Spotlight: Con sudor de tinta y rechinar de dientes

Mike Wallace: And do you wish you hadn’t come forward? Do you wish you hadn’t blown the whistle?

Jeffrey Wigand: There are times when I wish I hadn’t done it. There are times when I feel com… compelled to do it; if you asked me, would I do it again, do I think it’s worth it? Yeah, I think it’s worth it

The Insider

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento 

Del otro lado del teléfono, a Jeffrey Wigand se lo nota agitado, molesto, volcánico. Tan solo unos segundos antes, el productor de 60 Minutes Lowell Bergman lo había acribillado con una seguidilla de preguntas personales, incómodas, vergonzosas. Para ese informante, para ese hombre que había arriesgado su estabilidad física, emocional y profesional, los traspiés de su pasado no podían tener correlación alguna con la causa puntual contra Brown & Williamson de la que se había convertido, involuntariamente, en su abanderado. Lowell sube la voz para hacerse entender, para hacerle entender que los errores acumulados – por más triviales que parezcan – dejan de ser mínimos cuando hay un Goliat poniéndoles la lupa encima. Wigand, ese hombre ordinario bajo circunstancias extraordinarias que carecía de “la gracia y consistencia” que pretendía el periodista Mike Wallace, se obnubila y repite incansablemente la misma pregunta (retórica). “¿Qué tiene que ver eso con mi testimonio? ¡Yo dije la verdad!”. Bergman, hastiado, sube la voz una vez más y le aclara que “no hace una puta diferencia si dijiste la verdad o no”. Por unos minutos, entre un hombre y el otro, entre un teléfono y el otro, el tiempo se suspende y se crea un silencio notorio, silencio contra el que Wigand atenta susurrando su manifiesto. “Yo dije la verdad” y cuelga el tubo. The Insider, a mi criterio la mejor película de Michael Mann, muestra en una rabiosa secuencia de menos de cinco minutos las distintas posiciones que se toman ante el tumultuoso proceso de exponer una verdad. Por un lado, Bergman representa el cinismo de quien ha presenciado cómo se mueve el engranaje, de cómo para poder informar como se debe es necesario eludir la presura y resolver cada obstáculo con la mente clara. Bergman es consciente de que uno de los titanes de las tabacaleras no tendrá impunidad en extirpar una potencial falla del denunciante en cuestión para humillarlo, desmotivarlo y eventualmente desacreditarlo. El contenido cuenta, claro. Pero la forma en la que es presentado cuenta aún más. Por otro lado, Wigand, un hombre a priori temperamental, considera que su verdad está por encima de cualquier interna o agenda empresarial. En consecuencia, le es indistinto si CBS no puede emitir su testimonio porque en ese caso la cadena puede ser demandada y comprada por Brown & Williamson, así como le es indistinto si pagó unas multas de tránsito años atrás. La verdad es una sola: “we are in the nicotine delivery business”. De este modo, The Insider toma la inseguridad de Wigand y su superación como el mero puntapié de un largo recorrido. Entre emitir un testimonio y el presenciar su repercusión hay una brecha enorme, achicada a fuerza de noches de insomnio por investigación, de noches de insomnio por acoso telefónico, de noches de insomnio por reuniones burocráticas. El apuro del damnificado, en ese contexto, es la mejor arma del enemigo. La perseverancia, por el contrario, es la cualidad ideal para derribar el sistema.

En su imprescindible prólogo a Los lanzallamas, Robert Arlt esboza un número de razones por las cuales escribir es algo tan arduo como gratificante, una tarea que conlleva el esfuerzo como rasgo intrínseco, que vale la pena por todo lo que se deja en el papel, independientemente de la hora, del día, de la semana, de las circunstancias. En un extraordinario pasaje, Arlt concibe una plegaria para los escritores en formación (la formación que solo te da el escribir todos los días de tu vida), solicitándoles que si tienen algo para contar, tomen cualquier herramienta que tengan a mano, un papel, una servilleta, un cuaderno, un lápiz, una lapicera, lo que sea que cumpla esa particular función. Su visión tiene una cierta filiación con aquello escrito por Alejandra Pizarnik: “el poema se hace con palabras”. Es decir, uno es escritor cuando escribe. Para escribir no hay otra receta más que la de sentarse a hacerlo. Para Arlt, asimismo, se trata casi de un derecho. “Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes (…) con manos fatigadas hora tras hora, hora tras hora; a veces se le caía a uno la cabeza de fatiga”. Spotlight, la obra maestra de Thomas McCarthy co-escrita con Josh Singer (quien explotó sus conocimientos respecto al vértigo de la investigación y al vértigo de la libertad de expresión ya abordado en sus guiones para The West Wing y para la fallida The Fifht Estate), no solo puede ser hermanada con The Insider por cómo expone el entreverado camino hacia arrojar luz (o lanzar llamas) sobre un hecho sino también con ese prólogo de Arlt, uno que cuestiona las presiones en esa tarea casi quirúrgica de concebir un determinado texto: “estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento; escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana”. En Spotlight convergen cuatro mundos. En primera medida, tenemos el caso en el que está basada: la investigación del equipo Spotlight del periódico The Boston Globe que desenmascaró una red de pedofilia de curas en Massachusetts. En segunda medida, tenemos el contexto. Boston, un universo aparte, una ciudad repleta de iglesias a las que McCarthy filma como si estuvieran en un cuarto plano, a lo lejos, omnipresentes, con niños corriendo alrededor o con una víctima de pedofilia caminando frente a ellas. En tercer lugar, nos encontramos con el marco de la redacción de un diario que necesita aumentar su volumen de lectores y que recibe con aprehensión la llegada de un nuevo editor, Marty Baron (un Liev Schreiber impecable), un outsider con fama de hacer ajustes, un hombre oriundo de Florida, judío y sin intenciones de responder al arzobispo Bernard Law. En una magistral escena, Baron visita a Law para presentarse, una formalidad habitual a la que accede con reticencia. Baron se sienta frente a él y escucha consejos que revelan la ideología del arzobispo, una que apunta a que el diario más importante de la ciudad debe colaborar con la Iglesia con el fin de lograr una mejoría en conjunto (no tan así, dado que el beneficio es más bien unilateral). Baron, quien solo quiere hacer su trabajo (como todos los personajes de Spotlight) y quien considera que la novela The curse of the Bambino de Dan Shaughnessy es la verdadera guía no eclesiástica de Boston, respetuosamente lo contradice: “para que un diario funcione mejor en realidad debe sostenerse solo”. Esa frase marca el tono de Spotlight, un film extremadamente contenido y sutil, que se vale de detalles subrepticios para resonar aún más fuerte. Así es cómo, en tercera medida, entran en juego los periodistas del equipo de trabajo en cuestión. Michael Rezendes (Mark Ruffalo), Sacha Pfeiffer (Rachel McAdams), Matt Carroll (Brian d’Arcy James) y su editor en jefe (“yo prefiero que me digan ‘entrenador’”) Walter “Robby” Robinson (Michael Keaton) inician la investigación con un solo cura como figura a investigar y gracias a la mirada de Baron, que al no estar contaminada por la familiaridad con Boston, observa lo que nadie hizo antes (así, el título Spotlight adquiere más de un sentido: no es solo una persona quien “ve la luz” sino que es una revelación en conjunto, algo así como “quien quiera oír que oiga”) y propulsa lo que sería el artículo definitivo escrito por Rezendes en el 2002 que les valió a todos el Pulitzer. Asimismo, y como otro ejemplo de la sobriedad del film, hallamos un monólogo de Baron sobre la importancia de la investigación, una que derivó en el descubrimiento de noventa curas y sus víctimas en el área. A McCarthy y a Singer no les interesa remarcar el dato del Pulitzer (relegado a una placa final), dado que el verdadero premio es el impacto de la publicación y la vital diferencia que puede hacer la labor de un periodista: “a veces es fácil olvidarse de que pasamos mucho tiempo en la oscuridad hasta que alguien prende la luz (…) pero todos han hecho un buen trabajo, uno que va a tener un impacto considerable e inmediato; en mi opinión, es por historias como esta que hacemos lo que hacemos”. La cotidianidad del trabajo del periodista es clave para Spotlight, película que convierte acciones mundanas en algo magnético. Desde el cambio en el color de las lapiceras (Robby como editor escribe con una negra, sus periodistas con unas azules y, sobre el final, la tinta de todas es roja), pasando por los movimientos imperceptibles de la redacción (Baron escribiendo en una oficina de fondo, mientras que la cámara se centra en el caminar de Robby con su jefe Ben Bradlee Jr.) hasta la brillante secuencia de la recolección y entrega de datos, Spotlight habla de cómo esa perseverancia fue vital para no apurar la historia, una que debía mostrar lo sistémico, es decir, la complicidad del Vaticano hacia Law y otros curas que no fueron excomulgados por las denuncias sino reubicados en otras parroquias. Por ende, la historia jamás debía abocarse a un solo arzobispo protegiendo a un solo cura, ya que ese ángulo para el informe iba a ser irremisiblemente inocuo.

“Siempre pensé que iba a volver a la iglesia” le confiesa Michael a su compañera Sacha, a lo que ella le responde: “sí, yo dejé de ir, es un sentimiento horrible, pero estás así porque te importa la historia, a todos nos pasa”. Con excepción de un arrebato de bronca por parte de Rezendes (precedido por otra gran secuencia de lectura de una carta reveladora, carta narrada en voz alta arriba de un taxi que atraviesa toda la ciudad, mostrando así a una víctima con su hijo como diciéndonos que Boston es más chica de lo que parece), Spotlight no tiene momentos de estridencia y jamás pierde el eje. Si el espectador recibe golpes – a fin de cuentas, el abuso infantil contiene sucesos gráficos difíciles de escuchar – es a partir de gestos tan simples e íntimos como una víctima que se rasca el brazo dejando entrever los pinchazos de una aguja; como los ojos llorosos de Mitchell Garabedian (Stanley Tucci), el abogado representante de esas víctimas, al recibir el artículo finalmente publicado; como la punzante frase de Phil Saviano, fundador del grupo de autoayuda SNAP (Survivors Network of those Abused by Priests), sobre lo ingenuo de su reacción ante el abuso: “cuando sos un chico pobre de una familia pobre y un cura te presta atención es algo importante, ¿cómo se le dice que no a Dios?”; como la lapicera del abogado representante de la Iglesia Jim Sullivan, amigo de Robby, subrayando todos los nombres de los curas acusados no sin antes preguntarle al periodista acerca de por qué no descubrió antes lo que estaba sucediendo a metros suyo. En este aspecto, Spotlight también pone el foco en la dinámica de las reuniones sociales, del método “a guy leans on a guy”, de cómo una mentira sumada a otra y a otra y otra crea una red de protección en apariencia impenetrable (“if it takes a village to raise a child, it takes a village to abuse one” dice Garabedian, en una de las citas más fuertes del film). Por lo tanto, cuando McCarthy muestra las famosas reuniones de sumario, espacio en el que Baron, Robinson y Bradley Jr. se debaten la fecha de publicación del artículo (pospuesta por la tragedia del 11 de septiembre, otro hecho al que se lo aborda de forma medida; y luego pospuesta porque “no se puede publicar este caso en plena Navidad”) queda más en evidencia que el tiempo es el verdadero amigo del porvenir, como afirmaba Arlt. “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”, el trabajo como parábola del cross a la mandíbula para los eunucos que bufan. En su discurso de aceptación del premio Whisteblower publicado por Zeit Online, Edward Snowden dijo lo siguiente: “ser reconocido como un defensor de las libertadas por haber hecho estallar la verdad es un inmenso honor; sin embargo, esos honores deberían corresponder a los individuos y organizaciones de todo el mundo que, juntos, superaron barreras geográficas y lingüísticas; no fui yo: fueron los periódicos del mundo entero los que levantaron la voz”. Snowden alude, claro, a la violación de los derechos constitucionales, a la violación de la privacidad en un momento en el que la tecnología era (y sigue siendo) un arma de doble filo.

Spotlight, desde su ascetismo, habla de cómo hacer estallar la verdad es también un honor desde el momento en el que el Boston Globe (cuyo edificio está ubicado junto a un cartel de AOL, todo un símbolo que yace en el film acerca de cómo los medios de comunicación entablan esa obsoleta puja como si fueran mutuamente excluyentes), con la tapa en la que se lee el titular “church allowed abuse by priest for years”, cae en la puerta de los vecinos de la ciudad como paso previo a llegar a todo el mundo. La voz levantada de los periodistas a la que alude Snowden se revierte en el final del film de McCarthy cuando cada uno de esos miembros del equipo atienden el teléfono, se anuncian como “spotlight” y pasan a ser los que aguardan la ascensión de las voces de otras víctimas, cuya valentía hizo posible que ese sudor de tinta se mantenga activo para escribir nada menos que seiscientos artículos más. √ 

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► [TRAILER] Algunas imágenes de Spotlight:

Spotlight - Domestic Trailer from InSync + BemisBalkind on Vimeo.

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► [DE YAPA] Anatomía de una escena, por el New York Times:

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy simplemente les dejo dos consignas: 1. Debatir Spotlight de Tom McCarthy: ¿qué opinión tienen del film? 2. ¿Qué otras películas de periodistas y/o de investigación quisieran destacar en este post? Como siempre, los espero en los comentarios y nos reencontramos mañana con el clásico concurso/prode de los Oscars; ¡hasta entonces, muchachada!

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Mejor callar

En su análisis de Elizabethtown, el crítico de cine Nathan Rabin acuñó, hace exactamente una década, el término Manic Pixie Dream Girl para describir, de la manera más sintética posible, al personaje de Claire Colburn interpretado por Kirsten Dunst. Lo que contienen esas cuatros palabras son una idea, un cierto imaginario concebido por el hombre en relación a una mujer que solo se cruza en su camino para despertarlo a la vida, con la dosis justa de efervescencia, sentido del humor, sensibilidad artística e inteligencia. Posteriormente, el término fue aplicado de modo retroactivo y las Manic Pixie Dream Girls se fueron multiplicando, desde Margo en Paper Towns y sus críticas al respecto hasta Me and Earl and the Dying Girl y su apego al desglose del concepto. Cada vez que una chica enérgica aparece en el universo masculino sin demasiadas motivaciones más que la de salvar a ese hombre, el imaginario se expande y los personajes femeninos pierden, por lógica, peso, pluridimensionalidad e incluso atractivo. Al revisar la filmografía de Cameron Crowe que precede a la mencionada Elizabethtown, indudablemente se puede argüir que el término concebido por Rabin estaba destinado a aplicarse a las mujeres de su cine. Desde Dorothy en Jerry Maguire (quien literalmente deja todo por seguir a un hombre) hasta Penny Lane en Almost Famous (ídem), estamos ante jóvenes vivaces que luchan por tener una identidad al tiempo que deben acompañar al objeto de su afecto en función de sus caprichos, desde empezar un nuevo trabajo hasta emprender una gira musical. Sin embargo, y a pesar del cliché, Crowe había logrado que su talento para la escritura se hiciera visible en citas más sensibles que sentimentaloides. “You had me at ‘Hello’” (cortesía de Dorothy) y “You are home” (cortesía de Penny) hablan de una apelación al otro (el “vos” por delante del “yo” nos hace inferir que la otra persona es más importante que uno) pero también de sus insoslayables realidades. Tanto Dorothy como Penny tambalean en la búsqueda de una estabilidad y, cuando la encuentran, el logro resulta genuino. Aloha, la flamante película de Crowe, es por lejos el punto más bajo de su filmografía, en gran medida porque se autoparodia inconscientemente. Tomemos como ejemplo a una charla entre Brian Gilcrest (Bradley Cooper como un contratista cuyo trabajo en Hawaii nunca queda demasiado claro) y Allison Ng (Emma Stone, en una decisión de casting directamente ofensiva, por la que Crowe debió disculparse). En pleno flirteo vergonzoso y sin chispa alguna, ella le pregunta por la historia detrás de los stickers de su computadora y luego agrega, exaltada e infantil, la frase “I don’t want to be another decal on your laptop”. La analogía de la mujer como una figura accesoria e indistinguible de otras no solo resulta torpemente obvia sino una declaración de amor penosamente escrita, verbalizada y dirigida. Ese momento tiene sus réplicas a lo largo de todo el film, uno que trastabilla al usar y abandonar la voz en off a su antojo, al empleo de una constante puesta a prueba de nuestra paciencia para lo inverosímil (Brian se encuentra trece años después con su ex novia Tracy como si en ese lapso de tiempo nada hubiera sucedido en la vida de ella), al enarbolar un mensaje sobre la preservación de la identidad y de los espacios naturales que jamás se profundiza y, sobre todo, al volverse patética en su sobreexplicación. “Why don’t you just have what you want?” le inquiere Tracy (Rachel McAdams) a Brian. “Do you have what you want?” le retruca él, precediendo un intercambio de miradas tortuoso e irrisorio. Lejos de confiar en lo sutil, Crowe traiciona sus propios consejos, aquellos que mencionaba en sus conversaciones con su venerado Billy Wilder, aquellos en los que se exigía ser “más valiente y personal” en su cine. Aloha es la antítesis de sus deseos. Aloha es la prueba viva del peligro de construir algo genérico. Aloha es un film que esclarece un solo interrogante dentro de su caótica narrativa: cuando quedan pocas cosas buenas para decir lo mejor es, como hace el personaje de John Krasinski y el de Cooper sobre el final, callar un rato, conservar la dignidad y confiar un poco en los demás. 

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► [TRAILER] Algunas imágenes de Aloha de Cameron Crowe:

Aloha Trailer 1 from We Are Movie Geeks on Vimeo.

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy, a pedido del público, inauguramos nueva sección del blog de Lo peor del año, eligiendo nuestras máximas decepciones cinéfilas del 2015; ¡hagan catarsis a gusto! Nos reencontramos mañana con el post de NO TE MUERAS NUNCA, dedicado a nuestros directores favoritos cuyas filmografías queremos que se extiendan por la mayor parte del tiempo posible; ¡hasta entonces! ¡que tengan un excelente martes!

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► [GALERÍA] 50 PELÍCULAS MALAS Y/O DECEPCIONANTES DEL 2015:

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*ASÍ REACCIONÉ ANTE ALOHA:

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Deathmatch: Las peores caracterizaciones del cine

“Vení que yo te pongo tu sombrero de trovador, y vos te olvidás de lo fea que es mi peluca”

The Vow es una película que me resulta insultante en muchos niveles. Ni siquiera el conocimiento previo de que está basada en un hecho real la exonera de un maniqueísmo mal entendido. La historia de una joven que tras un accidente solo recuerda su vida pre-liberación de su personalidad está trabajada más desde lo físico que desde lo narrativo. Así, la regresión que sufre Paige deriva en transmutación de su aspecto general. Al no tener noción de su presente como artista plástica opta (alterada por los sucesos) trocar ese mundo (con todos los clichés de puesta en escena que uno pueda concebir) por el que conocía antes de que su vida se modifique. De este modo, retorna al núcleo familiar con sus demandas acartonadas, modifica su vestimenta y corte de pelo, y ya cesa de perseguir una ansiada autonomía. The Vow se convierte en un chiste porque, y en relación a esa dualidad de su protagonista, no cuida en ningún momento la caracterización (malas pelucas todo el tiempo) y tampoco se preocupa demasiado en evadir los estereotipos. La división de los mundos se ejecuta con un casamiento bohemio contrastado con la rigidez de la burguesía, sin grises, sin puntos de conciliación, sin líneas difusas. Ah, sí, y los músicos melancólicos son todos trovadores que citan (mal) frases de Thom Yorke. ¿Se entiende ahora por qué me resulta insultante?

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¡Buen jueves para todos! El post de hoy que vienen pidiendo hace tiempo es un Deathmatch para batir a duelo a los peores looks del cine; los invito a sumar las caracterizaciones más vergonzosas para armar una variopinta galería :P – Como siempre, los leo; y, también como siempre, nos reencontramos mañana; ¡buen jueves para toda la muchachada! ¡Que tengan un lindo día!

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► [GALERÍA] Las peores caracterizaciones del cine:

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DEATHMATCH WINNER: EL CAST DE TWILIGHT

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LA ÚLTIMA VEZ ENFRENTAMOS A… TODOS LOS ETERNOS SECUNDARIOS

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¿ERA NECESARIA ESTA PELUCA?

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La película de mi semana: About Time

“Hay cosas en la vida que sólo se resuelven junto a un cuerpo que ama”Javier Egea

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

No hace mucho, redescubriendo los apuntes autistas de Fuguet, me encontré con una analogía que se emparenta mucho con algunas ideas que tengo sobre el empleo del tiempo. Fuguet, a su vez parafraseando a Pico Iyer, define el acto de viajar como una experiencia cercana al amor: “mientras peor sea la historia de ese viaje, mejor va a ser ese viaje y, al final, lo que más importa de todo viaje no es el viaje en sí, es el recuerdo de ese viaje, es la experiencia, lo que uno se guarda en esa aventura. Viajar se parece tanto a vivir y, sobre todo, a enamorarse. Si uno no echa de menos el sitio donde estuvo, en el fondo no alcanzaste a estar ahí”. Fuguet, al menos en ese pasaje de sus ensayos, se está refiriendo, sin parábolas de ningún tipo, al viajar en su definición más estricta: trasladarse de un lugar a otro. Sin embargo, me gusta pensar que el paralelismo que traza engloba también otra clase de viaje, aquel que a simple vista no encierra nada extraordinario y que, aún así, es el más extraordinario de todos: el viaje diario. Existe una suerte de axioma que asegura que las mejores cosas suceden cuando uno está en movimiento. ¿Pero podemos definir con exactitud qué es “estar en movimiento”? La primera imagen que uno concibe es, efectivamente, la de un viaje. La de armar una valija para ir hacia otro lado, siendo ese “otro lado” el depósito de muchas expectativas. ¿Quién no fantaseó alguna vez que en un viaje se produzca un suceso que altere su vida? ¿Quién no evoca experiencias de viaje cuando es consultado por sus instantes de felicidad? Sin embargo, bajo ese criterio, para estar abocado a lo descomunal habría que moverse en un circuito de viaje constante y ahí es donde el viajar bien podría mutar en otra acción: escapar.  Por lo tanto, para hallar en el estar en movimiento una segunda lectura hay que estar, paradójicamente, bien detenido. Detenido en la cotidianeidad para contemplar en ella el movimiento que la mantiene funcionando. Imposible no pensar en las palabras de Beatriz en La vida de los peces. Es fácil andar de viajero en tránsito. Lo complejo es quedarse y vislumbrar, en el día a día, una cualidad fuera de lo común.

About Time es una película astutamente tramposa. Parece ser una historia sobre el viajar en el tiempo pero en realidad es otra cosa. Es una historia sobre el viaje que se renueva minuto a minuto, ese para el cual no es necesario ni armar una valija ni comprar un pasaje. El que empieza con el sonido del despertador y concluye con el rostro de uno (solo o acompañado) yaciendo en una almohada. Ese viaje que a veces no queremos hacer porque la rutina nos carcome (para qué negarlo) y al que eludimos porque creemos que, en ese cúmulo de sucesos falazmente interpretados como intrascendentes, no hay nada que amerite una apertura de los ojos. About Time cuestiona la predisposición del individuo (mejor dicho: la falta de) de cara a lo mundano. ¿Quién se permite estar satisfecho únicamente con una cena con alguien o con un paseo por la playa? ¿Quién tiene la capacidad de disfrutar en medio del caos? El director y guionista Richard Curtis le propone a Tim (Domhnall Gleeson) bajo el consejo de su padre (el siempre brillante Bill Nighy) algo que, en teoría, resulta completamente utópico: resignificar la rutina mediante nuestra actitud ante ella. Quejarse menos. Alegrarse por un llamado telefónico. Sobrevivir a la ausencia de auriculares en un trayecto. Sentirse orgulloso por un logro laboral. Por eso no es casual que ese padre elija “Into My Arms” de Nick Cave para que suene en su funeral. Se trata de una canción sobre un viaje: “I believe in some kind of path that we can walk down, me and you; so keep your candles burning and make her journey bright and pure that she will keep returning always and evermore”. Me gusta esa idea de viaje cotidiano como algo que debe ser encendido invariablemente, como un ciclo infinito. Como si esa fuera la única respuesta para la renovación. Como si la epifanía fuera más prosaica de lo que creemos. Entonces, así como la excitación de planear un viaje proviene de ese terreno virgen con el que vamos a toparnos, lo mismo debería suceder con los días que parecen iguales a tantos otros. Habría que abordarlos del mismo modo, porque lo que los hace diferentes es nada menos que nuestra distinción entre lo que importa absorber y lo que hay que descartar para no andar “con tanto peso sobre los hombros”. Así, el viajar no tiene un sentido unívoco: viajar está en esa persona que duerme en tu cama (“era una especie de traición tu cuerpo, mientras ibas tomando mi casa pieza a pieza, para alcanzar los últimos rincones te adelgazaste en besos, pasos ecos” escribió también Egea), en la voz de un hijo que proviene de una habitación o en la música que ponemos en el reproductor. About Time explicita el deseo que muchos tenemos de volver a vivir un mismo día. Pero la nostalgia es traicionera. La película también lo sabe. Por eso, revierte ese deseo para ponernos frente a otro: el llenar el vacío de los días que se vienen. Nadie puede hacerlo excepto nosotros. Completar los días. Los días. Los hermosos días.

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► [TRAILER] Algunas secuencias de About Time:

ABOUT TIME OFFICIAL TRAILER from total:spec on Vimeo.

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¡Buen viernes para toda la muchachada! Los invito a compartir cuál fue su película de la semana y, de paso, a escribir sus impresiones sobre About Time, si es que la han visto; por otro lado, y en relación a lo que plantea la película, me gustaría saber qué momentos de su vida les gustaría revivir por lo bien que se sintieron; ¡Gracias a todos, los leo! ¡Que tengan un excelente fin de semana! Voy a descansar de los regalitos de sábados y domingos hasta que pasen un poco los días caóticos y pueda dedicarme a la película y/o base de datos del blog, pero ya volverán; ¡gracias por la paciencia!

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Física y química

“Have you had enough? Are you feeling rough? I am righting all your wrongs”

Voy a hacer una aclaración de entrada: The Notebook no es una película que me cierre del todo. Los motivos van desde que los flashforwards carecen del interés de los flashbacks y de que, para qué mentir, al reverla no puedo evitar recordar otras (mediocres) adaptaciones de Nicholas Sparks, quien no es precisamente un autor que me interese. Ahora bien, ¿por qué entonces me la compré y por qué a veces suelo volver a verla? Es sencillo: me gustan las películas que hablan sobre el tiempo y el efecto que tiene sobre las relaciones y me gusta lo que generan juntos Rachel McAdams y Ryan Gosling.

En un viejo post mencionamos las mejores parejas en eso de la “química romántica”. Hoy, evocando quizás este post más sexual, nos ocupamos de esas duplas que mejor han sabido traducir la intensidad del deseo. En este caso, el deseo proviene de un reencuentro que llega luego de que muchas cartas se hayan ocultado, de que muchas falsas conclusiones se hayan sacado y, sobre todo, de que muchos pensamientos se hayan reflotado, una y otra vez. En ese beso y en todo lo que le sucede se condensan esos años, meses, semanas, días, minutos y segundos en los que se buscó algo que no se pudo tener. Por eso luego, al verlo ahí, tan cerca, es imposible no querer aprehenderlo.

¿Cuáles son las parejas con mayor química física del cine? ¡Dejen sus comentarios!

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