La escena del día: Los amores imaginarios

*Escena propuesta por: Facundo Sutherland

Atención: se revelan algunos detalles del argumento

“Estoy en un café. Lo estoy esperando. Está atrasado. Pero solo por un minuto, así que no es importante. Entonces, el primer paso: amar su llegar tarde. Pienso que eso lo hace más humano, que le da un cierto sex appeal. El segundo paso: chequear mi agenda. Me hago preguntas. Quizás yo me equivoqué. Entonces invento escenarios. Me imagino llegando tarde a otro café. Después miro el lugar en donde estoy y sí, estoy en el lugar adecuado. Pasaron 32 minutos. El tercer paso: me digo a mí misma que no me importa esperar. Me mantengo entretenida, leo. Pretendo que leo el mismo puto párrafo. Voy al baño, después me pido algo más de tomar. Ahora lo odio. Lo insulto en mi cabeza. Pienso en frases que suenen inteligentes para cuando aparezca. Pasaron 39 minutos. Él llega. Sin aliento. Hermoso. El tráfico fue un infierno. Sí. Lo perdono. Me digo a mí misma que claro, que por supuesto, que es normal que llegue tarde. Porque…porque soy débil y alguien a quien ponés en un pedestal siempre tiene la razón”. En esta breve anécdota narrada por uno de los personajes secundarios de Los amores imaginarios (aquellos que aparecen en fragmentos semi-documentales) se concentra la esencia del segundo film de Xavier Dolan: el pseudoamor, aquel al que se lo mantiene incandescente siempre y cuando no se mire a los costados, siempre y cuando importe más el concepto que cualquier clase de detalle sustancial. Dos mejores amigos, Francis (el propio Dolan) y Marie (una extraordinaria y nouvellevaguiana Monia Chokri) se enamoran de la misma persona, Nicholas (Niels Schneider), un despreocupado, bohemio y bello joven que brinda cariño con la misma facilidad con la que se desliga de las consecuencias de su accionar. La consecuencia, en este caso, no es tanto la irrupción que su presencia genera en esa amistad (o el quiebre de la misma) ante situaciones inmanejables (un viaje de a tres, una noche durmiendo de a tres, un desayuno de a tres), sino lo que la obsesión de Francis y Marie está diciendo sobre su visión (una sola, la misma, la más cobarde) del amor. Dolan indudablemente retoma ese regodeo en la belleza del mejor Wong Kar-wai pero el énfasis extremo en la puesta en escena no es un rasgo de autor superfluo sino la única vía posible para ilustrar esa sensación onírica que provoca el enamoramiento más infantil, ese acto de poner a alguien “en un pedestal” perdiéndose uno en el camino, o aún peor: intentando ser otro por creer, acaso ingenuamente, que el objeto de nuestro afecto está buscando eso, pero jamás con la necesidad de corroborarlo. Por ende, Dolan traza una línea entre quienes experimentan las relaciones como aviones estrellados (los testimonios documentales vendrían a pertenecer a ese grupo y son, justamente, los menos estilizados visualmente, aquellos donde la palabra predomina por sobre la imagen) y quienes, como Francis y Marie, experimentan el amor con narcisismo, observando en su caso a Nicholas como si se tratase de un dios (griego), como si todo su transcurrir se produjese en un hipnótico ralenti.

En su libro El arte de amar, Erich Fromm, además de puntualizar en cómo la mayoría de los individuos están más preocupados por ser amados que por aprender ellos mismos a amar, desglosa todas las formas de amor que pueden suscitarse. Dos de ellas están ligadas a la concepción que muestra Dolan a través de ese triángulo: la forma idolátrica y la forma sentimental, las únicas en provocar la obnubilación del juicio (“enamorarse siempre linda con lo anormal, siempre se acompaña de ceguera a la realidad, de compulsividad” había dicho Freud). La idolátrica, para Fromm, se despierta cuando “la persona está enajenada de sus propios poderes y los proyecta en la persona amada, a quien adora como al súmmum bonum (…) y, puesto que ninguna persona puede, a la larga, responder a las expectaciones de su adorador, inevitablemente se produce una desilusión, y para remediarla se busca un nuevo ídolo, a veces en una sucesión interminable”. Por otro lado, la forma sentimental tiene una esencia que consiste en experimentar al amor únicamente a partir de la fantasía, nunca “en el aquí y ahora de la relación con otra persona real”. En definitiva, estamos hablando de dos modos de amar que, como les sucede a los protagonistas del film, evaden el pleno conocimiento de ese ser idolatrado (Dolan muestra esa idolatría como algo tierno y al mismo tiempo patético, como esa pelea entre los amigos en un campo, totalmente inmadura, logra manifestar), dándole más valor a las percepciones que a lo sustancial (“quien no conoce nada no ama nada”). El hecho de que los únicos que hablen del amor como algo imperfecto, doloroso y muchas veces problemático sean los personajes adyacentes a Francis y Marie está vinculado a que esos amigos son, por su forma de observar las cosas desde su apariencia (un corte de pelo, un sweater, un vestido vintage), por su postura ante las horas de sexo (a las que Dolan se aproxima desde los roces, la sutileza, lo artificial, es decir: lo sensual y no sexual), dos eternos soñadores encapsulados en una misma burbuja. Por eso, el director no nos muestra ni sus familias ni sus conflictos económicos y/o crisis de identidad o laborales: para ellos solo importa Nicholas y así es cómo nosotros atestiguamos su mundo, con la mirada siempre restringida. “El polo opuesto del narcisismo es la objetividad, es la capacidad de ver a la gente y las cosas tal como son, y poder separarla de la imagen formada por los propios deseos” escribió también Fromm. Sobre el final, cuando llega la desilusión y con ella la compulsiva necesidad de buscar otro ídolo para emular, para complacer, para fundirse y perderse en él, Dolan filma los rostros de Francis y Marie con un alto nivel de grotesco, como quien muestra a dos personas que descansan en la fantasía por miedo a dar el salto y amar como un acto que requiere de valentía, de afrontar el momento en el que se achica la brecha. Como se preguntan en el film: “Vos amás el concepto, amás el concepto más de lo que lo amás a él. Amás la distancia, pero… ¿qué vas a hacer cuando no haya más distancia?”. 

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► [VIDEO] Les dejo la gran escena que propuso Facundo:

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► DE YAPA: La playlist romántica que armaron ustedes:

Songs for Lovers by cinescalas on Grooveshark

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Este jueves, la consigna es triple: 1. ¿Vieron Los amores imaginarios? ¿Qué les pareció? 2. ¿Les gusta el cine francés? ¿Qué films en particular? 3. Como se ve en la secuencia que propuso Facundo, ¿con qué canción musicalizarían los momentos más románticos de su vida cotidiana?; hagan sus aportes que más tarde les dejo una playlist; como todos los jueves, también pueden proponer un Deathmatch y/o Escena del día; ¡Gracias a todos! ¡Dejen sus comentarios, los leo!

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[OFF TOPIC] Muchachada, estoy haciendo unas entrevistas en el BAFICI para publicar en el blog la semana que viene, por lo cual se me complica postear mañana; ¡el lunes vuelvo a la normalidad, lo prometo! ¡gracias por la paciencia de siempre! ¡nos vemos pronto! ;)

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