Radiohead y Paul Thomas Anderson soñando despiertos

Solo paso a dejar esto por acá, a preguntarles qué están escuchando ustedes últimamente y a decirles que en unas semanas vuelvo con un post con una entrevista bilingüe a un amigo de la casa. Que tengan un excelente fin de semana.

Inherent Vice: El eterno noir, el humo del cannabis y los endemoniados 70

Fuente: amazingcinematography.tumblr.com

Hoy en Cinescalas escribe: Victoria Leven

“Ella vino por el callejón y subió las escaleras traseras, como antes. Hacía un año que Doc no la veía. Que nadie la había visto. Por entonces iba siempre en sandalias, con la parte de abajo de un bikini estampado de flores y una camiseta desteñida de Country Joe & the Fish. Pero esa noche vestía de pies a cabeza como una chica de tierra adentro y llevaba el pelo mucho más corto de lo que él recordaba: la pinta que ella juraba, en el pasado, que nunca tendría. – ¿Eres tú, Shasta?” (Primer párrafo Inherent Vice / Thomas Pynchon – 2009)

Inherent Vice es el último film del magistral realizador Paul Thomas Anderson, que tuvo una fugaz presencia en la cartelera porteña, aunque espero que ocupe un digno espacio en nuestra memoria andersoniana. Por mi parte, aún permanezco felizmente atrapada en su psicodélica red de fotogramas, y en esa mirada desencantada sobre ese momento tan controvertido como idealizado: los años 70. Una de las peculiaridades del film es que el guión es una adaptación de la novela del autor postmoderno Thomas Pynchon, siendo la primera vez que una de sus obras literarias llega a la pantalla, ya que es ”la más viable de ser transpuesta” según los dichos del mismo Anderson, un amante confeso del escritor.

El realizador encontró en Inherent Vice intereses estéticos, temáticos y una percepción fuertemente visual de la realidad. Véase que para su adaptación hizo un trabajo de hormiga a la vieja usanza: página a página del libro llevó el universo literario al guión cinematográfico, y luego de obtener esa montaña de carillas guionadas de la obra, empezó a esculpir la versión final. La intención clara era que la película fuera realmente una pieza íntimamente relacionada con el libro y, por supuesto, con el “mundo Pynchon”. Resultado de oficio: impecable adaptación. Las capas de la trama se trazan desde el corazón del cine negro americano, ese género que conocimos de la mano de Humphrey Bogart en la duras calles nocturnas de los 50, y que ahora en este neo-noir que es Inherent Vice nos sitúa en la psicodélica y turbulenta década del 70, bajo el pleno sol ardiente de California.

Fuente: amazingcinematography.tumblr.com

Larry “Doc” Sportello, en la piel de Joaquin Phoenix, es el detective solitario y bien conectado con lo más variopinto y pútrido de la sociedad – FBI, Policía de Los Ángeles, hampa tradicional y demás – que en lugar de hundirse bajo el líquido ambarino del whisky, vive humeando marihuana y es adicto a una medusa rubia, la clásica femme fatale, ahora con look de bonita hippie, “Shasta Fay”, quien además es su ex novia. Así es que una noche la blonda se le aparece en el living de su casa, cual imagen alucinada, buscando desesperadamente su auxilio profesional. El punto del caso es que Doc debe dar con el paradero del actual amado de su ex, el afamado “Mickey” Wolfmann, un magnate del palo inmobiliario que podría ser víctima de un plan macabro en manos de su mujer (la legal) y el amante de la misma, que buscan embolsarse la cuantiosa fortuna de Mickey. El desarrollo de la trama policíaca se trae en manos un enmarañado contenido de información dramática casi indescifrable, pero que, fiel al género, deja entrever que todos están en alguna transgresión legal y/o moral: “todos saben algo de alguien, todos son adictos a algo: drogas, sexo, dinero, poder, y por qué no, trascendencia espiritual”. Los tips de la búsqueda están pincelados con unas peculiares notas de Doc en su libreta detectivesca: “estado de paranoia, sentimiento de culpa, esto no es una alucinación” y otras aclaraciones existenciales.

En el devenir de la historia hay una mixtura colorida de temas y personajes: hippies, chakras, astrología, ouijas, coachs espirituales, cannabis, heroína, ácido, neonazis, afroamericanos, indios, orientales, surfers, dentistas, prostitutas, médicos, magnates, y la lista sigue. Todos están juntos tras la gran fantasía de encontrar una realidad trascendente, o más aún, una verdad trascendental con sabor a peyote y tras un clan de falsos gurúes. En esta gran sátira social, el humor se vuelve una pieza clave para analizar las grandes creencias de la época, sus modas, sus banalidades y una locura entre naïf y decadente. Durante mi paseo cinematográfico en el interior de Inherent Vice, mi cabeza viajó directo a un claro recuerdo: la primera vez que vi The Big Sleep de Howard Hawks, pues en ambos films entendí menos de la mitad de lo que los personajes se dicen en los infinitos diálogos contrapuntísticos, decenas de palabras en las que van y vienen una maraña de datos absurdos acompañados de acciones cuasi delirantes. Pero eso que parecería negativo es, en esencia, el encanto de ambas películas, infinitamente lejanas a la lógica del policial de intriga.

Fuente: amazingcinematography.tumblr.com

“Estados Unidos es una madre adicta a la heroína, ¿y tú qué harías si tuvieras una madre adicta?” - (Inherent Vice / Tomas Pynchon)

Lo más importante yace en el subtexto, en el contexto del relato, en la eterna contradicción entre lo que se dice y lo que se hace. Por otro lado, los personajes mienten la mayor parte del tiempo, entonces, ¿para qué esforzarnos en creerles? BEWARE OF THE GOLDEN FANG!!! le dice Bambi, una prostituta oriental, a Doc en una escena del film. Nada sabemos sobre “The Golden Fang”, si es una banda de surf sax, un lugar lejano, un barco en el horizonte, un sindicato de dentistas o unos orientales traficantes de heroína. Los personajes y las cosas tienen tantas caras, son tantas cosas superpuestas que se revelan y luego se vuelven a revelar, para que nunca logremos llegar al fondo del hoyo del conejo de Alicia. Mientras tanto, nos acompaña una bella voz en off que entra y sale del film – elemento creado por Anderson por fuera de la novela -, que le pertenece a la joven cantante Joanna Newson, quien aquí juega el papel de íntima amiga de Doc. Esta pitonisa nos trae hilos de pensamientos, como acentos reflexivos, acercándonos aún más a las emociones de nuestro detective romántico-hippie. La magia de Inherent Vice está en el estado que genera, en su textura de evolución disgresiva, en el limbo narrativo, un mambo pesadillesco donde lo continuo y lo incompleto parecen tener la estructura de los sueños donde siempre el foco está en lo que sucede sin que opere nuestro control, donde todo puede ser cómico o trágico a la vez. Con una mirada de segundos planos, se pone el foco en la fotografía social, dejando ver una red vincular que pone bajo la lupa a esa mítica ciudad de las estrellas, con una siniestra marca al orillo, la del demoníaco estilo Charles Manson. Así, el ojo de Gran Hermano, ese Estado que observa cada una de las piezas del tablero, controla todo como un fantasma omnipresente. El film expone bajo la perspectiva postmoderna ese momento cultural extinto, y desnuda el quiebre en el que el ideal hippie cae en un punto alucinado y absurdo para terminar alimentándose del sistema, queriendo ser parte de él, lejos de toda salvación espiritual posible o certera. Por eso, el policial noir es inmanente a este universo de desencanto, desilusión y dilución.

El clima de la película, con olor a marihuana y transpiración acumulada, hace de marco de esta parodia, que ironiza las aspiraciones post-post Segunda Guerra Mundial, picando en paralelo con Nixon y Vietnam. “No es una esvástica, es un símbolo hindú que significa que todo lo bueno trae fortuna y bienestar” le dice el médico de un psiquiátrico a Doc en una escena de la película. Joaquin Phoenix, de lo más poco atractivo (en el buen sentido) en su rol de “Doc”, es la antítesis de la elegancia de Jack Nicholson en Chinatown, entre otras cosas por una severa falta de higiene personal. A él se suma su álter ego, “Big Foot”, el policía malo de L.A. o la versión de su sombra bizarra, que está encarnado de manera impecable por Josh Brolin. “No puedo perder la calma en un mundo tan absurdo” define, para mí, la forma de actuar de Doc, quien mientras se enciende un porro analiza los hechos del caso. Hay mucho humo de marihuana pero no hay alucinaciones como efecto post-fumada, ya que “no hace falta alucinar si el mundo ya es una alucinación absurda”. Pero más allá de esta arbitraria sociedad, siempre se puede ser romántico. La esencia clave de Sportello es su amor rescatista. Pues el amor salvador que él tiene por la fatal Shasta representa el fiel deseo de que no termine el sueño hippie – el sueño bueno – y que el mal sueño, ese en el que todo se ha convertido en la peor versión de sí mismo, no se haga realidad, aunque eso es absolutamente inevitable. Pero mi querido Doc, como buen detective de género, sostiene su peinado y su sueño hasta el final. Solo o acompañado. “Esperar que pasara alguna cosa, lo que fuera. Como que un canuto olvidado se materializase en su bolsillo. Como que los de la patrulla de carreteras se acercasen pero prefiriesen no incordiarle. Como que una rubia inquieta en un Stingray parase y se ofreciese a llevarle. Como que la niebla se disipase, y que, por esta vez, sin saber cómo, hubiera allí otra cosa” reza en la novela de Pynchon. ¿Finalmente el poder y el dinero pueden con todos los ideales? Suena ingenua mi pregunta, pero la respuesta que da el film no lo es en absoluto. Paul Thomas Anderson se hermana con la mirada de Thomas Pynchon para dejar a plena luz del Sol este desproporcionado, ambiguo y contradictorio universo humano. Todos quieren creer, nada hay para creer. No more dreams. La realidad es puro vicio.

Por Victoria Leven

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► [TRAILER] Algunas imágenes de Inherent Vice:

Inherent Vice - Trailer from Aspect on Vimeo.

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► [DE YAPA] Un imperdible estudio sobre el cine de Paul Thomas Anderson:

The Career of Paul Thomas Anderson in Five Shots from Kevin B. Lee on Vimeo.

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► [OTRA YAPA] Siete afiches alternativos de las películas de Paul Thomas Anderson en una misma galería:

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¡BUEN MARTES PARA TODA LA MUCHACHADA! En este nuevo post, dos consignas: 1. ¿Vieron Inherent Vice? ¿Qué opinión tienen del film? 2. Me gustaría que hiciéramos un ranking de menor a mayor de las películas de Paul Thomas Anderson y que nos explayemos sobre su filmografía; nos reencontramos mañana con un post sobre Into the Woods y las peores moralejas que ha dado el cine; ¡hasta entonces, muchachada, los leo!

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*ESTA SEMANA:

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*EL RECORDATORIO DE CADA LUNES:

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 La última vez escribieron Soledad Lamacchia, Ana Mancuso y Florencia Romeo sobre… MAD MEN

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El post de los posters

Este blog me ayudó, entre otras cosas, a implementar con mayor frecuencia una costumbre que siempre tuve pero que nunca ponía en práctica de manera permanente: llevar a todos lados un cuaderno conmigo para anotar ideas, ideas que aparecen en conversaciones cotidianas, de propuestas que se hacen en este mismo espacio, de sugerencias que arriban por diversas vías. Una de esas primeras ideas que tuve (no demasiado original, lo sé), allá por el 2010, fue la de hacer este post. Me interesaba algo puntual: recopilar los mejores posters del cine en una sola galería, es decir, recopilar distintas voces.

Sin embargo, para que un post funcione se manejan una serie de variables (aunque, en el fondo, un blog se va armando sobre la marcha, producto de hechos inesperados). Cuando Cinescalas comenzó, ya saben, la comunidad se armó de manera tímida y las primeras entradas no tenían muchos comentarios. Por ende, descarté la idea de los posters hasta que se generase el ida y vuelta que yo me proponía. Cuando afortunadamente se generó, me olvidé de esta idea porque terminaba inclinándome, casi inconscientemente, a escribir como catarsis, relegando todo lo que fuera meramente visual.

Finalmente recordé qué es lo que me gusta de ciertos posts: la forma en la que se completan con sus aportes. Como ejemplo de esto, esa entrada espontánea del sábado con sus hermosas bibliotecas. Así, retomé esta vieja idea de los posters, ilustrada con el oficial, el de Mondo y el de Ryan O’Neill de una de mis historias románticas favoritas: Embriagado de amor. Los invito, ahora sí, a que mencionen esos afiches de película que se han convertido, a su modo, en obras de arte en sí mismas. A ver…

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► [GALERÍA 1] Costó, costó, pero salió… algunos de los mejores afiches (originales y no) que han nombrado en este post:

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► [GALERÍA 2] Sus posters y otras freakeadas :P :

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Para este martes, dos consignas: 1. ¿Cuáles son, a su criterio, los mejores posters del cine? 2. ¿Tienen afiches de películas colgados en sus casas? La idea es la siguiente: que para la primera consigna me dejen el link de los mismos (con versiones alternativas, si tienen ganas) así los recopilo y hacemos una mega-galería con todos ellos; y para la segunda, que hagamos como en el post de las bibliotecas y dejen fotos de los posters /afiches que hay en sus casas y que también pueden ser de música (con ustedes presentes en la imagen si están de ánimo :P ) así armo una segunda galería (si suben las fotos a Twitter,  por favor háganlo con los hashtags #cinescalas y #miposter, como acabo de hacer yo hace un rato); ¡los leo/veo, muchachada! ¡que tengan un excelente día!

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The Master: ¡Yo ya estaba curado!

“Did I fall or was I pushed…then where’s the blood?”

Atención: se revelan algunos detalles del argumento

“El hombre se ha liberado de la religión y ha saludado la muerte de sus dioses; las imperativas lealtades de la antigua nación-estado se desvanecen y los viejos valores éticos y sociales van desapareciendo. El hombre del Siglo XX flota a la deriva en un bote sin timón que surca las aguas de un mar desconocido; si quiere sobrevivir, debe tener algo en qué ocuparse, algo que sea más importante que él mismo”. Esto fue escrito, hace tiempo, por Stanley Kubrick. ¿A raíz de qué? Uno puede pensar que se vincula directamente con todo lo que yace en La naranja mecánica, obra que plantea, esencialmente, lo amorfa que es la noción de “sociedad” y los variables que pueden ser los métodos para adaptarse a ella. La pregunta sería: ¿el hombre puede efectivamente moverse dentro de un orden o termina, como el propio Kubrick lo ha dicho, como un bote sin timón en una odisea interminable? Su cine está compuesto por una sucesión de individuos que se adentran en pequeñas cruzadas con destinos inciertos, desde un Alex que se vuelve víctima de sus propios métodos (toda su relación entre tortuosa y juguetona con la música, ya sea con Gene Kelly o con Beethoven) hasta un William que en Eyes Wide Shut sale a la calle sin saber no solo dónde va a terminar sino qué papel está jugando en ese recorrido signado por los misterios. A Kubrick no le gustaba que esos misterios se resolviesen, más bien se regodeaba en la idea de que, al estar todos inmersos en un mar de fatalismos, por lógica vamos a oscilar entre las polaridades, y vamos a terminar decidiendo no tanto por voluntad propia sino más bien porque el mundo nos está empujando a elegir, incluso con crueldad. La crueldad de no poder responder por uno mismo, de estar sujeto a algo externo, siendo uno casi un ornamento, un componente instrumental. Finalmente, la decisión pasa o bien por hartarse de la presión y volarse la cabeza (Gomer Pyle en Full Metal Jacket) o, por el contrario, por no sucumbir a la idea de “normalidad” y lejos de cuestionar, seguir actuando con las mismas reglas que se tenían desde un principio (el propio Alex en el final de La naranja mecánica). Ese planteo idéntico al de Rousseau de que cuando un hombre pierde la capacidad de elegir deja de ser quién es (“renunciar a la libertad es renunciar a ser un hombre”) se despliega en toda la novela de Anthony Burgess para luego ser acogido por Kubrick porque responde a cada una de sus obsesiones, siendo la primordial la de la impotencia del ser humano en ese entorno ya infectado. ¿Acaso existe una tercera alternativa? ¿Acaso es necesario, imperativo, fundamental decidir entre esos dos polos o se puede estar en un plano intermedio? ¿Acaso se puede estar permanentemente a la deriva? ¿Es esto plausible?

“Talkers are no good doers: be assured we come to use our hands and not our tongues”

No es casual que Paul Thomas Anderson se pregunte todo lo antes mencionado en The Master, su película más hermética hasta la fecha. A diferencia de Magnolia, Embriagado de amor o incluso de Petróleo sangriento, su sexto largometraje se/nos interroga sobre muchísimas cuestiones (¿Qué es la libertad? ¿Qué es la normalidad? ¿Qué es la enfermedad? ¿Qué es la cura?) jamás permitiendo que sus personajes expliciten las respuestas. The Master es, en realidad, una película que cuestiona desde su percepción caleidoscópica de las cosas. No por nada esos interrogatorios entre Freddie Quell y Lancaster Dodd son prometedores pero eventualmente fútiles. Inertes. Porque sí, Freddie repite su nombre más de tres veces. Freddie puede decir él mismo quién es. “Freddie Quell. Freddie Quell. Freddie Quell. Freddie Quell”. Pero, ¿qué encierra un nombre? ¿Cuánto de verdad hay en él? ¿Cuánto más podemos saber de Freddie a medida que él ratifica su identidad en ese primer ejercicio que le propone Dodd? No demasiado. Y cuando menciono esa visión caleidoscópica – incluso mostrada en algunos afiches del film -, me refiero a que el título The Master es, también como ese nombre, un título que no le pertenece a nadie. ¿Quién es el maestro y el discípulo en esta película? ¿Lo es realmente Dodd o lo es Peggy, una figura incluso más enigmática que la de Freddie? Anderson juega con nuestras percepciones. El hombre errante no tiene por qué ser, necesariamente, el hombre más complejo o difícil de descifrar. Lo de Freddie es mucho más primitivo que lo de Dodd, sí. Lo de Freddie es ir con la corriente, moverse siempre sobre el agua, viajar (porque… “how else do you get some place?”), tomar una moto y no mirar atrás. Sin embargo, esto no implica que sea más impenetrable que Peggy o que Dodd, quienes saben qué decir y en qué momento decirlo, pero a la vez se mueven con una ira subyacente (extraordinarios los dos exabruptos de Philip Seymour Hoffman, en especial en una secuencia con Laura Dern), que los lleva no solo a reprimir esos deseos primitivos que para Freddie, y por el contrario, son absolutamente indomables.

Porque a él lo conocemos masturbándose junto al agua o abrazando a una figura femenina hecha de arena. Se supone que él es el animal, es él quien, a los ojos de la sociedad, es el enfermo que necesita irremediablemente de una cura. Sin embargo, Anderson – en otro notable homenaje a Kubrick de los tantos que hay en su film – nos muestra una fiesta con ojos desnudos, para luego confinar a Dodd y a Peggy en un baño, donde ella lo masturba para evitar que él ejecute cualquier tipo de fantasía que haya concebido (homoerótica o no, depende de cómo uno interprete determinados diálogos con Freddie). The Master es una película sobre la arbitrariedad de la mirada y sobre la arbitrariedad, también, del instinto. Anderson modera su meticulosidad con un resguardo de las emociones que se muestran exacerbadas solo en momentos puntuales y, curiosamente, en aquellos en los que la música funciona como disparador (otro rasgo que comparte con La naranja mecánica). Porque si Freddie es quien necesita un remedio, un guía, un acompañante para no perder el rumbo (o para encontrarlo), ¿por qué es Freddie el único en mostrarse vulnerable ante un recuerdo, ante Doris, ante el pasado, las cartas y esa voz a la que quiere regresar? “I want you to place something in the future for yourself” le ordena Peggy, a la noche, antes de darle un beso en la mejilla. Para ella, si no hay destino fijo, si no hay compromiso con “la causa” (“this isn’t fashion”), eso equivale a que el hombre está, efectivamente, perdido. Sin embargo, Freddie llora en dos oportunidades (lo de Joaquin Phoenix aquí y en todo el film es sencillamente hipnótico y descomunal, una interpretación creada de la nada). Freddie llora cuando recuerda la voz de Doris cantando y cuando lo escucha también a Dodd cantar sobre el final. Entonces, ¿es Freddie quien no conoce su destino o es Freddie el único en saber el lugar al que quiere regresar aunque ya no exista, y con el correr como tercera y última alternativa?

“When a man cannot chooses, he ceases to be a man” 

“Away”. Ésa es la única palabra que dice Freddie, al menos la única palabra que se permite decir sin pestañear, porque “lejos” es algo tan vacío como su propio nombre, es algo tan vacío y relativo como los monólogos de Dodd, todos cargados de frases seductoras, persuasivos en su forma, pero desprovistos de contenido para quien los escucha más de una vez. Por eso, no importa si The Master es una película sobre los inicios de la cienciología o una película sobre las consecuencias de la guerra. Probablemente no sea sobre ninguna de las dos. Lo que importa, más que otra cosa, es cómo su visión de la humanidad está arraigada a preconceptos sobre la libertad y el (auto)conocimiento. En una de las primeras escenas nos encontramos con una idéntica a la del hospital de La naranja mecánica, excepto que aquí Freddie se somete al test de Rorschach. En ambos casos, sin embargo, tanto él como Alex conciben respuestas de contenido sexual gráfico, fuerte y directo, que son, para la mirada del resto, las respuestas equivocadas. En ambos casos, también, los dos son sometidos a una figura de autoridad, quienes vendrían a representar el orden (el gobierno por un lado, y la causa de Dodd por el otro); y en ambos casos, a su vez, las distintas terapias de condicionamiento no son efectivas. Tanto Alex como Freddie no evolucionan más allá de la cantidad de circunstancias de las que son participantes activos. Ninguno de los ejercicios de Dodd pueden frenar a Freddie, quien se aleja en una moto cuando se le presenta la oportunidad o quien disfruta del sexo antes de volver a tirarse en la arena. Lo mismo sucede con Alex y el tratamiento Ludovico, que busca “corregirlo” sin éxito, ya que eventualmente él vuelve a concebir una orgía en su mente. “¡Yo ya estaba curado!” son sus últimas palabras. La ironía no pasa inadvertida. Para su mirada, para su verdad, no hay nada enfermo en su conducta. Él es así y no intenta disfrazarlo.

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En The Master se nos plantea lo mismo, la verdad vuelve a ser moldeada no tanto al antojo de Anderson sino al antojo del espectador, independientemente de los brillantes guiños (el barco donde se encuentran Dodd y Freddie se llama Alétheia: “Verdad” en griego). La película comienza con el sonido del agua y termina casi del mismo modo, no sin antes proveer una conversación en una habitación tan amplia pero a la vez tan opresiva (reminiscente, sin dudas, a la de Daniel Plainview cerca del final de Petróleo sangriento en esa dura charla con su hijo), donde Dodd, el hombre que asegura tener la respuesta sobre todo (“I have unlocked and discovered a secret to living in these bodies that we hold”) es el hombre que se enfrenta a una proyección de sí mismo (Freddie), quien vendría a configurar toda su parte explosiva. Freddie es el actante de todo lo pasivo que pasa por el cuerpo y la mente de Dodd. Y Dodd lo sabe. Por eso le canta “I wanna get you on a slow boat to China”, porque sabe que va a quebrarlo, y así lo castiga como un manotazo de ahogado para reconciliarse con la parte de sí mismo que esconde y esconde, mientras Peggy está a su lado, en un sitial no menos superior al de él (por eso la nomenclatura “The Master” es atribuible a cualquiera de los tres, pero más que nada a ella). The Master es una película sin respuestas, es una película que nos obliga a escudriñar, a meter las manos en la arena en busca de algo que no sabemos bien qué es. “If you figure out a way to live without a master, any master, be sure to let the rest of us know, for you would be the first in the history of the world” le pide Dodd a Freddie. Desde Kubrick que la paradoja del libre albedrío no había encontrado un mejor director para abordarla. A fin de cuentas, Anderson nos deja a nosotros mismos a la deriva, mientras, con cierta ironía, se ríe de lo que no podremos descubrir nunca, y se ríe a través de Freddie y esa poción mágica que prepara, suerte de símbolo de la película misma. Dodd le pregunta: “Cómo científico y conocedor, no tengo ni idea de qué contiene esta extraordinaria poción, ¿qué hay en ella?”. A lo que Freddie responde: “Secretos”.  

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► Les dejo mi escena favorita de The Master:

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► DE YAPA: La banda sonora de Jonny Greenwood:

The Master by cinescalas on Grooveshark

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¿Vieron The Master? ¿Qué impresión les produjo? Los invito a debatir sobre la película y sobre el cine de Paul Thomas Anderson; de yapa, elijamos el mejor papel de Joaquin Phoenix; ¡Espero sus comentarios! ¡Buen martes para todos!

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Una hermosa película

Hoy en Cinescalas escribe: Gerónimo Gastaldo

No es mi favorita pero igual es una película hermosa. Ni siquiera creo que tenga un lugar en mi Top 10 pero igual se me hace imposible no hablar de ella. Magnolia te compra desde el principio, con esa intro que te desorienta, narrada detalladamente. Un aviso de la atención que se necesita de ahí en adelante…casi seis minutos en los que no vemos ni sentimos nombrar ningún personaje. Pero, de repente, pasan todos delante nuestro. Con una velocidad extrema, simples segundos nos alcanzan para adentrarnos en más de once historias perfectamente sincronizadas. Todas con una riqueza y poder de adicción enorme. Padres que intentan redimirse con sus hijos, hijos que no quieren darles su redención. Esposas sufridas que no tienen la menor idea de que hacer de sus vidas. Almas errantes que les sobra amor para dar. Historias muy conocidas en el cine americano, es el genial guión de Paul Thomas Anderson quien les da la fuerza y la vida para cautivarnos una vez más y llegar a sorprendernos.

Escuchá “Save Me” por Aimee Mann:

Sin embargo, Anderson no solo escribe de una forma genial sino que además dirige de una forma aun superior. Primeros planos de caras de cada uno de los personajes que nos dicen miles de cosas en unos segundos. Una cámara que se mueve a todos lados sin parar. La historia acelera y frena, se toma el tiempo necesario en un lugar y luego vuelve a la carrera de mostrarnos lo que más pueda en unas escasas tres horas. Miles de detalles que pasan a nuestro alrededor simplemente para mantenernos al tanto o recordarnos de esas historias que están esperando en ese momento. Monólogos de un viejo moribundo o un inesperado y hermoso musical que en cualquier otra película desentonarían o molestarían en esta es imposible imaginarla sin ellos. Decenas de actores que brillan en cada escena que aparecen, cosa increíble pero hasta Tom Cruise hizo un trabajo sobresaliente. Una banda sonora que cumple una doble función de acompañante fundamental y de musa inspiradora para el guión.

Por si fuera poco, Anderson pensó que todo esto no era suficiente para hacer una buena película, entonces decidió hacer llover ranas. Clímax final de los mejores que se pueden llegar a ver, donde todas las historias llegan a su crisis y, si pueden, sobreviven a ella. Historias mucho más humanas que la mayoría que se cuentan hoy en día y terriblemente hermosas. Quizás, si el final hubiese sido del mismo nivel que el de There Will Be Blood, ahora estaría hablando de algo más que de una hermosa película.

Por Gerónimo Gastaldo

¿Qué te pareció Magnolia? ¿Está entre lo mejor que ha hecho Paul Thomas Anderson?; si quieren escribir en Cinescalas, solo deben mandar sus notas a milyyorke@gmail.com

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