Cuando pinta el bajón, ¿qué?

“El cine mejora la vida” expresó una vez Truffaut. ¿Cómo contradecirlo? Sin embargo, además de concordar, habría que preguntar sobre su afirmación de manera igualmente categórica: ¿Cómo la mejora? Las respuestas pueden ir desde lo más sesudo (el cine despierta la curiosidad, nos despierta a nosotros, nos va formando/forjando) hasta lo más personal (el cine, en definitiva, nos hace bien). Hace poco, reviendo los distintos posts del blog para la sorpresa de fin de año, me encontré con El post del masoquismo, donde compartíamos cómo determinadas películas contribuyeron a echar sal en algunas heridas. Pensé que incluso esas películas nos terminan ayudando, porque nos hablan con un lenguaje (visual o narrativo) que tiene correlación con nuestras vidas y, así, nos hacen sentir menos solos y más comprendidos. Porque sí, yo pienso eso que piensa el personaje. Sí, yo siento eso que él siente. Lo increíble es cuando alguien (guionista, director o el propio actor) lo dice de un modo tal que duele con placer (“qué placer esta pena”) ese grado de identificación. Después pensé que eso de que el cine mejora la vida también puede aplicarse a casos en los que nos aferramos a algunas películas cuando necesitamos de una zona de seguridad. Recordé un tiempo en el que vivía sola y en el que, por una suma de factores, no me sentía del todo bien. Además de en los discos, solía refugiarme en películas. Lo curioso (o no tanto) es que no eran las mismas sobre las cuales he escrito, por ejemplo, en la sección A la deriva. No eran las que resonaban a nivel personal. Eran las que mejoraban la situación de la manera más simple posible: haciéndome bien. Eso me condujo a este post, suerte de contracara de aquel masoquista, donde podremos revalorizar esos films que, en los momentos de bajón, están ahí para completar la frase de Truffaut: el cine mejora la vida y nos hace compañía. Y a Two Weeks Notice, tan sencilla como es, hace tiempo la reproduje más de una vez. Porque me gustaba ver a Lucy, el personaje de Sandra Bullock, comiendo y leyendo sola, para luego lidiar cotidianamente con ese hombre que complica su rutina y de quien intenta, infructuosamente, no enamorarse del todo. 

*Les dejo una escena de Two Weeks Notice:

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¿A qué películas acuden para sentirse mejor? ¿Cuáles les levantan el ánimo en un día de bajón?; ¡Dejen sus comentarios! ¡Buen martes!

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El post del masoquismo

“Happiness isn’t happiness without a violin-playing goat” – Anna Scott

Como las canciones, las películas siempre merecen ser redescubiertas en relación a nuestros cambios interiores. A medida que vamos atravesando etapas – de las buenas, de las malas, de las que no entran en ninguna categoría por su sinsabor -, vamos adquiriendo experiencias que, en consecuencia, siempre tienen un efecto posterior en otros planos, como una suerte de onda expansiva. Por eso es que cuando uno ve las mismas cosas pero en otro momento el análisis es diferente, porque todo aquello que acumulamos como conocimiento previo va a alterar nuestra perspectiva ante lo nuevo. Notting Hill, si bien puede ser considerada una película menor, en mi caso es el parámetro de cómo ver una obra en circunstancias contrapuestas cambia el modo en el que la recibimos.

Yo en The Travel Bookshop de Notting Hill:

Cuando la vi por primera vez, lo hice con cierta ingenuidad, como comprando esa fairytale, pero sin ninguna connotación extra. La segunda vez, el film de Roger Michell – director que me interesa, tanto por Persuasión como por Morning Glory – provocó esos deseos de pisar Londres, de caminar por Portobello Road, de acostarme en el banco de un parque. La cuarta vez, habiendo hecho todo eso y con promesas de un futuro en ese mismo ámbito, Notting Hill parecía ser el perfecto ejemplo de una profecía autocumplida, como si la protagonista de esa fairytale pudiera llegar a ser yo misma. La quinta vez, por otro lado, la visión fue más realista, seca y, por qué no, algo triste. De todas maneras, en cada una de esas oportunidades que tuve de verla siempre se produjo una gran dicotomía: me generó una gran incredulidad, pero al mismo tiempo nunca me hizo abandonar las ganas de creerme ese final que llega cuando Anna dice “Indefinitely” y todas esas imágenes del futuro comienzan a acumularse para asegurarnos de que en la vida nunca está dicha la última palabra y de que las posibilidades son, en definitiva, infinitas.

¿Qué películas que despiertan su costado masoquista suelen mirar, para autoflagelarse, una y otra vez (y una y otra vez y una y otra vez) ¡Comenten y ponganse personales (si así lo desean)!

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La escena del día: Un gran chico

“Nobody is an island, everyone has to go, pillars turn to butter, butterflying low…”

* Escena propuesta por: Florencia, Anis y pAOLA (para otra sección, pero igual vale, ¿no?)

Así como en el post del martes rescataba la manera en la que Richard Ayoade mostraba en Submarine a un joven que disfrutaba de su individualidad (“i prefer my own company, it gives me time to think”), con About a boy volvemos un poco a lo mismo. El protagonista, Will, un Peter Pan rico que vive a costas de un one-hit wonder de su padre, recibe un golpe del destino cuando en su vida  aparece Marcus, un niño que debe lidiar con una madre depresiva y con ser un paria en el ámbito escolar. Uno y otro, igual de vulnerables pero con distintas maneras para lidiar con eso, se acompañan y así, sin quererlo, forman una familia. No la típica familia que hubiesen pensado, acaso tampoco la familia cuya definición la encontramos en los libros. No. Una distinta. La familia que se construye como sin quererlo, con una suerte de entretejido, de conexiones impensadas.

Will, Marcus y “Killing Me Softly”:

About a Boy tiene dos grandes escenas. La que les dejo es aquella en la que Will se permite volver a ser niño, dejar de lado el cinismo y la rebeldía para simplemente ser espontáneo, renunciando al egoísmo y protagonizando un gesto de amistad con una guitarra y los ojos cerrados. La segunda, la del final, esa en la que, en una casa que comenzaba siendo desértica, muchas personas van y vienen, pasan de la cocina al living, se tocan, se abrazan, se miran y sonríen. Esas personas conforman esa familia impensada. Volviendo una vez más a Submarine, es cierto que no existe un medidor que determine qué es lo que siente o piensa una persona, pero sí existe la certeza de que esa persona, piense lo que piense o sienta lo que sienta, no podrá estar completa si no comparte, si no decide que, en su isla personal, siempre es necesario permitir que otro se siente a su lado. Porque nadie puede hacerlo solo.

¿Qué les pareció Un gran chico? ¿Qué otras parejas-desparejas entrañables del cine recuerdan?; de yapa, propongan una escena que quieran ver el jueves próximo; ¡gracias!

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¡Fue de película!

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“We belong in a movie”-The National (Conversation 16)

Hace exactamente una semana nos reíamos de esas situaciones que solo se dan en las películas y que no tienen ningún tipo de relación con nuestra vida cotidiana. El día del post, un compañero de la redacción se acercó a refutar esa teoría y compartió conmigo una anécdota que, a todas luces (?), podría haber sido parte de una película. Por ende, surgió la idea de hacer un post a la inversa de aquel, un post en el que (respetando eso de que los martes nos ponemos personales) compartamos nuestras propias experiencias con tintes cinematográficos, esos instantes que recordamos porque, por un segundo, nos sacudieron y nos demostraron que a veces es posible romper con la monotonía.

Empiezo yo diciendo que a veces me pregunto si quiero que mi vida sea como una película y, por lo tanto, cuando sucede algo extraordinario lo sobredimensiono en lugar de darle la importancia justa y necesaria. Lo cierto es que, desde un show sorpresa de Thom y Jonny y en Glastonbury hasta un viaje en el mismo avión con otra de mis bandas favoritas, he pasado por experiencias “de película” a las que también puedo tomar como meras casualidades de la vida. No lo sé. No sé si hay una respuesta para eso. Algo más: ilustro el post con un fotograma de Notting Hill, film en el que a un personaje le transforman su cotidianidad. Film que, por muchas razones, me enseñó que los sueños son posibles. Incluso los de película.

¿Qué situación “de película” te pasó en tu vida? ¡Hora de comentar, cinescaleros!

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