Los trágicos amantes del Distrito 12

“What if I say I’m not just another one of your plays?
You’re the pretender; what if I say I’ll never surrender?

Ya sea para una presentación enfrente de la audiencia como para un cocktail, un diseñador llamado Cinna confecciona distintos atuendos para Katniss, la joven que desafió al Capitolio en sus perversos Juegos del Hambre y, siempre que lo hace, el leit motiv es el mismo: aparentar. Así, Katniss se convierte en una chica en llamas como en un hermoso sinsajo. Cuando la autora de las novelas Suzanne Collins indaga en el exterior, describe con minuciosidad las corazas (tanto las que reflejan el interior como las que se contraponen a éste, pero por sobre todo esa zona intermedia, indefinible) justamente porque su saga es una saga sobre individuos que, en un mundo gobernado por un régimen absolutista, se ven obligados a proyectar una imagen. Por lo tanto, Katniss actúa. Actúa que ama a Peeta. Actúa que es un sinsajo. Actúa que es una mujer que puede generar chispazos. Sin embargo, a medida que su interpretación se vuelve más creíble, su naturaleza primigenia va tomando otro color. El color de esa apariencia.

En la adaptación cinematográfica de la adictiva prosa de Collins, lo mejor es el comienzo, especialmente porque evoca la génesis de una dinámica cruel a partir del vestuario, de lo suntuoso que brinda un (micro) universo para que se puedan ocultar las pobrezas e infortunios que padecen tantos otros. Jennifer Lawrence tuvo no solo la compleja tarea de transmitir con el cuerpo y con el rostro esos monólogos internos que tan bien supo traducir Collins sino también la de esbozar, con una mirada o un gesto dubitativo, la concreción de una historia de amor trágica. A fin de cuentas, Los juegos del hambre (novela y película) es menos grandilocuente de lo que se cree. Porque detrás de un cascarón (su temática ambiciosa con múltiples lecturas y mensajes subyacentes) no encontramos más que a una chica que siempre supo cómo crecer a la fuerza, hasta convertirse en líder impensada de un movimiento rebelde. Porque aunque la primera vez que la vemos esté en su ámbito natural, saliendo de su casa para adentrarse en el bosque, esos juegos, más allá del costo que le generan, también, casi a modo de oráculo, le escupen un dictamen. A veces, al pretender ser algo que nos somos es cuando más se nos revela nuestra verdadera esencia.

¿Vieron Los juegos del hambre? ¿Qué les pareció? ¿Cuáles son, a su criterio, las mejores sagas que dio el cine (y, si quieren, la literatura)? ¡Dejen sus comentarios y buen martes para todos!

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