El cine por las ramas: La mejor banda de sonido

Foto: Israel Dominguez

La palabra de hoy (en latín) es “dēprimo”pressi pressum 3 (de, premo) tr.: apretar de arriba a abajo, bajar, hundir, echar a pique [una nave], excavar [un foso], un canal // deprimir, rebajar, // oprimir, abatir. ¿Por qué será que el verbo también a veces se utiliza como sinónimo de estar hundido anímicamente, de estar sumergido, de estar por debajo de lo que podemos sentir cuando todo brilla un poco más? Quizás tenga que ver con el hecho de que cuando una relación se acaba, lo primero que atinamos a hacer es a llorar, a acostarnos en una cama (a llorar, a pensar, a recapitular), a sentarnos con las manos en la cabeza (a llorar, a pensar, a recapitular) o a querer borrar al otro sin permitirnos hacer nada de lo previamente mencionado (lo que sería hundir el pensamiento). Cualquiera de esas posturas ante el desamor (“you look like you’ve been for breakfast at the heartbreak hotel”) implica necesariamente un hundimiento. Por eso Submarine (libro de Joe Dunthorne primero, película de Richard Ayoade después) no se llama así solo por la profesión del padre de Oliver Tate (biólogo marino), o porque ese joven quiere autoconvencerse de que ese heartbreak no es tan relevante como parece y se detiene a contemplar el mar, sino también porque el estar por debajo del agua implica reconocerse a uno mismo hundido en la tristeza. Todo yace en esa reveladora escena en la que Oliver reacciona ante el rechazo de Jordana Bevan poniendo un cassette triste y tumbándose en una cama, con el pijama puesto, mientras el agua empieza a inundar la habitación. En ese instante, Alex Turner canta “It’s Hard to Get Around the Wind” y le contesta al Oliver Tate de la novela, ese que busca palabras en el diccionario y que se detiene en “Nullibiety”: el estado de estar en ninguna parte. Un poco lo que se siente cuando uno pierde a alguien. Un poco lo que se siente cuando uno está vacío. Turner canta “feeling like it’s hard to understand”, “multi-ball confusion”, a su vez remitiendo a otra canción de su banda sonora (“Stuck on a Puzzle”) que también alude al amor como algo que no se puede entender, explicar, descifrar. El amor como rompecabezas siempre a medio armar.

Sin embargo, la sinergia entre el libro de Dunthorne, el film de Ayoade y el soundtrack de Turner es aún más notable cuando el líder de Arctic Monkeys concluye la canción para esa viñeta del desamor con la frase “It might not hurt now, but it’s gonna hurt soon”, mientras vemos a un Oliver con la mirada perdida. El mismo Oliver que había dicho lo siguiente: “Tengo cosas más importantes en las que pensar que en el final de mi primera relación que, como te dirá cualquier adulto, es una de esas cosas que parecen que te van a destruir la vida pero que no van a significar nada cuando tengas cuarenta”. Pero resulta que no, que parece importar más de lo que él cree, que cuando Jordana no está “the red on the questionnaire never changes” y que, cuando ella aparece, la luz se pone verde y él anda “running colorful, no longer just in black and white”. En una entrada de su diario, Oliver escribe “the truth often rhymes” y Turner canta “I’ll be there soon to sing you a happy tune”. Una verdad que no solo rima sino que además está dedicada tanto a ese chico cínico que creía saber cómo contraatacar el desencanto, como a todos los que piensan que el amor es algo prescindible. El disco tiene su obertura con la frase “I’m not that kind of fool who’s gonna sit and sing to you about stars, girl”, pero en el medio el romanticismo prevalece y resurge la bella “make sure you’re not followed and meet me by the Death Balloon…Paraselene woman, I’m your man on the moon” (reminiscente al “from folded notes in envelopes: ‘meet me beneath the moon’, don’t go too soon’” de la canción “The Time Has Come Again” de la otra banda de Turner, Last Shadow Puppets) para finalmente concluir con “If you are gonna try and walk on water, make sure you wear your comfortable shoes”. Ese consejo es escuchado luego de que Oliver y Jordana se miren y miren el agua (como siempre solían hacer juntos), preguntándose – sin verbalizarlo – si realmente están preparados para todo lo que se viene. Para los instantes de felicidad con anteojos con forma de corazón, pero también para los instantes de tristeza en los que el desamor te retuerce. Porque sí, para caminar sobre el agua tenés que estar seguro de usar los zapatos más cómodos, de sentirte listo para que eventualmente la ola te pase por encima y te deje tumbado, hundido, acostado, escuchando un disco, como el de Turner, que dura solo 19 minutos, casi lo mismo que dura un llanto sostenido cuando a uno lo sumergen en el dolor.

Ahora que ya conocen mi respuesta a la consigna (aunque ya me había puesto monotemática al respecto), es un placer para mí presentar a quienes escriben en el post de hoy, cuya trayectoria es imposible de sintetizar en este párrafo, por lo cual también sumo links a las páginas oficiales para que puedan indagar un poco más. En primer lugar, contamos con las palabras de Iván Wyszogrod. ¿Qué decir de Iván? Que a los 21 años ya estaba componiendo nada menos que para Leonardo Favio y su película Gatica, el mono (también colaboraría con el recordado realizador en Perón, sinfonía de un sentimiento y Aniceto); que fue premiado por SADAIC (la Sociedad Argentina de Autores y Compositores) con el galardón máximo a la composición de películas y aporte a la cultura nacional; y que su carrera incluye títulos como Crónica de una fuga (Adrián Cateano), El pasado (Héctor Babenco), Un novio para mi mujer (Juan Taratuto), Dos más dos (Diego Kaplan) y otros films de Caetano y Taratuto, como Francia y La reconstrucción, respectivamente. En segundo lugar, Sebatián Escofet también ahonda en qué consiste la composición de una banda sonora, siendo él un músico sumamente prolífico y autodidacta, colaborando con otros artistas como Jorge Drexler, Gustavo Cerati, Philip Glass y una banda predilecta de quien les escribe: Estelares. Asimismo, su trabajo como compositor lo llevó por el mundo de la televisión, el teatro, la publicidad y eventualmente el cine, trabajando junto a Gustavo Santaolalla en 21 gramos y Biutiful y creando los grandes soundtracks de las películas Las vidas posibles (Sandra Gugliotta),  Lluvia (Paula Hernández), Cordero de Dios (Lucía Cedrón) y El último verano de la Boyita (Julia Solomonoff), entre muchas otras. Recomiendo escuchar también los discos solistas de Sebastián (especialmente Siberiana). Por último, el post es concluido por unos amigos de la casa: la banda Inverness. Este grupo oriundo de Santiago de Chile, y conformado por Rodrigo Jarque, Washington Abrigo, Ángelo Agurto y Rodrigo Soto, ya estuvo presente en el blog tanto como cuando ahondamos en la gran película de Matías Bize La vida de los peces (cuya banda sonora fue compuesta por el cuarteto en cuestión) como cuando arrancó la sección de los sábados dedicada al mundo de la música. Los integrantes de Inverness esta vez describen cómo es colaborar junto a Bize en sus películas (no solo en La vida de los peces sino también en Lo bueno de llorar) y cómo se consideran, ante todo, una banda cinematográfica (los invito a hacer click acá para escuchar sus hermosas canciones). Hechas las presentaciones correspondientes, los dejo con este lujo de invitados. Gracias a ellos por sumarse a la sección.

Componer la música para un largometraje consiste en lograr, con la partitura, representar la emoción correcta, sumando profundidad, carácter y una sonoridad particular. Para esto, es fundamental generar una cercanía con el director y el editor, ya que son los más afectados por el largometraje a nivel emocional. Por otro lado, es sumamente necesario ser directo en el mensaje musical para no generar una lectura errónea en el espectador.  Generalmente los tiempos para trabajar son muy cortos, entonces es necesario estar muy bien preparado mentalmente para ese momento, es decir: no hay margen para errores ni correcciones profundas. Entre los ejemplos de mis bandas de sonido favoritas se encuentran las de la trilogía Bleu, Blanc y Rouge; Alien, El Padrino, Brazil, Delicatessen y Belleza americana. 

[ESCENA] Algunos imperdibles momentos de Aniceto, el film de Leonardo Favio con banda de sonido a cargo de Iván:

Aniceto(2008) Leonardo Favio from la pantalla delira on Vimeo.

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El trabajo de componer para un film es una tarea musical muy compleja. Por un lado, tiene que aportarle a la escena un contenido sonoro que se complemente con la imagen, resaltar, subrayar, acompañar situaciones, marcar transiciones y, sobre todo, jugar un rol en el aspecto psicológico de los personajes y la trama. Muchas veces la música agrega un valor artístico que repercute en las emociones de los espectadores, disparando un contenido emocional que sería imposible de lograr sin la potencia sutil de la música. El compositor tiene que establecer un contacto muy fluido con el director, entender su sensibilidad, qué sonidos tiene en la cabeza, qué funcionalidad espera de la música, qué lugares siente para la presencia musical. Es un trabajo de artesano que requiere muchas pruebas, recorrer caminos de aproximación. Una misma escena con músicas distintas genera sensaciones muy diferentes y está en la habilidad y sensibilidad del compositor dar en la tecla que el director y el film estaban buscando. Es un trabajo muy detallista, de observación de miles de pequeños eventos ocultos en la trama de un film, que necesitan ser unidos con un manto sonoro uniforme, permitiendo que la música revele una dimensión inherente a la trama en una forma sutil y no abusiva. A mí personalmente me encanta La delgada línea roja, donde Hans Zimmer le pone una cuota de magia a un film increíble. El trabajo de los clásicos como John Willliams, Ennio Morricone y Nino Rota también es notable. En el terreno local contemporáneo admiro y respeto a los maestros Pepo Onetto, Nico Sorin e Ivan Wyszogrod. 

[TRAILER] Les dejo imágenes de Las vidas posibles de Sandra Gugliotta, película con banda sonora de Sebastián:

TRAILER LAS VIDAS POSIBLES from Juanpidb on Vimeo.

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Siempre hemos tenido cierta conexión con el cine. Las primeras críticas de nuestra música nos describían como una banda cinemática. Así que era inevitable que surgiera una colaboración con el cine. Todo comenzó con Matías Bize y Lo bueno de llorar en el 2007. Luego colaboramos con él en la película ganadora del Goya La vida de los peces, en el año 2011. Matías trabaja de una manera bastante orgánica en todo el proceso de gestación de una película. En nuestro caso, tenemos la suerte de ver y retroalimentar el proceso de escritura de guión. Matías a veces nos lee porciones de los diálogos, lo que muchas veces influye directamente en el tipo y color de la música que estamos haciendo en ese momento, independientemente de si ésta termina estando o en la película. A su vez, él es uno de nuestros primeros oyentes de muchas de las maquetas que grabamos de canciones nuevas y esa música influye en su modo de escribir y crear personajes. Todo el proceso genera una simbiosis muy enriquecedora entre él y nosotros. Matías ha sido una gran influencia en la imaginería de Inverness y nosotros hemos aportado con cierto diseño sonoro en sus realizaciones. Lo mismo pasa con la música incidental de Diego Fontecilla, aunque él también trabaja en base a imágenes y primeros cortes. Creemos que tanto a Matías como a Diego (y por supuesto a nosotros) nos han influenciado mucho películas como Perdidos en Tokio y directores como Wes Anderson y Michel Gondry. En lo personal, nos gustan los films que incluyen buenas canciones y que cuentan una historia simple pero emotiva y universal con la que las personas puedan conectarse.  

[ESCENA] Porque nunca está de más volver a ver este fragmento de La vida de los peces, con la canción “Nubes” de Inverness:

Nubes - Inverness [extracto película "La vida de los Peces"] from Paul Berthelon on Vimeo.

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►[PLAYLIST]: De todo un poco en este compilado de canciones de sus bandas sonoras favoritas:

Soundtracks! by cinescalas on Grooveshark

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¿Cuál es la consigna de hoy? Sí, sí, adivinaron: ¡a nombrar grandes bandas sonoras, nomás! más tarde les dejo la playlist nuestra de cada semana – Si quieren, propongan otra rama del cine para la próxima entrega; ¡Los leo, como siempre!; ¡Buen martes para todos! ¡Nos reencontramos mañana, muchachada!

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La última vez en El cine por las ramas analizamos… La mejor fotografía

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Aunque sea

“Fuiste mi recreo antes del resto de mi vida y yo fui la aventura antes de tu viaje; no somos nada, no fuimos nada y no seremos nada”

Creo que en la vida cotidiana hay pocos momentos de intimidad con nosotros mismos y que uno de esos momentos lo encontramos en el simple hecho de apoyar la cabeza sobre la almohada, en la cama. Ahí es donde uno, solo o acompañado, piensa en el día, cierra los ojos con satisfacción, se duerme rápido, tiene insomnio, tiene pesadillas, piensa en otro, piensa en quien tiene al lado, no piensa en nada, se arrepiente, proyecta, sueña, se despierta sin motivaciones o con ganas de hacer todo junto. Es el momento de mayor sinceridad con nuestra propia mente. Cuando las luces se apagan y no hay ningún sonido, cuando ya se concluyeron las actividades de la jornada, cuando es hora de poner el freno. Ahí aparece la vulnerabilidad, la honestidad. Porque, ¿a quién vamos a engañar? ¿A quién vamos a mentir en ese instante? Uno, la cabeza en la almohada, y todo lo que eso puede generar. Uno así como es, sincero, desnudo. En la cama, la segunda película de Matías Bize – que inspiró la mucho más pretenciosa Habitación en Roma de Julio Medem, idéntica en contenido pero más desangelada – transcurre, como su título lo anticipa y desde que comienza hasta que termina, en una habitación. Un hotel, dos extraños que se conocen en una fiesta (Daniela y Bruno) y mucho sexo. En los primeros diez minutos, Bize parece meter literalmente la cámara en el espacio intermedio que hay entre los cuerpos de ambos. La penetración, el jadeo, el sudor, son mostrados por el director con esa naturalidad que lo caracteriza y que es lo que le permite conectar con el espectador. Así como en La vida de los peces esa espontaneidad estaba reflejada en las conversaciones entre sus protagonistas (incómodas al principio y cada vez más honestas sobre el final), acá se traslada al sexo, porque es el sexo el punto de partida del vínculo entre Daniela y Bruno. Porque, aunque parezca lo contrario, es eso mismo: un punto de partida. Nunca la llegada. Nunca el único objetivo.

►”Será que es el principio de algo que ya terminó”◄ 

Es fácil contar una historia de amor que tiene un determinado origen, que se desmorona por un conflicto y que puede (o no) lograr una recomposición. Pero, ¿cómo se cuenta la historia de un paréntesis? ¿Cómo se refleja, en solo una hora y veinte, un momento de transición en la vida de dos personas? Bize sabe que la cama no es solo un lugar para coger sino para todo lo que mencioné más arriba. Y si bien acá las palabras no tienen el mismo peso que en La vida de los peces, sí lo tienen los gestos. Desde miradas de reojo para tratar de dilucidar cómo se está sintiendo el otro hasta un abrazo que puede hacer tambalear un futuro. Aunque sea por un rato. Bize muestra los cuerpos desnudos de Blanca Lewin y Gonzalo Valenzuela (pareja de química innegable) y, cuando no, muestra a sus personajes interactuar contando anécdotas de su infancia, debatiendo sobre el sexo casual, y aseverando lo mucho que dicen nuestras preferencias cinéfilas sobre nuestras personalidades (con inevitable mención a Alta fidelidad). Pero todo el sexo, y todas esas conversaciones que resultan hasta casi triviales (en casi una hora no hay nada demasiado revelador, o sí, si pensamos que aquello que nos revela por lo general es lo más trivial) van preparando el terreno, funcionan como episodios progresivos hasta los veinte minutos finales. Acá Bize apela (como lo haría en La vida de los peces) a la expresividad de Blanca Lewin, quien puede volver transparente su conflicto interno solo yaciendo en un baño y con la mirada en otra parte. La economía de recursos juega a favor de la película y no necesitamos más que dos o tres pensamientos dichos en voz alta para conocer de dónde vienen (y hacia dónde quieren ir) esos dos extraños que empiezan a dejar de serlo.

Les dejo el trailer de En la cama:

“Todas las personas con las que nos relacionamos son nuestro problema” opina Bruno; “hay que saber cortar los lazos” sentencia por su lado Daniela. El conflicto que plantea En la cama es dónde se produce el quiebre, dónde podemos rastrear el momento en que dos personas que solo buscaban sexo empiezan a sentir que ahí, en ese espacio intermedio que filma Bize, hay algo más que un mero deseo físico. Daniela cree que todo pasa por cómo un cuerpo reacciona ante la presencia de otro, que todo se puede explicar con una especie de manual, aunque haya sido el destino el que quiso que coincidieran en esa misma fiesta (“I could have stayed at home and gone to bed. I could have gone to see a film instead. You might have changed your mind and seen your friends. Life could have been very different but then…something changed”). Sin embargo, sobre el final, Daniela también advierte que las cosas cambian cuando uno hace uso y desuso de lo más poderoso/peligroso: la palabra. Daniela no permite que Bruno ahonde en su vida, en su relación con un tal Rodrigo, en su incapacidad para cortar lazos (aunque, paradójicamente, pregone lo contrario) porque desde el momento en que pasamos a compartir con otro algo que nos define, que ese otro puede contenernos de una manera ideal y, por ende, hacernos dudar de qué es lo queremos (“dejá de hablarme como si hubiera un futuro, dejá de preguntarme si soy feliz”). Daniela sabe que si responde a cualquiera de esas preguntas, o sabe que si a Bruno le interesan las respuestas, ese paréntesis que representan esas dos horas en el hotel puede amenazar todo lo que hay del otro lado de la puerta. ¿Y qué hay del otro lado? O, mejor dicho: ¿Qué tan aterrador puede ser volver a enfrentar las decisiones tomadas por fuera de ese micromundo? Porque sí, aunque sea por dos horas, el sexo puede ser un escape. Pero hay que ver qué sucede cuando una caricia, una mirada, un abrazo (o veinte minutos de esto) nos ponen de cara a la vida que tenemos (la que nos sale) y nos hacen apoyar la cabeza en la almohada, en la cama, imaginándonos si en realidad existen otras alternativas, si hay algo que todavía no encontramos; si en realidad, y aunque nos duela reconocerlo, nos merecemos algo más.

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A los que vieron En la cama, los invito a compartir sus impresiones; a los que no, ¿cómo se llevan con escenas de sexo (casi) explícito en el cine? ¿En qué películas les parece que están bien empleadas y en cuáles los incomodan? ; ¡Comenten! ¡Buen miércoles para todos!

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Hablando del pasado

Es bien fácil andar de viajero en tránsito viendo el mundo como turista, lo difícil es quedarse y bancarse el día a día…”

“Me detuve, como es natural, en la frase: Dejo a los varios porvenires (no a todos) mi jardín de senderos que se bifurcan. Casi en el acto comprendí; el jardín de los senderos que se bifurcan era la novela caótica; la frase varios porvenires (no a todos) me sugirió la imagen de la bifurcación en el tiempo, no en el espacio. La relectura general de la obra confirmó esa teoría. En todas las ficciones, cada vez que un hombre se enfrenta con diversas alternativas, opta por una y elimina las otras (…) Crea, así, diversos porvenires, diversos tiempos, que también, proliferan y se bifurcan”. Hay algo de este extracto del cuento de Borges El jardín de los senderos que se bifurcan en la película del chileno Matías Bize, La vida de los peces. ¿Qué hay? Para empezar, una mirada sobre el destino, sobre los caminos que se eligen, las decisiones que se toman y, especialmente, una mirada a las realidades perdidas, a esos otros caminos que no se emprendieron y que, en consecuencia, configuraron una realidad determinada, en este caso insatisfactoria y dolorosa. Sin embargo, en la obra de Borges (con todo la temática del sino/destino con ecos de La Ilíada) el foco está puesto en un tiempo presente, en un hoy insoslayable. En el film de Bize, por el contrario, tenemos a un protagonista detenido en el pasado.

Les dejo una escena de La vida de los peces:

Andrés (Santiago Cabrera) dejó Chile para irse a Europa. Dejó su mundo conocido, su familia, sus amigos, una tragedia latente y una novia llamada Beatriz. Al irse, pasó del desarraigo a la vida de turista, a trabajar como periodista (de turismo, justamente), viviendo en hoteles, escribiéndoles a los lectores sobre qué lugares visitar, dónde comer y cuánto gastar, pero sin vivir él esos mismos espacios, sin poder disfrutarlos. Andrés reside en Berlín, pero en realidad no reside en ninguna parte. Lo que proyecta no es más que un efecto ilusorio de lo que realmente es. Su aparente movilidad constante, su devenir, su volar de un lado al otro no es sinónimo de avanzar sino de estar detenido, viendo otros mundos desde una suerte de pecera. No sale, no se involucra. Su trabajo es ser observador, espectador de otras vidas en movimiento. Para ilustrar este confinamiento, Bize hace transcurrir su película – el paralelismo con Antes del atardecer resulta inevitable, sobre todo al estar ambas películas trabajadas en tiempo real – en un ámbito cerrado y único: una casa. Una casa donde se lleva a cabo una fiesta de cumpleaños. Una casa en Chile a la que Andrés vuelve diez años después de ese alejamiento. Lo hermoso de La vida de los peces es cómo Andrés va recorriendo cansino ese lugar (como nadando), hablando con viejos amigos (“hablando del pasado, siempre del pasado”), revisitando habitaciones que fueron testigo de momentos de su juventud y mirando la misma pecera una y otra vez.

Pero La vida de los peces, además de ser la crónica de un hombre solo (uno que se quedó estancado, mientras los demás, aún en conflicto, siguieron adelante, no fueron evasivos a la cotidianeidad) es, también, la historia de un amor trunco. Porque esa decisión de irse a Andrés le costó una relación con Beatriz, con quien se reencuentra en la fiesta y a quien necesita recuperar y tomar de la mano para reescribir el cuento, para trazar un brillante porvenir. Pero esa mujer (interpretada con triste crudeza por Blanca Lewin) eligió un camino, aún sabiendo que hay otra vida posible, quizás una vida paralela (“quiero asomarme y mirar otra vida”) donde ella y Andrés salen de ese idilio adolescente y emprenden un vínculo maduro. El monólogo de Beatriz sobre esos mundos posibles es tan real como devastador. ¿Quiénes avanzaron? ¿Quiénes quedaron detenidos? ¿Son más libres los que están dentro de la pecera porque no conocen otro mundo o los que salieron de ese mundo pero terminaron confinados en otro? Como dice la canción de Inverness que forma parte del soundtrack del film: “el cielo tiene nubes y no podrás tocarlas jamás”. Hay toda una realidad que perdimos, que en el hoy se vuelve inalcanzable, inaprensible. Solo resta convivir con la tristeza y aceptar el peso de las decisiones. Avanzar. Romper las peceras. Salir. Hablar del presente. Convivir con (y no vivir en) el pasado.

* BONUS TRACK: Banda sonora del film:

La vida de los peces OST by Milagros Amondaray on Grooveshark

¿Vieron La vida de los peces? Los invito a sumar otras historias de (des)amor del cine; ¡Comenten!

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