Spotlight: Con sudor de tinta y rechinar de dientes

Mike Wallace: And do you wish you hadn’t come forward? Do you wish you hadn’t blown the whistle?

Jeffrey Wigand: There are times when I wish I hadn’t done it. There are times when I feel com… compelled to do it; if you asked me, would I do it again, do I think it’s worth it? Yeah, I think it’s worth it

The Insider

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento 

Del otro lado del teléfono, a Jeffrey Wigand se lo nota agitado, molesto, volcánico. Tan solo unos segundos antes, el productor de 60 Minutes Lowell Bergman lo había acribillado con una seguidilla de preguntas personales, incómodas, vergonzosas. Para ese informante, para ese hombre que había arriesgado su estabilidad física, emocional y profesional, los traspiés de su pasado no podían tener correlación alguna con la causa puntual contra Brown & Williamson de la que se había convertido, involuntariamente, en su abanderado. Lowell sube la voz para hacerse entender, para hacerle entender que los errores acumulados – por más triviales que parezcan – dejan de ser mínimos cuando hay un Goliat poniéndoles la lupa encima. Wigand, ese hombre ordinario bajo circunstancias extraordinarias que carecía de “la gracia y consistencia” que pretendía el periodista Mike Wallace, se obnubila y repite incansablemente la misma pregunta (retórica). “¿Qué tiene que ver eso con mi testimonio? ¡Yo dije la verdad!”. Bergman, hastiado, sube la voz una vez más y le aclara que “no hace una puta diferencia si dijiste la verdad o no”. Por unos minutos, entre un hombre y el otro, entre un teléfono y el otro, el tiempo se suspende y se crea un silencio notorio, silencio contra el que Wigand atenta susurrando su manifiesto. “Yo dije la verdad” y cuelga el tubo. The Insider, a mi criterio la mejor película de Michael Mann, muestra en una rabiosa secuencia de menos de cinco minutos las distintas posiciones que se toman ante el tumultuoso proceso de exponer una verdad. Por un lado, Bergman representa el cinismo de quien ha presenciado cómo se mueve el engranaje, de cómo para poder informar como se debe es necesario eludir la presura y resolver cada obstáculo con la mente clara. Bergman es consciente de que uno de los titanes de las tabacaleras no tendrá impunidad en extirpar una potencial falla del denunciante en cuestión para humillarlo, desmotivarlo y eventualmente desacreditarlo. El contenido cuenta, claro. Pero la forma en la que es presentado cuenta aún más. Por otro lado, Wigand, un hombre a priori temperamental, considera que su verdad está por encima de cualquier interna o agenda empresarial. En consecuencia, le es indistinto si CBS no puede emitir su testimonio porque en ese caso la cadena puede ser demandada y comprada por Brown & Williamson, así como le es indistinto si pagó unas multas de tránsito años atrás. La verdad es una sola: “we are in the nicotine delivery business”. De este modo, The Insider toma la inseguridad de Wigand y su superación como el mero puntapié de un largo recorrido. Entre emitir un testimonio y el presenciar su repercusión hay una brecha enorme, achicada a fuerza de noches de insomnio por investigación, de noches de insomnio por acoso telefónico, de noches de insomnio por reuniones burocráticas. El apuro del damnificado, en ese contexto, es la mejor arma del enemigo. La perseverancia, por el contrario, es la cualidad ideal para derribar el sistema.

En su imprescindible prólogo a Los lanzallamas, Robert Arlt esboza un número de razones por las cuales escribir es algo tan arduo como gratificante, una tarea que conlleva el esfuerzo como rasgo intrínseco, que vale la pena por todo lo que se deja en el papel, independientemente de la hora, del día, de la semana, de las circunstancias. En un extraordinario pasaje, Arlt concibe una plegaria para los escritores en formación (la formación que solo te da el escribir todos los días de tu vida), solicitándoles que si tienen algo para contar, tomen cualquier herramienta que tengan a mano, un papel, una servilleta, un cuaderno, un lápiz, una lapicera, lo que sea que cumpla esa particular función. Su visión tiene una cierta filiación con aquello escrito por Alejandra Pizarnik: “el poema se hace con palabras”. Es decir, uno es escritor cuando escribe. Para escribir no hay otra receta más que la de sentarse a hacerlo. Para Arlt, asimismo, se trata casi de un derecho. “Nos lo hemos ganado con sudor de tinta y rechinar de dientes (…) con manos fatigadas hora tras hora, hora tras hora; a veces se le caía a uno la cabeza de fatiga”. Spotlight, la obra maestra de Thomas McCarthy co-escrita con Josh Singer (quien explotó sus conocimientos respecto al vértigo de la investigación y al vértigo de la libertad de expresión ya abordado en sus guiones para The West Wing y para la fallida The Fifht Estate), no solo puede ser hermanada con The Insider por cómo expone el entreverado camino hacia arrojar luz (o lanzar llamas) sobre un hecho sino también con ese prólogo de Arlt, uno que cuestiona las presiones en esa tarea casi quirúrgica de concebir un determinado texto: “estoy contento de haber tenido la voluntad de trabajar, en condiciones bastante desfavorables, para dar fin a una obra que exigía soledad y recogimiento; escribí siempre en redacciones estrepitosas, acosado por la obligación de la columna cotidiana”. En Spotlight convergen cuatro mundos. En primera medida, tenemos el caso en el que está basada: la investigación del equipo Spotlight del periódico The Boston Globe que desenmascaró una red de pedofilia de curas en Massachusetts. En segunda medida, tenemos el contexto. Boston, un universo aparte, una ciudad repleta de iglesias a las que McCarthy filma como si estuvieran en un cuarto plano, a lo lejos, omnipresentes, con niños corriendo alrededor o con una víctima de pedofilia caminando frente a ellas. En tercer lugar, nos encontramos con el marco de la redacción de un diario que necesita aumentar su volumen de lectores y que recibe con aprehensión la llegada de un nuevo editor, Marty Baron (un Liev Schreiber impecable), un outsider con fama de hacer ajustes, un hombre oriundo de Florida, judío y sin intenciones de responder al arzobispo Bernard Law. En una magistral escena, Baron visita a Law para presentarse, una formalidad habitual a la que accede con reticencia. Baron se sienta frente a él y escucha consejos que revelan la ideología del arzobispo, una que apunta a que el diario más importante de la ciudad debe colaborar con la Iglesia con el fin de lograr una mejoría en conjunto (no tan así, dado que el beneficio es más bien unilateral). Baron, quien solo quiere hacer su trabajo (como todos los personajes de Spotlight) y quien considera que la novela The curse of the Bambino de Dan Shaughnessy es la verdadera guía no eclesiástica de Boston, respetuosamente lo contradice: “para que un diario funcione mejor en realidad debe sostenerse solo”. Esa frase marca el tono de Spotlight, un film extremadamente contenido y sutil, que se vale de detalles subrepticios para resonar aún más fuerte. Así es cómo, en tercera medida, entran en juego los periodistas del equipo de trabajo en cuestión. Michael Rezendes (Mark Ruffalo), Sacha Pfeiffer (Rachel McAdams), Matt Carroll (Brian d’Arcy James) y su editor en jefe (“yo prefiero que me digan ‘entrenador’”) Walter “Robby” Robinson (Michael Keaton) inician la investigación con un solo cura como figura a investigar y gracias a la mirada de Baron, que al no estar contaminada por la familiaridad con Boston, observa lo que nadie hizo antes (así, el título Spotlight adquiere más de un sentido: no es solo una persona quien “ve la luz” sino que es una revelación en conjunto, algo así como “quien quiera oír que oiga”) y propulsa lo que sería el artículo definitivo escrito por Rezendes en el 2002 que les valió a todos el Pulitzer. Asimismo, y como otro ejemplo de la sobriedad del film, hallamos un monólogo de Baron sobre la importancia de la investigación, una que derivó en el descubrimiento de noventa curas y sus víctimas en el área. A McCarthy y a Singer no les interesa remarcar el dato del Pulitzer (relegado a una placa final), dado que el verdadero premio es el impacto de la publicación y la vital diferencia que puede hacer la labor de un periodista: “a veces es fácil olvidarse de que pasamos mucho tiempo en la oscuridad hasta que alguien prende la luz (…) pero todos han hecho un buen trabajo, uno que va a tener un impacto considerable e inmediato; en mi opinión, es por historias como esta que hacemos lo que hacemos”. La cotidianidad del trabajo del periodista es clave para Spotlight, película que convierte acciones mundanas en algo magnético. Desde el cambio en el color de las lapiceras (Robby como editor escribe con una negra, sus periodistas con unas azules y, sobre el final, la tinta de todas es roja), pasando por los movimientos imperceptibles de la redacción (Baron escribiendo en una oficina de fondo, mientras que la cámara se centra en el caminar de Robby con su jefe Ben Bradlee Jr.) hasta la brillante secuencia de la recolección y entrega de datos, Spotlight habla de cómo esa perseverancia fue vital para no apurar la historia, una que debía mostrar lo sistémico, es decir, la complicidad del Vaticano hacia Law y otros curas que no fueron excomulgados por las denuncias sino reubicados en otras parroquias. Por ende, la historia jamás debía abocarse a un solo arzobispo protegiendo a un solo cura, ya que ese ángulo para el informe iba a ser irremisiblemente inocuo.

“Siempre pensé que iba a volver a la iglesia” le confiesa Michael a su compañera Sacha, a lo que ella le responde: “sí, yo dejé de ir, es un sentimiento horrible, pero estás así porque te importa la historia, a todos nos pasa”. Con excepción de un arrebato de bronca por parte de Rezendes (precedido por otra gran secuencia de lectura de una carta reveladora, carta narrada en voz alta arriba de un taxi que atraviesa toda la ciudad, mostrando así a una víctima con su hijo como diciéndonos que Boston es más chica de lo que parece), Spotlight no tiene momentos de estridencia y jamás pierde el eje. Si el espectador recibe golpes – a fin de cuentas, el abuso infantil contiene sucesos gráficos difíciles de escuchar – es a partir de gestos tan simples e íntimos como una víctima que se rasca el brazo dejando entrever los pinchazos de una aguja; como los ojos llorosos de Mitchell Garabedian (Stanley Tucci), el abogado representante de esas víctimas, al recibir el artículo finalmente publicado; como la punzante frase de Phil Saviano, fundador del grupo de autoayuda SNAP (Survivors Network of those Abused by Priests), sobre lo ingenuo de su reacción ante el abuso: “cuando sos un chico pobre de una familia pobre y un cura te presta atención es algo importante, ¿cómo se le dice que no a Dios?”; como la lapicera del abogado representante de la Iglesia Jim Sullivan, amigo de Robby, subrayando todos los nombres de los curas acusados no sin antes preguntarle al periodista acerca de por qué no descubrió antes lo que estaba sucediendo a metros suyo. En este aspecto, Spotlight también pone el foco en la dinámica de las reuniones sociales, del método “a guy leans on a guy”, de cómo una mentira sumada a otra y a otra y otra crea una red de protección en apariencia impenetrable (“if it takes a village to raise a child, it takes a village to abuse one” dice Garabedian, en una de las citas más fuertes del film). Por lo tanto, cuando McCarthy muestra las famosas reuniones de sumario, espacio en el que Baron, Robinson y Bradley Jr. se debaten la fecha de publicación del artículo (pospuesta por la tragedia del 11 de septiembre, otro hecho al que se lo aborda de forma medida; y luego pospuesta porque “no se puede publicar este caso en plena Navidad”) queda más en evidencia que el tiempo es el verdadero amigo del porvenir, como afirmaba Arlt. “El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo”, el trabajo como parábola del cross a la mandíbula para los eunucos que bufan. En su discurso de aceptación del premio Whisteblower publicado por Zeit Online, Edward Snowden dijo lo siguiente: “ser reconocido como un defensor de las libertadas por haber hecho estallar la verdad es un inmenso honor; sin embargo, esos honores deberían corresponder a los individuos y organizaciones de todo el mundo que, juntos, superaron barreras geográficas y lingüísticas; no fui yo: fueron los periódicos del mundo entero los que levantaron la voz”. Snowden alude, claro, a la violación de los derechos constitucionales, a la violación de la privacidad en un momento en el que la tecnología era (y sigue siendo) un arma de doble filo.

Spotlight, desde su ascetismo, habla de cómo hacer estallar la verdad es también un honor desde el momento en el que el Boston Globe (cuyo edificio está ubicado junto a un cartel de AOL, todo un símbolo que yace en el film acerca de cómo los medios de comunicación entablan esa obsoleta puja como si fueran mutuamente excluyentes), con la tapa en la que se lee el titular “church allowed abuse by priest for years”, cae en la puerta de los vecinos de la ciudad como paso previo a llegar a todo el mundo. La voz levantada de los periodistas a la que alude Snowden se revierte en el final del film de McCarthy cuando cada uno de esos miembros del equipo atienden el teléfono, se anuncian como “spotlight” y pasan a ser los que aguardan la ascensión de las voces de otras víctimas, cuya valentía hizo posible que ese sudor de tinta se mantenga activo para escribir nada menos que seiscientos artículos más. √ 

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► [TRAILER] Algunas imágenes de Spotlight:

Spotlight - Domestic Trailer from InSync + BemisBalkind on Vimeo.

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► [DE YAPA] Anatomía de una escena, por el New York Times:

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy simplemente les dejo dos consignas: 1. Debatir Spotlight de Tom McCarthy: ¿qué opinión tienen del film? 2. ¿Qué otras películas de periodistas y/o de investigación quisieran destacar en este post? Como siempre, los espero en los comentarios y nos reencontramos mañana con el clásico concurso/prode de los Oscars; ¡hasta entonces, muchachada!

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Hacer de la fama una acción positiva para cambiar el mundo

Hoy en Cinescalas escribe: Tais Gadea Lara, periodista especializada en medioambiente

“Mi carrera se debe adaptar a mí; 
la fama es como un pase vip a donde sea que quieras ir”

¿Qué es la fama? ¿Alguna vez nos preguntamos de qué se trata aquello a lo cual muchos desean aspirar? ¿Aquello a partir de lo cual parecería que toda la vida de uno estaría resuelta y se alcanzaría la plena felicidad? Según el diccionario de la Real Academia Española, la fama es “la opinión que la gente tiene de alguien o de algo”. Lejos de ser sinónimo de éxito o de felicidad, se acerca más a los conceptos de reputación, prestigio, popularidad. El término pareciera tener en verdad menor importancia de la que, en la práctica, se le suele atribuir. Pero, al mismo tiempo, esconde detrás una inmensa oportunidad para aquellos que gozan de su acompañamiento.

“Mi carrera se debe adaptar a mí. La fama es como un pase vip a donde sea que quieras ir”. Las palabras de Leonardo DiCaprio marcan un punto de quiebre a la hora de considerar este concepto tan extraño. Y justo él eligió esos términos para referirse a aquella condición que lo acompaña en una curva de ascenso durante los últimos años. ¿A dónde quiso ir DiCaprio con la fama? ¿A dónde quiere ir DiCaprio con la fama? Para muchos de ustedes, él es un excelente actor, actualmente nominado a los Premios Oscar por su dedicada actuación en The Revenant. Para quienes trabajamos en el ámbito de la protección del ambiente, el cambio climático y la sustentabilidad, DiCaprio es uno de los activistas ambientales más comprometidos. Luego de la realización de su primer documental ambiental, The 11th Hour, y en plena producción de una segunda producción cinematográfica sobre el cambio climático (que incluye entrevistas a científicos argentinos en su paso por Ushuaia para rodar las últimas escenas de la película con más nominaciones a los próximos premios de la Academia), el actor norteamericano dio vida a una fundación homónima para promover la conservación y el cuidado de la biodiversidad, y asumió la lucha frente al cambio climático como un mensaje que llevar a sus distintos ámbitos de trabajo. DiCaprio pasó desde vivir ese cambio en carne propia durante el rodaje de The Revenant  – donde la nieve desapareció de un día para otro en el año recientemente considerado de manera oficial como el más caluroso jamás registrado en la historia – hasta hacerlo protagonista en la apertura del World Economic Forum en Davos la semana pasada, a incluso mencionarlo en las últimas palabras de su discurso de agradecimiento en los Premios Globo de Oro.

DiCaprio es apenas uno de los ejemplos de lo que la fama ha significado para muchas celebridades: encontrar la oportunidad de hacer algo más por y para esa misma gente que tiene una opinión de sí. Lo que ha sucedido en los últimos años ha sido verdaderamente notable. Cada vez son más las celebridades que se sirven de esa visibilidad que tienen ante sus públicos para expresar un mensaje de conciencia; sea por una causa social, sea por una causa ambiental, sea por una causa económica. Ellos saben que esa atribución que alcanzaron de “ser famosos” tienen la magnífica oportunidad de llegar a sus públicos para generar conciencia y promover un cambio de acción. Nada es casual en esa definición teórica de diccionario: la gente, ese público al que se dirigen, es el principal destinatario de un mensaje que puede hacer de este mundo un lugar mejor.

No se trata de participar en un evento, sacarse una selfie, compartirla en redes y listo, uno “es activista”. No se trata de sacarse una foto para la campaña con un cartel de “salvemos al planeta” y luego en el día a día, seguir tirando residuos por la ventana. No se trata de decir que uno es vegano “porque está de moda” y luego hacer portadas de revistas con tapados de piel porque la falta de conocimiento o simple ignorancia hizo creer que sólo se trataba de una elección alimenticia en lugar de un verdadero estilo de vida. Si bien mucho de ello podría significar un aporte, lo que ha ocurrido en los últimos años es una participación totalmente activa de ciertos famosos por determinadas causas que, lejos de ser impuestas (de manera gratuita o paga) para campañas, surgen de valores propios, de creencias personales, de ser activistas, además de (y en conjunto con) ser actores.

Mark Ruffalo no sólo es un superhéroe fuera de control como Hulk. La “cuestión verde” lo ha movilizado desde antes en su vida más personal para convertirse en un verdadero defensor de la lucha frente al cambio climático, el fin de la era de los combustibles fósiles, la promoción de las energías renovables y la necesidad de cuidar aquel recurso más preciado que tenemos: el agua. Emma Watson no sólo sabe los mejores hechizos de magia. Supo asumir un rol destacado en los eventos internacionales más importantes con un mensaje social claro y de urgente incorporación: igualdad entre hombres y mujeres a través de la campaña “HeForShe”. Adrian Grenier además de ser el novio perfecto en The Devil Wears Prada, trabaja a diario por la protección de uno de los ecosistemas más afectados en el mundo, producto de la emisión de dióxido de carbono y el consecuente proceso de acidificación: los océanos. Asimismo, la incansable Angelina Jolie ha logrado algo más que interesante: su labor por causas humanitarias es tal que ha dejado de ser noticia y ya se ha naturalizado en su accionar diario, tanto como su profesión misma.

Unos y otros han visto en la fama la posibilidad, pero por sobre todo, la oportunidad de “adaptarla a sus vidas”, de utilizarla para sus causas, “de tomar ese pase vip” hacia las acciones que desean promover en el mundo, ante una Tierra rodeada de problemas, pero también rica en soluciones posibles. Las formas de este activismo en los famosos han sido múltiples: desde una Emma Thompson caminando por las calles de Londres en reclamo de un acuerdo ambicioso; pasando por Brad Pitt asumiendo el cargo de productor ejecutivo en Big Men, un documental sobre los riesgos de la industria de combustibles fósiles y que sin ese aporte financiero no hubiera sido posible de darse a conocer; hasta el eterno y vegetariano Paul McCartney impulsando la iniciativa “Lunes Sin Carne” para incentivar la reducción de consumo de una carne (cuya industria es la segunda principal causa de emisiones de gases de efecto).

En diciembre pasado, por mi trabajo, tuve la oportunidad de cubrir la 21° edición de la Conferencia de las Partes (COP21) en París, Francia. Era el evento político-ambiental más importante de los últimos años, pues allí 195 líderes mundiales acordaron un nuevo documento para hacer frente al cambio climático. En esas dos semanas intensas de trabajo, hubo famosos que se hicieron presentes, no para la foto, no por oportunismo. Estuvieron allí para expresar un mensaje, para contar lo que hacen por mejorar el mundo e, incluso, para tener reuniones con representantes de alto nivel y realizar los aportes desde sus fundaciones y respectivos trabajos. Estuvieron presentes desde el ahora polémico y controversial Sean Penn, quien relató el trabajo que realiza su fundación, J/P Hro, en Haití, luego del terremoto que marcó un antes y un después para el país más pobre en la historia de la humanidad; hasta Arnold Schwarzenegger, que en su función de ex gobernador de California, hizo un pedido a la gente a que dejen de comer carne una o dos veces por semana.

El mismo DiCaprio se hizo presente en París donde, entre reuniones con el Secretario General de Estados Unidos, John Kerry, y el Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Ban Ki-Moon, se mostró contundente al hablarle a más de 1.000 dirigentes de las ciudades más importantes del mundo: “El cambio climático es la amenaza más grande y existencial para nuestra especie”. Un simpático y comprometido Alec Baldwin eligió al país latinoamericano de Perú para hacer sentir la voz de las comunidades indígenas, principales afectadas en sus territorios por la expansión de grandes corporaciones que no conocen del respeto por la tierra y sus comunidades originarias: “El cambio climático es un tema que afecta a todos por igual, incluyendo a las comunidades locales de las tierras. Hoy las industrias influencias en los gobiernos para sus intereses. Así, los gobiernos siguen construyendo sobre los territorios, sin cuidar del agua y la gente que hace mucho por la naturaleza. No se trata sólo de hablar de las emisiones, sino también de proteger a los bosques y a las personas que allí habitan”.

Los problemas que hoy afectan al mundo, y del cual el hombre es el principal responsable, necesitan de la participación de todos los actores involucrados, incluyendo a los que por oficio y profesión son considerados “actores”. Ellos tienen en sus manos la posibilidad de expandir un mensaje de cambio. Pero ojo, porque la gente es consciente y advierte cuando un mensaje es sólo publicitario. Ese mensaje, esas palabras que los actores evocan deben ir acompañadas de verdaderas acciones, de compromisos fieles por un mundo mejor. Cuando apenas empezaba este 2016, la conductora Ellen DeGeneres era reconocida en los People’s Choice Awards con el galardón “Favorite Humanitarian” (“Humanitaria Favorita”). Estas fueron sus palabras al agradecer el premio: “es un poco extraño recibir un premio por ser agradable, generosa y amable; que es lo que se supone que todos debemos ser con el otro”. En la carrera histórica por querer ser la mejor especie del mundo, el ser humano se ha vuelto su propio enemigo. Es el impulsor de guerras, el creador de bombas nucleares y de hidrógeno, el (mal) administrador de una riqueza en manos de 62 personas mientras un niño muere cada veinte segundos en el mundo por problemas relacionados con la falta de acceso a agua potable… Incluso en lo ambiental, en París el por entonces director ejecutivo de Greenpeace Internacional, Kumi Naidoo (hoy ese cargo por primera vez en la historia de la organización será ocupado por dos mujeres) me dijo: “muchas veces como ambientalistas decimos que tenemos que salvar al planeta. En verdad, el planeta no necesita que lo salvemos. El planeta va a continuar, va a reencontrar su equilibrio y a salir adelante. Nosotros vamos a ser los que nos vamos a ir. No se trata de salvar al planeta sino de proteger a nuestros hijos y a las futuras generaciones”.

Muchas veces se dice que la “realidad supera a la ficción” ante ciertos eventos noticiosos. Espero sinceramente que sea la misma realidad la que supere a la ficción, no con los espectaculares desastres naturales, ni las violentas guerras o las más dramáticas escenas sociales; sino que sea la misma realidad la que supere a la ficción con formas heroicas de poder hacer de éste un mundo mejor, para todos. Y espero que cada uno de nosotros, yo aquí escribiendo y ustedes ahí leyendo, sean partícipes de “esa película” no sólo como espectadores sino también como actores protagónicos. En definitiva, incluso aquello que consideren que es pequeño puede, a la larga y en conjunto con otras “pequeñas” acciones, tener un impacto increíble. Y cuando crean que es insuficiente, que las autoridades políticas no toman las decisiones que deberían asumir, que las empresas sólo siguen pensando en agrandar sus billeteras sin importar la calidad de sus productos o servicios, o de los impactos negativos que realizan; recuerden esta frase que leí en el People’s History Museum en Manchester, Inglaterra: “Siempre ha habido ideas por las cuales vale la pena luchar”. Lo importante es no olvidarse de esas ideas. Lo necesario es convertir esas ideas en acción.

Por Tais Gadea Lara

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“My career must adapt to me;
fame is like a VIP pass wherever you want to go “

What is fame? Have we ever wonder what is that to which many want to aspire? That from which it appears that one life would be resolved and will reach full happiness? According to the dictionary of the Royal Spanish Academy, fame is “the perception that people have of someone or something”. Far from being synonymous of success or happiness, it is closer to the concept of reputation, prestige, popularity. The term seems to have really minor importance, in practice, than is often credited. At the same time, behind it there is a huge opportunity for those who enjoy their support.

“My career must adapt to me. Fame is like a VIP pass wherever you want to go”. The words of Leonardo DiCaprio mark a turning point when considering this so strange concept. And he chose these terms to refer to that condition accompanying an upward curve in recent years. Where does DiCaprio want to go with fame? Where will DiCaprio want to go with fame? For many of you DiCaprio is an excellent actor, now nominated for Oscars for his commited performance in The Revenant. For those who work in the field of environmental protection, climate change and sustainability, DiCaprio is one of the most committed environmental activists. After conducting his first environmental documentary The 11th Hour, and now in production of the second film production on climate change (which includes interviews with Argentine scientists on their way through Ushuaia to shoot the last scenes of the movie with more nominations for the next Academy Awards), the American actor gave life to a promever eponymous foundation for conservation and protection of biodiversity, and took up the fight against climate change as a message that lead to the different areas of work : from experience it firsthand during the filming of The Revenant where snow disappeared overnight in the year recently considered officially as the warmest ever recorded in history, to make it protagonist in the opening of the World Economic Forum in Davos last week, to even mention it in the last words of his acceptance speech at the Golden Globe Awards.

Dicaprio is just one example of what fame has meant for many celebrities: find the opportunity to do more for and by the same people who have an opinion of them. What has happened in recent years has been truly remarkable. More and more celebrities who use the vision they have to their public to express a message of conscience; either by a social cause, either by an environmental cause, either by an economic reason. They know that with that attribution that they reached of “being famous”, they have the wonderful opportunity to reach their audiences to raise awareness and promote a change of action. Nothing is casual in this theoretical dictionary definition: the people, the audience they are targeting, is the main recipient of a message than can make this world a better place.

This is not about participate in an event, take a selfie, share on Social Media and ready: you are an “activist”. This is not about a photo opportunity for the campaign with a poster of “save the planet” and then in the day by day, you keep throwing waste out the window. This is not about saying you are vegan “because it is fashionable” and then make magazine covers with fur coats because the lack of knowledge or simple ignorance that led to believe it was just a food choice rather than a truly style life. While much of it could mean a contribution, what has happened in recent years is a fully active participation of certain famous by certain causes that, far from being imposed (free or paid) for campaigns, arising from own values, personal beliefs, of being activists in addition to and in conjunction with, being actors.

Mark Ruffalo is not just a superhero out of control as The Incredible Hulk. The “green issue” has mobilized him before to become a true champion of the fight against climate change, the end of the era of fossil fuels, the promotion of renewable energy and the need to care that most precious resource we have: water. Emma Watson not only knows the best magic spells. She learned to take a leading role in the most important international events with a clear and urgent message incorporating social role: equality between men and women through the “HeForShe” campaign. Adrian Grenier as well as being the perfect boyfriend in The Devil Wears Prada, works daily for the protection of one of the most affected ecosystems in the world, due to the emission of carbon dioxide and the resulting acidification process: the oceans. Or the tireless Angelina Jolie has accomplished something very interesting: her work for humanitarian causes is such that it is no longer news and it has become naturalized in their daily actions as well as her profession itself.

All of them have seen the possibility of fame, but above all, an opportunity to “adapt to their lives”, to use for their causes, “to take that VIP pass” to the shares they wish to promote in the world, to an Earth surrounded by problems, but also rich in potential solutions. The forms of this activism celebrities have been multiple: from an Emma Thompson walking the streets of London to demand an ambitious agreement; through Brad Pitt through taking over as executive producer on Big Men, a documentary about the risks of the fossil fuel industry and which without that financial support it would have been impossible to get noticed; to the eternal and vegetarian Paul McCartney driving “Meat Free Monday” initiative to encourage reduced consumption of meat (whose industry is the second leading cause of greenhouse gas emissions).

Last December, for my work, I was able to cover the 21 th edition of the Conference of the Parties (cop21) in Paris, France. It was the most important political and environmental events of recent years, because there 195 world leaders agreed to a new document to address climate change. In these two intense weeks of work, there were celebrities who were present, not for the photo, not for opportunism. They were there to express a message, to tell what they do to improve the world and even to have meetings with high-level representatives and make the contributions from foundations and their respective jobs. There were present from the now contentious and controversial, Sean Penn who recounted the work of his foundation, J/P Hro in Haiti following the earthquake that marked a before and after for the poorest country in the history of mankind; to Arnold Schwarzenegger, who in his role as former governor of California, made an order to people to stop eating meat once or twice a week.

The same DiCaprio was present in Paris where he was forceful, between meetings with the General Secretary of the United States, John Kerry, and the General Secretary of the United Nations (UN), Ban Ki-Moon, to talk to more 1,000 leaders of the most important cities in the world: “Climate change is the biggest and existential threat to our species.” A friendly and committed Alec Baldwin elected the Latin American country of Peru to make hear the voice of indigenous communities, affected in their territories by the expansion of large corporations who do not know about respect for the land and its original communities: “Climate change is an issue that affects everyone, including local communities from land. Today industries influences governments for their interests. Those governments continue to build on the territories without taking care of the water and the people who long for nature. It’s not just talking about the emissions, but also to protect the forests and the people who live there”.

The problems affecting the world today, and which man is primarily responsible, need the participation of all actors, including craft and profession that are considered “actors”. They have in their hands the possibility to extend a message of change. But beware, because people are aware and warns when a message is just advertising. That message, those words evoke the actors must be accompanied by real action, faithful commitments for a better world. When just beginning this 2016, host Ellen DeGeneres was recognized at the People’s Choice Awards with the award for “Favorite Humanitarian”. Her words to thank the award: “It’s a little strange to receive an award for being friendly, generous and kind; that is what we’re all supposed to be with each other”. In the historic race for wanting to be the best species in the world, man has become his own enemy. He/She is the driving force behind wars, the creator of nuclear and hydrogen bombs, the (mis) manager of wealth in the hands of 62 people while a child dies every twenty seconds in the world for problems related to lack of access to drinking water… Even environmentally, in Paris the then executive director of Greenpeace International, Kumi Naidoo (now that position for the first time in the history of the organization will be occupied by two women) said: “As environmentalists, many times we say that we have to save the planet. Indeed, the planet does not need that we save it. The planet will continue, it will find its balance and move forward. We will be the ones we’re going. It’s not about saving the planet but to protect our children and future generations”.

It is often said that “reality surpasses fiction” about certain news events. I sincerely hope it is the same reality that surpasses fiction, not with the spectacular natural disasters, violent wars or the most dramatic social scenes; it is the same reality that surpasses fiction with heroic ways to make this a better world, for all. And I hope that each of us, here me writing and there you reading, may participate in “that movie” not only as spectators but also as leading actors. In short, even what you think it is small act can, in the long run and in conjunction with other “small” actions, have an incredible impact. And when you believe is insufficient, that political authorities do not make decisions that should assume, that companies just keep thinking in enlarge their wallets no matter the quality of their products or services, or performing negative impacts; remember this phrase I read in the People’s History Museum in Manchester, England: “There have always been ideas worth fighting for.” The important thing is not to forget these ideas. What is necessary is to turn those ideas into action.

By Tais Gadea Lara

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► [VIDEO 1] Emma Watson en el lanzamiento de la campaña “HeForShe” para promover la igualdad de género:

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► [VIDEO 2] Leonardo DiCaprio en la inauguración del Climate Summit de 2014:

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¡BUEN LUNES PARA TODOS! ¡ESTAMOS DE VUELTA! Tais les deja dos consignas para su nota: 1. Así como tuve la oportunidad de ver a algunos actores participando activamente de un evento de magnitud e impacto internacional, ¿Qué famosos consideran que están haciendo cosas por causas sociales, ambientales, políticas? ¿Les ha llamado la acción puntual de alguno? ¿Por qué? 2. Mi especialización en ambiente no fue algo casual, responde a una voluntad personal de querer cambiar el mundo en el que vivimos y a una pasión por el trabajo que hago; por ello, soy de las que creen que con cada una de las líneas de mis artículos puedo generar al menos un poco de conciencia en quienes lo leen y promover un cambio de acción; levo tatuada en mi muñeca la frase “Be the change” (“sé el cambio”) en honor a la reconocida expresión de Mahatma Gandhi: “Be the change you want to see in the world” (“Sé el cambio que quieres ver en el mundo”) ¿Qué hacen ustedes por cambiar aquello que no les gusta del mundo, desde lo más próximo en sus vidas hasta lo que pueda ser más global? 3. Por mi parte, yo los invito a compartir videos o charlas que los hayan inspirado; nos reencontramos mañana con el post de Brooklyn ;)  [OFF TOPIC] Les cuento que durante el 2016 el blog se va actualizar de lunes a miércoles con algunos podcasts los jueves revisionando ciertas películas, quise retomar la actualización de lunes a viernes pero tengo un mayor caudal de trabajo este año que lamentablemente me lo impide, sobre todo porque planeo editar mi segundo libro en unos meses; por otro lado, les comparto que el jueves 11 haremos salida cinescalera para ver Zoolander 2, los interesados en sumarse pueden mandarme mail; ahora sí, ¡bienvenidos al sexto año del blog!

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—> La última vez escribió Ezequiel Saul sobre… STAR WARS: THE FORCE AWAKENS

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El efecto Avengers

Hoy en Cinescalas escribe: JD Villalba

“Lo más interesante que ocurría en el mundo del arte de los 80 eran los cómics”- Neil Gaiman

A principios del 2009 presenciábamos cómo, al darse a conocer las nominaciones al Oscar, se excluía la que para la gran mayoría había sido la mejor película del año anterior: The Dark Knight. Hasta ese entonces, público y crítica en general habían coincidido en los notables logros argumentales que tuvo este film, como también en su carácter épico, ritmo trepidante, profundidad filosófica y complejidad de sus personajes, pero ni siquiera el innegable reconocimiento al trabajo de Heath Ledger sirvió para calmar las aguas. Podríamos considerarlo como un hecho no del todo sorprendente si tenemos en cuenta los gustos particulares de la Academia, que suelen alejarla del reconocimiento del denominado “cine de género” a la hora de otorgar los premios mayores, pero en su momento este incidente generó tanta polémica y rechazo que posteriormente fue necesario ampliar el cupo de nominados en la categoría de mejor película: las seleccionadas pasaban de ser cinco a ser diez. La película de Christopher Nolan fue un acontecimiento demasiado trascendente como para dejarse de lado, darle la espalda significaba hundirse una vez más en la impopularidad al definirse como una premiación insensible a un fenómeno masivo que iba en aumento: el cine de superhéroes.

Seis años después, es en los mismos Oscars en donde asistimos a la premiación simultánea de dos películas resultantes en menor o mayor medida de esta tendencia: Big Hero 6 en la categoría de mejor largometraje de animación y Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)  llevándose muchas estatuillas, entre ellas la de mejor película. Sí, ya sé… Birdman… no es una película de superhéroes propiamente dicha, y llega a abordar el tema de una manera muy simple y superficial, pero aun así su existencia está predispuesta por el actual panorama. Teniendo en cuenta el estilo conservador de la Academia, quizás esto sea lo más cerca que estemos de lograr ver por fin a una película de superhéroes obtener el reconocimiento máximo que se le negó a The Dark Knight en su momento. De todas maneras, nunca perderé las esperanzas, sobre todo teniendo en cuenta que todavía queda mucho por estrenarse, y eso es debido a que pasaron un sinfín de cosas con respecto a este tema en los últimos seis años, especialmente el efecto Avengers.

Estrenada a mediados de 2012, Avengers resultó innovadora en muchos sentidos, un arriesgado experimento que podría definirse como una “multisecuela” al converger como intersección de tantas películas, y cuyo posible fracaso en su momento amenazaba con arrastrar consigo la continuidad de cuatro franquicias simultáneamente, (Iron Man, Captain America, Thor y Hulk) además de la suya, claro. Pero ya sabemos de sobra que no fue un fracaso, sino un desmesurado éxito de más de 1.500 millones de dólares en recaudación, convirtiéndose hasta ahora en la tercera película más exitosa de la historia. Poco después de su estreno, el efecto Avengers generó sus primeras consecuencias, al potenciar la recaudación y estimular la concreción de nuevos proyectos para cine y TV relacionados con el universo superheroico. Dentro de su misma saga, Thor y Captain America superaron el éxito de sus antecesoras, Iron Man 3 se convirtió en el mayor éxito del 2013, Guardians of the Galaxy en el segundo mayor éxito del 2014… ¿Alguien tiene alguna duda de que Avengers: Age of Ultron será el mayor éxito del 2015?, ¿O de que Batman v Superman lo será en el 2016? Bueno, tal vez las nuevas aventuras de Luke, Leia y compañía amenacen ese primer lugar en el podio, pero me atrevo a dudarlo… ¿Por qué ahora y no antes? Por un lado podríamos resaltar la amplia evolución que han alcanzado los efectos especiales de hoy en día. Desde Lord of the Rings que quedó claro que cualquier fantasía puede representarse en pantalla con la suficiente credibilidad, y eso es fundamental para que, por ejemplo, podamos observar cómo un sujeto se traslada entre edificios por medio de telarañas que lanza de sus brazos y que eso nos produzca asombro en vez de risa.

Pero yo destacaría algo más. En los casi ochenta años de existencia de los superhéroes (a partir de la primera aparición oficial de Superman), hubo lugar para el desarrollo de historias y autores de todo tipo. Del 30 al 50 tuvimos la denominada Edad de Oro (no por la calidad de los cómics sino por el nivel de ventas de los mismos), la Edad de Plata en los 60 y 70, con la aparición de Marvel y reformulación de DC, hasta llegar a la Edad Moderna en los años 80, donde el género presenció cambios sustanciales impulsados por el genio de una camada de autores vanguardistas como Alan Moore, Frank Miller, Grant Morrison y Neil Gaiman, por citar algunos nombres. Obras maestras como Watchmen y The Dark Knight Returns contribuyeron a la desmitificación del concepto de superhéroe como figura incorruptible e impoluta, proveyéndolos de estructuras psíquicas complejas, al mismo tiempo que eran envueltos cada vez más en aspectos de la agobiante y sucia realidad que diariamente reconocemos en nuestra cotidianidad. Esta proyección produjo nuevas libertades para los autores en búsqueda de originales historias, por medio de complejas tramas que necesitaron del desarrollo de nuevos formatos como el de novela gráfica (similar al de un libro) o series limitadas. Allí es en parte donde comienza el entendimiento con el cine, ya que su adaptación es facilitada a las exigencias un guión, al tener una historia con un número determinado de personajes que posee un principio y un final. Así es como muchos de los argumentos que vemos en cine hoy en día son tomados directamente de sagas provenientes de los cómics. De hecho, tanto es el reconocimiento que a veces ni se toman la molestia de modificar los títulos de su formato de origen, como sucede, por ejemplo, con Captain America: The Winter Soldier. Los superhéroes, entonces, son a esta altura parte de toda una mitología instaurada en la cultura e inconsciente colectivo, plagada de personajes icónicos con sus virtudes y defectos, tal como ocurría con la mitología griega. ¿Por qué no aprovechar lo que ya fue desarrollado?. Pero para lograr la masividad, el cine necesita de una cierta calidad y entendimiento que alcance a toda clase de público, más allá de su edad, etnia, sexo o nacionalidad, necesidad de temas y valores universales claramente expuestos en las historietas que atraparon a toda una generación de cineastas que creció leyéndolas y disfrutándolas, y que algún día serían los encargados de exponer todo ese potencial en la pantalla.

Es allí donde siendo fan del género, mi satisfacción alcanza otros niveles, al identificarme y reconocer no solo el gran nivel de información que poseen los cineastas sobre los personajes que tratan, sino además el profundo amor y respeto que los autores poseen en relación a ellos. Joss Whedon y James Gunn vivieron, al igual que yo, sus infancias u adolescencias durante los 80 y 90, nutriendo su imaginación de historias surgidas a partir de toda una mitología que llevaba cincuenta años desarrollándose hasta alcanzar su madurez estética y conceptual, y por lo tanto, sus películas no son el resultado de trabajos por encargo de personas con una burda, infantil o limitada visión que pueda tenerse de los superhéroes y que dan como resultado obras como la infame Batman & Robin. Cada vez que veo Avengers, veo parte de esa magia intentando ser transmitida, la magia que ellos o yo sentimos por primera vez al leer un cómic.

Por lo tanto, me condiciona significativamente el afecto adquirido de antaño al tener que hablar de Avengers. Pero aun así, objetivamente puedo valorar su amplio manejo e interacción de múltiples personajes protagónicos sin que ninguno termine por anular u opacar al otro, mas allá de la popularidad o nivel de poder que cada uno posea (como ejemplo opuesto, veamos el excesivo protagonismo que se le brinda a Wolverine en la saga X-Men). El éxito no le fue esquivo a pesar de que se trate de un conjunto de personajes no del todo identificables para el gran público, y con el término “gran público” me refiero a que resulten reconocibles para aquellos que nunca leyeron un cómic (la excepción tal vez sea Hulk, aunque ya sabemos que la presencia de Hulk en películas previas tampoco fue garantía de éxito). Abundan los diálogos y frases memorables (¡Puny God!), junto con extensas y espectaculares escenas de acción (la invasión Chitauri como mejor exponente de esta afirmación). Rescato el clima épico sin necesidad de solemnidad o de dejar el humor de lado, y el heroísmo entendido no sólo como un privilegio sino además como una carga de pesada responsabilidad, por parte de aquellos que deciden ser héroes a pesar de sus desconfianzas y conflictos, a pesar de llevar el peso de sentirse diferentes, a pesar de ser tan amados como temidos, a pesar de ellos mismos, porque en última instancia, cuando la maldad sale a la luz, lo mejor es estar unidos.

Seguramente hubo y habrá muchos iniciados lectores producto de este actual entendimiento cuasi simbiótico entre cine y cómic, y ésa es una razón más para celebrar la masividad de un género que hace tiempo dejó de ser cosa de nerds o de adolescentes leían historietas a escondidas de sus amigos. Se trata de un éxito muy necesario para su supervivencia, ya que estamos hablando de grandes producciones que requieren de cientos de millones de dólares para seguir desarrollándose, como parece que sucederá. Aún así, los que conocemos de cómics sabemos que en algún momento se producirá un colapso o crisis dentro del universo compartido, al plagarse de tantas tramas y subtramas, que en algunos casos harán necesario un borrón y cuenta nueva. El punto culminante en este caso tal vez sea la segunda parte de Infinite War planificada para 2019. Hasta ese año, contando a partir de ahora, se estrenarán cerca de treinta películas de superhéroes, una tendencia que seguramente decaerá en algún momento, pero nunca hasta llegar a la desaparición.

Lo importante es que la hazaña ya fue lograda. Avengers fue el punto de inicio de la Edad de Oro de los superhéroes en cine y televisión, y mientras dure este romance, por mi parte, solo queda disfrutarlo.

Por JD Villalba

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► [TRAILER] Algunas imágenes de Avengers: Age of Ultron:

Avengers- Age of Ultron - HD Trailer from Nueplex Cinemas on Vimeo.

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► [DE YAPA] Escenas eliminadas de la primera entrega de Avengers:

Loki, Clint & Selvig in the tunnels (Avengers Deleted Scene) from Hiddleston-Daily on Vimeo.

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¡BUEN LUNES PARA TODOS! En este gran post de Daniel, los invito a responder tres consignas: 1. Explayarse largo y tendido sobre Avengers: Age of Ultron; 2. Por otro lado, pueden mencionar sus películas favoritas del género de superhéroes y sus superhéroes favoritos también 3. ¿Leen cómics? Si es así, me gustaría que compartan cuáles y que armemos un debate al respecto; como siempre, los leo y los reencuentro mañana en el post de mejores escenas finales del cine ;) PD. Recuerden que hasta el viernes tienen tiempo de elegir La mejor nota de los lunes y que acá mismo pueden votar por sus dos favoritas; ¡gracias a todos y que tengan un gran comienzo de semana!

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 La última vez escribió Mauro Zanier sobre… LAGGIES

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Foxcatcher: El allá es un espejo en negativo

“A quarter of America is a dramatic, tense, violent country, exploding with contradictions, full of brutal, physiological vitality, and that is the America that I have really loved and love. But a good half of it is a country of boredom, emptiness, monotony, brainless production, and brainless consumption, and this is the American inferno.” - Italo Calvino (Correspondencias 1941-1985)

En Las ciudades invisibles, Italo Calvino abordó la compleja temática de las paradojas temporales a través de una parábola precisa y acertada. En la mencionada novela, pasado, presente y futuro se interconectan mediante la titilante presencia de un denominador común: las posesiones. Cuando Calvino habla de lo que se busca aprehender, configura al Hombre a partir de su condición de ser errante, de un viajero en perpetuo estado de transición. El futuro, por ejemplo, lo asalta para recordarle todo aquello que no pudo aprehender en el pasado, lo cual no es más que una noción extremadamente paradójica. Es decir, si yo emprendo nuevas conquistas (o al menos salgo a la búsqueda de lugares nunca antes vistos), como consecuencia debería incorporar otro clima, otra cultura, otra experiencia, una experiencia que alimente mi constitución. Sin embargo, para los personajes de Calvino, el salir al encuentro de lo novedoso puede desembocar en un aprendizaje más desolador. Justamente ese flamante escenario que visito por primera vez me recordará lo que no tuve ni tengo, me marcará las carencias y me pondrá de cara a la añoranza. Hay todo un mundo allí afuera que no poseo y el mero hecho de verlo me remarca hasta qué punto el “allá” (como adverbio que me señala lo que siempre está por delante, lo que nunca termina de llegar) es un espejo que me devuelve todo aquello que me falta, el allá como “espejo en negativo”. Así, el itinerante sufre una suerte de epifanía al descubrir, según las palabras de Calvino, “lo mucho que no ha tenido y no tendrá”. Por lo tanto, ser y tener son dos infinitivos indisolubles. Para definirse a sí mismo, para desarrollar una declaración de principios sobre su identidad, el viajero tiene que tener. La acción de la mano que se extiende para la posesión, es decir, la acción de la mano abierta que se convierte en puño, es la perfecta imagen simbólica del hecho de tomar algo para ser algo: “la extrañeza de lo que no eres o no posees más te espera al paso en los lugares extraños y no poseídos”. Lo interesante de ese juego con el allá/futuro como instancia/escenario en negativo es que siempre vamos a seguir siendo a medida que vayamos aprehendiendo. Por un lado, el planteo de Calvino es pesimista (hay tantos allá como hay deseos, hay tantos deseos como fracasos) y, como contrapartida, hay un rasgo de optimismo concentrado en él. Es como si uno se fuera nutriendo de la concreción de objetivos para expandir el ser y el estar, en un rapto de rebeldía para los que se sienten cómodos delimitando la identidad ajena. Por lo tanto, si hay un allá, si hay un espejo que me revela lo que no tengo, eso implica que puedo reinventarme cuando quiero (pensamiento profundamente emparentado con The Great Gatsby), que tengo la capacidad de autodefinirme a mi antojo. ¿Por miedo a qué? Acaso por miedo a lo perecedero, acaso por miedo a ser una sola cosa cuando puedo ser (o poseer) tantas otras o acaso por miedo a convertirme una rama seca (“los futuros no realizados son sólo ramas del pasado”).

Fuente: festivaldecannesofficiel.tumblr.com

La doble cara del deseo también está presente en la correspondencia que entablaba Calvino. Su visión de la sociedad norteamericana como una confluencia de contradicciones encuentra su columna vertebral en la sumatoria de adjetivos calificativos que aluden a la ambición como un arma que se dispara cuando quiere, como un caballo que es recién liberado y toma una ruta impredecible. Esa monotonía, ese vacío que desgarra, a su vez impulsa al individuo a una dramática persecución de metas, una persecución indomable que conocerá fin solo en relación con el ser que la ejecuta. Foxcatcher, la tercera película de Bennett Miller es, como sus dos trabajos previos, una gran parábola. Su contenido prácticamente nos obliga a etiquetarla como una biopic y, sin embargo, desde lo formal está bastante lejos de serlo. Si recordamos Capote – film que también contó con el guión de Dan Futterman, por entonces sin la colaboración de E. Max Frye -, advertiremos que lo relevante allí era el modo en el que se gestaba, consolidaba y quebraba esa relación simbiótica entre Truman Capote y Perry Smith, dos personas de igual origen que salieron al mundo por puertas diferentes. Como escribió el propio Capote, él fue un afortunado por abrir la puerta delantera y lograr asomarse al allá/futuro, mientras que el sino de Perry fue siempre el de la oscuridad, el confinamiento y la violencia. Incluso al despojarla de nombres propios, la ópera prima de Miller aún mostraba el deseo de un hombre egoísta que, por tener siempre un As bajo la manga, ejercía un cierto poder sobre el menos privilegiado (otro tópico latente en Foxcatcher). Capote como la historia del escritor que solo quería el final de su novela y le inventaba un porvenir a su objeto de estudio. En igual medida, Moneyball excede la anécdota de Billy Beane y termina siendo otra parábola (la del Home Run, en este caso) sobre la concreción de los objetivos y sobre lo que mencioné previamente en relación a los textos de Calvino: la reinvención. Sobre el final, cuando Billy le da play al disco y su hija le canta “Just enjoy the show”, las nomenclaturas de ganador y perdedor (“you are such a loser, dad” es una declaración afectuosa y celebratoria, jamás peyorativa) se esfuman cuando lo vital es la mirada de ese hombre hacia su propio futuro, hacia la aprehensión de lo nuevo, bajo la forma del viajero en auto que, al igual que Capote, observa lo que tiene delante y no todo aquello que dejó atrás. Por último, llegamos a Foxcatcher, la perfecta convergencia de la historia criminal de Capote con el mundo deportivo de Moneyball. Pero independientemente de esos rasgos de manual, Foxcatcher es también, y a simple vista, una adaptación libre de la historia real de cómo los hermanos luchadores Dave (Mark Ruffalo) y Mark Schultz (Channing Tatum) fueron patrocinados por el millonario John du Pont (Steve Carell). Sin embargo, al tratarse de Miller, Foxcatcher se desprende de las restricciones de las biopics. La falta de diálogo – el film se apoya simbolismos y elipsis para adquirir fuerza – es esencial para que el director despliegue un imaginario visual tan certero como brutal. Esa sociedad ambiciosa de la que hablaba Calvino en sus cartas aquí está representada por Du Pont, quien considera que todo tiene un valor y que el uso del dinero es la única vía para una anhelada reinvención. No es casual que en Foxcatcher abunden tomas de armas y caballos. Las primeras, empleadas a modo de presagio pero también de impredecibilidad humana. Los segundos, como metáfora de un pasado, de una tradición familiar, de una nostalgia inquebrantable y, al mismo tiempo, de ese carácter indomable de quien “explota en contradicciones”.

Fuente: festivaldecannesofficiel.tumblr.com

De este modo, Miller orquesta un acercamiento a sus personajes con una metodología similar a la de Luis Buñuel. Lo suyo se asemeja a la entomología. Para el director, ni Du Pont es Du Pont ni los hermanos Schultz son los hermanos Schultz. Como en la secuencia en la que nos muestra la colección de pájaros sobre la que escribe ese autodenominado filántropo, Miller aborda a esos hombres con una mirada sumamente clínica. Foxcatcher es una película en la cual los momentos más humanos (como aquel en el que Dave ayuda a su hermano a ponerse en forma para competir) se desarrollan con el cuerpo por delante de la palabra. Un abrazo, una frente tocando la otra, e incluso la autoflagelación también como acto humano ante la presión cotidiana. En relación a esto, Du Pont responde a las características de ese individuo que padece la carencia de lo que quisiera aprehender y no aprehende. Así, utiliza el dinero para editar un libro sobre ornitología como decisión arbitraria en color sepia (su investigación data de diez años y, sin embargo, se la regala a Mark como si fuera parte de su presente), para la filmación de un documental sobre su persona que resalte sus cualidades como mentor (momento brillante aquel en el que Dave no puede sonar convincente en cámara) y para, especialmente, la adquisición de esos deportistas como peones más que como verdaderas figuras dignas de reconocimiento. El trauma de Du Pont con su madre Jean (Vanessa Redgrave) – quien incluso llegó a pagarle a un joven para que sea amigo de su hijo, sentando un precedente de conducta -, y nuevamente con la elipsis como recurso clave, es mostrada por Miller en tres breves momentos: una charla tensa y reveladora en la que ella le dice que no quiere verlo “caer tan bajo”, una demostración de poder en una práctica en la que no se necesitan palabras y ese extraordinario plano de John liberando los caballos (es decir, liberándose a sí mismo de las imposiciones maternas). Si Foxcatcher genera incomodidad es porque Miller, y acá en dirección opuesta a Moneyball, prácticamente deja la cámara fija encerrando circunstancias y objetos representativos tanto de la identidad como de esa confluencia de estadios temporales. La vitrina como espacio de contención de los logros vacíos que se van reemplazando unos a otros, los cuadros con retratos de líderes de una “dinastía de riqueza y poder”, e incluso el colchón que Dave deja caer por las escaleras de su desquebrajado departamento, antes de mudarse para salir al encuentro de su propia metamorfosis. “I distanced myself from becoming my own person” dice un perfecto Tatum (la revelación del film), frase con la cual Dave alude a su identidad con la percepción especular. Es decir, Dave cree no ser nada porque cree que su hermano lo es todo (de hecho, una de las primeras preguntas del film es la de “¿Vos sos Mark o sos Dave?”, señalando esa condición de figuras intercambiables) y encuentra en las palabras persuasivas de Du Pont – aquellas sobre cómo el hombre falla cuando deja de honrar a quienes lo merecen – la excusa ideal para reforzar su nombre, su unicidad. De este modo, tanto él como su mentor están persiguiendo el mismo objetivo, siendo la figura del doppelgänger otra arista fascinante de Foxcatcher.

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“Ornithologist, Philatelist, Philanthropist”. “Ornithologist, Philatelist, Philanthropist”. “Ornithologist, Philatelist, Philanthropist”. Dave repite ad nauseam la descripción que Du Pont enarbola sobre sí mismo para que otro verbalice por él. Dave ensaya mientras aspira línea tras línea de cocaína sobre ese helicóptero que lo haría sentirse más alto. Esa secuencia, la más grotesca del film, no solo alude a las múltiples identidades (“Coach is a father. Coach is a mentor. Coach has great power on athlete’s life” también aseguraría Du Pont) sino también al peligro latente que conlleva ser la marioneta de alguien que no sabe cómo emplear el poder para beneficio del otro, un otro que se apega al supuesto hombre exitoso porque cree que así podrá alcanzar “la luz verde”. “What happens when the guy standing next to you catches a lightning bolt? Does it carry you up to the stratosphere along with him? Or do you simply get charred trying to hold on?” se pregunta Ben Mezrich en The Accidental Billionaires. Lejos de las lecturas homoeróticas (absolutamente válidas pero no constitutivas) que puedan extraerse del mismo, Foxcatcher es, por sobre todas las cosas, un film de una frialdad análoga a la que siente el hombre que al mirarse al espejo no reconoce su reflejo (Dave se golpe con la mano y luego directamente contra el vidrio, denotando una progresión de su falta de dirección), un film que abre en pleno pasado (con un institucional con los caballos de la familia Du Pont) y que cierra de igual modo: con Dave estancado en un escenario bastante lejano a la ansiada gloria. Pero Foxcatcher es, más que nada, una gran ironía, un film en el cual las últimas palabras que se escuchan son “USA! USA! USA!”, ensambladas con la imagen de ese hombre que, paradójicamente, está bastante distanciado del sueño americano pero mucho más cerca del allá como objetivo inaprensible, como meta en decadencia, como espejo en negativo.

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► [ESCENA] Channing Tatum y Steve Carell en un incómodo momento de la película de Miller:

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► [DE YAPA] Bennett Miller explica el proceso de realización de una de las secuencias del film:

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¡BUEN DÍA PARA TODOS! Hoy tenemos dos consignas: 1. Por un lado, me gustaría que se explayen sobre Foxcatcher: ¿la vieron? ¿qué les pareció? 2. En una temporada donde abundan las biopics, les dejo esta pregunta: ¿cuáles son sus películas biográficas favoritas y cuáles piensan que no funcionan del todo? ¿Hasta qué punto a ustedes, como espectadores, les importa la precisión con la que se reflejan los hechos reales? Espero que se arme un debate interesante al respecto; como siempre, los leo; nos reencontramos mañana con un Open Post sobre 50 Shades of Grey y sexo en el cine (sí, sí, leen bien)

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Begin Again: Miren todos, ellos solos

“Me fascina que la mujer que está a mi lado escuche discos con audífonos, que su rostro refleje todo lo que está sucediendo en esa pequeña noche interior, en esa intimidad total de la música y sus oídos (…) por momentos me olvido de la realidad, y los audífonos en su cabeza me parecen los electrodos de un nuevo Frankenstein llevando la chispa vital a una imagen de cera, animándola poco a poco, haciéndola salir de la inmovilidad con que creemos escuchar la música y que no es tal para un observador exterior” – Julio Cortázar (Salvo el crepúsculo)

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Steve Kilbey abre el disco con “Under The Milky Way”. Puedo llegar a decir que es un disco conceptual, porque comienza observando la realidad desde una perspectiva individual para luego sumarle otra voz: “Sometimes when this place gets kind of empty, sound of the breath fades with the light, I think about the loveless fascination, under the milky way tonight”. El mundo, la noche, el hombre, la letra de una canción. Después, casi en el medio, aparece Ian Brown para ir llenando los espacios vacíos, para repetir en loop “This is The One” con ese rebosante optimismo madchester. Pero la cosa no se termina ahí. Sobre el final, Graham Coxon hacía su entrada para contestarle a Kilbey, con esa melancolía menos aplastante y más acogedora de “All Over Me”. Son las cuerdas, creo. Son los violines los que hicieron que el disco concluya ya no con una persona contemplando el entorno sino con dos en armónica fusión. Graham habla de alguien que lo está invadiendo en todo su cuerpo, de cómo un rostro, una voz, tienen el poder suficiente como para que nos abstraigamos. Pero no es solo eso. Que el disco sea conceptual me lo dice su última frase: “I know why you make me so scared, you’re all I can see, you speak and my hearing is impared, you’re all over me”. Under. All Over. Empecé escuchando el disco imaginando a ese hombre parado frente a un escenario x, rotando la mirada de un rincón hacia otro, mientras era cubierto por esa Vía Láctea. Terminé escuchando el disco imaginando a otro hombre, parado frente a un escenario x, rotando la mirada de un rincón hacia otro, mientras tenía a alguien al lado. Creo que ahí advertí que esa sucesión de canciones perfectamente ubicadas me estaba queriendo contar una historia. La historia de cómo los espacios vacíos están configurados para ser completados. De cómo nosotros vemos el lugar en el que nos encontramos de formas tan contrapuestas según los factores externos. “You Changed My Life” canta The Electric Pop Group en la canción número seis. Ahora no concibo otra manera de escuchar ese disco que pensándolo como el manifiesto de una transformación radical, pensándolo como una suerte de fábula. Ese disco es mi “había una vez…”. Me gustan esos puntos suspensivos. Son la prueba más irrefutable de que entonces había algo que estaba por ser asaltado por alguna otra cosa. Hoy sigo enamorada de ese disco como la primera vez. Es un disco que no tiene título. Es un disco amarillo con Enid Coleslaw dibujada en la portada, dibujada como no podía ser de otro modo: recostada en el piso acompañada de un vinilo. Ese disco fue un regalo que alguien me hizo hace muchos años y que hoy, escuchándolo con auriculares después de tanto tiempo, produce eso sobre lo que habla Cortázar más arriba. Mi rostro se transforma a medida que las canciones pasan. Porque mientras las canciones pasan, también pasa el tiempo, pasan las imágenes de un tiempo. La música, otra vez, me recuerda que soy perturbable.

“We’re just two lost souls swimming in a fish bowl, year after year; running over the same old ground, what have we found? The same old fears” 

Siete años atrás, John Carney dirigió Once, perfecto título para una perfecta película que es, justamente, un cuento. Había una vez en Dublín un hombre (Glen Hansard) que escupía esos versos de trovador con un desamor a cuestas. Había una vez en Dublín una mujer (Markéta Irglová) que vendía flores por esas mismas calles céntricas. A Carney le gusta poner el foco en un único vínculo forjado entre dos personas. Pero… ¿qué hace que Once se convierta en un cuento y no en un poema? ¿Qué hace que el “había una vez…” encuentre un relato detrás de sus puntos suspensivos? Como siempre, un simple acto. En este caso, observar. Mejor dicho: observar escuchando. Esa mujer mira cómo ese hombre canta y decide que quiere seguir escuchando más. Que hay algo en esas letras. “La inspiración es la hipótesis que reduce al autor a un papel de obervador” escribió Paul Valéry. Ella lo observa primero y luego él hace lo propio cuando ella se sienta en un piano para acoplarse a lo que él escribió. “Falling Slowly”. Otra canción sobre los espacios que se llenan. “Sing your melody, I’ll sing along”. Carney lo ubica a él cantando primero, para mostrar cómo ella lentamente va aprendiendo los sonidos, cómo esa canción tiene su correlación con la realidad, cómo la música puede entrar en ese preciso momento en el que hay una carencia, algo que parece desencajado, fuera de lugar. Él y ella graban un disco, un disco que es más que un disco. Es un propósito para volver a querer caminar las calles, procesar la realidad con sus propias melodías como compañía, como muestra Carney en un brillante plano secuencia donde ella canta su canción con los auriculares puestos mientras transita las cuadras que separan el supermercado de su casa, esa casa donde la música no puede penetrar ante el caos cotidiano. Como todo cuento, el de Once tiene un final, un final sellado por una despedida. Una despedida que nos hace pensar que, en realidad, el decir adiós muy pocas veces se resuelve prolijamente. Siempre hay una imposibilidad, una palabra que pudo haber salido pero que nunca se dijo, unos ojos que no hacen contacto, un miedo a enfrentarse al hecho que nos llevan, paradójicamente, a decir adiós sin decirlo nunca. En “El breve amor”, Cortázar habla un poco de esto, de cómo la despedida a veces queda reducida al “anegarse entre cenizas” con el mero gesto de “liberar las manos”. La despedida en Once llega mediante lo simbólico. Él le regala ese piano comprado donde la escuchó cantar por primera vez y ella mira el mundo desde su pequeña ventana, sentada con las manos en las teclas y mirando hacia afuera. La sonrisa de él mientras parte hacia otro destino dice mucho sobre cómo alguien puede aparecer para completarnos, para arrojarnos al impulso de regalar algo para, en cierta forma, modificar su vida. Nuevamente, el mundo se llena con la música. La habitación de ella ahora sí permanece abierta a la melodía, a lo nuevo, a lo esperanzador (“raise your hopeful voice, you have a choice”).

“Please don’t let me drift too far, keep me safe and same where you are, so I can always be renewed; and what you’ve given me here today is worth everything I could pay”

“That’s what I love about music, even the most banal scenes are suddenly invested with so much meaning, you know? All these banalities, they suddenly turn into these beautiful effervescent pearls” le dice Dan (Mark Ruffalo) a Gretta (Keira Knigthley) en Begin Again, la reciente película de Carney. Mientras discurre sobre el tópico, ambos tienen puestos auriculares y están inmersos en una noche sacada de contexto. Recorren Nueva York a contramano de sus sonidos, extáticos ante la diversidad de canciones que tiene Gretta en su reproductor y van a bailar con esos auriculares puestos; es decir, se mueven en otra dirección, respetando sus tiempos. Como toda película que esté atravesada por la música como fuerza centrípeta, en Begin Again no hay ninguna clase de arbitrariedad y su eje narrativo no tiene por qué ser expuesto por los personajes, dado que los personajes, despojados de egoísmo, dejan que sus cantantes favoritos hablen por ellos o que sus letras sean su medio de comunicación. Por lo tanto, cuando ellos salen a caminar solos, Stevie Wonder dice eso de que por una vez en la vida tiene a alguien que lo necesita, y no hace falta añadir nada más. Al igual que Once, Begin Again cuenta con dos protagonistas que se cruzan cuando ambos están lidiando con un tumulto interno. Ella viene de una ruptura. Él, a su modo, también. Pero a diferencia de Once, es él quien la ve. Es él quien la reconoce diferente y es él quien decide acompañarla en el proceso de grabación de un disco que resignifique la ciudad, que incorpore ese mundo (neoyorkino) dentro de otro (la música) y viceversa. Begin Again no se distancia de los lugares. Por el contrario, los vive, los sondea, los corre con la misma velocidad con la que Gretta y su banda se van moviendo de una locación a otra. “Cada vez que visito Nueva York para participar en el maratón (y creo que con esta ya van cuatro veces), me acuerdo de ‘Autumn in New York’, aquella elegante y hermosa balada que compuso Vernon Duke: ‘Dreamers with empty hands may sigh for exotic lands; it’s Autumn in New York, it’s good to live it again’” escribió Haruki Murakami en De qué hablo cuando hablo de correr. ¿De qué habla? De cómo el correr es una apertura al mundo, y de cómo el correr permite respirar, asimilar, ser rozado por distintos climas, sensaciones, músicas, gestos. La ciudad roza a Murakami como roza a Gretta y Dan, esos soñadores con manos vacías que se estaban necesitando sin saberlo. Cuando Begin Again se queda a su lado, cuando los muestra como dos pares que se exorcisan a través de las canciones (ella supera el desamor, él se reencuentra con el amor perdido), cualquier otra subtrama empalidece en comparación. En esencia, la película habla sobre empezar de nuevo gracias a que alguien puso los ojos en uno, usando la letra de “Lost Stars” como se empleaba la de “Falling Slowly” en Once: para poner de relieve el significado de esa relación, en este caso mediante una pregunta retórica (“aren’t we all lost stars trying to light up the dark?”). Por lo tanto, el giro del final, ese que muestra que no es imperativo que haya una conexión romántica para que esa oscuridad se disipe, es el mayor acierto de Carney. La sonrisa de ese hombre en Once es la misma que la de Gretta arriba de dos ruedas, con una canción en sus oidos, y un disco propio como prueba de su autorrealización. Todo ese plano está bañado por el espíritu natural e improvisado del film, que concluye con la inconfundible sensación que genera un objetivo que se cumple siéndole fiel a uno. Asimismo, el piano como ofrenda acá encuentra su equivalente en un adaptador para dos auriculares que Greta le devuelve a Dan para decirle que es hora de que lo vuelva a usar con su mujer. Begin Again es una película sobre las experiencias en simultáneo, sobre cómo la percepción se enriquece cuando otra voz se suma al coro, cuando te pasa por encima la magia de cómo una canción se puede unir a otra con abrumadora naturalidad.

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“Cuando entro en mi audífono, cuando las manos lo calzan en la cabeza con cuidado (…) soy yo el que entra en mi audífono, el que asoma la cabeza a una noche diferente, a una oscuridad otra; afuera nada parece haber cambiado, el salón con sus lámparas, Carol que lee un libro de Virginia Woolf en el sillón de enfrente, los cigarrillos, Flanelle que juega con una pelota de papel, lo mismo, lo de ahí, lo nuestro, una noche más y ya nada es lo mismo” escribió también Cortázar. Creo que a todos nos pasa eso que dice Julio, eso que dice Dan en Begin Again, eso que dicen muchos de distintas maneras. A todos nos pasa que al encontrarnos encapsulados por la música lo más mundano se convierta en extraordinario. Le vuelvo a dar play a “Under The Milky Way”, la primera canción de ese disco de amor que me regalaron (los regalos ligados a la música tienen un efecto mucho más avasallante, ¿no?), y ahora me configuro la imagen de ese hombre que ya no está tan en soledad. Como tampoco está en soledad Enid en la portada del disco. Como tampoco estoy en soledad yo escuchándolo. Él está con el entorno. Ellá está con el vinilo. Yo estoy con la música.

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► [ESPECIAL] El director John Carney explica cómo se filmó una de las primeras escenas de Begin Again:

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► [PLAYLIST] Algunas canciones que suenan en la película:

Begin Again by cinescalas on Grooveshark

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN / PARA ESCUCHAR CON AUDÍFONOS] 50 canciones asociadas a películas (perdón que no subo más, pero YouTube cambió la modalidad y a algunas no se las puede incluir, entonces hice una breve selección, ¡que la disfruten!):

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¡BUEN VIERNES PARA TODA LA MUCHACHADA! Cerramos la semana con tres consignas: 1. ¿Vieron Begin Again? Los invito a dejar su apreciación sobre la película de John Carney 2. ¿Cuál es su rutina con la música? ¿En qué momento escuchan? ¿Son de estar todo el tiempo con auriculares? ¿Puede pasar un día sin que escuchen algo? 3. ¿Cuáles fueron los regalos más preciados que les hicieron vinculados a la música? 4. ¡Armemos playlist! La consigna es que mencionemos las canciones más inolvidables que hayan salido de bandas de sonido ídem; es decir, hablemos de soundtracks y armemos una gran lista de reproducción para escuchar con auriculares; como siempre, los leo; ¡que terminen muy bien la semana, nos reencontramos el lunes! ¡saludos para todos!

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