Aunque sea

“Fuiste mi recreo antes del resto de mi vida y yo fui la aventura antes de tu viaje; no somos nada, no fuimos nada y no seremos nada”

Creo que en la vida cotidiana hay pocos momentos de intimidad con nosotros mismos y que uno de esos momentos lo encontramos en el simple hecho de apoyar la cabeza sobre la almohada, en la cama. Ahí es donde uno, solo o acompañado, piensa en el día, cierra los ojos con satisfacción, se duerme rápido, tiene insomnio, tiene pesadillas, piensa en otro, piensa en quien tiene al lado, no piensa en nada, se arrepiente, proyecta, sueña, se despierta sin motivaciones o con ganas de hacer todo junto. Es el momento de mayor sinceridad con nuestra propia mente. Cuando las luces se apagan y no hay ningún sonido, cuando ya se concluyeron las actividades de la jornada, cuando es hora de poner el freno. Ahí aparece la vulnerabilidad, la honestidad. Porque, ¿a quién vamos a engañar? ¿A quién vamos a mentir en ese instante? Uno, la cabeza en la almohada, y todo lo que eso puede generar. Uno así como es, sincero, desnudo. En la cama, la segunda película de Matías Bize – que inspiró la mucho más pretenciosa Habitación en Roma de Julio Medem, idéntica en contenido pero más desangelada – transcurre, como su título lo anticipa y desde que comienza hasta que termina, en una habitación. Un hotel, dos extraños que se conocen en una fiesta (Daniela y Bruno) y mucho sexo. En los primeros diez minutos, Bize parece meter literalmente la cámara en el espacio intermedio que hay entre los cuerpos de ambos. La penetración, el jadeo, el sudor, son mostrados por el director con esa naturalidad que lo caracteriza y que es lo que le permite conectar con el espectador. Así como en La vida de los peces esa espontaneidad estaba reflejada en las conversaciones entre sus protagonistas (incómodas al principio y cada vez más honestas sobre el final), acá se traslada al sexo, porque es el sexo el punto de partida del vínculo entre Daniela y Bruno. Porque, aunque parezca lo contrario, es eso mismo: un punto de partida. Nunca la llegada. Nunca el único objetivo.

►”Será que es el principio de algo que ya terminó”◄ 

Es fácil contar una historia de amor que tiene un determinado origen, que se desmorona por un conflicto y que puede (o no) lograr una recomposición. Pero, ¿cómo se cuenta la historia de un paréntesis? ¿Cómo se refleja, en solo una hora y veinte, un momento de transición en la vida de dos personas? Bize sabe que la cama no es solo un lugar para coger sino para todo lo que mencioné más arriba. Y si bien acá las palabras no tienen el mismo peso que en La vida de los peces, sí lo tienen los gestos. Desde miradas de reojo para tratar de dilucidar cómo se está sintiendo el otro hasta un abrazo que puede hacer tambalear un futuro. Aunque sea por un rato. Bize muestra los cuerpos desnudos de Blanca Lewin y Gonzalo Valenzuela (pareja de química innegable) y, cuando no, muestra a sus personajes interactuar contando anécdotas de su infancia, debatiendo sobre el sexo casual, y aseverando lo mucho que dicen nuestras preferencias cinéfilas sobre nuestras personalidades (con inevitable mención a Alta fidelidad). Pero todo el sexo, y todas esas conversaciones que resultan hasta casi triviales (en casi una hora no hay nada demasiado revelador, o sí, si pensamos que aquello que nos revela por lo general es lo más trivial) van preparando el terreno, funcionan como episodios progresivos hasta los veinte minutos finales. Acá Bize apela (como lo haría en La vida de los peces) a la expresividad de Blanca Lewin, quien puede volver transparente su conflicto interno solo yaciendo en un baño y con la mirada en otra parte. La economía de recursos juega a favor de la película y no necesitamos más que dos o tres pensamientos dichos en voz alta para conocer de dónde vienen (y hacia dónde quieren ir) esos dos extraños que empiezan a dejar de serlo.

Les dejo el trailer de En la cama:

“Todas las personas con las que nos relacionamos son nuestro problema” opina Bruno; “hay que saber cortar los lazos” sentencia por su lado Daniela. El conflicto que plantea En la cama es dónde se produce el quiebre, dónde podemos rastrear el momento en que dos personas que solo buscaban sexo empiezan a sentir que ahí, en ese espacio intermedio que filma Bize, hay algo más que un mero deseo físico. Daniela cree que todo pasa por cómo un cuerpo reacciona ante la presencia de otro, que todo se puede explicar con una especie de manual, aunque haya sido el destino el que quiso que coincidieran en esa misma fiesta (“I could have stayed at home and gone to bed. I could have gone to see a film instead. You might have changed your mind and seen your friends. Life could have been very different but then…something changed”). Sin embargo, sobre el final, Daniela también advierte que las cosas cambian cuando uno hace uso y desuso de lo más poderoso/peligroso: la palabra. Daniela no permite que Bruno ahonde en su vida, en su relación con un tal Rodrigo, en su incapacidad para cortar lazos (aunque, paradójicamente, pregone lo contrario) porque desde el momento en que pasamos a compartir con otro algo que nos define, que ese otro puede contenernos de una manera ideal y, por ende, hacernos dudar de qué es lo queremos (“dejá de hablarme como si hubiera un futuro, dejá de preguntarme si soy feliz”). Daniela sabe que si responde a cualquiera de esas preguntas, o sabe que si a Bruno le interesan las respuestas, ese paréntesis que representan esas dos horas en el hotel puede amenazar todo lo que hay del otro lado de la puerta. ¿Y qué hay del otro lado? O, mejor dicho: ¿Qué tan aterrador puede ser volver a enfrentar las decisiones tomadas por fuera de ese micromundo? Porque sí, aunque sea por dos horas, el sexo puede ser un escape. Pero hay que ver qué sucede cuando una caricia, una mirada, un abrazo (o veinte minutos de esto) nos ponen de cara a la vida que tenemos (la que nos sale) y nos hacen apoyar la cabeza en la almohada, en la cama, imaginándonos si en realidad existen otras alternativas, si hay algo que todavía no encontramos; si en realidad, y aunque nos duela reconocerlo, nos merecemos algo más.

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A los que vieron En la cama, los invito a compartir sus impresiones; a los que no, ¿cómo se llevan con escenas de sexo (casi) explícito en el cine? ¿En qué películas les parece que están bien empleadas y en cuáles los incomodan? ; ¡Comenten! ¡Buen miércoles para todos!

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