Grandma: El tiempo pasa, eso seguro

“The only way for a woman to find herself, to know herself as a person, is by creative work of her own” – Betty Friedan (The Feminine Mystique)

Grandma abre con la cita de la poeta Eileen Myles con la que me permití ilustrar este post. “Time passes, that’s for sure”. Luego en la pantalla aparece el número uno, sucedido por una sola palabra, “Endings”. De este modo, momentos antes de que se nos presente a Elle (Lily Tomlin en un extraordinario regreso a los protagónicos) ya podemos conocerla. En primer lugar, porque la división en capítulos del film de Paul Weitz tiene una connotación literaria que nos revela que esa mujer, ya en sus setenta años, fue, es y será siempre una mujer de las letras. Y esta afirmación va más allá de su profesión, de su trabajo como profesora o de su vocación de poeta. Elle hace de la palabra su aliada en la confrontación con el entorno y su verborragia es un escudo inamovible. Ésto nos lleva al segundo tópico que yace en la placa. El tiempo y su inevitable transcurrir. Hay algo de aceptación, de plena consciencia, de necesidad de acentuar lo obvio en esa frase de Myles. Casi que uno puede escuchar a Elle reflexionando de igual manera, con cierta ironía. El tiempo pasa, eso seguro. Ahora bien, ¿qué hacemos al respecto? Luego de perder a su esposa tras una batalla contra el cáncer, de alejarse de su hija y de arruinar voluntariamente una relación con una mujer más joven (Olivia, interpretada por la siempre brillante Judy Greer), Elle se recluye en su casa, en sus pilas de libros, en dibujos del pasado, en citas de otras décadas, en una suerte de santuario que niega la evolución. Como ya lo había hecho Will en About a Boy – otra película escrita y dirigida por Paul Weitz, por entonces junto a su hermano Chris -, Elle cree que cada persona es una isla y actúa con un egoísmo que se va perpetuando en charlas de lo más triviales que perfeccionan el ya impecable timming cómico de Tomlin. Asimismo, el tiempo pasa (eso seguro) para Sage (Julia Garner), la nieta adolescente de Elle que le golpea la puerta para plantear la urgencia del film: está embarazada, tiene una cita para realizarse un aborto y necesita dinero de su abuela. El quiebre de los estereotipos de Grandma tiene como germen el brusco choque de Sage con Elle. Su “grandma” no es una “grandma” más. Su grandma no tiene plata y depende de su única posesión invaluable, un Dodge modelo 55 que le pertenecía a su fallecida mujer (nuevamente el pasado como atadura inquebrantable) y que permitirá que abuela y nieta emprendan un road trip para juntar dinero y que la joven no pierda su turno médico. A medida que avanza el film, Weitz sabiamente define a su personaje central a partir de sus conversaciones con esas personas a las que les solicita ayuda. De esta manera, ese pasado/cruz de Elle se nos abre cuando ella misma se abre – más con necedad que con gracia – a los demás. Así, el núcleo de Grandma, representado por una brutal charla con su ex marido Karl (Sam Elliott, una contrafigura ideal para Tomlin), es aquel en el que esa mujer debe aceptar que sus acciones supieron moldear/afectar/demoler la vida de otra persona. Desde una clínica que ahora es un café hasta una primera edición de The Feminine Mystique que ha sido devaluada, en ese recorrido de apenas unas horas, Elle sale de su burbuja para reconocer que la vida de antes, la que aprehende todos los días, hace rato que dejó de representarla. Por esta razón, y en un acto tan pequeño como valioso, Elle abandona ese Dodge sutilmente, golpea (como su nieta) una puerta para suturar las heridas y se aleja como solo ella sabe hacerlo: en soledad, pero con todo un camino por delante. 

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► [TRAILER] El adelanto de Grandma de Paul Weitz:

Grandma Trailer from Florian Stadler on Vimeo.

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¡BUEN MARTES, MUCHACHADA! Hoy les dejo simplemente dos consignas: 1. Por un lado, explayarse sobre Grandma de Paul Weitz: ¿la vieron? ¿qué les pareció? 2. Por el otro, mencionar a sus actrices legendarias favoritas y alguno de sus regresos más recientes a la pantalla grande que les gustaría destacar; como siempre, los leo; nos reencontramos mañana con una buena noticia para el blog [OFF TOPIC] Con este post inauguro una nueva categoría del blog titulada “Indies” donde se recopilan todas las críticas que hice de esas pequeñas joyitas que se hicieron por fuera de lo mainstream, como modo de organizar las recomendaciones, espero que les sirva ;)

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Que dure

 - “¿Acaso necesitamos algo más para ser felices?”

- “Que dure”

El amor es un perro verde - Tute

Podemos pensar a Paper Towns desde varios frentes. Por un lado, es la ineludible sucesora de The Fault in Our Stars, la primera película de la factoría Young Adult de John Green que tuvo el éxito garantizado desde que se anunció su (fallida) adaptación. Por el otro, es un film que toma el concepto de Manic Pixie Dream Girl para revertirlo, razón por la cual el personaje de Margo (esa chica destinada a vivir “aventuras épicas”) desaparece a la media hora de iniciada la historia, decisión puesta en función de mostrarla en off, como si fuera más una idea (“muchos hombres piensan que soy un concepto” diría Clementine) que una persona propensa a cometer errores. Sin embargo, lo que separa a la película de Jake Schreier de The Fault in Our Stars es cómo se muestra deliberadamente menos ambiciosa, asegurándose de no citar compulsivamente todas aquellas frases representativas de la novela sino, por el contrario, dejando que los diálogos respiren y suenen mucho más genuinos. Por este mismo motivo, no es casual que Paper Towns haya tenido un impacto menor al de The Fault in Our Stars (una razón es clara: es la obra menos inspirada de Green y a priori la menos atractiva de ver en pantalla), ya que todo en ella se desarrolla en otra escala, con una sobriedad y humanidad que la emparentan mucho al cine de John Hughes y que nos remite a otra adaptación de la dupla de guionistas Scott Neustadter-Michael H. Weber: The Spectacular Now. En consecuencia, que el personaje interpretado por una despareja Cara Delevingne, esa gone girl en cuestión que obsesiona al metódico Quentin (Nat Wolff, correcto como siempre), no sea tan relevante como el grupo de amigos del protagonista, es el gran fuerte de Paper Towns. Lucy (Halston Sage), Marcus (Justin Smith), Angela (Jaz Sinclair) y Ben (Austin Abrams, el mayor encanto del film) emprenden con Quentin un viaje al corazón de ese misterio que es Margo y, en el camino, se redescubren a sí mismos, reconociendo tanto el miedo a dejar atrás la secundaria como los prejuicios que muchas veces les impidieron comprenderse mutuamente. Cuanto más se aleja de Margo y más se acerca a la revaloración de la amistad (el “re” como prefijo de repetición que acá implica aceptar al otro tal cual es), Paper Towns se convierte en una pequeña obra que cuestiona (á la Breakfast Club) esos estereotipos que, paradójicamente, fueron reinstalados por el propio Green. “Mi milagro es este” dice Quentin mientras observa cómo bailan sus amigos en la fiesta de graduación, horas después de decirle adiós a la idea de Margo. Tímidamente busca la aprobación de los cuatro para luego unirse, disfrutando del presente como también, en otro mundo paralelo, lo haría el (más complejo) personaje de Sutter en The Spectacular Now, otro joven que miraba a sus compañeros bailar y que, a partir de la contemplación de esa escena, se volvía un poco más eterno. 

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► [TRAILER] El adelanto de Paper Towns:

paper towns-trailer from Six Second Reviews on Vimeo.

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► [COMPILADO] Tan solo algunos bailes memorables del cine:

Dancing Movie Montage from ClaraDarko on Vimeo.

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► [GALERÍA] 50 imágenes de bailes mencionados por ustedes en el post de hoy; ¡gracias por los aportes!:

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy tenemos una única consigna propuesta por Cristian Rueda que es recordar los bailes más emblemáticos del cine; si encuentran la escena específica, mejor aún, así puedo armar una playlist reuniéndolos; por otro lado, si vieron Paper Towns, también están invitados a compartir sus impresiones sobre el film de Jake Schreier; los espero mañana en un Open Post antes de mi viaje a Córdoba sobre el cual ya me expayaré; ¡que tengan un excelente día! ¡los leo, como siempre!

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The Fault in Our Stars: Hoy sólo sé que existo y amanece

“- ¿La gente no dirá que estás loca? – inquirió su marido con una sonrisa.
- Peor para ellos – respondió Mercedes apasionadamente -. No tienen corazón, y la vida es muy triste para los que no tienen corazón.” – “Mimoso” (Silvina Ocampo)

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Todo empezó con un llamado telefónico. “Hola Milagros, ¿me podés pasar con tu papá, por favor?”. Del otro lado del teléfono, el mejor amigo de mi tío. Los domingos no volvieron a ser iguales. Uno de mis fragmentos favoritos de la canción “Un viaje a Irlanda” se terminó resignificando (“y no hablamos las cosas que siempre quisimos los días domingo”) y la mirada de mi papá no volvió a ser la misma. Mientras le observaba la cara al recibir la noticia, no estaba pensando tanto en mi tío sino en él. En el que se quedaba acá, sin su hermano. Luego de una muerte – en este caso, una súbita, inexplicable, casi ridícula -, uno se encuentra usando las palabras para amortiguar el dolor ajeno. Uno se encuentra, en realidad, diciendo todo eso que puede sonar a lugar común, como esas sentencias motivacionales que decoran la casa de Augustus Waters en The Fault in Our Stars. Es curioso cómo uno reniega de esas frases cuando las escucha. Al menos yo pensaba que se trataba de fórmulas que, a fines prácticos, no tenían ningún puto sentido. Sin embargo, ahí estaba, ahí estoy, repitiendo cosas como “vos sí tenés una vida por delante”, “pensá en quienes están al lado tuyo”, “no intentes explicar por qué lo hizo” y, claro, el clásico “recordalo bien”. El “recordalo bien” me desarma, casi que ni quiero decirlo. Porque ese “recordalo bien” engloba que mi papá evoque su infancia, sus tardes de jugar a la pelota con su hermano, cuando se sentaban a tomar la merienda y ver televisión, cuando se rateaban del colegio, cuando estaban juntos, habitando un mismo espacio. No es que no crea en esas palabras cuando se las digo, es que sé con seguridad que mi viejo está pensando más en lo que hizo la última vez que lo vio, en si le dio un abrazo, en cuáles fueron las últimas palabras de su hermano, en cómo (cómo cómo cómo) puede ser que le cueste tanto recordarlas. En el fondo, como dice Hazel Grace una vez concluida su elegía para Augustus (la segunda, la de los lugares comunes), uno dice todo lo que dice para que quien sufrió la pérdida pueda estar en paz. La paz. El estado más difícil, ese del que siempre estamos arañando la superficie. La paz se logra, creo yo, aprendiendo a lidiar con la incertidumbre. Porque la verdad es que no, que nunca vamos a saber por qué mi tío decidió irse, nunca vamos a terminar de formar el recuerdo exacto de la última vez que lo vimos y nunca vamos a hacer desaparecer ese domingo, cerca del mediodía, cuando el teléfono sonó y a mí me tocó levantar el tubo. Entonces, además de manejar la incertidumbre, quizás haya que aferrarse a una única certeza, esa a la que alude Javier Egea en el final de su poema “Camas tristes”: “hoy solo sé que existo y amanece”. Las dos realidades que menciona son incuestionables, ancladas en el presente, sin un atisbo de nostalgia o precipitación. Hoy estoy acá y está saliendo el sol. ¿Qué voy a hacer para que mi día importe o valga la pena? ¿Qué voy a hacer para no irme tanto hacia atrás y concentrarme en lo que tengo? Uno batalla contra la muerte todos los días, porque la muerte no tiene una sola forma. La muerte casi siempre tiene un eje estructural, casi nunca es una palabra suelta, ni en lo semántico ni en lo que está por fuera de lo gramatical. Es miedo a la muerte. Es dolor por haber padecido una muerte. Es intentar superar una muerte. Una vez le preguntaron a Silvina Ocampo para qué escribía y ella respondió: “para morir un poco menos”. Quizás todo desemboque en eso: en hacer lo que uno ama como forma de prolongar la eternidad. O de aprehenderla.

“Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse,
como a una ventana llena de sol” – Federico García Lorca

John Green es un autor obsesionado por la obsesión. Sus personajes están pidiendo, de una forma u otra, que se los recuerde. Sus personajes están pidiendo, de una forma u otra, que se les haga saber qué clase de impronta están dejando en el mundo. Sus personajes, también, se enfrentan a la muerte en lo cotidiano. Sin embargo, Green sabe que hay tantas visiones de la muerte como sujetos expuestos a ella. The Fault in Our Stars es la sucesora de Looking for Alaska, una novela mucho más oscura donde hay una protagonista que va a contramano de su entorno, cuyo velo de misterio está completamente distanciado de cualquier protototipo de chica freak que envuelve a los demás en su telaraña. No. Alaska es alguien a quien le duele la realidad, quien sufrió una pérdida doble (¿porque acaso cuando perdemos a alguien no se va también una parte nuestra?) y quien, si no cuaja en el presente, es porque no está viendo eso de “hoy solo sé que existo y amanece”. Para ella, casi nada vale la pena. Green, como haría posteriormente con The Fault in Our Stars, utiliza al cigarrillo como reflejo del estado anímico. Para Alaska es un arma de autodestrucción dolorosamente necesaria (“you smoke to enjoy it, I smoke to die”) y para Augustus es una metáfora (“you put the killing thing just between your teeth, but you don’t give it the power to do its killing”). Como sus personajes, Green descansa en el simbolismo. Mejor dicho: Green hace del simbolismo un arte para sobrellevar el presente, como si se tratara de una distracción vital. En Paper Towns, ese acertijo que debe resolver Quentin para encontrar a Margo es lo que le da un propósito, un sentido a una cotidianeidad parcialmente desdibujada. Lo mismo sucede con Miles y Alaska, pero no porque ella sea el enigma a resolver (aunque así pareciera a simple vista) sino porque él, en su afán por aprenderse las últimas palabras de grandes personalidades, está queriendo darles una eternidad, una trascendencia, un valor que muchos miran de costado (o que nunca logran ver). Más allá de las influencias que ha absorbido, de su corte Young Adult, de su evidente deseo por repetir la misma historia con ligeras variaciones, lo que lo vuelve fundamental a Green es, justamente, cómo nos muestra lo fundamental. En An Abundance of Katherines, Colin, el obsesivo de los anagramas, aprende que conectar todo lo que vemos es lo que nos convierte en narradores. En Looking for Alaska, Miles aprende que las palabras más importantes no son las de Thomas Edison (aunque el libro concluya con las mismas) sino las que puede dedicarle a Alaska. En The Fault in Our Stars, Augustus aprende que ser trascendente no es encontrar un gran propósito, ese “gran quizás” por el que peleó François Rebelais. Podemos ser trascendentes porque una persona nos amó, porque un amigo nos pidió ayuda, porque nuestros padres nos dicen frases hechas para aplacar el sufrimiento. Todo tiene que ver con la perspectiva. Este es mi mundo, y como tal lo acepto. Una vez, en un ataque de misantropía, nos preguntábamos con un amigo hacia dónde está corriendo la gente que quiere escalar, escalar y escalar, por el hecho mismo de hacerlo, no por un objetivo en concreto. ¿Hacia dónde corren? ¿Qué es lo que buscan? A su manera lo había dicho Franny Glass: “estoy harta de que todo el mundo quiera llegar a alguna parte, hacer algo notable, ser alguien interesante”. El desdén de Franny hacia el ego mal entendido demuestra hasta qué punto la literatura de Green está marcada por la de Salinger y hasta qué punto la belleza de sus personajes cobra vida cuando ellos padecen el momento de epifanía. En el caso de Augustus, en el poder decir “it’s a good life” porque sabe que sus padres, Hazel y su amigo Isaac no lo van a olvidar. Lo espectacular está en el ahora (“life is a series of moments called now” aprendería Sutter Keely, otro exponente young adult más imperfecto) y está en todo eso que debió haber pensado mi papá cuando le dije “recordalo bien”. Un abrazo, una rateada del colegio, un partido de fútbol. Lo más simple. Lo más extraordinario.

“En días como hoy, hoy pesa más de lo que este amor carece, que los labios, que la carne, que las lenguas, la saliva. Hoy sólo sé que existo y amanece” - Javier Egea

Para los amantes del libro, The Fault in Our Stars era una adaptación temida, acaso poco anhelada. ¿Cómo capturar el ingenio de Hazel Grace Lancaster y Augustus Waters? ¿Cómo serles fieles a esos personajes que batallan contra el cáncer con el sentido del humor y la autoconsciencia como pilares básicos? ¿Cómo traspolar las palabras de John Green de modo tal que no se traduzcan en soliloquios pretenciosos e intelectualoides? ¿Cómo no hacer de esas metáforas y simbolismos una manifestación de una postura cool, nerd, rayando lo intolerable? La respuesta es una sola y es, al mismo tiempo, un arma de doble filo. The Fault in Our Stars apunta a lo seguro. Cada una de las decisiones narrativas y estéticas están puestas al servicio de esa elección primigenia. Con esto en mente, se descartó la posibilidad de que Joe Swanberg realice el proyecto (dato que el propio Swanberg nos contó por acá) y se optó por un director como Josh Boone (quien venía de dirigir Stuck in Love), más medido y correcto, sin ningún tipo de impronta que pueda atentar contra el material de base (si acá hay un “autor”, ése es Green). Con este criterio también se eligió a la dupla Scott Neustadter-Michael H. Weber para la adaptación y ambos realizan, curiosamente, una acción opuesta a la que llevaron a cabo con The Spectacular Now. No solo no alteraron el material sino que lo respetaron a rajatabla: casi todas las frases “citables” del libro están en la película (a excepción de aquella que contextualiza su título). La suma de factores hace que The Fault in Our Stars no decepcione pero tampoco deslumbre. Esa naturalidad que se desprendía de cada fotograma del film de James Ponsoldt – como la caminata entre Aimee y Sutter, con sus remeras transpiradas por el calor y su ida y vuelta veloz y espontáneo, á la Before Sunrise -, acá parece más calculada, trabajada en beneficio de la audiencia, sin un atisbo de rebeldía ante el qué dirán. Boone y compañía sucumbieron a la presión/expectativa generalizada y concibieron una película excesivamente prolija, con una banda sonora un tanto invasiva y con algunos guiños adolescentes que podrían haberse obviado (las estrellas acá están tanto en lo verbal como en lo visual, incluso a modo de gráficos) y que no funcionan tan bien como otros (las paredes de los cuartos de Hazel y Augustus están plagados de detalles mencionados en el libro, desde el afiche de V for Vendetta hasta el póster de la banda apócrifa The Hectic Glow). Por tratarse de una adaptación de una novela acerca de lo memorable, The Fault in Our Stars solo adquiere esa cualidad gracias al incuestionable carisma de Shailene Woodley y Ansel Elgort. Si bien ella desborda esa naturalidad equiparable a la de Brie Larson, la verdadera sorpresa del film es el actor, quien tuvo a su cargo la difícil tarea de verbalizar los encantadores monólogos y/o intervenciones de Augustus sin que parezca que está recitando de memoria. Por el contrario, Elgort pone el foco en los detalles (desde cómo guiña el ojo hasta cómo golpea un volante) y consigue estar a la altura de Woodley en secuencias donde todo recae en ellos. Así, los dos momentos sobresalientes de The Fault in Our Stars son aquellos que, aún siéndoles fieles al libro, se enaltecen por sus protagonistas: la discusión entre Hazel y su mamá (una extraordinaria Laura Dern) y el ensayo del funeral de Augustus. Tres actores (Woodley, Elgort y un perfecto Nat Wolff), un solo escenario y las palabras de Green correctamente interpretadas, pensadas y analizadas por ellos. Cuando se ciñe a lo simple (a diferencia del microrrelato del viaje a Ámsterdam) la película cobra vuelo. Si el “you gave me a forever within the numbered days” es uno de los instantes más extraordinarios del libro, en el film es su punto fuerte por cada gesto de Woodley al enunciar y por cada mirada que Elgort le devuelve (“fuimos viviendo el mismo frío, la misma explotación, el mismo compromiso de seguir adelante a pesar del dolor” escribió también Egea).

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The Fault in Our Stars se convierte, de esta manera, en una película inofensiva a nivel cinematográfico pero conmovedora por esos destellos de amor y dolor que provee su dupla protagónica. Volviendo a Silvina Ocampo y las preguntas, esto dijo cuándo le inquirieron sobre la muerte de Julio Cortázar: “él, que sabía con tanta perfección no explicar en sus cuentos, ahora cuánto le agradeceríamos que nos explicara…ni siquiera puedo explicar qué, pues existen las lágrimas”. Así como mi papá recibió un llamado, así como Hazel recibe otro llamado que potencia su dolor a un diez (“i was saving my ten, and here it was”), así como todos recibimos esos llamados, literales y metafóricos, que nos pusieron de cara a la muerte, no hay frases hechas, ni explicaciones ni certezas que ayuden (“no hay palabras al silencio”). Sólo existen las lágrimas. Existe el sol que sale y se esconde en su eterno ciclo. Y existe uno, ahí, solo, tratando de hacer de un nuevo amanecer una nueva y memorable jornada. Tratando de importar en nuestro pequeño gran mundo. Tratando, como decía Ocampo, de hacer algo para morir un poco menos. 

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► [TRAILER] Algunos momentos de The Fault in Our Stars:

THE FAULT IN OUR STARS Extended Official Trailer HD 2014 from TheFault inour Stars on Vimeo.

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► [ENTREVISTA] Les dejo una linda charla que encontré entre Shailene Woodley (quien menciona “Slow Show” de The National como una de sus canciones favoritas, ganándose aún más mi cariño en el camino), Nat Wolff y el autor de la novela, John Green:

The Fault in Our Stars, On Tour from CityofIrving on Vimeo.

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN] Algunas canciones para recordar a quienes ya no están (gracias por los aportes):

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¡BUEN JUEVES PARA TODOS! Dos consignas para el post de hoy: 1. ¿Vieron The Fault in Our Stars? ¿Para ustedes le hace justicia al libro? Si quieren, pueden explayarse sobre John Green y sus novelas 2. Sin caer en el bajón total, me gustaría que hoy recordemos a alguien que hayamos perdido con una canción para armarles una playlist; yo quisiera recordar a mi tío, quien falleció hace dos años, con esta canción de Serú Girán; gracias a todos por el apoyo en el post de ayercomo comenté en el mismo, hasta que termine de editar la película, el blog se actualizará de lunes a miércoles, con Open Post los jueves; ¡ gracias de nuevo y que tengan un excelente día!

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Quiero hacerte perder el tiempo

“I’m in love with the world through the eyes of a girl”

Es raro, pero si uno escucha la frase “let me come over, I can waste your time, I’m bored” no sé si el romanticismo es lo primero que puede notarse reverberar de ella. Sin embargo, en “Gospel”, Matt Berninger está, a su modo, suplicándole a la mujer que ama que lo deje entrar en su jardín (“hang your holiday rainbow lights in the garden tonight, I’ll bring a nice icy drink to you”), que le permita sondear su pileta, que vuelva a poner en su lugar todo lo que está desencajado. En sí, le está diciendo que se encuentra en un estado de entumecimiento tal, que necesita de ella, aunque más no sea para que ella pierda el tiempo con él, aunque más no sea para hacerse compañía. Cuando “Gospel” suena en la película de Josh Boone Stuck in Love, la canción se resignifica. La canción, si hablamos de compañía, es la principal aliada de William (Greg Kinnear) en su propia súplica: la de encontrar a alguien que le permita dejar atrás el pasado. Berninger canta mientras William entra a un restaurante, mientras camina con una mujer, mientras irremisiblemente vuelve al mismo lugar donde siempre supo que pertenecía. Así, el “let me come over” es el pedido de un hombre totalmente entregado a su ex esposa Erica (Jennifer Connelly), a quien espía entre visillos, en un acto de masoquismo y en un acto de certeza no sólo de que el futuro de él sigue yaciendo ahí, sino de que el presente de ella es todo un gran mecanismo de escape más que una genuina seguridad de que lo pasado/pesado está efectivamente pisado. Stuck in Love emplea la música y la literatura como complementos de las voces de los personajes. Dicho de otra manera: todos ellos parecen hallar en las palabras una suerte de espejo de sí mismos. En consecuencia, se trata de una macro-historia ramificada en tres microrrelatos: el del mencionado William, ese célebre escritor cuya falta de inspiración es directamente proporcional a la falta de presencia de su ex mujer en su vida; el de Samantha (Lily Collins), su hija, también escritora, quien usa el sexo y el cinismo para lidiar con los coletazos del divorcio de sus padres; y el de Rusty (Nat Wolf, toda una revelación), hijo de William y también escritor, quien se enamora de su compañera de curso Kate y busca salvarla de sus adicciones, acumulando en simultáneo experiencias para salir de un bloqueo narrativo.

Una película que escupe cientos de referencias músico-literarias por minuto podría haber sido no más que eso: una calculada maniobra con buen ojo para impactar al corazón indie más sensible. Lo cierto es que, en cierta medida, todos esos tiros a quienes encuentran en palabras y melodías maneras de comunicarse, dan siempre en el blanco. Difícilmente uno pueda ser inmune a un hecho tan simple y cotidiano como el que voy a describir a continuación. Noche. Navidad. Rusty y Kate están solos en una habitación. Ella le da su regalo. Él lo abre. Es un disco. Fevers and Mirrors de Bright Eyes. “No es solo un disco” asegura. “¿No?”. “No, es un mapa a mi alma, es como si me dieras tu libro favorito”, a lo que él responde precisamente con ese acto y le regala IT de Stephen King. Como se podrá ver, no se trata de una secuencia virtuosa, alberga a dos personas en un solo espacio y está filmada con un sencillo plano-contraplano. Nada más. ¿Nada más? Nada más si la vemos bajo esa lupa, mucho si la pensamos como una situación que es propulsada por quienes creen que los gustos nos configuran tan certeramente que el compartirlos con los demás puede ser, como dice Kate, una mirada hacia lo más íntimo. La escena no sólo no es arbitraria sino que se hilvana con otra, protagonizada por Samantha y Louis (Logan Lerman), el “chico bueno” ante quien ella se resiste. El contexto es también la noche. Ambos están solos en un auto. Él le pregunta por su canción favorita. Ella responde “Polyethylene Pam” de los Beatles y él hace lo propio: “’Between the Bars’ de Elliott Smith”. “Hacémela escuchar” le pide ella. Las palabras de Elliott (“drink up, baby, stay up all night, the things you could do, you won’t but you might, the potential you’ll be, that you’ll never see, the promises you’ll only make…”) llenan el silencio que se genera cuando Samantha cierra los ojos y empieza a llorar. Esa canción, una canción que hasta ese momento no conocía, está hablando por ella. Por ende, cuando le pide a Louis que no la lastime, que es él quien la hace sentir menos cínica, es cuando logra ese potencial del que habla Elliott. Nadie puede sentirse completo si no arroja el dado, si no se expone, si no conoce o se deja conocer. “What did you want from this life?” – “To call myself beloved, to feel myself beloved on the earth” escribió Raymond Carver. Justamente, no es ni Salinger y el hastío adolescente ni Fitzgerald y la nostalgia del pasado, es Carver el escritor que se cita en la película. Esto tampoco es arbitrario. Qué mejor que un poeta de lo prosaico para representar tres relaciones digitadas por lo mismo: indagar para intentar resolver el acertijo ulterior, ese que se pregunta de qué hablamos cuando hablamos de amor.

“I could hear my heart beating. I could hear everyone’s heart. I could hear the human noise we sat there making, not one of use moving, not even when the room went dark”. Cuando William alude a esas palabras de Carver está hablando de una de las tantas formas del amor, la cálida sensación de mirar al costado y no hallarse solo. Pero esa imagen no está representada únicamente por él y su convicción de que la mujer que necesita es la mujer que no tiene (y a quien sigue dejándole un plato en la mesa). También la representa su hijo al ayudar a su novia a salir de las drogas, entendiéndose un poco más a sí mismo y escribiendo en función a ese autodescubrimiento; y también la representa Samantha al advertir que esa distinción que tan clara tenía en su cabeza (su división entre quienes son “románticos incurables” y quienes son “realistas” respecto a las relaciones) sólo la configuró porque nunca contempló la alternativa. Sí, claro, ella enarbola monólogos sobre cómo hay disfrutar las cosas, sobre el carpe diem, el sexo casual, el no planear nada, hasta que alguien pone “Between the Bars” en un auto y se da cuenta de que su mantra carece de sentido. De que se puede vivir de vivir el presente, pero no se puede realmente vivir si alguien no llega a vos, si alguien no te descifra. “Las cosas más importantes son las más difíciles de decir”. Sí, Stuck in Love también cita a Stephen King, también lo incorpora como personaje. Lo hace para mostrarnos que nadie está exento de esa búsqueda de perdurabilidad en los vínculos, de que nadie está exento del escuchar una canción, ver una escena, leer el fragmento de un libro y verse asaltado por esa embriagadora necesidad de llamar a alguien para contárselo. Lo mágico del film de Boone es que se define (y define a sus protagonistas) a través de libros y canciones sin apelar a las generalizaciones. Por lo tanto, que lo ponga a Matt Berninger a cantar sobre el deseo de perder el tiempo con alguien (en el mejor sentido de la frase, como ya he señalado) o a Elliott Smith sobre cómo una persona puede provocar un sismo emocional (“separate from the rest, where I like you the best”) o que aluda a Carver y a esos corazones latiendo al unísono, es todo un acierto, una rareza dentro de un cliché. Porque al fin y al cabo, cuando el día concluye y ponemos la mesa para comer mientras la noche cae, queremos sentir que hay alguien, más lejos o más cerca, pensando en nosotros, escuchando un disco que le dimos, leyendo un libro que le recomendamos o, simplemente, manteniéndonos vivos en el recuerdo. Porque creo que todo estamos unidos por un mismo anhelo y en el fondo creo que nadie…nadie quiere ser fácil de olvidar. 

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► [TRAILER] Algunas imágenes de Stuck in Love:

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► [DE YAPA] The National y una bella versión de “Gospel”:

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► [OTRA YAPA] Elliott Smith canta “Between the Bars”:

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Este martes, dos consignas: 1. Quienes hayan visto Stuck in Love pueden explayarse sobre ella; 2. Por otro lado, me gustaría que se definan a ustedes mismos con a) una película b) una cita c) una canción: como siempre, espero sus comentarios; ¡los leo, muchachada! ¡buen martes!

Teniendo en cuenta lo que conté de la película, agrego esta consigna: ¿qué disco, película y libro le regalarían ustedes a alguien? Voy yo con mis ejemplos:

Disco: IN RAINBOWS (Radiohead)

Película: EXCURSIONES (Ezequiel Acuña)

Libro: THE FAULT IN OUR STARS (John Green)

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