Podcast Cinescalero Volumen XVII / Revisionando los ’90: TITANIC

♦ ¿Qué veredicto dan ustedes en este nuevo podcast? ¿Cuánto se mantiene Titanic en el 2016? ¡Los invitamos a debatir! ¡Hasta el lunes, muchachada!

El mundo se divide en…

“No te creo que Rose haya piloteado un avión” dijo mi novia en relación a una de las escenas finales de Titanic, en la que vemos, a través de diferentes fotografías, la evolución en la vida de Rose post-Jack Dawson. Entre esas imágenes, hay una en la que Rose posa orgullosa al lado de una avioneta a la que (creemos) se subirá luego. La aseveración de mi novia contenía un cierto desdén hacia la película de James Cameron, por lo cual eventualmente le pregunté qué era aquello que le molestaba del film, pregunta que derivó en un sinfín de argumentaciones. “El mundo se divide en personas quienes bancan Titanic y en personas que no” le respondí, y así fue la génesis de este post. No es secreto que todos los que habitamos este espacio manifestamos nuestros gustos de manera efusiva, ya sea para confesar nuestros pecados cinéfilos (sí, sigo sin ver The Hobbit), nuestras debilidades en el baboseo (ya se viene el post versión 2015) o nuestros “aguantes” más caprichosos (gran intercambio aquel). Por lo tanto, los invito en este día a trazar sus propios “el mundo se divide en personas que (completar aquí) y en personas que (completar acá)”, mientras yo reveo las imágenes superiores de Titanic y rememoro por qué me gusta tanto el film de Cameron: es una efectiva historia de amor que, como escribí en su momento, me recuerda a “The Death of You and Me”, esa canción de Noel Gallagher’s High Flying Birds que habla de disfrutar del otro mientras alrededor todo se desmorona. 

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► [GALERÍA] El mundo cinéfilo se divide en…todo esto (¡gracias por los aportes en el post!):

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy simplemente los invito a sumar sus absolutos respecto a cómo se divide el mundo cinéfilo según sus criterios; en mi caso, en quienes les gusta Titanic y en quienes no y en quienes se emocionan con Boyhood y en quienes no; como siempre, leo sus aportes; nos reencontramos el jueves (por cuestiones laborales se me complica actualizar mañana) con un De menor a mayor de Jessica Chastain; ¡hasta entonces!

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La película de mi semana: Eternal Sunshine of the Spotless Mind

“Love is so painful, how could you ever wish it on anybody? And love is so essential, how could you ever stand in its way?”David Levithan (Two Boys Kissing)

Me dijiste que yo era la cruz que te tenías sacar de encima para poder seguir. Y así, con solo una frase, me enrolaste en una suerte de curso acelerado de despertar a la vida. No porque me haya gustado lo que me dijiste sino porque lo que dijiste hizo algo que creía imposible: generó otra dimensión. Porque desde ese momento que vivo pensando así, en dos dimensiones. Esta, en la que no te veo, de la que hace años que no formás parte, la que me dio la posibilidad de experimentar otros amores, desamores, esos disturbios sexuales tan poco sensuales. Y la otra. ¿Cómo describo la otra? La otra es el lugar al que siempre vuelvo. Volver a volver. “Hace tanto frío que no puedo más que arder” escribió Gabo Ferro. Una vez te quejaste de que yo siempre te llamaba para hablar de cosas importantes los días domingo. Quizás porque los días domingo me sentía sola. Eso te molestaba. Te creías prescindible. Una figurita intercambiable. Una voz cualquiera del otro lado del tubo. Yo ahora voy hacia la idea de vos (o vuelvo a volver) únicamente cuando tengo frío. Por “frío” me refiero a cuando se quiebra la ilusión de otra relación que parecía destinada a perdurar y por “frío” también me refiero a cuando, a mis treinta, pienso que ya todo es efímero. Ese curso acelerado de despertar a la vida que me obligaste a tomar se convirtió, paralelamente, en un curso acelerado de cinismo. Ese que me hace decir frases como “no, esto no va a durar”, “no, lo que yo sentí, el amor que yo sentí, no se va a volver a repetir”. Esa otra dimensión es hacia donde voy cuando, al hacer tanto frío, necesito poder arder. Pero no me engaño, porque nunca deja de ser una dimensión paralela. Somos esas realidades equidistantes que se prolongan pero jamás se encuentran. Es como ir viviendo las cosas sabiendo que estás haciendo un camino pero que otro, ese que nunca te animaste a emprender, jamás quedó atrás. Me pisás los talones. La lucecita sigue siempre encendida. Esa luz vendría a ser la felicidad más simple. Sí, porque creo que hay dos clases de felicidad. Aquella que viene sin esfuerzo, aquella que no se necesita buscar, que se da sola, tan naturalmente. La otra…la otra supongo que es aquella que se complejiza a medida que uno crece. Por ejemplo, hubo un momento en el que vos me pedías algo que yo te podía dar. Te podía dar la mano y te podía acompañar. Te podía hacer reír. Te podía llamar los domingos. Y vos hacías lo mismo. Vos estabas siempre en el centro de las cosas, aunque te hacías la idea contraria. ¿Cómo podía ser de otra manera? Nadie que te conociera te podría haber ubicado en otro lugar que no fuera el centro. Pero esa facilidad que teníamos para hacernos reír, para dar y recibir, para la complicidad más desinteresada se empezó a contaminar. Es raro. Cuando uno se enamora las cosas deberían ser más simples, todo debería ser eterno, toda la realidad debería estar digitada por lo perdurable. No habría que dar vueltas. No habría que pensar. Lo que nadie parece decirnos – o lo que nadie me avisó a los veinticinco años – es que el amor efectivamente está en el centro, pero jamás se podrá emancipar de los sentimientos satelitales. Miedo. Inseguridad. Fobia. Inmadurez. Todo eso que no deberíamos dejar entrar y que, sin embargo, a veces penetra inconscientemente. Entonces, yo tuve miedo. Y ese miedo arruinó todo. Me arruinó. “I get lost in ifs”. Leí esa frase hace poco y ya sé, ya sé que los “ifs” no deberían jugar conmigo. Como yo juego conmigo cuando me refugio en esa otra dimensión. Sí, quizás vuelvo ahí porque todo terminó antes de comenzar y la idea de lo inacabado es siempre atractiva, romántica, engañosa. Quizás vos ya no sos el de mis veinticinco, quizás la voz de los domingos tiene otro sonido, y quizás ya no iluminás más las habitaciones. Cómo saberlo. De todos modos, sé algo ahora que no supe esa noche del apagón: sé qué quisiste decir con el término “cruz”. Sé lo que es tener un peso. El peso es algo que te colma, que te hace tambalear. Puede agitarte pero también puede abrazarte. Puede ser negativo, puede ser positivo. Pero el peso…el peso siempre se siente.

“A fractal is generally a rough or fragmented geometric shape that can be broken into parts, each of which is (at least approximately) a reduced-size copy of the whole”

El guión – la escena final – de Eternal Sunshine of the Spotless Mind, escrito por Charlie Kaufman

Muchas veces me autoimpuse no recordar tantas cosas, creyendo que yo podía tener control sobre la memoria (esa “azarosa naturaleza de la memoria”, como escribió Jarvis Cocker), o sobre los recuerdos. Y no, si no tengo control sobre el pasado, mucho menos lo puedo tener sobre lo que se desprende de él. El problema quizás llega cuando, en lugar de aceptarte como parte irremisible de mi dimensión principal, vos mismo te volvés un problema. Que las relaciones son complejas lo sabe todo el mundo. Pienso que mucho se debe a que no sólo no podemos terminar de conocer del todo a alguien sino que además no podemos hacer algo con el conocimiento que tenemos de nosotros mismos. Recientemente me encontré en el libro de David Levithan Every You, Every Me con la siguiente frase: “I have always been aware of how I break. I know what kind of situations will break me. I know what kind of people will do it. I know how much it will hurt”. ¿Listo, no? ¿El conocerme lo resuelve todo? ¿Entonces parece que sí es posible adelantarse al dolor? No sé ustedes, pero yo nunca pude. Al menos no desde la posición en la que decido (aunque, ¿hasta qué punto se trata de decidir?) vivir las cosas. Siempre sé cuándo una circunstancia es riesgosa y, sin embargo, me involucro igual. ¿Por qué? Porque no me interesa vivir en la alternativa. Así sé, al menos, que si yo me quiebro como dice Levithan, o si lo que me une a alguien se quiebra, los pedazos nunca van a ir a la basura. La pieza, en teoría, va a faltar. Pero siempre está como a un paso de distancia, nunca nos va a resultar desechable. La bendita/maldita pieza faltante. El aniversario de Eternal Sunshine of the Spotless Mind me hizo pensar en cómo Joel es para Clementine y Clementine para Joel esa energía intangible que los circunda cuando Lacuna Inc. los borra, cuando ya no están (nuevamente en teoría) en la vida del otro. Sin embargo, cuando ella va al mismo lugar a repetir un recuerdo con otra persona, se siente molesta. Como él se siente molesto cuando el pantallazo de la cabellera roja de Clem debajo de las sábanas le hace ver que no, que no tiene sentido borrar nada, que no hay nada más atemorizante que una mente en blanco. ¿Cuántas veces pensamos que alguien nos arruinó la vida? La ruptura ya nos está hablando, desde su etimología, de algo que está en pedazos. Uno está en pedazos y, curiosamente, los buenos recuerdos se alteran por el latigazo del golpe final. Se alteran, pero no deberían. Esos instantes tendrían que ser inmaculados. No habría ni que romper una foto. Aunque uno no recuerda al otro detenido, lo recuerda antes o después de que esa foto fuera tomada. Acomodándose para entrar en el cuadro o riendo después de que la fotografía se tomó. No se puede evocar estáticamente. Uno siempre evoca en movimiento (“I remember awakening one morning and finding everything smared with the color of forgotten love” escribió Charles Bukowski). Por lo tanto, sobre el final, cuando Joel y Clementine deciden intentarlo de nuevo, todo se reduce a un “okay”. Puede decir tanto un “sí”; Elliott Smith ya había cantado sobre eso (“say yes”). Porque es paradójico como un monosílabo concentra tanto el miedo a no poder sobreponerse al miedo como la valentía de arrojarse al vacío porque nos aterra la otra posibilidad: la de sentir que no lo dimos todo. Joel y Clementine se reencuentran, también, porque nunca se despidieron (“come back and make up a goodbye at least, let’s pretend we had one”) y porque aceptar al otro no implica únicamente amar sus cambios en el color de pelo sino convivir con todo lo que esos cambios dicen sobre la persona. Es ver la belleza en lo mundano. Es cenar en Kang’s y no tomarlo como un síntoma de hastío. Es tomarlo como “te conozco tanto que sé que vamos a volver a comer en Kang’s”. Qué hermoso. Qué hermoso conocer tanto algo como para poder amar su predictibilidad. “There’s no way to release yourself from a memory. It ends when it wants to end, whether it’s in a flash or long after you’ve begged it to stop” yace, también, en Every You, Every Me. La mente impoluta no cumple ningún propósito. Hay que ensuciarse las manos. De lo contrario, ¿cómo podemos saber si eso que tenemos delante es amor?

Por eso me gusta tanto la ironía que viene por añadidura con el título del film de Michel Gondry y la concepción del amor de Charlie Kaufman. La mente nunca atraviesa un eterno resplandor. La mente fluctúa y muchas veces se halla en el ocaso. Porque el recuerdo no asalta solo en la forma de una imagen en movimiento, asalta cada vez que damos un paso sabiendo que allá, vaya a saber uno dónde, hay alguien, alguien que nos quiso borrar, que nos borró y a quien borramos. Que nos dijo que nos fuéramos with such a disdain, you know. Pero que igual está. Que se rehúsa a que lo silencien o pixelen, a ser un mero rostro congelado en una fotografía. Sí, una vez me dijeron que era una cruz, una nube negra que le impedía seguir adelante. Que chau, que dejáme, que te lo digo así, con este desdén. Yo era algo que necesitaba ser sacudido. Pero hay que ser ingenuo para negar el pasado. A medida que los ideales o las búsquedas se modifican (maduran), el pasado pesa colmando y no agobiando. Incluso en el presente uno no puede estar seguro de nada. Apostar por algo, como hacen Joel y Clementine, implica justamente eso: poner las fichas en un lugar y aguardar el milagro. Para que esa zona intermedia entre el decir “yo quiero esto” y el resultado (¿hay uno? ¿hay muchos?) no asuste tanto. ¿Cómo puedo definir esa zona intermedia? Como un campo minado, quizás. Sí, si la tengo que definir mediante una imagen, diría que es eso. Un campo invadido de amenazas. Amenaza. Suena negativo. No sé si lo es. Una amenaza podría ser nuestra capacidad/incapacidad para adaptarnos al otro. Entonces, yo puedo activarla o desactivarla. Porque si es amor, va a sobrevivir. Si es amor, comeremos en la misma mesa. Y si tengo miedo, si a ese amor le tengo miedo como para intentarlo de nuevo, entonces…entonces seguiré así, fragmentada, en mis dos dimensiones, siempre recordando. Recordando feliz. Feliz con un secreto.

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 ► [DE YAPA] Un increíble video que muestra cómo quedaría Eternal Sunshine si se reprodujeran en simultáneo la película tal como la conocemos y la película de atrás hacia adelante:

Eternal Sunshine of the Spotless Mind: The Shining Mirror Cut. from Eff You Valentine's Day on Vimeo.

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 ► [PLAYLIST NÚMERO 1, CORTESÍA DEL TURNO NOCHE] 50 canciones que les hacen acordar a alguien:

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 ► [PLAYLIST NÚMERO 2, CORTESÍA DEL TURNO MAÑANA] Otras 50 canciones que les hacen acordar a alguien:

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¡BUEN VIERNES PARA TODOS! En este día, tres consignas: 1. Los invito a dejar su opinión sobre Eternal Sunshine of the Spotless Mind 2. Nos ponemos personales y les pregunto cuáles son las personas a las que nunca han podido olvidar (pueden contar hasta dónde quieran, como siempre) 3. Para armar la playlist de viernes, les propongo que a esas personas les dediquen canciones y quisiera arrancar yo dedicándole a alguien “Cómo eran las cosas” de Babasonicos; ¡gracias a todos, buen finde y nos vemos el lunes!

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La peor película para…evitar traumas

Esta película puede resultar una extraña elección para la consigna de hoy. Por lo general, uno tiende a asociar traumas cinematográficos con géneros más específicos y a priori exponentes del espanto (terror, suspenso, etc.) y, sin embargo, a veces las experiencias más traumáticas son las que están ligadas a lo factible. En este sentido, Jude es una obra completamente descarnada. No había otra forma de adaptar la novela de Thomas Hardy (escritor por quien tengo una particular debilidad, como ya he compartido en otro post) que abrazando la tragedia, que moviendo el relato con pisada firme, nunca en puntas de pie. Jude cuenta la relación maldita entre dos primos que se atraen, en primera medida, desde lo intelectual. Que se saben distintos y se enamoran por ello. Ese factor maldito, trágico, traumático, se vincula con el hecho de que ninguno puede superar sus obstáculos individuales para sentirse cómodos en el compañerismo pero que, una vez que deciden ignorar la condena social y finalmente emprender una vida juntos, son castigados del modo más cruel y absoluto, haciéndoles perder en un segundo todo lo que tardaron años en cimentar. La escena final de la película me afectó esencialmente por el contraste brutal entre ese período de luminoso cortejo iniciático y ese reencuentro en el cementerio, con nieve alrededor y la culpa poniendo una pared entre Jude Fawley y Sue Bridehead. Todo es frío, todo es agónico, todo es oscuro. Era muy chica cuando vi Jude – y cuando luego leí la novela -, pero aún hoy, reviendo y releyendo, parezco encontrarme siempre con lo mismo: la dolorosa asimilación de lo irreversible. ♦

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 ► [ESCENA] Uno de los pocos momentos luminosos de Jude:

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¡Hola muchachada! La consigna de este viernes es: Mencionar aquellos films sobre los que se refieren generalmente usando la expresión “esa película me traumó mucho”; ¿cuáles son y por qué les afectaron tanto? espero sus comentarios y, como siempre, nos reencontramos en la canción de sábado; ¡que terminen muy bien la semana! ;)

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La última vez hablamos sobre la mejor película para… QUEDARTE PENSANDO

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Movie 43 (o por qué hasta la peor película es una buena película)

Hoy en Cinescalas escribe: Franco Tracchia

Debo confesar que tenía poca información acerca de Movie 43 cuando decidí entrar a la sala a verla. Me alcanzó con la escueta definición brindada por el resumen de funciones: “Comedia bizarra”. ¿Reparto? Hugh Jackman, Kate Winslet, Emma Stone, Naomi Watts, Chloë Grace Moretz, Will Sasso, Justin Long, etc…

Nada podía salir sal.

Los primeros minutos son desconcertantes. Asustan. Esto no es lo que vine a ver. Una historia de adolescentes jugándose bromas entre ellos. Por suerte (o no), la película no se trata de eso. La trama de venganza juvenil es solo una excusa para mostrarnos CATORCE sketchs, pequeños segmentos de ¿diversión? independientes entre sí y dirigidos cada uno por un realizador diferente. Estos sketchs – que en su mayoría rozan el absurdo – nos resultan atractivos por el simple morbo de ver a actores de gran nivel (varios ganadores y/o nominados a los Oscars) saliendo de su zona de confort. Se destacan la interpretación de Naomi Watts (probablemente la mejor de toda Movie 43) como una madre trastornada; y la de Chris Pratt como un novio conflictuado por una proposición sumamente escatológica.

Me pongo la mano sobre el corazón con solemnidad e intento hacer memoria: no recuerdo un solo gag que haya hecho reír a la totalidad de la sala al mismo tiempo. Quizás “Homeschooled”, aquel sketch sobre la particular educación domiciliaria que recibe un adolescente de parte de sus aún más particulares padres, fue el que más quórum tuvo a la hora de las risas. Los demás, flojos. La escatología presente en cada segmento conspiró en contra de los deseos de los espectadores por tácitamente aprobar la película riéndose. Muchos se levantaron de sus butacas antes de finalizado el film. Hasta las mentes más jóvenes, abiertas y/o acostumbradas a lo grotesco, se cansaron de 94 minutos repletos de constantes referencias sexuales. Constantes.

► Algunas imágenes de Movie 43: 

Resumiendo: los actores no brillaron. La mayoría de los sketchs no resultaron graciosos. La trama estaba desprovista de sentido. El público se asqueó y se hastió.

Entonces, ¿esto implica que Movie 43 sea mala? NO.

Movie 43 es exactamente lo que sus directores quisieron que fuera. Por eso es una buena película. Porque el principal objetivo de los sketchs es el de mostrar pequeñas minorías norteamericanas perjudicadas por años de carencia cultural y que, sumadas, representen a la mayoría. Nadie es perfecto. Cada cual tiene su rollo. Por eso, Movie 43 se convierte en una crítica a la sociedad yanqui. Una buena crítica disfrazada de (porque esto hay que mencionarlo) una muy mala comedia. El rol del director de cine es el de lograr reflejar sus ideas a través de una pantalla, intentar hacernos sentir lo que él siente respecto a un tema en particular. Si esos sentimientos son asco, ira y desprecio, entonces su logro también es válido. En Movie 43 este efecto se consigue y a la perfección, por lo cual a mi criterio no se trata de una mala película. A veces es preferible una horrible realidad que una hermosa fantasía.

Por Franco Tracchia

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¿Vieron Movie 43? ¿Qué les pareció? ¿Cuáles fueron las peores comedias que recuerdan haber visto? Pueden ser lapidarios con ellas en este post; ¡dejen sus comentarios, muchachada! ¡buen comienzo de semana para todos!

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—> La última vez escribió Lorena Yscara sobre… THIS IS 40

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 [OFF TOPIC] Lo prometido es deuda: anuncio que los restantes ganadores del concurso de Game of Thrones son, según la votación del viernes, Lorena Yscara en segundo lugar y Santiago Tombión-Ezequiel Saul empatados en el tercer puesto; por ende, junto a Nicolás Rivara, el concurso tuvo cuatro ganadores; ¡felicitaciones a ellos! En breve me pondré en contacto para hacerles llegar los premios; una última aclaración: esta semana voy a estar cubriendo el BAFICI, así que probablemente tarde más de lo usual en responder comentarios, pero de todos modos el blog se actualizará de lunes a viernes y voy a entrar a leer y responder, solo que con menos frecuencia; ¡saludos para todos! ;)

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