Spotlight: Con sudor de tinta y rechinar de dientes

Mike Wallace: And do you wish you hadn’t come forward? Do you wish you hadn’t blown the whistle?

Jeffrey Wigand: There are times when I wish I hadn’t done it. There are times when I feel com… compelled to do it; if you asked me, would I do it again, do I think it’s worth it? Yeah, I think it’s worth it

The Insider

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento 

Del otro lado del teléfono, a Jeffrey Wigand se lo nota agitado, molesto, volcánico. Tan solo unos segundos antes, el productor de 60 Minutes Lowell Bergman lo había acribillado con una seguidilla de preguntas personales, incómodas, vergonzosas. Para ese informante, para ese hombre que había arriesgado su estabilidad física, emocional y profesional, los traspiés de su pasado no podían tener correlación alguna con la causa puntual contra Brown & Williamson de la que se había convertido, involuntariamente, en su abanderado. Lowell sube la voz para hacerse entender, para hacerle entender que los errores acumulados – por más triviales que parezcan – dejan de ser mínimos cuando hay un Goliat poniéndoles la lupa encima. Wigand, ese hombre ordinario bajo circunstancias extraordinarias que carecía de “la gracia y consistencia” que pretendía el periodista Mike Wallace, se obnubila y repite incansablemente la misma pregunta (retórica). “¿Qué tiene que ver eso con mi testimonio? ¡Yo dije la verdad!”. Bergman, hastiado, sube la voz una vez más y le aclara que “no hace una puta diferencia si dijiste la verdad o no”. Por unos minutos, entre un hombre y el otro, entre un teléfono y el otro, el tiempo se suspende y se crea un silencio notorio, silencio contra el que Wigand atenta susurrando su manifiesto. “Yo dije la verdad” y cuelga el tubo. The Insider, a mi criterio la mejor película de Michael Mann, muestra en una rabiosa secuencia de menos de cinco minutos las distintas posiciones que se toman ante el tumultuoso proceso de exponer una verdad. Por un lado, Bergman representa el cinismo de quien ha presenciado cómo se mueve el engranaje, de cómo para poder informar como se debe es necesario eludir la presura y resolver cada obstáculo con la mente clara. Bergman es consciente de que uno de los titanes de las tabacaleras no tendrá impunidad en extirpar una potencial falla del denunciante en cuestión para humillarlo, desmotivarlo y eventualmente desacreditarlo. El contenido cuenta, claro. Pero la forma en la que es presentado cuenta aún más. Por otro lado, Wigand, un hombre a priori temperamental, considera que su verdad está por encima de cualquier interna o agenda empresarial. En consecuencia, le es indistinto si CBS no puede emitir su testimonio porque en ese caso la cadena puede ser demandada y comprada por Brown & Williamson, así como le es indistinto si pagó unas multas de tránsito años atrás. La verdad es una sola: “we are in the nicotine delivery business”. De este modo, The Insider toma la inseguridad de Wigand y su superación como el mero puntapié de un largo recorrido. Entre emitir un testimonio y el presenciar su repercusión hay una brecha enorme, achicada a fuerza de noches de insomnio por investigación, de noches de insomnio por acoso telefónico, de noches de insomnio por reuniones burocráticas. El apuro del damnificado, en ese contexto, es la mejor arma del enemigo. La perseverancia, por el contrario, es la cualidad ideal para derribar el sistema.

En su imprescindible prólogo a Los lanzallamas, Robert Arlt esboza un número de razones por las cuales escribir es algo tan arduo como gratificante, una tarea que conlleva el esfuerzo como rasgo intrínseco, que vale la pena por todo lo que se deja en el papel, independientemente de la hora, del día, de la semana, de las circunstancias. En un extraordinario pasaje, Arlt concibe una plegaria para los escritores en formación (la formación que solo te da el escribir todos los días de tu vida), solicitándoles que si tienen algo para contar, tomen cualquier herramienta que tengan a mano, un papel, una servilleta, un cuaderno, un lápiz, una lapicera, lo que sea que cumpla esa particular función. Su visión tiene una cierta filiación con aquello escrito por Alejandra Pizarnik: “el poema se hace con palabras”. Es decir, uno es escritor cuando escribe. Para escribir no hay otra receta más que la de sentarse a hacerlo. Para Arlt, asimismo, se trata casi de un derecho. “Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes (…) con manos fatigadas hora tras hora, hora tras hora; a veces se le caía a uno la cabeza de fatiga”. Spotlight, la obra maestra de Thomas McCarthy co-escrita con Josh Singer (quien explotó sus conocimientos respecto al vértigo de la investigación y al vértigo de la libertad de expresión ya abordado en sus guiones para The West Wing y para la fallida The Fifht Estate), no solo puede ser hermanada con The Insider por cómo expone el entreverado camino hacia arrojar luz (o lanzar llamas) sobre un hecho sino también con ese prólogo de Arlt, uno que cuestiona las presiones en esa tarea casi quirúrgica de concebir un determinado texto: “estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento; escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana”. En Spotlight convergen cuatro mundos. En primera medida, tenemos el caso en el que está basada: la investigación del equipo Spotlight del periódico The Boston Globe que desenmascaró una red de pedofilia de curas en Massachusetts. En segunda medida, tenemos el contexto. Boston, un universo aparte, una ciudad repleta de iglesias a las que McCarthy filma como si estuvieran en un cuarto plano, a lo lejos, omnipresentes, con niños corriendo alrededor o con una víctima de pedofilia caminando frente a ellas. En tercer lugar, nos encontramos con el marco de la redacción de un diario que necesita aumentar su volumen de lectores y que recibe con aprehensión la llegada de un nuevo editor, Marty Baron (un Liev Schreiber impecable), un outsider con fama de hacer ajustes, un hombre oriundo de Florida, judío y sin intenciones de responder al arzobispo Bernard Law. En una magistral escena, Baron visita a Law para presentarse, una formalidad habitual a la que accede con reticencia. Baron se sienta frente a él y escucha consejos que revelan la ideología del arzobispo, una que apunta a que el diario más importante de la ciudad debe colaborar con la Iglesia con el fin de lograr una mejoría en conjunto (no tan así, dado que el beneficio es más bien unilateral). Baron, quien solo quiere hacer su trabajo (como todos los personajes de Spotlight) y quien considera que la novela The curse of the Bambino de Dan Shaughnessy es la verdadera guía no eclesiástica de Boston, respetuosamente lo contradice: “para que un diario funcione mejor en realidad debe sostenerse solo”. Esa frase marca el tono de Spotlight, un film extremadamente contenido y sutil, que se vale de detalles subrepticios para resonar aún más fuerte. Así es cómo, en tercera medida, entran en juego los periodistas del equipo de trabajo en cuestión. Michael Rezendes (Mark Ruffalo), Sacha Pfeiffer (Rachel McAdams), Matt Carroll (Brian d’Arcy James) y su editor en jefe (“yo prefiero que me digan ‘entrenador’”) Walter “Robby” Robinson (Michael Keaton) inician la investigación con un solo cura como figura a investigar y gracias a la mirada de Baron, que al no estar contaminada por la familiaridad con Boston, observa lo que nadie hizo antes (así, el título Spotlight adquiere más de un sentido: no es solo una persona quien “ve la luz” sino que es una revelación en conjunto, algo así como “quien quiera oír que oiga”) y propulsa lo que sería el artículo definitivo escrito por Rezendes en el 2002 que les valió a todos el Pulitzer. Asimismo, y como otro ejemplo de la sobriedad del film, hallamos un monólogo de Baron sobre la importancia de la investigación, una que derivó en el descubrimiento de noventa curas y sus víctimas en el área. A McCarthy y a Singer no les interesa remarcar el dato del Pulitzer (relegado a una placa final), dado que el verdadero premio es el impacto de la publicación y la vital diferencia que puede hacer la labor de un periodista: “a veces es fácil olvidarse de que pasamos mucho tiempo en la oscuridad hasta que alguien prende la luz (…) pero todos han hecho un buen trabajo, uno que va a tener un impacto considerable e inmediato; en mi opinión, es por historias como esta que hacemos lo que hacemos”. La cotidianidad del trabajo del periodista es clave para Spotlight, película que convierte acciones mundanas en algo magnético. Desde el cambio en el color de las lapiceras (Robby como editor escribe con una negra, sus periodistas con unas azules y, sobre el final, la tinta de todas es roja), pasando por los movimientos imperceptibles de la redacción (Baron escribiendo en una oficina de fondo, mientras que la cámara se centra en el caminar de Robby con su jefe Ben Bradlee Jr.) hasta la brillante secuencia de la recolección y entrega de datos, Spotlight habla de cómo esa perseverancia fue vital para no apurar la historia, una que debía mostrar lo sistémico, es decir, la complicidad del Vaticano hacia Law y otros curas que no fueron excomulgados por las denuncias sino reubicados en otras parroquias. Por ende, la historia jamás debía abocarse a un solo arzobispo protegiendo a un solo cura, ya que ese ángulo para el informe iba a ser irremisiblemente inocuo.

“Siempre pensé que iba a volver a la iglesia” le confiesa Michael a su compañera Sacha, a lo que ella le responde: “sí, yo dejé de ir, es un sentimiento horrible, pero estás así porque te importa la historia, a todos nos pasa”. Con excepción de un arrebato de bronca por parte de Rezendes (precedido por otra gran secuencia de lectura de una carta reveladora, carta narrada en voz alta arriba de un taxi que atraviesa toda la ciudad, mostrando así a una víctima con su hijo como diciéndonos que Boston es más chica de lo que parece), Spotlight no tiene momentos de estridencia y jamás pierde el eje. Si el espectador recibe golpes – a fin de cuentas, el abuso infantil contiene sucesos gráficos difíciles de escuchar – es a partir de gestos tan simples e íntimos como una víctima que se rasca el brazo dejando entrever los pinchazos de una aguja; como los ojos llorosos de Mitchell Garabedian (Stanley Tucci), el abogado representante de esas víctimas, al recibir el artículo finalmente publicado; como la punzante frase de Phil Saviano, fundador del grupo de autoayuda SNAP (Survivors Network of those Abused by Priests), sobre lo ingenuo de su reacción ante el abuso: “cuando sos un chico pobre de una familia pobre y un cura te presta atención es algo importante, ¿cómo se le dice que no a Dios?”; como la lapicera del abogado representante de la Iglesia Jim Sullivan, amigo de Robby, subrayando todos los nombres de los curas acusados no sin antes preguntarle al periodista acerca de por qué no descubrió antes lo que estaba sucediendo a metros suyo. En este aspecto, Spotlight también pone el foco en la dinámica de las reuniones sociales, del método “a guy leans on a guy”, de cómo una mentira sumada a otra y a otra y otra crea una red de protección en apariencia impenetrable (“if it takes a village to raise a child, it takes a village to abuse one” dice Garabedian, en una de las citas más fuertes del film). Por lo tanto, cuando McCarthy muestra las famosas reuniones de sumario, espacio en el que Baron, Robinson y Bradley Jr. se debaten la fecha de publicación del artículo (pospuesta por la tragedia del 11 de septiembre, otro hecho al que se lo aborda de forma medida; y luego pospuesta porque “no se puede publicar este caso en plena Navidad”) queda más en evidencia que el tiempo es el verdadero amigo del porvenir, como afirmaba Arlt. “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”, el trabajo como parábola del cross a la mandíbula para los eunucos que bufan. En su discurso de aceptación del premio Whisteblower publicado por Zeit Online, Edward Snowden dijo lo siguiente: “ser reconocido como un defensor de las libertadas por haber hecho estallar la verdad es un inmenso honor; sin embargo, esos honores deberían corresponder a los individuos y organizaciones de todo el mundo que, juntos, superaron barreras geográficas y lingüísticas; no fui yo: fueron los periódicos del mundo entero los que levantaron la voz”. Snowden alude, claro, a la violación de los derechos constitucionales, a la violación de la privacidad en un momento en el que la tecnología era (y sigue siendo) un arma de doble filo.

Spotlight, desde su ascetismo, habla de cómo hacer estallar la verdad es también un honor desde el momento en el que el Boston Globe (cuyo edificio está ubicado junto a un cartel de AOL, todo un símbolo que yace en el film acerca de cómo los medios de comunicación entablan esa obsoleta puja como si fueran mutuamente excluyentes), con la tapa en la que se lee el titular “church allowed abuse by priest for years”, cae en la puerta de los vecinos de la ciudad como paso previo a llegar a todo el mundo. La voz levantada de los periodistas a la que alude Snowden se revierte en el final del film de McCarthy cuando cada uno de esos miembros del equipo atienden el teléfono, se anuncian como “spotlight” y pasan a ser los que aguardan la ascensión de las voces de otras víctimas, cuya valentía hizo posible que ese sudor de tinta se mantenga activo para escribir nada menos que seiscientos artículos más. √ 

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► [TRAILER] Algunas imágenes de Spotlight:

Spotlight - Domestic Trailer from InSync + BemisBalkind on Vimeo.

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► [DE YAPA] Anatomía de una escena, por el New York Times:

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy simplemente les dejo dos consignas: 1. Debatir Spotlight de Tom McCarthy: ¿qué opinión tienen del film? 2. ¿Qué otras películas de periodistas y/o de investigación quisieran destacar en este post? Como siempre, los espero en los comentarios y nos reencontramos mañana con el clásico concurso/prode de los Oscars; ¡hasta entonces, muchachada!

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Birdman o (la legitimación de la ignorancia)

Hoy en Cinescalas escribe: José Tripodero

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Muchos teníamos la presunción de que esta nueva película de Alejandro Gónzalez Iñárritu se iba a desprender del resto de su filmografía, es decir, de aquellos lugares miserables en los que ubicaba a sus criaturas, haciéndolas atravesar el peor de los infiernos. Nada más errado. Birdman es la hiperbolización de los motivos del cine del mexicano, en el cual su tema es sin dudas la misantropía. Su comienzo no puede augurar más que una confirmación de ese aire pretencioso que se esboza en el título completo: Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) porque se ve caer un cuerpo celeste, una situación que no parece tener un enlace con el resto de la película, es una suerte de prólogo metafórico de la carrera del actor Riggan Thomson (Michael Keaton). ¿Quién es Riggan Thomson? Un actor que busca la legitimación artística que borre su pasado de actor de Hollywood encasillado en una trilogía sobre un superhéroe llamado Birdman, y ese intento es a través de una representación en Broadway de la obra What We Talk About When We Talk About Love de Raymond Carver.

Luego del prólogo comienza el virulento viaje envuelto en el papel celofán del plano secuencia, más bien la película en lo retórico es visualmente un puñado de planos secuencia, que unidos entre sí generan un efecto sensorial de una película realizada en una sola toma. La cámara sigue a Riggan Thomson por los pasillos, los recovecos, el escenario y demás lugares del teatro, en su primera parada se topa con el ensayo de una escena de la obra. Uno de los actores se ve extralimitado en sus facultades, sobreactuando su papel, la respuesta a ese lugar común de la profesión es un farol que le cae accidentalmente en la cabeza, dejándolo inconsciente. Con una mirada en picado de tal circunstancia, Iñárritu materializa su preconcepto sobre la labor del actor en general, no hay una construcción de comicidad, tan solo un castigo. La presión de Thomson es cada vez mayor, su trabajo no se limita a actuar en la obra porque también la produce y dirige.  Lejos de presentar un panorama bajo el signo de la farsa o de una comedia sobre el detrás de escena de una compañía teatral, Iñárritu se esfuerza en acomodar un maremoto rancio de prejuicios sobre el papel del arte y de todos sus involucrados, sin importar ni diferenciar los espacios: Hollywood o Broadway, da lo mismo. Su tesis sobre los espacios y las disciplinas artísticas no buscan probar nada porque Iñárritu no reflexiona ni crítica: le arroja las ideas por la cabeza al espectador, todo ya masticado. La muñeca de la farsa la tienen aquellos que se desprenden del tono ultraserio y dan paso al humor autoconsciente, un ejemplo de ello es Bowfinger (Frank Oz, 1997) que ofrecía una parodia inteligente de la escena hollywoodense por conocer la industria, o sea cumplía con la primera regla de la deconstrucción: saber la composición de los materiales que tuerce, rompe o subvierte. La antítesis de aquella maravillosa película es el trabajo del director de 21 gramos. En la escena posterior a la caída del farol sobre uno de los actores, Riggan y su productor-abogado-mejor amigo (Zach Galifianakis) discuten sobre quién va a ser el reemplazo, mientras el primero tira nombres potables de actores famosos como Woody Harrelson, Michael Fassbender y Jeremy Renner, las respuestas son las películas que involucran a ellos en sagas de superhéroes o destinadas (a priori) al público adolescente. El final de la discusión es: “¡Maldición! ¿Lo agarraron a él también?”, dice Riggan refiriéndose a Renner al descubrir que tiene un papel en The Avengers. Los diálogos entre ambos personajes solo denotan una ofensa al cine de superhéroes, no hay un uso de la retórica oral para generar sentido, mucho menos para argumentar sus ideas al respecto. Hay un reduccionismo irritante del género cuando el personaje de Birdman (que no para de atormentar al pobre protagonista con su voz en off durante toda la película) aparece en cuerpo y alma para acompañarlo a Riggan en la calle, de su mente sale una bestia que libra una pequeña batalla con explosiones, de la que nos parece decir que los superhéroes se limitan a la vacuidad de explosiones y demás efectos de CGI porque son carentes de inteligencia.

La humillación parece ser una de esos círculos del infierno que atraviesan todos los personajes, no solo de esta película, sino de toda la filmografía de este director. El padecimiento lo viven todos, nadie se salva, incluso la odiosa crítica de teatro. Sí, hay una mirada igual de hueca para la labor reflexiva e intelectual porque Iñárritu descree de la dialéctica entre producción y reconocimiento, entre artista e interlocutor reflexivo, según su visión no puede haber un momento superador que los una. La escena del bar entre ambos personajes, batiéndose a un duelo de prejuicios será la tristemente célebre de toda la película, la cual es imperativa de analizar a fondo sin ignorar cada uno de sus momentos. Riggan se le acerca a la crítica con una nota que Raymond Carver le dejó cuando él era un estudiante de actuación: “Esta nota me la dejó veinte años antes de ponerme el traje”, haciendo alusión a que Carver veía en él talento auténtico antes de que el acto se contaminase con el cine de Hollywood. La mujer lo ignora y le dice: “No importa. Voy a destruir tu obra”. El patetismo del actor le lleva a preguntarle: “¿Te hice algo? ¿Te ofendí de alguna manera?” y en ese instante ella desembucha un discurso añejo, que podría ser originario de la época del historiador renacentista Giorgio Vasari, al decirle: “De hecho lo hiciste. Tomaste un teatro que debió usarse para algo más valioso” y remata con: “Voy a hacer la peor crítica (…) porque odio lo que representás… niños malcriados, odiosos sin preparación, incapaz de producir arte de verdad, dándose premios unos a otros por caricaturas y pornografía, midiendo su valor en fines de semana. Esto es el teatro, no podés pretender escribir, dirigir y actuar tu propia obra sin pasar por mí primero. Así que mucha suerte.”

Por un carril, el personaje de Riggan es el receptor de semejante dardo pero por otro es la profesión de la crítica la víctima del daño colateral. Es por eso que Riggan le arranca de la mano a la crítica una nota que estaba escribiendo y comienza a leerla en tono burlón, deteniéndose en los adjetivos para definirla como alguien que simplemente le pone etiquetas a todo. El final de la escena es la reconfirmación del patetismo: “Esta obra me costó todo”, dice Michael Keaton con la dosis más elevada de sobreactuación posible (un registro en el que se inscriben todos los actores de Birdman), mientras la sobriedad de la gran Lindsay Duncan (la única en salvarse) contesta sin levantar la voz: “Voy matar a tu obra”. Todas las aseveraciones no pertenecen al mundo actual de la crítica, ni aquí ni en Estados Unidos, todo es falso y ni siquiera los críticos más avezados como lo eran Pauline Kael o Andrew Sarris -por citar dos iconos de corrientes opuestas- podían permitirse pensar que eran los mandamases de una escena artística, que por ellos debían pasar los artistas para ser legitimados como hombres y mujeres pertenecientes al cinema qualité. La lectura que se puede hacer de esta escena no puede comprender una linealidad más que recta, no hay –nuevamente- humor de ningún tipo, ni sarcasmo ni ironía, tan solo una exhaustiva articulación de palabras humillantes, elegidas quirúrgicamente para lastimar. Iñárritu cree que es cool cuando en realidad sus diálogos destilan aceite usado –peor aún- que ya nadie usaría, porque pensar que una sola persona puede ser tan influyente de cerrar una obra o de destruir una película es poco menos que una burla a la capacidad intelectual del espectador. La imagen de los interlocutores para el director (ya a esta altura le cabe la misma responsabilidad a los otros dos guionistas) es la del prejuicio, la del desconocimiento de la disciplina, tal como sucedía con el cine de superhéroes que tan mal resumía en una explosión sin sentido.

Dentro de la diégesis, la escena del bar es un acontecimiento porque resulta ser el fósforo que se enciende antes de ser arrojado una chimenea. Riggan toma la decisión final, no hay vuelta atrás, solo le queda –literalmente- una bala para lograr su ansiada legitimidad en el arte. El final de la obra, que termina con un disparo, es subvertido al cruce de la realidad en territorio de la ficción, nuestro héroe se dispara en la cabeza, mientras los espectadores tenemos de frente la reacción de un público que aplaude, menos la crítica, quien aguarda sentada unos segundos y luego sale disparada, viéndosela salir en un costadito del cuadro. Iñárritu no se animó a darle su estocada miserable y letal a su criatura protagonista. ¿Acaso tuvo piedad? No, en absoluto, simplemente le dio una transfusión para mantenerlo con vida y someterlo a un último círculo de humillación. Su tiro terminó con su nariz pero no con su vida, y ya en el hospital vemos la coronación de su acto, el público y la crítica lo aclaman. La gente deja velas encendidas orando por su recuperación y la “malvada” crítica escribe un artículo eufórico cuyo título es: “La inesperada virtud de la ignorancia”, en la que dice que el trabajo de Riggan Thomson creó una nueva forma de arte llamada: “superrealismo”. Tan pueril y pobre es la capacidad del director para construir humor que no hay forma de reaccionar ante semejante discurso, es decir no podemos discernir si enunciativamente es un acto de metacrítica feroz o sí es una burla ingeniosa (un tono que sería inédito para esta película). Ninguna de las dos cosas al parecer. Es, sí, la desazón de Riggan Thomson, quién tiene al mundo a sus pies con posibles funciones en Londres y París más la transposición al cine de su adaptación teatral y la credencial que lo convierte en un hombre del arte más puro, otorgado por la crítica. Es el mensaje prejuicioso de siempre: solo los actos extraordinariamente truculentos despiertan multitudes y provocan una reverberación en la crítica (la etiqueta “superrealismo”). No es casual que aparezca como escena de transición (entre el disparo y el hospital) la caída del cuerpo celeste que veíamos al inicio del film porque el héroe está a punto de estrellarse nuevamente y esta vez para siempre ya que descubre que al final la insatisfacción no revoloteaba en su ser por la ausencia de pertenencia de un estatus sino por una identidad negada. Así es que Birdman sale volando ante la mirada atónita de su hija. Fin.

Birdman es canchera por mostrarse virtuosa en el uso de los artilugios nobles del cine al usar el efecto “plano secuencia” durante todo su metraje pero es vacua para construir sentido, no sabe de tonos ni de perspectivas mucho menos de ligerezas porque solo vale la ambición de intelectualismo en cada uno de los diálogos y situaciones, por eso resulta paradójico que su chatura discursiva tenga el sustento del prejuicio para todos: actores, público y críticos, todos ellos articulados. Resulta inevitable compararla con Whiplash, una película que conoce su terreno porque el jazz en la película de Damien Chazelle suena genuino y cumple una función dramática desde los títulos de apertura, en contraposición a la batería superficial de la banda sonora compuesta por Antonio Sánchez, a la que Iñárritu la incorpora para presumir su (supuesto) perfil de auteur, pero le pone imagen al meter en el cuadro -cada tanto- a un baterista en los pasillos del teatro, mientras los personajes se desplazan. Tan solo en esa idea encontramos la pobreza intelectual de un director celebrado por regodearse en la miseria y mostrarnos que el mundo está cada vez peor. No hace falta decir que para esto no necesitamos gente como Alejandro González Iñárritu.

 Por José Tripodero

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► [ESCENA] Emma Stone y Michael Keaton en Birdman:

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► [DE YAPA] Alejandro González Iñárritu analiza una de las secuencias de su película:

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¡BUEN COMIENZO DE SEMANA PARA TODA LA MUCHACHADA! Para el día de la fecha tenemos una única consigna: los invito a dejar sus impresiones sobre Birdman; ¿les pareció una genialidad o no les terminó de convencer? Sus opiniones son más que bienvenidas en este post; PD/CRONOGRAMA SEMANAL: Como muchos están vacacionando o disfrutando el finde largo, decidí mover el post de Foxcatcher al miércoles para que se pueda debatir mejor, el jueves habrá un podcast pre-Oscar con mis predicciones y el viernes un texto sobre Top Five de Chris Rock; de este modo, el post de José queda en home por dos días por si alguien se lo pierde hoy; hechas las aclaraciones, ¡el miércoles nos vemos!

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—> La última vez escribió Tais Gadea Lara sobre… VIRUNGA

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