Hablando del pasado

Es bien fácil andar de viajero en tránsito viendo el mundo como turista, lo difícil es quedarse y bancarse el día a día…”

“Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras (…) Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan”. Hay algo de este extracto del cuento de Borges El jardín de los senderos que se bifurcan en la película del chileno Matías Bize, La vida de los peces. ¿Qué hay? Para empezar, una mirada sobre el destino, sobre los caminos que se eligen, las decisiones que se toman y, especialmente, una mirada a las realidades perdidas, a esos otros caminos que no se emprendieron y que, en consecuencia, configuraron una realidad determinada, en este caso insatisfactoria y dolorosa. Sin embargo, en la obra de Borges (con todo la temática del sino/destino con ecos de La Ilíada) el foco está puesto en un tiempo presente, en un hoy insoslayable. En el film de Bize, por el contrario, tenemos a un protagonista detenido en el pasado.

Les dejo una escena de La vida de los peces:

Andrés (Santiago Cabrera) dejó Chile para irse a Europa. Dejó su mundo conocido, su familia, sus amigos, una tragedia latente y una novia llamada Beatriz. Al irse, pasó del desarraigo a la vida de turista, a trabajar como periodista (de turismo, justamente), viviendo en hoteles, escribiéndoles a los lectores sobre qué lugares visitar, dónde comer y cuánto gastar, pero sin vivir él esos mismos espacios, sin poder disfrutarlos. Andrés reside en Berlín, pero en realidad no reside en ninguna parte. Lo que proyecta no es más que un efecto ilusorio de lo que realmente es. Su aparente movilidad constante, su devenir, su volar de un lado al otro no es sinónimo de avanzar sino de estar detenido, viendo otros mundos desde una suerte de pecera. No sale, no se involucra. Su trabajo es ser observador, espectador de otras vidas en movimiento. Para ilustrar este confinamiento, Bize hace transcurrir su película – el paralelismo con Antes del atardecer resulta inevitable, sobre todo al estar ambas películas trabajadas en tiempo real – en un ámbito cerrado y único: una casa. Una casa donde se lleva a cabo una fiesta de cumpleaños. Una casa en Chile a la que Andrés vuelve diez años después de ese alejamiento. Lo hermoso de La vida de los peces es cómo Andrés va recorriendo cansino ese lugar (como nadando), hablando con viejos amigos (“hablando del pasado, siempre del pasado”), revisitando habitaciones que fueron testigo de momentos de su juventud y mirando la misma pecera una y otra vez.

Pero La vida de los peces, además de ser la crónica de un hombre solo (uno que se quedó estancado, mientras los demás, aún en conflicto, siguieron adelante, no fueron evasivos a la cotidianeidad) es, también, la historia de un amor trunco. Porque esa decisión de irse a Andrés le costó una relación con Beatriz, con quien se reencuentra en la fiesta y a quien necesita recuperar y tomar de la mano para reescribir el cuento, para trazar un brillante porvenir. Pero esa mujer (interpretada con triste crudeza por Blanca Lewin) eligió un camino, aún sabiendo que hay otra vida posible, quizás una vida paralela (“quiero asomarme y mirar otra vida”) donde ella y Andrés salen de ese idilio adolescente y emprenden un vínculo maduro. El monólogo de Beatriz sobre esos mundos posibles es tan real como devastador. ¿Quiénes avanzaron? ¿Quiénes quedaron detenidos? ¿Son más libres los que están dentro de la pecera porque no conocen otro mundo o los que salieron de ese mundo pero terminaron confinados en otro? Como dice la canción de Inverness que forma parte del soundtrack del film: “el cielo tiene nubes y no podrás tocarlas jamás”. Hay toda una realidad que perdimos, que en el hoy se vuelve inalcanzable, inaprensible. Solo resta convivir con la tristeza y aceptar el peso de las decisiones. Avanzar. Romper las peceras. Salir. Hablar del presente. Convivir con (y no vivir en) el pasado.

* BONUS TRACK: Banda sonora del film:

La vida de los peces OST by Milagros Amondaray on Grooveshark

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