Sus películas del año (y un video de regalo) (¡y Feliz 2015!)

Olivia: Sam, say something!

Samantha: Good…luck?

Boyhood

Este año a mi hermano le recomendé varias películas, pero especialmente estas cuatro: Boyhood, The Skeleton Twins, Before I Disappear y Mistaken for Strangers. Luego de verlas, y con un tono similar al que usa Samantha en la cita superior, me respondió: “me parece que me estás queriendo decir algo”. Conscientemente – porque no hubo nada de inconsciente en el acto – estaba necesitando que mire esas historias que, en mayor o menor medida, hablan sobre la hermandad, quizás para repensar un poco nuestra propia relación, o quizás porque todo lo que implique ver a dos hermanos sobreponerse a los conflictos toca una fibra bastante íntima (por eso la foto elegida para este post, aunque mi película del año sea otra). Con respecto a eso de tocar fibras íntimas, me es imposible hacer un repaso de todo lo que pasó en estos doce meses sin que sus propias palabras se entrecrucen con las mías, como ya había sucedido en el epílogo de Démosle un buen final a esta historia y como sucede acá todos los días. Ya saben que en el blog suelo citar mucho, que considero que hay pocas cosas tan valiosas como encontrar en palabras ajenas pensamientos propios. Sin embargo, anoche, cuando sondeaba posibles citas para este texto, no necesité recurrir a ningún libro para refrescar la memoria. Esta vez, las frases las tenía grabadas en mi cabeza. ¿Cómo podía cerrar el año de Cinescalas sin citarlos a ustedes? Y así, apareció la frase de Luján (“reúne personas que encuentran en las otras lo que necesitan en el momento”), después llegó la de Caro (“yo creo que todos los que participan de Cinescalas tenían que llegar ahí”), luego la de Anis (“es un lugar en donde hay amigos, eso es para mí el blog”), también la de Pao (“compartimos un código en común”), la de Mili (“yo lo comparo con un noviazgo”) y la analogía de Lore (“estamos todos sentados en una mesa”), entre muchas otras. Durante gran parte del año soñé con esas frases cuando, en el maratónico proceso de edición, me atormentaba la idea de no poder conectarlas de modo tal que todos los que son parte de este lugar (y no solo quienes brindaron su testimonio para el documental) se sintieran representados por ellas. Me acuerdo que luego de la proyección, en ese lunes 24 de noviembre, José se acercó justamente para decirme que muchas de esas palabras de No estás solo en esto tranquilamente podrían haber salido de su boca. Y ahí, en el momento más impensado quizás, me cayó la ficha, me cayeron las lágrimas, me cayó toda la carga emocional del año encima. Fue un año en el que recurrí más de una vez al título de mi propia película (gracias Ignacio por esas cinco palabras) para no perderme, para no hundirme. Fue un año en el que mi viejo se enfermó unos días antes de salir a filmar y empeoró unos días antes del estreno en Mar del Plata. Fue un año de choque de estados anímicos a veces tan apabullante que ese eje del que hablo siempre que aludo a Cinescalas terminó cumpliendo precisamente esa función. El blog, como en sus inicios en el 2010, volvió a salvarme.

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Recuerdo que una colega del diario, en pleno festival, me habló de la valentía que viene con el documental por añadidura. Inicialmente no identifiqué a qué se refería hasta que ella misma lo explicitó. La valentía de todos por exponerse. Me di cuenta de que si no advertí lo que estaba expresando era porque para nosotros, quienes estamos dentro de esto, exponernos es una consecuencia natural del vínculo que entablamos, independientemente de cómo pueda ser visto desde afuera. Por lo tanto, textos como el de Eternal Sunshine of the Spotless Mind o el de Boyhood implicaron un gasto de energía, sí, pero porque la carga sentimental no murió en mis palabras sino que se expandió con sus aportes. En el primero recordaron a personas que ya no son parte de sus vidas, y para el segundo buscaron fotos de su infancia, hablaron de su infancia, rememoraron su infancia. Y ahora entiendo a esa colega. No es fácil hablar de uno y ahondar en el pretérito, más aún cuando ya somos adultos y el ejercicio nostálgico puede ser doloroso. Pero ustedes lo hicieron. Lo hacen. Espero que lo sigan haciendo. Esa imagen visual que se configuró Lore del blog como una mesa ovalada blanca no podría ser más certera. Acá nos juntamos todas las noches aunque estemos físicamente en distintos puntos (como Ezequiel capturó en el afiche del documental). Algunos se levantan sin saludar y otros se despiden hasta el día siguiente. Hay una charla que nos unifica y otras subcharlas que entablan algunos en un rincón. Hay quienes vuelven después de un largo tiempo y otros que llegan por primera vez. Como sea, hay algo, pasan cosas, ustedes ponen esto en movimiento y, por extensión, hacen lo mismo conmigo. Por ende, y con la misma precisión que Samantha, les deseo suerte para este nuevo año. Porque, como Samantha, me quedo sin palabras ante todo lo que este espacio me trajo. Y volviendo a las citas, Gise dice algo así en el documental: “vos tenés la pasión a un nivel y cuando la empezás a compartir con los demás se te potencia”. El verbo compartir me lleva indefectiblemente a Lester Bangs y a ese llamado telefónico nocturno. Creo que Cinescalas muchas veces es eso para mí: el número al que acudo cuando necesito decir algo. Gracias por siempre levantar el tubo, gracias por hacer que mis palabras no se pierdan. ♦

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MI TOP TEN DE PELÍCULAS DEL AÑO (y tres yapas):

 ► 1. BOYHOOD (Richard Linklater)

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► 2. THE WOLF OF WALL STREET (Martin Scorsese)

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► 3. LA VIDA DE ADÈLE (Abdellatif Kechiche)

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► 4. INSIDE LLEWYN DAVIS (Joel y Ethan Coen)

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► 5. SHORT TERM 12 (Destin Daniel Cretton)

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► 6. TOM À LA FERME (Xavier Dolan)

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► 7. UNDER THE SKIN (Jonathan Glazer)

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► 8. GOD HELP THE GIRL (Stuart Murdoch)

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► 9. VI ÂR BÂST!/WE ARE THE BEST! (Lukas Moodysson)

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► 10. STOCKHOLM (Rodrigo Sorogoyen)

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► *MENCIÓN ESPECIAL DEL AÑO: 22 JUMP STREET (Phil Lord y Christopher Miller)

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► *MEJOR DOCUMENTAL DEL AÑO: MISTAKEN FOR STRANGERS (Tom Berninger)

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► *MEJOR PELÍCULA DE OTRO AÑO QUE DESCUBRÍ ESTE AÑO: WEEKEND (Andrew Haigh)

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► [VIDEO DE REGALO] SUS PELÍCULAS DEL 2014: Como ya es tradición, les dejo el video de fin de año donde aparece gran parte de la comunidad reflejando la diversidad de gustos que hay en este espacio; muchísimas gracias a todos los que enviaron su foto y se tomaron el tiempo para producir(se) y otro gracias enorme a Matias Aimar quien me ayudó con la edición del video con extrema paciencia; este es mi regalo de fin de año para todos ustedes, espero les guste, agranden la pantalla, pónganse los auriculares y just push play:

Cinescalas - Video Fin de año 2014 from lanacion.com on Vimeo.

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► [VIDEO DE YAPA] Como siempre, les dejo el gran repaso que hace David Ehrlich de todo el cine visto en el año; nuevamente hago la salvedad de que uno podrá coincidir o disentir con su ranking, pero el trabajo de edición es increíble y de paso les cuento que todas las canciones que se escuchan en el video sonaron en películas de este 2014; esto es brillante:

THE 25 BEST FILMS OF 2014: A VIDEO COUNTDOWN from david Ehrlich on Vimeo.

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► [IN MEMORIAM] El emotivo homenaje de TCM a todos los artistas que perdimos en este 2014 (a no olvidarlos) :

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¡BUEN DÍA PARA TODOS! Ya saben qué hacer en este post: dejar sus Top Ten de películas del año y todas las yapas que quieran (documentales, decepciones, peores películas, etc.); muchísimas gracias por acompañarme en el que fue, sin dudas, el año más especial de CINESCALAS; yo me voy a tomar todo el mes de enero de vacaciones (volveremos oficialmente el lunes 2 de febrero) pero, como no podía ser de otra manera, les dejaré tres Open Post para que charlemos: uno el domingo 11 por la entrega de los Globos de Oro, otro el jueves 15 por las nominaciones al Oscar y el último a definir; sin más que agregar, les digo que se los extrañará en las próximas semanas y les deseo que tengan un excelente 2015; ¡hasta pronto! ;)

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¡FELIZ 2015, MUCHACHADA!

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Lo mejor del 2014: Las escenas

Cuando Jordan experimenta el efecto del exceso de Quaaludes

Cuando Adèle y Emma se reencuentran en el café

Cuando Frank susurra “I love your wall” en un bar de mala muerte

Cuando Llewyn va a visitar a su padre y le canta “Shoals of Herring”

Cuando él la toma a ella del brazo y la mete en el ascensor

Cuando el noticiero decide transmitir el video filmado por Lou Bloom

Cuando Mason se sube a la camioneta sin mirar atrás

Cuando Milo incita a su hermana Maggie a cantar con él

Cuando Donna y Max se ponen a ver una película juntos

Cuando April recibe un mensaje de texto de Teddy tras una larga espera

Cuando Augustus, Hazel y Isaac se juntan para el falso funeral

Cuando Sammy sale corriendo por el pasto en cámara lenta

Cuando Rayon se enfrenta a su papá después de mucho tiempo

Cuando Tom es perseguido por Francis a través del maizal

Cuando Eve se siente sola y empieza a cantar “Musician, Please Take Heed”

Cuando Richie escucha “Five Years” de Bowie en una fiesta de disfraces

Cuando se produce la sangrienta batalla en ese tren indetenible

Cuando Gretta se va del concierto de Dave y se sube a su bicicleta con una sonrisa

Cuando Tom se mete en el recital de su hermano a filmarlo cámara en mano

Cuando ella va a buscar a una nueva víctima a la playa

Cuando Jenko y Schmidt van a visitar al señor Walters y Eric a la cárcel

Cuando Amy arremete con su monólogo de las “cool girls”

Cuando Ida se remueve el velo y se deja caer el cabello

 Cuando Hedvig les empieza a cantar “Sex noll tvâ” a Bobo y Clara, quienes la miran felices y luego, al concluir la canción, le dan un enorme abrazo. 

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 ► [MI ESCENA DEL AÑO] La de los “Lemon Quaaludes” de The Wolf of Wall Street de Martin Scorsese:

Lemon Quaaludes from Kaprah91 on Vimeo.

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¡BUEN MARTES PARA TODA LA MUCHACHADA! Hoy elegimos las mejores escenas que nos dejó el cine en el 2014 (afortunadamente son muchas); como siempre, leo sus aportes; nos reencontramos mañana en el megapost de fin de año; ¡dejen sus comentarios! ¡que tengan un excelente martes! PD. Acá mismo pueden revivir las mejores escenas del 2013 ;)

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Tom à la ferme: El presente insostenible

“La ausencia del otro me mantiene la cabeza bajo el agua; poco a poco, me ahogo, mi aire se rarifica: en esa asfixia reconstruyo mi ‘verdad’” – Fragmentos de un discurso amoroso (Roland Barthes)

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Nos aferramos al lenguaje para poder sobrellevar la angustia cotidiana, para poder suprimirla. Lo hacemos incluso sin advertirlo. Mediante el lenguaje corporal, por ejemplo, a veces se busca aplacar el dolor, depositando en otros cuerpos el nuestro, en medio de un lapso de profunda soledad. Con ese mismo cuerpo, cuando percibimos que ese dolor no pudo ser aplacado, lloramos. Porque no se llora solo con los ojos. Mediante el lenguaje discursivo, mediante la palabra, también es posible (si no imperativo) hallar consuelo y lidiar con esa angustia. Y por angustia se entiende aquella que no es necesariamente opresiva sino la cual proviene, paradójicamente, de una sucesión de momentos de éxtasis. ¿Qué se hace entonces con la palabra? ¿Qué valor encuentra la palabra oral o escrita en medio del caos? Sade solía aludir a un estado que denominaba “efervescencia de la cabeza”, un estado con el que la mayoría de nosotros convivimos porque podemos, en mayor o menor medida, volcarlo en algún plano. Es ahí donde el lenguaje hace su entrada, permitiéndonos la expresión, haciendo de esa expresión el único mecanismo posible para entendernos. En una carta (o en sus derivados más modernos), es factible que nos encontremos con la versión más depurada de nosotros mismos. El llevar un diario, asimismo, cumple una función similar. Si me preocupa no entenderme, entonces al menos me valgo de palabras que me permitan definir qué es todo eso que me sucede. Lo mismo ocurre cuando oralmente desnudamos esa efervescencia de la que habla Sade. Encontrar un interlocutor en quien recaer, encontrar un interlocutor atento a ese ejercicio de poner en voz alta lo inaudible, es lo más cercano a la escritura que puede estar alguien que no escribe. Habría que pensarlo de este modo: la recepción ajena, los consejos, la repreguntas, el ahondar del otro en la narración de uno, obliga a que nos ordenemos. Porque, esencialmente, todos queremos entendernos y ser entendidos, ya que el desconocimiento provoca miedo. ¿Porque acaso se puede sobrevivir sin aferrarse al lenguaje? ¿Acaso las experiencias no nos están llevando, tarde o temprano, a un deseo de introspección, a buscar la palabra justa para racionalizar lo emocional? Nadie le escapa a querer explicarse. Por más que a veces resulte más saludable ignorar (ignorarse uno, ignorar al otro, ignorar la raíz misma de un sentimiento), esa suerte de empresa volcánica de analizarse es lo que descomprime la confusión, por más pánico que suscite. Tom à la ferme, la cuarta película de Xavier Dolan, es esencialmente lingüística. Comienza con un plano cerrado de Tom (el propio Dolan, con sus cabellos rubios y desprolijos, consecuentes con el quiebre que produjo este film en relación al predecesor Laurence Anyways) escribiendo una carta. “Today a part of me has died. And I cannot mourn, because I’ve forgotten all the synonyms of ‘sadness’. Now, all that I can do without you is replace you”. Dolan lo hace escribir a Tom con tinta pesada y sobre una servilleta blanca, haciendo del dolor de la pérdida el sentimiento más duro de sobrellevar (“cuento los instantes que gotean y son de sangre densa” decía Clarice Lispector). La palabra, de este modo, llora a la par de su hacedor.

La ausencia y la narración de esa ausencia son ubicadas por Dolan en un mismo nivel. Tom le escribe una carta a Guillaume, su novio recientemente fallecido, y lo hace, en primera medida, buscando la palabra que precise su estado. La decisión no podría ser más acertada. Si Tom olvida todos los sinónimos de “tristeza” es porque con esa muerte del amor, comienza una muerte nueva: la de él mismo adherido a ese otro. Contrario a lo que él explicita, no murió solo una parte de él. El Tom ligado a Guillaume murió en su totalidad. Por lo tanto, si no puede encontrar en otra palabra la herramienta adecuada para definir su situación es porque está perdido y, en consecuencia, su imprecisión lingüística tampoco es arbitraria. En segunda medida, y tomando al apartado de “La carta de amor” de Fragmentos de un discurso amoroso de Roland Barthes como texto fuertemente ligado a la narrativa de Dolan (así como en Los amores imaginarios había una influencia, consciente o no, de El arte de amar de Erich Fromm), que Tom decida ponerse a escribir está hablando de su marcada idealización de esa pareja que ya no está. Tom le advierte algo a su destinatario, consciente de que ese destinatario no podrá reaccionar ante su decisión. Así, se pone en contra del verdadero sentido de una carta: “como deseo, la carta de amor espera su respuesta” escribió Barthes. Entonces, ¿Tom qué espera? Tom, en realidad, no espera nada. Se habla, se escribe, se aclara a sí mismo. Elige a otra clase de lenguaje (reemplazar un cuerpo por otro, entregarse literalmente a manos de otra persona que entrará luego en escena) como única manera de que su presente se vuelva menos insostenible. Por lo tanto, cuando Tom baja del auto y llega a esa granja, Dolan, absolutamente despojado del deleite visual por el deleite mismo (un recurso que en Los amores imaginarios usó astutamente a su favor), Tom à la ferme, sostenida por la música de Gabriel Yared, se convierte en una obra de terror, una mirada aplastante a la psiquis y su fragilidad. El realizador se toma su tiempo en esa introducción para mostrarlo a Tom solo en esa granja a la que acude para el velorio de su novio, donde va a conocer por primera vez a la mamá y al hermano del mismo, quienes parecen no estar al tanto de la sexualidad de Guillaume. Tom se baja del auto, busca señal en su celular (gran pequeño momento alegórico de cómo un hombre se adentra en terreno virgen), ingresa a esa casa y se queda dormido. Horas más tarde, la madre de Guillaume lo encuentra, lo despierta e inicia una conversación como si la intrusión de un extraño en su casa no fuera motivo de alerta. “Debería haber hecho algo, ¿no?” le pregunta posteriormente. Excepto que no, que todos los protagonistas de Tom à la ferme van a contramano de la conducta social “normal” o “aceptada”, porque estructuralmente el film se erige en los principios de la colisión de lenguajes aparentemente incompatibles. Si no, sería imposible de explicar cómo la irrealidad de algunas de sus secuencias más extraordinarias (la corrida por el maizal) está retratada con una inverosimilitud en relación al proceso emocional de los personajes (acá el correr implica huir de uno mismo, escaparle a lo que tenemos enfrente por miedo a lo que nos revela) que es esencialmente reconocible. Dolan hace una película con todo el cuerpo, con ese cuerpo que siente, se mueve y se doblega con una alarmante maleabilidad. El renacimiento de Tom llega, precisamente, al conocer a Francis, el hermano de su novio, un homofóbico de honestidad brutal, violento y tosco, a quien conoce por primera vez en penumbras (otro detalle de gran relevancia) y con quien entabla una relación catastrófica (en oscuridad, bajo la lluvia, con humedad, siempre en climas opresivos, opuestos a la paleta más viva de Los amores imaginarios y Laurence Anyways). “Un día, después de no sé qué incidente, me encierro en mi habitación y rompo en sollozos: me lleva una ola poderosa, asfixiado de dolor; todo mi cuerpo se resiste y se revuelve: veo, como un relámpago claro y frío, la destrucción a la que estoy condenado” escribe Barthes, justamente en el capítulo que liga al amor con la catástrofe. El renacimiento de Tom, entonces, entra en simbiosis con el descubrimiento de su atracción inexplicable por alguien que está todo el tiempo sometiéndolo, ya sea golpeándolo como forzándolo a tomar cocaína, la cual Tom consume (como él mismo se consume) a pesar de su taquicardia crónica (un dato tampoco menor: la película habla de cómo el corazón se altera por los motivos más irracionales). Sin embargo, es la brillante escena del tango la que mejor sintetiza el vínculo entre Tom y Francis y por algo Dolan la ubica en la mitad de la narración. Es una escena violenta y al mismo tiempo romántica, donde uno y otro se estudian, y donde Francis pone en palabras (oralmente, como si hubiese estado esperando toda su vida la llegada de un interlocutor que lo despierte del letargo) su hastío por tener que cuidar a su madre y dejar escurrir el presente en una sucesión infinita de miradas a los campos de maíz y de jornadas interminables de ordeñar vacas y espantar coyotes. “A veces una idea se apodera de mí: me pongo a escrutar largamente el cuerpo amado. Escrutar quiere decir explorar: exploro el cuerpo del otro como si quisiera ver lo que tiene dentro” escribió Barthes en el apartado “El cuerpo del otro”. La exploración implica la posibilidad de encontrar en la piel ajena algo que nos está arrojando luz sobre nosotros mismos. Ahí empieza a nacer Tom: al descubrirse a sí mismo en su atracción por Francis. La verdad, para él, es ese hombre que tiene al lado.

“La ausencia dura, me es necesario soportarla. Voy pues a manipularla”

“Cuando me ocurre abismarme así es porque no hay más lugar para mí en ninguna parte, ni siquiera en la muerte. La imagen del otro – a la que me adhería, de la que vivía – ya no existe; tan pronto es una catástrofe (fútil) la que parece alejarla para siempre, tan pronto es una felicidad excesiva la que me hace reencontrarla; de todas maneras, separado o disuelto, no soy acogido en ninguna parte” escribía Barthes en relación a cómo la palabra “abismo” nació para ser más verbo que sustantivo. Su conjugación dice mucho de ese instante de total consumación personal por la pulsión externa. “Me abismo, me consumo”, me disuelvo en un viaje permanente entre lo que creo que soy y lo que soy realmente, como si efectivamente fuera posible conocernos a nosotros mismos del todo, como si el lenguaje, como escribí al principio de esta nota, nos pudiera explicar en un ciento por ciento. Sobre el final de Tom à la ferme, Dolan lo pone a su protagonista nuevamente arriba de un vehículo (esta vez no suyo sino de Francis, figura omnisciente en ese revivir) para alejarse tanto de ese ámbito que entiende como peligroso como para alejarse de sí mismo (de algún modo, está volviendo a correr, como también corre Francis de sus deseos, al negar su evidente atracción por Tom). Dolan no nos subestima, Dolan nos ahorra un flashback que nos recuerde que momentos antes Tom había intentado huir de esa granja fallando en el intento. Al verlo escaparse, podemos precisar que ese escape no será tan catártico sino que estará digitado por el velo de la duda. “¿Cómo rechazar un demonio (viejo problema)? Los demonios, sobre todo si son de lenguaje (¿y de qué otra cosa serían?), se combaten con el lenguaje”. Así como Tom había combatido con su cuerpo (en el baile), con sus ojos (en un intento de asfixia de Francis) y con sus manos (cuando percudidas, las deja a merced de la curación de ese otro hombre) el demonio que representa la figura de Francis, hace lo mismo sobre el final, también con los ojos y también con las manos. Primero, se desprende de sus pertenencias (otra clara alegoría, esta vez sobre la identidad), mira por el espejo retrovisor (es decir, mira hacia atrás) y luego apoya las manos en el volante cuando Rufus Wainwright termina de cantar “Going To A Town”, una de las canciones más perfectas sobre los viajes internos y el alterable concepto de hogar (“tell me, do you really think you go to hell for having loved? Tell me, and not for thinking every thing that you’ve done is good? making my own way home, ain’t gonna be alone…”). Con esas manos de Tom en el volante, Dolan vuelve a mostrar su eficacia para concluir sus películas (imposible no evocar el hermoso final de Laurence Anyways), siendo Tom à la ferme la más breve, discutiblemente menos “personal” (está basada en una pieza teatral de Michel Marc Bouchard) y con una visión del amor mucho más retorcida. Desde el inicio, cuando Tom dice que solo puede combatir la ausencia llenándola con otra presencia (hasta ese momento sin rostro), sabemos que su viaje para lidiar con el presente angustioso estará poco ligado a Guillaume y más a una clase de demonio (Francis y él mismo, uno como espejo del otro) que es insensato a su mirada y un delirio “irrazonable a los ojos de los demás”. Tom à la ferme es precisamente eso. Una obra sobre cómo el reconocer nuestras distorsiones nos vuelve más humanos. Ya lo había escrito Bianca en Una novelita lumpen de Roberto Bolaño: “nada se aclaraba en el interior de mi cabeza, pero el solo hecho de hacerlo, de pensar en los sueños y en la vida, aligeraba de un peso incierto mi corazón o lo que yo llamaba mi corazón, el corazón de una delincuente, de una persona sin escrúpulos o con unos escrúpulos tan distorsionados que me costaba reconocer como míos”. Sí, nos aferramos al lenguaje para poder sobrellevar la angustia, pero en esa búsqueda constante de supervivencia advertimos que el único modo de soportar la ausencia, como diría Barthes y como demostraría Tom, es olvidando. No tanto al otro, a ese que se fue, que ya no está, que es inasible. Más bien a nosotros mismos, a quien matamos y revivimos día a día, sol a sol, en el presente insostenible.

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► [TRAILER] Las poderosas imágenes de Tom à la ferme:

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► [ESCENA] Un gran momento del film de Xavier Dolan:

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 ► [PLAYLIST] Canciones para bailar de a dos:

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¡BUEN MIÉRCOLES PARA TODOS! Retomamos la semana del blog con dos consignas: 1. ¿Cómo continuarían sus películas favoritas con final abierto? ¿Cómo fantasean que siguen esas historias? 2. Me gustaría armar una nueva playlist con la propuesta de mejores canciones para bailar de a dos; dejo mi primer aporte: “Ultraviolence” de Lana Del Rey; como siempre los leo y, quienes quieran, pueden explayarse sobre Xavier Dolan, por supuesto; ¡nos reencontramos mañana con un Deathmatch!

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Dolan/Maslany: El arte del riesgo y el riesgo del arte

“…I don’t want to fade away, I want to flame away – I want my death to be an attraction, a spectacle, a mystery. A work of art” – Jennifer Egan (A Visit from the Goon Squad)

“Our love wasn’t ‘safe,’ but it wasn’t dumb”. Esa definición que hace Laurence de su relación con Fred es, como casi todo lo que escribe Xavier Dolan, una frase reveladora de su vínculo con el arte. El realizador canadiense, ese niño genio que a los veinticinco años ya dirigió cinco películas, aborda su oficio no sólo como una herramienta para exponer su visión del mundo (un mundo libre de nomenclaturas, un mundo donde la pasión se desborda en una rabiosa explosión de colores, desordenada y orgiástica) sino como algo que tiene todo el potencial para modificar. Los universos personales se alteran en la medida en que una obra se padezca, en la medida en que la yuxtaposición de un cúmulo de ideas aparentemente incompatibles encuentren una armonía, y en la medida en que esa armonía termine resonando en otros. Con Dolan, la armonía se puede originar a través de los gestos más sencillos (el final de Laurence Anyways, que muestra la génesis de una relación con la rutinaria forma de dar a conocer el nombre, de presentarse ante otra persona) como de los más rutilantes (ese contacto físico de J’ai tué ma mère/Yo maté a mi madre que se nutre del expresionismo abstracto para que el deseo estalle y reverbere). Cualquiera sea la forma que elija dependiendo del contexto, Dolan se apropia de la naturaleza bicéfala del riesgo: “some people will dislike what you do, some will dislike who you are. But let’s hold onto our dreams because together we can change the world and changing the world takes time. Not just politicians and scientists can change it. But artists as well. Everything is possible for those who dare and dream and work”. Hay una palabra clave en su discurso: tiempo. El tiempo es la obsesión de quienes no distinguen el trabajo de la vida, de quienes tienen la fortuna de destinar cada pensamiento a aquello que los enciende. Atreverse. Soñar. Trabajar. La trifecta verbal que elige Dolan como fórmula para cambiar el microcosmos ajeno (y propio) no es tan obvia como parece. El hecho de animarse a concretar un deseo es tan agotador como anómalo. Por eso, cuando uno vislumbra cómo la pasión se apoderó de una obra de arte, es imposible mirar hacia el costado o ser impermeable a lo que hay delante. Quien observa redobla la apuesta. El riesgo de absorber una escena de manera multisensorial puede ser igual de agobiante que la creación de la misma. 

Recientemente, y en esta suerte de frenesí que experimenté con la ya debatida subtrama de Farsantes, lo escuché a Julio Chávez definiendo la expresión artística de una manera similar a la de Dolan. Chávez aseguraba que al haber sido salvado por su trabajo, se sentía impulsado a entregarse a él con toda su energía, preguntándose cómo no iría a ofrecer su vida a aquello que le dio la vida. Me interesa la contradicción de que vivir es fácil pero que encontrar algo por lo que hacerlo es privilegio de unos pocos. Ese interrogante de “¿a qué te dedicás?” no siempre puede ser respondido estando a la altura del verbo central. Dedicarse a algo implica un grado de compromiso tal que uno no busca descansar de eso. Por el contrario, la veta obsesa siempre conquista, domina, gobierna. “Tener una elección de para qué vivir tiene su costo y a mí me gusta pagarlo” también le escuché decir a Chávez, quien nos priva de enumerar las especificidades de ese precio. Aunque ya lo sabemos: someterse a una determinada cosa (léase: actuación, escritura, cine) halla su contrapunto en la necesidad de mantener la llama creativa siempre con vida. Y eso se sufre. Todo esto parecía confluir en el post de hoy, cuando pensaba en cómo la colisión de dos mentes que van hacia un mismo espacio puede provocar un sismo en las existencias de muchos de nosotros (me acordé de Jonny Greenwood haciendo música de la prosa de Murakami) y en los casos hipotéticos que nos gustaría ver concretados. Así llegué a Dolan y así lo asocié a Tatiana Maslany, una experta en resolver los problemas artísticos, una actriz que (al igual que el realizador), observa todos los elementos que tiene a mano para, en su caso, componer a más de siete personajes en una misma serie. Por ejemplo: Maslany arma playlists para cada una de esas mujeres que interpreta y las escucha antes del momento mismo de filmar. Es por eso que me gustaría verlos a Dolan y a Maslany colaborar, solucionando acertijos a la par, dándoles complejidad a los roles femeninos y tomando al arte como un medio para alcanzar una sensibilidad tan extraordinaria como sofocante (porque estas cualidades me parecen cada vez más indisolubles). Ya se lo había dicho Laurence a Fred: “we flew so high… I won’t come down”. La respuesta de ella bien podría representar a todos aquellos que hacen de su oficio su vida: “then…stay up there”.

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► [DOLAN] Un genial montaje de su filmografía:

focus: Xavier Dolan from S.Thomas on Vimeo.

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► [MASLANY] Tatiana se entrevista a sí misma:

Tatiana Maslany interviews Tatiana Maslany from guessWho on Vimeo.

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN] Una playlist improvisada con 30 canciones que escuchamos mientras trabajamos; ¡just push play!:

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy la consigna es la siguinte: ¿a qué artistas del cine que admiran les gustaría ver trabajando juntos? Pueden ser dos actores, un actor bajo las órdenes de un realizador, dos realizadores colaborando para una misma película, un guionista con un director, etc., etc., etc.; la idea es que dejen sus fórmulas ideales/soñadas…quizás algún día se concreten; por otro lado, y en relación al post de hoy, me gustaría saber si sus pasiones coinciden con el trabajo que hacen todos los días y si no es ese el caso, si aspiran a que eventualmente lo que estudiaron pueda ser análogo a sus presentes profesionales; como siempre, los leo; ¡nos reencontramos mañana muchachada!

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