Podcast Cinescalero Volumen XXIV: Lo mejor de 2016

¡Buen martes para toda la muchachada! Hoy, en formato podcast, elijo mis películas favoritas de 2016, sin olvidarme tampoco de esas series y discos que han marcado mi año. Asimismo, con Milagros Barcala les dejamos un interrogante: si pudieran traer de regreso a un artista que se llevó este fatídico 2016, ¿a quién elegirían? Los invitamos a sumar sus listados de sus films favoritos en los comentarios y personalmente les agradezco por seguir acá, escribiendo o simplemente escuchando, en un año de fuertes cambios para el blog. Que tengan todos un 2017 brillante.

DE YAPA: MI BABOSEO DE ESTE AÑO, LA MUCHACHA DE ESTE GIF; ¡FELICIDADES PARA TODOS!

Begin Again: Miren todos, ellos solos

“Me fascina que la mujer que está a mi lado escuche discos con audífonos, que su rostro refleje todo lo que está sucediendo en esa pequeña noche interior, en esa intimidad total de la música y sus oídos (…) por momentos me olvido de la realidad, y los audífonos en su cabeza me parecen los electrodos de un nuevo Frankenstein llevando la chispa vital a una imagen de cera, animándola poco a poco, haciéndola salir de la inmovilidad con que creemos escuchar la música y que no es tal para un observador exterior” – Julio Cortázar (Salvo el crepúsculo)

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Steve Kilbey abre el disco con “Under The Milky Way”. Puedo llegar a decir que es un disco conceptual, porque comienza observando la realidad desde una perspectiva individual para luego sumarle otra voz: “Sometimes when this place gets kind of empty, sound of the breath fades with the light, I think about the loveless fascination, under the milky way tonight”. El mundo, la noche, el hombre, la letra de una canción. Después, casi en el medio, aparece Ian Brown para ir llenando los espacios vacíos, para repetir en loop “This is The One” con ese rebosante optimismo madchester. Pero la cosa no se termina ahí. Sobre el final, Graham Coxon hacía su entrada para contestarle a Kilbey, con esa melancolía menos aplastante y más acogedora de “All Over Me”. Son las cuerdas, creo. Son los violines los que hicieron que el disco concluya ya no con una persona contemplando el entorno sino con dos en armónica fusión. Graham habla de alguien que lo está invadiendo en todo su cuerpo, de cómo un rostro, una voz, tienen el poder suficiente como para que nos abstraigamos. Pero no es solo eso. Que el disco sea conceptual me lo dice su última frase: “I know why you make me so scared, you’re all I can see, you speak and my hearing is impared, you’re all over me”. Under. All Over. Empecé escuchando el disco imaginando a ese hombre parado frente a un escenario x, rotando la mirada de un rincón hacia otro, mientras era cubierto por esa Vía Láctea. Terminé escuchando el disco imaginando a otro hombre, parado frente a un escenario x, rotando la mirada de un rincón hacia otro, mientras tenía a alguien al lado. Creo que ahí advertí que esa sucesión de canciones perfectamente ubicadas me estaba queriendo contar una historia. La historia de cómo los espacios vacíos están configurados para ser completados. De cómo nosotros vemos el lugar en el que nos encontramos de formas tan contrapuestas según los factores externos. “You Changed My Life” canta The Electric Pop Group en la canción número seis. Ahora no concibo otra manera de escuchar ese disco que pensándolo como el manifiesto de una transformación radical, pensándolo como una suerte de fábula. Ese disco es mi “había una vez…”. Me gustan esos puntos suspensivos. Son la prueba más irrefutable de que entonces había algo que estaba por ser asaltado por alguna otra cosa. Hoy sigo enamorada de ese disco como la primera vez. Es un disco que no tiene título. Es un disco amarillo con Enid Coleslaw dibujada en la portada, dibujada como no podía ser de otro modo: recostada en el piso acompañada de un vinilo. Ese disco fue un regalo que alguien me hizo hace muchos años y que hoy, escuchándolo con auriculares después de tanto tiempo, produce eso sobre lo que habla Cortázar más arriba. Mi rostro se transforma a medida que las canciones pasan. Porque mientras las canciones pasan, también pasa el tiempo, pasan las imágenes de un tiempo. La música, otra vez, me recuerda que soy perturbable.

“We’re just two lost souls swimming in a fish bowl, year after year; running over the same old ground, what have we found? The same old fears” 

Siete años atrás, John Carney dirigió Once, perfecto título para una perfecta película que es, justamente, un cuento. Había una vez en Dublín un hombre (Glen Hansard) que escupía esos versos de trovador con un desamor a cuestas. Había una vez en Dublín una mujer (Markéta Irglová) que vendía flores por esas mismas calles céntricas. A Carney le gusta poner el foco en un único vínculo forjado entre dos personas. Pero… ¿qué hace que Once se convierta en un cuento y no en un poema? ¿Qué hace que el “había una vez…” encuentre un relato detrás de sus puntos suspensivos? Como siempre, un simple acto. En este caso, observar. Mejor dicho: observar escuchando. Esa mujer mira cómo ese hombre canta y decide que quiere seguir escuchando más. Que hay algo en esas letras. “La inspiración es la hipótesis que reduce al autor a un papel de obervador” escribió Paul Valéry. Ella lo observa primero y luego él hace lo propio cuando ella se sienta en un piano para acoplarse a lo que él escribió. “Falling Slowly”. Otra canción sobre los espacios que se llenan. “Sing your melody, I’ll sing along”. Carney lo ubica a él cantando primero, para mostrar cómo ella lentamente va aprendiendo los sonidos, cómo esa canción tiene su correlación con la realidad, cómo la música puede entrar en ese preciso momento en el que hay una carencia, algo que parece desencajado, fuera de lugar. Él y ella graban un disco, un disco que es más que un disco. Es un propósito para volver a querer caminar las calles, procesar la realidad con sus propias melodías como compañía, como muestra Carney en un brillante plano secuencia donde ella canta su canción con los auriculares puestos mientras transita las cuadras que separan el supermercado de su casa, esa casa donde la música no puede penetrar ante el caos cotidiano. Como todo cuento, el de Once tiene un final, un final sellado por una despedida. Una despedida que nos hace pensar que, en realidad, el decir adiós muy pocas veces se resuelve prolijamente. Siempre hay una imposibilidad, una palabra que pudo haber salido pero que nunca se dijo, unos ojos que no hacen contacto, un miedo a enfrentarse al hecho que nos llevan, paradójicamente, a decir adiós sin decirlo nunca. En “El breve amor”, Cortázar habla un poco de esto, de cómo la despedida a veces queda reducida al “anegarse entre cenizas” con el mero gesto de “liberar las manos”. La despedida en Once llega mediante lo simbólico. Él le regala ese piano comprado donde la escuchó cantar por primera vez y ella mira el mundo desde su pequeña ventana, sentada con las manos en las teclas y mirando hacia afuera. La sonrisa de él mientras parte hacia otro destino dice mucho sobre cómo alguien puede aparecer para completarnos, para arrojarnos al impulso de regalar algo para, en cierta forma, modificar su vida. Nuevamente, el mundo se llena con la música. La habitación de ella ahora sí permanece abierta a la melodía, a lo nuevo, a lo esperanzador (“raise your hopeful voice, you have a choice”).

“Please don’t let me drift too far, keep me safe and same where you are, so I can always be renewed; and what you’ve given me here today is worth everything I could pay”

“That’s what I love about music, even the most banal scenes are suddenly invested with so much meaning, you know? All these banalities, they suddenly turn into these beautiful effervescent pearls” le dice Dan (Mark Ruffalo) a Gretta (Keira Knigthley) en Begin Again, la reciente película de Carney. Mientras discurre sobre el tópico, ambos tienen puestos auriculares y están inmersos en una noche sacada de contexto. Recorren Nueva York a contramano de sus sonidos, extáticos ante la diversidad de canciones que tiene Gretta en su reproductor y van a bailar con esos auriculares puestos; es decir, se mueven en otra dirección, respetando sus tiempos. Como toda película que esté atravesada por la música como fuerza centrípeta, en Begin Again no hay ninguna clase de arbitrariedad y su eje narrativo no tiene por qué ser expuesto por los personajes, dado que los personajes, despojados de egoísmo, dejan que sus cantantes favoritos hablen por ellos o que sus letras sean su medio de comunicación. Por lo tanto, cuando ellos salen a caminar solos, Stevie Wonder dice eso de que por una vez en la vida tiene a alguien que lo necesita, y no hace falta añadir nada más. Al igual que Once, Begin Again cuenta con dos protagonistas que se cruzan cuando ambos están lidiando con un tumulto interno. Ella viene de una ruptura. Él, a su modo, también. Pero a diferencia de Once, es él quien la ve. Es él quien la reconoce diferente y es él quien decide acompañarla en el proceso de grabación de un disco que resignifique la ciudad, que incorpore ese mundo (neoyorkino) dentro de otro (la música) y viceversa. Begin Again no se distancia de los lugares. Por el contrario, los vive, los sondea, los corre con la misma velocidad con la que Gretta y su banda se van moviendo de una locación a otra. “Cada vez que visito Nueva York para participar en el maratón (y creo que con esta ya van cuatro veces), me acuerdo de ‘Autumn in New York’, aquella elegante y hermosa balada que compuso Vernon Duke: ‘Dreamers with empty hands may sigh for exotic lands; it’s Autumn in New York, it’s good to live it again’” escribió Haruki Murakami en De qué hablo cuando hablo de correr. ¿De qué habla? De cómo el correr es una apertura al mundo, y de cómo el correr permite respirar, asimilar, ser rozado por distintos climas, sensaciones, músicas, gestos. La ciudad roza a Murakami como roza a Gretta y Dan, esos soñadores con manos vacías que se estaban necesitando sin saberlo. Cuando Begin Again se queda a su lado, cuando los muestra como dos pares que se exorcisan a través de las canciones (ella supera el desamor, él se reencuentra con el amor perdido), cualquier otra subtrama empalidece en comparación. En esencia, la película habla sobre empezar de nuevo gracias a que alguien puso los ojos en uno, usando la letra de “Lost Stars” como se empleaba la de “Falling Slowly” en Once: para poner de relieve el significado de esa relación, en este caso mediante una pregunta retórica (“aren’t we all lost stars trying to light up the dark?”). Por lo tanto, el giro del final, ese que muestra que no es imperativo que haya una conexión romántica para que esa oscuridad se disipe, es el mayor acierto de Carney. La sonrisa de ese hombre en Once es la misma que la de Gretta arriba de dos ruedas, con una canción en sus oidos, y un disco propio como prueba de su autorrealización. Todo ese plano está bañado por el espíritu natural e improvisado del film, que concluye con la inconfundible sensación que genera un objetivo que se cumple siéndole fiel a uno. Asimismo, el piano como ofrenda acá encuentra su equivalente en un adaptador para dos auriculares que Greta le devuelve a Dan para decirle que es hora de que lo vuelva a usar con su mujer. Begin Again es una película sobre las experiencias en simultáneo, sobre cómo la percepción se enriquece cuando otra voz se suma al coro, cuando te pasa por encima la magia de cómo una canción se puede unir a otra con abrumadora naturalidad.

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“Cuando entro en mi audífono, cuando las manos lo calzan en la cabeza con cuidado (…) soy yo el que entra en mi audífono, el que asoma la cabeza a una noche diferente, a una oscuridad otra; afuera nada parece haber cambiado, el salón con sus lámparas, Carol que lee un libro de Virginia Woolf en el sillón de enfrente, los cigarrillos, Flanelle que juega con una pelota de papel, lo mismo, lo de ahí, lo nuestro, una noche más y ya nada es lo mismo” escribió también Cortázar. Creo que a todos nos pasa eso que dice Julio, eso que dice Dan en Begin Again, eso que dicen muchos de distintas maneras. A todos nos pasa que al encontrarnos encapsulados por la música lo más mundano se convierta en extraordinario. Le vuelvo a dar play a “Under The Milky Way”, la primera canción de ese disco de amor que me regalaron (los regalos ligados a la música tienen un efecto mucho más avasallante, ¿no?), y ahora me configuro la imagen de ese hombre que ya no está tan en soledad. Como tampoco está en soledad Enid en la portada del disco. Como tampoco estoy en soledad yo escuchándolo. Él está con el entorno. Ellá está con el vinilo. Yo estoy con la música.

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► [ESPECIAL] El director John Carney explica cómo se filmó una de las primeras escenas de Begin Again:

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► [PLAYLIST] Algunas canciones que suenan en la película:

Begin Again by cinescalas on Grooveshark

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN / PARA ESCUCHAR CON AUDÍFONOS] 50 canciones asociadas a películas (perdón que no subo más, pero YouTube cambió la modalidad y a algunas no se las puede incluir, entonces hice una breve selección, ¡que la disfruten!):

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¡BUEN VIERNES PARA TODA LA MUCHACHADA! Cerramos la semana con tres consignas: 1. ¿Vieron Begin Again? Los invito a dejar su apreciación sobre la película de John Carney 2. ¿Cuál es su rutina con la música? ¿En qué momento escuchan? ¿Son de estar todo el tiempo con auriculares? ¿Puede pasar un día sin que escuchen algo? 3. ¿Cuáles fueron los regalos más preciados que les hicieron vinculados a la música? 4. ¡Armemos playlist! La consigna es que mencionemos las canciones más inolvidables que hayan salido de bandas de sonido ídem; es decir, hablemos de soundtracks y armemos una gran lista de reproducción para escuchar con auriculares; como siempre, los leo; ¡que terminen muy bien la semana, nos reencontramos el lunes! ¡saludos para todos!

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Había una vez en Dublín

ONCE

Once es un cuento. Ni él ni ella tienen nombre. Y poco importa. Lo esencial en la película de John Carney es el impacto que, en cuestión de segundos, causa una persona en la vida de otra, transformándola para siempre.

Ella es una chica que vende flores en las calles de Dublín. Él es un trovador que, con un desamor a cuestas, se desgarra cantando con la guitarra en esas mismas calles. Nunca sabemos si primero ella lo oye o si lo ve, si la música es lo más importante en esa primera impresión. Lo cierto es que el personaje de Markéta Irglová detecta en el de Glen Hansard una sensibilidad para componer y una soledad afín por la cual busca hacerle compañía.

Lo hermoso de Once es que nunca es necesario que sepamos exactamente qué clase de vínculo une a ambas personas porque lo radical reside en esa conexión musical que los lleva a grabar juntos y en esa conexión emocional que los lleva a compartir sus historias de amor pasadas, con las letras de las canciones como vehículo y con un abrazo al lado de un piano que no necesita traducción.

El film oscila entre esos detalles sutiles y ese vómito sentimental de temas como “If You Want Me” – atentos a un plano secuencia frágil y memorable – y “Lies”. Sin contar el final, solo voy a decir que, como su título lo anticipa, Once es la historia de un momento en el que todo cambia, de un momento que atraviesa a dos personas para siempre. Por alguna razón, me hace acordar a la canción “11 y 6″ de Fito. Quizás sea justamente por eso, porque ambas hablan de un encuentro casual que lo resignifica todo: “Miren todos, ellos solos, pueden más que el amor y son más fuerte que el Olimpo…”

Dato: el tema principal, “Falling Slowly”, ganó el Oscar. Pueden escucharlo en el blog No te pongas azul.