Mejor callar

En su análisis de Elizabethtown, el crítico de cine Nathan Rabin acuñó, hace exactamente una década, el término Manic Pixie Dream Girl para describir, de la manera más sintética posible, al personaje de Claire Colburn interpretado por Kirsten Dunst. Lo que contienen esas cuatros palabras son una idea, un cierto imaginario concebido por el hombre en relación a una mujer que solo se cruza en su camino para despertarlo a la vida, con la dosis justa de efervescencia, sentido del humor, sensibilidad artística e inteligencia. Posteriormente, el término fue aplicado de modo retroactivo y las Manic Pixie Dream Girls se fueron multiplicando, desde Margo en Paper Towns y sus críticas al respecto hasta Me and Earl and the Dying Girl y su apego al desglose del concepto. Cada vez que una chica enérgica aparece en el universo masculino sin demasiadas motivaciones más que la de salvar a ese hombre, el imaginario se expande y los personajes femeninos pierden, por lógica, peso, pluridimensionalidad e incluso atractivo. Al revisar la filmografía de Cameron Crowe que precede a la mencionada Elizabethtown, indudablemente se puede argüir que el término concebido por Rabin estaba destinado a aplicarse a las mujeres de su cine. Desde Dorothy en Jerry Maguire (quien literalmente deja todo por seguir a un hombre) hasta Penny Lane en Almost Famous (ídem), estamos ante jóvenes vivaces que luchan por tener una identidad al tiempo que deben acompañar al objeto de su afecto en función de sus caprichos, desde empezar un nuevo trabajo hasta emprender una gira musical. Sin embargo, y a pesar del cliché, Crowe había logrado que su talento para la escritura se hiciera visible en citas más sensibles que sentimentaloides. “You had me at ‘Hello’” (cortesía de Dorothy) y “You are home” (cortesía de Penny) hablan de una apelación al otro (el “vos” por delante del “yo” nos hace inferir que la otra persona es más importante que uno) pero también de sus insoslayables realidades. Tanto Dorothy como Penny tambalean en la búsqueda de una estabilidad y, cuando la encuentran, el logro resulta genuino. Aloha, la flamante película de Crowe, es por lejos el punto más bajo de su filmografía, en gran medida porque se autoparodia inconscientemente. Tomemos como ejemplo a una charla entre Brian Gilcrest (Bradley Cooper como un contratista cuyo trabajo en Hawaii nunca queda demasiado claro) y Allison Ng (Emma Stone, en una decisión de casting directamente ofensiva, por la que Crowe debió disculparse). En pleno flirteo vergonzoso y sin chispa alguna, ella le pregunta por la historia detrás de los stickers de su computadora y luego agrega, exaltada e infantil, la frase “I don’t want to be another decal on your laptop”. La analogía de la mujer como una figura accesoria e indistinguible de otras no solo resulta torpemente obvia sino una declaración de amor penosamente escrita, verbalizada y dirigida. Ese momento tiene sus réplicas a lo largo de todo el film, uno que trastabilla al usar y abandonar la voz en off a su antojo, al empleo de una constante puesta a prueba de nuestra paciencia para lo inverosímil (Brian se encuentra trece años después con su ex novia Tracy como si en ese lapso de tiempo nada hubiera sucedido en la vida de ella), al enarbolar un mensaje sobre la preservación de la identidad y de los espacios naturales que jamás se profundiza y, sobre todo, al volverse patética en su sobreexplicación. “Why don’t you just have what you want?” le inquiere Tracy (Rachel McAdams) a Brian. “Do you have what you want?” le retruca él, precediendo un intercambio de miradas tortuoso e irrisorio. Lejos de confiar en lo sutil, Crowe traiciona sus propios consejos, aquellos que mencionaba en sus conversaciones con su venerado Billy Wilder, aquellos en los que se exigía ser “más valiente y personal” en su cine. Aloha es la antítesis de sus deseos. Aloha es la prueba viva del peligro de construir algo genérico. Aloha es un film que esclarece un solo interrogante dentro de su caótica narrativa: cuando quedan pocas cosas buenas para decir lo mejor es, como hace el personaje de John Krasinski y el de Cooper sobre el final, callar un rato, conservar la dignidad y confiar un poco en los demás. 

………………………………………………………………………………………….

► [TRAILER] Algunas imágenes de Aloha de Cameron Crowe:

Aloha Trailer 1 from We Are Movie Geeks on Vimeo.

………………………………………………………………………………………….

¡BUEN MARTES PARA TODOS! Hoy, a pedido del público, inauguramos nueva sección del blog de Lo peor del año, eligiendo nuestras máximas decepciones cinéfilas del 2015; ¡hagan catarsis a gusto! Nos reencontramos mañana con el post de NO TE MUERAS NUNCA, dedicado a nuestros directores favoritos cuyas filmografías queremos que se extiendan por la mayor parte del tiempo posible; ¡hasta entonces! ¡que tengan un excelente martes!

…………………………………………………………………………………………………

► [GALERÍA] 50 PELÍCULAS MALAS Y/O DECEPCIONANTES DEL 2015:

………………………………………………………………………………………..

*ASÍ REACCIONÉ ANTE ALOHA:

…………………………………………………………………………………………………………

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” Y POR TWITTER, DENLE “FOLLOW” AL BLOG ACÁ; ¡GRACIAS!

Birdman o (la legitimación de la ignorancia)

Hoy en Cinescalas escribe: José Tripodero

*Atención: se revelan algunos detalles del argumento

Muchos teníamos la presunción de que esta nueva película de Alejandro Gónzalez Iñárritu se iba a desprender del resto de su filmografía, es decir, de aquellos lugares miserables en los que ubicaba a sus criaturas, haciéndolas atravesar el peor de los infiernos. Nada más errado. Birdman es la hiperbolización de los motivos del cine del mexicano, en el cual su tema es sin dudas la misantropía. Su comienzo no puede augurar más que una confirmación de ese aire pretencioso que se esboza en el título completo: Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia) porque se ve caer un cuerpo celeste, una situación que no parece tener un enlace con el resto de la película, es una suerte de prólogo metafórico de la carrera del actor Riggan Thomson (Michael Keaton). ¿Quién es Riggan Thomson? Un actor que busca la legitimación artística que borre su pasado de actor de Hollywood encasillado en una trilogía sobre un superhéroe llamado Birdman, y ese intento es a través de una representación en Broadway de la obra What We Talk About When We Talk About Love de Raymond Carver.

Luego del prólogo comienza el virulento viaje envuelto en el papel celofán del plano secuencia, más bien la película en lo retórico es visualmente un puñado de planos secuencia, que unidos entre sí generan un efecto sensorial de una película realizada en una sola toma. La cámara sigue a Riggan Thomson por los pasillos, los recovecos, el escenario y demás lugares del teatro, en su primera parada se topa con el ensayo de una escena de la obra. Uno de los actores se ve extralimitado en sus facultades, sobreactuando su papel, la respuesta a ese lugar común de la profesión es un farol que le cae accidentalmente en la cabeza, dejándolo inconsciente. Con una mirada en picado de tal circunstancia, Iñárritu materializa su preconcepto sobre la labor del actor en general, no hay una construcción de comicidad, tan solo un castigo. La presión de Thomson es cada vez mayor, su trabajo no se limita a actuar en la obra porque también la produce y dirige.  Lejos de presentar un panorama bajo el signo de la farsa o de una comedia sobre el detrás de escena de una compañía teatral, Iñárritu se esfuerza en acomodar un maremoto rancio de prejuicios sobre el papel del arte y de todos sus involucrados, sin importar ni diferenciar los espacios: Hollywood o Broadway, da lo mismo. Su tesis sobre los espacios y las disciplinas artísticas no buscan probar nada porque Iñárritu no reflexiona ni crítica: le arroja las ideas por la cabeza al espectador, todo ya masticado. La muñeca de la farsa la tienen aquellos que se desprenden del tono ultraserio y dan paso al humor autoconsciente, un ejemplo de ello es Bowfinger (Frank Oz, 1997) que ofrecía una parodia inteligente de la escena hollywoodense por conocer la industria, o sea cumplía con la primera regla de la deconstrucción: saber la composición de los materiales que tuerce, rompe o subvierte. La antítesis de aquella maravillosa película es el trabajo del director de 21 gramos. En la escena posterior a la caída del farol sobre uno de los actores, Riggan y su productor-abogado-mejor amigo (Zach Galifianakis) discuten sobre quién va a ser el reemplazo, mientras el primero tira nombres potables de actores famosos como Woody Harrelson, Michael Fassbender y Jeremy Renner, las respuestas son las películas que involucran a ellos en sagas de superhéroes o destinadas (a priori) al público adolescente. El final de la discusión es: “¡Maldición! ¿Lo agarraron a él también?”, dice Riggan refiriéndose a Renner al descubrir que tiene un papel en The Avengers. Los diálogos entre ambos personajes solo denotan una ofensa al cine de superhéroes, no hay un uso de la retórica oral para generar sentido, mucho menos para argumentar sus ideas al respecto. Hay un reduccionismo irritante del género cuando el personaje de Birdman (que no para de atormentar al pobre protagonista con su voz en off durante toda la película) aparece en cuerpo y alma para acompañarlo a Riggan en la calle, de su mente sale una bestia que libra una pequeña batalla con explosiones, de la que nos parece decir que los superhéroes se limitan a la vacuidad de explosiones y demás efectos de CGI porque son carentes de inteligencia.

La humillación parece ser una de esos círculos del infierno que atraviesan todos los personajes, no solo de esta película, sino de toda la filmografía de este director. El padecimiento lo viven todos, nadie se salva, incluso la odiosa crítica de teatro. Sí, hay una mirada igual de hueca para la labor reflexiva e intelectual porque Iñárritu descree de la dialéctica entre producción y reconocimiento, entre artista e interlocutor reflexivo, según su visión no puede haber un momento superador que los una. La escena del bar entre ambos personajes, batiéndose a un duelo de prejuicios será la tristemente célebre de toda la película, la cual es imperativa de analizar a fondo sin ignorar cada uno de sus momentos. Riggan se le acerca a la crítica con una nota que Raymond Carver le dejó cuando él era un estudiante de actuación: “Esta nota me la dejó veinte años antes de ponerme el traje”, haciendo alusión a que Carver veía en él talento auténtico antes de que el acto se contaminase con el cine de Hollywood. La mujer lo ignora y le dice: “No importa. Voy a destruir tu obra”. El patetismo del actor le lleva a preguntarle: “¿Te hice algo? ¿Te ofendí de alguna manera?” y en ese instante ella desembucha un discurso añejo, que podría ser originario de la época del historiador renacentista Giorgio Vasari, al decirle: “De hecho lo hiciste. Tomaste un teatro que debió usarse para algo más valioso” y remata con: “Voy a hacer la peor crítica (…) porque odio lo que representás… niños malcriados, odiosos sin preparación, incapaz de producir arte de verdad, dándose premios unos a otros por caricaturas y pornografía, midiendo su valor en fines de semana. Esto es el teatro, no podés pretender escribir, dirigir y actuar tu propia obra sin pasar por mí primero. Así que mucha suerte.”

Por un carril, el personaje de Riggan es el receptor de semejante dardo pero por otro es la profesión de la crítica la víctima del daño colateral. Es por eso que Riggan le arranca de la mano a la crítica una nota que estaba escribiendo y comienza a leerla en tono burlón, deteniéndose en los adjetivos para definirla como alguien que simplemente le pone etiquetas a todo. El final de la escena es la reconfirmación del patetismo: “Esta obra me costó todo”, dice Michael Keaton con la dosis más elevada de sobreactuación posible (un registro en el que se inscriben todos los actores de Birdman), mientras la sobriedad de la gran Lindsay Duncan (la única en salvarse) contesta sin levantar la voz: “Voy matar a tu obra”. Todas las aseveraciones no pertenecen al mundo actual de la crítica, ni aquí ni en Estados Unidos, todo es falso y ni siquiera los críticos más avezados como lo eran Pauline Kael o Andrew Sarris -por citar dos iconos de corrientes opuestas- podían permitirse pensar que eran los mandamases de una escena artística, que por ellos debían pasar los artistas para ser legitimados como hombres y mujeres pertenecientes al cinema qualité. La lectura que se puede hacer de esta escena no puede comprender una linealidad más que recta, no hay –nuevamente- humor de ningún tipo, ni sarcasmo ni ironía, tan solo una exhaustiva articulación de palabras humillantes, elegidas quirúrgicamente para lastimar. Iñárritu cree que es cool cuando en realidad sus diálogos destilan aceite usado –peor aún- que ya nadie usaría, porque pensar que una sola persona puede ser tan influyente de cerrar una obra o de destruir una película es poco menos que una burla a la capacidad intelectual del espectador. La imagen de los interlocutores para el director (ya a esta altura le cabe la misma responsabilidad a los otros dos guionistas) es la del prejuicio, la del desconocimiento de la disciplina, tal como sucedía con el cine de superhéroes que tan mal resumía en una explosión sin sentido.

Dentro de la diégesis, la escena del bar es un acontecimiento porque resulta ser el fósforo que se enciende antes de ser arrojado una chimenea. Riggan toma la decisión final, no hay vuelta atrás, solo le queda –literalmente- una bala para lograr su ansiada legitimidad en el arte. El final de la obra, que termina con un disparo, es subvertido al cruce de la realidad en territorio de la ficción, nuestro héroe se dispara en la cabeza, mientras los espectadores tenemos de frente la reacción de un público que aplaude, menos la crítica, quien aguarda sentada unos segundos y luego sale disparada, viéndosela salir en un costadito del cuadro. Iñárritu no se animó a darle su estocada miserable y letal a su criatura protagonista. ¿Acaso tuvo piedad? No, en absoluto, simplemente le dio una transfusión para mantenerlo con vida y someterlo a un último círculo de humillación. Su tiro terminó con su nariz pero no con su vida, y ya en el hospital vemos la coronación de su acto, el público y la crítica lo aclaman. La gente deja velas encendidas orando por su recuperación y la “malvada” crítica escribe un artículo eufórico cuyo título es: “La inesperada virtud de la ignorancia”, en la que dice que el trabajo de Riggan Thomson creó una nueva forma de arte llamada: “superrealismo”. Tan pueril y pobre es la capacidad del director para construir humor que no hay forma de reaccionar ante semejante discurso, es decir no podemos discernir si enunciativamente es un acto de metacrítica feroz o sí es una burla ingeniosa (un tono que sería inédito para esta película). Ninguna de las dos cosas al parecer. Es, sí, la desazón de Riggan Thomson, quién tiene al mundo a sus pies con posibles funciones en Londres y París más la transposición al cine de su adaptación teatral y la credencial que lo convierte en un hombre del arte más puro, otorgado por la crítica. Es el mensaje prejuicioso de siempre: solo los actos extraordinariamente truculentos despiertan multitudes y provocan una reverberación en la crítica (la etiqueta “superrealismo”). No es casual que aparezca como escena de transición (entre el disparo y el hospital) la caída del cuerpo celeste que veíamos al inicio del film porque el héroe está a punto de estrellarse nuevamente y esta vez para siempre ya que descubre que al final la insatisfacción no revoloteaba en su ser por la ausencia de pertenencia de un estatus sino por una identidad negada. Así es que Birdman sale volando ante la mirada atónita de su hija. Fin.

Birdman es canchera por mostrarse virtuosa en el uso de los artilugios nobles del cine al usar el efecto “plano secuencia” durante todo su metraje pero es vacua para construir sentido, no sabe de tonos ni de perspectivas mucho menos de ligerezas porque solo vale la ambición de intelectualismo en cada uno de los diálogos y situaciones, por eso resulta paradójico que su chatura discursiva tenga el sustento del prejuicio para todos: actores, público y críticos, todos ellos articulados. Resulta inevitable compararla con Whiplash, una película que conoce su terreno porque el jazz en la película de Damien Chazelle suena genuino y cumple una función dramática desde los títulos de apertura, en contraposición a la batería superficial de la banda sonora compuesta por Antonio Sánchez, a la que Iñárritu la incorpora para presumir su (supuesto) perfil de auteur, pero le pone imagen al meter en el cuadro -cada tanto- a un baterista en los pasillos del teatro, mientras los personajes se desplazan. Tan solo en esa idea encontramos la pobreza intelectual de un director celebrado por regodearse en la miseria y mostrarnos que el mundo está cada vez peor. No hace falta decir que para esto no necesitamos gente como Alejandro González Iñárritu.

 Por José Tripodero

………………………………………………………………………………………..

► [ESCENA] Emma Stone y Michael Keaton en Birdman:

………………………………………………………………………………………..

► [DE YAPA] Alejandro González Iñárritu analiza una de las secuencias de su película:

…………………………………………………………………………………………………

¡BUEN COMIENZO DE SEMANA PARA TODA LA MUCHACHADA! Para el día de la fecha tenemos una única consigna: los invito a dejar sus impresiones sobre Birdman; ¿les pareció una genialidad o no les terminó de convencer? Sus opiniones son más que bienvenidas en este post; PD/CRONOGRAMA SEMANAL: Como muchos están vacacionando o disfrutando el finde largo, decidí mover el post de Foxcatcher al miércoles para que se pueda debatir mejor, el jueves habrá un podcast pre-Oscar con mis predicciones y el viernes un texto sobre Top Five de Chris Rock; de este modo, el post de José queda en home por dos días por si alguien se lo pierde hoy; hechas las aclaraciones, ¡el miércoles nos vemos!

…………………………………………………………………………………………………….

…………………………………………………………………………………………………………

—> La última vez escribió Tais Gadea Lara sobre… VIRUNGA

…………………………………………………………………………………………………………

…………………………………………………………………………………………………………

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” Y POR TWITTER, DENLE “FOLLOW” AL BLOG ACÁ; ¡GRACIAS

Movie 43 (o por qué hasta la peor película es una buena película)

Hoy en Cinescalas escribe: Franco Tracchia

Debo confesar que tenía poca información acerca de Movie 43 cuando decidí entrar a la sala a verla. Me alcanzó con la escueta definición brindada por el resumen de funciones: “Comedia bizarra”. ¿Reparto? Hugh Jackman, Kate Winslet, Emma Stone, Naomi Watts, Chloë Grace Moretz, Will Sasso, Justin Long, etc…

Nada podía salir sal.

Los primeros minutos son desconcertantes. Asustan. Esto no es lo que vine a ver. Una historia de adolescentes jugándose bromas entre ellos. Por suerte (o no), la película no se trata de eso. La trama de venganza juvenil es solo una excusa para mostrarnos CATORCE sketchs, pequeños segmentos de ¿diversión? independientes entre sí y dirigidos cada uno por un realizador diferente. Estos sketchs – que en su mayoría rozan el absurdo – nos resultan atractivos por el simple morbo de ver a actores de gran nivel (varios ganadores y/o nominados a los Oscars) saliendo de su zona de confort. Se destacan la interpretación de Naomi Watts (probablemente la mejor de toda Movie 43) como una madre trastornada; y la de Chris Pratt como un novio conflictuado por una proposición sumamente escatológica.

Me pongo la mano sobre el corazón con solemnidad e intento hacer memoria: no recuerdo un solo gag que haya hecho reír a la totalidad de la sala al mismo tiempo. Quizás “Homeschooled”, aquel sketch sobre la particular educación domiciliaria que recibe un adolescente de parte de sus aún más particulares padres, fue el que más quórum tuvo a la hora de las risas. Los demás, flojos. La escatología presente en cada segmento conspiró en contra de los deseos de los espectadores por tácitamente aprobar la película riéndose. Muchos se levantaron de sus butacas antes de finalizado el film. Hasta las mentes más jóvenes, abiertas y/o acostumbradas a lo grotesco, se cansaron de 94 minutos repletos de constantes referencias sexuales. Constantes.

► Algunas imágenes de Movie 43: 

Resumiendo: los actores no brillaron. La mayoría de los sketchs no resultaron graciosos. La trama estaba desprovista de sentido. El público se asqueó y se hastió.

Entonces, ¿esto implica que Movie 43 sea mala? NO.

Movie 43 es exactamente lo que sus directores quisieron que fuera. Por eso es una buena película. Porque el principal objetivo de los sketchs es el de mostrar pequeñas minorías norteamericanas perjudicadas por años de carencia cultural y que, sumadas, representen a la mayoría. Nadie es perfecto. Cada cual tiene su rollo. Por eso, Movie 43 se convierte en una crítica a la sociedad yanqui. Una buena crítica disfrazada de (porque esto hay que mencionarlo) una muy mala comedia. El rol del director de cine es el de lograr reflejar sus ideas a través de una pantalla, intentar hacernos sentir lo que él siente respecto a un tema en particular. Si esos sentimientos son asco, ira y desprecio, entonces su logro también es válido. En Movie 43 este efecto se consigue y a la perfección, por lo cual a mi criterio no se trata de una mala película. A veces es preferible una horrible realidad que una hermosa fantasía.

Por Franco Tracchia

  …………………………………………………………………………………………………..

¿Vieron Movie 43? ¿Qué les pareció? ¿Cuáles fueron las peores comedias que recuerdan haber visto? Pueden ser lapidarios con ellas en este post; ¡dejen sus comentarios, muchachada! ¡buen comienzo de semana para todos!

……………………………………………………………………………………………………..

—> La última vez escribió Lorena Yscara sobre… THIS IS 40

 ………………………………………………………………………………………………………….

……………………………………………………………………………………………………...

 [OFF TOPIC] Lo prometido es deuda: anuncio que los restantes ganadores del concurso de Game of Thrones son, según la votación del viernes, Lorena Yscara en segundo lugar y Santiago Tombión-Ezequiel Saul empatados en el tercer puesto; por ende, junto a Nicolás Rivara, el concurso tuvo cuatro ganadores; ¡felicitaciones a ellos! En breve me pondré en contacto para hacerles llegar los premios; una última aclaración: esta semana voy a estar cubriendo el BAFICI, así que probablemente tarde más de lo usual en responder comentarios, pero de todos modos el blog se actualizará de lunes a viernes y voy a entrar a leer y responder, solo que con menos frecuencia; ¡saludos para todos! ;)

……………………………………………………………………………………………………….

……………………………………………………………………………………………………….

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” Y POR TWITTER, DENLE “FOLLOW” AL BLOG ACÁ; ¡GRACIAS!

Si está Sean Penn, no la veo

Fuerza antigangster es una película que trajimos a colación varias veces en estos últimos días, ya sea en la reunión del viernes como en Facebook. El debate pasaba por distintos lugares, desde las comparaciones inevitables con la enorme Los Ángeles al desnudo, la liviandad de su guión, los aceptables momentos de comedia (especialmente el episodio de reclutamiento de los hombres que conforman esa fuerza), algún que otro WTF (la voz de Ryan Gosling siendo el número uno) y un dato que yo pasé por alto antes de verla: la dirigía Ruben Fleischer, el mismo de Zombieland. ¿Hubiese cambiado mi percepción sobre el film si hubiese recordado esto? Probablemente no, pero hubiese estado más alerta en la detección de algunas marcas registradas de Fleischer que funcionaron en el pasado y que acá no lo hacen tanto (a diferencia de Zombieland, en Fuerza antigangster Emma Stone es un adorno, una herramienta del guión más que un personaje con arco). Sin embargo, quiero volver a traer a colación esta película y en este post por otro motivo: compartir que no quería verla porque actuaba Sean Penn. Ya debí haber contado por acá que no es un actor que me agrade particularmente y que me ha “arruinado” films que en líneas generales me gustan (Río místico, por ejemplo). De todos modos, casi siempre tengo que hacer a un lado mis prejuicios y (por trabajo o no) mirar algunas películas aunque contengan un alto porcentaje de factores que me generen desánimo. Sucedió recientemente, también, con Beasts of the Southern Wild, film que inicialmente me negué a ver porque el realismo mágico no es un género que me atraiga en demasía. Así fue que el film de Benh Zeitlin (sobre el que discutiremos uno de estos lunes) no me produjo fascinación de ningún tipo, lo cual, a su vez, me hizo cuestionarme si no fue un caso de profecía autocumplida y, por ende, deba darle un nueva oportunidad. La idea del post de hoy, entonces, es que ustedes me cuesten sus prejuicios respecto a géneros, actores, directores, temáticas que los hacen evitar, conscientemente, un gran número de películas.

…………………………………………………………………………………

► Sean Penn en una escena de Fuerza antigangster:

……………………………………………………………………………………….

► Rever esto tampoco ayuda a la causa:

………………………………………………………………………………

¿Con qué actores, géneros, situaciones han usado la frase “Si está —– no la miro”, “Si pasa —– no la miro”, “Si hay escenas con —– no la miro”, “Si la dirige —- no la miro”, “Si tiene x temática no la miro”; por otro lado, si vieron Fuerza antigangster, los invito a sumar sus impresiones sobre el film y, si quieren también, sobre Sean Penn; ¡Dejen sus comentarios! ¡Buen martes para todos!

………………………………………………………………………………

………………………………………………………………………………..

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” Y POR TWITTER, DENLE “FOLLOW” AL BLOG ACÁ; ¡GRACIAS!

Te perdono todo

Tenía expectativas. A fin de cuentas, la dupla Ficarra-Requa había innovado temáticas como la familia en Bad Santa (sí, Bad Santa, con sus puteadas y su espíritu subversivo, es esencialmente una película sobre la familia) y el amor en la brillante I Love You Phillip Morris. Sin embargo, Crazy Stupid Love me decepcionó. Más allá de que enfoca la amistad desde un ángulo particular (la relación entre Cal y Jacob funciona) y el crecimiento de igual manera (en este caso es un niño el que mira todo desde afuera, como queda claro en el plano final), la película no tiene suficiente cohesión y esa plost twist que no voy a revelar no parece cumplir otro propósito más que el de agregarle un condimento a una comedia de situaciones, algo que justamente el film no necesitaba. Pero, así como en este post mencionamos lo inexplicable que resulta la poca química de uno como espectador ante un determinado actor, aquí nos explayaremos con lo inverso. Crazy Stupid Love, con sus desniveles, tiene a Emma Stone y a Ryan Gosling y, cuando ellos aparecen, la película indudablemente cobra una fuerza y genera un grado de atracción llamativo. Por eso, esa foto. Por eso, este post. Porque a veces, no importa qué papeles elijan o cuánto tiempo en pantalla aparezcan, no es posible ir en contra de la necesidad de verlos.

¿A qué actores/actrices les perdonan cualquier película mala que hagan? ¿Qué películas ven solo porque ellos aparecen? ¡Dejen sus comentarios!

* RECUERDEN QUE SI QUIEREN SEGUIR LAS NOVEDADES DE CINESCALAS POR FACEBOOK, ENTREN AQUÍ. Y CLICKEEN EN EL BOTÓN DE “ME GUSTA” ¡GRACIAS!