Gracias (Porque sí)

“I do some stupid things, but my heart’s in the right place. And this I know” escribió Mark Oliver Everett. Hoy, por una sucesión de hechos, me dieron ganas de agradecerles porque gran parte de los logros profesionales y personales que tuve en estos años se los debo a ustedes. Eso significa que el corazón, mi corazón, está en el lugar correcto. Gracias por hacer de mi mundo uno, como dice Jerry más arriba, bastante menos cínico. 

Wild at Heart

[Aclaración: quería agradecerles la paciencia infinita que me tuvieron la semana pasada sin actualizaciones del blog; como les había contado, a veces las situaciones inesperadas nos impiden continuar con la rutina habitual, "happenstance has changed my plans" diría Jeff Tweedy; sepan que se extrañó hacer el blog, pero que ya estamos de vuelta y con una nota de una amiga y colega, con cuyas palabras los dejo en este lunes...]

Hoy en Cinescalas escribe: Casandra Scaroni

La historia de Cameron Crowe es conocida, basta con ver Casi Famosos para saber lo necesario. Cameron usa como alter ego al joven Patrick Fugit para contar la historia de ese adolecente prodigio, rockófilo, que se va de gira con la banda Stillwater para cubrir una nota para la Rolling Stone. En esa gira Cameron (o William en la película) crece y cambia, casi como en cualquier coming of age. Deja su proyecto que tenía de nene aplicado y sus aspiraciones de abogado, y encuentra  el  placer del caos y de la incertidumbre, y también, lo más importante, encuentra una familia (no olvidar nunca a Penny lane y su famoso “you are at home”).

Esta estructura  de cambio de vida, de punto crucial en la vida emocional de los personajes, es casi un sello de garantía de Cameron. Lo tiene Orlando Bloom en Elizabethtown como el diseñador con un fracaso de millones de dólares que interrumpe su plan de suicidarse solo para ir al velatorio del padre, Tom Cruise en Jerry Maguire con su renuncia a los cuatro vientos pidiendo alguien que lo siga y lo tiene Matt Damon en Un zoológico en casa luego de la muerte de su mujer. Todos  ellos conocieron la libertad que el fracaso y que el desarraigo conlleva.

Cameron Crowe es, quizá, un hombre de no muchos recursos narrativos, pero tiene la virtud de creer genuinamente en lo que nos cuenta, o, de al menos hacernos creer en las emociones que de manera simple y certera, sin miedo de caer en la sensiblería, nos muestra. En Un zoológico en casa vemos a Benjamin Bee (Damon) luchar para encarrilar la vida de sus hijos, o más que nada, de su hijo mayor, quien después de la muerte de su mamá no parece poder entablar una conversación con su padre sin que ésta termine con portazos y gritos. Para esto, se le ocurre que necesitan un cambio radical y compra a muy buen precio una casa que se encuentra en un zoológico cerrado al público pero que aún conserva al personal que lo trata de hacer sobrevivir.

Como buen personaje de Crowe (aunque esté salga de eso  llamado vida real), Benjamin es un optimista incurable que ve en el riesgo de la aventura  la única estabilidad posible. Y aunque el tinte de ingenuidad esté ahí para molestar al cínico de turno, el camino idealista e impulsivo que elige Benjamin para encausar su vida no está exento de dolor (solo que ahora viene de la mano de decidir si a un tigre viejo ya le llegó su hora), ni de contrariedades como  que el saldo de una discusión sea una maraña de víboras sueltas por todos lados.  Pero no se trata de evitar el dolor, sino de encontrar un lugar donde no estemos tan solos para enfrentarlo. Cameron parece creer que la recompensa de tomar riesgos y alejarse de lo que se espera de nosotros es encontrar alguien como Scarlett Johanson que nos ayude a juntar víboras en caso de que sea necesario, o a una Penny Lane que te diga que estás en casa.

Por Casandra Scaroni

¿Vieron Un zoológico en casa? ¿Qué les pareció? ¿Cuáles consideran como puntos altos y bajos de la filmografía de Cameron Crowe? ¡Dejen sus comentarios!; para escribir en Cinescalas solo deben mandar sus notas a milyyorke@gmail.com

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La escena del día: Jerry Maguire

BLOG

Hay escenas que están directamente configuradas para sobrevivir en nuestras cabezas. El llevarlas a la acción no sólo implicaría un acto de valentía riesgoso sino también el quiebre de la fantasía. Sí, hay cosas que parecen solo destinadas a morir en la mente. Por eso, de todas las secuencias memorables que tiene la película de Cameron Crowe – director del que hablé poco en este blog, a pesar de haber sido uno de mis niños mimados hasta su inclinación por el exceso de melomanía y reflexiones de manual de autoayuda – , elegí la de salida de Jerry de su lugar de trabajo. Independientemente del componente romántico y sacrificado (visto en el personaje de Dorothy), la escena pone de manifiesto ese deseo de decir la única verdad (la verdad que tiene uno) con una mezcla de liberación pero también de temor por zambullirse a un mar cuyos golpes de ola son inciertos. Sin embargo, para Crowe, en ese mar, en ese estado de forzada resignación y partida digna, siempre habrá un pez que nos mirará con ojos compasivos como diciéndonos “no estás solo”. Jerry Maguire es precisamente eso. Una película sobre un hombre de extrema individualidad que formó más de una familia porque nadie, absolutamente nadie, está exento de jugar una pulseada y perder. El mayor mérito acaso sea animarse a esa free fallin’ y, paradójicamente, hacerlo con altura.

Mirá esta escena de Jerry Maguire:

¿Qué opinan de Jerry Maguire y del cine de Cameron Crowe? De yapa, propongan una escena que quieran ver el jueves próximo ¡Gracias!

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