La mejor película para…ver con tu padre

Confieso que ando con poco tiempo hoy para hacerle justicia al film de Derek Cianfrance explayándome como lo amerita. De hecho, la consigna para este viernes iba a ser otra hasta que recordé la inminente llegada del día del padre y, como en su momento hicimos un post para las madres, me pareció pertinente hacer lo propio con las figuras paternas. Lo cierto es que, aunque tuviera el tiempo, aunque pudiera explayarme, es imposible escribir sobre The Place Beyond the Pines sin entrar en detalles. Y son esos detalles, justamente, los que hacen del hecho de verla sin preconceptos una experiencia mucho más vívida y fascinante. No hay sinopsis, desglose argumental o tres líneas que puedan capturar todo lo que se concentra en esas más de dos horas, en esa mirada sobre las causas y consecuencias, los legados, las decisiones y las reacciones y, especialmente, el gran efecto que puede tener el acto de un padre (a pequeña y gran escala) en la vida de su hijo. Cianfrance sabe, ante todo, hasta qué punto el contexto es determinante en la narrativa y así como en Blue Valentine la historia se desarrollaba como una rapsodia en azul que reflejaba la tristeza y la difícil aceptación del fallecimiento de las cosas, en The Place Beyond the Pines esos árboles, esos bosques, ese verde, representan dos caras de una misma moneda: un entorno al que se quiere dominar pero sin conseguirlo, y un lugar que funciona como refugio, como promesa de un futuro a campo abierto. Quienes la hayan visto sabrán que revelar parte del relato es matar la esencia misma de la película y su evidente estructura episódica, es ir en contra de lo que Cianfrance propone: los cambios de rumbo. Quisiera ahondar más en las razones que me impulsaron a elegir este film para este post, pero solo puedo decir que, ya con ese plano secuencia inicial, la película nos invita a que entremos a un mundo (o conjunción de) con mirada virgen, una mirada susceptible a una belleza diferente, esa que Cianfrance logra encontrar en los acontecimientos más pueriles, más ingenuos, esos que son, al fin y al cabo, los que más profundo afectan, como un padre que lleva a su hijo a tomar un helado y un hijo que hereda de su padre las ansias de abrazar lo infinito. ♦   

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► [TRAILER] Adelanto de The Place Beyond the Pines:

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► [DE YAPA] Un especial sobre el film de Derek Cianfrance:

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► [PLAYLIST] Canciones para sus padres:

Para sus padres by cinescalas on Grooveshark

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¿Cuáles son las mejores películas para ver con sus padres? Me gustaría saber qué recuerdos tienen de compartir experiencias cinéfilas con sus papás y si los han influenciado en dicha cinefilia; de paso, aprovecho para desearles un muy feliz día/domingo para todos ellos y a ustedes los invito a que, como hicimos en el post del día de la madre, les dediquen un tema a sus padres para incluir en la playlist de este viernes; ¡gracias a todos

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La última vez hablamos sobre la mejor película para… levantar temperatura

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[OFF TOPIC] Como ya les adelanté un poco por distintas vías, estoy felizmente trabajando en el libro del blog; eso, sumado a cierto agotamiento, me obliga a tomarme un descanso la semana que viene, aprovechando los feriados; por ende, y aunque les voy a dejar regalitos este fin de semana, nos reencontramos formalmente (!) el lunes 24; gracias por la paciencia, nos vemos pronto, cuiden el rancho, se los va a extrañar ;)

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¡Benditos sean esos motores!

Hoy en Cinescalas escribe: Martín Folco

Holy Motors comienza con una imagen de un cine repleto de personas durmiendo. Inmediatamente después, el propio director, Leos Carax, despierta en medio de la noche y, con una llave secreta, abre una puerta escondida en la pared, que da al cine, a su mente, a su mundo. En éste se encuentran las personas esperando una presencia que los entretenga, que mantenga su atención, que los movilice (¿es esto una crítica al conformismo en el cual nos encontramos atrapados?). A continuación, desde ese mismo público, aparece él de niño, vulnerable y desnudo y detrás, un perro descomunal: su talento, su peso, su fuerza. Así es como Carax nos introduce en su universo, y nos provoca tantas preguntas diferentes y, por extensión, diferentes respuestas según cada persona (si es que se pueden encontrar).

Aquí están mis preguntas, mis respuestas, mis desconciertos.

Como estudiante y practicante de la actuación, no pude transitar Holy Motors desde otra perspectiva porque, para mi interpretación, todo lo que sucedía era muy directo y, de alguna forma, objetivo. Después, diferentes opiniones me hicieron entender que si hay algo que la película no tiene, es objetividad. Por más que uno no entienda realmente qué es lo que está sucediendo – exceptuando los diferentes géneros a los que apunta cada escena – hay un ritmo que la sostiene y que no da pie ni a un minuto de aburrimiento. Un ritmo denso, enigmático, acompañado por la maravilla visual que es. Antes que nada, debo avisar que la nota estará repleta de spoilers, pero no sé cuánto realmente es un spoiler y cuánto una mirada personal. Es muy probable que otro que la haya visto no encuentre lógica en mis palabras, o quien no la haya visto y las lea, luego vea la película y no la pueda asociar a mi análisis.

► [ESCENA] La belleza de la actuación según Holy Motors:

Luego de la escena mencionada previamente, vemos a un acaudalado actor, Monsieur Oscar (plasmado brillantemente por Denis Lavant) despidiéndose de su familia, su cable a tierra. Sube a una gran limusina blanca y comienza su trabajo. “Nueve citas para el día de hoy” le indica su secretaria y conductora. Peina su peluca y comienza su trabajo para que el que salga por la puerta no sea él, sino una anciana que necesita un bastón para sostenerse y que pide limosnas por la calle, mientras escuchamos en off lo vieja y sola que se encuentra. Después, Oscar, vuelve a su limusina, que lo conduce a otro punto de la ciudad y tiene su tiempo para prepararse para ser otro, cualquiera sea la característica, lo que su trabajo le pida; resguardado y acompañado siempre por su fiel y orgullosa chofer.

Inesperadamente vemos en lo que era de él, ahora, un humanoide vestido completamente de verde, desquiciado y ciego de un ojo y su delirante y delicioso cruce con el mundo de la publicidad, ese universo frívolo en el cual la persona es sólo carne. Cuanto mayor sea el atractivo estético del sujeto/objeto, sea cual fuere el motivo, más euforia causará en el fotógrafo; y el modelo será eso, un modelo, una estatua que se mantiene impasible ante su alrededor para no olvidar su fin. Así es como el actor secuestra a la modelo del momento, Kay M (Eva Mendes, en su pequeño y efectivo papel) y la lleva bajo tierra, cada uno cumpliendo su rol: actor y modelo. Aquí la mujer muestra su lado oscuro, humano – ya con despeinarse y encender un cigarrillo se encuentra en otra situación -, como si quisiera encontrar lógica a través de su contraste con la inhumana creación del actor. Pero no está en la naturaleza de Kay el crear de esa manera. Ella es pura belleza, una musa que se somete sin quejas (como suele acostumbrar) a las propuestas de Merde, el personaje de turno, que se propone inocentemente corromperla y desvanecer esa imagen que ya tiene sistematizada. Así es cómo termina su escena, descubriendo en ella a una sirena, que realiza su canto hipnótico y sincero. 

Así, el día transcurre. El actor se prepara aún cuando no lo ve su objetivo y, sin embargo, es este espectador quien corroborará la verosimilitud de la creación. Entra en un laberinto sin salida: ¿quién soy? ¿Cómo soy? ¿Cuáles de mis características son realmente mías? ¿Qué me hace particular? Ahora es de noche y su próximo trabajo es demasiado real, demasiado banal: debe recoger a una hija de un cumpleaños y llevarla a su casa. Podría haber finalizado con su jornada, pero esa situación lo llevó mucho a su realidad, causando ciertos desperfectos en el motor de su coche conductor. Pero se arregla. Un poco de maquillaje y otro vestuario, una congregación de músicos, una melodía que desahogue lo que con palabras no puede expresar. Puede ser otro que ya existe, puede matar, puede morir. No será él quién mate, no será él quien muera. Es otro que se aleja de su realidad, aunque ni él sepa cuál es. Puede estar muriendo, pero su motor funciona mejor que nunca, no muere su capacidad creativa: está brillando en su esplendor. Otros diferentes trabajos le suceden, todos maravillosamente misteriosos y con diferentes cargas capaces de causar gran emoción para quien no sabe el antes y el después de esas vidas, sólo los fragmentos que nos muestran. De repente: un antiguo amor. Otra como él. Pero ahora son ellos, ella es ella y él es él, desnudos, veinte años después, tomando una pausa de treinta minutos para acompañarse, creando así una de las escenas más conmovedoras de los últimos tiempos.

Eva Mendes y Denis Lavant en Holy Motors

Finalmente, llega el último acto, el tan difícil acto de volver a casa. No se puede evitar, mi cuerpo está profundamente ligado a otros: mis hijos, mi mujer. A partir de acá estoy sólo, no necesito a mi limusina ni a mi chofer. Entro a casa. ¿Quiénes son esos monos? ¿Por qué hablan un idioma tan diferente al mío? ¿Por qué es imposible para mí entenderlos, y para ellos entenderme? ¿Por qué no puedo hablar su lenguaje? ¿Por qué éste es el rol más difícil, el mío?

Tranquilo. Mañana será otro día, la limusina estará esperándome.

¡Benditos sean esos motores, que no callan ni cuando duermo!

 AMÉN.

Por Martín Folco

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Dos consignas hoy: ¿Vieron Holy Motors? Si este el caso, los invito a dejar su opinión sobre el film; para quienes no lo hayan visto, y en relación al planteo de la nota de Martín, me gustaría que compartan qué actuaciones del cine les han resultado descomunales, trascendentes, de antología; ¡Espero sus comentarios, muchachada! ¡Buen lunes para todos!

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—> La última vez escribió Celina Bartolomé sobre… THE PERKS OF BEING A WALLFLOWER y LA INTOLERANCIA

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Esta noche es para los dos

“When I can’t sleep at night, I replay you in my head”

“Pusiste la mirada por algún lugar, algo fuera de mi alcance; de lejos me hiciste la seña de algo confuso, lo que los dos suponemos. Perdamos algo juntos, por lo menos ya y festejemos el acuerdo. Pasa que sos tan hermosa y yo estoy hechizado y esto no tiene remedio”.

Ningún personaje dice eso en Last Night – esas palabras salieron de la cabeza de Adrián Dárgelos -, pero bien podrían haberlo hecho. La película de la realizadora Massy Tadjedin muestra el transcurso de dos noches de modo paralelo. Los protagonistas de esas historias nocturnas son Joanna (Keira Knightley) y Michael (Sam Worthington), los miembros de un matrimonio plácido pero carente de intensidad. Por un lado, Michael debe pasar una noche fuera de su casa en una reunión de negocios, remando contra la atracción que le genera Laura (Eva Mendes), su compañera de trabajo. Por el otro, Joanna lucha contra la desconfianza que le provoca el evidente deseo de su marido hacia esa mujer voluptuosa y vehemente. Sin embargo, el destino le pone en su camino, de manera literal, a Alex (Guillaume Canet), su ex pareja, un hombre que se muestra como lo contrario a su esposo: espontáneo, cálido pero pasional, la única persona que parece capaz de generarle a esa frágil, encantadora y bella mujer un tormento irresistible.

Tadjadin filma ambas noches con el mismo patrón: las miradas que sugieren todo aquello que las palabras no pueden, el roce de los cuerpos y, sobre todo, la infructuosa tarea de elegir un camino que le huya a ese palpitar constante. Sin embargo, es la noche de Joanna y Alex la que resulta más interesante porque es donde hay mayor profundidad emocional. Así como la otra cara de la moneda es el deseo sexual liso y llano entre Michael y Laura, la primera pareja muestra el costado más sentimental, punto en el que la película se destaca. Cuando Knightley y Canet se miran, se sonríen, toman de sus respectivas copas o van en taxi observándose como sin quererlo, las ganas de penetrarse van más allá de un mero acto sexual. Tadjadin los observa como a dos amantes que no pudieron olvidarse con el correr de los años, que no necesitaron de más de dos segundos para reactivar esa chispa tan infrecuente.

Una vez que los manierismos despreocupados (esos que buscan disfrazar el asombro ante el reencuentro) dan lugar a la verdad, los rostros de Knigthley y Canet evocan eso que sucede cuando algo no se supera. Hay todo un pasado, hay demasiada historia en ese choque, que ni la novia de él ni el marido de ella podrían llegar a reemplazar nunca. El problema llega cuando llega el momento de lucidez y esos amantes se miran con dolor ante la realidad y ante el “what if…”, sin evitar reflexionar sobre cómo el timing a veces lo es todo. Los caminos pautados siguen su curso, pie detrás de pie, como si nada hubiese sucedido. La mente sobre la almohada, por el contrario, dice que es imposible olvidar…que donde hay un “nosotros” construido en el tiempo, hay también una llama que espera el instante para resurgir.

¿Qué películas sobre triángulos amorosos e infidelidades podrían sumar a este post? ¡Comenten!

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