Deathmatch: Personajes de Tarantino

Ilustración: experiencefilm.com

Quentin Tarantino o bien se ausenta del blog por un tiempo largo o bien reaparece en una seguidilla de posts casi consecutivos. Me interesaba hacer un Deathmatch más coral, ampliando el espectro de elecciones. ¿Y qué mejor que debutar con los personajes del director? El resabio de los Oscars, en este caso, tiene que ver no solo con el merecido premio a Christoph Waltz – de hecho, en un principio pensé en contrastar a Hans Landa con King Schultz – sino también con lo que destacó Tarantino en su discurso al ganar la estatuilla por el guión de Django Unchained. Tarantino habló de personajes. Y eso me gustó. Porque más allá de los agradecimientos de rigor, siempre es interesante cuando un director/autor/guionista focaliza en el ejercicio mismo de escritura. Quentin aludió a cómo aquello que lo hace perdurar es, justamente, lo que concibió en ese contexto sobre el que ya hemos ahondado (música de fondo como disparadora de ideas); aludió a cómo aquello que lo hace perdurar son los personajes. Porque, analizándolo bien, son muy pocos los directores que pueden jactarse de tener un abanico de individuos asociados a sus films. En la mayoría de los casos, o esos individuos responden a una historia determinada y no tienen punto de conexión con lo que el director hizo antes o después, o bien no todos tienen el impacto suficiente como para perdurar por igual. Por ende, entre todos los aspectos del cine de Tarantino que podemos elogiar, uno de los que lo diferencia del resto y que lo hace merecedor del término “autor” (término del que, por otra parte, se hace uso y abuso) es que podemos recordar a esos personajes, ponerles nombre, asociarlos a escenas, extrapolarlos de los films de los que son parte y relacionarlos con otros. Esto no es casual. Esto responde al sello del realizador por excelencia: su cine es intratextual, dialoga continuamente consigo mismo y, si uno está familiarizado con él, se vuelve muchísimo más disfrutable. Por lo tanto, tampoco es casual que se produzca ese diálogo. Tarantino es verborrágico, y al mismo tiempo una ametralladora visual (realzar la palabra es su gran don), un realizador que se regodea en su tarea de hacer referencias a su obra y a la obra que está homenajeando. Por eso, este post. Creí necesaria una nueva dosis de Tarantino. Ah, sí. ¿Mi respuesta a la consigna? Jackie Brown. ♦ 

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► 10 personajes del cine de Tarantino en un video:

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► Tarantino, Oscar en mano, habla de todo un poco:

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Este jueves se las hago difícil: ¿cuál es su personaje favorito de toda la filmografía de Quentin Tarantino? (valen los de sus guiones también); dejen sus elecciones que en un rato les armo el podio y, de yapa, propongan una secuencia y/o versus para el jueves próximo; ¡Nos vemos mañana, muchachada!

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DEATHMATCH WINNER: THE BRIDE

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La última vez enfrentamos a… CATE BLANCHETT con KATE WINSLET

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Django Unchained: Todos los fuegos el fuego

“I don’t take pleasure in a man’s pain, but my wrath will come down like a cold rain”

Quentin Tarantino es un realizador fascinado por el poder de la evocación, por traer al presente “viejas” manifestaciones socioculturales con dos propósitos: la revalorización y la alquimia. Como ejemplo de esto podemos ir a lo más notorio a simple vista (o a simple escucha), que es la inclusión en sus películas de canciones de los 60 y los 70. Más allá de lo aleatorio, más allá de lo caprichosa que pueda resultar una elección, no sé hasta qué punto ciertas decisiones estéticas son arbitrarias y hasta qué punto el realizador las toma nuevamente para responder a ese fin, para que el hecho de evocar esté acompañado por una suerte de juego, de prueba, de ejercicio. ¿Cómo funcionaría una canción de los Delfonics en Jackie Brown? ¿Cómo funcionaría algo que fue fruto de una época completamente descontextualizado? ¿Cómo funcionaría algo que fue concebido con un determinado objetivo dentro de otra obra, con otra lectura, con otra apreciación? Tarantino fue respondiendo estos interrogantes en todos sus films pero se fue volviendo más consciente de esto en los últimos dos. Como si no quisiera sucumbir a la presión que cada uno de sus nuevos trabajos irremisiblemente generan, comenzó a incendiar los preconceptos que se podían llegar a tener sobre él y a liberarse como un caballo desbocado, configurando un cine que está cada vez más lejos de Perros de la calle, que está hablando de una libertad más interesante, menos compacta, más congestionada, convulsionada, alejada de la fórmula. Si ya en Bastardos sin gloria Quentin consideraba a la historia como algo elástico, como algo sobre lo que el cine puede poner la lupa con distintas armas (de ahí que al realizador no le interese lo unívoco y sus gestos denoten una ruptura absoluta de lo fáctico, de lo que está escrito en papel), que el cine puede estirar a su antojo, reescribir, reconstruir y resignificar, en Django Unchained Quentin vuelve a incinerar todo, vuelve a tomar ese fuego omnipresente en la venganza de Shosanna para trasladarlo al lenguaje del western. Porque sí, es sabido que lo suyo es la veneración de ciertos géneros (spaghetti western, blaxploitation, etc.), pero también es la astucia suficiente como para percibir que, parafraseando a John Ford, la leyenda se imprime cuando uno se permite faltarle el respeto a aquello que se toma como modelo, a aquello que se ama. Como Tarantino ama el cine, como Tarantino conoce por todo lo absorbido desde que trabajaba en un videoclub hasta el momento, se permite jugar con las reglas y desentenderse de cómo tiene que ser una filmografía madura, de cómo tiene que ser un realizador que evoluciona. A él no le importa evolucionar o involucionar, lo que le importa es seguir haciendo, escupir sobre la hoja cualquier pensamiento que le venga en gana sabiendo que la escritura es un proceso, ante todo, sumamente antojadizo. Él lo ha dicho ya: todo lo que hay en Django Unchained es todo lo que él pensó, es todo lo que él puso en palabras, casi nada quedó afuera.

Así es como la película, a primera vista, puede resultar un pastiche, un verdadero subibaja, una fusión desprolija. Sin embargo, Tarantino sabe lo que quiere contar, trae al presente los años previos a la Guerra Civil y pone las cartas sobre la mesa desde el primer momento en el que el Dr. King Schultz conoce a Django. No solo eso: en una secuencia similar a la de la visita de Hans Landa a la casa de Perrier LaPadite, Tarantino ubica en la mesa de un saloon a Schultz por un lado y a Django por el otro, y lo pone al primero en la tarea de verbalizar lo que vamos a ver después: la unión de dos fuerzas para actuar como cazarrecompensas. Es decir, Tarantino sabe cómo ordenar su propio caos, sabe que no quiere hacer más películas cuadradas sino contar una historia prefijada, pero nuevamente quemando las influencias, haciéndolas literalmente volar por los aires. Christoph Waltz, aquí desplegando un rango mucho mayor que en Bastardos sin gloria, con la combinación justa de caricatura y humanidad (especialmente en el tramo final), se refirió a Tarantino como el realizador que mejor usa el vocabulario cinematográfico, con cierta tendencia al barroco, a la elocuencia indetenible: “Siempre escucho que le critican que toma cosas de aquí y de allá, que no es para nada original; pero nada más lejos de la verdad: lo que hace él es tomar algunos géneros y tocarlos como si fueran órganos”. Nada más certero para describir el lenguaje del director, un lenguaje que busca distorsionar aunque sea solo en su forma. Porque pensemos: Django Unchained es una película desenfrenada, episódica, desnivelada, que se vuelca al humor para parodiar determinados sucesos (la notable secuencia del origen del Ku Klux Klan, por ejemplo), corriendo el riesgo de que esa comicidad sea sinónimo de violación a la historia, de falta de respeto a hechos unánimemente considerados atroces. Sin embargo, independientemente de esa alquimia o de esa maleabilidad, el contenido del film está continuamente poniendo a la libertad de relieve desde lo más simple y gracioso como obviedad autoconsciente (“Freeman”) hasta lo más revelador y extraordinario (la liberación de Django que lo conecta con habilidades propias de las que no tenía noción). Entonces, no es necesario ponerse un momento de la historia sobre los hombros (como tampoco es necesario ponerse determinados géneros cinematográficos sobre los hombros), para rendirles tributo convencionalmente, o situando a los hechos primero, sin que la creatividad no juegue ningún papel en la ecuación. En Django Unchained, Tarantino demuestra que se puede hablar de la libertad en todo momento, ya sea con una bella escena en la que Schultz le enseña a Django a leer, o en la que Django decide qué ropa quiere usar para visitar a los hermanos Brittle y ejecutar su venganza. Porque no tiene que ser un traje símil al de John Wayne en las películas de Ford. Puede ser también un traje de terciopelo azul. A los fines, vemos lo mismo: a un hombre que está tomando decisiones, de mayor o menor envergadura, sobre el curso de su destino.

“A veces sucede incluso antes de empezar a escribir. Lo que me motiva es cuando pienso en una secuencia e inmediatamente se me aparece la canción que va a acompañarla. Y cuando pongo el vinilo y empiezo a moverme y a moverme, escuchando las canciones, se genera un proceso muy grande porque comienzo a pensar en ideas. De repente me encuentro viendo la película con el espectador en la butaca de al lado mucho antes de haber escrito siquiera una palabra en la página”. Este análisis que hace Quentin sobre su proceso creativo es notorio cuando finalmente vemos el resultado. Nos podemos efectivamente configurar la imagen de un Tarantino caminando de un lado al otro, pensando en diez millones de cosas en simultáneo, desde en qué escena incluir a Franco Nero para aludir a la Django original hasta cuáles serán las idiosincrasias del malvado de turno (Calvin Candie). Y lo suyo no es un mero capricho, lo suyo no es apilar referencias o conocimientos. Tarantino también tiene algo único para decir, que pendula entre el romanticismo más sutil (la fábula de Broomhilda von Shaft y toda la búsqueda de esa damisela en apuros, con algunos breves lapsos oníricos) hasta la relación especular de las dos duplas: Schultz-Freeman, Candie-Stephen, dos vínculos de “amo” y “esclavo” con las reglas completamente invertidas, siendo los primeros los buscavidas y no por eso los menos cultos (desde la intelectualidad de Schultz hasta esos talentos que paulatinamente encuentra Django en sí mismo) y siendo los otros quienes se refugian en esa escalofriante tierra de caramelos pero sin inteligencia alguna, puesto que la barbarie está siempre un paso por delante de su percepción. Entonces, Tarantino evoca, pero también se mantiene incondicional a sí mismo, exponiendo su punto de vista en los lugares más inconcebibles. Por eso, lo interesante acaso no sea saber a ciencia cierta cuáles fueron esos diez millones de pensamientos que se le cruzaron al servicio de una sola historia. Lo interesante es observar su conjunción. Porque cualquiera puede detenerse a contemplar el ocaso de un western, pero pocos pueden hacerlo bajo otra forma. Pocos pueden recordarlo con explosividad. Pocos pueden dinamitarlo todo como en la última secuencia pero estar todavía hablando de un género. Porque sí, el rojo es otro. El fuego es otro. Pero a la vez se habla de lo mismo. En Tarantino el fuego se reaviva. Se esparce. Ya no hay uno solo. Son, mientras el héroe se aleja hacia un horizonte indefinido, todos los fuegos en uno. 

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► Jamie Foxx y Christoph Waltz en una escena de Django Unchained:

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► DE YAPA: una playlist con lo mejor de la música de las películas de Quentin Tarantino:

Tarantino! by cinescalas on Grooveshark

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¿Vieron Django Unchained? ¿Qué les pareció? Los invito a dejar su ranking de las películas de Tarantino que más han disfrutado y a compartir sus impresiones sobre el cine de Quentin; ¡Espero sus comentarios, como siempre! ¡Hasta mañana!

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Oscars 2013: Los directores

Retomo la iniciativa de dejarles algunos “regalitos” el fin de semana con las distintas entrevistas (o roundtables) de este año organizadas por The Hollywood Reporter, y palpitando la temporada de premios que se avecina. Arrancamos con el intercambio entre cinco directores con películas oscarizables: Ben Affleck (Argo), Tom Hooper (Les Miserables), Gus Van Sant (Promised Land), David O. Rusell (Silver Linings Playbook), Ang Lee (Life of Pi) y Quentin Tarantino (Django Unchained). La charla dura una hora y es imperdible. Lamentablemente no encontré una versión con subtítulos, así que les dejo la original. Que la disfruten cuando sea que puedan verla. Después me cuentan qué les pareció. Nos reencontramos el lunes con una muy buena noticia.

Cómo aprender japonés con Tarantino

Hoy en Cinescalas escribe: Guillermo Tomoyose

Entre tantas escenas emblemáticas y musicalmente fascinantes que tienen varios de los títulos de la filmografía de Quentin Tarantino, hay una que carece de todas esas virtudes, y sin embargo me apasiona: la visita que realiza la vengativa Novia al hombre de Okinawa. Este momento simple en Kill Bill Vol. 1 es una buena manera de aprender algunas palabras japonesas, en ese diálogo naif, hilarante y, por momentos, sutilmente violento.

Okinawa, one way

La mirada hollywoodense que tengo de Japón es, por cierto, limitada. Algunas cosas de Black Rain, otras de Duro de matar (¡cómo olvidar la torre Nakatomi Plaza!) y, de forma más reciente, El último samurai, con Tom Cruise (“Pido permiso para suicidarme”). Dentro de todos esos films, sólo la trilogía Karate Kid devela con ciertos detalles los usos y costumbres de la región más austral y tropical de las tierras niponas: la prefectura de Okinawa.

Este conjunto de islas fue escenario de una de las más cruentas batallas de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico sur. Desde aquel entonces, luego de la capitulación japonesa, Okinawa posee una de las bases militares más importantes en la región, que de forma constante es blanco de críticas por los constantes problemas que le genera a la población local. Sus nativos, que se destacan por ser una de las poblaciones más longevas del mundo, se enorgullecen de su propia idiosincracia, ligada a usos y costumbres tanto de China como de Japón. Es allí a donde la Novia, el personaje que interpreta Uma Thurman, decide ir, con el objetivo de encontrar al hombre de Okinawa.

Mirá la escena de El hombre de Okinawa:

Do you understand me?

La escena en el bar transcurre con un cándido diálogo entre el anfitrión, un sushiman parlanchín que esboza ansioso su dominio del inglés con la Novia, una americana recién llegada a Okinawa. Marcados por la naturaleza imperativa propia de la fonética del idioma japones, los momentos más violentos se reflejan en las disputas que tiene Hanzo con su ayudante haragán.

A diferencia de la escena del bar en Perros de la calle (que finaliza con el pegadizo “Little green bag”), no hay una canción característica que el director haya deseado en este pequeño clima íntimo. Ante esta ausencia, la ambientación revela detalle muy característico de los isleños: los dos pequeños “dragones” ubicados en los extremos de la mesa del bar. Lo de “dragones” va entre comillas, porque estas estatuillas representan a Shisa, un ser mitológico propio de la cultura isleña, mitad perro y mitad león. Estas figuras decorativas, que usualmente se presentan en pareja, son utilizadas para auyentar a los malos espíritus, y rigen el papel de guardían en cada uno de los hogares. A simple vista, parece ser un detalle menor, pero no lo es: esta figura mitológica, tan propia de Okinawa, termina siendo la figura que Hattori Hanzo imprime sobre la espada que la Novia utilizará para llevar a cabo su venganza.

Podría haber elegido, en plan demagógico-tribunero, alguna otra escena con una mayor violencia visual explícita; sobran ejemplos en la filmografía de Tarantino. Sin embargo, desde lo personal, no puedo estar más identificado con este instante: diálogos tarantinescos de pura cepa, junto a todos esos aspectos propios del legado que tengo de parte de mis padres y abuelos, oriundos de Okinawa y es, desde esa mirada, la excusa perfecta que tengo para contarles mi predilección por el capítulo cuatro de Kill Bill.

“Well, thank you. I mean, arigato”. ;)

Por Guillermo Tomoyose

Hoy no solo quiero que opinen sobre Kill Bill sino que también compartan, como hizo Guillermo, con qué directores han aprendido sobre ciertos temas; para escribir en Cinescalas, deben mandar sus notas a milyyorke@gmail.com

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