“Get the fuck off my boat”

Creo que esta es una buena semana para publicar un post para hacer catarsis, especialmente por el efecto residual de los recientes premios Oscar. Esta también es una buena semana para que yo escriba (¿por última vez?) sobre algo vinculado a The Wolf of Wall Street. Mi respuesta a la consigna que les dejo más abajo es una de las tantas secuencias magistrales de la película de Martin Scorsese, que parece ser otro desborde de fanfarronería de Jordan Belfort y que es, en realidad, un gran ejemplo de lo especular que es su relación con el agente Denham. El timming cómico es perfecto, sí (desde cómo Leonardo DiCaprio se cubre los ojos con los lentes hasta cómo sus dedos repiquetean en la silla), como también lo es el modo en el que los personajes se estudian hasta eventualmente blanquear sus propósitos; pero acaso lo más brillante sea cómo Scorsese luego retoma la escena en el tramo final de la película, con Denham en el subte, mirando alrededor, quizás imaginando una mejor porvenir. Asimismo, con la expresión “fun coupons!” se está sintetizando lo que implican para Jordan esos billetes, a los cuales también rebautiza como “golden tickets”, ambas expresiones entre juguetonas e infantiles, propias de alguien que habita en su propia burbuja, mirando todo desde arriba, mientras abajo el mundo se mueve a un ritmo completamente diferente.

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 ► [ESCENA]: Gran momento entre Belfort y Denham:

  

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 ► [COMPILADO ÉPICO]: Todas las veces que dicen “fuck” en The Wolf of Wall Street:

  

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¡Buen miércoles para todos! Volvemos a la normalidad con la siguiente consigna: hacer catarsis mencionando las mejores peleas y/o puteadas y/o insultos del cine; desde ya, limitémonos a solo citar y no nos vayamos por las ramas en los comentarios :P – como siempre, los leo; ¡nos reencontramos mañana, muchachada! ¡buen miércoles!

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[DOS OFF TOPIC] Por un lado, quiero contarles que debutaron los Podcasts en el blog; pueden escuchar el primero acá y mandarme mail para participar del segundo en unas semanas; por otro lado, se terminó oficialmente la recaudación para la película de Cinescalas; a modo de agradecimiento, les dejo un mensaje de Victoria Fernández y Martín Nocquet, editores y directores de fotografía que me estarán acompañando en el rodaje del documental el mes próximo, y que querían presentarse ante la comunidad con estas palabras:

 

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“YOU DRESS LIKE SHIT…”

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The Wolf of Wall Street: No hay otra manera de vivir

“What Jimmy loved to do, what he really loved to do it was steal; I mean, he actually enjoyed it, Jimmy was the kind of guy who rooted for the bad guys at the movies” – Henry Hill, Goodfellas 

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

En Goodfellas, Henry Hill (Ray Liotta) planteaba un panorama maniqueo. De un lado de la vereda están quienes, bajo su percepción, se mueven dentro de un circuito ordinario, mundano, simple. Aquellos que se preocupan por pagar las cuentas, que toman el subte para ir al trabajo todos los días, que se sobrecargan de tareas raras veces equivalentes al beneficio. Esos individuos (o “goody-good people”, como los denominaba Hill) son lucecitas intermitentes que no merecen ni la menor evidencia de atención. Para el mobster, simbolizan una atrocidad: emprender un camino en una irrevocable y eterna línea recta. Del otro lado de la vereda están él y los suyos. Los que se atreven, los que cuestionan las decisiones “of those who had no balls”, los que están atentos al único camino posible: el de las oportunidades. “For us, to live any other way was nuts (…) if we wanted something, we just took it”. Prácticamente toda la filmografía de Martin Scorsese podría ceñirse al planteo de Hill, planteo sintomático de un modo de hacer cine donde el personaje es la única fuerza. A Scorsese le interesa contar historias, claro, pero siempre y cuando esas historias estén supeditadas al control de esos personajes. En síntesis: el personaje es, para Scorsese, sinónimo de narración. Todo surge y concluye con él. Para el caso, tomemos como ejemplo uno de sus primeros cortometrajes, It’s Not Just You, Murray!, en el que Scorsese encuadra al protagonista hablando detrás de un escritorio, interpelando al espectador, dándose a conocer ante él con la misma claridad y autoindulgencia que años después presentaría Hill. “I’m very rich and I’m very influential” aclara Murray, como si fuera imperativo delimitar su terreno de acción. Esas divisiones constantes en las historias de Scorsese le permiten al director tomar y retomar la idea de núcleo, de ritual, de banda, de equipo, de camaradería. Los géneros podrán usarse y contaminarse a gusto, pero lo cierto es que ya sea con una remake de Cabo de miedo o con una biopic como El aviador, Scorsese siempre está mostrándonos, en mayor o menor medida, el mismo cuento apasionante, la misma odisea gangster donde lo que prevalecen son los códigos de interacción entre los sujetos activos de ese ritual. Habrá grises, habrá un terreno medio, habrá infiltrados, indecisos, volátiles. Pero si esos infiltrados existen, existen justamente para que las reglas se pongan de relieve. “You belong to a family and crew, it means that nobody can fuck around with you. It also means you could fuck around with anybody as long as they aren’t also a member”. Hill expone los equipos, los separa, los describe como también se podría describir al cine de Scorsese: siempre hay una tierra de la oportunidad y, en simultáneo, hay individuos que la tienen entre ceja y ceja y otros que desconocen la nomenclatura y su significado. En sus películas sobrevuela lo que el realizador llama “una pasión insatisfecha”. Podés ser Howard Hughes y tenerlo todo o podés ser Billy Costigan y tener casi nada. No importa. Ambos están digitados por el anhelo de algo mejor, solo que en esa tierra de las oportunidades solo habrá espacio para uno.

“You put my fucking money to sleep, I’ll put your fucking brain to sleep” - Nicky Santoro, Casino

Jordan Belfort (un descomunal Leonardo DiCaprio), el ambicioso corredor de bolsa de Nueva York y protagonista excluyente de The Wolf of Wall Street, es inicialmente presentado por Scorsese con un cierto eco al Paul Hackett que interpreta Griffin Dunne en After Hours. Es decir, lo vemos como alguien que está a punto de ser transformado. La diferencia radical entre uno y otro es que la alteración de Hackett se produce a partir de un impulso externo (una mujer), mientras que la de Belfort es puramente consciente, buscada, anhelada por su pulsión interna. El (re)nacimiento de Belfort, sin embargo, necesita de una suerte de Macguffin. Un Macguffin que durante el resto de la historia podría estar circunscripto a la lapicera como símbolo de compra-venta, de oferta-demanda, de necesidad-satisfacción (nuevamente el cine de Scorsese y su fluctuación entre dos polos), la misma lapicera que Hackett recibe en After Hours, la misma a la que Ace Rothstein alude, desatando una pelea, en Casino. En The Wolf of Wall Street, quien le muestra sin mostrarle ese objeto es Mark Hanna (Matthew McCounaghey), que no es más que esa infusión de ambición que Belfort requería y que posteriormente iría a emular. Hanna no es solo el Macguffin de The Wolf of Wall Street, es también, como todos los personajes de Scorsese que se definen y definen el universo en el que se manejan, el que explicita el fugazi, aquello que no existe, la ilusión, a partir de lo que bien podría ser el leitmotiv de Belfort: “no construimos nada”. Así como el mantra de Casino es verbalizado por el propio Scorsese (ya sabemos: los pecados no se expían en la iglesia sino en las calles), en The Wolf of Wall Street Hanna es, a su modo, el maestro de ceremonias, el hombre del prólogo, el presentador de todo lo que vislumbraremos luego. Y lo que vislumbraremos luego es, ni más ni menos, que la materialización de esa deconstrucción. La cocaína volando por los aires en un yate, la cocaína en los cuerpos desnudos de Jordan y Naomi, la orgía desaforada en un avión en plena turbulencia, el exceso de Quaaludes, los monos que se pasean por la oficina, las mansiones, los bailes en un casamiento, las prostitutas calificadas en tres niveles, Dave Grohl preguntándose “everything could be this real forever?” mientras Jordan toma sol al lado de su flamante segunda mujer. Etcétera, etcétera, etcétera. Si bien Scorsese (y Terence Winter en su adaptación de la autobiografía de Belfort) hasta un cierto punto busca parodiar el mundo de excesos de Wall Street, lo que hace no puede encajonarse solo en ese plano y su visión es menos macro de lo que aparenta. Construir la nada o, mejor dicho, mostrar la construcción de la nada, implica para Scorsese una decisión consciente de poner al espectador en el papel de Jimmy Burke (Robert De Niro) de Goodfellas. Si bien es inevitable condenar a Belfort (hay sobradas razones para hacerlo), The Wolf of Wall Street no prepara el terreno para suscitar lecturas morales sino para satirizar á la Kubrick con A Clockwork Orange, lo cual no anula automáticamente una observación crítica. Su desarrollo es fiel a ese primer Scorsese de It’s Not Just You, Murray!. Él está queriendo decir algo del personaje a partir de un accionar tan básico y complejo como dónde poner la cámara (“cada plano está construido para hacer ver algo” dice Scorsese). Por lo tanto, lo acompaña a Belfort con un evidente deseo de sobreexposición. Así, la nada que construye, el fugazi, la distracción, está propulsada por la concatenación de días, tardes y noches tan maníacas como surrealistas. En ese aspecto, el mérito es del extraordinario montaje de Thelma Schoonmaker, quien se detiene extensamente en algunos eventos (fiestas, sexo) y muestra velozmente otros, como el suicidio de uno de los trabajadores de Belfort, que bajo la mirada del lobo es algo intrascendente que no amerita mención, por lo cual la edición se emparenta con su mirada y, al mismo tiempo, nos revela sutilmente la posición que toma Scorsese respecto al sujeto de su obra.

 ”You can either have the money and the hammer or you can walk out of here. You can’t have both. What do you want?” - Ace Rothstein, Casino

Al ser el personaje sinónimo de narración y viceversa, Scorsese entrelaza notablemente los géneros y  puede realizar un corto de quince minutos (la escena de los Lemmons que dejo más abajo) donde DiCaprio homenajea con una entrega irresistible a Jacqes Tati, como también volver a las fuentes de su inclinación por el cine negro, planteando un escenario de búsqueda y persecución que evade las generalidades para focalizar en la puja Belfort-Denham. Pero acaso lo magistral de la puesta en escena de The Wolf of Wall Street sea cómo perpetúa ese one man show. Scorsese parte del precepto de qué quiero contar. Lo que quiere contar son las experiencias casi sobrehumanas de Jodan Belfort. Entonces, no hay espacio para que la cámara vire hacia Donnie Azoff (Jonah Hill símil Joe Pesci), no hay espacio para mostrar a los hijos de Belfort (el guión astutamente los menciona en el monólogo introductorio como un elemento más de esas posesiones de las que se jacta Jordan; es decir, cualquier atisbo de humanidad está cubierto) y no hay espacio para corroborar ni la pérdida ni la indignación de todos esos trabajadores de Stratton Oakmont (otra empresa/nombre fugazi) que son vendidos por su propio jefe. The Wolf of Wall Street no es una película sobre las consecuencias del accionar de Belfort. The Wolf of Wall Street es una película sobre una elección de vida llevada al extremo. En ese sentido, y dada la naturaleza insólita de los episodios que genera y disfruta Belfort, Scorsese opta por una atmósfera casi punk, irreal, enviciada por lo artificial, por lo payasesco (el “I’m funny like a clown?” de Casino viene ineludiblemente a la memoria). Frank Costello ya lo decía: “When you decide to be something, you can be it. That’s what they don’t tell you in the church. When I was your age they would say we can become cops, or criminals. Today, what I’m saying to you is this: when you’re facing a loaded gun, what’s the difference?”. La elección de Belfot es clara (“let me tell you something. There’s no nobility in poverty. I’ve been a poor man, and I’ve been a rich man. And I choose rich every fucking time”) y en extremo indiferente al entorno (ya sea a su familia, a la Ley o a incluso a sus propios límites físicos que pusieron su vida en riesgo más de una vez), ya que, también como creía Costello, es el entorno el que debe adaptarse a él, surgir de él, y no a la inversa. Así como en las palabras de Costello están las palabras de Hill (“no one gives nothing to you, you have to take it”), en las palabras de Belfort están todos: Hill, Costello, Hughes e incluso el Johnny Boy de Mean Streets (“I fuck you right where you breath, because I don’t give two shits about you or nobody else”). Todos encaran una elección con la seguridad de que no hay otra manera de vivir que esa que se opone a los goodfellas (la secuencia de Denham en el subte es la prueba de la antítesis de la decisión de Belfort), esa que, como en toda la filmografía de Scorsese, no puede ir de la mano con lo perpetuo. La soga en algún momento se rompe, el everlong sobre el que canta Grohl no existe y ese ritual de hombría que parecía tan fuerte e irrefrenable, con sus códigos y actividades, eventualmente entra en un círculo vicioso, se rompe pero se recicla, se atomiza, se esparce, aparece y desaparece, como el polvo de la cocaína, el fugazi, el tramposo y oscilante fairy dust. 

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► [ESCENA] Mi momento favorito de la película:

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► [ENTREVISTA] Los invito a ver la interesante roundtable que hizo The Hollywood Reporter con Martin Scorsese, Leonardo DiCaprio, Jonah Hill y el guionista de The Wolf of Wall Street, Terence Winter:

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► [PLAYLIST] Algunas canciones que forman parte de la banda sonora del film de Martin Scorsese:

The Wolf of Wall Street by cinescalas on Grooveshark

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¡Buen miércoles para todos! Dos consignas en el post de hoy: 1. ¿Los invito a dejar sus puntos de vista sobre The Wolf of Wall Street, ¿les gustó? ¿les parece que está entre lo mejor de Scorsese? ¿no les gustó para nada? Compartan sus impresiones 2. Por otro lado, me gustaría que hablemos de la evolución de Leonardo DiCaprio y de cuáles han sido sus más inolvidables papeles; ¡los leo, como siempre! ¡nos reencontramos mañana!

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La mejor película para…una noche delirante

This Is the End es una película fácil de desacreditar, ya con el preconcepto de que se trata única y exclusivamente de un vacuo ejercicio onanista. En un punto, se la puede comparar con Jay and Silent Bob Strike Back de Kevin Smith, otra comedia donde se parte desde un mismo lugar: el hacernos ingresar a una fiesta donde podemos quedar como outsiders y donde quienes entienden los chistes son únicamente quienes la organizaron. Es cierto, en ambos casos hay una autorreferencialidad ineludible, pero a diferencia de la película de Smith (la cual me sigue resultando brillante), This Is the End empuja un poco los límites y emplea esa acción de mirarse el ombligo con múltiples propósitos. En este aspecto, Seth Rogen y su co-guionista Evan Goldberg hilan más fino que Ben Stiller con Tropic Thunder, y se meten con los estereotipos con la mirada más enfocada en casos particulares. Así, los protagonistas del film son ridiculizados a partir de la visión que el espectador o la crítica puedan tener sobre ellos, trastocando esa visión o llevándola al extremo. Así, Michael Cera no es el chico bueno de Juno y sus derivados: es un cocainómano misógino que toquetea a Rihanna sin pudor. Así, Jonah Hill es el pretencioso del grupo luego de su nominación al Oscar por Moneyball, mientras que James Franco es el alma de la fiesta, para el desconcierto de Jay Baruchel, la cara menos “conocida”. This Is the End está propulsada por una sucesión de episodios, si se quiere, inconexos, pero igualmente efectivos. Hay un segmento en el que Hill es poseído cual Linda Blair en El exorcista y otro en el que el Apocalipsis deriva en puesta a prueba de la generosidad del Hombre. El punto culmine es ese final, donde el delirio deviene en fantasías pop y donde se entiende con mayor claridad algo que Rogen y Franco conversan en el inicio del film. Las mejores ideas – como una secuela para Pineapple Express – no necesariamente surgen de una habitación con máquina de escribir y la serenidad marcando el ritmo. A veces, las mejores ideas, como casi todas las de This is the End, surgen de una charla entre amigos, con ambos riéndose, tirados en el piso.

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 ► [TRAILER] El adelanto de This Is the End:

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 ► [ESCENA] Les dejo un hilarante momento de la película:

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La consigna para este viernes: Nombrar cuáles fueron las películas más delirantes que vieron en sus vidas, ya sea las que los hayan divertido mucho como aquellas que les hicieron decir, en más de una oportunidad, la frase “what the f…?”; a ver con qué salen, muchachada; ¡espero sus comentarios! ¡nos reencontramos en la canción de mañana! ;)

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La última vez hablamos sobre la mejor película para… VER CON TU MAMÁ

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La culpa la tiene Glee

Con la inminente llegada de un nuevo año e inevitablemente inmersa en otra ola de balances cinematográficos (y de otra índole, aunque supongo que también van ligados), llegué a la conclusión de que algunas de las mejores películas del 2012 son comedias. Pero no de la clase de comedias configuradas especialmente para complacer y que en ese afán permiten que se le vean los hilos (ejemplos recientes de buenos a mediocres: Piratas del Caribe en su variante de comedia de aventuras, o El discurso del Rey en su variante de comedia “agradable”), sino aquellas que, les vaya bien con el público o no, les vaya bien con la crítica o no, logren una cierta popularidad o no, frecuentemente son prejuzgadas, tildadas de superficiales, simplonas, o lo que es peor: confinadas a su género con el ya clásico mote “no es para todos los gustos”. La lectura que se puede hacer de esto es bastante triste: si una película tiene chistes escatológicos o hace reiterado uso de palabras como “dick”, “fuck”, “shit” y otras variantes es descalificada inmediatamente como obra permeable al análisis cinematográfico. Sí, claro. Porque John Waters no hizo de la escatología un culto que merezca ser celebrado de aquí a la eternidad. Creo que ya saben lo que pienso respecto a esa noción que se tiene de la comedia como algo que, si no está acompañado de una cierta sofisticación o actuaciones de prestigio (El discurso del Rey, de nuevo), directamente no tiene chance de ser, paradójicamente, tomado en serio. El argumento es totalmente inválido y el 2012 demostró que tres películas del género totalmente distintas pueden, deben y merecen ser analizadas como obras que tienen mucho para decir. Eternamente comprometidos sobre la vida, los planes que se posponen, el  sacrificio, la muerte. Ted sobre la amistad, también el sacrificio, la pareja y el crecimiento. Y finalmente tenemos la película que nos ocupa hoy: 21 Jump Street.

La herencia que Jonah Hill (co-guionista y protagonista del film) recibió de, por ejemplo, Ben Stiller, nunca fue más evidente. Como para despejar dudas, Hill se hace cargo de que su película (dirigida por Phil Lord y Chris Miller, pero tan suya en muchos planos) es un refrito, una reposición del clásico televisivo comandado por Johnny Depp. Y se hace cargo poniendo en boca de un personaje esta idea: “Lo único que se hace ahora es reciclar mierda del pasado y esperar que no lo notemos”. De ahí en adelante, y con la autoconsciencia al volante, 21 Jump Street no tiene freno posible. Pero en medio de algunas de las secuencias más hilarantes del año (el montaje paralelo de la reacción de los infiltrados Schmidt y Jenko ante la droga que intentan erradicar) también se lleva a cabo (como Stiller con Hollywood en Tropic Thunder) una de las lecturas más inteligentes sobre la escuela secundaria que el cine ha visto en mucho tiempo. En poco más de cinco minutos, 21 Jump Street hace un panorama de la juventud actual tan preciso como irrisorio, provisto por detalles que desconciertan a Jenko (antes el popular, ahora el nerd) debido a esa distancia generacional. Desde no entender la razón por la cual los adolescentes usan las mochilas con las dos tiras puestas o no saber reconocer a una tribu urbana emergente (nunca los hipsters tuvieron un mejor cameo), esa brecha, esa nueva sociedad que abraza a los losers, se muestra desde lo general con la trama que involucra a Schmidt (antes el nerd, ahora el popular) y desde lo más puntual con una escueta y precisa frase: la culpa la tiene Glee.

“Fuck you, Glee” dice Jenko, aludiendo a cómo la exitosa creación de Ryan Murphy eliminó por completo la posibilidad de que un “lindo pero probablemente idiota” como él sea por segunda vez consecutiva la estrella de la secundaria. Las reglas cambiaron y 21 Jump Street  convierte a Schmidt en el chico que está “in” (porque ahora se puede cuidar del medioambiente y ser popular al mismo tiempo) y a Jenko en alguien que no encuentra su espacio (o sí, junto a los geeks). En este aspecto (y debo reconocerlo) Channing Tatum se luce en un papel totalmente opuesto a los que nos tiene (mal)acostumbrados. No tiene un interés romántico. No muestra su cuerpo. No es encantador. O sí: solo es encantador cuando advierte que es más inteligente de lo que pensaba o cuando demuestra hasta qué punto es capaz de honrar la hermandad. “Abracen los estereotipos” dice un imparable Ice Cube al comienzo del film y eso fue precisamente lo que hicieron Hill y compañía. Lamentablemente, 21 Jump Street va a pasar a integrar la lista de comedias incomprendidas e infravaloradas. Porque, claro, una película que abre con “The Real Slim Shady”, se ríe de los efectos de las drogas, dice “fuck”, “suck a dick” y tiene a Jonah Hill vestido de Peter Pan en una persecución policial no es digna de análisis ni puede estar entre lo mejor del 2012. Sí, claro.

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*DE YAPA: Les dejo un compilado de las escenas más divertidas de la película, que lo disfruten:

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¿Qué opinan de 21 Jump Street? ¿Cuáles fueron las últimas películas que más los han hecho reír?; ¡Dejen sus aportes, los leo! ¡Buen miércoles!

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¿Sabías que…?

Pocas cosas me gustan tanto como enterarme de datos que, analizándolos objetivamente, pueden parecer intrascendentes. Sin embargo, a nivel personal, terminan resultando importantes, ya sea porque sacian una determinada curiosidad (“mi materia prima es la curiosidad” dijo una vez Liniers y siempre me apropio de su declaración de principios)  o bien porque se adhieren a otra gran cantidad de detalles que disfruto conocer cuando algo me interesa en demasía. Por eso, siempre me agrada escuchar a los demás cuando comparten esos datos con alto nivel de precisión y minuciosidad. El cine fomenta ese intercambio, más aún cuando se lo disfruta de manera obsesiva, atribuyéndole valor a detalles como que Jonah Hill estuvo seis meses de caravana con Puff Daddy para prepararse para su papel en Get Him to the Greek o que Brian De Palma colaboró en el guión de los títulos de crédito de Star Wars (de esto me enteré hace poco). Entonces, si la materia prima de ustedes también es la curiosidad, quisiera convertir este post en un microespacio de intercambio de historias que, gracias a nuestra cinefilia, las incorporamos como si en ellas residieran todos los significados, todo lo culturalmente fundamental y relevante. Porque tal vez así sea.

¿Qué datos, anécdotas y/o curiosidades cinéfilas quisieran compartir con el resto en el post de hoy?; ¡dejen sus comentarios y buen martes!

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