White Bird in a Blizzard: Pictures Of You

“You were stone white, so delicate lost in the cold; you were always so lost in the dark…” - The Cure

“There are three sides to every story. Your side, my side and the truth… and nobody’s lying” escribió Robert Evans en su autobiografía The Kid Stays in the Picture. La cita me recordó a White Bird in a Blizzard, la más reciente película de Gregg Araki, que si bien se presenta como varias cosas en simultáneo, no deja de ser una obra atravesada por los recuerdos y tres de sus ramificaciones: cómo uno recuerda algo, cómo eso que uno recuerda está empapado por el deseo interno y cómo eso que uno recuerda nos termina dejando al descubierto (elijo detenerme en esto, ergo: soy esto). Lo que plantea el discurso de Evans es que no existe eso de la verdad empírica y de que la memoria no hace más que desnudar hasta qué punto nos gusta envisionarnos (y envisionar al otro) de una determinada forma. White Bird in a Blizzard abre de manera contrapuesta a su desenlace. La primera escena nos muestra a Eve (Eva Green) tirada en una cama, vestida de negro, como preparándose para su propio funeral. La imagen es profundamente terrenal. Una mujer casi en contacto con el suelo, descalza, palpando con los sentidos el entorno como modo de sentirse un poco menos sola, vacía, muerta. La última escena, por el contrario, se centra en su hija Kat (Shailene Woodley, simplemente sublime), arriba de un avión, en pleno día, con una suerte de aura que la circunda mientras su rostro se ilumina en primer plano. Araki apuesta continuamente por lo especular, por el choque de colores, estados anímicos, sensaciones, maneras de ver el mundo. La adolescencia de Kat (digitada por el terreno inexplorado) colisionando con la adultez de su madre (digitada por el anhelo de redescubrir esa faceta que ve en su hija y que ya no reconoce en ella misma). La realidad más inobjetable (el sexo como modo de aprehender lo inmediato) colisionando con la utopía más devastadora (Kat soñando con su madre desaparecida, con la nieve como símbolo). En definitiva, una hija colisionando con una madre, un vínculo que es escudriñado bajo el espectro más brutal (y, como se trata de Araki, ineludiblemente grotesco), incluso con una veta psicoanalítica. Esa mujer que pasó a convertirse en ama de casa resiente la libertad que observa en su hija (el “white bird” describe tanto a una como a la otra) y no le permite hacer uso de esa libertad con placer sino que la interpela, la condena, la invade y eventualmente la tortura.

“She remains an absence to me. An empty space. An invisible, half-remembered ghost. I catch myself thinking that I’m gonna run into her someday. Like I’ll be at a stoplight, look over at the car next to me and there she’ll be, scowling at me with disapproval” dice Kat sobre su madre, de algún modo subrayando la mejor decisión que toma Araki al adaptar la novela de Laura Kasischke: el discurso de su protagonista está supeditado a los recuerdos y la vez está anhelando su reconstrucción. Cuando Kat habla de su madre – con nosotros, con sus amigos, con su novio, con su amante – lo hace como quien es asaltado por esas imágenes de las que habla Robert Smith en su himno sobre el acto de evocar; es decir, a través de una sucesión de fotogramas. Su madre irrumpiendo en su cuarto, su madre riendo histéricamente, su madre tirada en esa cama. Sin embargo, es Eve quien termina siendo su espejo, la voz de la conciencia, la figura omnipresente que la acompaña en su salto de la adolescencia a la adultez temprana. Kat le exige otra cosa a la memoria. Le exige una suerte de estampa de su madre antes de su propia existencia. Así, ese proceso de rearmado le permite a esa joven inferir que antes de ser quien le dio la vida, su madre fue una mujer succionada por el desencanto. “Remembering you standing quiet in the rain / Remembering you running soft through the night / Remembering you fallen into my arms / Remembering you, how you used to be…”. No es casual que Araki haya elegido “Pictures Of You” como parte de esta historia, como leit-motiv, como columna vertebral. White Bird in a Blizzard – por momentos invadida por el thriller, cuando podría haber sido una efectiva coming of age, acaso más perturbadora que otras – no hace más que exponer lo mucho que habla de nosotros el prisma por el que decidimos mirar lo que vivimos. Por lo tanto, cuando Kat toma ese avión sabiendo qué pasó con su madre, logra encontrar, entre tanta colisión, entre tanto blanco y negro, entre tanto sueño y pesadilla, el punto intermedio para que los what if sobre los que canta Smith (“If only I’d thought of the right words…”) pesen un poco menos. Kat imagina que su madre se le aparece y le susurra tan solo dos palabras (“I’m here”), dos palabras que, como esas tres aristas de los recuerdos esbozadas por Evans, pueden disparar para cualquier lado pero cuyo resultado será siempre el mismo, porque esas figuraciones convergen en una afirmación universal. Estoy acá del modo en que elijas recordarme. Pero estoy acá. Nada hará que mi imagen se nuble, que la memoria se anule o que la foto se rompa.

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► [TRAILER] Algunas imágenes de White Bird in a Blizzard:

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN / NOS PEGÓ LA NOSTALGIA] 100 canciones ochentosas mencionadas en el post de hoy; gracias por los aportes, que la disfruten mucho:

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy les dejo tres consignas: 1. ¿Vieron White Bird in a Blizzard? ¿Qué les pareció la película de Gregg Araki? 2. En relación al tópico del film, ¿qué otras interesantes relaciones madre-hija del cine mencionarían en el post? Si quieren, los invito a que se explayen sobre cómo es el vínculo que tienen ustedes con sus madres; 3. Por último, ¡armemos playlist! El puntapié, inspirado por la banda sonora del film, es que mencionemos canciones ochentosas; ¡como siempre, los leo! ¡hasta mañana!

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The Fault in Our Stars: Hoy sólo sé que existo y amanece

“- ¿La gente no dirá que estás loca? – inquirió su marido con una sonrisa.
- Peor para ellos – respondió Mercedes apasionadamente -. No tienen corazón, y la vida es muy triste para los que no tienen corazón.” – “Mimoso” (Silvina Ocampo)

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Todo empezó con un llamado telefónico. “Hola Milagros, ¿me podés pasar con tu papá, por favor?”. Del otro lado del teléfono, el mejor amigo de mi tío. Los domingos no volvieron a ser iguales. Uno de mis fragmentos favoritos de la canción “Un viaje a Irlanda” se terminó resignificando (“y no hablamos las cosas que siempre quisimos los días domingo”) y la mirada de mi papá no volvió a ser la misma. Mientras le observaba la cara al recibir la noticia, no estaba pensando tanto en mi tío sino en él. En el que se quedaba acá, sin su hermano. Luego de una muerte – en este caso, una súbita, inexplicable, casi ridícula -, uno se encuentra usando las palabras para amortiguar el dolor ajeno. Uno se encuentra, en realidad, diciendo todo eso que puede sonar a lugar común, como esas sentencias motivacionales que decoran la casa de Augustus Waters en The Fault in Our Stars. Es curioso cómo uno reniega de esas frases cuando las escucha. Al menos yo pensaba que se trataba de fórmulas que, a fines prácticos, no tenían ningún puto sentido. Sin embargo, ahí estaba, ahí estoy, repitiendo cosas como “vos sí tenés una vida por delante”, “pensá en quienes están al lado tuyo”, “no intentes explicar por qué lo hizo” y, claro, el clásico “recordalo bien”. El “recordalo bien” me desarma, casi que ni quiero decirlo. Porque ese “recordalo bien” engloba que mi papá evoque su infancia, sus tardes de jugar a la pelota con su hermano, cuando se sentaban a tomar la merienda y ver televisión, cuando se rateaban del colegio, cuando estaban juntos, habitando un mismo espacio. No es que no crea en esas palabras cuando se las digo, es que sé con seguridad que mi viejo está pensando más en lo que hizo la última vez que lo vio, en si le dio un abrazo, en cuáles fueron las últimas palabras de su hermano, en cómo (cómo cómo cómo) puede ser que le cueste tanto recordarlas. En el fondo, como dice Hazel Grace una vez concluida su elegía para Augustus (la segunda, la de los lugares comunes), uno dice todo lo que dice para que quien sufrió la pérdida pueda estar en paz. La paz. El estado más difícil, ese del que siempre estamos arañando la superficie. La paz se logra, creo yo, aprendiendo a lidiar con la incertidumbre. Porque la verdad es que no, que nunca vamos a saber por qué mi tío decidió irse, nunca vamos a terminar de formar el recuerdo exacto de la última vez que lo vimos y nunca vamos a hacer desaparecer ese domingo, cerca del mediodía, cuando el teléfono sonó y a mí me tocó levantar el tubo. Entonces, además de manejar la incertidumbre, quizás haya que aferrarse a una única certeza, esa a la que alude Javier Egea en el final de su poema “Camas tristes”: “hoy solo sé que existo y amanece”. Las dos realidades que menciona son incuestionables, ancladas en el presente, sin un atisbo de nostalgia o precipitación. Hoy estoy acá y está saliendo el sol. ¿Qué voy a hacer para que mi día importe o valga la pena? ¿Qué voy a hacer para no irme tanto hacia atrás y concentrarme en lo que tengo? Uno batalla contra la muerte todos los días, porque la muerte no tiene una sola forma. La muerte casi siempre tiene un eje estructural, casi nunca es una palabra suelta, ni en lo semántico ni en lo que está por fuera de lo gramatical. Es miedo a la muerte. Es dolor por haber padecido una muerte. Es intentar superar una muerte. Una vez le preguntaron a Silvina Ocampo para qué escribía y ella respondió: “para morir un poco menos”. Quizás todo desemboque en eso: en hacer lo que uno ama como forma de prolongar la eternidad. O de aprehenderla.

“Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse,
como a una ventana llena de sol” – Federico García Lorca

John Green es un autor obsesionado por la obsesión. Sus personajes están pidiendo, de una forma u otra, que se los recuerde. Sus personajes están pidiendo, de una forma u otra, que se les haga saber qué clase de impronta están dejando en el mundo. Sus personajes, también, se enfrentan a la muerte en lo cotidiano. Sin embargo, Green sabe que hay tantas visiones de la muerte como sujetos expuestos a ella. The Fault in Our Stars es la sucesora de Looking for Alaska, una novela mucho más oscura donde hay una protagonista que va a contramano de su entorno, cuyo velo de misterio está completamente distanciado de cualquier protototipo de chica freak que envuelve a los demás en su telaraña. No. Alaska es alguien a quien le duele la realidad, quien sufrió una pérdida doble (¿porque acaso cuando perdemos a alguien no se va también una parte nuestra?) y quien, si no cuaja en el presente, es porque no está viendo eso de “hoy solo sé que existo y amanece”. Para ella, casi nada vale la pena. Green, como haría posteriormente con The Fault in Our Stars, utiliza al cigarrillo como reflejo del estado anímico. Para Alaska es un arma de autodestrucción dolorosamente necesaria (“you smoke to enjoy it, I smoke to die”) y para Augustus es una metáfora (“you put the killing thing just between your teeth, but you don’t give it the power to do its killing”). Como sus personajes, Green descansa en el simbolismo. Mejor dicho: Green hace del simbolismo un arte para sobrellevar el presente, como si se tratara de una distracción vital. En Paper Towns, ese acertijo que debe resolver Quentin para encontrar a Margo es lo que le da un propósito, un sentido a una cotidianeidad parcialmente desdibujada. Lo mismo sucede con Miles y Alaska, pero no porque ella sea el enigma a resolver (aunque así pareciera a simple vista) sino porque él, en su afán por aprenderse las últimas palabras de grandes personalidades, está queriendo darles una eternidad, una trascendencia, un valor que muchos miran de costado (o que nunca logran ver). Más allá de las influencias que ha absorbido, de su corte Young Adult, de su evidente deseo por repetir la misma historia con ligeras variaciones, lo que lo vuelve fundamental a Green es, justamente, cómo nos muestra lo fundamental. En An Abundance of Katherines, Colin, el obsesivo de los anagramas, aprende que conectar todo lo que vemos es lo que nos convierte en narradores. En Looking for Alaska, Miles aprende que las palabras más importantes no son las de Thomas Edison (aunque el libro concluya con las mismas) sino las que puede dedicarle a Alaska. En The Fault in Our Stars, Augustus aprende que ser trascendente no es encontrar un gran propósito, ese “gran quizás” por el que peleó François Rebelais. Podemos ser trascendentes porque una persona nos amó, porque un amigo nos pidió ayuda, porque nuestros padres nos dicen frases hechas para aplacar el sufrimiento. Todo tiene que ver con la perspectiva. Este es mi mundo, y como tal lo acepto. Una vez, en un ataque de misantropía, nos preguntábamos con un amigo hacia dónde está corriendo la gente que quiere escalar, escalar y escalar, por el hecho mismo de hacerlo, no por un objetivo en concreto. ¿Hacia dónde corren? ¿Qué es lo que buscan? A su manera lo había dicho Franny Glass: “estoy harta de que todo el mundo quiera llegar a alguna parte, hacer algo notable, ser alguien interesante”. El desdén de Franny hacia el ego mal entendido demuestra hasta qué punto la literatura de Green está marcada por la de Salinger y hasta qué punto la belleza de sus personajes cobra vida cuando ellos padecen el momento de epifanía. En el caso de Augustus, en el poder decir “it’s a good life” porque sabe que sus padres, Hazel y su amigo Isaac no lo van a olvidar. Lo espectacular está en el ahora (“life is a series of moments called now” aprendería Sutter Keely, otro exponente young adult más imperfecto) y está en todo eso que debió haber pensado mi papá cuando le dije “recordalo bien”. Un abrazo, una rateada del colegio, un partido de fútbol. Lo más simple. Lo más extraordinario.

“En días como hoy, hoy pesa más de lo que este amor carece, que los labios, que la carne, que las lenguas, la saliva. Hoy sólo sé que existo y amanece” - Javier Egea

Para los amantes del libro, The Fault in Our Stars era una adaptación temida, acaso poco anhelada. ¿Cómo capturar el ingenio de Hazel Grace Lancaster y Augustus Waters? ¿Cómo serles fieles a esos personajes que batallan contra el cáncer con el sentido del humor y la autoconsciencia como pilares básicos? ¿Cómo traspolar las palabras de John Green de modo tal que no se traduzcan en soliloquios pretenciosos e intelectualoides? ¿Cómo no hacer de esas metáforas y simbolismos una manifestación de una postura cool, nerd, rayando lo intolerable? La respuesta es una sola y es, al mismo tiempo, un arma de doble filo. The Fault in Our Stars apunta a lo seguro. Cada una de las decisiones narrativas y estéticas están puestas al servicio de esa elección primigenia. Con esto en mente, se descartó la posibilidad de que Joe Swanberg realice el proyecto (dato que el propio Swanberg nos contó por acá) y se optó por un director como Josh Boone (quien venía de dirigir Stuck in Love), más medido y correcto, sin ningún tipo de impronta que pueda atentar contra el material de base (si acá hay un “autor”, ése es Green). Con este criterio también se eligió a la dupla Scott Neustadter-Michael H. Weber para la adaptación y ambos realizan, curiosamente, una acción opuesta a la que llevaron a cabo con The Spectacular Now. No solo no alteraron el material sino que lo respetaron a rajatabla: casi todas las frases “citables” del libro están en la película (a excepción de aquella que contextualiza su título). La suma de factores hace que The Fault in Our Stars no decepcione pero tampoco deslumbre. Esa naturalidad que se desprendía de cada fotograma del film de James Ponsoldt – como la caminata entre Aimee y Sutter, con sus remeras transpiradas por el calor y su ida y vuelta veloz y espontáneo, á la Before Sunrise -, acá parece más calculada, trabajada en beneficio de la audiencia, sin un atisbo de rebeldía ante el qué dirán. Boone y compañía sucumbieron a la presión/expectativa generalizada y concibieron una película excesivamente prolija, con una banda sonora un tanto invasiva y con algunos guiños adolescentes que podrían haberse obviado (las estrellas acá están tanto en lo verbal como en lo visual, incluso a modo de gráficos) y que no funcionan tan bien como otros (las paredes de los cuartos de Hazel y Augustus están plagados de detalles mencionados en el libro, desde el afiche de V for Vendetta hasta el póster de la banda apócrifa The Hectic Glow). Por tratarse de una adaptación de una novela acerca de lo memorable, The Fault in Our Stars solo adquiere esa cualidad gracias al incuestionable carisma de Shailene Woodley y Ansel Elgort. Si bien ella desborda esa naturalidad equiparable a la de Brie Larson, la verdadera sorpresa del film es el actor, quien tuvo a su cargo la difícil tarea de verbalizar los encantadores monólogos y/o intervenciones de Augustus sin que parezca que está recitando de memoria. Por el contrario, Elgort pone el foco en los detalles (desde cómo guiña el ojo hasta cómo golpea un volante) y consigue estar a la altura de Woodley en secuencias donde todo recae en ellos. Así, los dos momentos sobresalientes de The Fault in Our Stars son aquellos que, aún siéndoles fieles al libro, se enaltecen por sus protagonistas: la discusión entre Hazel y su mamá (una extraordinaria Laura Dern) y el ensayo del funeral de Augustus. Tres actores (Woodley, Elgort y un perfecto Nat Wolff), un solo escenario y las palabras de Green correctamente interpretadas, pensadas y analizadas por ellos. Cuando se ciñe a lo simple (a diferencia del microrrelato del viaje a Ámsterdam) la película cobra vuelo. Si el “you gave me a forever within the numbered days” es uno de los instantes más extraordinarios del libro, en el film es su punto fuerte por cada gesto de Woodley al enunciar y por cada mirada que Elgort le devuelve (“fuimos viviendo el mismo frío, la misma explotación, el mismo compromiso de seguir adelante a pesar del dolor” escribió también Egea).

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The Fault in Our Stars se convierte, de esta manera, en una película inofensiva a nivel cinematográfico pero conmovedora por esos destellos de amor y dolor que provee su dupla protagónica. Volviendo a Silvina Ocampo y las preguntas, esto dijo cuándo le inquirieron sobre la muerte de Julio Cortázar: “él, que sabía con tanta perfección no explicar en sus cuentos, ahora cuánto le agradeceríamos que nos explicara…ni siquiera puedo explicar qué, pues existen las lágrimas”. Así como mi papá recibió un llamado, así como Hazel recibe otro llamado que potencia su dolor a un diez (“i was saving my ten, and here it was”), así como todos recibimos esos llamados, literales y metafóricos, que nos pusieron de cara a la muerte, no hay frases hechas, ni explicaciones ni certezas que ayuden (“no hay palabras al silencio”). Sólo existen las lágrimas. Existe el sol que sale y se esconde en su eterno ciclo. Y existe uno, ahí, solo, tratando de hacer de un nuevo amanecer una nueva y memorable jornada. Tratando de importar en nuestro pequeño gran mundo. Tratando, como decía Ocampo, de hacer algo para morir un poco menos. 

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► [TRAILER] Algunos momentos de The Fault in Our Stars:

THE FAULT IN OUR STARS Extended Official Trailer HD 2014 from TheFault inour Stars on Vimeo.

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► [ENTREVISTA] Les dejo una linda charla que encontré entre Shailene Woodley (quien menciona “Slow Show” de The National como una de sus canciones favoritas, ganándose aún más mi cariño en el camino), Nat Wolff y el autor de la novela, John Green:

The Fault in Our Stars, On Tour from CityofIrving on Vimeo.

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN] Algunas canciones para recordar a quienes ya no están (gracias por los aportes):

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¡BUEN JUEVES PARA TODOS! Dos consignas para el post de hoy: 1. ¿Vieron The Fault in Our Stars? ¿Para ustedes le hace justicia al libro? Si quieren, pueden explayarse sobre John Green y sus novelas 2. Sin caer en el bajón total, me gustaría que hoy recordemos a alguien que hayamos perdido con una canción para armarles una playlist; yo quisiera recordar a mi tío, quien falleció hace dos años, con esta canción de Serú Girán; gracias a todos por el apoyo en el post de ayercomo comenté en el mismo, hasta que termine de editar la película, el blog se actualizará de lunes a miércoles, con Open Post los jueves; ¡ gracias de nuevo y que tengan un excelente día!

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Yo elijo estar acá

“Believe me when I say that I wouldn’t have it any other way”

“It’s gonna hurt. It’s gonna hurt because it matters”. A diferencia de otros sentimientos, uno no busca el dolor adrede, no lo persigue, no lo incentiva. Quizás por eso el dolor nos deja en un estado de familiar comodidad. A veces es más sencillo ponerse en el rol de víctima que hacerse cargo, porque hacerse cargo nos demanda un trabajo mayor. Nos demanda lidiar con otro sentimiento aún menos placentero y aún más complejo (el miedo) y nos obliga a responder el frecuente interrogante de “¿por qué me pasa esto?” con otra pregunta: “¿Por qué no?”. Sin embargo, el dolor no se encuentra tan distanciado de la felicidad como parece. Ambos llegan como de súbito, ambos nos someten y ambos nos vuelven más dificultosa la tarea de concentrarse en algo que no sea o bien la excitación o bien la desazón. Por eso me gusta mucho la frase que escribe Matt Berninger en “Pink Rabbits”: “I didn’t ask for this pain, it just came over me”. Se trata de una afirmación por demás ilustrativa, casi que uno se puede imaginar al dolor como una ola que te pasa por encima. “It wasn’t like a rain, it was more like a sea” también escribe y pienso que es verdad. El dolor busca tumbarte. Eso no lo hace la lluvia. Eso solo lo puede hacer la corriente, la misma que, como vimos hace poco, arrastraba a Adéle cuando las gotas en otra de sus formas (en forma de llanto) la empujaban de un lado a otro, sin dejarla plantada, segura, entera, en ninguna parte. Adéle a la deriva. ¿Pero qué hay con esa frase de The Fault in Our Stars que dejé al comienzo? Sí, la ola nos sobrepasa, nos hace pendular, nos mueve a su antojo. Pero el movimiento lo sentimos, el pendular lo sentimos, lo sentimos todo. Todo el peso encima. Lo que ocurre es que cuesta verlo. Al estar debajo del agua, de las lágrimas, de las gotas, de la lluvia, de todo aquello que empapa y enfría, pensamos que la tristeza es lo único que importa. Pero no. Si el dolor se instaló es porque hay otra cosa que siempre importó más. “I literally feel nothing. Like, maybe I’m numb but I don’t even feel numb, I feel nothing” dice Hannah Horvath en uno de los últimos episodios de Girls apropiadamente titulado “Dead Inside”. Entonces, ¿quién querría eso? ¿Acaso no es más atractiva la alternativa de hacer concesiones con el dolor? Si yo siento tanto, la caída será igual de profunda. Si me preservo, probablemente esa caída se amortigüe. De cualquier manera o bajo un golpe más o menos certero, la caída es siempre inevitable. “That’s the thing about pain” dice Augustus Waters en la novela de John Green: “it demands to be felt”.

“I’m exhausted, i’m exhausted, there’s never been a cloud in the sky for you; without this what will I do?”

Para la consigna que les propongo hoy pensé en dos personajes literarios llevados a la pantalla grande. Craig de It’s Kind of a Funny Story y Hazel de The Fault in Our Stars (a estrenarse este año). Curiosamente, tanto Ned Vizzini como John Green basaron sus creaciones en experiencias personales. Craig es el álter ego de Vizzini y Hazel, el de Esther, una amiga de Green que murió de cáncer. Puede que la asociación de hoy la haya formulado por el estado con el que ambos conviven. Craig con depresión y Hazel con cáncer. Puede que la asociación la haya formulado, también, porque son dos prototipos de personajes Young Adult. Sin embargo, no es por eso que aparecen juntos en este post. Me gusta cómo ambos se dan a conocer en el primer párrafo de los respectivos libros que los contienen. Lo de Craig es más duro (y mucho más si uno piensa en la decisión de Vizzini de acabar con su vida hace unos meses) pero igual de elocuente: “It’s so hard to talk when you want to kill yourself. That’s above and beyond everything else, and it’s not a mental complaint, it’s a physical thing, like it’s physically hard to open your mouth and make the words come out”. Craig es directo y Craig es, como se revelará a lo largo de todo su relato, bien pragmático. Se conoce mejor que nadie y sabe cuándo va a recaer y cuando va a sentirse más conectado. Tanto así que le pone nombre a las sensaciones. Y a esa ola a la que me refería más arriba la apoda “the shift”, algo así como el proceso en el cual estás por ser tumbado y te estás dando cuenta pero tu cuerpo no te obedece y no te podés correr de lugar. Hazel, en cambio, es más irónica en su introducción: “Late in the winter of my seventeenth birthday, my mother decided I was depressed, presumably bacause I rarely left the house, spent quite a lot of time in bed, read the same book over and over, ate infrequently, and devoted quite a bit of my abundance free time to thinking about dead”. Hazel también se conoce y Hazel tampoco se resguarda.

Ambos hablan de sí mismos porque no hay otra manera de enfrentar las cicatrices y ambos parecen estar continuamente haciendo una distinción entre quienes están “dañados” y no lo ven y quienes se autodefinen de ese modo y lo dejan al descubierto, con el corazón en la mano, porque el costo de aparentar una perfección es lo que los conduce a la explosión casi instantánea. Asimismo, en ambas historias sobrevuela algo que no puedo definir de otra manera que no sea con la palabra ruido. Es la concepción de ruido la que cambia. Por ejemplo, el ruido para mí es cuando quiero escribir y no me sale nada cohesivo o cuando alguien de mi familia se enferma y yo me obnubilo y pienso que me va a pasar la ola por encima. El ruido para Craig no es la depresión. La depresión es la forma con la que él puede lidiar con todo lo demás (las amistades superficiales, la insatisfacción, etc.): “some people get drunk, some people do drugs, some people get depressed. Because there’s so much stuff out there that you have to do something to deal with it”. El ruido para Hazel, en cambio, sí es la depresión, ya que toma ese estado como una consecuencia del resultado que puede depararle la enfermedad: “depression is not a side effect of cancer, depression is a side effect of dying”. Lo que me atrae de la manera en la que se emparentan ambos personajes es que tanto en uno como en el otro relucen las conexiones con un brillo único. Lo que hablamos siempre por acá del individuo como rompecabezas a medio armar (cuando no se relaciona con otro), Craig lo vislumbra al dibujar mapas, incluso el mapa de su propia cabeza, hecho mediante el cual aprende a trazar, unir, asociar, mirar a gran escala. Lo mismo sucede con Hazel y su percepción de las estrellas, de cómo sus pensamientos no pueden ser unidos en constelaciones. Como si nada tuviera sentido si no hay una irrupción. Afortunadamente, la irrupción llega.

Los primeros capítulos de It’s Kind of a Funny Story y The Fault in Our Stars

Noelle y Augustus no son meros interesantes románticos de Craig y Hazel. Tampoco son meros reflejos. Son la inspiración que los lleva a tomar decisiones. Está bien, sí, elegir es un acto estrictamente personal. ¿Lo es? Quizás el decir “yo elijo esto” y llevarlo a cabo, pero el camino previo se asemeja más a una empresa conjunta. No hablo solo de recibir consejos que ayuden a decidir. Hablo de que alguien nos despierte para elegir dar un paso. Hazel comienza su historia hablando sobre An Imperial Affliction, su novela favorita, y nuevamente aborda las conexiones: “sometimes you read a book and it fills you with this weird evangelical zeal, and you become convinced that the shattered world will never be put back together unless and until all living humans read the book”. Es ése libro el que la hace sentir menos sola, en esencia porque explicita todo lo que ella sobreanaliza. Con Craig y los mapas pasa lo mismo, son el desafío que lo mantiene menos pavoroso ante la idea de estar despierto. Porque él anhela dormir, porque es el único momento en el que no piensa: “I didn’t want to wake up. I was having a much better time asleep. And that’s really sad. It was almost like a reverse nightmare, like when you wake up from a nightmare you’re so relieved. I woke up into a nightmare”. La aparición de Noelle y Augustus no sólo los conecta con la pulsión por sentir (sentir un viaje, sentir un beso, sentir una canción) sino con la pulsión por elegir. Augustus asegura que uno no elige ser lastimado, pero sí elige al que ocasiona ese dolor. No peyorativamente sino por lo que escribí al principio. Amor rima con pavor. Amor rima con dolor. Una cosa retroalimenta la otra. “I like my choices” dice él, pensando en Hazel, sobre el final de la novela. Lo mismo hace Craig. Él habla sobre ese “mejor hacer que pensar y pensar” de un melancólico verso estelar (“my brain doesn’t want to think anymore; all of a sudden it wants to do”) y se regocija en la acción: “Run home. Run home. Run home and enjoy. Enjoy. Take these verbs and enjoy them. You deserve them because you chose them. You chose to stay here. Live. Live. Live. Live”. Me duele pensar que Vizzini elegiría el verbo opuesto, pero si me duele es porque me importa el otro espectro. La alternativa. El estar acá. En el ruido. Buscarle la vuelta para que sintonice distinto. Para que no apabulle. Para que acompañe. Porque no hay un antídoto para esa ola, para las lágrimas, para el dolor. Porque, como le dan a entender a Craig, la vida no se cura: la vida se maneja. 

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► [TRAILER] El esperado adelanto de The Fault in Our Stars:

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► [ESCENA] El gran final de It’s Kind of a Funny Story:

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¡Buen día para todos! La consigna de hoy tiene que ver, sobre todo, con crossovers, es decir, ¿a qué personajes de distintas películas consideran similares y piensan que podrían dialogar en un mismo film? Me gustaría leer sus ideas de cruza de personajes para una nueva historia, como hice yo con Hazel y Craig o de cruza de actores+directores; de más está decir que quienes quieran hablar tanto sobre The Fault in Our Stars (novela y expectativas sobre su adaptación) como sobre It’s Kind of a Funny Story (novela y/o adaptación), también pueden hacerlo; a ver con qué salen en los comentarios, los leo; ¡Que tengan un gran martes!

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“If you like it, it’s not stupid”

Hace tiempo que dejé de preguntarme si a medida que voy creciendo me voy volviendo más selectiva con ciertas cosas. Me lo dejé de preguntar porque sé la respuesta. Sí, me volví más selectiva. Me volví más impaciente. Me volví más intolerante. ¿Hacia qué? Hacia todo lo que básicamente implique una pérdida de tiempo. Las distintas variaciones de “vivir el presente”, las distintas frases que engloban el mismo concepto, podrán resultar trilladas, o incluso hiperbólicas, pero supongo que cada uno sabe hasta cuándo está haciendo lo que quiere y hasta cuándo está haciendo lo que debe. Es difícil no convertir eso de vivir el presente en algo catastrófico. Al fin y al cabo, no podemos pasar las veinticuatro horas del día rodeados de las personas que queremos y/o haciendo lo que queremos. Creo que parte de madurar es saber cuándo hacer concesiones y cuándo ser egoísta. Por bastante tiempo tuve la ingenua idea de que para sentirme feliz tenía que perseguir una meta algo inasible: repetir la sensación de placidez evitando todo aquello que no la provocara. Es ingenuo porque vivir así tiene un costo (cuando llega un día malo, se vuelve inabordable) y es ingenuo porque uno no está solo y porque no se puede perpetuar ese estado de comodidad. A veces, simplemente, uno tiene que pasar el tiempo con gente que no tiene ganas de ver. Me puse a pensar en esto hace poco, cuando experimenté algo similar, cuando me pregunté qué hacía en un lugar donde a nadie realmente le importaba lo que yo tenía para decir y donde la ignorancia (o el desconocimiento) derivaba automáticamente en prejuicio. Contrasté esa situación con otras, aquellas en las cuales no me cohíbo para hablar de lo que me gusta, y lo que me gusta va desde levantarme temprano para responder sus comentarios hasta, como expresaba Matías Rojo aquí mismo, vivir en un lugar lejos del mundanal ruido tan solo porque me hace bien. Y acá es donde entra en juego, nuevamente, el tiempo. Yo elijo dónde pasarlo y elijo dónde no perderlo. Estos pensamientos sueltos (o no tan sueltos, porque el cine siempre se encarga de unirlos) se hilvanaron con algunas frases de The Spectacular Now. “If you like it, it’s not stupid” le dice Sutter Keely (Miles Teller) a Aimee Finicky (Shailene Woodley) en relación a las historietas que ella disfruta leer. Ese momento, como tantos otros, conecta a la película de James Ponsoldt con uno de The Breakfast Club, aquel en el que se nos dice algo así como: “spend a little more time trying to make something of yourself and a little less time trying to impress people”. Un día antes de la publicación de fin de año, y en el prometido post de las citas, me adelanto al gracias. Porque en pocos espacios uno percibe que lo que tiene para decir o para mostrar no es estúpido. Gracias por hacerme sentir eso. Por hacerme sentir que el “do what you love and fuck the rest” no es un capricho: es una necesidad.

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MI PODIO DE CITAS DEL AÑO SE COMPLETA ASÍ:

 ► [A ROYAL AFFAIR]: “I would recognize you blindfolded”:

  

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 ► [SILVER LININGS PLAYBOOK]: “It’s a song, don’t make it a monster”:

  

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 ► [BEFORE MIDNIGHT]: “If you want true love, this is it, this is real life”:

  

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 ► [CLOUD ATLAS]: “I believe there is another world waiting for us, a better world; and I’ll be waiting for you there”:

  

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PERSONAJE DEL AÑO: TIFFANY MAXWELL

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¡Buen jueves, muchachada!: Hoy son más que bienvenidos a comentar en el penúltimo post balance con las siguientes consignas: *1. ¿Cuáles fueron las frases de película que más les gustaron de este 2013? *2. ¿Cuáles fueron los mejores personajes del año? Los invito a citar compulsivamente, algo que hacemos seguido por acá; ¡nos reencontramos mañana en el megapost de fin de año con muchas sorpresas!

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La peor película para…calmar la ansiedad

 “They’ve drummed the miraculous out of you, but you don’t want it to be like that; you want the miraculous; you want everything to still be new.” – Tim Tharp (The Spectacular Now)

Este blog siempre encuentra la manera de atravesar mi vida cotidiana, más allá del momento mismo en el que lo escribo, más allá de la interacción con todos ustedes, más allá del tiempo en el que me dedico exclusivamente a él. Voy a tratar de explicarme. Hace ya varias semanas que vengo con ganas de explayarme sobre la nueva película de James Ponsoldt, The Spectacular Now, específicamente sobre la necesidad imperiosa de verla, y sobre la necesidad imperiosa de leer la novela en la que se basa. Sin embargo, la volví a recordar ayer, precisamente cuando me hallé mencionando sin cesar el blog. La situación fue la siguiente: una amiga que es periodista y profesora de un terciario me invitó a hablarle al curso acerca de los pormenores de la crítica de cine. Lo cierto es que pasé una hora y media en el aula, y solo la primera parte hablé sobre mi profesión; la hora restante la ocupó el blog y su comunidad. Antes de irme, y en un interesante ida y vuelta con los alumnos, uno de ellos me preguntó algo que hasta entonces solo había escuchado en las películas (o en alguna que otra entrevista laboral): “¿Qué te ves haciendo en diez años?”. No supe qué responder, pero sí recuerdo lo primero que pensé: “quiero verme haciendo algo”. Eso me llevó a hablar un poco de Clementine, incluso sin nombrarla, más bien explicando mi identificación con cualquier persona o personaje que no funciona si no tiene una meta a corto o largo plazo. Y cuando me refiero a que el blog atraviesa mi cotidianeidad, me refiero a que al hablar con ese curso sobre eso que decía Jesse de lo mucho que ama “los deseos en permanente renovación” volví a pensar en The Spectacular Now y en cómo quería compartir un extracto del libro en este espacio y en ningún otro. “It doesn’t matter if it’s real, it never does with dreams. They aren’t anything anyway but lifesavers to cling so you don’t drown. Life is an ocean, and almost everyone’s hanging on to some kind of dream to keep afloat” escribió Tim Tharp. Esas palabras que dice Sutter Keely, el protagonista de esa historia coming of age, se ajustaban perfectamente a esa renovación de los deseos. Es cierto que los mismos muchas veces operan como salvavidas, es cierto que amortiguan golpes, que nos mantienen a flote. Pero también es cierto que no están solo sujetos al mañana, que los sueños, los planes, los proyectos, no tienen únicamente una connotación por el futuro y en el futuro. Supongo que por ese motivo – además de por su director, y los jóvenes pero extraordinarios Miles Teller y Shailene Woodley – estoy ansiosa por ver la adaptación de Tharp. Porque alude a cómo cuando un gran deseo se concreta, todo cobra una inmediatez que nos lleva a poner en duda lo efímero de la felicidad. En el instante del disfrute, el ahora está en primer plano, bello, creciente, radiante: espectacular.   

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 ► [TRAILER] Un adelanto de The Spectacular Now:

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 ► [ESCENA] Shailene Woodley y Miles Teller en un momento del film de James Ponsoldt:

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Este viernes, tres consignas: 1. ¿Cuáles fueron las películas que esperaron con mayor ansiedad para que se estrenasen y cuáles están esperando en la actualidad? (off topic: pueden nombrar series también, desde ya) 2. ¿Son de tachar días en el calendario ante el inminente estreno de un film que tienen muchas ganas de ver? 3. Por último, quisiera saber en qué casos valió la pena la espera y en qué casos se decepcionaron por haber anticipado mucho algunos films que no estuvieron a la altura de sus expectativas; como siempre, dejen sus comentarios que quiero leerlos! ¡Buen finde para todos! ¡Mañana les dejo una canción!

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La última vez hablamos sobre la mejor película para… VER EN UN AUTOCINE

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