El amor tiene cara de Doinel

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Hoy en Cinescalas escribe: Orson

Amo a Truffaut. Lo confieso. Su escritura, sus películas, su pasión y amor por el cine. Amo todo eso de él, pero, sobre todo, amo a Antoine Doinel. Ese personaje formidable, tragicómico, inestable, enamoradizo. Ese personaje que vive a las corridas. Ya sea para escapar hacia la playa buscando la libertad, para seguir a alguien en su faceta de detective, para reconquistar a su mujer o para escapar de las amantes de toda su vida. Siempre a las corridas.

Truffaut encontró el molde ideal para volcar en pantalla a lo largo de los años sus obsesiones por la figura femenina, al amor, el matrimonio, la familia. Poniéndole el cuerpo a este alter ego aparece uno de los mejores actores de todos los tiempos: Jean-Pierre Leaud. Ese enorme (aunque pequeño) animal cinematográfico que ilumina la pantalla con su sola presencia, interpretando a la perfección a ese atribulado y confundido niño/joven/adolescente/hombre. Un actor capaz de repetir frente al espejo “Antoine Doinel” 20 veces y no quedar ridículo. Leaud es Doinel y los dos son Truffaut.

De elegir una película de la saga de Antoine, me quedo con Besos robados. Pero eso sería injusto para un grupo de films que conforman un todo perfecto. Un grupo de films que son para mí un lugar seguro en el que puedo dejarme llevar, sabiendo que nada me va a defraudar. Los 400 golpes, Antoine y Colette (corto), Besos robados, Domicilio conyugal y El amor en fuga pertenecen al grupo de las películas de mi vida. Y sí, las amo a todas por igual.

Por Orson

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