El post del baboseo (versión 2015)

Este fue el año en el que publiqué esta nota, por lo cual me parecía pertinente que El post del baboseo versión 2015 fuera fiel a lo que expresé en la misma. En consecuencia, mis dos elecciones para la consigna del clásico 18 de noviembre son Ezra Miller y Rooney Mara, con algunas yapas que se verán plasmadas en gifs como Joshua Jackson en The Affair, Kristen Stewart en Clouds of Sils Maria (y en American Ultra, ya que estamos) y Zac Efron en Neighbors (qué lindos recuerdos).

Por otro lado, les recuerdo que el post baboseril del año pasado sigue siendo el más comentado del blog con 2.700 aportes y que los ganadores de esa edición fueron Eva Green y Jared Leto. Me intriga saber quiénes serán los afortunados de la versión 2015. Como siempre, leo sus aportes y el jueves les dejo un regalito con los ganadores. ¡A babearse nomás, sin restricciones!

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*MENCIONES ESPECIALES:

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¡BUEN MIÉRCOLES PARA TODOS! Finalmente llegó #ElPostDelBaboseo (edición 2015), y, como siempre, ya saben qué hacer; este año expandimos la consigna a cantantes para que haya más variedad - Nos reencontramos mañana con los resultados de este clásico del blog :P – ¡a ver si batimos un nuevo récord de comentarios! ¡los leo!

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*Y PORQUE NO PUEDE FALTAR…

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Composición: Tema libre (decimoséptima entrega)

En el post de ayer les pedí que, dado que estaré ausente durante una semana cubriendo este festival, sugirieran consignas para un Open Post. La ganadora de esa votación breve y espontánea fue Luján Noguera, quien propuso que hablemos de nuestras expectativas respecto a películas que están por estrenarse y/o de las que están en pleno rodaje, a la vez sumando datos sobre recientes decisiones de casting y/o trivia. Es decir, que hablemos de todo el cine que está por venir. Por ende, yo les dejo un disparador (¿qué les parece la noticia de que Ezra Miller será The Flash?) y ustedes sigan desde ahí. Se los va a extrañar, los vuelvo a ver el lunes 27. ¡Saludos para toda la muchachada! 

Tolerancia 101

Hoy en Cinescalas escribe: Celina Bartolomé

Mi nombre es Celina Bartolomé, tengo 21 años, soy estudiante de tercer año de Ciencias de la Comunicación, y en este momento estoy haciendo un intercambio universitario en Ámsterdam. Tengo un interés que le escapa al mero hobby por todo lo que sea cine, y en especial, series de televisión. Es por eso que, dentro de otras, estoy cursando una materia llamada “American Film”, inscripta dentro de la Facultad de Arte. Si bien me cuesta empezarla, me encanta leer la bibliografía. Mi vagueza juvenil fue la que me impulsó a elegirla, con un “vamos a ver películas y charlar de ellas” en mi cabeza. Por suerte, me equivoqué. No charlamos de los actores, ni de las repercusiones, ni de los Oscars sino de entender que el cine es una ventana al mundo, en donde gente de todos los países gana conocimiento de cómo es, por ejemplo, Nueva York a partir de Sex and the City, o de lo que es ir al colegio en EE.UU. a partir de Mean Girls; es decir, aprendemos el hecho de que es importante comprender qué es eso que el mundo ve, y saber que no es del todo cierto, ya que lo vital que es romper con esos estereotipos.

► [ESCENA] El beso entre Patrick (Ezra Miller) y Brad (Johnny Simmons) en The Perks of Being a Wallflower:

Por eso, “el personaje gay de tu vida” no es siempre tu mejor amigo que termina todas las oraciones con un punchline y le gusta Cher, el policía que te frena por romper el límite de velocidad no siempre es negro, la India no está representada por un elenco sonriente bailando una coreografía al final de una tragicomedia y, cita de mi profesor: “not every person in New York is a white woman sipping Cosmopolitans at 3 pm on a Monday”. Mi profesor es un genio. Si bien es alemán, vivió muchos años en Estados Unidos, y por lo tanto, es un gran observador de esa cultura culpable de, a veces, formar estereotipos de un determinado grupo social, reduciéndolos a un puñado de características generales. Él sabe muchísimo de cine y del arte de representar, como él dice, al other. Al otro, al que no soy yo. Además, es abiertamente gay. Todos lo sabemos, pero a nadie le importa. Todos somos estudiantes de intercambio de todo el mundo, mujeres y varones, homo y heterosexuales. La gente participa mucho en sus clases y le tienen un gran respeto. En el avión de ida, cuando partí hacia Amsterdam, pasaron The Perks of Being a Wallflower. Es una película que amé, como así también el libro homónimo. Podría escribir mucho de ambos, - [N. del E. como ya se escribió en el blog], pero hoy la traje a colación por otro asunto.

El cine Tuschinski de Amsterdam

Hay una escena en la mitad de la película donde Charlie, el protagonista adolescente, buscando el baño en una fiesta, abre una puerta y encuentra a Patrick, su mejor amigo, dándose un beso con otro chico, integrante del equipo de fútbol del colegio. El plano de la escena es general, es decir, de lejos, limitado a lo que Charlie ve y dura literalmente un segundo. Esto lo puedo contar porque vi la película en mi casa. Cuando la vi en el avión, esperé esa escena, pero nunca llegó. La cortaron. Me llamó mucho la atención y me dio bronca, porque es una secuencia muy importante para el desarrollo de la historia. Pero lo que más bronca me dio, y esto me vino a la cabeza una vez en Amsterdam, ciudad que se rige bajo los ideales de respeto y tolerancia, es que el avión en el que vine era de Aerolíneas Argentinas. Así, la bronca se convirtió en tristeza, por vivir en una sociedad en donde en un avión nacional no se pueda ver, dentro de una historia que le da sentido, un beso entre dos hombres. Una sociedad que, en el año 2013, no esté al tanto de que no todos los individuos son heterosexuales y, más aún, que ser homosexual no está “mal” y que no es algo que tenga que ser tapado. Porque no hace falta ni aclarar que si ese beso era entre un chico y una chica, la escena seguiría vivita y coleando, como vi que ocurrió repetidas veces en la película, proyectándose frente a los asientos de los pasajeros de distintas nacionalidades, géneros, y orientación sexual.  Me encantaría saber qué opinaría mi profesor, tan inteligente y académico, del suceso de la escena cortada. Pero la verdad es que, hasta el día de hoy, me avergüenza preguntarle.

Por Celina Bartolomé

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Dos consignas hoy: La de Celina: ¿qué anécdotas tienen de ver películas en aviones y/o micros? ¿son de mirarlas durante el viaje o no les gusta?; Mi consigna: ¿recuerdan algún episodio de censura en relación a algún film? Los que quieren, y no lo han hecho ya en el post de Flor, también pueden escribir sobre The Perks of Being a Wallflower; ¡Espero sus comentarios, muchachada! ¡Buen comienzo de semana para todos!

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—> La última vez escribió Alejandro Turdo sobre… MÁS CORAZÓN QUE ODIO y LOS WESTERNS

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Le tengo fe

Antes de abordar el tema del día, quisiera agradecerles por todo lo compartido en el post de ayer. No fue fácil para mí analizar Silver Linings Playbook desde una arista personal, pero evidentemente era la única manera en la que podría haberlo hecho. Por eso fue muy gratificante el ida y vuelta con ustedes (y entre ustedes) que no hizo más que ejemplificar, como tantas veces ha sucedido, que este espacio tiene un gran grupo de gente que lo sostiene. Ahora sí: pasemos a la consigna de este miércoles. Si mal no recuerdo, fue Luján quien propuso que hablemos sobre las jóvenes promesas del cine, esos actores o actrices por los cuales podemos apostar porque intuimos que van a tener una interesante carrera por delante. Puede ser divertido, en un futuro y en otro post, corroborar si estábamos en lo cierto o si esas promesas se quedaron en el camino. Como no quiero volverme monotemática y nombrar a Jennifer Lawrence, voy con otro intérprete que me atrae particularmente: Ezra Miller. Tiene 20 años, una acotada filmografía y, sin embargo, dentro de ese poco margen de acción logró desplegar una versatilidad asombrosa, puesta más de relieve gracias al contraste entre las películas de las que formó parte. La transición entre We Need To Talk About Kevin y The Perks of Being a Wallflower es, a falta de un término mejor que explique mi sensación, alucinante. La carencia de humanidad de un personaje (Kevin) está a flor de piel en el otro (Patrick) y la luminosidad de este último, su fragilidad, su generosidad están tan unidas a su voz que me es imposible releer la novela de Stephen Chbosky sin evocar a Miller cada vez que Patrick hace su ingreso. Como si fuera poco, recientemente también lo vi en Another Happy Day, un film muchísimo más duro al tratar temas similares a (justamente) Silver Linings Playbook, donde le toca ponerle el cuerpo a un adolescente autodestructivo, pero tan consciente de esa autodestrucción que en sus gestos se percibe su tristeza por no poder cambiar. Por estas razones, pongo mis fichas por Miller, por su próximo papel en Madame Bovary y por – como hizo el bello Patrick – verlo protagonizando, alguna vez, una remake de The Rocky Horror Picture Show. ♦

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► Ezra Miller en We Need To Talk About Kevin:

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► Ezra Miller en The Perks of Being a Wallflower:

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¿A qué actores jóvenes les tienen fe? ¿Quiénes tienen un gran futuro por delante? Los invito a mencionar a esos intérpretes que los han impactado a pesar de sus breves carreras hasta el momento; más tarde les dejo una galería de fotos de los actores y actrices mencionados; ¡Buen miércoles para todos!

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► A estos jóvenes actores ustedes les tienen fe:


Created with flickr slideshow.

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Perks y las adaptaciones cinematográficas

Hoy en Cinescalas escribe: Florencia Gaudio

Creo que ya lo he dicho antes, pero lo repito: no concibo un mundo sin libros. Tampoco un mundo sin películas. Un mundo sin historias por contar es casi como un País de las Maravillas sin conejos apurados u orugas que te fumen en la cara. Me apropié de las palabras a corta edad, apenas comencé a leer, y ellas se colaron en mi vida sin pedir permiso. Me susurraron sus secretos al oído y yo me dejé conquistar. A través de novelas y cuentos aprendí a imaginar de la mano de innumerables autores, y esa seguidilla de palabras separadas por puntos y por comas, y por puntos y comas, en el mejor de los casos, que forman oraciones que forman párrafos que forman capítulos y más capítulos se convirtieron ante mis ojos en mi escape diario. Y así me vi sumergida en aventuras fantásticas, en mundos inventados, en romances épicos; como simple testigo, como heroína o como una liebre que toma el té junto a un hombre de sombreros peculiares. Y allí donde la novela utiliza la palabra para despertar sensaciones, describir personajes y permitirte oler el aroma del pasto recién cortado, las películas, unas de mis grandes pasiones, se componen de imágenes que nos muestran, que nos cuentan, pero que además ocultan, que apelan innegablemente a nuestra imaginación, esa imaginación que los ávidos lectores jamás podemos dejar de utilizar, aún cuando nos desprendemos del libro para sentarnos frente a una pantalla.

Que me pregunten cuál de mis dos grandes amores prefiero es casi como que me cuestionen si quiero más a mi papá o a mi mamá. Es imposible de responder. Son dos cosas diferentes y leer o ir al cine me aportan experiencias distintas y me enriquecen de igual forma. Y en algún punto… se complementan, en especial cuando alguien decide que esa magnífica historia que atrapó a tantos lectores tiene todas las de ganar si se la traspasa a la pantalla grande. Esos son los momentos que más disfruto: la sala a oscuras, los susurros apagados y, de pronto, aquellos personajes que te dedicaste a formar en tu mente y que sentís que ya conocés, se hacen presentes con todo el peso de la familiaridad. “¿Para qué leer un libro tan largo si se puede encontrar en videocassette?” aconsejaba Fran Fine en la sitcom La Niñera a los hijos de su jefe, y se ve que muchos siguieron su consejo porque les parece un pecado perder tiempo leyendo un libro. A diferencia de ellos, otros como yo esperan con ansías las películas que mostrarán con actores sus historias literarias favoritas; y otros tantos jamás querrían que el relato que tanto los atrapó fuera dañado en su cambio de formato, y se muestran reticentes cuando se enteran que algún proyecto de estos entró en preproducción. Yo lo disfruto, para mí es una manera de revivir la historia. Claro, algunas veces salgo enojada porque el film no le hizo justicia a la novela, pero otras tantas me lleno de una inmensa felicidad porque resultó tal cual me lo imaginaba.

La última vez que fui al cine, en cambio, me sentí rara. The Perks of Being a Wallflower (en Argentina, a falta de mejor traducción, la titularon Las ventajas de ser invisible) finalmente llegaba a los cines locales y yo no podía esperar para verla, y la sensación que me quedó luego de salir del complejo aún se me hace difícil de explicar. Permítanme intentarlo…Por primera vez me puse en los zapatos del espectador común, ese que entró a la sala porque le llamó la atención el póster, o le gusta algún actor, o leyó la sinopsis y le interesó, o porque no tenía nada mejor que hacer, pero que quizás no tiene idea de que ese film que está por ver está basado en un libro; o al menos si lo sabe, nunca no lo leyó.  Cuando a la salida me preguntaron qué me pareció, aseguré: “me gustó mucho, pero… no sé si funciona como film”. Y ahora pienso… ¿cómo es “no funcionar como film”? ¿Quise decir que la adaptación fue mala? Quizás… Pero el asunto es que para mí la adaptación de esta coming of age está bastante bien hecha, aunque para mí no alcanza. Entonces eso me lleva a cuestionarme: ¿qué es una buena adaptación? Cuando se estrenó la primera y la segunda Harry Potter, muchos aseguraron que se trataban de films un poco pesados. Pero ahí estaba yo, contenta porque las aventuras del mago de anteojos se estaban a punto de volver realidad. Y las disfruté a ambas, porque era todo lo que esperaba ver de este mundo mágico; en cambio, la tercera entrega me disgustó. Muy a mi pesar El Prisionero de Azkaban es una de de las favoritas de la saga. Aún no le perdono a Alfonso Cuarón el haber quitado de la historia sucesos que, a mi entender, eran importantísimos; quizás no para la trama del film en particular, pero sí para el resto de la historia que aún estaba por venir. Sin embargo, la película se entendió, fue llevadera y entretenida, y lo más importante: cautivó al público. Por eso me resta pensar: ¿a quién van dirigidas estas cintas?, ¿al espectador común o al fanático empedernido? Mi “yo sentimental” gritaría en tu cara: “¡A mí! A mí, que pasé incontables horas sin dormir leyendo cada libro”. Mi “yo racional” mandaría a mi alter ego pasional a hacer silencio. Y tendría razón, porque el cine debe saltar las fronteras y masificar las historias, estando obligado con todos sus recursos, pero también con todas sus limitaciones (porque sí las tiene), a condensar en dos horas cientos de páginas, a plasmar detalles y sensaciones, y a convertir en acción aquellos pasajes que en un libro pueden ser puramente descriptivos, pero esenciales. Y mientras tanto, también debe dejarme conforme. Bueno, quiero decir, conformar a los lectores del texto original.

Una de las características más importantes de Perks, que además lo convierte en un libro entrañable, es que se trata de una novela epistolar. Stephen Chbosky (autor del libro, pero además guionista y director del film) eligió que Charlie, un adolescente de quince años bastante peculiar, contara su propia historia a través de cartas que le envía a un extraño. Así el chico abre su corazón, nos cuenta sus penas, sus alegrías y sus miedos, mientras atraviesa ese inmenso cambio en la vida de cualquier adolescente: ingresar a la escuela secundaria. Hasta ahí todo bien. Sí, gente, en el film veremos cómo Charlie (Logan Lerman, lejos de Percy Jackson o de su D’Artagnan) se relaciona con su hermana (Nina Dobrev, de The Vampire Diaries) o cómo conoce al interesante Patrick (Ezra Miller) o cómo queda cautivado inmediatamente por la bella Sam (Emma Watson, en una excelente transición de niña bruja Potteriana a joven adulta). Lo vemos sentirse incómodo en el colegio; lo vemos estableciendo una relación con su profesor de literatura (Paul Rudd), que es el primero en ayudarlo y encaminarlo a través de los libros; y también somos testigos de ese cambio en el adolescente que se abre al mundo comenzando a experimentar la amistad, los excesos, el amor, la libertad, las desilusiones y el mundo en general de una nueva manera: participando. Lo principal está, por eso digo que este libro está bien adaptado; no hubo nada que me hiciera protestar (salvo quizás por algunas interacciones que fueron minimizadas, como la relación del chico con su hermana o con el profesor).

Pero el problema reside en todo aquello que no vemos en el film, todo aquello que mi memoria emotiva completó solita, mientras recordaba fragmentos de alguna carta, y reía y lloraba frente a la pantalla a causa de sensaciones evocadas. Es fácil mostrar a Charlie confeccionando las cartas en su máquina de escribir o bebiendo un milkshake bajo los efectos de las drogas. Lo que es difícil es trasladar a imágenes el extremo amor que siente por una tía Helen (Melanie Lynskey) que ya no está; o cómo recuerda aquella noche en que vio llorar por única vez a su padre, luego de ese programa de televisión que miraron en familia; o los pensamientos que de pronto le surgen al observar a un grupo de niños jugando en la nieve. Básicamente aquello que no es factible de mostrar son las sensaciones que experimenta este chico hipersensible y distinto a los demás, sensaciones que muchos hemos sentido durante los años teens. La manera en que Charlie expresa las confusiones de la adolescencia es única y a la vez universal, y la forma en que las “verbaliza” son imposibles de adaptar. Sí, hay una voz en off, otro recurso muy importante del cine. Claro, si se lo usa correctamente, algo que no siempre sucede. La voz en off puede ser muy útil, pero a la vez puede ser un elemento traicionero si recae en él todo el peso del relato. Ojo que no estoy en desacuerdo con el uso de la voz en off; dos de mis películas favoritas (Belleza Americana y Amélie) la utilizan de manera magistral, y dudo que el resultado final fuera tan encantador si hubiesen prescindido de ella. Pero el abusar de esta voz que se escucha desde fuera de la imagen, proveniente de un narrador omnisciente o de los pensamientos de alguno de los protagonistas, puede volverse en contra.

¿Qué sucede con Perks? No demasiado… Charlie lee sus cartas para el espectador, pero esa voz en off resulta poco útil. Lo más importante de la acción de la novela compone el principio, el nudo y el desenlace de la película, pero aquel cúmulo de sensaciones que una sola línea escrita por el pequeño Charlie (en un día soleado, en una noche triste de Navidad, o luego de una fiesta, cuando los efectos de la marihuana aún siguen vigentes) puede producir en el lector, en el film brillan por su ausencia. A menos que hayas leído el libro y que, como yo, recuerdes esas palabras como si alguien las hubiese grabado a fuego en tu memoria, y que tu cuerpo se despierte porque vuelve a experimentar lo que sintió mientras las lágrimas dejaban algún que otro lamparón en la página 42 de alguna de las tantas ediciones que se comercializan desde 1999. Se puede musicalizar un momento con las decenas de canciones que son mencionadas en el libro, pero dudo que el espectador pueda comprender todo lo que la canción “Asleep” (The Smiths) evoca en Charlie cada vez que la escucha. Y sí, el director puede elegir mostrarnos las tapas de Peter Pan, Matar a un ruiseñor, El guardián entre el centeno o El Gran Gatsby, esos libros que su profesor le hace leer en su tiempo libre; sin embargo, la influencia que esta literatura tiene en el adolescente a medida que avanza el año escolar jamás será conocida por el público del cine. Ok, quizás todo esto no hace falta para filmar la historia de un chico extraño en un colegio secundario de Estados Unidos. Pero sin todos estos detalles que convierten a The Perks of Being a Wallflower en una inmensa novela para jóvenes, ¿qué nos queda? Ah, sí, la historia de un chico extraño en un colegio secundario de Estados Unidos. Más o menos “pomponera” que otros films de high school, las fórmulas parecen repetirse, incluso esa relación romántica que no es tan así como nos quieren hacer creer desde la pantalla.

La palabra wallflower es imposible de traducir al español. Es un término que se utiliza para distinguir a esas personas tímidas, poco populares y que más que estar metidas en las actividades sociales, prefieren observar desde la pared, desde un costado, lejos de la acción, sin participar. Así creo que precisamente deben sentirse muchos espectadores frente a esta película, aunque ellos no lo sepan. Observando desde afuera, sin tener idea de realmente todo lo que sucede con esos personajes, sin conocer ese cúmulo de sentimientos que bullen en su interior, sus pensamientos, sus ideas, sus recuerdos. En especial, sin experimentar ellos mismos todas esas sensaciones. Ustedes podrán contarme si la vieron, si la leyeron y prefieren no saber, o si hicieron las dos cosas y piensan lo mismo que yo o no. O no me cuenten. No importa, a la larga, en este caso yo no me sentí como el wallflower del título, porque en la hora cuarenta de film recordé, evoqué, y experimenté todo aquello que pasa por la mente y el cuerpo de Charlie, todo lo que él vive mientras sale del cascarón. Y como él y como Patrick y como Sam, yo también durante esos momentos supe que era infinita.

Love always,

Flor

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¿Vieron The Perks of Being a Wallflower? ¿Les gustó? ¿Ya habían leído la novela?; Los invito también a responder los interrogantes que les plantea Flor en su nota; ¡Dejen sus comentarios!; para escribir en Cinescalas manden sus notas a milyyorke@gmail.com (gracias por la paciencia a quienes no he publicado todavía)

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—> La última vez escribió Daniel Jorge Pantín sobre… EL NEORREALISMO ITALIANO Y LOS CONTRASTES SOCIALES

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