Que dure

 - “¿Acaso necesitamos algo más para ser felices?”

- “Que dure”

El amor es un perro verde - Tute

Podemos pensar a Paper Towns desde varios frentes. Por un lado, es la ineludible sucesora de The Fault in Our Stars, la primera película de la factoría Young Adult de John Green que tuvo el éxito garantizado desde que se anunció su (fallida) adaptación. Por el otro, es un film que toma el concepto de Manic Pixie Dream Girl para revertirlo, razón por la cual el personaje de Margo (esa chica destinada a vivir “aventuras épicas”) desaparece a la media hora de iniciada la historia, decisión puesta en función de mostrarla en off, como si fuera más una idea (“muchos hombres piensan que soy un concepto” diría Clementine) que una persona propensa a cometer errores. Sin embargo, lo que separa a la película de Jake Schreier de The Fault in Our Stars es cómo se muestra deliberadamente menos ambiciosa, asegurándose de no citar compulsivamente todas aquellas frases representativas de la novela sino, por el contrario, dejando que los diálogos respiren y suenen mucho más genuinos. Por este mismo motivo, no es casual que Paper Towns haya tenido un impacto menor al de The Fault in Our Stars (una razón es clara: es la obra menos inspirada de Green y a priori la menos atractiva de ver en pantalla), ya que todo en ella se desarrolla en otra escala, con una sobriedad y humanidad que la emparentan mucho al cine de John Hughes y que nos remite a otra adaptación de la dupla de guionistas Scott Neustadter-Michael H. Weber: The Spectacular Now. En consecuencia, que el personaje interpretado por una despareja Cara Delevingne, esa gone girl en cuestión que obsesiona al metódico Quentin (Nat Wolff, correcto como siempre), no sea tan relevante como el grupo de amigos del protagonista, es el gran fuerte de Paper Towns. Lucy (Halston Sage), Marcus (Justin Smith), Angela (Jaz Sinclair) y Ben (Austin Abrams, el mayor encanto del film) emprenden con Quentin un viaje al corazón de ese misterio que es Margo y, en el camino, se redescubren a sí mismos, reconociendo tanto el miedo a dejar atrás la secundaria como los prejuicios que muchas veces les impidieron comprenderse mutuamente. Cuanto más se aleja de Margo y más se acerca a la revaloración de la amistad (el “re” como prefijo de repetición que acá implica aceptar al otro tal cual es), Paper Towns se convierte en una pequeña obra que cuestiona (á la Breakfast Club) esos estereotipos que, paradójicamente, fueron reinstalados por el propio Green. “Mi milagro es este” dice Quentin mientras observa cómo bailan sus amigos en la fiesta de graduación, horas después de decirle adiós a la idea de Margo. Tímidamente busca la aprobación de los cuatro para luego unirse, disfrutando del presente como también, en otro mundo paralelo, lo haría el (más complejo) personaje de Sutter en The Spectacular Now, otro joven que miraba a sus compañeros bailar y que, a partir de la contemplación de esa escena, se volvía un poco más eterno. 

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► [TRAILER] El adelanto de Paper Towns:

paper towns-trailer from Six Second Reviews on Vimeo.

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► [COMPILADO] Tan solo algunos bailes memorables del cine:

Dancing Movie Montage from ClaraDarko on Vimeo.

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► [GALERÍA] 50 imágenes de bailes mencionados por ustedes en el post de hoy; ¡gracias por los aportes!:

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy tenemos una única consigna propuesta por Cristian Rueda que es recordar los bailes más emblemáticos del cine; si encuentran la escena específica, mejor aún, así puedo armar una playlist reuniéndolos; por otro lado, si vieron Paper Towns, también están invitados a compartir sus impresiones sobre el film de Jake Schreier; los espero mañana en un Open Post antes de mi viaje a Córdoba sobre el cual ya me expayaré; ¡que tengan un excelente día! ¡los leo, como siempre!

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The Fault in Our Stars: Hoy sólo sé que existo y amanece

“- ¿La gente no dirá que estás loca? – inquirió su marido con una sonrisa.
- Peor para ellos – respondió Mercedes apasionadamente -. No tienen corazón, y la vida es muy triste para los que no tienen corazón.” – “Mimoso” (Silvina Ocampo)

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Todo empezó con un llamado telefónico. “Hola Milagros, ¿me podés pasar con tu papá, por favor?”. Del otro lado del teléfono, el mejor amigo de mi tío. Los domingos no volvieron a ser iguales. Uno de mis fragmentos favoritos de la canción “Un viaje a Irlanda” se terminó resignificando (“y no hablamos las cosas que siempre quisimos los días domingo”) y la mirada de mi papá no volvió a ser la misma. Mientras le observaba la cara al recibir la noticia, no estaba pensando tanto en mi tío sino en él. En el que se quedaba acá, sin su hermano. Luego de una muerte – en este caso, una súbita, inexplicable, casi ridícula -, uno se encuentra usando las palabras para amortiguar el dolor ajeno. Uno se encuentra, en realidad, diciendo todo eso que puede sonar a lugar común, como esas sentencias motivacionales que decoran la casa de Augustus Waters en The Fault in Our Stars. Es curioso cómo uno reniega de esas frases cuando las escucha. Al menos yo pensaba que se trataba de fórmulas que, a fines prácticos, no tenían ningún puto sentido. Sin embargo, ahí estaba, ahí estoy, repitiendo cosas como “vos sí tenés una vida por delante”, “pensá en quienes están al lado tuyo”, “no intentes explicar por qué lo hizo” y, claro, el clásico “recordalo bien”. El “recordalo bien” me desarma, casi que ni quiero decirlo. Porque ese “recordalo bien” engloba que mi papá evoque su infancia, sus tardes de jugar a la pelota con su hermano, cuando se sentaban a tomar la merienda y ver televisión, cuando se rateaban del colegio, cuando estaban juntos, habitando un mismo espacio. No es que no crea en esas palabras cuando se las digo, es que sé con seguridad que mi viejo está pensando más en lo que hizo la última vez que lo vio, en si le dio un abrazo, en cuáles fueron las últimas palabras de su hermano, en cómo (cómo cómo cómo) puede ser que le cueste tanto recordarlas. En el fondo, como dice Hazel Grace una vez concluida su elegía para Augustus (la segunda, la de los lugares comunes), uno dice todo lo que dice para que quien sufrió la pérdida pueda estar en paz. La paz. El estado más difícil, ese del que siempre estamos arañando la superficie. La paz se logra, creo yo, aprendiendo a lidiar con la incertidumbre. Porque la verdad es que no, que nunca vamos a saber por qué mi tío decidió irse, nunca vamos a terminar de formar el recuerdo exacto de la última vez que lo vimos y nunca vamos a hacer desaparecer ese domingo, cerca del mediodía, cuando el teléfono sonó y a mí me tocó levantar el tubo. Entonces, además de manejar la incertidumbre, quizás haya que aferrarse a una única certeza, esa a la que alude Javier Egea en el final de su poema “Camas tristes”: “hoy solo sé que existo y amanece”. Las dos realidades que menciona son incuestionables, ancladas en el presente, sin un atisbo de nostalgia o precipitación. Hoy estoy acá y está saliendo el sol. ¿Qué voy a hacer para que mi día importe o valga la pena? ¿Qué voy a hacer para no irme tanto hacia atrás y concentrarme en lo que tengo? Uno batalla contra la muerte todos los días, porque la muerte no tiene una sola forma. La muerte casi siempre tiene un eje estructural, casi nunca es una palabra suelta, ni en lo semántico ni en lo que está por fuera de lo gramatical. Es miedo a la muerte. Es dolor por haber padecido una muerte. Es intentar superar una muerte. Una vez le preguntaron a Silvina Ocampo para qué escribía y ella respondió: “para morir un poco menos”. Quizás todo desemboque en eso: en hacer lo que uno ama como forma de prolongar la eternidad. O de aprehenderla.

“Hay almas a las que uno tiene ganas de asomarse,
como a una ventana llena de sol” – Federico García Lorca

John Green es un autor obsesionado por la obsesión. Sus personajes están pidiendo, de una forma u otra, que se los recuerde. Sus personajes están pidiendo, de una forma u otra, que se les haga saber qué clase de impronta están dejando en el mundo. Sus personajes, también, se enfrentan a la muerte en lo cotidiano. Sin embargo, Green sabe que hay tantas visiones de la muerte como sujetos expuestos a ella. The Fault in Our Stars es la sucesora de Looking for Alaska, una novela mucho más oscura donde hay una protagonista que va a contramano de su entorno, cuyo velo de misterio está completamente distanciado de cualquier protototipo de chica freak que envuelve a los demás en su telaraña. No. Alaska es alguien a quien le duele la realidad, quien sufrió una pérdida doble (¿porque acaso cuando perdemos a alguien no se va también una parte nuestra?) y quien, si no cuaja en el presente, es porque no está viendo eso de “hoy solo sé que existo y amanece”. Para ella, casi nada vale la pena. Green, como haría posteriormente con The Fault in Our Stars, utiliza al cigarrillo como reflejo del estado anímico. Para Alaska es un arma de autodestrucción dolorosamente necesaria (“you smoke to enjoy it, I smoke to die”) y para Augustus es una metáfora (“you put the killing thing just between your teeth, but you don’t give it the power to do its killing”). Como sus personajes, Green descansa en el simbolismo. Mejor dicho: Green hace del simbolismo un arte para sobrellevar el presente, como si se tratara de una distracción vital. En Paper Towns, ese acertijo que debe resolver Quentin para encontrar a Margo es lo que le da un propósito, un sentido a una cotidianeidad parcialmente desdibujada. Lo mismo sucede con Miles y Alaska, pero no porque ella sea el enigma a resolver (aunque así pareciera a simple vista) sino porque él, en su afán por aprenderse las últimas palabras de grandes personalidades, está queriendo darles una eternidad, una trascendencia, un valor que muchos miran de costado (o que nunca logran ver). Más allá de las influencias que ha absorbido, de su corte Young Adult, de su evidente deseo por repetir la misma historia con ligeras variaciones, lo que lo vuelve fundamental a Green es, justamente, cómo nos muestra lo fundamental. En An Abundance of Katherines, Colin, el obsesivo de los anagramas, aprende que conectar todo lo que vemos es lo que nos convierte en narradores. En Looking for Alaska, Miles aprende que las palabras más importantes no son las de Thomas Edison (aunque el libro concluya con las mismas) sino las que puede dedicarle a Alaska. En The Fault in Our Stars, Augustus aprende que ser trascendente no es encontrar un gran propósito, ese “gran quizás” por el que peleó François Rebelais. Podemos ser trascendentes porque una persona nos amó, porque un amigo nos pidió ayuda, porque nuestros padres nos dicen frases hechas para aplacar el sufrimiento. Todo tiene que ver con la perspectiva. Este es mi mundo, y como tal lo acepto. Una vez, en un ataque de misantropía, nos preguntábamos con un amigo hacia dónde está corriendo la gente que quiere escalar, escalar y escalar, por el hecho mismo de hacerlo, no por un objetivo en concreto. ¿Hacia dónde corren? ¿Qué es lo que buscan? A su manera lo había dicho Franny Glass: “estoy harta de que todo el mundo quiera llegar a alguna parte, hacer algo notable, ser alguien interesante”. El desdén de Franny hacia el ego mal entendido demuestra hasta qué punto la literatura de Green está marcada por la de Salinger y hasta qué punto la belleza de sus personajes cobra vida cuando ellos padecen el momento de epifanía. En el caso de Augustus, en el poder decir “it’s a good life” porque sabe que sus padres, Hazel y su amigo Isaac no lo van a olvidar. Lo espectacular está en el ahora (“life is a series of moments called now” aprendería Sutter Keely, otro exponente young adult más imperfecto) y está en todo eso que debió haber pensado mi papá cuando le dije “recordalo bien”. Un abrazo, una rateada del colegio, un partido de fútbol. Lo más simple. Lo más extraordinario.

“En días como hoy, hoy pesa más de lo que este amor carece, que los labios, que la carne, que las lenguas, la saliva. Hoy sólo sé que existo y amanece” - Javier Egea

Para los amantes del libro, The Fault in Our Stars era una adaptación temida, acaso poco anhelada. ¿Cómo capturar el ingenio de Hazel Grace Lancaster y Augustus Waters? ¿Cómo serles fieles a esos personajes que batallan contra el cáncer con el sentido del humor y la autoconsciencia como pilares básicos? ¿Cómo traspolar las palabras de John Green de modo tal que no se traduzcan en soliloquios pretenciosos e intelectualoides? ¿Cómo no hacer de esas metáforas y simbolismos una manifestación de una postura cool, nerd, rayando lo intolerable? La respuesta es una sola y es, al mismo tiempo, un arma de doble filo. The Fault in Our Stars apunta a lo seguro. Cada una de las decisiones narrativas y estéticas están puestas al servicio de esa elección primigenia. Con esto en mente, se descartó la posibilidad de que Joe Swanberg realice el proyecto (dato que el propio Swanberg nos contó por acá) y se optó por un director como Josh Boone (quien venía de dirigir Stuck in Love), más medido y correcto, sin ningún tipo de impronta que pueda atentar contra el material de base (si acá hay un “autor”, ése es Green). Con este criterio también se eligió a la dupla Scott Neustadter-Michael H. Weber para la adaptación y ambos realizan, curiosamente, una acción opuesta a la que llevaron a cabo con The Spectacular Now. No solo no alteraron el material sino que lo respetaron a rajatabla: casi todas las frases “citables” del libro están en la película (a excepción de aquella que contextualiza su título). La suma de factores hace que The Fault in Our Stars no decepcione pero tampoco deslumbre. Esa naturalidad que se desprendía de cada fotograma del film de James Ponsoldt – como la caminata entre Aimee y Sutter, con sus remeras transpiradas por el calor y su ida y vuelta veloz y espontáneo, á la Before Sunrise -, acá parece más calculada, trabajada en beneficio de la audiencia, sin un atisbo de rebeldía ante el qué dirán. Boone y compañía sucumbieron a la presión/expectativa generalizada y concibieron una película excesivamente prolija, con una banda sonora un tanto invasiva y con algunos guiños adolescentes que podrían haberse obviado (las estrellas acá están tanto en lo verbal como en lo visual, incluso a modo de gráficos) y que no funcionan tan bien como otros (las paredes de los cuartos de Hazel y Augustus están plagados de detalles mencionados en el libro, desde el afiche de V for Vendetta hasta el póster de la banda apócrifa The Hectic Glow). Por tratarse de una adaptación de una novela acerca de lo memorable, The Fault in Our Stars solo adquiere esa cualidad gracias al incuestionable carisma de Shailene Woodley y Ansel Elgort. Si bien ella desborda esa naturalidad equiparable a la de Brie Larson, la verdadera sorpresa del film es el actor, quien tuvo a su cargo la difícil tarea de verbalizar los encantadores monólogos y/o intervenciones de Augustus sin que parezca que está recitando de memoria. Por el contrario, Elgort pone el foco en los detalles (desde cómo guiña el ojo hasta cómo golpea un volante) y consigue estar a la altura de Woodley en secuencias donde todo recae en ellos. Así, los dos momentos sobresalientes de The Fault in Our Stars son aquellos que, aún siéndoles fieles al libro, se enaltecen por sus protagonistas: la discusión entre Hazel y su mamá (una extraordinaria Laura Dern) y el ensayo del funeral de Augustus. Tres actores (Woodley, Elgort y un perfecto Nat Wolff), un solo escenario y las palabras de Green correctamente interpretadas, pensadas y analizadas por ellos. Cuando se ciñe a lo simple (a diferencia del microrrelato del viaje a Ámsterdam) la película cobra vuelo. Si el “you gave me a forever within the numbered days” es uno de los instantes más extraordinarios del libro, en el film es su punto fuerte por cada gesto de Woodley al enunciar y por cada mirada que Elgort le devuelve (“fuimos viviendo el mismo frío, la misma explotación, el mismo compromiso de seguir adelante a pesar del dolor” escribió también Egea).

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The Fault in Our Stars se convierte, de esta manera, en una película inofensiva a nivel cinematográfico pero conmovedora por esos destellos de amor y dolor que provee su dupla protagónica. Volviendo a Silvina Ocampo y las preguntas, esto dijo cuándo le inquirieron sobre la muerte de Julio Cortázar: “él, que sabía con tanta perfección no explicar en sus cuentos, ahora cuánto le agradeceríamos que nos explicara…ni siquiera puedo explicar qué, pues existen las lágrimas”. Así como mi papá recibió un llamado, así como Hazel recibe otro llamado que potencia su dolor a un diez (“i was saving my ten, and here it was”), así como todos recibimos esos llamados, literales y metafóricos, que nos pusieron de cara a la muerte, no hay frases hechas, ni explicaciones ni certezas que ayuden (“no hay palabras al silencio”). Sólo existen las lágrimas. Existe el sol que sale y se esconde en su eterno ciclo. Y existe uno, ahí, solo, tratando de hacer de un nuevo amanecer una nueva y memorable jornada. Tratando de importar en nuestro pequeño gran mundo. Tratando, como decía Ocampo, de hacer algo para morir un poco menos. 

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► [TRAILER] Algunos momentos de The Fault in Our Stars:

THE FAULT IN OUR STARS Extended Official Trailer HD 2014 from TheFault inour Stars on Vimeo.

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► [ENTREVISTA] Les dejo una linda charla que encontré entre Shailene Woodley (quien menciona “Slow Show” de The National como una de sus canciones favoritas, ganándose aún más mi cariño en el camino), Nat Wolff y el autor de la novela, John Green:

The Fault in Our Stars, On Tour from CityofIrving on Vimeo.

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN] Algunas canciones para recordar a quienes ya no están (gracias por los aportes):

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¡BUEN JUEVES PARA TODOS! Dos consignas para el post de hoy: 1. ¿Vieron The Fault in Our Stars? ¿Para ustedes le hace justicia al libro? Si quieren, pueden explayarse sobre John Green y sus novelas 2. Sin caer en el bajón total, me gustaría que hoy recordemos a alguien que hayamos perdido con una canción para armarles una playlist; yo quisiera recordar a mi tío, quien falleció hace dos años, con esta canción de Serú Girán; gracias a todos por el apoyo en el post de ayercomo comenté en el mismo, hasta que termine de editar la película, el blog se actualizará de lunes a miércoles, con Open Post los jueves; ¡ gracias de nuevo y que tengan un excelente día!

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Yo elijo estar acá

“Believe me when I say that I wouldn’t have it any other way”

“It’s gonna hurt. It’s gonna hurt because it matters”. A diferencia de otros sentimientos, uno no busca el dolor adrede, no lo persigue, no lo incentiva. Quizás por eso el dolor nos deja en un estado de familiar comodidad. A veces es más sencillo ponerse en el rol de víctima que hacerse cargo, porque hacerse cargo nos demanda un trabajo mayor. Nos demanda lidiar con otro sentimiento aún menos placentero y aún más complejo (el miedo) y nos obliga a responder el frecuente interrogante de “¿por qué me pasa esto?” con otra pregunta: “¿Por qué no?”. Sin embargo, el dolor no se encuentra tan distanciado de la felicidad como parece. Ambos llegan como de súbito, ambos nos someten y ambos nos vuelven más dificultosa la tarea de concentrarse en algo que no sea o bien la excitación o bien la desazón. Por eso me gusta mucho la frase que escribe Matt Berninger en “Pink Rabbits”: “I didn’t ask for this pain, it just came over me”. Se trata de una afirmación por demás ilustrativa, casi que uno se puede imaginar al dolor como una ola que te pasa por encima. “It wasn’t like a rain, it was more like a sea” también escribe y pienso que es verdad. El dolor busca tumbarte. Eso no lo hace la lluvia. Eso solo lo puede hacer la corriente, la misma que, como vimos hace poco, arrastraba a Adéle cuando las gotas en otra de sus formas (en forma de llanto) la empujaban de un lado a otro, sin dejarla plantada, segura, entera, en ninguna parte. Adéle a la deriva. ¿Pero qué hay con esa frase de The Fault in Our Stars que dejé al comienzo? Sí, la ola nos sobrepasa, nos hace pendular, nos mueve a su antojo. Pero el movimiento lo sentimos, el pendular lo sentimos, lo sentimos todo. Todo el peso encima. Lo que ocurre es que cuesta verlo. Al estar debajo del agua, de las lágrimas, de las gotas, de la lluvia, de todo aquello que empapa y enfría, pensamos que la tristeza es lo único que importa. Pero no. Si el dolor se instaló es porque hay otra cosa que siempre importó más. “I literally feel nothing. Like, maybe I’m numb but I don’t even feel numb, I feel nothing” dice Hannah Horvath en uno de los últimos episodios de Girls apropiadamente titulado “Dead Inside”. Entonces, ¿quién querría eso? ¿Acaso no es más atractiva la alternativa de hacer concesiones con el dolor? Si yo siento tanto, la caída será igual de profunda. Si me preservo, probablemente esa caída se amortigüe. De cualquier manera o bajo un golpe más o menos certero, la caída es siempre inevitable. “That’s the thing about pain” dice Augustus Waters en la novela de John Green: “it demands to be felt”.

“I’m exhausted, i’m exhausted, there’s never been a cloud in the sky for you; without this what will I do?”

Para la consigna que les propongo hoy pensé en dos personajes literarios llevados a la pantalla grande. Craig de It’s Kind of a Funny Story y Hazel de The Fault in Our Stars (a estrenarse este año). Curiosamente, tanto Ned Vizzini como John Green basaron sus creaciones en experiencias personales. Craig es el álter ego de Vizzini y Hazel, el de Esther, una amiga de Green que murió de cáncer. Puede que la asociación de hoy la haya formulado por el estado con el que ambos conviven. Craig con depresión y Hazel con cáncer. Puede que la asociación la haya formulado, también, porque son dos prototipos de personajes Young Adult. Sin embargo, no es por eso que aparecen juntos en este post. Me gusta cómo ambos se dan a conocer en el primer párrafo de los respectivos libros que los contienen. Lo de Craig es más duro (y mucho más si uno piensa en la decisión de Vizzini de acabar con su vida hace unos meses) pero igual de elocuente: “It’s so hard to talk when you want to kill yourself. That’s above and beyond everything else, and it’s not a mental complaint, it’s a physical thing, like it’s physically hard to open your mouth and make the words come out”. Craig es directo y Craig es, como se revelará a lo largo de todo su relato, bien pragmático. Se conoce mejor que nadie y sabe cuándo va a recaer y cuando va a sentirse más conectado. Tanto así que le pone nombre a las sensaciones. Y a esa ola a la que me refería más arriba la apoda “the shift”, algo así como el proceso en el cual estás por ser tumbado y te estás dando cuenta pero tu cuerpo no te obedece y no te podés correr de lugar. Hazel, en cambio, es más irónica en su introducción: “Late in the winter of my seventeenth birthday, my mother decided I was depressed, presumably bacause I rarely left the house, spent quite a lot of time in bed, read the same book over and over, ate infrequently, and devoted quite a bit of my abundance free time to thinking about dead”. Hazel también se conoce y Hazel tampoco se resguarda.

Ambos hablan de sí mismos porque no hay otra manera de enfrentar las cicatrices y ambos parecen estar continuamente haciendo una distinción entre quienes están “dañados” y no lo ven y quienes se autodefinen de ese modo y lo dejan al descubierto, con el corazón en la mano, porque el costo de aparentar una perfección es lo que los conduce a la explosión casi instantánea. Asimismo, en ambas historias sobrevuela algo que no puedo definir de otra manera que no sea con la palabra ruido. Es la concepción de ruido la que cambia. Por ejemplo, el ruido para mí es cuando quiero escribir y no me sale nada cohesivo o cuando alguien de mi familia se enferma y yo me obnubilo y pienso que me va a pasar la ola por encima. El ruido para Craig no es la depresión. La depresión es la forma con la que él puede lidiar con todo lo demás (las amistades superficiales, la insatisfacción, etc.): “some people get drunk, some people do drugs, some people get depressed. Because there’s so much stuff out there that you have to do something to deal with it”. El ruido para Hazel, en cambio, sí es la depresión, ya que toma ese estado como una consecuencia del resultado que puede depararle la enfermedad: “depression is not a side effect of cancer, depression is a side effect of dying”. Lo que me atrae de la manera en la que se emparentan ambos personajes es que tanto en uno como en el otro relucen las conexiones con un brillo único. Lo que hablamos siempre por acá del individuo como rompecabezas a medio armar (cuando no se relaciona con otro), Craig lo vislumbra al dibujar mapas, incluso el mapa de su propia cabeza, hecho mediante el cual aprende a trazar, unir, asociar, mirar a gran escala. Lo mismo sucede con Hazel y su percepción de las estrellas, de cómo sus pensamientos no pueden ser unidos en constelaciones. Como si nada tuviera sentido si no hay una irrupción. Afortunadamente, la irrupción llega.

Los primeros capítulos de It’s Kind of a Funny Story y The Fault in Our Stars

Noelle y Augustus no son meros interesantes románticos de Craig y Hazel. Tampoco son meros reflejos. Son la inspiración que los lleva a tomar decisiones. Está bien, sí, elegir es un acto estrictamente personal. ¿Lo es? Quizás el decir “yo elijo esto” y llevarlo a cabo, pero el camino previo se asemeja más a una empresa conjunta. No hablo solo de recibir consejos que ayuden a decidir. Hablo de que alguien nos despierte para elegir dar un paso. Hazel comienza su historia hablando sobre An Imperial Affliction, su novela favorita, y nuevamente aborda las conexiones: “sometimes you read a book and it fills you with this weird evangelical zeal, and you become convinced that the shattered world will never be put back together unless and until all living humans read the book”. Es ése libro el que la hace sentir menos sola, en esencia porque explicita todo lo que ella sobreanaliza. Con Craig y los mapas pasa lo mismo, son el desafío que lo mantiene menos pavoroso ante la idea de estar despierto. Porque él anhela dormir, porque es el único momento en el que no piensa: “I didn’t want to wake up. I was having a much better time asleep. And that’s really sad. It was almost like a reverse nightmare, like when you wake up from a nightmare you’re so relieved. I woke up into a nightmare”. La aparición de Noelle y Augustus no sólo los conecta con la pulsión por sentir (sentir un viaje, sentir un beso, sentir una canción) sino con la pulsión por elegir. Augustus asegura que uno no elige ser lastimado, pero sí elige al que ocasiona ese dolor. No peyorativamente sino por lo que escribí al principio. Amor rima con pavor. Amor rima con dolor. Una cosa retroalimenta la otra. “I like my choices” dice él, pensando en Hazel, sobre el final de la novela. Lo mismo hace Craig. Él habla sobre ese “mejor hacer que pensar y pensar” de un melancólico verso estelar (“my brain doesn’t want to think anymore; all of a sudden it wants to do”) y se regocija en la acción: “Run home. Run home. Run home and enjoy. Enjoy. Take these verbs and enjoy them. You deserve them because you chose them. You chose to stay here. Live. Live. Live. Live”. Me duele pensar que Vizzini elegiría el verbo opuesto, pero si me duele es porque me importa el otro espectro. La alternativa. El estar acá. En el ruido. Buscarle la vuelta para que sintonice distinto. Para que no apabulle. Para que acompañe. Porque no hay un antídoto para esa ola, para las lágrimas, para el dolor. Porque, como le dan a entender a Craig, la vida no se cura: la vida se maneja. 

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► [TRAILER] El esperado adelanto de The Fault in Our Stars:

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► [ESCENA] El gran final de It’s Kind of a Funny Story:

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¡Buen día para todos! La consigna de hoy tiene que ver, sobre todo, con crossovers, es decir, ¿a qué personajes de distintas películas consideran similares y piensan que podrían dialogar en un mismo film? Me gustaría leer sus ideas de cruza de personajes para una nueva historia, como hice yo con Hazel y Craig o de cruza de actores+directores; de más está decir que quienes quieran hablar tanto sobre The Fault in Our Stars (novela y expectativas sobre su adaptación) como sobre It’s Kind of a Funny Story (novela y/o adaptación), también pueden hacerlo; a ver con qué salen en los comentarios, los leo; ¡Que tengan un gran martes!

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Mi reino por…

Ya lo había dicho Matt Porterfield al aludir a su propio proyecto, I Used to Be Darker: la plataforma de financiación Kickstarter es un arma de doble filo. Por un lado, permite que realizadores independientes reciban donaciones por parte de seguidores y/o interesados en su estilo y todo lo nuevo que tengan para mostrar. Por el otro, también les está abriendo la puerta a directores ya consagrados para que ellos mismos, y aún posiblemente teniendo el capital como para filmar, igualmente se apoyen en sus fans para conseguir dinero. Las propuestas de Kickstarter son tantas y tan variadas que, en consecuencia, se hace uso y abuso de los pedidos y, en ese terreno insondable, hay lugar tanto para que Zosia Mamet requiera de fondos para filmar un video folk con su hermana (lo que fue un verdadero fracaso) como para que Spike Lee necesite de sus contribuciones para llevar adelante una producción sobre la que no dio demasiados detalles (“the newest hottest Spike Lee joint”). El video que acompaña su pedido es tan hilarante como insultante. En primer término, nos recuerda que tiene recaudar cerca de un millón y medio de dólares, y que las donaciones, según cuán abultadas sean, tendrán recompensas como zapatillas usadas por él, o el “privilegio” de sentarse a su lado en una cena. No estoy siendo irónica. Ésas fueron exactamente sus palabras. En segundo término, el discurso de Lee se inicia casi textualmente con la frase “ya que los fanáticos de Veronica Mars donaron plata para que la película de la serie sea posible, pensé en hacer lo mismo con mis seguidores”, y continúa con una suerte de repaso por su filmografía para que entendamos lo vital que es verlo en actividad como cineasta. Más allá de que esa clase de pedidos bordeen lo irrespetuoso, a fin de cuentas cada uno decide si poner o no dinero para que un proyecto se concrete, y hasta el momento el film de Veronica Mars y la segunda película de Zach Braff (Wish I Was Here) fueron los que llegaron a la meta con rotundo éxito, por lo cual podrán ser vistos en pantalla grande en poco tiempo.

El caso de Spike Lee fue, a su modo, el disparador para este post. Empecé a imaginarme para qué producciones yo haría una contribución con tal de verlas concretadas. Esto, a su vez, me recordó a cuando llegué a la última página de la novela The Fault in Our Stars. Conmovida y subyugada por la prosa ocurrente y precisa de John Green, indagué en su universo y en ese movimiento conocido como Nerdfightiria, iniciado por el propio autor y su hermano Hank, dos “vlogbrothers” que subían (y siguen subiendo) videos a YouTube con impronta de blog, como aquel en el cual Green dividía a los enamorados en “dumpers” y “dumpees” (los que dejan y son dejados, aunque con más especificidades), que es la premisa de otra de sus novelas, An Abundance of Katherines. Como siempre en estas situaciones, la curiosidad hizo que salte de una de sus obras a otra, incluso a aquellas que son co-escritas por él (como la brillante Will Grayson, Will Grayson); y que quiera, en definitiva, ver sus palabras adaptadas al cine. El deseo se empezó a cumplir este año con el anuncio de que The Fault in Our Stars finalmente tendrá su adaptación, con Shailene Woodley y Ansel Elgort como Hazel Grace y Augustus Waters. Sin embargo, siempre consideré que la segunda mejor novela de Green (Looking for Alaska) es la que cuenta con mayor potencial cinematográfico y con una oscuridad mucho menos digerible que The Fault in Our Stars, mucho más devastadora.

Green no solo se ha convertido en uno de los mejores exponentes del género Young Adult sino también en un autor que incluye sendas metáforas en sus historias con un lenguaje que las desvía del cliché. En The Fault in Our Stars compara al amor con el hecho quedarse dormido (“I fell in love the way you fall asleep; slowly and then all at once”) y en Looking for Alaska describe la idealización con una analogía extremadamente visual (“I was a drizzle and she was hurricane”). Asimismo, en ambas obras se abordan temas duros (enfermedades terminales, depresión, suicidios), pero con un humor no tan ácido sino más bien enternecedor. Sus personajes se saben presos de situaciones casi inmanejables y, por lo tanto, se aferran a sus propios métodos (sus “silver linings”) para contrarrestarlas. Green les da una voz particular, desde Miles y su obsesión por las últimas palabras, pasando por Hazel y Augustus y su pacto tácito sellado de manera monosilábica (“okay?” “okay”) hasta Alaska y su naturaleza autodestructiva y enigmática sostenida hasta el final de su viaje. Por todo esto, mi reino por más adaptaciones de John Green, por ver en una sala de cine a la juventud en primer plano, a una juventud que no teme romperse porque, como bien asegura Miles en Looking for Alaska, eso jamás podría suceder. Como ya lo cité en otra oportunidad: ya nada nos quiebra, y si nos creemos invencibles es porque, efectivamente, invencibles somos.

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► [GALERÍA] Las novelas (y algunas cosas más) que quisieran ver (re)adaptadas al cine; ¡que la disfruten!:

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Para este martes, una consigna: ¿Qué historia real/libro/idea les gustaría que se filme algún día, que tenga su correspondiente película y para lo cual no tendrían problemas en contribuir? ¿Han imaginado a ciertos actores para algunos proyectos que les gustaría que se concreten? ¡Espero sus comentarios así armo una galería alusiva! ¡Nos reencontramos mañana, un saludo para todos! ¡Buen martes! ;)

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SI JOHN GREEN LO DICE…

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