Monotemática

Jordana y Oliver intercambian sonrisas cómplices mirando el mar, Richard Ayoade corta a los títulos y empieza a sonar “Piledriver Waltz”. Acto seguido, yo comienzo a sonreir constatando que todo año trae consigo una película que te cambia la vida. ¿En qué te puede cambiar la vida? En que descubrís a un autor (Joe Dunthorne), descubrís una banda de sonido, descubrís una letra perfecta como la de“It’s hard to get around the wind” y, por sobre todo, descubrís nuevas imágenes. Una nueva forma de musicalizar el romanticismo púber, una nueva forma de demostrar el amor (“Ask me how deep the ocean is, go on, just ask me”). Descubrís, también, que Ayoade es el mismo hombre detrás de The Mighty Boosh y The IT Crowd y así, te das cuenta de que todo aquello que te gusta mágicamente se interrelaciona. Eso cambia tu vida. Acto seguido a esa sonrisa después de que AlexTurner cantara el último “comfortable shoes”, ese 7 de agosto de 2011 abrí el Word y empecé a escribir, busqué una imagen de Jordana y Oliver mirando el mar con ese perro nuevo, y a los tres días se moría mi perra. Submarine afectó ese mes tan convulsionado, pero a la vez lo iluminó. Por eso, mi primer día en Londres se lo dediqué a ese momento de comunión del que formás parte cuando vas a un lugar y tomás de las bateas el libro, la banda sonora y, claro, la película, como queriendo aferrarte a lo concreto de todo el asunto. Semanas más tarde, vas a verlo a Turner esperando que cante “Piledriver Waltz”, pero sabiendo que no sería correcto. Una cosa es Arctic Monkeys en el O2 Arena y otra cosa es la intimidad de un soundtrack hecho para un invierno, para pasear con auriculares por el río con tu otra perra sabiendo, por sobre todo, que la vida está hecha de pequeñas muertes y de pequeños renacimientos. Y eso es Submarine. Una película sobre el renacer. Una película que, unos meses atrás, en una tarde rara y resacosa, de algún modo me cambió la vida.

TWO WEEKS OF LOVEMAKING / THE SUPER 8 FOOTAGE OF MEMORY:

¿Cuál fue la última película de la cual no pudieron dejar de hablar y que recomendaron a todo el mundo? ¿Cuáles son las películas con las que establecieron una relación algo obsesiva y cómo canalizaron esa obsesión? ¡Comenten, vamos!

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Sally Goes Under

Hoy en Cinescalas escribe: Florencia Cames

“There’s no harm in trying though, is there? Bring a smile to the world”

¿Cuántas veces les sucedió de ver muchas películas en las que un actor o actriz, en un papel secundario, pasaba inadvertido? ¿Y cuántas veces les sucedió que, a partir de un gran papel, los redescubrieron porque ya dejaban de estar fuera de foco? Bueno, eso me sucedió con Sally Hawkins. Recuerdo haber visto la serie Tipping the Velvet sin tomar noción de que ella trabajaba allí, justamente porque su papel era transitorio, aparecía solo cinco minutos. No fue hasta su co-protagónico con Elaine Cassidy en Fingersmith que empecé a seguirle el rastro. Lo que me gusta de ella es la manera simple en la que disfruta lo que hace, algo que se percibe en pantalla, ya sea estando pocos minutos en un film como siendo protagonista. Sally siempre está agradecida de las oportunidades que se le dan y las disfruta muchísimo. Hay un ejemplo claro de esto y que tiene relación con una entrevista que le hizo un periodista, en la  cual adelanta que va a preguntarle algo a la protagonista. Sally mira hacia un costado como buscando a otra persona que no fuera ella, como no sintiéndose más que nadie, no por falta de condiciones para ser una líder, sino simplemente porque no reniega de su condición de actriz más under que popular.

El disfrute de cada uno de los papeles que elige se le nota en los gestos, como en el brillo de sus ojos, su sonrisa, el timbre de su voz – que varía según el personaje -, porque no importa si es parte de una película muy popular (Happy Go Lucky) o si es parte de una película independiente (Submarine), siempre se muestra agradecida y nunca se encasilla, como podemos percibir en Love Birds, su film menos representativo, donde no puede lucirse como se merece. Si bien su filmografía habla por sí sola sobre esa capacidad de Sally de darle valor a esos roles que pueden pasar inadvertidos – y que ella logra justamente que no sea así -, hay una declaración que define muy bien esa condición under de la que hablábamos: “Este mundo puede ser una locura, afirma Sally – “pero yo no quiero ser una celebridad, eso me aterraría”.

Sally no va más allá de sus personajes (por su condición anti-celebridad), por ende, llegás a amar a cada una de las partes que hacen de ella una gran actriz, con esa ductilidad, con ese manejo de los detalles, desde la forma en la que gesticula en Submarine, pasando por la forma en la que mantiene la compostura en Persuasión hasta esa energía avasallante de Made in Dagenham. Incluso no es arriesgado pensar que en todos esos papeles hay una cuota de fortaleza de la mujer, porque ya sea interpretando a una mujer optimista o a una mujer reprimida, Sally capta la femineidad de Poppy, la de Rita, la de Sue, la de Jill. Por último, y en cuanto a su humildad y su talento para sacarle jugo a las piedras, rescato la anécdota de cuando ganó el Globo de Oro por Happy Go Lucky. En la conferencia de prensa un periodista le preguntó cuáles fueron las palabras que Meryl Streep le dijo al bajar del escenario. Sally sonrió y contó que Meryl, con la grandeza de siempre, le dijo: “Are you happy now?”, a lo que ella respondió: “Yes, I am”.

Por Florencia Cames

¿Qué opinan de Sally Hawkins? ¿Qué otra actriz o actor “secundario” les gustaría rescatar por su diversidad interpretativa? ¡Comenten!; si quieren escribir en Cinescalas manden sus notas a milyyorke@gmail.com, ¡gracias!

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Este fuerte viento que sopla

I’m not the kind of fool who’s gonna sit and sing to you about stars, girl” – Alex Turner

Es difícil saber hacia dónde va a soplar el viento. A veces, por más que uno intente cerrar los ojos y vislumbrar por segundos cómo puede llegar a ser el futuro, o por más que uno intente tomar el futuro con las manos, ese viento te empuja, te eleva y te lleva para otro lugar. Como canta Alex Turner, por momentos creemos saber hacia qué lado vamos a salir arrastrados y no sabemos hasta qué punto entra en juego la cuota de lo impredecible o las decisiones propias y ajenas. Submarine es una película que habla sobre todo eso, que comienza con Oliver, el protagonista (una cruza entre Holden Caulfield y Harold) mirando el mar, hablando con una autorreferencialidad humorística y encantadora; y termina, por el contrario, reforzando la idea de que la individualidad (“most people think of themselves as individuals”, dice Oliver) es buena hasta que se ve sacudida. La persona destinada a forzarlo a superar sus imposibilidades es Jordana, una compañera de colegio piromaníaca que siempre usa un saco rojo con capucha y lentes con forma de corazón (dos ítems que yo usaría hasta el hartazgo) y que, por una circunstancia desafortunada, también se ve forzada a superarse, a dejar salir a su verdadero yo.

Sobre ese vínculo especular trabaja el realizador Richard Ayoade, porque los pone a Oliver y a Jordana casi siempre mirándose el uno al otro o mirando el mar, como si quisieran descifrar los códigos de la corriente. En el medio, el joven protagonista sufre por la crisis del matrimonio de sus padres e intenta, fallando por su inexperiencia, ser el mejor hijo y el mejor novio.  Hasta que recibe un golpe, golpe que Ayoade muestra con una mezcla de belleza, melancolía y verdad (acompañada, además, por la gloriosa canción de Turner) y con gestos infantiles pero genuinos, como ese deseo de Oliver de querer explicarle a un profesor que sí se puede justificar no poder ir a clases por un heartbreak (“You look like you’ve been for breakfast at the heartbreak hotel” canta además Turner en “Piledriver Waltz”), o como tener la plena certeza de que ese vacío sí lo seguirá sintiendo cuando sea más grande, “cuando tenga 38″.

Submarine + “Piledriver Waltz” => belleza absoluta:

Submarine está llena de referencias a Wes Anderson – hay una escena, también con ecos de El samurai, que resulta similar al reencuentro entre Margot y Richie -, tiene momentos oscuros de la ya mencionada Harold and Maude pero, sorprendentemente, es única, sobrepasa el homenaje, la cita, el aire francés y la cantidad de guiños indies, como las botas rojas de Jordana o la mención a El guardián entre el centeno (incluso desde el vestuario). Pero si logra sobrepasarlos es porque su protagonista, ese chico que se llama Oliver por una sola razón, se dirige al espectador intentando explicarse a sí mismo e intentando explicar, desde su ingenuidad, por qué actúa del modo en el que actúa y por qué cometer un acto de vandalismo para él puede ser un acto de amor.

Ayoade, tomando las palabras de Joe Dunthorne, pone en imágenes los pensamientos y las fantasías de un chico enamorado, un chico que piensa en polaroid, en súper 8, que imagina epílogos, que trata de ajustarse hacia dónde sopla el viento. Y así como para Holden el  ver a su hermana sobre una calesita podía representar la felicidad ante un mundo desencantado, para Oliver (quien también necesita de un refugio, un escondite) la felicidad proviene del saber cuál es la profundidad exacta del océano, del meter los pies en el mar (“if you’re gonna try and walk on water make sure you wear your comfortable shoes”) con la ropa puesta y una mirada cómplice a su lado, buscando “a new place to begin” e interpretando a ese chapuzón como a una nueva forma de perdón, como al más hermoso de los renacimientos.

¿Con cuál personaje protagónico de película se encariñaron más? ¿Cuáles son las razones? ¡Comenten!

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