El cine bajo la mirada de…Nadir Medina

“Todos se preparan para eso, yo no puedo”

Pocos títulos revelan tanto (y a la vez tan poco) como el de la ópera prima de Nadir Medina. El espacio entre los dos se convirtió en una de esas gratas sorpresas que nos da el BAFICI y en una película que conmueve, justamente, por todo aquello que se reserva, que se guarda en el espacio que hay entre dos personajes. Pero, ¿entre quién y quién? Medina no lo explicita, pero el film, además de ser la historia de una amistad entre tres jóvenes es, más que nada, el viaje interno de Tomás, interpretado por Gustavo Kreiman. Con ambos tuve la posibilidad de charlar sobre una obra en la que los silencios aturden y en la que la música se convierte en un protagonista más, en la herramienta con la cual todos, parece decirnos Medina, queremos y necesitamos comunicarnos.

¿Podrías contarnos cómo diste tus primeros pasos como realizador, dónde estudiaste, cómo surgió esta vocación?

No estoy muy seguro de en qué momento decidí estudiar cine. Creo que surgió casi por inercia. Un día me levante y dije “quiero estudiar cine”, no hubo mucha ciencia. Ya había hecho algo de actuación, y a los 15 años hice un curso de realización cinematográfica. Terminé el secundario y estudié cine en La Metro, que es una institución terciaria privada en la Ciudad de Córdoba. Ahí me especialicé principalmente en la dirección de fotografía, aunque nunca dejé de lado la escritura y las ganas de dirigir. Ahí también conocí a las personas con las que hace 5 años trabajamos juntos en Éramos Pocos Producciones, y desde la cual producimos todos nuestros proyectos. Antes de El espacio entre los dos escribí y dirigí dos cortos, uno para la facu y otro independientemente, que estuvieron en un par de festivales.

¿Cuándo apareció en tu cabeza el film? ¿Siempre supiste que querías contar una historia sencilla?

Hacía bastante tiempo que tenía dando vuelta en la cabeza una serie de inquietudes que tenían que ver con el fin de la adolescencia, con la sexualidad, el amor, la amistad, la música. Es una edad muy cercana a mí, que todavía tengo fresca, y de la cual todavía no estoy muy seguro de haber terminado. Ahí surge la necesidad de hacer la película, casi como una búsqueda personal, como una forma de intentar entender muchas cosas, y de expresar muchas otras. De todas estas inquietudes surge esta historia, a través de un mundo que para mí es conocido: el de unos amigos que tienen una banda de rock en un pueblo chico del cual pueden apropiarse y transformarlo en su universo privado por toda una mañana de desvelo. Y desde esa base, mostrar la crisis de la edad a través de un conflicto sentimental más o menos concreto, en donde se debate el amor, la sexualidad y la amistad, en este triangulo amoroso que estructura de cierto modo el relato. Nunca pensé estrictamente si quería o no contar una historia sencilla. Creo que es algo que surgió espontáneamente.

Hay dos escenas que me gustan mucho: la del baño y la del techo. Ambas son necesarias para reflejar el estado del personaje pero también de algún modo ponen a prueba al espectador. ¿Esa fue una decisión consciente? Porque duran exactamente lo que deben durar…

Sabía que esas escenas tenían que durar el tiempo justo para que funcionaran, que debía darle la libertad al personaje de encontrar su drama interno. De todas formas, fuimos descubriendo los tiempos justos en todo el proceso, en los ensayos, el rodaje y el montaje. Sabíamos también que son dos escenas bastante demandantes para el espectador, pero creo que son absolutamente necesarias para la historia y que al final de la película el público es consciente de eso.

¿Cuánto duró el rodaje y cómo viviste dicho proceso?

El rodaje duro siete días en total. Filmamos en dos etapas: todos los exteriores en la ciudad de Rio Ceballos, durante cinco días a fines de septiembre. Frenamos un tiempo, y luego hicimos los interiores de la fiesta a fines de noviembre, en dos jornadas. La verdad es que disfruté muchísimo el rodaje. El equipo técnico y los actores aportaron todo de sí mismos y se generó un ambiente divertido y de mucho compañerismo, sin nunca perder el profesionalismo. Junto con el disfrute hubo algo de sufrimiento. Filmar en tan pocos días y con poquísima plata te impone un montón de limitaciones y dificultades que hay que ir resolviéndolas en el momento sin volverte loco, siempre priorizando lo que va a ser mejor para la película, sumado a los nervios, la ansiedad y el miedo de hace una primera película.

La forma en la que concluye la película es perfecta porque no es lo que se consideraría un final feliz sino un final real, ¿siempre estuvo la intención de contar algo verdadero, que podría sucederle a cualquiera?

La intención siempre fue contar una historia desde la sinceridad y la honestidad. Y para ser coherentes con lo que se estaba contando, creo que el final era ese, y no uno más conclusivo. Creo que también es una decisión de cómo construir un relato cinematográfico. En la realidad del día a día, nuestras acciones no tiene un final definido, nuestros conflictos no se resuelven totalmente o incluso no se resuelven. Creo que la película tiene algo de eso. Ademas narra una pequeña porción de tiempo en la vida de los personajes, un dia más dentro de sus días. El conflicto viene desde antes y probablemnte continúe después. Lo importante era retratar ese momento, esas sensaciones y sentimientos y ver cómo los personajes son concientes o no ante eso, y cómo en cierto modo evolucionan.

El espacio entre los dos es una historia sobre jóvenes, ¿qué realizadores influyeron en este aspecto? Hay momentos que tienen un cierto aire a las películas de Ezequiel Acuña: el patinar, la música, el autodescubrimiento…

Hay muchas influencias a la hora de pensar la película. No sé si hay estrictamente referencias directas, sino que hay realizadores que me gustan mucho y seguramente influyen sobre mis decisiones tanto argumentales como estéticas y formales. Acuña me gusta mucho, al igual que Alexis Dos Santos o Gerardo Naranjo, que son realizadores que retrataron la adolescencia en sus películas de una forma que me resulta interesante. Tambien Andrew Bujalski, Shane Meadows, Xavier Dolan. Me acuerdo que cuando me puse a buscar referencias para darle al director de fotografía terminé pasándole cosas de Wong Kar-Wai, João Rodrigues, Darren Aronofsky, Cristian Mungiu o Béla Tarr, que no tienen nada que ver con la película pero creo que en cierto modo influyeron en mi manera de pensar la película y pensar el cine.

Ya sabemos que hay un momento en que el film tiene un giro, pero nunca se lo subraya ni se lo enfatiza más de lo debido, ¿considerás lo mismo?

Hay un giro que es muy importante en la historia y creo que te da la información necesaria para entender muchas cosas en la película. Sin embargo, construir el relato sobre eso, darle más importancia, subrayarlo, era hacer una película que no quería hacer, era puntualizar el conflicto en algo muy concreto que acotaba y limitaba la necesidad que tenía de retratar esa crisis de la adolescencia, esa montonera de sensaciones y sentimientos.

¿Pensás que tu película es más “interior” en cuanto a que no se exterioriza con palabras lo que siente su protagonista? Es más sobre lo que no se dice…

Exactamente. El conflicto que lleva adelante la película es el conflicto interno de Tomás entre el amor, la amistad y la sexualidad. Y es algo oculto. Exteriorizarlo en palabras o diálogos era traicionar en cierto modo al personaje y a la historia misma. Ahí empieza a importar todo el resto: los gestos, las miradas, los roces, todo lo que no se dice pero que está ahí, suspendido en el aire, generando esa tensión que hay entre ellos tres.

Por último, ¿cuán importante querías que fuera la música en el film?

La música es importantísima, porque quería que la película hablara en cierto modo de la música, de lo que implica tener una banda de rock, de las relaciones que genera, y de la fuerza que tiene la música de crear estados y sensaciones. En la vida de los personajes, la música funciona como un motor. Entonces surge ese tema de cómo hablar de la música son traicionarla, sin convertirla en un adorno. Ahí aparece esta idea de escenas musicales con las canciones enteras, que funcionen casi como un personaje más, como un ente autónomo, y no como un elemento extradiegético que subraye un estado anímico o dramático.

Charla con Gustavo Kreiman:

¿Cómo se despertó tu interés por la actuación?

Empecé a actuar de muy chico, a eso de los 9 o 10 años. En realidad, desde muy pequeño se despertó mi interés por el cine, de hecho, toda la vida pensé que era cine lo que iba a estudiar. Entonces, actuar era la manera más factible de poder presenciar rodajes a esa edad. Así que era con esa intención más que nada que actuaba. Pero después, fui descubriendo un mundo a través de la actuación, sobre todo a partir de los primeros estudios de Teatro. A medida que fueron surgiendo proyectos y participaciones teatrales, me di cuenta que había algo que disfrutaba mucho ahí. Por eso empecé a formarme formalmente en Actuación Teatral, y ahora, cuando aparecen proyectos cinematográficos los recibo bienvenidos, como una manera de ejercitar y desarrollar otro lenguaje actoral, muy diferente, también muy interesante.

¿El espacio entre los dos es tu primer gran papel? ¿Qué otros destacarías antes, incluso los extra cinematográficos?

Sí, El espacio entre los dos es mi primer protagónico. De todos modos, ya había tenido bastante experiencia en cine desde colaboración en prácticos para la facultad, hasta cortometrajes y largometrajes independientes. Uno que disfruté mucho de hacer y que, casualmente, tuvo mucho éxito en festivales de distintos lugares de Latinoamérica es Ana de Gabriela Trettel, del año 2006. Ahí actué y conocí por primera vez a la maravillosa actriz que es Florencia Decall, compañera también en El espacio…, es la chica que hace de Male.

En el film de Nadir tenés dos escenas – mis favoritas, por otro lado – que son clave: la del baño y la del techo. ¿Cómo te preparaste para ambas, especialmente para la primera que requería de comunicar sin palabras?

Esas escenas significan, desde mi perspectiva, una apuesta y un riesgo importante desde el punto de vista realizativo. Fueron, a su vez, las dos escenas más polémicas de la película, sobre todo por la cadencia y su duración. De todos modos, más allá del gusto personal de cada uno, para mí son importantes en la medida en que dan cuenta de una búsqueda autoral, de una decisión estética, ética y poética de Nadir a la hora de filmar, por lo cual se vuelven más que respetables. Son, como dijo el crítico Roger Koza, momentos en que el tiempo narrado se ajusta casi naturalmente al tiempo vivido, lo cual supone para la actuación un ejercicio de naturalidad y sostenimiento muy particular. Para ambas escenas trabajamos en ensayos previos durante bastante tiempo, y de una manera bastante meticulosa. Una vez que estuvimos de acuerdo con el director sobre lo que queríamos decir y aproximadamente cómo hacerlo, fue cuestión de seguir sus indicaciones precisas y poder simplemente incorporar la cámara a la actividad de permanecer. Disfruté mucho haciéndolas. Actoralmente fue un desafío desde el desarrollo de lo sutil; de hecho, Nadir siempre me pedía que haga y gesticule menos.

Me gusta también la escena del colectivo del final, que en un punto se conecta con la del baño, aunque ya vemos a tu personaje con otra postura. ¿Cómo fue la filmación de esa escena, hay alguna otra que sea tu favorita a la hora de rever el film?

La escena del colectivo fue bastante caótica de rodar: teníamos poco tiempo, un colectivo prestado, la luz del día que se iba agotando y, encima, la presión de saber que era la escena final de la película. La hicimos varias veces pero sin poder pensar ni corregir mucho, con el colectivo en movimiento: había cierta tranquilidad en el personaje por una suerte de resolución que más o menos se podía ir avistando en él, pero de todos modos no deja de ser un momento más en esa mañana de Tomi. En particular, me gusta mucho cómo se dio todo con la escena con Vir (la chica de ojos claros con quien me beso en la fiesta). Hay cierta incomodidad, seducción y desinterés al mismo tiempo que, personalmente, me conmueven. Disfruté mucho de hacerla y es una de las escenas con las que más conforme estoy en cuanto a cómo resultó.

¿Me hablarías de tu relación con la música – de hecho, cantás en la película – y cómo llegó tu hermano a ser parte de la banda sonora?

La música tenía una importancia vital en esta película, tanto en el planteo narrativo como estructural; es, además, de una importancia mayúscula en la vida de los personajes. Mi hermano, Francisco, estaba terminando de editar su disco solista para cuando comenzábamos el rodaje de la película. Había cierta sensibilidad en sus canciones que para mí se ajustaba justo al mundo que estaba enarbolando de a poco Nadir. Así que le acerqué una copia del disco, Nadir lo escuchó, y al tiempo me dijo: “Es esto, la música de la película es esta”. Para mí tuvo una connotación afectiva muy especial poder cantar y actuar sobre las canciones de mi hermano, canciones que vengo escuchando desde hace tanto tiempo en la intimidad de mi casa. Mi relación con la música tiene que ver con eso: un hermano músico que no para de tocar, cierto oído que se desarrolla en su compañía y, sobre todo, un cariño especial a sus formas de sonido.

* DE YAPA: Les dejo imágenes de El espacio entre los dos, para quienes quieran verlas:

El Espacio Entre los Dos from Bronca Post on Vimeo.

———————-> Fotos de Laura Lencina y Azul Cooper

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