Boyhood: Esperando que el momento me encuentre

“I’m holding on, I’m waiting for the moment to find me” -If I Had a Gun” (Noel Gallagher)

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Desde una esquina de la mesa, con la mirada hacia abajo y casi susurrando dijo algo así como: “No sé si hay mucho más para agregar, es tan simple como eso de ‘live and let die’”. Mi hermano no suele citar canciones. De hecho, creo que esa fue la primera vez que lo hizo. Me hubiera gustado que esa cita saliera de su boca a raíz de algo menos alarmante que la salud de nuestro papá. Pero la realidad era (es) otra. Una bastante más brutal. Por “vivir” mi hermano se estaba refiriendo a nosotros dos. Pasamos muchos años esperando que nos encuentre el momento en que mágicamente alguien solucione todo lo que no estaba bien con mi viejo y hace unos días advertimos (o él me ayudó a advertir) que hay otra clase de momento que impera por sobre cualquier deseo utópico: el momento en que nos toque ser un poco más egoístas, el momento en que nos toque vivir a nosotros. Porque trato de no engañarme. ¿Hasta qué punto vivo si mi pensamiento siempre está direccionado al otro? ¿Hasta qué punto no estoy oscilando entre dos estados o situaciones si mi cuerpo está experimentando una cosa y mi cabeza está focalizada en otra? Algo así le contesté a mi hermano. Algo así como que quisiera agarrar un porcentaje de mi fuerza de voluntad y trasladársela a mi papá. Bastante ingenuo lo mío. A mis treinta y un años no debería pensar así. No debería pensar que si voy apilando días de optimismo, la cuota sobrante se la puedo dar a él como una suerte de ofrenda o pócima medicinal. Pero siempre creí que así funcionaba todo, que si él percibía que algo estaba bien a su alrededor entonces, cual axioma, iba a encontrar un motivo para levantarse de la cama. Lo que me vuelve así de ingenua – o humana, depende de cómo elija mirarme – es castigarme por esa conducta pendular de estar riéndome con culpa pensando que él no puede reír de la misma manera. Hasta que esa cita de Paul McCartney trastocó el enfoque. Por “dejar morir” mi hermano estaba, creo, hablando de la aceptación. Aceptar que mi papá está enfermo implica aceptar que la persona que fue hace diez años la tengo que encontrar solo en fotos. Eso hice: fui a las fotos. Mi papá conmigo en una hamaca, mi papá conmigo en un cumpleaños, mi papá conmigo y con mi hermano jugando al fútbol, mi papá llevándome a la cancha, mi papá sonriendo. Otra época. When you were young and your heart was an open book. El ejercicio de evocación era, por un lado, irreal (¿Yo formé parte de ese tiempo que fue hermoso? ¿Las cosas en un momento estuvieron tan bien?) y, por el otro, lo más anclado a la realidad que existía. Porque mientras miraba esas fotos de mi papá (entonces), lo tenía sentado al lado mío (ahora), evitando hacer contacto con su otro yo (siempre). Les quise decir (a él, a mi hermano, a mi mamá) que sí, que yo acepto que esa casa ya no es la casa de mi infancia (nunca deja de asaltarme cómo el paso del tiempo empalidece las locaciones), que yo acepto que todos cambiaron y que yo acepto que mi papá no va a poder sonreír igual que antes. Pero también les quise decir que mi pensamiento no está únicamente gobernado por los absolutos sino por interrogantes menos susceptibles a las respuestas. Obsesiva de las explicaciones, necesitaba saber en qué momento cada etapa se fue cerrando, en qué momento dejé de entrar a mi casa con ganas de hablar de mí, en qué momento las cosas dejaron de ser lo que eran. “A dead star collapsing and we could see that something was ending” canta Win Butler en “Deep Blue” para luego preguntarse si en esa otra casa de los suburbios alguien pudo detectar el comienzo del fin. Es bastante poético emparentar la naturaleza titilante de las estrellas con el movimiento de los seres humanos y, al mismo tiempo, considero que no hay nada más certero que esa analogía que esbozó el cantante de Arcade Fire. Una familia (padre, madre, hermanos, abuelos) no dejan de conformar una suerte de constelación que en diversos instantes (acaso los más ligados a la infancia) no cesa de brillar al unísono, un poco como decía Carlinhos Brown respecto al sonido de una batucada (“muchas estrellas titilando al mismo tiempo”), para luego distanciarse, aislarse, e iluminar como su esencia lo delimita: en relación a una luz propia.

“I am looking forward toward the shadows tracing bones, our faces stitched and sewing, our houses hemmed into homes”“You Are My Face” (Wilco)

Tres horas antes de que Boyhood concluya con “Deep Blue”, su primer plano también estaba acompañado por otra canción que habla de las estrellas (“look at the stars, look how they shine for you”), lo cual es solo uno de los tantos momentos del film en los que Richard Linklater se propone hacer un ejercicio cíclico. Su película empieza y termina con la naturaleza como algo que nos contiene, nos revela, nos demanda una cierta identidad. A Mason (Ellar Coltrane) lo conocemos de esa manera: dejándose abrazar por el cielo. Esa imagen de un niño yaciendo en el pasto del colegio mientras espera que su madre lo pase a buscar nos está diciendo, en primera medida, que ese niño es un observador nato (lo primero que escuchamos de su boca es una reflexión sobre lo que ve en las avispas) y, por otro lado, que es una persona permeable al entorno aunque no expresiva en el sentido estricto del término. La proeza de Linklater (una pequeña en relación a la gran proeza que es la realización del film mismo) es la de serle fiel a ese personaje en sus distintos estadios y la de volvernos testigos de esa nobleza que hay en él. En contraposición a su hermana Samantha (Lorelei Linklater), Mason no exterioriza sino que procesa y su modo de procesar está atravesado por determinados hitos del paso del tiempo. Primero observa ese cielo (el cielo como sinónimo de apertura, de lo vasto, de lo inabarcable, de un mundo que reclama su descubrimiento). Luego habla con su madre sobre cómo en el colegio se detiene a mirar por la ventana y se olvida de entregar la tarea. Tiempo después toma unos prismáticos para, a través de otra ventana, observar cómo sus padres discuten, hecho que le provee la respuesta menos unívoca (“You think he’s gonna spend the night? – “Doesn’t look like it”). Asimismo, Mason advierte cuándo su madre se está enamorando de un nuevo hombre y no necesita emitir palabra o juicio de valor hasta que se siente privado de su identidad (“he didn’t even ask, he just cut it, it’s my hair”) y luego vuelve a observar la misma escena, en una reunión, como si supiera adónde va a conducirlo todo, como si por años se hubiese estado preparando para una confrontación infructuosa como la que tiene con su segundo padrastro, confrontación de la que decide distanciarse porque sabe (como lo supo años atrás) que no tiene por qué hacerse cargo de las frustraciones, bagajes o decepciones ajenas. Además de como un observador, Linklater nos presenta a Mason como a un oyente de esas situaciones mundanas donde va incorporando consejos, desnudando cómo es su criterio el que siempre lo salva, el que lo ayuda a reponerse de los cambios (geográficos, físicos, emocionales, de toda clase) y el que le dictamina qué hay que descartar (un breve episodio de bullying en el colegio; un vaso de vidrio que le arroja su primer padrastro; un comentario burlón del segundo, una chica cuya superficialidad no era compatible con sus necesidades) y qué hay que tomar (un consejo de su padre “you don’t want bumpers, life doesn’t give you bumpers”; una charla con un profesor en un cuarto oscuro; unas breves palabras de otra profesora, una foto que su madre le guarda en una caja). Boyhood se desarrolla con una naturalidad abrumadora porque las escenas no están configuradas de modo tal que se sientan “importantes”. La vida nunca nos está diciendo cuándo estamos a punto de ingresar en una viñeta o microrrelato que va a transformarnos. La vida, como dice Mason Sr. (Ethan Hawke), no se lleva a cabo como una gran puesta en escena, ni tampoco nos da señales de advertencia ni tampoco nos vaticina cual oráculo cómo “algo” (una persona, una frase, un hecho) va a tener su cuota de trascendencia a posteriori. Linklater, como ya había abordado en la saga de Before Sunrise, sabe que es uno quien va fluctuando con los hechos y quien los va manejando como puede. Así, esa brillante secuencia de la charla de Mason con su profesor en el cuarto oscuro (“Try harder; hey, maybe in twenty years you can call old Mr. Turlington, and you can say: ‘Thank you, sir, for that terrific darkroom chat we had that day’”) sintetiza cómo todos esos hechos que nos van formando como personas pueden durar segundos, pueden ser completamente arbitrarios y pueden provenir del lugar más impensado. Si Boyhood conmueve en sus tres horas no es solo porque vemos crecer a Mason en tiempo real sino porque vemos toda esa suma de situaciones que lo prepararon para su encuentro con el mundo, lo cual se constituye en un certero golpe al espectador más cínico. ¿Quién puede rebatir que las cosas más fundamentales se dicen en los momentos menos extraordinarios?

“When you were young and your heart was an open book…”

“Así, en esta América, cuando se pone el sol y me siento en el viejo y destrozado malecón contemplando los vastos, vastísimos cielos de Nueva Jersey y se mete en mi interior toda esa tierra descarnada que se recoge en una enorme ola precipitándose sobre la Costa Oeste, y todas esas carreteras que van hacia allí, y toda la gente que sueña en esa inmensidad, y sé que en Iowa ahora deben estar llorando los niños en la tierra donde se deja a los niños llorar y esta noche saldrán las estrellas (…) y nadie, nadie sabe lo que le va a pasar a nadie” escribió Jack Kerouac en On the Road. Con Boyhood, Linklater domina la narrativa, eleva la apuesta de lo que hizo con la mencionada saga de Before y se embebe de cierto “aire Kerouac” tomando como mantra esos rasgos de impredictibilidad-caos-desorden que tiene la vida. Si uno lee On the Road, antes de describir lo “descarnado”, “enorme” e “inmenso” que es el mundo, Kerouac alude a la despedida que entabló con Dean Moriarty, preguntándose cómo la gente se puede decir adiós así, sin más, para desaparecer por completo de sus vidas. Entre los aspectos más desgarradores (pero certeramente despojados de cualquier atisbo de melodrama) de la vida de Mason, nos encontramos con las constantes mudanzas. “Don’t look back, It’s going to be okay” le dice su madre Olivia (una extraordinaria Patricia Arquette) mientras se ve forzado a abandonar a sus hermanastros para seguir adelante, como años atrás había dejado a su mejor amigo sin la posibilidad de hablar por teléfono (es Samantha quien se despide por él, con la inconsciencia de la edad), como luego dejaría su casa para vivir temporalmente con su mamá, ya solos, en un departamento. Si bien Mason es el protagonista excluyente de la historia, vemos en el personaje de Arquette todo las secuelas del tiempo como en ningún otro (o a la par de las de su ex esposo). A fin de cuentas, como ella misma lo asevera, uno pasa gran parte de su vida ciñéndose a los recuerdos (juguetes, fotos, ropa, muebles), acumulando pruebas concretas del pasado, para luego ser invadido por la urgencia del desprendimiento. Lo que en un momento se siente imperativo, indispensable, vital, años después puede pasar a convertirse en no más que una huella de otro tiempo que apenas dialoga con el ahora. Boyhood es una película que va para adelante, desde referencias a la cultura popular (videojuegos que van perfeccionándose, el salto de Britney Spears a Lady Gaga) hasta hitos de la política estadounidense (la guerra con Irak, la campaña presidencial de Barack Obama) hasta lo más corriente y más inaceptable: sacrificar un recuerdo del pasado en pos de la construcción de uno del presente. Por ende, cuando sobre el final Mason le dice a su madre que esa primera foto que sacó con una cámara (en cuanto a eso de que “la vida es lo que te sucede mientras estás haciendo otros planes”, no hay nada más natural en Boyhood que Mason, el eterno observador, se convierta en fotógrafo) está demasiado ligada a sus inicios como para llevarla consigo a la facultad (“all the more reason to leave it behind”), sabemos que el antídoto contra el corazón duro e impenetrable es, justamente, el saber despojarse de aquello que pudo habernos formado pero que no va a ser parte de lo que está en formación. Porque a Linklater, como a Mason, no le importa el antes o el después. Todo se vincula con el durante. En ese durante, ese niño va creciendo con las opiniones de su mamá y de su papá, es decir, con dos miradas distintas que convergen en lo mismo (respetar la esencia). Ella le enseña indirectamente cómo es importante dejar una marca en los demás y trabajar en vistas de la superación (algo que vemos en la escena en la que Olivia recibe un agradecimiento por parte de un extraño). Él le enseña, con la música como arista constitutiva de su crecimiento, a escuchar a las mujeres (consejo que Mason pone en práctica sobre el final, mientras Nicole le habla de tap y él pregunta y repregunta), a sentir lo bueno y lo malo pero a sentir a secas (“when you get older, you dont feel as much”) y, sobre todo, a experimentar las cosas con voracidad y apertura. Por lo tanto, no es casual que en un momento brillante del film, Mason Sr. le regale a su hijo en su cumpleaños el apócrifo The Black Album y no recuerde que le había prometido su viejo auto. El auto tuvo que venderlo porque la vida lo puso de cara a las responsabilidades. ¿Por qué mejor no crear algo nuevo? (otra vez: el ahora es más importante que el ayer). Ese álbum negro que compila lo mejor de los Beatles como solistas es el ejemplo más claro de la libertad de Boyhood. Paul te lleva a una fiesta (“Band on the Run”), George te habla de Dios (“My Sweet Lord”), John se descarga sobre el amor y el sufrimiento (“Jealous Guy”) y Ringo te dice que es mejor disfrutar lo que tenemos en el momento mismo en el que lo tenemos (“Photograph”, qué bello simbolismo). Y es acá donde se produce algo que hace que la película de Linklater sea una obra maestra indiscutida: ese monólogo de Mason Sr. sobre los Beatles no queda en mero gesto canchero. La vida de su hijo está atravesada por la apertura hacia otros mundos, desde las salidas con sus amigos hasta el gran momento en que convive unos días con sus nuevos abuelos, donde Linklater no se burla de la religión cristiana sino que la expone como una creencia más dentro de las múltiples creencias que llegan a nosotros y de las cuales elegimos una que nos defina (o ninguna). Por lo tanto, no se trata de optar por un solo Beatle (“You are missing the point…there is no favourite Beatle”). Se trata de la suma de voces. Nuevamente, se trata de las constelaciones.

“i remember that rusty car, like it was yesterday (…) another day, come and gone, don’t think i can ever sing that song”“Today Is The Day” (Yo La Tengo)

Otro autor que describió la naturaleza del mismo modo que Kerouac (es decir, análoga a la vida) fue Truman Capote. “A los pies de la colina se extiende una pradera que cambia de color con las estaciones. Vale la pena verla en otoño, a finales de septiembre, cuando se torna roja a la puesta del sol y las sombras del color escarlata, semejantes al resplandor de una hoguera, pasan sobre la hierba arrastradas por las ráfagas de los vientos otoñales que, al agitar suavemente sus hojas, emiten un leve suspiro que parece música humana: un arpa de voces”. El arpa de hierba (libro y concepción) no es más que la confluencia de historias, la comunión de relatos que escuchamos a medida que crecemos, el amplio espectro de vivencias que nos tumban y nos embriagan. El arpa de hierba está conformada por nuestro padre, nuestra madre, nuestros hermanos, la maestra del jardín, el primer compañero que nos habló en un día de clases, la primer persona a la que besamos, la persona con la que perdimos la virginidad, el único profesor que creyó en nosotros. El arpa de hierba está conformada por el cielo visto a los seis años, por el cielo visto a los dieciocho, por la bicicleta con la que recorrimos el barrio, por el sillón donde nos tiramos a jugar con los videos, por la primera edición de Harry Potter, por el primer trabajo que aceptamos para ahorrar plata, por un graffiti en la pared, por la primera vez que escuchamos “Wish You Were Here” y por la primera vez que vimos Star Wars. El arpa de hierba está conformada por la vez que viste a tu mamá llorando, por la vez que tu hermana te despidió antes de que te fueras a la facultad, por la vez que probaste el primer porro y por la vez que supiste que era hora de cortar los lazos e irse. Escribir sobre Boyhood es escribir sobre lo inconmensurable. ¿Cómo me siento a escribir sobre la vida? ¿Cómo me siento a poner en palabras cómo la vida, como dice Olivia en una escena devastadora, es una serie de “milestones” que te hacen pensar que iba a haber mucho más? Los que vieron Boyhood saben que si la película de Linklater resuena tanto es porque es más que una película. Es un diálogo entre el Mason del pasado y el del presente. Es un diálogo entre Mason y uno como espectador. Es un diálogo entre los tiempos en sí mismos. Es un diálogo entre la música y la vida (Mason habla de que todos estamos “in between states, not really experiencing anything”, tal como dice Win Butler en los coros de “Deep Blue”: “hey, put the cellphone down for a while, in the night there is something wild…can you hear it breathing?”). Es un diálogo entre lo que uno hizo, lo que volvió a hacer, lo que dejó de hacer, lo que hará después y el vacío que conlleva ir cumpliendo determinados pasos (“You know what I’m realizing? My life is just going to go, like that. These series of milestones, getting married, having kids, getting divorced, the time that we thought you were dyslexic, when I taught you how to ride a bike, getting divorced again, getting my masters degree, finally getting the job I wanted, sending Samantha off to college, sending you off to college! You know what’s next? It’s my fucking funeral!”). Pero, sobre todas las cosas, Boyhood es un diálogo entre el momento y uno. Entre el “it’s always right now” y lo que uno decida hacer con ese estado de mediatez que te colma y te hace ver infinitas posibilidades, muchas de ellas circunscriptas a lo menos heroico y a lo más simple. “I don’t wanna be a hero”. Quizás uno quiere, como dice la canción de Family of the Year que acompaña a Mason sobre el final en su tránsito por la ruta, “a job to keep my girl around, and maybe buy me some new strings, and her a night out on the weekends”. Es decir, ser nosotros a nuestro modo, extraordinarios para quienes importan.

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Mientras mi hermano decía que era hora de vivir y dejar morir, y yo pensaba que había que rotar la percepción y aceptar a mi papá así como es y no centrarme en otro verbo (resignar), también pensaba que uno nunca deja de ser el Mason que se pregunta por la magia del universo (como lo mismo se preguntaban Jesse y Cèline) porque siempre va a querer creer en las ballenas del corazón del tamaño de un motor de un auto. Así como Boyhood comienza con un niño mirando el cielo o el futuro como hoja en blanco, Boyhood concluye con un plano tanto o más prometedor que ese. Mason sentado, bajo el mismo cielo, ahora en compañía de una mujer, poniendo en palabras eso que sintió cuando estaba sobre el pasto de niño. Uno no aprovecha el momento. El momento se adueña de nosotros. Entonces, ¿cuál es el punto de todo? ¿Cómo se hace para aceptar que el paso del tiempo es un concepto hermoso en teoría pero bastante más complejo en la práctica? Porque el tiempo efectivamente pasa, nuestros padres cambian, nuestros hermanos dejan de necesitarnos tanto, nuestros miedos se incrementan. Boyhood parece decir que todo se vincula con no descuidar la luz propia, con escuchar ese arpa de hierba que va escribiendo una historia. Y nuestra historia no es solo una: es un cúmulo de muertes y fallecimientos. Cuando Mason sonríe mientras mira a esa mujer, todo lo que experimentó antes, lo bueno y lo malo, fortaleció su noción de que (como también le dijo su padre), antes que nada hay que sentir. Entonces, el fin de todo esto, la respuesta a qué hago acá no la vamos a tener nunca, y quizás la única resolución al enigma sea la de dejarse envolver por el ahora constante (“standing under night sky, tomorrow means nothing”) y aceptar que, por más que la casa de mi infancia tenga otros colores, por más que mi papá haya dejado de sonreír, por más que ya no compartamos casi nada, todo pasa por el live and let die pero también por el let it be. Ya lo dice Butler en otro gran momento de The Suburbs. Estoy aquí. En mi tiempo y lugar. Aquí en mi propia piel. Aquí puedo finalmente empezar. 

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► [PLAYLIST] Algunas canciones del gran soundtrack de Boyhood:

BOYHOOD SOUNDTRACK by cinescalas on Grooveshark

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► [GALERÍA] Comparto con ustedes mi infancia en 20 fotos:

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► [LISTA DE REPRODUCCIÓN / THE BOYHOOD EFFECT] 100 canciones con las que musicalizarían la película de sus vidas (spoiler alert: es increíble la playlist, que la disfruten mucho):

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¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy tenemos tres consignas: 1. ¿Vieron Boyhood? ¿Qué opinión tienen de la obra maestra de Richard Linklater? 2. Para ponernos personales, los invito a dejar imágenes de su niñez en el post de hoy y a compartir anécdotas de ese momento de sus vidas 3. Como no podía ser de otra manera, vamos a armar una playlist con el siguiente disparador: ¿con qué canciones les gustaría musicalizar la película sobre sus vidas? Como siempre, espero sus comentarios y nos vemos mañana, ¡gracias por leer! UPDATE: Nos reencontramos el lunes, ya que decidimos que esta sea una “semana Boyhood” y un post lúdico no iba a concordar; por ende, pueden ir a este nuevo post donde los espera un regalo y mañana publico la playlist que se armó; ¡gracias por este post tan especial, muchachada!

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Composición: Tema libre (decimoquinta entrega)

Poner en palabras cómo Boyhood me pasó por encima no es un ejercicio para llevar a cabo a la ligera. Como hasta dentro de dos semanas no voy a finalizar con la post-producción de la película y el blog volverá a la normalidad el martes 30 de septiembre, prefiero guardarme esas palabras para ese momento. Momento. Un concepto que tiene mucho que ver (casi todo) con la película de Richard Linklater. Como esta obra maestra (término que se emplea muchas veces, pero que en pocas tiene tanto sentido como acá) se convirtió en mi película del año, pensé que ése sería un buen disparador para este post abierto. ¿Cuáles son, hasta el día de la fecha, sus películas del 2014? Los leo. Los extraño. Los veo el 30.

Antes de la medianoche: Cada una de tus cosas

“…será un momento nada más, de eternidad, de esos que me das todos los días, todos los segundos, infinitamente, la alegría de vivir, el sentido que da la vida vivir contigo, en el cielo, en el suelo, en cada una de tus cosas…”

Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Fue como encerrarme en mi habitación y agarrar un diario íntimo del pasado para ver con qué parte de mí iba a encontrarme. Para ver si cambié o si sigo siendo la misma. Yo, con cada una de mis cosas. Para ver si a los treinta todavía quedaba algo de esa mujer que hace nueve años fue al cine, y quien nueve años después acumuló más experiencias (encantamientos, decepciones, todo en un permanente círculo de repeticiones), y en los que parecieron haber sucedido millones de cosas, y en el fondo no tantas, porque siempre vuelvo a lo mismo. El tiempo. Es el tiempo (“you and me have our own sense of time”) el que se convirtió en mi compañía, es al tiempo al que tengo que extenderle las manos con confianza, casi como esperando ser salvada por su sabiduría. El tiempo me ayudó y, asimismo, me condenó a pensar que hay vínculos invariables. El tiempo a veces me congeló en convicciones que ya no tengo, que eran puras especulaciones hechas sobre arenas movedizas. El tiempo también me arrastró hacia el pasado (“después, qué importa del después, toda mi vida es el ayer que se detiene en el pasado”), se empecinó en que vuelva a revisar en los cajones rastros de episodios que podían regresar bajo otra forma, o que al menos yo creía que podían hacerlo, esas fotos de una temporada en el amor. Esas cartas. Esos papeles que uno conserva como teniendo la certeza de que, al retomarlos, al sacarles el polvo, y sin abrir los ojos, nos permiten teletransportamos adonde desearíamos estar. ¿Pero querríamos realmente estar ahí o es solo el romanticismo que el pasado parece tener como cualidad intrínseca y que nos juega una mala pasada? “The past is the past, it was meant to be that way” y, claro: “certain things are better off forgotten”. El evocar es un acto tramposo. En el camino uno puede terminar engañándose, creyendo que si hubiese movido una ficha de modo diferente, las cosas se hubiesen resuelto de una manera mejor. Nunca peor. Uno nunca quiere pensar que simplemente las decisiones pudieron haber sido acertadas. Uno siempre le pone la connotación del what if. Por fortuna, el tiempo también me forzó a anclarme en lo cotidiano, me dio un respiro de sus movimientos pendulares y me hizo fijar la vista en lo más difícil: retroalimentar esos “ever-renewing desires” pero con la conciencia del presente (“I like getting older, life feels more inmediate”). Sí. Fue como encerrarme en mi habitación y tomar un diario íntimo del pasado. Me refiero a entrar al cine para ver Antes de la medianoche. No solo estaba por reencontrarme con Jesse y Céline sino conmigo misma. Con cómo eran (y son) las cosas. Antes de la medianoche es más que una película, es incluso complejo abordarla siguiendo el abecé de la crítica. Lo más cercano a una definición certera de la saga es pensar en ella como si fuera una persona, una persona con la que entablaste una relación tan profunda y significativa, que todo el vínculo es como un gran temblor que fue dejando sus réplicas. Antes del amanecer representa a los daydreamers, a la libertad, la promesa, la ingenuidad (“I feel some kind of connection…”); es la que le da entidad a quienes tienen impulsos y deciden seguirlos, a quienes parecen asombrarse con cada pequeño detalle que encuentran en cada lugar al que van, desde un cementerio hasta un parque de diversiones. Es el período de vacaciones que tan bien define la Céline de entonces: “when I’m travelling I kind of force myself not to expect anything from anywhere or anyone. And then, whatever happens is a surprise. The most insignificant thing can become and endless subject of interest”.  Incluso el relato de Jesse sobre la muerte de una de sus abuelas, a quien aseguró ver mientras regaba el jardín y se formaba un arcoíris, es incuestionablemente optimista. Porque fue ese suceso el que le hizo creer en la magia y le quitó su miedo a la muerte. Antes del atardecer, por otro lado, implica mirar hacia atrás, autodefinirse como “jóvenes y estúpidos”, para reconocerse en el presente como dos personas que, a pesar de haber dado pasos hacia adelante, no hicieron más que tirar manotazos de ahogado para recuperar lo que habían perdido cuando sus respectivos trenes dejaron Viena. Un libro (“This Time”) o un vals (“A Waltz for a Night”) funcionaban como métodos para sobrellevar el peso de ese “moment in time that is forever gone”. Sin embargo, aunque ellos hablen de cómo disfrutan crecer, sabemos que siguen inmersos en su propia burbuja, y Linklater los baña de una luz tenue y encantadora, haciéndolos ingresar a un ámbito cerrado (la casa de Céline) que paradójicamente se siente abierto a cualquier posibilidad. El tiempo suspendido se convierte en la prefiguración idealista por excelencia. La fantasía de que las responsabilidades se evaporen, las agujas no corran y podamos ser eternamente invadidos por esa sensación de eternidad que no muchas cosas generan. Una de ellas es el instante de intimidad con el otro. Esa cama de la que uno no quisiera levantarse nunca.

“I fucked up my whole life because of your singing”

“We are back in real time” dice Jesse en Antes del amanecer, adelantándose a la tercera parte de la saga. Jesse y Céline salieron de esa cama de esa casa de ese idílico barrio parisino y tomaron decisiones. Ahora están juntos, tienen dos hijas y varios conflictos (o uno grande que se ramifica) que están aguardando por salir a la superficie si alguien emite un comentario de más. Ver Antes de la medianoche se sintió como la experiencia de alguien que va corriendo hacia un cajón para corroborar que hubo un pasado que podía volver, o para ver cómo era ese pasado, para escarbar en la nostalgia. Ver Antes de la medianoche se sintió como bajar del cielo y poner los pies en el suelo, un suelo frío, áspero, incómodo. Tanto que dan ganas de volver a la cama y recordar esa reconfortante calidez. Por eso es más que una película. Esta vez, es alguien que súbitamente agarra tu costado idealista con el único fin de hacerlo añicos. Pero el problema no reside en la angustia que puede producir el verlos a ellos (o a nosotros, para el caso) más fácilmente irritables. De hecho, hay una razón por la cual las dos primeras partes de la saga se funden con naturalidad: los rasgos de Jesse y Céline, ese “core” del que habla ella, se mantienen. Son imperfectos aún en pleno idilio. Ya teníamos indicios bastante pronunciados de que Jesse era el escritor errante con cierta pedantería. No es casual que esa mujer apenas haya querido leerle la palma de sus manos en Antes del amanecer y que se haya limitado a un mero y sentencioso “he’s learning”. A Céline, en cambio, le dice lo siguiente: “you are interested in the power of woman. In a woman’s deep strength and creativity. You are becoming this woman”. Ése es uno de los puntos de más rebosante nobleza de la saga: nos define la esencia de sus personajes ya desde el comienzo. Antes de la medianoche, por el contrario, simboliza el quiebre pero haciendo recaer todo el peso del lapidario paso del tiempo en el personaje de Julie Delpy. Aunque parecen existir (tanto de un lado como del otro) razones valederas para alimentar rencores, la figura de Jesse se erige como la principal y la más conciliadora. Su conflicto es expuesto en la primera gran escena en el aeropuerto, que es de una economía de recursos extraordinaria (si hablamos de simetrías, aquí es imposible no asociar la carga positiva que tenían los aviones en Antes del atardecer y su final abierto con la carga negativa que tienen en esta tercera parte), cuando le toca presenciar, una vez más, la partida de su hijo. Luego del episodio (símil bomba de tiempo), Jesse sale del lugar y se reencuentra con la vida que armó, con Céline discutiendo sobre una ley medioambiental que no se aprobó, y con sus dos hijas (Nina y Ella, uno de los pocos guiños positivos a las películas anteriores, junto con el del pinball), y con otro viaje en auto donde vemos interactuar a quienes dejamos nueve años atrás como si el tiempo no hubiese transcurrido. Esa escena es magia pura. Los diálogos son de abundante velocidad, y la manera en la que Hawke y Delpy nos hacen reconectar con sus personajes como sabiendo que nunca los dejamos atrás es formidable. Es en el segundo acto – las menciones al teatro en el film tampoco son arbitrarias – donde se vuelve más notorio lo desdibujada que está Céline, quien no encuentra el momento de brillar y quien, cuando protagoniza una secuencia reminiscente a las anteriores entregas, lo hace con una inversión de las intenciones. Un ejemplo de esto es la visita a una pequeña iglesia, claro guiño al paseo por esa catedral de Viena, paseo que tuvo otro impacto en Céline (“it fascinates me how a single place can join so much pain and happiness, for so many generations”), impacto que ahora se reduce a gestos sexuales y un desencanto que incluso poco tiene que ver con Jesse o con su agotamiento acumulado. Uno de los momentos más conmovedores del film, curiosamente, tiene como protagonista a Natalia (Xenia Kalogeropoulou), a quien le ceden un emotivo monólogo sobre la transitoriedad y cuyas palabras bien podrían haber salido de la boca de Céline. Sin embargo, es ella quien ahora escucha, ya no es quien tiene la voz sobre esos temas, como sí sucedía en Antes del amanecer y su lectura sobre la obra de Seurat (“his human figures always seem so transitory”). El Jesse de Antes de la medianoche, por el contrario, sí se conecta con el de Antes del atardecer, al volver a relatar la idea de una próxima novela, nuevamente con interlocutores atentos, nuevamente con el tiempo como eje ineludible de sus aspiraciones creativas. Pero Céline no canta, Céline invierte su energía en discutir más que en ser “la reencarnación de Django Reinhardt” (uno de los retruques más hilarantes y angustiantes del film, que curiosamente fue escrito por Delpy). Céline, vuelvo a lo mismo, perdió la voz. El guión, contrariamente a lo que plantea la puesta en escena en el final donde encierra a los personajes (otro paralelismo con Antes del atardecer, solo que aquí la habitación es efectivamente opresiva), se ocupa más de machacar en el tópico de la batalla de los sexos – algo presente en las entregas previas, pero aquí absolutamente desproporcionado -, incluso trivializando la importancia que tiene para Céline el hecho de perder su independencia. Por algo uno de los instantes de guión más certeros es cuando expresa lo sola que se sintió en una situación en la que jamás pensó en hallarse. Ella en una casa, criando sola a sus hijas con un bagaje de inseguridades, mientras su pareja viaja o sale a caminar buscando inspiración. Esos minutos – vulnerables, tristes – se hacen eco de algo que jamás estuvo en duda: cuando los guionistas quieren, pueden pintarte en tres frases todo un panorama. Es decir, Linklater no tenía motivos para prolongar el plano de Jesse mirando a una joven para que entendiéramos el punto. Dos o tres observaciones de Céline pueden cumplir la misma función, eludiendo la obviedad y potenciando el sarcasmo.

“Still there, still there, still there…gone”

Por otro lado, Antes de la medianoche ocasionalmente se dedica a forzar algunas conversaciones (durante el almuerzo se alude a las relaciones y los cambios generacionales con una inexplicable falta de inspiración) que en otras oportunidades fueron sintomáticas de los respectivos caracteres de Jesse y Céline, y que aquí trastocan por completo sus pensamientos. En el film se produce, en off, la muerte de otra abuela. Lo sabemos: esto no se narra caprichosamente. A fin de cuentas, es la muerte de la abuela de Céline la que provoca el efecto dominó y retrasa el reencuentro en Viena. En esta oportunidad, fallece la otra abuela de Jesse y al tema ya no se lo aborda como entonces, con la imagen de su nieto viéndola mientras se forma el arcoíris. Acá el diálogo sobre la muerte es algo perezoso, menos trascendente, como si Linklater, Hawke y Delpy quisieran magnificar las consecuencias del desgaste de la pareja, pareja que ya no logra mantener una conversación sobre la muerte sin resultar desaprensiva. Podría ser un acierto si pensamos que Antes de la medianoche es una película que ataca visiblemente cosas antes celebradas (la barba roja de Jesse, motivo de enamoramiento para Céline, ahora desaparece ante sus ojos) para ilustrar la desidealización que tiene consigo toda relación que se prolonga en el tiempo. Pero para una saga que está sustentada en el poder del guión, de las palabras, de la comunicación, todo momento forzado es aún más notorio, como si no hiciera falta poner la lupa. Y es aquí donde reside mi conflicto interno con la película: sabemos a priori que es una obra sobre el desencanto. Pero una obra sobre el desencanto también puede ser virtuosa – de hecho, aquí Linklater se reprime de ese virtuosismo, hay dos primeros planos que desconciertan y que no tienen correlato con lo narrativo, y todo el camino previo al fundido a negro final carece de la fuerza del de Antes del atardecer-, también puede volver sobre reflexiones acerca de la muerte naturalizándola, y no por eso plantearla primero para abandonarla con liviandad después. Quizás por eso Antes de la medianoche es una película brutal, incluso siendo la más cínica de las tres con varios intercambios brillantes y divertidos (tanto en el auto como en el hotel hay intensos diálogos mediante los cuales Jesse y Céline se ríen de sí mismos y que son un verdadero triunfo,  operando como atenuantes del melodrama): porque está continuamente remitiendo a las entregas anteriores, pero pocas veces con una complicidad que nos deje respirar ante los inevitables choques. Asimismo, cuando lo hace a Jesse acercarse a Céline, sentada en una mesa, con la mirada perdida, es cuando más notamos hasta qué punto las cosas efectivamente cambiaron. Ahora es él quien le lee las manos, quien la pone a ella de cara a sus inseguridades, a la pérdida de su brillo, mientras nosotros aguardamos su reacción. Pero la mejor reacción, el instante donde Antes de la medianoche impacta con sus palabras (lo sabemos: ése es su fuerte), recae en los hombros de Jesse y esa imploración a Céline, esa necesidad por sacarle la venda de los ojos para mostrarle que la búsqueda de un ideal es un callejón sin salida. Que lo más cerca que se puede estar de la perfección es, justamente, sabiendo lidiar con lo imperfecto. Difícilmente se pueda procesar esa frase de manera inmediata, difícilmente se le pueda escapar a lo hondo que cala, sobre todo cuando la historia va llegando a su (momentánea) conclusión. Una de las características más fascinantes de la saga es su manera de presentarse autoconsciente, con ese famoso “test para ver si sos un romántico o un cínico”. De todas maneras, Antes de la medianoche nos priva ocasionalmente de esa posibilidad, nos deja todo al descubierto y en ciertos pasajes corrompe la fuerte base en la que se había cimentado: la simetría entre Jesse y Céline. Me leo y pienso en ella, en su “I’m not getting angry, I’m not getting angry” de Antes del atardecer y me percato de hasta qué punto me he definido (y me he sentido definida/representada) por esta saga. Hasta qué punto estas películas me acompañaron en mi vida, hasta qué punto años atrás hubo un Jesse, hasta qué punto me vivo reencontrando con viejas versiones de mí misma, con mis propias neurosis, inseguridades y planteos sobre el amor y su perdurabilidad.

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No. Antes de la medianoche no es una película más en mi vida. “I feel that life is just a series of momentary connections. I mean, of all the people you’ve ever known, how many of them are still in your life in any way?” preguntó una vez Jesse, a lo que Céline le respondió: “For some people, there are no real goodbyes. I think if you have a meaningful experience with someone else, a true communication, they are with you forever in a way”. Como siempre, ellos son los que ponen en palabras las sensaciones, son ellos quienes hablan por mí. Estas películas, incluso con una tercera parte menos homogénea, terminan volviéndose eternas para uno, terminan pasando por todos los estados: encantamiento, fascinación, decepción, angustia, despegue, aterrizaje. Todo, como en una relación. Como en ese vínculo al que siempre se vuelve. “I read my journal from ’83 the other day. What really surprised me is that I was dealing with life the same way I am now. I was much more naïve and hopeful, but the core, and the way I was feeling things, was exactly the same. I haven’t changed much at all” asegura Céline en Antes del atardecer y yo me pregunto si quizás Antes de la medianoche me desconcertó no por ser más “real” ni por esas miserias escupidas en una habitación de hotel sino porque, en su afán de querer poner los pies bien sobre el suelo, terminó perdiendo alguna de esas cosas que hacen de Jesse y Céline todo lo que son. Me pregunto si, en un punto, terminó perdiendo su esencia… 

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► [ESCENA] Uno de los mejores intercambios entre Jesse y Celine en Antes de la medianoche:

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► [DE YAPA]: Los trailers de la trilogía en un solo video:

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 ► [GALERÍA] Algunas de las más inolvidables citas de Antes del amanecer y Antes del atardecer:


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El momento de la verdad: ¿Les gustó Antes de la medianoche? ¿Cuál es su relación con la trilogía de Richard Linklater y qué opinan de este tercer film como posible cierre a la historia de Jesse y Celine? Imagino que el debate de hoy va a ser muy fructífero, ¡los leo, como siempre! Dejen sus comentarios…

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“You and me and five bucks”

Lo que me gusta de Troy – el personaje co-creado por Helen Childress y Ben Stiller para su ópera prima Reality Bites – es que se trata de alguien que le da sentido a las palabras. No solo a las palabras que pone sobre el papel para luego convertirlas en canciones sino a las palabras como impulsos necesarios para forjar, cimentar y mantener una relación. Con él, y con su forma de vincularse con Lelaina, se configura una paradoja: la búsqueda de un momento de felicidad logrado con algo austero que es, en efecto, lo más difícil de obtener en un mundo cargado de vértigo. “Esto es todo lo que necesitamos”, le dice él a ella. “Cigarrillos, un café, una buena conversación; vos y yo y cinco dólares”. Escribo sobre paradoja porque sí, lo que Troy valora parece ser un acto mundano, un acto que puede repetirse en incontables ocasiones en la vida de uno y que quizás no es considerado como un suceso extraordinario. La diferencia, justamente, la hace todo aquello no-material, lo que está por fuera de las puertas del consumo (uno de los grandes temas de la película), lo que adquiere importancia solo cuando percibimos lo infrecuente que es: una buena conversación. Esa suerte de declaración de principios de Troy es uno de los motivos por los cuales lo elijo para autoresponder mi consigna, adoptando yo misma esa mirada sobre las relaciones humanas, incluso las que no están ligadas a lo sentimental. Las buenas charlas, las que duran horas, las que nos dejan con planteos, con frases imperecederas (como la de la imagen de ahí arriba), las que persisten casi empecinadas, esas buenas charlas localizables en tiempo y espacio, esas no están siempre. El ida y vuelta indeleble es un hecho tan raro (por lo que poco que se da) como movilizante. ¿En qué moviliza? En que efectivamente te cambia, te ayuda a alimentar un vínculo, te hace levantar el teléfono, te hace querer decir mucho y a escuchar lo mucho que el otro tiene para decirte a vos. “Y no hablamos las cosas que siempre quisimos los días domingo”. Supongo que Troy representa una idea de persona con quien la conversación reverbera, aún con el paso del tiempo, aún con lapsos, aún con distanciamiento. Esa persona que cuando tiene una semana de mierda, solo quiere ir a tu casa, dejar las mochilas (metafóricas y literales) en el piso, darte un abrazo y, al menos por un rato, conversar con vos en el silencio. 

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► [ESCENA] La razón por la cual Troy Dier es el personaje ficticio del cual es imposible no enamorarse (o al menos para mí):

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 ► [GALERÍA] Estos son todos sus amores ficticios:


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Nuevo post, nueva consigna para este martes: ¿De qué personajes del cine se enamorarían en la vida real y por qué? Dejen sus aportes y con fundamentos, que siempre es más interesante y/o divertido; más tarde voy a reunir todos sus enamoramientos del cine en una misma galería; ¡los leo, muchachada! ¡buen martes para todos! ¡hasta mañana!

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La escena del día: Antes del amanecer / Antes del atardecer

“It’s like our time together is just ours, it’s our own creation; it’s like i’m in your dream and you are in mine”

Cuando una película, una canción, un libro pareciera que está hablando por uno, que está metiéndose en nuestra mente, escudriñando y reflejando a su manera lo que yace ahí dentro, la sensación es extraña. Dan ganas de asentir con la cabeza ante cada frase y se modifican las pulsaciones. Al menos a mí me sucede eso. Es raro, pero es como si me hirviera la sangre y, al mismo tiempo, yo quedara helada. Porque no pasa seguido. La saga de Richard Linklater (sobre cuya tercera parte ya concluida, Before Midnight, recuerdo haberle preguntado al director en una entrevista, cinco años atrás) se ha convertido en un reflejo de mis pensamientos, de mis cuestionamientos, de mis sensaciones, de modo tal que me es imposible escribir sobre ella sin escribir sobre mí misma. De hecho, ahí arriba está Celine, custodiando mis palabras en este espacio. Celine y sus palabras fueron motivo de escritura en este post, luego me condujeron a hacer este otro, e incluso en otro blog desmenucé sus orígenes, sus efectos. Pero acá estoy de nuevo, impulsada por esa primera imagen de Before Midnight que se dio a conocer recientemente. Como dos veces estuve en Paris, evocando el reencuentro entre ella y Jesse, intentando hacer el mismo recorrido, metiéndome literalmente dentro de una escena de película. Pero lo paradójico es que las pequeñas obras concebidas por Linklater/Delpy/Hawke son más reales de lo que una película de amor puede resistir. Sí, claro, uno ve ese eterno plano secuencia y eso es cine, es Truffaut, es un homenaje a la nouvelle vague. Pero ese homenaje no hubiese trascendido si no se nos estuviera hablando sobre (tantos y tan verdaderos) sentimientos universales. Porque acá la identificación, incluso, va más allá de la conexión entre los protagonistas (cada cual tuvo/tiene/tendrá la suya), es una identificación vinculada al tiempo y a los contrastes. La generación de los 20, temeraria y despreocupada, versus la generación de los 30, más consciente de lo perdido e ¿irrecuperable? (“what is lost is lost”).

En Antes del atardecer Jesse le pregunta a Celine por qué no intercambiaron teléfonos nueve años atrás. “Porque éramos jóvenes y estúpidos” responde ella. El tiempo, como en la cita de Auden de la primera parte (“you cannot conquer time”) puede evaporar lazos como puede sostenerlos, volverlos más fuertes. El tiempo es, sabemos, un arma de doble filo. Por algo ella no avanza y por algo él solo avanza cuando sueña, curiosamente, con ella avanzando (en un tren en movimiento). Ambos se quedaron detenidos en el tiempo. Ella lo expresó con la música (un vals), él lo expresó con la escritura (un libro). “Siempre me interesó escribir una novela que transcurriera en el lapso de una canción”, cuenta Jesse. Eso me recordó a Alex Turner y su brillante frase “I poured my aching heart into a pop song”. El sentimiento debe ser canalizado por alguna parte. Las cosas hay que volcarlas, ponerlas en palabras para que todo se vuelva más real. Por eso, el final (momentáneo) de esta saga es preciso. Nina Simone canta “Just in Time”, Celine baila, Jesse la observa y en el medio está la magia. “Siempre pensé que si existiese un Dios, éste no estaría ni en vos ni en mí sino en el espacio entre los dos”, medita Celine en voz alta en la primera película. En la segunda, quizás consciente, quizás no, Linklater y compañía logran que eso cobre vida en una escena de la cual formamos parte, la cual parece seguir ahí, sucediendo. Para mí, al menos, ella continúa bailando y él contemplándola, con el tiempo suspendido, con el tiempo de su lado.

*1. Miren esta escena de Antes del amanecer:

*2. Miren esta escena de Antes del atardecer:

*De yapa: uno de mis bienes más preciados: el guión de ambas películas adquirido en Shakespeare and Co.:

*OTRA YAPA: Algunas canciones que suenan en ambas películas:

Before Sunrise & Sunset by Milagros Amondaray on Grooveshark

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 Los invito a explayarse tranquilos sobre Antes del amanecer y Antes del atardecer; ¿Qué expectativas tienen respecto a Before Midnight?; de yapa, propongan una secuencia y/o versus para el jueves próximo; ¡Gracias a todos! ¡Buen jueves!

(Mañana se me hará imposible postear, así que nos reencontramos el lunes, gracias por la paciencia de siempre)

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