Amado inmortal

“…however vast the darkness…we must always supply our own light” – Stanley Kubrick

El horror show. El libre albedrío. Las inminentes catástrofes. El hombre inmerso en la tiranía de la humanidad. La violencia como danza. La ambigüedad. La oscilación entre los pensamientos oscuros y la búsqueda de la luz. La guerra, metafórica y concreta. “Si puede ser escrito y pensado, entonces puede ser filmado”, había dicho Stanley Kubrick. Sin embargo, su propio laberinto, sus ideas, sus intereses traducidos en obsesiones no le hicieron nada fácil el camino de filmar todo eso que pensaba. Stanley era una persona compleja, como así también su cine, cine criticado por una dosis de frialdad y pomposidad que, sí, siempre estuvo, pero que no fue lo único. El resto, desde las ambiciones desmedidas y la necesidad de un paraíso visto en La naranja mecánica (mostrado con dinero, con Beethoven, con la fruta prohibida), hasta las restricciones que les son impuestas a los personajes para verlos “curados” a los ojos del resto (Lolita, Ojos bien cerrados, etc.), Kubrick teñía a toda su obra con su concepto de cine como medio mágico para retener el interés y transmitir emociones.

Las emociones generadas por sus películas, sin embargo, tienen esa visión gélida del mundo (las velas en Barry Lyndon, paradójicamente, no representan la luz sino la meticulosidad innata del hombre que no aceptaba un “no” como respuesta a sus necesidades como realizador) que lo condujo a transgredir géneros, ya sea narrando de manera fragmentada en Casta de malditos como mostrando bajo las reglas de la ciencia ficción a un infinito vasto y un esperanza rebosante en el niño estrella de 2001: odisea del espacio. Incluso Barry Lyndon, nuevamente con la ambición como tema, no termina siendo más que una historia de amor bajo la forma de un  hermoso cuadro, inmortal e inolvidable; y El resplandor - pelea con Stephen King mediante – es otro síntoma de una naturaleza laberíntica y de ese tópico del hombre que quiere trascenderlo todo, como una suerte de demonio (otra vez) inmortal. Algo similar sucede con la inutilidad de la guerra mostrada en Senderos de gloria, Dr. Insólito y Nacido para matar, donde nada está libre de fallas porque el hombre es esencialmente vulnerable.

Kubrick era más de lo que mostraba. Era el director que usaba el cine para hacer documentales casi mitológicos, coreográficos, de una nave especial que gira, de un Alex DeLarge clown que danza y canta antes de aplicar su dosis de ultraviolencia. Como canta esa mujer (la mujer de Stanley) ante los soldados en Senderos de gloria y uno sabe que Kubrick tenía el don de conmover a pesar/a raíz de su excentricidad. Porque él también amaba la música y su carácter universal. Por eso, si en otro plano, en otra vida, yo pudiera hacerlo hablar, me concentraría en ese tira y afloje entre la oscuridad y la luz, entre la guerra para establecer la paz o la traición de la paz al establecer la guerra. El ser humano como criatura dual, de esencia indefinible. Le preguntaría hasta qué punto no podía dejar de observarlo todo, como a ese matrimonio de Ojos bien cerrados y esa escena de sexo narcótica, como a esa orgía filmada bajo la perspectiva de un William enmascarado. Le preguntaría por qué la última palabra que se dice en su último film es “Fuck” y quiénes fueron los privilegiados en ganarle, alguna vez, en una partida de ajedrez. Ah, sí, y le pediría sentarme a su lado, donde sea que esté, para escuchar esta pieza de Schubert.

Cinéfilos…si pudieran entrevistar a un actor/director y tuvieran una sola pregunta, ¿a quién elegirían y qué preguntarían? ¡Comenten! ¡Divaguen! ¡Whatever!

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