Brooklyn: Tengo un hogar lejos del hogar

“I happen to think that it’s a very good pop song, with a dreamy langour and a bruised optimism that inmediately distinguishes it from its anemic and stunted peers; the point is that a few months ago it didn’t exist (…) and now here it is, and that, in itself, is a small miracle” / “Creo que es una muy buena canción pop, con una languidez soñadora y un optimismo golpeado que inmediatamente la distingue de otras canciones anémicas y poco desarrolladas; el punto es que hace unos meses no existía (…) y ahora aquí está y eso, en sí mismo, es un pequeño milagro” – Nick Hornby sobre “I’m Like a Bird” de Nelly Furtado

Mientras yo terminaba de ver Brooklyn, mi abuela daba sus últimos suspiros. Ambos hechos, indisolubles, desembocaron en la inevitable conclusión de que la película de John Crowley estará por siempre asociada a ese jueves 17 de diciembre y a esa pérdida. Sin embargo, no fue hasta unas semanas más tarde que me encontré pensando en Brooklyn de una manera mucho más autorreferencial. El plan era ir a la casa de mis padres, revisitar mi viejo cuarto de la adolescencia y básicamente dejarlo impoluto. En esos casos, el acto de limpiar se vuelve más espiritual. Cada movimiento implica, directamente, soltar una parte del pasado. Vaciar una caja de apuntes es volver a esas largas horas en el terciario y detenerse en cuánto de esos conocimientos persistieron hasta la actualidad. Revisar una pila de revistas es presenciar la evolución de uno, desde la primera nota publicada en un semanario local hasta la primera nota publicada en un diario nacional. Abrir el placard es encontrarse con las remeras gastadas de esos recitales más espontáneos. Tomar las agendas es hallar recuerdos de viajes, esas postales que a veces uno olvida que compró, esos tickets de diferentes medios de transporte de diferentes partes del mundo. Y por último, ahí están, juntando polvo, olvidados en un rincón, todos los álbumes de fotos. Es curioso cómo una imagen del pasado puede cambiar la perspectiva actual. Es decir, una foto de la secundaria irremisiblemente me ubica en la mentalidad de esa adolescente que quería “hacer algo con el cine”, no sé bien qué, algo que sintetizara el poner en palabras lo que otra persona puso en imágenes. Deseos había muchos. Una carpeta que recopilaba artículos sobre los ganadores de los Oscars de todos los años me generó entre risa y vergüenza. Un poco porque ahora sigo haciendo lo mismo de otra manera. Un poco porque esas fantasías de pisar la alfombra roja con un micrófono no se concretaron, pero dieron paso a otra clase de sueños cumplidos. “I’d imagined a different life for myself” dice Ellis Lacey en Brooklyn, a lo que alguien le replica: “your life here could be just as good, better even”. Cuando finalicé con la limpieza, pensé que a esa edad, en esa juventud, era una principiante como hoy. Así como entonces no estaba lista para lidiar con muchas cosas, ahora creo que sigo careciendo de la misma capacidad para afrontar la ausencia. A medida que limpiaba, cada caja vacía, cada bolsa llena de viejos VHS, cada pila de libros del sector “de preservación”, fueron acumulándose en la habitación de mi abuela, habitación que por muchos años estuvo al lado de la mía, y a través de la cual por muchos años le pedía que apague el televisor porque me tenía que levantar temprano para ir al colegio. Ahora que su voz no está, ese hogar no se siente tan mío. Ahora, a la fuerza, me tengo que llevar ese hogar hacia otro lado.

Brooklyn, basada en la novela de Colm Tóibín, podría ser definida de la misma manera en la que Nick Hornby (quien se ocupó de adaptarla) describió esa canción de Nelly Furtado, otra pequeña historia (musical) sobre la búsqueda del hogar. Se trata de una película que se hace cargo de su clasicismo, que aborda el género coming of age/relato de una inmigrante, sin la oscuridad de – por mencionar un ejemplo – la también excelente The Immigrant de James Gray. Si hay oscuridad en Brooklyn, la misma se desprende de esos constantes desafíos cotidianos que provienen de soltar los hábitos (una cena con un hermano), desprenderse de las costumbres familiares (las charlas nocturnas sobre qué hizo uno durante el día) y de comenzar desde cero en un contexto símil hoja en blanco. La visión que tiene Tóibín como escritor fue traspolada al personaje de Ellis y a su mudanza de Enniscorthy, Irlanda a Brooklyn, Nueva York. Así como el autor considera a la escritura como un ejercicio que no se planea (“it’s not choosing as much as something occurring to you, so strongly, so severely, so deeply, so graphically”), su obra contiene a esa joven que, casi sin quererlo, va construyendo su hogar en otro lado (“eventually you find you’ve written the first paragraph without meaning to”). Por lo tanto, Crowley no captura momentos de epifanía, instantes reveladores, situaciones melodramáticas. La evolución de Ellis es absolutamente imperceptible. Su aceptación de Brooklyn como el lugar donde podrá emanciparse de la culpa (culpa representada por la figura de una madre que no quiere soltarla y que el film certeramente no demoniza) es algo invisible, fugaz, ciertamente efímero. Como tan bien ilustra Tóibín, el proceso que realiza Ellis es de esos que no se planean, que no precisan de una intencionalidad marcada, que se suscitan de modo inconsciente. Desde la desesperación por la llegada de una carta de su hermana hasta la negación de escribir una propia, desde la aprehensión a entablar vínculos laborales hasta el disfrute del trabajo, desde el encierro en un cuarto hasta una salida en pareja a Coney Island, Ellis cambia sin notarlo. Con esa misma naturalidad, Saoirse Ronan brinda una actuación brillante, ya que en su rostro se replican los cambios internos del personaje. Cuando llora al mirar su viejo cuarto por última vez (el pasado) o cuando contempla junto a su marido Tony – un Emory Cohen de carisma indetenible – un terreno desierto que aguarda ser habitado (el futuro), Ronan representa ese pequeño milagro del que hablaba Hornby. “One day, the sun will come out. You might not even notice straight away, it’ll be that faint. And then you’ll catch yourself thinking about something or someone who has no connection with the past. Someone who’s only yours” asegura Ellis mientras revierte los roles dado que es ella quien está dispuesta a enarbolar una declaración de amor que va más allá del hombre en cuestión. En realidad, esa persona que no tiene conexión con el pasado no es solo Tony: también es ella misma.

Mientras mi abuela fallecía, yo escuchaba las palabras finales de Brooklyn. Mientras mi abuela se iba hacia no sé bien dónde, yo pisaba su cuarto vacío (como ese terreno que pisa Ellis) y pensaba que el pasado y el futuro están todo el tiempo dialogando en simultáneo. Que lo que ya no está físicamente a mi lado, tiene que empezar a convivir conmigo de otra forma. Ya lo había escrito Tóibín en su otra novela, The South: “plans and fantasies take up most of my waking time. I have all day to think about the future, to plot it out, to dream it, to imagine everything”. El plano final de Brooklyn, con Ellis apoyada sobre una pared aguardando el futuro, es una de las imágenes más poéticas para graficar el único hogar que nunca se limpia, que nunca se deshabita, que nunca se vacía: el que llevamos dentro.

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► [TRAILER] Algunas imágenes de Brooklyn:

Brooklyn - UK Trailer from Item 7 on Vimeo.

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► [DE YAPA] Anatomía de una escena, por el New York Times:

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy les dejo dos consignas: 1. Explayarse sobre Brooklyn de John Crowley: ¿la vieron? ¿qué les pareció? 2. Me gustaría que compartan cuál es su lugar de origen y si han tenido que alejarse de él y mudarse a otro sitio (si es así, ¿cómo recuerdan dicha experiencia?); por otro lado, les hago un pedido: que me envíen durante el día de hoy, por mail o por FB, una foto de sus madres ya que mañana habrá un post sobre Room y quisiera homenajear a sus progenitorias; ¡gracias desde ya, los leo!

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Libros que muerden (y sus novelas favoritas del 2015)

Hoy en Cinescalas escribe: Luis Alberto Pescara López

“Our aspirations, are wrapped up in books
Our inclinations are hidden in looks”
Belle and Sebastian – “Wrapped in Books”

En el filme de culto Performance de 1970 el ojo entrenado puede descubrir dos fotogramas reveladores. En una escena el personaje de Mick Jagger deja caer un libro y la cámara revela que se trata de una antología de Jorge Luis Borges. Más adelante, en el momento más psicodélico de la película, el rostro del autor de Ficciones aparece fugazmente por un instante. La historia – que incluye a una estrella de rock recluida y a un gánster travestido – es bastante borgeana en un punto. Teniendo en cuenta que el fanatismo de Jagger por la obra de “Georgie” es conocido, todo se transforma en un banquete para los amantes de la intertextualidad. Se habla mucho sobre las adaptaciones literarias en el cine, pero pocos rescatan la influencia que los escritores han tenido y tienen sobre la música. De hecho, cuando el music bussines estaba en pañales, los artistas escribían sus primeras canciones bajo la influencia de autores célebres, ya que la lectura era el primer acercamiento que tenían a alguna forma de cultura popular. Lou Reed reconoció cómo la prosa de Raymond Chandler – entre otros escritores de novela negra – ejerció sobre él un peso radical, mientras que Bob Dylan eligió su nombre artístico debido a su admiración por el poeta galés Dylan Thomas (cuyo maravilloso Do Not Go Gentle Into That Good Night es recitado por Michael Caine varias veces en Interestellar). Los ejemplos se multiplican más de lo pensado.

Mick Jagger en Performance

“La mayor parte de mi inspiración viene desde afuera la música, especialmente de la literatura, y particularmente de Oscar Wilde”. La frase le pertenece a Morrissey, un bibliómano confeso al que le gusta sembrar de referencias literarias su obra. En “Cemetery Gates” de The Smiths señala su favoritismo por el autor irlandés por sobre poetas como John Keats y W.B. Yeats. Por otro lado en cierta correspondencia adolescente del cantante que afloró en los últimos años se conocieron sus críticas a William Shakespeare. Quizás por ello el ensayo feminista Una habitación propia de Virginia Woolf – que plantea que William pudo tener una hermana tan talentosa como él pero que sería ninguneada por ser mujer – fue el detonante para “Shakespeare’s Sister”, otro tema de la banda de Manchester. A Emily Brontë le bastó solo una novela para entrar en la inmortalidad. Su Cumbres borrascosas representa como pocos libros el papel que la mujer tenía en la narrativa del siglo XIX: el de alguien que cede ante las presiones sociales, acepta el matrimonio con un hombre que no ama y termina empujada hacia la tragedia. Con los imponentes parajes de Yorkshire como entorno natural, Catherine Earnshaw sufrirá la enfermedad y el retorcido desdén del despechado Heathcliff. La fatalista atmósfera romántica de sus más de 400 páginas fue retomada por Kate Bush en 1978, cuando “Wüthering Heighs” se transformó en un inesperado éxito, una balada épica, a contramano de la música disco y el punk que imperaban en la época, que impulsó su carrera definitivamente.

El poema Do Not Go Gentle Into That Good Night de Dylan Thomas

Se están cumpliendo 150 años de la aparición de Alicia en el País de las Maravillas de Lewis Carroll, un texto que a pesar de su exuberante imaginería no tuvo buena suerte en el cine. Walt Disney no quedó satisfecho con la versión animada de los años 50’ (“le faltó corazón” llegó a decir) y la interpretación libre de Tim Burton no cosechó buenos comentarios. Sin embargo su espíritu psicodélico fue recogido con acierto en numerosas canciones. Los californianos de The Jefferson Airplane hicieron de “White Rabbit” un himno de la era hippie, presente en todos los acid tests de aquellos años e infaltable en las bandas sonoras de cualquier película sobre Vietnam. Incluso David Fincher la utilizó sabiamente como leitmotiv en su subvalorada The Game. Aunque este es el ejemplo más clásico, el universo carrolliano aparece en una interminable pléyade de músicos. Desde el “I’m the Walrus” de The Beatles hasta “Canción de Alicia en el país” de Serú Giran (con metáfora política incluida), pasando por las letras de Syd Barrett, tienen su impronta. En tiempos más contemporáneos teen idols como Avril Lavigne y Taylor Swift también se dejaron influenciar por las aventuras subterráneas de Alice.

Kate Bush en el video de Wuthering Heights

Si al Marqués de Sade le debemos el origen de la palabra sadismo, fue Leopold Sacher Masoch quien nos legó el término masoquismo. Cuando este austriaco de ideas libertarias editó La Venus de las pieles en 1870 nunca imaginó que sería un punto de referencia para los amantes de las prácticas BDSM. El libro retrata la relación de sometimiento que se establece entre Severin Von Kusiemski y la bella Wanda, detrás de la cual hay una meditación sobre la tiranía que esconde todo ejercicio de poder, pero también un replanteo del lugar que la mujer ocupa en la sociedad. Lou Reed lo calificó como “the funniest dirty book I’d ever read” y no dudó en tomarlo como eje para el clásico “Venus in Furs”, aquel que suena repetidas veces en Last Days de Gus Van Sant. El grupo neoyorquino captó a la perfección la atmósfera decadente del texto, describiendo una escena amenazante en la que lo peor siempre está por pasar. A diferencia de otros ganadores del Premio Nobel de literatura, las imágenes que la web ofrece de Albert Camus son las de un hombre joven. Fallecido a los 46 años, el francés fue uno de los más destacados exponentes del existencialismo. El protagonista de su novela El extranjero expresa como pocos las angustias del hombre contemporáneo, prisionero de circunstancias que lo alienan y lo empujan a la resignación. La historia de ese personaje que – confundido bajo el terrible sol argelino – termina asesinado a un árabe sin motivación alguna impactó al joven Robert Smith, quien la usó como base para “Killing an Arab”, el primer single editado por The Cure en 1979. Desde entonces la canción ha sido presa de erróneas lecturas referidas a un supuesto contenido racista, por lo que la banda ha debido interpretarla con el estribillo modificado como “Kissing an arab” o “Killing Another”. La corrección política no perdona a nadie.

La letra de White Rabbit de Jefferson Airplane

Pero si hablamos de libros malinterpretados ninguno supera a Lolita de Vladimir Nabokov, al que las miradas moralistas se encargaron de poner en un lugar polémico. Sin embargo, la novela se ríe, con tono satírico y ambigüedad narrativa, de quienes hacen lecturas fáciles, retratando un momento en el que nuevas concepciones de la sexualidad avanzaban mientras la institución matrimonial perdía su autoridad. El libro es directamente referenciado en “Don´t Stand So Close to me” de The Police, que cuenta la ambigua seducción que se produce entre un profesor y su alumna. Más explícita es la cita de Lana Del Rey, quien en el tema “Off To The Races” incluye las famosas líneas “light of my life, fire of my loins, be a good baby do what I want” que abren la historia de Nabokov. A veces un disco entero está dedicado a un autor, como Tales of Mistery and Imagination de The Alan Parsons Project sobre Edgar Alan Poe y Resistance de Muse, sobre George Orwell. En el plano local hay ejemplos conocidos como Polaroid de locura ordinaria de Fito Páez, inspirado por relatos de Charles Bukowski, y el inevitable Artaud de Luis Alberto Spinetta. Incluso el proceso se da de forma inversa y hay varios escritores – Bret Easton Ellis y Nick Hornby entre ellos – que editaron libros con canciones populares como tema central. Los intercambios pueden ser interminables.

La letra de Off to the Races de Lana Del Rey se inspira en Lolita de Vladimir Nabokov

Quizás la admiración que muchos músicos sienten por los escritores se deba a que éstos representaron una temprana forma de alcanzar el estrellato dentro de la cultura. Desde esta perspectiva uno entiende mejor aquella introducción que Todd Haynes incluyó en Velvet Goldmine, en la que un pequeño Oscar Wilde, al preguntársele en el colegio qué era lo que deseaba ser cuando fuera grande, afirmaba: “Yo quiero ser un ídolo pop”. El glam se manifiesta de maneras misteriosas.

Por Luis Alberto Pescara López

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► [GALERÍA]: Sus libros favoritos del 2015:

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¡BUEN LUNES PARA TODOS! Comenzamos una nueva semana del blog con el balance de Lo mejor del año; a propósito del post de Luis, me gustaría saber dos cosas: 1. ¿Cuáles fueron los textos que los acompañaron durante el 2015, ya sea cuentos, novelas o ensayos? 2. ¿Qué otras inspiraciones a las mencionadas por el autor de la nota podrían agregar a la lista? Por otro lado, mañana seguimos de balance eligiendo sus series favoritas del año; ¡nos reencontramos en ese post y los leo en este! Que tengan todos un excelente lunes

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*EL RECORDATORIO DE CADA LUNES: 

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 La última vez escribió Camila Martinez sobre… LAS SIMILITUDES ENTRE LOST IN TRANSLATION & HER

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Wild: El poema se hace con palabras

Fuente: gifthescreen.tumblr.com

“¿Posibilidades de vivir? Sí, hay una. Es una hoja en blanco, es despeñarme sobre el papel, es salir fuera de mí misma y viajar…”Carta de Alejandra Pizarnik a León Ostrov

Cuando revisitaba las distintas concepciones que se pueden extraer de la palabra viaje, o la pluralidad de significados concentrados en lo que implica estar en tránsito, me imaginaba al viaje ligado siempre a otro concepto: el de salvación. Pienso que uno siempre está buscando salvarse. Salvarse de. Salvarse de uno mismo y los demonios internos, salvarse de una situación que parece ineludible, salvarse de una amenaza circunstancial que atenta contra la estabilidad. Y ese deseo de salvación, a su vez, nunca deja de cesar. Somos tan complejos (y somos con otros) que ninguna semana – o hasta incluso ningún día – puede prolongarse en una pulcra y perfecta línea recta. Entonces, supongo, cada jornada es un viaje a la salvación. Me salvo con un libro porque un libro puede extrapolarme de un momento doloroso y dejarme inmersa en otro escenario o me salvo con un libro porque ese libro está describiendo ese momento con alarmante familiaridad, generando esa empatía, esa reconfortante sensación de hermandad, ese mágico segundo en el que me encuentro en otro. También me salvo con una canción y acá es donde la salvación se contrae y expande una y otra vez, porque el alma de la música parece estar continuamente escindida en tres. En primer lugar, está lo que la canción genera desde un nivel más primario y sensorial, ya sea una melodía pegadiza o bien un instrumento que produce una reacción física. En segundo lugar, está lo que esa canción dice y cómo cada individuo incorpora sus frases según su necesidad de establecer un paralelismo con su propia vida (porque nadie se resiste a dedicar canciones). En tercer lugar, y a diferencia de un libro (aunque un libro también posea esta cualidad), la canción tiene la capacidad de forjar un recuerdo y, en consecuencia, de transportarte a éste cuando súbitamente, meses o años después, alguien vuelve a hacerla sonar. Se produce una comunión tan fuerte entre un hecho y la canción que fortuitamente logró atravesarlo que la reproducción de esa melodía jamás podrá emanciparse de esa situación. Y así llegamos a otra forma de salvación: el factor sorpresa. Pensaba en Glastonbury, por ejemplo. En la primera vez que acampé en mi vida. No sabía armar una carpa. No sabía cómo sería eso de no bañarse por cinco días y sentir cómo el calor podía expulsarme del confinamiento para hacerme tirar al pasto, deseosa de agua. No sabía cómo sería eso de sentir el campo abierto, con su frío nocturno obligándome a meterme de nuevo en esa carpa que me despediría a la mañana siguiente cuando el sol se volvía insoportable. No sabía como sería eso de compartir la música con tantas personas al mismo tiempo y (también al mismo tiempo) estar inexorablemente sola. Mejor dicho: estar en soledad en una etapa de mi vida en la que no pensaba que fuera posible. Antes de pisar el lugar y literalmente plantar bandera (de lo contrario, como aprendería luego, reencontrarme con mi carpa sería fútil), mi cabeza solo le daba cabida a un mismo pensamiento. Qué pasa si me empiezo a sentir mal y sus derivados tales como no conozco a nadie, quién me va ayudar. Afortunadamente nunca me enteré de la respuesta porque en esos cinco días (anclados en el mes más oscuro de mi enfermedad) no necesité ponerle una cara a la salvación. La salvación llegó con la música y el factor sorpresa, todo en uno. Y por sorpresa me refiero tanto a lo más mundano (escuchar los gritos de la multitud que iban formando un coro a la noche, antes del reingreso a las carpas, lo más cercano a la calma que podía pedir), a lo más inconmensurable (el atardecer, siempre el atardecer) como a lo más concreto (Radiohead y su recital improvisado). Por lo tanto, cada vez que escucho “Weird Fishes/Arpeggi” todo mi cuerpo se va a esos días, a esa carpa, a Thom en su piano interpretando esa canción que habla sobre tocar fondo y escapar. I hit the bottom and escape. Escape.

Fuente: moreworlds.tumblr.com

“Un par de veces al año me grabo una cinta para ponerla en el coche, una cinta con todas las canciones nuevas que más me han gustado en los últimos meses, y cada vez que termino una no puedo creer que vaya a haber otra. Y sin embargo, siempre la hay, y estoy impaciente por escuchar la siguiente; sólo necesitás unos cuantos cientos de cosas más como esta y ya tienes una vida que merece la pena vivir”. En 31 Songs, Nick Hornby escribió una serie de ensayos sobre esos temas que persistieron en su vida por las razones más contrapuestas, desde el amor más desgarrador hasta el pop como una forma de mantener encendida la esperanza de seguir amando la música. Justamente en ese apartado, aquel en el que escribe sobre “I’m Like A Bird”, el mayor hit de Nelly Furtado, es en donde Hornby habla (casi sin hablar) de salvarse a través de las canciones. En esa cita superior Hornby hace magia con la escritura al conseguir lo más difícil: decir lo que ahora es una obviedad como si él hubiese sido la primera persona en el mundo en detenerse en ella (algo que lo emparenta con la filosofía Rob Gordon, su propia creación). Es decir, todos sabemos que la música no morirá nunca, que este año saldrán nuevos discos y que “nuestra canción del 2015″ la conoceremos en unos meses. Sin embargo, Hornby no se refiere a lo contemporáneo así como tampoco se refiere solo a la música desde el presente más irrevocable. Hornby está hablando de una suerte de tercera dimensión donde yacen todas esas canciones ocultas, aquellas que nos están aguardando hasta que las encontremos (por recomendación de alguien o porque sonó en una película, lo cual es a su modo otra forma de recomendación), aquellas que nos hacen querer seguir avanzando, mirando hacia adelante. De hecho, no de mis discos nacionales favoritos se llama Un futuro brillante de la banda Mi pequeña muerte. Me gusta esa forma en que se une todo lo que vendrá (el porvenir) con ese adjetivo fulgurante. Me configuro la imagen de ese grupo de canciones titilando en un lugar, intensas, expectantes, listas para ser aprehendidas por mí. Es decir, la música me sitúa en el aquí y ahora mientras la escucho, pero también me está dando el combustible para el después. Y ahí está la respuesta al por qué quiero salvarme, al por qué yo esos días acampé por primera vez con miles desconocidos cuando en realidad le tenía miedo a todo. Porque uno vive por la impredictibilidad. Uno sucede sin pensarlo. Cuando en Wild – adaptación que hizo Hornby de la brutal y emotiva novela autobiográfica de Cheryl Strayed – la protagonista termina de recorrer el Pacific Crest Trail, sus pies, su mirada, todo el peso de su cuerpo se detienen en su idea de Santo Grial: The Bridge of the Gods. Aludo al final del film antes que al comienzo precisamente porque Wild es una película temporalmente convulsionada, fiel a Strayed, fiel a su indetenible manera de recordar las cosas, de reinventarse a sí misma, de volver a lo que su madre esperaba de ella. Y también aludo al final del film porque en esa imagen de una mujer llegando a un puente vemos la representación que ella misma hace de ese escenario. Para mí, por ejemplo, no es otra cosa más que un puente desconocido. Para ella, el puente es un símbolo sagrado, el aire que respira tiene una carga poética que nadie por fuera de ella podrá sentir de igual modo. El rostro de Reese Witherspoon (perfecto e imperfecto, sucio e inmaculado en simultáneo) es el rostro de la salvación. En este sentido, Wild le pertenece más a Strayed y a Hornby que a su director Jean-Marc Vallée, porque ambos, en sus respectivos libros, se autodefinen como ateos pero encuentran en distintos ámbitos lo más cercano a Dios en la Tierra. “I was a terrible believer in things,but I was also a terrible nonbeliever in things. I was as searching as I was skeptical. I didn’t know where to put my faith,or if there was such a place,or even what the word faith meant, in all of it’s complexity. Everything seemed to be possibly potent and possibly fake” escribió Strayed en su novela. Esa cita la representa como lo que era antes de ese viaje antojadizo que – como todo en la vida y su cantera de sorpresas – ejecuta por el dolor ante la repentina muerte de su madre: una mujer que está desesperadamente buscando algo sin saber qué es. “The wanting was a wilderness and I had to find my own way out of the woods. It took me four years, seven months, and three days to do it. I didn’t know where I was going until I got there”. Es decir, Strayed deja que las cosas simplemente ocurran. En eso radica el poder de su prosa (y de la adaptación de Hornby de la misma), en que no hay un intento de autoconvertirse en mito o de trazar esa línea recta sobre la que me referí al comienzo de este texto. Strayed no elige caminar más de mil kilómetros sabiendo el resultado o forzando la revelación final. Por lo tanto, Wild es una película que de algún modo está conmemorando las imperfecciones e incertezas de Cheryl. El abuso de heroína, la promiscuidad, el aborto, las cenizas de su madre en la boca, la devoción por esa madre, el matrimonio, el divorcio, su pasión por los libros y las citas, su tatuaje, su tobillo dañado por las jeringas, todo eso se entrecruza, se confunde, se hermana y se separa (mediante una conjunción abrumadora de flashbacks, flashforwards y flashbacks dentro de flashbacks) para decirnos que ella, como muchos, somos más que una sola cosa, somos la línea serpenteante, lo inacabado, lo mal hecho, “lo que torpemente intenta un pequeño vuelo y cae sin gracia al suelo”.

Fuente: moreworlds.tumblr.com

Wild película abre con un plano que le responde a Wild novela. “The trees were tall but I was taller”. Así empieza el libro de Strayed. El film de Vallée comienza, por su parte, con un grito de Cheryl al ver caer una de sus botas por un acantilado. La carga simbólica de los objetos (las botas y sobre todo “Monster”, la mochila que se va alivianando figura y no figurativamente), el peso físico como metáfora del peso emocional, no se le escapa a Hornby a la hora de escribir. Así como él mismo confesó no intentar creer en Dios para luego asegurar que “en la música pasan cosas que me dejan de piedra y me hacen pensarlo dos veces”, en Wild Strayed camina mucho tiempo en soledad y recuerda de manera caprichosa. Las imágenes más poderosas del film son, justamente, aquellas que duran lo que dura un recuerdo (a veces, poco menos de un minuto), las que son efímeras, las que se circunscriben a lo específico de las cosas (la sonrisa de su mamá, un trago, la espalda de un hombre encima suyo, el caballo de su infancia, la mirada de una amiga) y, especialmente, las que encuentran en algo del presente (ese viaje) un disparador de un hecho del pasado (lo que impulsó ese viaje). De este modo, y aunque pareciera que a la película le cuesta respirar precisamente porque hay pocas escenas prolongadas en un mismo espacio, se la concibió pensando que un tránsito individual no puede ser mostrado con prolijidad sino en permanente estado de ebullición. Wild es un film de bienvenida ambición al querer convertirse en una experiencia hipersensorial como la que vivió en carne propia Strayed y, en consecuencia, toma un puñado de canciones como elementos vitales para saltar de un recuerdo al otro y como elementos vitales para la búsqueda de salvación. En el primer caso, un tema que un conductor reproduce en su camioneta termina siendo el mismo que cantaba Bobbi, la mamá de Cheryl (una perfecta Laura Dern), lo que se constituye en el primer momento en el que la hija recuerda a su madre en una situación puntual (en la cocina, bailando, feliz, luminosa). En el segundo caso, Cheryl sacia la falta de agua tarareando al infinito, repitiéndose como mantra la hermosa letra de la no menos hermosa “Suzanne” de Leonard Cohen: “Jesus was a sailor when he walked upon the water, and he spent a long time watching from his lonely wooden tower, and when he knew for certain only drowning men could see him, he said ‘all men will be sailors then until the sea shall free them’, but he himself was broken, long before the sky would open, forsaken, almost human, he sank beneath your wisdom like a stone”. En el medio también yace “Glory Box” de Portishead, con el sexo a flor de piel que nos traslada a una Cheryl desprejuiciada que tapa el dolor con penetraciones. Sin embargo, si hay una canción que se convierte en la columna vertebral del film (como hay canciones que se convierten en la columna vertebral de nuestras vidas), ésa es “El cóndor pasa” de Simon & Garfunkel. Las palabras resurgen intermitentes y fugaces, rasantes como el mismo ave del título. “Yes I would, If I only could, I surely would”. Las palabras se repiten, en distintos estadíos, como recordatorios de la razón de todo. El viaje a la salvación no le pertenece a nadie más que a uno. Esa salvación puede ser superar una pérdida, superar una enfermedad o buscarle un sentido al presente, pero nadie puede hacerlo por uno. “The father’s job is to teach his children how to be warriors, to give them the confidence to get on the horse and ride into battle when it’s necessary to do so. If you don’t get that from your father, you have to teach yourself” escribió Strayed, reafirmando que la soledad, por más atemorizante que sea, por más desoladora que resulte (no hay nada peor que saber que solo/sólo uno tiene la solución al problema y no hay nada mejor que esa misma certeza), es casi un espacio físico donde habito. Esa soledad es mía y de nadie más.

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Cuando Cheryl finalmente arriba al Bridge of the Gods y habla de sí misma como ser autónomo (“It was my life, like all lives, mysterious, and irrevocable and sacred, so very close, so very present, so very belonging to me”), “El cóndor pasa” vuelve a sonar y la película de Vallée no es la misma que estábamos viendo una hora antes. En el medio, esa misma canción ofició como apéndice de un gran número de recuerdos que fortalecieron la relación del espectador con esa mujer errante (o al menos la mía). “How wild it was, to let it be” dice Witherspoon como si le faltara el aire (uno de los tantos preci(o)sos detalles con los que dota su interpretación) y otra frase (“I’d rather be a sparrow than a snail”) habla de quienes (y a quienes) eligen salvarse cobrando vuelo antes que permanecer aletargados. Pero no hace falta ser un gorrión para transitar las curvas. A veces se necesita de un solo paso (“pie detrás de pie, no hay otra manera de caminar”), a veces es imperativo, como hizo la propia Strayed, mentalizarse en dejar que las cosas sucedan, dejar que la sorpresa se convierta en ese factor cardinal. Es entonces, en ese momento donde casi ni notamos que estamos cambiando, donde la vida se encarga con mayor ímpetu de transformarnos. Es en la plena inconsciencia. En el pie detrás de pie. En el poema “Lee a Góngora” de Alejandra Pizarnik y su extraordinaria celebración de lo inmediato: “descubrí que se puede hacer poemas sin tener nada pensado, sin pensar, sin sentir, sin imaginar, en cualquier instante y a cualquier hora (…) el poema se hace con palabras”.

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► [ESCENA] Un momento de la película de Jean-Marc Vallée:

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► [DE YAPA] Cheryl Strayed habla sobre el duro momento que la condujo a escribir su novela Wild:

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► [DE REGALO] Todos sus viajes, en un mismo video:

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¡BUEN MIÉRCOLES PARA TODA LA MUCHACHADA! Hoy les dejo dos consignas: 1. Explayarse sobre el film Wild de Jean-Marc Vallée (y la novela de Cheryl Strayed, quienes la hayan leído); 2. Por otro lado, me gustaría que todos compartan anécdotas de los mejores viajes que han hecho; debido a los feriados, nos reencontramos el miércoles próximo con un post musical + entrevista a Ezequiel Acuña; ¡hasta entonces, que tengan un gran miércoles! ¡los leo, como siempre!

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Llevo tus marcas en mi piel

Si te gusta una canción, te gusta lo suficiente como para que te acompañe a lo largo de diversas etapas de tu vida”Nick Hornby

Era como si la voz hubiese obtenido una forma corpórea y me hubiese agarrado por las piernas para meterme en el océano, en la profundidad del agua. De nuevo bajo la lluvia, la vuelvo a escuchar ahora, a esa canción que representó un momento más inconsciente, más emocional, y me sigue sorprendiendo no solo que logre aprehenderme así como lo hace sino que también, con los primeros acordes, me pueda llevar de vuelta a ese instante semi-adolescente. Pienso que ese acto es lo más cercano a estar en dos lugares al mismo tiempo: aquel donde sonó esa canción por primera vez (y varias veces más) y este donde me encuentro ahora. Pienso también que ese acto de reencontrar una canción bajo otra perspectiva es también una suerte de prueba concreta del efecto del tiempo, de cómo uno cambió y, en consecuencia, de cómo cambió el modo en el que las cosas afectan, perturban. A los minutos me contradigo, analizo que si ese tema, al escucharlo en el presente me puede conducir al pasado con tanta fuerza, entonces poco pudo haberse modificado. Quizás yo misma cambié, pero el recuerdo persiste. De lo contrario, no resurgiría. La música tiene ese poder de teletransportarnos, pero solo pocas canciones nos definen, así como son pocas las películas que nos acompañaron en esas etapas que son nítidas porque representaron un antes y un después. “Me gusta la relación que tiene la gente con la música, porque hay algo en nosotros que excede las palabras, algo que elude y desafía nuestra capacidad para decir las cosas y que probablemente sea nuestra mejor parte, la más rica y la más extraña”, escribió Nick Hornby en 31 Songs. Hoy, pensando en la música y el cine como detonantes de recuerdos, me es difícil no coincidir con él.

Thom Yorke y Jonny Greenwood haciendo “Weird Fishes / Arpeggi” en Glastonbury 2o10:

Mencionen una canción y una película que estén asociadas a un momento importante de sus vidas y, si quieren, compartan las razones; leo sus comentarios y les armo la playlist más tarde; ¡gracias a todos!

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DISFRUTEN DE LA PLAYLIST:

31 songs by Milagros Amondaray on Grooveshark

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Un lugar en el mundo

Hola Cinescaleros, I’m back! Gracias como siempre por cuidarme el rancho durante mi ausencia. Hoy los dejo en buena compañía con una nota de un colega y amigo. Piénsenlo como una suerte de crossover que no hace más que ratificar que el cine y la música conforman un binomio mágico. Los dejo con Fer, Jesse, Summer, Rob Gordon y, claro, con las disquerías. Porque no hay nada más lindo que perderse en ellas… ¡Buen comienzo de semana!

Hoy en Cinescalas escribe: Fernando Cárdenas

Fue amor a primera vista. Se que lo fue. Vi High Fidelity el día de su estreno, un jueves de octubre de 2000 en los cines de Galerías Pacífico. Había escuchado al conductor radial Bobby Flores anunciar la adaptación cinematográfica del maravilloso libro de Nick Hornby y sentí, con inexplicable grado de certeza, que esa iba a ser mí película. No me equivoqué. De alguna manera, por primera vez, ahí sobre la pantalla, estaban hablando de mí. Quizás no era una pintura completa, pero si tenía los suficientes pincelazos como para sentirme bosquejado en el atribulado Rob Gordon. Ahí estaban, expuestas ante la mirada de todos los presentes, mi inmadurez (eterna adolescencia), mis dificultades para comunicarme, mis prejuicios para con los gustos de los demás, y sobre todo, llevado a veces a extremos ridículos, mi amor por la música. Mi pasión por los discos.

Para Rob, como para mí, un disco no es sólo un pedazo de plástico. Es más especial que eso. Es algo que puede definirte. Un objeto al que uno carga de emociones que lo vinculan con personas o momentos. Algo que puede contar la historia de tu vida (como llegué de Soda Stereo Massive Attack en veinticinco pasos). Definitivamente, esto corre por mí cuenta, un disco no es una carpeta de archivos en la computadora. No quiero sonar como alguien que no se adapta a los tiempos que corren. Ahora están disponibles a un golpe de mouse, y es difícil pelear contra esa sensación de tener todo al alcance de la mano sin moverse de la comodidad del sillón y el wi fi. Delicias de la vida moderna al margen,  nada se compara a la sensación de entrar a una disquería perdida en algún lugar incierto, y encontrar escondido en sus bateas ese disco que buscaste hasta desfallecer, hasta sentir que nada tendría sentido sin el. Un triunfo pequeño, triunfo al fin y al cabo, que te llena de felicidad. Se que Rob Gordon estaría de mi lado…

Como no podría ser de otra manera, más si se trata de High Fidelity, este crossover melómano/cinéfilo tendrá una lista a manera de telón final. Un homenaje a todos los que creen que una disquería, sea una cueva o la sucursal de una gran cadena, es su lugar en el mundo (y High Fidelity su película). A continuación, el top five de mis escenas en disquerías preferidas de todos los tiempos.

Por Fernando Cárdenas (autor del blog Discos Perfectos)

Ellos tienen opiniones, yo hago listas…

* 1. ALTA FIDELIDAD:

* 2. ANTES DEL AMANECER:

* 3. (500) DÍAS CON ELLA:

* 4. HANNAH Y SUS HERMANAS:

* 5. PRETTY IN PINK:

Hoy pueden hablar de Alta fidelidad y otras películas melómanas, pero también, como hizo Fernando, pueden contar cuál es ese disco que los define…¡Bienvenidos de vuelta! ¡Ahora comenten!

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