La frontera invisible

“I’m not here to know the things I cannot do, we’ve seen the outcome of the boys who didn’t fly”

Supongo que estoy harta de las despedidas. Curiosamente, una de las personas a las que despedí esta semana me regaló La invención de la soledad de Paul Auster y ya desde el comienzo, mientras armaba el post de hoy, volví a asombrarme por la manera en que los puntos se conectan. “(la muerte) sucede de una forma tan repentina que no hay lugar para la reflexión; la mente no tiene tiempo de encontrar una palabra de consuelo. No nos queda otra cosa, la irreductible certeza de nuestra mortalidad. Podemos aceptar con resignación la muerte que sobreviene después de una larga enfermedad, e incluso la accidental podemos achacarla al destino; pero cuando un hombre muere sin causa aparente, cuando un hombre muere simplemente porque es un hombre, nos acerca tanto a la frontera invisible entre la vida y la muerte, que no sabemos de qué lado nos encontramos. La vida se convierte en muerte…”. Auster comienza así su relato, a raíz del fallecimiento de su padre. Me hizo pensar en eso de lo que suelo escribir con frecuencia, acerca de cómo la vida es una sucesión de pequeñas muertes, y que esas pequeñas muertes son, esencialmente, las despedidas. Las buscadas, las que nos encuentran de modo imprevisto e incluso aquellas que son irremisibles, que forman parte de lo cotidiano. Sí, lo lógico sería que esas pequeñas muertes nos hicieran crecer, que en esa frontera invisible entre lo que se tuvo y lo que se perdió encontráramos algo de lo cual sostenernos para no caer en lo inevitable: el pensamiento de que todo pasa a ser un recuerdo. Como dice Auster, enfrentar eso, aún con menos entereza cuando ataca con desconcierto, nos pone en contacto con la mortalidad, nos hace mirar de frente, aunque no queramos, a cómo a medida que uno va despidiéndose se vuelve más consciente del fin de las cosas. No sé, es como si me observara a mí misma una década atrás, cuando la sensación de mortalidad prácticamente no existía porque era siempre reemplazada (o tapada) por otra: la de eternidad. Lo posible. Lo conquistable. Antolín, en su canción “Jóvenes y eternos” también escribió sobre esto: “Estoy cansado de tanta eternidad, prefiero el tiempo que dura un beso en la oscuridad”. Es decir, acabemos con el regodeo en esos desenlaces (“no le demos al final tanta importancia” diría, también, Fito) para que eso conquistable sea nada más y nada menos que lo inmediato. Sí, el presente. El presente y nada más. Antolín, a su vez, enarbola una seguidilla de afirmaciones: “Todos llevamos dentro de un Elliott muerto. Un Cobain muerto. Un Ledger muerto”. La lectura puede ser doble. Todos llevamos dentro a esos jóvenes que murieron pero se volvieron eternos y, también, todos estamos en contacto con la aceptación (mayor o menor) de esa irreductibilidad de la muerte. Debió haber sido esa mención a Ledger la que, inconscientemente, me hizo recordarlo como ya lo había hecho tiempo atrás. Y esa sí que es una pequeña muerte difícil de explicar, porque uno la sufre por lo que disfrutó de ver y por lo que quedó trunco. Pero también por lo que cuesta aceptarla. “Tal vez sea eso lo que cuenta: llegar a lo más profundo del sentimiento humano”, agrega Auster. Heath, en  mi caso, lo hizo. Cuando despide a Jack en Secreto en la montaña se lamenta, como podríamos lamentarnos nosotros, de todo ese futuro que ya no podrá ser. Sus palabras quedan por la mitad. Pero por la ventana se ve el campo, vasto, y un cielo abierto. La posibilidad. La posibilidad de volver a conquistar y de sentirnos, al menos por cuestión de segundos, en amos, en dueños, en conquistadores de lo eterno.

*1. Heath en 10 cosas que odio de ti:

*2. Heath en Secreto en la montaña:

*3. Heath en El caballero de la noche:

¿A qué actores y/o directores les gustaría tener de vuelta para una actuación/película más? ¿Qué “pequeña muerte” del cine los afectó?; Leo sus comentarios… ¡Buen miércoles para todos!

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* DE YAPA: Playlist de jóvenes eternos:

Jóvenes y eternos by Milagros Amondaray on Grooveshark

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