastrear, sobre buscar indicios, pistas (“una serie de pisadas”) que son el cimiento de esa premisa de que todo está conectado. En una primera lectura, la novela de Mitchell resulta inadaptable, con un lenguaje interno sumamente intrincado, lleno de esa clase de indicios semánticos vitales, justamente porque todo está volcado hacia la idea de que la humanidad, a través de las épocas (o independientemente de ellas), tiende a repetirse en conductas, presa de una suerte de procedimiento cíclico donde una decisión repercute en otra y donde todo aquello que representa una posibilidad estuvo antes irremisiblemente precedido de un fin, del fallecimiento de otra cosa. En sus seis historias, Cloud Atlas transforma esa cárcel que podría ser el estado cíclico en una gran parábola sobre la libertad, por más ínfima que esta sea. La libertad que puede durar el lapso de una sinfonía, o la libertad que puede durar el lapso de una revolución. En este sentido, sus microrrelatos están todos focalizados en el sacrificio, no necesariamente en el individual, sino el sacrificio como algo que nos circunda constantemente, sobre esas puertas que se cierran porque deben hacerlo para que una nueva viñeta pueda ser escrita. Y eso que se escribe, a su vez, va a constituirse en una huella que alguien más, en otro momento y lugar, va a absorber, va a tomar como inspiración, para reescribirla a su modo o simplemente para no olvidar, para que una acción del pasado, por más trunca o subdesarrollada que haya podido quedar, pase a convertirse en modelo de algo que tendrá sentido en otro instante en particular, comprendido por un individuo (o la suma de) en un momento determinado. Y como toda acción cíclica, tiene un movimiento, un ritmo, una cadencia, una musicalidad (porque si hay algo que define a la novela es también su sensibilidad hacia la música, protagonista excluyente de “Cartas desde Zedelghem”, una de las mejores historias) que responden a lo mismo: la energía. La energía  que se recicla, se transforma, se renueva.

♫ “I’d rather become music” ♫

“Ayer creía que nunca iba a hacer lo que hice hoy. Estas fuerzas que tan seguido alteran tiempo y espacio, que forman y modifican todo lo que imaginábamos hacer, empezaron mucho antes de que naciéramos y van a continuar después de que perezcamos. Nuestras vidas y nuestras elecciones, como trayectorias cuánticas, son comprendidas momento a momento” dice Isaac Sachs, un personaje pequeño pero definitorio en Cloud Atlas. Posteriormente, Isaac va a experimentar en carne propia el peso de su decisión y cómo la misma puede entrar en comunión con otra similar de otro instante del futuro (el futuro de Zachry, quien también se encuentra haciendo algo por amor sin habérselo propuesto). Su acción es, otra vez, una pisada que marca otro rumbo, que, por más mínima que pueda resultar si es observada desde un amplio espectro, es enorme al ponerle la lupa encima. Poner la lupa sobre las acciones más heroicas (y, en contraposición, las más aberrantes) que lleva a cabo el ser  humano. ¿Quiénes podrían hacer lo propio con la novela de Mitchell? ¿Tomar esos seis episodios, y todos los demás que se generan dentro, para hacer de ellos una película? Tres realizadores cuyas ambiciones les han jugado, en el pasado, tanto a favor como en contra. El vicio es una cualidad bicéfala, parece tener una connotación estrictamente negativa y, sin embargo, trae aparejado un desenfreno, una suerte de creatividad desbocada. El vicio de la adaptación de Cloud Atlas y sus tres directores (Andy Wachowski, Lana Wachowski y Tom Tykwer) es lo que la hace fascinante. Porque su ambición es fruto de una necesidad verdadera de interconectar las seis historias, de tejer redes con la palabra y con la edición, con la música (para la cual también colaboró Tykwer) y, claro, con imágenes que por sí mismas puedan sintetizar una idea. Su ambición, entonces, tiene una correlación con el principio del arte más noble: el que se manifiesta a través de la belleza. Y la belleza puede provenir de un singular recurso de adaptación. Lo que en la novela es un relato onírico con formato de preludio (el compositor Robert Froshiber sueña que rompe objetos de porcelana y, en lugar de oír ruido como consecuencia de su acción, termina oyendo acordes), en la película es una escena que llega casi sobre el final, como poniéndole un sello a esa historia de amor entre Frobisher y Sixmith, como poniéndole un sello a sus fascinantes cartas.

∞ “Each encounter suggests a new potential direction” ∞

Asimismo, la belleza en Cloud Atlas también reside en su postura más arriesgada: sus actores se ponen al hombro distintos personajes de las seis historias, respaldados por la precisión en la caracterización que en muchas ocasiones los vuelven completamente irreconocibles. Pero eso no es todo. Cada actor interpreta no solo a esos personajes múltiples sino a un prototipo de personaje (el ejemplo más claro es el de Hugo Weaving, quien es el villano en todos los relatos) y es esa simetría, es esa singularidad de verlos continuamente en numerosas ocasiones lo que refuerza la sensación de que hay conceptos que derivan en situaciones que derivan en actos atemporales de unión infinita. “Tiempo, gravedad, amor. Esos son los poderes más importantes y los más invisibles”. Cloud Atlas es una película que, como dije previamente, pone la lupa sobre esa invisibilidad, que la vuelve notoria con unas imágenes que prefiguran ese grado de poder. “El mundo gira con las mismas fuerzas nunca vistas que giran nuestros corazones”. Los corazones no tanto giran como se retuercen, se hacen latir, se oyen unos a otros, y se usan como motor para los actos de nobleza más hermosos. Y donde más percibimos esto es en “La antífona de Sonmi-451”, cuya figura central (la mencionada Sonmi) pasa de ser una herramienta más de un sistema opresivo, a una herramienta clave de un movimiento de cambio, a una heroína/diosa para el futuro, una inspiración para Zachry, quien, aunque después conozca otra versión, es impulsado por Sonmi, así como Sonmi fue impulsada por Yoona-939, así como Yoona fue impulsada por la frase de Timothy Cavendish “No voy a ser objeto de abuso criminal”. Pero con Sonmi y su proceder también volvemos al pasado, volvemos a Adam Ewing y su propia ambición de cambio, fruto de una amistad impensada con un esclavo. Como escribió Carl Jung: “El encuentro de dos personas es como el encuentro de dos sustancias químicas: si hay una reacción, ambos son transformados”. La mirada de uno sobre la mirada del otro, en un lapso de segundos, bastó para que se genere una reacción y para que Ewing (quien pasaría luego a ser objeto de adoración de un Frobisher ávido de lectura) le de otro curso a su vida, quebrando así los impedimentos: “Todas las barreras son convenciones esperando a ser transcendidas. La separación es solo una ilusión”. Exceder las limitaciones es el corazón palpitante que retroalimenta la fuerza y la ambición de una película como Cloud Atlas, una obra única, infrecuente, anómala, desafiante. Una película que eleva el poder del montaje (hay cientos de ejemplos de cómo una secuencia está ligada a otra con un objetivo nada arbitrario), que tiene inteligencia para reconstruir pisadas/relatos, pero también la sensibilidad suficiente como para mostrar reencuentros, historias de amor truncas, muertes, rebeliones, y corazones palpitando al unísono.

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“Nuestras vidas no nos pertenecen”, asegura Sonmi. “Estamos conectados a otros, pasado y presente, y por cada acto criminal hay un acto de bondad. Así, damos vida al futuro”. Cloud Atlas puede parecer una película macroscópica pero es exactamente lo opuesto. Es sobre como un hecho microscópico (spoilers: el suicidio de Frobisher, el sacrificio de Sonmi) puede repercutir en los demás. Las puertas de ellos se habrán cerrado, pero dieron lugar a manifestaciones de apertura (la reacción de Luisa Rey al escuchar el sexteto “Cloud Atlas” de Frobisher/ La reacción de Zachry al enterarse de cómo fue la cruzada de Sonmi), a una promesa de futuros, de un cielo vasto (Cloud Atlas comienza y termina con el cielo en primer plano), de hojas pentagramadas que aguardan notas musicales. Ya sabemos el efecto que algo que compuso alguien en el pasado puede tener en el futuro o, si nos volvemos inmediatos, en este presente. Una película como Cloud Atlas es esa gota del océano de la que habla Ewing, es una obra que marca una diferencia, que retuerce el corazón. Es la ambición como virtud. Jung también dijo que la vida no vivida “es una enfermedad de la que se puede morir”. Pero si hay algo que tiene Cloud Atlas es, justamente, una motivación vívida que, como Frobisher, se agita en su impulso de arrojar porcelanas al piso, y de hacer del fuerte golpe una armonía divina. 

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► Les dejo un especial sobre Cloud Atlas:

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► Les dejo también imágenes de la película:

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► DE YAPA: la gran banda sonora del film:

Cloud Atlas by cinescalas on Grooveshark

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¿Vieron Cloud Atlas? ¿Los deslumbró o los dejó indiferentes? Los invito a debatirla en este espacio; de paso, podemos hablar sobre los hermanos Wachowski y también sobre otras películas tan ambiciosas como esta que recuerden para mencionar en el post; ¡Los leo, bienvenidos de vuelta a la normalidad del blog! ;)

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El mejor papel de…Meg Ryan

I just want to say that all this nothing has meant more to me than so many somethings”

En Tienes un e-mail se recuerda a “River”, esa gran canción de Joni Mitchell; se habla de ella como se habla de los más hermosos recuerdos: con nostalgia y felicidad. Ahora bien, ¿por qué Nora y Delia Ephron habrán elegido ese tema para mostrar a una mujer armando su árbol de Navidad? No solo porque éste hable de esa época sino porque habla de patinar, de enseñarles a los pies a levitar y, sobre todo, de los “I wish” (“I wish I had a river I could skate away on…”), de los deseos. Y el deseo de Kathleen Kelly es poder, por un momento, tener a su madre consigo para ayudarla a elegir los adornos para ese árbol. Es una escena perfecta, en la que Meg Ryan mueve los ojos de lado a lado, mira por la ventana, mira el árbol y su rostro refleja lo importante (y a veces difícil) que es evocar (a algo, a alguien).

“Someone you pass on the street may already be the love of your life”

En Tienes un e-mail se recuerda al cine clásico (The Shop Around the Corner) porque, a pesar de incorporar una (por entonces) novedad como los mails, toda la historia transcurre en una Nueva York inalterable y atemporal. El vínculo entre Kathleen y Joe Fox (F-O-X!) podrá estar signado por el evidente subtexto de la película (Orgullo & prejuicio), podrá aludir a El Padrino como ya hemos señalado en este post, pero en el momento de la verdad, cuando él queda encerrado en un ascensor, esas referencias se hacen a un lado para denotar una universalidad: no hay que desaprovechar las oportunidades, y hay que ser valientes para admitir hacia dónde (o hacia quién) queremos ir. Sobre todo, porque la puerta de ese ascensor eventualmente va a abrirse y la vida, aunque querramos suspenderla, va a forzarnos a seguir en movimiento. Es otra escena perfecta, en la que Tom Hanks advierte qué necesita para salir de ese círculo de “It’s not personal, it’s business”. Y lo que necesita es regalarle margaritas a la mujer que piensa que esas flores son las más compañeras de todas.

En Tienes un e-mail se recuerdan los emprendimientos cálidos, íntimos y personales, como lo es esa librería que hereda Kathleen de su madre, junto a su amor por la literatura, amor que continúa en la letra escrita por ella misma (en una computadora, paradójicamente), esperando que su destinatario se haga eco de esos pensamientos que son tan arbitrarios que no podrían pertenecerle a nadie más. El cortejo final de Joe es uno de los tramos más encantadores del film de Ephron, donde casualmente los mails pasan a un segundo plano y hay paseos, conversaciones, todo lo que implica el trasladar el sentimiento a lo más real y concreto. Y nada dice real y concreto como dos personas caminando hacia un mismo punto. Es la última escena perfecta de una película en la que Meg Ryan (como también hizo en esta obra maestra, y en Sintonía de amor) le sonríe a un hombre que le promete el mundo, ese mundo que cabe en un parque, en un perro, en él citando a Vito Corleone y en ella sintiéndose Lizzy Bennet.

¿Cuál les parece el mejor papel de Meg Ryan?; de yapa, cuenten de qué actor o actriz quisieran ver post; ¡Gracias a todos y Buen Finde!

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La escena del día: Náufrago

“Ahora solo un camino he de caminar, cualquier camino que tenga corazón”

El final de Náufrago es lo más cercano a un manifiesto sobre la libertad que podemos encontrar en una secuencia cinematográfica. Quizás por eso nunca reparo en la publicidad de FedEx, no me detengo demasiado en todo lo que transcurre en esa isla, así como tampoco recuerdo solo a Wilson. Los grandes momentos del film de Robert Zemeckis llegan a medida que se acerca el desenlace, donde adquieren importancia sustancial todas esas señales que la historia venía entregando previamente (Noland como un hombre sin tierra; los relojes y las brújulas que no funcionan en ese tiempo que se detiene) y que convergen en ese sendero de caminos que se birfucan. La escena de hoy es un monólogo de Chuck sobre una de las situaciones que más nos cuesta manejar: las situaciones imprevistas. Mientras él sostiene el vaso, mientras habla con su amigo, mientras reconoce nunca haber pensado volver a sentir el frío de un hielo en su mano, y mientras se lamenta por la pérdida de un amor que trasciende cualquier brecha temporo-espacial, su entonación optimista habla de cómo la esperanza se impone por sobre la resignación. Náufrago, con esa manera luminosa de mirar el camino abierto, termina siendo menos un film sobre un hombre rutinario que se desestructura y más uno sobre cómo lidiar con las fluctuaciones, con todo aquello que se nos va de las manos por no poder controlarlo; por eso, cada vez que muestra una ruta, un beso bajo la lluvia o un llanto sobre una balsa, lo hace siempre e inevitablemente hablando de la libertad.

“Who knows what the tide could bring?”:

¿Qué opinan de Náufrago? ¿Qué otros grandes monólogos del cine podrían sumar al post?; de yapa, propongan una secuencia que quieran ver el jueves próximo; ¡Gracias!

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