Carol: Estoy viviendo, no estoy matando el tiempo

“It’s so effortless to let my loneliness defeat me, make me mold myself to whatever would (in some way – but not wholly) relieve it. I am infinite – I must never forget it…I want sensuality and sensitivity, both…I was more alive and satisfied with Harriet than I have ever been with anyone else…Let me never deny that…I want to err on the side of violence and excess, rather than to underfill my moments…” – Reborn (Susan Sontag)

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Therese Belivet formula y reformula preguntas que no pueden venir desde otro lugar más que la plena ingenuidad ante lo que le está sucediendo. ¿Qué son estas cosas que siento? En una de esas preguntas, que contiene la respuesta en el interrogante mismo, pone al amor y al miedo en la misma posición, casi como queriendo describir un estado de incomodidad. “How was it possible to be afraid and in love…the two things did not go together; how was it possible to be afraid, when the two of them grew stronger together every day? And every night; every night was different, and every morning; together they possessed a miracle”. Hace unos meses, me tomé un micro para, entre otras cosas, hablar con una mujer sobre esas que cosas que sentía. Como Therese, pensaba que tenía un pequeño milagro entre mis manos, uno conformado por el amor y el miedo, cualidades que no llegaban nunca a anularse mutuamente. Es que esas cosas sí van juntas, cada noche, cada mañana, indisolubles. Era extraño pero no quería que el viaje se termine. Una parte de mí necesitaba, para mantener el control, estar en movimiento constante. La imagen simbólica de poner los pies en el asfalto como forma de ilustrar el enfrentarse a la realidad se volvía cada vez más vívida con cada paso que daba hacia ese encuentro inevitable. Mientras caminaba, recordé un mail que le había mandado a otra mujer, algunos años atrás, y en un estado de semi-inconsciencia. Un mail que envié sin censurarme y que se me hizo presente al día siguiente, cuando la resaca me obligó a lidiar con esa acción que podía parecer insignificante. El punto es que no, que de insignificante no tenía nada. Tres palabras se me confundían, se me mezclaban, como si no supiera de dónde habían salido, como si otra persona las hubiera escrito. “I like you”. ¿Por qué había pensado eso y por qué me había animado a ponerlo por escrito? ¿Qué son estas cosas que siento? Con su respuesta (“me too, but not in that way”), paradójicamente, llegó el alivio. Listo, ya está. Fue una confusión, ¿no? No importa si esos días con ella, días de aprender sus costumbres finlandesas, de planear una visita a Helsinki y de sentirnos solas en la multitud, habían despertado algo nuevo, desconocido. O algo conocido que yo no estaba dispuesta a conocer. Algo que apareció súbitamente para hacerme cuestionar mis necesidades. An angel, flung out of space. Cuatro años después, a medida que me iba acercando a esa segunda mujer a la que le había dicho algo mucho más que “me gustás”, empecé a calcular cada movimiento. ¿Ahora cómo la miro? ¿Qué digo? ¿Tengo que hacer algo? ¿Quién va a decir la primera palabra? A veces estamos bajo la falsa impresión de que las grandes decisiones que tomamos se ejecutan del mismo modo, en enorme escala, con declaraciones pulcras a las que no se les corre una coma de lugar. No sé si es tan así. Es en las sutilezas, es en los gestos, en donde nos escondemos tanto como nos proclamamos. Ese mediodía, mi gesto fue dar un abrazo y alegar, una vez más, confusión. Claro que uno alega confusión cuando más seguro está. Saberme/sentirme bisexual o saberme/sentirme enamorada de una mujer y no hacer nada al respecto me parecía una hipocresía. Uno siempre suele aconsejar a un amigo, un hermano, un conocido, la trillada composición de palabras “tenés que hacer lo que sentís”. Pero al estar en la misma encrucijada, ese miedo del que habla Therese, desembocaba en esas preguntas que se hace, desembocaba en ese “¿y qué pasa si hago esto?”. Y si me sentía extraña, si había algo de temor en mí, no era tanto por la reacción de terceros. Siempre me sentía rara pero por no saber qué hacer conmigo, o conmigo en función del alguien más. Hasta que volví a hacer eso que hacemos todos sin notarlo. Llevé a cabo un gesto. Dejé de dar la espalda, me di vuelta y di un beso. Ese gesto, uno que había hecho muchas veces antes sin atribuirle valor, de repente era el gesto más valiente que me podían pedir. Y me sentí un poco orgullosa. Porque sabía que el amor y el miedo iban a andar juntos por un tiempo más, pero no me importó. Del otro lado estaba ella. My angel, flung out of space.

En Reborn, su colección de diarios, Susan Sontag escribe, entre otras cosas, sobre su resignación a experimentar una falsa idea de amor, a un amor que no la colmara o que la colmara de a ratos, a uno que la enviara de vuelta a un estado de reclusión, de familiar misantropía. Sin embargo, Sontag no iba a permitir que la soledad la derribe e iba a seguir buscando esa clase de sentimiento en el cual también convivieran dos polos (¿acaso el amor no es siempre una conversación entre dos rivales que buscan la conciliación?), la sensualidad y la sensibilidad. La primera, como forma de reconquista diaria, observando al otro, reconociéndolo con el cuerpo (los pequeños gestos, otra vez), sucumbiendo a una mirada o a una media sonrisa reveladora. La segunda, como forma de padecer, con los brazos desplegados, todo aquello que el otro entrega, desde la lectura de un libro hasta una discusión que exude una necesidad de llegar a un punto en común. Para Sontag y durante el año 1957, Harriet Sohmers Zwerling era esa persona que no estaba ahí en su cama, en su mesa, para matar el tiempo sino para vivirlo. Vivirlo como lo quería vivir Therese con Carol Aird: “I feel I stand in a desert with my hands outstretched, and you are raining down on me”. Patricia Highsmith, por su parte, las concibió a Therese y a Carol en el invierno de 1948. En plena Navidad, deprimida y pasando sus días en un departamento chico (quizás también sin calefacción, como la propia Therese), comenzó a trabajar en una tienda de Manhattan, en la sección de juguetes. Highsmith describiría posteriormente ese constante ir y venir de personas que observan y compran o compran sin siquiera observar como una suerte de frenesí de caos y confusión. En ese contexto dolorosamente rutinario donde la nieve dejaba de representar el romanticismo para ser un factor más de entumecimiento ante el entorno, apareció una mujer. Highsmith no hizo más que anotar sus datos en un papel para realizar el envío de un regalo pero esa breve interacción la dejó en un estado febril. An angel, flung out of space. Cuando llegó a su departamento, y luego de rebobinar y reproducir mil veces el episodio en su cabeza, empezó a escribir la novela The Price of Salt (posteriormente retitulada Carol y publicada en 1952 bajo el seudónimo Claire Morgan), cuyo manuscrito fue terminado en dos horas. “Me sentía mareada y nuevamente con fiebre, como si hubiese sido testigo de una aparición” contaría luego Highsmith. Sin quererlo (o probablemente intencionalmente, quién lo sabe), estaba comparando el arte de escribir con el amor a primavera vista. La escritora nunca emplea la palabra “musa” pero ésta se siente en sus palabras, yace entrelineas, es casi palpable. Highsmith, al contemplar a esa mujer, padeció lo mismo que al concluir su novela. La salvación en estado puro. La exaltación en estado puro. Eso que escribiría Sontag en sus diarios. “An unreasonable passion”. Por lo tanto, The Price of Salt es mucho más que una historia de amor prohibida entre dos mujeres. Esa descripción no alcanza (ni siquiera comienza) a rascar la superficie de su núcleo. The Price of Salt es una historia sobre el ser observado en la multitud, sobre dos personas que se miran dentro de la vorágine, y se rescatan de ese estado que nuevamente podría ser abordado por la prosa de Sontag: “I don’t want to underfill my moments”. ¿Se puede disentir con ese manifiesto? Es así. Los días avanzan con demasiada presura como para llenarlos a medias.

Somos accidentes esperando a suceder. Somos infinitos. Como dice Carol en su declaración epistolar a Therese: “Dearest, there are no accidents and everything comes full circle”. La guionista Phyllis Nagy adaptó la novela de Highsmith con unas ligeras variaciones en función de que prevalezca lo cinematográfico, detalles como que Therese quiera ser fotógrafa y no diseñadora teatral, o como que Therese regale un vinilo y no una cartera (lo personal derrotando a lo impersonal), o como abordar a Carol como una mujer más terrenal, lejos de la figura idealizada en la que Therese la convierte en la novela, que está narrada enteramente bajo su perspectiva. Sin embargo, quien mejor supo captar el espíritu cíclico de The Price of Salt fue Todd Haynes. Su película empieza (casi) como termina. Con Carol (Cate Blanchett) y Therese (Rooney Mara) sentadas en una mesa. Sabemos que algo sucedió entre ellas, algo que generó una tensión que emana de los labios apretados de Therese y de la risa nerviosa de Carol. Cuando se está a punto de desgranar el conflicto, Haynes interrumpe la conversación haciendo entrar en escena a Jack, un hombre que solo conoce a Therese tangencialmente, un actante que está en un plano muy inferior, alguien que interrumpe una gran decisión con un ingenuo saludo. Nuevamente estamos ante otra evidencia de cómo un simple gesto de un tercero (el grito de “Therese, is that you!?”) puede invadir una situación clave para la vida de dos personas. Con esa elección narrativa que le sugerió a Nagy, Haynes no está solo homenajeando a dos películas claves para el universo Carol (especialmente por sus finales) como lo son Brief Encounter de David Lean y Lovers and Lollipops de Morris Engel y Ruth Orkin – la primera, sobre un tercero que irrumpe; la segunda, sobre un gesto que reemplaza las palabras – sino también mostrando esa naturaleza cíclica de las relaciones, sobre cómo es imperativo denotar el recorrido para resignificar un momento. De esta manera, la resignificación llega en Carol con una escena que es el colmo de lo climático por el brillante uso que hace Haynes de dos recursos: las miradas de sus protagonistas y la música de Carter Burwell. Luego de haber sido abandonada por Carol en pleno viaje idílico, y luego de que Carol advierte que el precio de la libertad puede ser la infelicidad (para ella, disfrutar de su sexualidad implica estar lejos de su hija), Therese se arrepiente de negarse/negarle una segunda oportunidad y va a buscarla. La tensión previa a ese cruce final de miradas es una obra de arte en sí misma, con la lenta caminata de Therese hacia Carol, una Carol que se confunde entre la gente hasta el momento mismo del contacto visual. “Carol brushed her hair and Therese smiled because the gesture was Carol, and it was Carol she loved and would always love, in a different way now, because she was a different person, and it was meeting Carol all over again and no one else”. Las palabras de la novela que prefiguran ese recorrido que dura segundos (pero que se siente interminable) son reemplazadas por los precisos gestos de Blanchett y Mara (su química llega hasta esos extremos, hasta esos detalles imperceptibles), quienes se unen sin siquiera besarse, o al besarse con los ojos, con la sonrisa, con todo el cuerpo, con un mundo de gente de por medio. La resignificación, asimismo, permite que veamos ese vínculo especular entre Therese y Carol. Ed Lachman fotografía de manera impecable actos que se repiten en circunstancias contrapuestas. Es Therese quien inicialmente observa a Carol a través de vidrios (esperándola en un restaurante, viéndola irse en auto con su amiga Abby) y luego es Carol quien, al despedirse de Therese (“I should have said ‘wait…’”), la ve cruzar las calles neoyorkinas con un corte de cabello más adulto y un atuendo acorde. Así como en The Price of Salt el proceso de madurez le pertenece solo a Therese – podemos interpretar a la novela como una coming of age similar al comic de Julie Maroh Le bleu est une couleur chaude -, en el film de Haynes son ambas mujeres las que se devuelven a la vida mutuamente (“I’ve never been more awake in my life!” le grita Therese a su novio Richard / “I wanted it and I will not deny it” le dice Carol a su marido Harge), las que deben vencer sus propios impedimentos. Los cambios – como todo lo que sucede en el film – son intangibles. Los cambios provienen de una Therese que dice que no por primera vez en su vida con total convicción (“how should I know what I want when I always say ‘yes’ to everything?”) y de una Carol que por primera vez se permite mostrarse vulnerable (“I love you”).

En Carol, cada palabra, cada prenda que se remueve, cada sonrisa ante un regalo, cada lágrima que cae, golpea, resuena, remueve. Carol se te mete bajo la piel con tanta sensualidad como sensibilidad, justamente por esa valentía de mostrar al amor a la par del miedo, a la par del sufrimiento, como yace en otro pasaje del diario de Sontag: “It hurts to love; it’s like giving yourself to be flayed and knowing that at any moment the other person may just walk off with your skin”. Creo que todos tenemos una Carol. Y no hablo solo de mi experiencia con otra mujer. Hablo de cualquier género, de cualquier relación, de cualquier identidad sexual. Todos tenemos a ese ángel que cayó del espacio para cambiarnos la vida. Alguien que nos vio en nuestros más mínimos detalles, con nuestros accesorios (“I like the hat”) y con nuestros cuerpos al desnudo (“I never looked like that”), alguien que dejó un guante atrás porque quiso retomar el contacto. Carol me hizo notar todas las veces que maté el tiempo en lugar de vivirlo, todas las veces que caminé segura pero sin el miedo que conlleva el desafío, todas las veces que besé de manera insignificante; y al mismo tiempo me hizo notar que lo que tengo ahora, eso que me asusta y que al mismo tiempo me eleva, fue un accidente esperando a suceder, algo tan indetenible como ese tren omnipresente en el film de Haynes. “I see her the same instant she sees me, and instantly, I love her. Instantly, I am terrified, because I know she knows I am terrified and that I love her” escribe Highsmith en The Price of Salt hablando un poco de ella, un poco de Therese, un poco de todos. De todos los que alguna vez hemos sido observados.

“I’ll be seeing you in all the old familiar places that this heart of mine embraces, all day and through”. 

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► [SECUENCIA] Anatomía de una escena, por el New York Times:

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► [DE YAPA] La banda sonora de Carol, a cargo de Carter Burwell:

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¡BUEN MIÉRCOLES PARA TODOS! Hoy les dejo dos consignas: 1. Por un lado, dejar sus impresiones sobre Carol de Todd Haynes 2. Por el otro, y como previa al Día de los Enamorados y en el contexto de este post, me gustaría que mencionen esas películas románticas que han tenido un cierto parecido con sus propias experiencias; como siempre, gracias por leer; nos reencontramos mañana con un nuevo podcast para debatir la vigencia de Clueless; ¡hasta entonces!

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El post del baboseo (versión 2015)

Este fue el año en el que publiqué esta nota, por lo cual me parecía pertinente que El post del baboseo versión 2015 fuera fiel a lo que expresé en la misma. En consecuencia, mis dos elecciones para la consigna del clásico 18 de noviembre son Ezra Miller y Rooney Mara, con algunas yapas que se verán plasmadas en gifs como Joshua Jackson en The Affair, Kristen Stewart en Clouds of Sils Maria (y en American Ultra, ya que estamos) y Zac Efron en Neighbors (qué lindos recuerdos).

Por otro lado, les recuerdo que el post baboseril del año pasado sigue siendo el más comentado del blog con 2.700 aportes y que los ganadores de esa edición fueron Eva Green y Jared Leto. Me intriga saber quiénes serán los afortunados de la versión 2015. Como siempre, leo sus aportes y el jueves les dejo un regalito con los ganadores. ¡A babearse nomás, sin restricciones!

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*MENCIONES ESPECIALES:

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¡BUEN MIÉRCOLES PARA TODOS! Finalmente llegó #ElPostDelBaboseo (edición 2015), y, como siempre, ya saben qué hacer; este año expandimos la consigna a cantantes para que haya más variedad - Nos reencontramos mañana con los resultados de este clásico del blog :P – ¡a ver si batimos un nuevo récord de comentarios! ¡los leo!

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*Y PORQUE NO PUEDE FALTAR…

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El post del aguante

Todo empezó hace unas semanas con una aseveración de Fede Closs en Twitter: “Aguanten las cejas de Jack Nicholson”. A ésto respondí: “Aguante la nariz de Owen Wilson”. A su vez, alguien me respondió a mí: “Aguante la voz de Clive Owen”. Los intercambios entre muchos se prolongaron hasta la una de la mañana por dicha red social, por lo cual se volvió inevitable eso que sucede muchas veces alrededor del blog: una frase espontánea termina siendo motivo de post. En consecuencia, así como Fede tiró la primera piedra y muchos le siguieron el juego luego, me gustaría que repitamos la fórmula el día de hoy. Mi respuesta es Rooney Mara en el film de David Fincher, desde su manera de caminar pasando por su pelo hasta una de las decisiones que ella tomó para ponerle su impronta al personaje de Lisbeth Salander: sus cejas decoloradas. A ver qué tienen para contarme ustedes. ♦  

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► [GALERÍA] 50 “aguantes” mencionados en el post de hoy:

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¡BUEN MIÉRCOLES PARA TODOS! Hoy simplemente nos dedicamos a enumerar todos nuestros “aguante(s)”, que pueden ir desde rasgos físicos hasta personajes; con todos los aportes armaré una mega-galería; nos reencontramos mañana, en una suerte de semana temática, ya que estaremos rankeando en De menor a mayor las películas de David Fincher; ¡hasta entonces, muchachada! ¡que tengan un excelente miércoles!

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Her: Sólo una pantalla, un espejo…

Hoy en Cinescalas escribe: Julieta Montero

“Our love is plastic, we’ll break it to bits, I want to break free, but will they break me?”  - Arcade Fire

*Aclaración: este es el post que originalmente iba a salir publicado ayer; por primera vez, habrá dos notas de una misma película/estreno, ya que mi texto sobre Her saldrá publicado en un par de semanas; ahora los dejo con la visión de Juli…

Nunca una filmografía me resultó tan coherente en su temática y líneas de fuga como la de Spike Jonze. Su preocupación principal está en explorar los contactos, el significado de estar con otros, comunicarse, amarse, intercambiarse. En esta exploración, se vale de lo fantástico (un fantástico naturalista y sin explicaciones) como recurso que le permite indagar sobre los límites. Y así en Her, como antes en Being John Malcovich, Adaptation y Where the Wild Things Are, existe un mundo imaginado paralelo a la realidad, hacia donde se escapan todas las preguntas…

Esta vez, son el tiempo y el espacio las variables que construyen ese otro universo. La historia sucede en un futuro inmediato, sin grandes cambios pero con una asepsia, una corrección y una presencia de las tecnologías potenciada casi evolutivamente, como en un mundo igual pero más. Y si el tiempo es mañana, el lugar ya existe: Los Ángeles, esa ciudad con vista al cielo y llena de construcciones de futuro, como el Walt Disney Music Hall o el Pacific Desing Center de César Pelli. Una ciudad que, por su arquitectura enorme e inabarcable, obliga a sus habitantes a delegar en los nuevos medios digitales las posibilidades de contacto. De eso habla Her, de cómo estamos con otros en una sociedad crecientemente mediada por las tecnologías, de cómo es y será el amor si seguimos igual pero más.

La excusa es un tristísimo y solísimo Theodore/Joaquin Phoenix (¿existe Phoenix en otro estado, acaso?), que se enamora de su nuevo sistema operativo, Samantha/Scarlett Johansson. A partir de ese momento, y con Arcade Fire de fondo, la existencia de Theodore transcurre entre dos amores fantasmales: la esposa que ya no tiene y su Siri transmedia y supersimétrica, creada especialmente para él (“I know you´re living in my mind/It´s not the same as being alive”). Como suele suceder en los mundos de Jonze, el entorno asume este amor entre humano y máquina con total corrección política, incluso cuando empiezan a hacerse evidentes las distancias de cualidad y dimensión entre los mundos de uno y otro (“If telling the truth is not polite/ then I guess you´ll have to fight”). Es en esta dinámica donde encuentro preguntas que me persiguen desde hace tiempo y en la que vislumbro respuestas más pesimistas que nunca.

En su libro Hello Avatar, Beth Coleman plantea que aquellos que vivimos conectados a otros a través de nuestros dispositivos digitales, ya no habitamos en la realidad o en la virtualidad, sino que transitamos cada vez más en el medio, en una x-realidad donde tiene poca importancia cuándo el contacto es de carne o de espíritu. Ya no estamos solos, cargamos a nuestros amigos, amores y contactos en el celular, de tal modo que estar sentado en la computadora se transformó en un momento más social que individual. Lo bello de Her es que agrega a ese contexto una (y sólo una) variable novedosa: la inmaterialidad del otro. ¿Hay alguna diferencia si el que está del otro lado tiene existencia real? ¿O alcanza con compartir lo mundano y lo extraordinario, aunque el otro sea un conjunto  (aunque no predeterminado) de ceros y unos? Seguro hace un rato hubiera dicho que no, que no alcanza, pero ahora vivo la vida post-Her. Ahora, no sé: ese paseo por la playa, feliz de cara al sol, rodeado pero en la intimidad del otro, no parece menos feliz o menos paseo porque Samantha sólo sea una inteligencia artificial.

Seguramente, lo acepto, toda esta lectura tenga que ver con que trabajo en cuestiones vinculadas a la comunicación y las nuevas tecnologías. O con que muchos de mis vínculos laborales y sociales, incluidos aquellos con los cinescaleros, suceden en el espacio virtual y gracias a la creciente conectividad y ubicuidad de los medios. O con que hace dos meses que estoy enamorada del disco Reflektor de Arcade Fire, que en mi mente se hace las mismas preguntas que me plantea Her. Juntos, película y álbum, me sugieren una visión oscura de lo que se viene, especialmente en relación a qué significa estar juntos hoy, cuánto de alma o de reflejo hay en el intercambio sin cuerpo que sucede a través de las tecnologías y hasta dónde podemos llegar antes de cuestionarnos la neutralidad de este mundo que deviene a nuestro alrededor.

Por Julieta Montero

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 ► [ESPECIAL]: Un imperdible mini documental sobre Her:

  

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 ► [ESCENA]: “Falling in love is a crazy thing to do”:

  

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¡Buen martes para todos! Hoy, tres consignas: 1. ¿Vieron Her? ¿Qué opinión tienen de la película de Spike Jonze? 2. A raíz de la nota de Juli, me gustaría que compartan cuál es su relación con lo “virtual”, y cuánto espacio le dan en sus vidas3. Por último, es hora de hablar de Joaquin Phoenix y qué actuación de él les ha quedado más grabada; en breve sale mi análisis de Her, pero no quería dejar de felicitar a Juli por el suyo; ¡buen martes para todos y nos vemos mañana, por supuesto!

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—> La última vez escribió Tais Gadea Lara sobre… BLACKFISH

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Si está Joaquin Phoenix, la veo

La nombro en muchos posts. De hecho, la nombré este lunes. Como un avión estrellado. La nombro porque se estrenó en un momento en el que parecía que su director, Ezequiel Acuña, me estaba leyendo la mente. Cuando terminé de verla y llegaron los créditos, me sentí vacía (por la tristeza que viene con ese final), pero al mismo tiempo completa. Muchas obsesiones de mi universo personal las había visto ahí en pantalla. Un chico que se tira al pasto. Una chica que baila con Radiohead. Un avión que despega. El disco Grace de Jeff Buckley. La sonoridad del silencio. La vida que sigue a pesar de las ausencias. Salinger. Fuguet. Cómo Nico se imagina el amor con Luchi. Cómo Nico se imagina la manifestación de ese amor: en un bosque mientras Mi pequeña muerte canta “en realidad, mi pasado es todo un desastre; si quieres cambiarlo, no me negaré”. Desde ese instante supe no solo que seguiría de cerca el cine de Ezequiel sino que hay películas que, cuando logran aunar inquietudes personales (los pormenores de la melancolía, por ejemplo) y aditamentos bien específicos (vuelvo a Grace) ya de por sí se convierten en favoritas de manera instantánea. Incluso antes de verlas. Pero este post – contracara de aquel que tuvo como protagonista a Sean Penn – no surgió tanto por el cine de Acuña como por el hecho de haber visto el trailer de Her, la nueva película de Spike Jonze. Es raro, pero sé que me va a gustar o que, aunque tenga falencias, las podría pasar por alto. Pienso en que la banda sonora es de Arcade Fire. Pienso en Joaquin Phoenix enamorado de alguien a quien no puede tocar (lo que me remitió al episodio “Be Right Back” de Black Mirror). Pienso en Rooney Mara. En Amy Adams nuevamente al lado de Phoenix diciendo cosas como “falling in love it’s a crazy thing to do, kind of like a form of socially acceptable insanity”. Pienso en el universo de Jonze, en la música de Karen O. Pienso en todo eso y estoy convencida de que voy a querer explorarlo, y encontrar más planos, encontrar más canciones, encontrar otra historia de amor que me conmueva. La última vez que me sucedió algo similar fue cuando una mente brillante (quien sea que haya sido) usó un cover de “Creep” para el trailer de The Social Network. Después de atestiguar esa amalgama pensé: “no, esta no va a ser una biopic más”. Y vaya si estaba en lo cierto. 

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 ► [TRAILER] HER (Joaquin Phoenix+ Rooney Mara + Amy Adams + Spike Jonze + gran banda sonora = aaaahhhh!):

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Este miércoles, una consigna: ¿Qué componentes tiene que tener una película para “comprarlos” de antemano y hacerlos ir a ciegas a la sala? Como hicimos con el post de Sean Penn, la idea es dejar frases del estilo de “si actúa x  la veo”, “si es de género x la veo” , “si la banda sonora es de x la veo”,”si la dirige x la veo”; como siempre, leo sus comentarios; nos reencontramos mañana, muchachada; ¡que tengan un buen día! ;)

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